Nada más digo que I love you lectoras!! y que vamos a por la review numero 20 que me la debe... redoble de tambores... Angy!! que me prometió que sería la primera.

Besitos!

Capítulo 8.

Diane Bell estaba consciente. Y su madre allí, cómo no.

-Creía que usted ya no trataba a mi hija.- dijo nada más verme entrar, visiblemente molesta.

Miré a Cuddy en busca de algo de apoyo moral, pero ella se quedó en silencio. Supongo que quería ver cómo me las arreglaba solo. Aunque cambió de opinión en cuanto la señora Bell se puso hecha una furia, pero no conmigo, con ella.

-¡No quiero que este hombre trate a mi hija!- dijo volviéndose hacia Cuddy.- ¿Sabe lo desagradable que ha sido?

-Ya, lo sé, señora Bell, pero...

¿Que lo sabe? Qué mona. Bueno, yo a lo mío. Fui deslizándome hacia la cama y saqué un bastoncillo estéril del bolsillo. Menos mal que había tenido la genial idea de coger uno antes de ir a casa de las Bell, por si me hacía falta. Ahora sí que lo necesitaba y habría perdido un tiempo precioso teniendo que buscar uno.

-¡Usted me prometió que no volvería!- la voz de la madre seguía despotricando contra mí a través de los oídos de Cuddy.

-Señora Bell, resulta que el doctor House es uno de los más eficientes del hospital y cree que ha encontrado la solución al problema de su hija.- le insistía ella con toda la diplomacia que podía.

Quité el envoltorio de plástico del bastoncillo.

-Abre la boca, Diane.- le dije.

La niña se me quedó mirando como si no me entendiera. Mierda. Uno de los síntomas era lo que tardaba en reaccionar. Como se le ocurriera cuestionarme encima, antes de poder siquiera humedecer el bastoncillo en su saliva su madre ya estaría encima de mí tirándome del poco pelo que me queda y arañándome como una salvaje.

-¡Me llamó drogadicta!- la oí gritar entonces.

Cuddy, entretenla dos segundos más. Sólo dos segundos, rogué para mis adentros.

-Sí, y ya me encargaré de ello, pero...

Por fin Diane abrió un poco la boca pero fue para decir:

-¿Qué?

Y acto seguido saltó su madre.

-¡Oiga¿Qué le está haciendo a mi hija?

-Señora Bell, es sólo una prueba rutinaria...- oí decir a Cuddy.

-¡Eh!- insistió la señora Bell ignorándola totalmente.- ¡Quieto!

-No me hable como si fuera un perro.- repliqué.

Le estiré la comisura del labio a Diane lo justo para que entrara el bastoncillo, y lo hundí en el lado de la mandíbula. Saliva fresca. Saqué el bastoncillo y lo metí en una bolsita hermética.

-¿Qué demonios lleva ahí?- preguntó la señora Bell.

-Muy sencillo, un palito mojado con las babas de su hija.

-¡Yo no he autorizado que se le haga eso!- gritó. Se volvió hacia Cuddy que lo único que podía hacer era mirarnos con cara de circunstancias.- ¡Las muestras de saliva se utilizan para hacer pruebas de ADN¿Están insinuando que no soy su madre?

Pero por el amor de Dios, qué pedazo de loca paranoica. ¿A que la niña había heredado de su madre el gusto por las sustancias extrañas?

-Pues mire, a lo mejor no lo es, pero esa no es la cuestión.- le corté.- Aunque sería mucho más fácil determinarlo si fuera su padre, si quiere le hago la prueba. Sólo habrá un pequeño recargo en el seguro. Quién sabe, a lo mejor una noche su marido echó un kiki por ahí y ese mes no le vino la regla.

Me entraban ganas de decirle¡pero si la pariste tú¿Todas esas horas de dolor se han borrado de tu mente por acción de la memoria selectiva? Hay cada uno...

-¡Esto es el colmo¡Le denunciaré por injurias!- gritó.

La cara de pánico de Cuddy fue un relámpago que decía no, por favor, otra demanda no.

-¡Y yo a usted por asesinato en comisión por omisión!- le interrumpí.- ¡Porque negándole el tratamiento a su hija la puede estar matando!

-¡¡¡Cerrad la boca!!!- de repente Cuddy emergió entre los dos e incluso la niña dio un respingo. Nos callamos como cuando gritaba la profesora en el colegio.- ¡Demuestren un poco de madurez, por el bien de Diane!

Me arrebató la bolsita con el bastoncillo.

-¿Quieres darme algo más o lo llevo a analizar ya?- dijo, seria pero impasible, como si aquel grito no hubiera sido nada. La señora Bell estaba blanca como la pared.

-Que la comparen con la saliva que hay en esto.- le tendí la otra bolsita con la pastilla de antipolillas masticada.- Si es la misma, la chica y con toda seguridad su amiga Shelley han estado intoxicándose con paradiclorobenceno.

Ella cogió la bolsita y se la guardó junto con la otra en el bolsillo de la bata, toda profesional. Después se volvió hacia la señora Bell con una expresión tranquilizadora y eficiente.

-No se preocupe, enseguida sabremos lo que le pasa a su hija.- dijo, y salió de la habitación con toda la dignidad del mundo.

Salí tras ella con el impulso de darle las gracias por dejarme terminar el caso, o en cualquier caso de decirle algo, que me encantaba ese grito que había pegado y la cara que le había dejado a la susodicha madre. Y sí, ahí estaba, yendo hacia el laboratorio sobre sus tacones caros, dándole un agradable ritmo al taconeo y al movimiento de sus caderas mientras andaba, y entonces recordé que era el último día que la vería, que dentro de un par de horas estaría en su despacho firmando mi finiquito, y desistí. Di media vuelta y me encaminé a mi despacho.


Pelotita arriba, pelotita abajo.

Arriba, abajo.

Arriba, abajo.

Ahora de la mano derecha a la izquierda y al revés.

La verdad es que la pelotita se estaba convirtiendo en un verdadero coñazo. Estaba nervioso. Nervioso porque me largaba en una hora y cuarto, y porque nadie había venido con los resultados de los análisis, a decirme si coincidían las salivas. Cogí la pelota y la estrellé contra la puerta del despacho, justo cuando se abría y la hacía rebotar de nuevo hacia mí. La pelota rodó por el suelo, la seguí con la mirada, y después me volví hacia la puerta de nuevo para encontrar a Cuddy en el umbral.

Nos miramos por un segundo, sin decir nada. No pude descifrar lo que quería por su expresión. Mierda.

-Tenías razón.- dijo.

Me erguí en la silla.

-Esnifaban antipolillas.- continuó.- Diane Bell además lo mascaba. La otra chica, Shelley Addison, lo ha confesado. Dice que se lo recomendaron unos chicos del colegio. Que flipabas por muy poco dinero y además era fácil de encontrar.

Parecía triste. Me dio esa sensación. Triste o muy cansada. Se balanceaba ligeramente sobre los tacones. Punta, talón, punta, talón.

-Habrá que esperar a que se desintoxiquen y lo eliminen.- concluyó.- Será una recuperación larga.

Se apoyó contra el marco de la puerta. Había en ella una extraña sensación de desvalimiento, de impotencia. No estaba acostumbrado a verla así y me dolió. No era tan fácil vacilarle a esa Cuddy decaída como a la todopoderosa decana. Dios, odiaba verla vulnerable. Odiaba ver vulnerable a la gente de por sí, lamentándose de su perra vida, pero aún más cuando no solía verla así. Cuddy siempre me había parecido fuerte, dura, hasta en los momentos más difíciles. No se derrumbaba. Y en ese momento me pareció que estaba decaída. No quería verla así, así que clavé la vista en uno de los cuadros anodinos de la pared.

-El paradiclorobenceno está en muchos productos para el hogar y casi nadie sabe el daño que hace. Si hubieran tardado más en ponerse enfermas, esas chicas habrían acabado con fallo orgánico múltiple y en la morgue.

Pensar en medicina, en ciencia, en cosas empíricas, me protegía de pensar en ella y en mí.

-Antipolillas, ambientadores... ya sé que huelen bien, pero a nadie se le ocurre engancharse.- dije.

Ella medio sonrió.

-Otra vez lo has hecho. SuperHouse al rescate.- dijo.

-Qué bonito, SuperHouse. ¿Te lo has inventado tú sola?

-No, era una broma estúpida, pero si no te hace gracia me da igual.

Otro silencio incómodo. Ella seguía apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, dando golpecitos en el suelo con la punta del zapato.

-Ha estado bien.- dije de repente, porque no pude contenerme.- Cómo has callado a esa zorra de la madre.

-Os he callado a los dos.- respondió.

-Pero ella se lo merecía más.

Ella se alisó el pelo que le reposaba sobre el hombro izquierdo, distraídamente.

-Lo que tú digas, House.

No tenía ni ganas de contradecirme y corregirme. Aquello era grave.

-¿Estás bien?- le pregunté.

Ella sacudió la cabeza. No era un gesto afirmativo ni negativo, sino como si quisiera sacar algún pensamiento de su mente. Se frotó el puente de la nariz y volvió a levantar la cabeza hacia mí.

-Sí... es que ha sido un día complicado... bueno aún lo está siendo.

Me miró, y fue diferente. Diferente de muchas otras veces. Sólo me había mirado una vez así después de que me pasara lo de la pierna. Con un punto de culpabilidad. Como si se sintiera mal por mí, no por ella. Otra cosa que me hacía sentirme como una mierda. Primero Wilson diciendo que mi vida se reducía a mi trabajo, y mi dignidad, y luego ella mirándome de esa forma.

-¿Qué pasa?- dije.

-Nada.

Se irguió y dio media vuelta para marcharse. Pero no lo hizo. Se quedó en la puerta, de espaldas a mí, con una mano apoyada en el pomo de la puerta, así un instante, y de nuevo volvió la cabeza.

-No sé qué hacer contigo, House.- dijo.- De verdad que no lo sé.

-¿Qué hacer conmigo en cuanto a qué?- pregunté, intentando ocultarme a mí mismo el hecho de que ya sabía a qué se refería.

-Ya sabes en cuanto a qué.- dijo.

La vi morderse el labio inferior, y suspirar bajito, de forma inaudible, sólo el aire escapando de entre sus labios.

-No lo sé... de verdad. Tengo que... tengo que pensar.

Me sonrió, con un gesto entre cansado y dudoso, que trataba de ser tranquilizador pero me dejó una sensación bastante incómoda.

-Luego nos vemos.- dijo, y salió cerrando la puerta a sus espaldas.