Sara Kovac does happy dance Lalala... 18 reviews... he alcanzado mi récord... si llego a veinte soy capaz de besar a Vogler... XDD.

Gracias a todas mis fieles lectoras, escritoras a su vez a quien yo leo... y a SyberSnake que es el lector o lectora que viene de más lejos.

Por fin la solución de lo que le pasa a Chase XDD y esto casi resuelto ya. Love U people! Tal vez para la semana que viene :P

A Auryl: Tu linda psicóloga volverá para un capi más al menos. ;)

Reviews! Que con cada una batiré mi record otra vez... ya sé... excusa tonta... pero quiero reviews.

Capítulo 7.

La casa de las Bell era la típica estándar de familia media. Tan estándar que incluso la llave estaba escondida en el sitio estándar: encima del marco de la puerta. Así que en cinco minutos, o incluso menos, estábamos dentro.

-Lo bueno es que, por una vez, sabemos qué buscamos.- dijo él, pensando que tal vez era un consuelo respecto al hecho de que le hubiera obligado a acompañarle.

-O no.- repliqué- En todas las casas hay pastillas de naftalina. La cosa no es que las encontremos, sino que las encontremos en un lugar donde no tuvieran que estar.

-Maravilloso.- Chase se apartó el pelo de la cara con un suspiró. Por su tono no decía que fuera maravilloso de verdad. -¿Empezamos por el dormitorio de la chica?

Asentí. La habitación de una adolescente es su reino privado. Cualquier cosa que pueda ser decisiva hay que encontrarla allí.

Empezamos a removerlo todo. El armario, la cama, los cajones, las estanterías... empecé a rebuscar también en su mochila de ir al instituto. Abrí la carpeta en busca de algo, no sabía exactamente qué. De momento no habíamos encontrado nada y empezaba a resultar un poco frustrante. Nada especial. Cartas, hojas, fotografías. Una de las dos pacientes, Shelley y Diane. Qué bonito. Qué amistad tan especial a los dieciséis años. Seguro que lo que hacía la una, lo hacía la otra. Y así habían acabado las dos en el hospital.

-No hay nada.- dijo Chase.

-Tiene que haberlo.- le interrumpí reabriendo los mil bolsillos de la cartera y comprobándolos otra vez. Qué manía con los bolsillos. Así no había forma de encontrar nada.

-¿Y si no lo hay y la hipótesis se va a la mierda?

-Entonces tendremos que buscar otra hipótesis diferente. Pero estoy convencido de que tiene que ser esto.

La explicación era perfecta... intoxicación por paradiclorobenceno. Por fin encontraríamos explicación a todos los síntomas y, como decía Cameron, a la anemia que no era una causa sino un efecto. También podía ser otra cosa, claro, un ambientador o cualquier otra fuente de la sustancia, pero habíamos encontrado la pastilla en el bolsillo de sus pantalones. Aquellas chicas se estaban chutando con antipolillas. Sólo necesitábamos una prueba.

-Me rindo.- dijo Chase.- Está limpia. A lo mejor las coge prestadas del trastero, o qué sé yo.

-Pero no tiene nada de raro que estén en el trastero. Tendríamos que conseguir que nos lo dijeran y ya es bastante difícil arrancarles su propio nombre.-concluí.

Él se dejó caer contra la pared.

-Esto es un asco.- dijo.- Estoy cansado.

-Vamos, no te quejes como una niña pequeña.- le corté.- Has mirado bajo la cama¿no?

-Sí, sólo hay un chicle usado, envuelto en su papel.- replicó, en tono cansino.

-Con ese nivel de limpieza no me extraña que haya que poner repelente de bichos por todas partes.- opiné.- ¿Me lo alcanzas?

Él me miró como si acabara de pedirle que me pasara una bomba nuclear.

-¿El chicle usado?

-¿Tengo que pedírtelo por favor?

Sacudiendo la cabeza, Chase se inclinó, levantó la colcha y me alcanzó el envoltorio con su correspondiente regalito dentro. Antes de desenvolverlo lo apreté entre los dedos. Estaba blando. Recientemente mascado. Tal vez de hacía unas horas, justo antes del ingreso.

-Está fresco.- dije.

-Oh, Dios.- dijo Chase con un gesto de asco.

-¿Puedes soportar ver una punción lumbar y el chicle húmedo te da repelús?

Esta nueva generación light. Ni siquiera saben sus propias prioridades. Desenvolví el chicle. Y por cierto, no era chicle. No tenía la textura ni la forma, ni el olor de un chicle. De hecho, olía a naftalina con perfume de lavanda. Con mucho cuidado de no tocarlo, descubrí que tenía marcas de dientes y estaba mojado, de un líquido transparente y de textura ligeramente babosa. Blanco y en botella. Saliva.

-Pásame una bolsita¿quieres?- le dije a Chase.

-¿Es relevante?- respondió mientras me la tendía, y entonces comprendió.- Oh, joder.

-Sí.- introduje el regalito en la bolsa y cerré la banda hermética.- Se ve que el sabor a fresa se ha pasado de moda. Ahora prefieren el antipolillas.

Me guardé la bolsita en el bolsillo. Bueno, trabajo concluido. Mi última batalla ganada. Me sentía generoso. Y además se lo había prometido, así que...

-Venga, te invito a comer.- dije.

-¿Ahora¿No tendríamos que volver enseguida al hospital?

-Vamos, será rápido, no es una cena romántica.- le dije echando a andar fuera de la casa.- Compraremos algo por el camino, angustias.


Chase me esperaba con el coche, aparcado frente a un local de comida para llevar, cuando aparecí con la bolsita de papel. Detrás de él, todos los coches pitaban como locos. Arrancó cuando prácticamente no me había dado tiempo a entrar.

-Espero que te guste el atún.- dije rebuscando y tendiéndole un sándwich.

-Gracias.- no lo decía muy convencido. No cogió el sándwich.

-¿Quieres que te lo desenvuelva yo?- le pregunté, extrañado.

-No tengo costumbre de soltar el volante con las dos manos si el coche no es mío.

En fin. Le quité el envoltorio de plástico de la mitad y volví a acercárselo.

-¿Te vale así o también quieres que te lo dé en plan "una por papá, una por mamá"?

Sonrió a medias. Alcanzó el sándwich y dio el primer mordisco. Al parecer, con una sola mano sí valía. Fue masticando y conduciendo mientras yo desenvolvía mi propio bocadillo con la música de Red Hot Chili Peppers en le radio del coche.

-¿Así que te vas?- dijo él entonces, tímidamente, con la boca medio llena.-¿Hoy?

Mordí mi bocadillo. Supongo que sólo fue una forma de retrasar la respuesta. Wilson me había hecho sentir algo parecido a culpable y hecho polvo, al hacer que me planteara que mi trabajo era lo único que merecía la pena en mi vida y que estaba a punto de perderlo.

-Eso parece.- respondí.

-Sigo diciendo que no es justo.- insistió Chase, sin mirarme.

Me encogí de hombros. Ya estaba hecho. No importaba.

-¿No hay ninguna forma?- preguntó.- Volver a la psicóloga o...

-¿Quién te ha dicho lo de la psicóloga?- le interrumpí.

-Las noticias corren muy rápido.- se excusó entre bocado y bocado.

Ahora fue a él a quien le costó sacar la siguiente frase. Esas cosas siempre son difíciles de decir.

-Se te echará de menos.- apenas murmuró, como si no quisiera que le oyera.

-Gracias.- repliqué.

Haber dicho "yo también os echaré de menos" podría haber dado lugar a una escena lacrimógena de despedida que me esforzaba mucho en evitar. Oh, Dios. Y encima ponían "Say you, say me" en la radio. Parecía que nos lo estaban poniendo a propósito.

De repente un coche apareció por la derecha intentando adelantarnos, Chase no lo vio hasta el último momento y frenamos en seco. Al sonido del frenazo le siguió un pitido burlón del que nos había adelantado, con un claxon que sonaba como "La cucaracha". De no ser porque eso le quitó dramatismo al hecho de que casi nos matamos, me habría dado un ataque al corazón.

-¿Se puede saber en qué estabas pensando¿Prefieres suicidarte conmigo a que me despidan o qué?- casi grité. O grité, no estoy muy seguro.

-¡No lo he visto!- me cortó en el mismo tono.- ¡De repente ha aparecido por un lado y...!

Bajó la vista para ver su sándwich de atún con mayonesa estampado en la alfombrilla del coche de Wilson y pisoteado, por haberlo confundido sin duda con el freno.

-Oh, mierda.- murmuró.

-No te preocupes.- le consolé.- Wilson me ha dicho que no lo estrelle, de mancharlo no ha dicho nada.

Chase suspiró mirando el estropicio, luego apoyó las manos en el volante y resopló apartándose el pelo con un gesto muy de anuncio de champú.

-Vaya día.- masculló.

-Quien no duerme por las noches, tiene un día asqueroso.

Aquella frase de vendedor de colchones me salió de modo casi espontáneo. De repente lo había recordado durmiéndose por los rincones.

-Y tú no duermes.- aclaré, por si no había pillado la indirecta.

-Es verdad.- volvió a toquetearse el pelo, gesto defensivo.- No duermo mucho últimamente.

-Vaya¿quién es la afortunada que te da guerra por las noches?

-No es eso.- se estaba sonrojando. Qué sensible.- Estoy... trabajando en algo.

Le miré con el ceño fruncido.

-¿Algo ilegal?

-¡No!- replicó.

Volvieron a pitarnos por detrás. Chase arrancó de nuevo y volví a la carga.

-No puedes dejarme así, es mi último día y no lo descubriré nunca.- le pedí, al tiempo que abría uno de los paquetes de patatas fritas que habíamos comprado. En vista de lo que le había pasado a su sándwich...- ¿Quieres?

Él alargó la mano y cogió un par de patatas con aire de resignación. Las masticó pensativo y cuando terminó de tragar me lo confesó.

-Estoy haciendo investigación.

Esperaba que yo dijera "aah" pero no lo hice. Se pueden investigar mil cosas. Podía ser un poquito más preciso.

-Investigación para un artículo. Para publicar en revistas médicas.- lo decía un poco cortado, como si confesara que escribía novelas porno.- Cuando salgo del hospital me voy a la biblioteca a revisar casos viejos y cosas así. Casi siempre se me va la noche.

Y yo preocupado por él. Pedazo de empollón ambicioso que estaba hecho. En el buen sentido, si hay un buen sentido para ello.

-Las publicaciones siempre hacen buen efecto en el currículum.- se justificó como si supiera lo que estaba pensando.

-Claro.- contesté yo terminándome el cartucho de patatas fritas.

El hospital ya se veía a lo lejos. Cada vez se acercaba más el momento de llegar, aparcar y resolver el caso, además de confesarle a Wilson lo que le había pasado a su impecable alfombrilla. Aunque siempre podíamos darle la vuelta, el olor del atún acabaría delatándonos.

-Pero de momento va mal.- dijo Chase finalmente.- No he encontrado nada interesante para publicar de momento... o sea que me he estado matando a trabajar para nada.

Se encogió de hombros mientras enfilábamos la entrada al aparcamiento.

-Eso es todo.- dijo.- Ya lo has descubierto.

Los siguientes minutos mientras dejábamos el coche en su sitio fueron de silencio. La verdad es que ninguno de los dos sabíamos qué decir. Bajé dejando a Chase en un intento de limpiar con un pañuelo de papel al menos los restos más visibles del bocadillo, tenía que entrar, demostrar que la pastillita de antipolillas que tenía en el bolsillo la había mascado Diane Bell, y recoger mis cosas. Al verlo tan enfrascado en frotar la mayonesa, al recordar sus esfuerzos vanos por encontrar un tema para escribir un artículo, me dio un poco de lástima y le dije algo que, reconozcámoslo, llevaba un par de minutos pensando.

-Chase.

Levantó la cabeza de la alfombrilla.

-¿Qué?

-El caso de las chicas.- le dije.- Si sale bien, puedes quedártelo. Para tu artículo. Derechos de autor y todo ese rollo.

Él me miró entre extrañado y agradecido, y sólo pudo articular una palabra.

-Bien.- dijo asintiendo levemente con la cabeza.

-Vale.- respondí yo a mi vez.- Cuando acabes, devuélvele las llaves a Wilson.

A veces hacer cosas por los demás sienta bien. De no ser por el esfuerzo que supone, lo haría más a menudo. Con esos buenos sentimientos entré en el hospital y cogí el ascensor. Con ayuda de la bolsita que llevaba en el bolsillo, sólo me quedaría una pequeña comprobación para concluir el caso. Pulsé el botón de la planta en la que estaba la habitación de las chicas, y justo cuando las puertas empezaban a cerrarse, alguien se coló de medio lado en el segundo que tardó en empezar a subir. Cuddy. Y el ascensor para nosotros solitos. Con las ganas que tenía de encontrármela. Qué bien.

-¿Adónde vas?- me preguntó, como quien no quiere la cosa, ignorando el pequeño episodio que habíamos tenido antes.

-A ver a las pacientes.- repliqué.

-Vaya, qué raro en ti. Será que espabilas ahora que estás bajo presión.

Me había mirado de reojo mientras lo decía. Tirando a matar.

-Te encanta buscarme faltas¿verdad?- le dije.

-No.- contestó ella.- Es a ti a quien te encanta que te encuentre faltas para pintarme como la jefa malvada

Suspiró, sacudiendo la cabeza, como negándose a sí misma algo que estaba pensando.

-De verdad, House, no sé cómo voy a hacerte entender que lo último que quiero es...

Y de repente se interrumpió, dejándome así. Se apartó el pelo de la cara y tras un segundo de silencio las puertas del ascensor se abrieron. Me dirigió una mirada resentida y salió. Echó a andar en la misma dirección en la que yo iba.

-¿Por qué me sigues?- le pregunté.

-No te sigo.- me cortó ella.- Vamos al mismo sitio. A partir de ahora soy yo quien me encargo del caso.

Me paré en seco, en medio del pasillo.

-¿Qué?

Ella se giró, con un gesto de cansancio, los ojos entrecerrados.

-Por favor, no montemos otra escena. Con una ya he tenido suficiente.

-Cuddy, no puedes apartarme del caso.- le dije con toda la firmeza que conseguí reunir.

-¿Y por qué? Sería la primera vez que no te alegras de salir antes.

En ese momento me acordé de Wilson. De cuando me había dicho que cada vez que alguien intentaba llegar a una parte vulnerable de mí me cerraba. Bueno, pues en este momento también se lo podía aplicar a Cuddy. "Lo último que quiero es..." y luego, borde. Ella y yo, tal para cual. Si fuéramos capaces de soportarnos, claro. Generalmente sólo puede haber un borde dentro de la misma habitación, si no estaríamos tirándonos trastos a la cabeza todo el tiempo.

-Creo que ya lo he resuelto.- dije.

Ella pareció estar a punto de decirme algo, de intentar disuadirme, pero desistió.

-Demuéstramelo.- concluyó.