Mmm... 24 reviews... estoy superfeliz pero no sé por qué hice cierta promesa hace tiempo... Sara agarra a Vogler por el cuello y le estampa un beso. Bueno, ya está. Gracias a todas. Jeje por esta cantidad soy capaz de hacer muchas cosas... Me alegro que estéis disfrutando, y más ahora que llega el final... no si soltaré mi lagrimita y todo cuando acabe, con lo que lo estoy disfrutando yo también...

Capítulo 9

Cuando volví a sentarme en el sillón de mi despacho al final del día, delante de mí, sobre la mesa, había una caja con mis cosas. Obviamente, las había recogido yo. Dentro de quince minutos estaría en el despacho de Cuddy firmando los papeles de mi despido, la resolución del contrato o como demonios se llame eso.

A pesar de todo, resultaba rarísimo pensar que al día siguiente yo ya no estaría allí. La verdad es que lo había asumido muy bien. Me había hecho a la idea. Bueno, pues ya está, se acabó el rollo. Pero ahora, cuando llegaba el momento de la verdad, cuando el momento del final parecía peligrosamente cerca, algo me decía que no quería irme. Y que no estaba dispuesto a hacerlo.

-¿Qué miras?

Levanté la cabeza. Wilson.

-¿No te han enseñado a llamar a la puerta?- dije.

-He llamado, pero no dabas señales de vida, así que directamente he entrado.

Así que había llamado. Pues no había oído nada. Lo mismo era mentira. Bueno, en fin, ya había entrado, así que daba igual.

-¿Qué haces?- repitió. Siguió la dirección de mi mirada.-¿Estás... mirando una caja?

-Técnicamente, cuando tú miras una foto de Julie con cara de cordero degollado, miras un trozo de papel, y yo no te digo nada.- repliqué.

-¿Cómo que no? Me dices que si la quiero tanto por qué hice lo que hice para tener que lamentarme ahora.

-Oh, venga, déjate de rollos.

Él se calló, y yo también, y fue agradable. No me apetecía nada oír lo que iba a decirme, así que mejor que lo dijera en otro momento. Me dejé caer contra el respaldo del sillón. La última vez que lo haría, por cierto. Wilson estaba tamborileando con los dedos en el apoyacabezas. Eso significaba que se moría por decir algo pero no se atrevía a hacerlo. Me pone de los nervios cuando se comporta así. Y no me puede decir que no es cierto porque lo conozco mejor de lo que cree.

-¿Qué?- dije volviendo la cabeza.

Él me miró con su mejor carita de inocencia.

-Nada.

-¿Entonces a qué has venido¿A que miremos la caja juntos?- le pregunté.

-No, venía a decirte que si quieres que nos vayamos juntos a casa. Está lloviendo y en la moto acabarás empapado.

No me había dado cuenta, pero era cierto. Había pequeños riachuelos de agua corriendo por los cristales. Llovía fuerte. Tenía que haber empezado cuando Chase y yo volvimos de nuestra excursión. Ya estaba nublado entonces.

-Tengo que ir a firmar los papelitos de Cuddy.- dije.- O sea que todavía tardaré.

-¿Ah, tenías consulta?

Le miré de reojo. ¿Qué?

-¿Por qué lo dices?

-Da igual, he dicho una tontería.- se corrigió.

-No¿por qué?- pregunté incorporándome en el sillón.

-¿Porque podrías haber ido antes y salir a tu hora?- preguntó.- ¿O estás retrasando lo inevitable?

Decidí no responder a eso. Que me dejara en paz. O por lo menos que esperara a que lo tuviera todo arreglado y no pudiera echarme atrás.

-Escucha.- comenzó en su mejor tono aleccionador, consolador y sereno a la vez.- Si no quieres irte, admítelo abiertamente. Habla con Cuddy. Estoy seguro de que...

-Con Cuddy está todo hecho.- le corté. Aquella conversación se estaba yendo por derroteros a los que no quería llegar.

-Yo creo que no.- dijo él, en un tonillo algo raro.

Volví a mirarle. Aquella forma de decir "yo creo que no" me había sonado bastante sospechosa. Fruncí el ceño.

-¿Qué sabes tú que yo no sepa?

Él abrió unos ojos como platos. No hace falta saber mucho de lenguaje corporal para descifrar que eso significaba que lo sabía todo, pero no estaba dispuesto a soltar palabra, y por tanto quería fingir que no tenía ni idea de eso que sabía tan bien.

-¿Yo? Nada.- dijo.

-Ya, venga, a otro con ese cuento.

-Te juro que no sé nada.

-Si fueras un crío tendrías los dedos cruzados dentro del bolsillo.- acto seguido se sacó la mano del bolsillo.- Oh, Dios, ya lo estabas haciendo.

-¿Puedes dejar de eludirme con tonterías por un momento? Te hablo en serio. Habla con Cuddy. No es la tirana que tú piensas.

-No pienso que sea una tirana.

En ese momento él sonrió, y me di cuenta de que acababa de decir algo que tal vez no habría dicho si me hubiera percatado antes. Una de esas cosas que se piensan pero no se dicen, lo que en mi caso, y por muy raro que pueda parecer, ocurre bastante a menudo.

-¿Entonces por qué no vas y tratas de dialogar con ella como los adultos que sois?

Le habría respondido de no ser porque de repente la puerta volvió a abrirse y aparecieron tres cabecitas. Cam, Chase y Foreman. A darme su último saludo. Qué mal suena eso.

-Nosotros nos vamos ya.- dijo Cameron.

Los miré. Tanto tiempo a mi cargo y ahora se acababa todo... en el fondo habíamos pasado buenos momentos, malos momentos, habíamos discutido, nos habíamos reído... había sido divertido. No había estado mal. A la mierda, les echaría de menos. ¿A quién iba a contradecir, corregir y tantos etcéteras ahora?

-Os diría hasta mañana, pero puede que mañana no esté.- les dije.

Los tres pusieron cara de circunstancias. No tenían una respuesta mejor y probablemente tampoco la había. Así que durante unos segundos permanecimos los patitos, Wilson y yo sin decir nada, mirando al suelo, intentando convencernos de que la despedida no era tan incómoda como era en realidad.

-Bueno, ya nos veremos.- insistió Cameron, que parecía estar haciendo de portavoz del grupo, para romper el silencio.

Esperaron una respuesta que no hubo, así que un poco desanimados, o quizá pensando que era yo quien estaba desanimado, los tres se despidieron y se dispusieron a irse a casa.

-Chicos.- les llamé entonces.

La puerta volvió a abrirse y los tres me miraron.

-Espero que con el que venga mañana seáis exactamente igual de coñazo que habéis sido conmigo.- dije.-Ya me enteraré de cómo lo hacéis. Todavía tengo un infiltrado en el hospital.

Señalé a Wilson con un movimiento de cabeza. Le dejé sin saber adónde mirar.

-Dadle caña.- concluí.

No quería ver ninguna escena lacrimógena, así que me puse en pie y me decidí a acabar con todo de una buena vez. Lo hecho, hecho estaría. Ya no habría más dudas cuando en mis papeles de rescisión del contrato estuvieran estampados con el nombre de puño y letra de Greg House. Y si las había, ya daría igual porque no podría echarme atrás.


-Te lo confieso, desde el principio sabía que no funcionaría.

-¿Ah, sí? Pues mira que lo sabes bien sin conocerle apenas.

-Por lo que me habías contado de él. ¿Sabes? Para esto se necesita un mínimo de colaboración, y él no colabora. No puedo obligarle a hablar si no quiere. De hecho, la mayor parte de gente que va al psicólogo lo hace porque quiere.

Iba a entrar en el despacho de Cuddy cuando oí esas voces, obviamente, hablando de mí. Las dos amiguitas. Lisa Cuddy y Matt Shore. Mi jefa y mi psicóloga. Excelente combinación.

-¿Si sabías que no funcionaría, por qué no me lo dijiste?- ésa era Cuddy.

-Lisa, te conozco desde los catorce años¿todavía crees que pienso que me harías caso?

Di dos golpecitos en la puerta y abrí.

-¿Puedo pasar o interrumpo una conversación de chicas?- dije.

Las dos se volvieron y me miraron. Una rubia, la otra morena, ambas con su jersey rosa pálido de Donna Karan o la marca que fuera. Las había pillado in fraganti hablando de mí, sentadas cada una a un lado del escritorio, tan felices. O tal vez no tan felices. Cuddy decididamente no parecía contenta. Estaba igual que tras la resolución del caso de las niñas. Diferente.

-No, yo ya me iba.- dijo Matt arreglándose el jersey para ponerse en pie.

-No, no tienes por qué irte.- dijo Cuddy entonces.- No tardaremos.

La mirada que le dirigió la psicóloga entonces fue más que sospechosa. Algo en plan "¿Pero se puede saber qué estás haciendo?"

-Insisto en que es mejor que me vaya.- dijo, mirando a Cuddy con una evidente doble intención.

-No, él ya sabe perfectamente que si está aquí es por lo que ha pasado contigo.- dijo Cuddy con toda la calma del mundo sacando unos folios impecables de la bandeja de la impresora.

-Sí, anda, ahora la culpa es mía.- la cortó Matt.

Enarqué una ceja.

-Como si no lo fuera.- dejé caer.

-No lo es.- se defendió ella.- En todo caso, la culpa es vuestra.

Nos dirigió una mirada reprobatoria. Primero a mí, y luego a Cuddy. Me quedé alucinado. A Cuddy también.

-Si no sabéis resolver vuestros líos por vosotros mismos, no es culpa mía. Las cosas se solucionan hablando, no con la resolución de un contrato.- concluyó.- Lo vuestro no parece un problema profesional. Os parecéis más a los matrimonios que vienen a hacer terapia de pareja. Ninguno quiere ceder, ninguno quiere mostrarse, y lo único que se les ocurre es divorciarse cuando en realidad lo único que ambos necesitan es decirse abiertamente lo que se importan y solucionar las carencias de su vida sexual.

Lo confieso. Me quedé a cuadros. Pero la cara de Cuddy debía de ser aún mejor que la mía. La boca entreabierta, los ojos de par en par, las hojas a punto de resbalarle de entre las manos. Extrañamente, se parecía más a una expresión tipo "me has pillado" que a un "cómo te atreves".

-Buenas noches. No hagáis ninguna tontería.- se despidió Matt, muy contenta con la que había formado, recogió su chaqueta y se marchó con toda la dignidad del mundo.

Durante el siguiente momento podía haberse oído perfectamente volar una mosca. Cuddy reflexionaba sujetando los folios como si le fuera la vida en ello, y yo me había quedado poco menos que confuso, de pie frente al escritorio, apretando la empuñadura de mi bastón. Vaya con la comecocos. Menudo discursito.

-Joder, Cuddy.- dije.

Ella pareció salir del trance.

-¿Qué?

-Tu amiguita. Es durilla¿eh?

Cuddy bajó los folios, cerró los ojos y apoyó la frente en una mano, con un suspiro.

-Y lo que más me mata de ella es que siempre tiene razón.

Me giré hacia ella sin dar crédito de lo que estaba oyendo.

-¿Cómo dices?

-Que tiene razón.- creo que el corazón se me paró por un segundo al oír eso.- Sobre que deberíamos hablar.

Volví a respirar tranquilo.

-Tal vez hacerte firmar estos papeles no sea la solución, House.- dijo levantando la vista hacia mí.

Tal vez no lo era. Sí, probablemente no lo era, pero y si no¿qué?

-¿Entonces? Creía que te quedarías mucho más tranquila cuando te deshicieras de mí.- dejé caer.

-Sí, más tranquila sí.- dijo ella.- Tendría menos quejas de pacientes, menos recetas de vicodina que rellenar, menos abogados y probablemente un presupuesto menor para hacer frente a las demandas.

Se retiró el pelo con un gesto distraído y volvió a mirar los papeles, como si se preguntara qué hacer con ellos.

-Pero aparte de que perdería a un gran médico, debo ser masoquista o algo, no quiero que te vayas.-dijo rápidamente.- Sí, ya está, lo he dicho, no quiero que te vayas.

En ese momento sentí algo que hacía mucho tiempo que no me ocurría. Aceleración del pulso, de los latidos del corazón, espontáneamente. Podía sentir la sangre acelerándose en mis venas, el latido golpeando dentro del pecho. No sabía por qué. Precisamente ahora. A lo mejor me entra una taquicardia, pensé, y me muero aquí delante. No me he pasado con el café ni con la vicodina. Esto no es normal. Sólo porque ella había admitido que no quería que me marchara. Sólo porque ha dicho algo que yo quería escuchar y ella me había negado, y yo también me había negado a leer las señales. Hacía mucho tiempo que nadie me decía algo que quería escuchar. Al menos algo de esa índole.

Apreté la empuñadura del bastón intentando descargar la energía contenida. Mientras ella seguía hablando y me parecía estar soñando.

-¿Sabes por qué me hice médico?- dije entonces, casi sin darme cuenta.- Porque me apasiona la ciencia. La ciencia es fácil¿sabes? Tienes X reglas y X excepciones y ya está. Siempre actúas dentro de un marco. Puede que la explicación sea complicada, pero me gustan las complicaciones.

Ella me miraba con cierta condescendencia. Debía de pensar que había perdido el poco juicio que me quedaba.

-Cuando las cosas tienen que ser de una manera, siempre acaban siendo de esa manera, aunque tengan sus variaciones. Si la vida fuera como la ciencia, a pesar de la parrafada que te estoy echando, esta escena acabaría conmigo firmando esos folios y tú mandándolos al departamento de personal. Pero no es así. Y eso hace que esto sea condenadamente difícil.

No me atrevía a buscar sus ojos.

-Porque yo tampoco quiero irme.- dije.- Y tengo que elegir lo que hacer y no es fácil elegir. Quiero decir, sería mucho más fácil seguir una regla empírica que me dijera lo que tengo que hacer, pero no la hay.

La voz de Cuddy pareció temblar un poco al responder.

-Pero la medicina no es una ciencia exacta. Es experimental. No todas las reglas son empíricas.

Se puso en pie y avanzó lentamente hacia mí. Apoyó la mano en mi hombro y me miró, hasta el fondo con sus ojazos verdeazules.

-¿Quieres quedarte?- preguntó.- Porque si quieres quedarte sólo tienes que admitirlo y romperé estos folios. Como si nunca hubieran existido.

Sentía la presión suave de su mano en mi hombro, la calidez a través de la chaqueta. La cogí y se la aparté. Pero no la solté.

-Necesito que lo admitas, que me digas algo, que... no sé, que reconozcas que quieres cosas y que necesitas cosas y que eres al menos un poco humano.- dijo.- No ganas nada siendo de piedra.

Me soltó y cogió los folios horizontalmente, con las dos manos.

-¿Quieres que los rompa?

Ahora o nunca. Es jodido que me cueste tanto decir esto.

-Sí.


Continuará... Mwahahaha... soy mala¿sí?