Capítulo 11: El bardo y el paladín
No puedo describir con palabras la impaciencia que siento ahora mismo. Necesito que vuelva, necesito abrazarle. Pero sé que falta poco, ¡falta muy poco!
Cuando deje a la fachada de la noche, cuando baje hasta aquí, cuando todo el mundo desaparezca...
Total nada...
Cuando por fin llega, me escondo detrás del respaldo para que no me vea. Para que me busque.
"¿Habéis visto a Justin?" pregunta tras unos instantes a Hannah, Susan y Zacharías.
Sentado entre las dos, el rubiales está más ancho que largo, aunque no haga más que quejarse de eventos molestos si con ello hace reír a las chicas. Ernie se pone en pie, se despide de todos y se marcha al dormitorio. Desde que volví del invernadero ha estado muy serio.
Nada más regresar al baile, Ernie me ha mirado de arriba a abajo, me ha preguntado que dónde me había metido y, al asegurarle que no me había ido con Pansy (lo cual era obvio porque ella seguía lloriqueando detrás de un mohíno Draco), se le ha quedado la expresión torcida en vez de animada. Cedric ha sido prudente y ha vuelto unos minutos después. Chang ha tenido la decencia de acudir a él nada más verle para volver a bailar juntos, dejando atrás a un buen séquito de franceses con el corazón roto. Hemos pasado el final del baile haciendo el tonto y charlando entre amigotes, y en el último momento se nos han unido algunos Gryffindors de nuestro curso, encabezados por un triste y abandonado Neville, con el que nuestras chicas se han volcado, porque Susan y Hannah le tienen un cariño especial. Dean Thomas y Seamus Finnigan se han puesto a hacer el payaso y bailar juntos para animarle y para, en apariencia, llamar la atención de sus parejas. Pero ellas no parecían hacerles mucho caso, y a ellos tampoco parecía importarle demasiado. Por la forma en la que Finnigan mira a su amigo Thomas, creo que entre esos dos hay algo, unilateral o compartido. Al final, los desparejados nos hemos cansado y hemos regresado a casa mientras los demás procedían a la embarazosa separación con beso sí o beso no o qué sé yo. Vamos, que no quería quedarme a ver cómo se despedía Cedric, si podía evitarlo.
Lo bueno es que esta vez soy yo el que tiene un pacto: hasta final de curso, tengo que tragar con Cho. Por Cedric, por mí y por los dos. Una vez se apague el foco del torneo, Cedric será otra vez libre para hacer lo que le plazca. Si entonces se atreve... Pero no quiero ponerme en lo peor, en la vida hay que ir con optimismo y mirando hacia delante.
"¡BU!" salto saliendo de mi escondite delante de sus narices antes de que nadie pueda responder. Cedric me empuja con el dedo y caigo hacia atrás en mitad de mi pantomima fantasmagórica. Por suerte, sus reflejos de buscador le permiten agarrarme de los brazos antes de escogorciarme contra el brasero, y devolverme a mi posición erecta.
"¿Por qué has tardado tanto?"
"Porque tenía que contarle a Potter el secreto del huevo, por eso."
"¡¿Y por qué demonios se lo has dicho!" se escandaliza Zacharías en el acto.
"Porque así ahora estamos en paz," responde tranquilamente nuestro capitán.
Y se sienta a mi lado mientras rememoramos los mejores momentos de la noche y las anécdotas de sus protagonistas.
"¿¡Pansy Parkinson!?" exclaman a la vez Hannah y Susan cuando Zacharías les cuenta la escena en los lavabos.
"Y dale," me llevo las manos a la cara.
Medianoche. Con los dedos, lentamente, cuento los minutos que tarda en desalojarse la sala común. Hannah y Susan. Zacharías y dos compañeros del equipo. Los de séptimo. Cuatro rezagados que lloraban sus desamores en una esquina. La mano de Cedric se acerca a la mía.
La una de la madrugada. No queda nadie más. Cedric murmura un hechizo que apaga las luces generales de la sala común, y que solo conocen los prefectos. El reloj se mueve suavemente, las plantas murmuran somnolientas, las estrellas del techo encantado brillan sobre nuestras cabezas. Las manos de Cedric ya están sobre mis cabellos; su corazón, bajo mi oído. No queremos hablar, no es el momento. Nuestra respiración es agitada y mi emoción se desborda. Las manos de Cedric comienzan a bajar: mi cara, mi cuello, mi torso debajo de mi túnica. De forma lenta, pero segura, Cedric explora su nuevo territorio. No tenemos prisa por dar ningún paso. El mundo es nuestro y la noche es larga.
Las dos de la mañana. Lo miro y lo vuelvo a mirar. Cedric cierra los ojos y respira con calma. A veces parece que está dormido, pero en realidad está sólo relajado. Sus manos siguen acariciándome la espalda de arriba a abajo y de abajo a arriba, por debajo de la ropa. Mi cabeza reposa sobre su hombro y mis labios no se cansan de repasar la línea del cuello y sus labios. Hace rato que ninguno ha avivado el brasero, porque ya no hace falta. En un momento en que abre los ojos, sin poder contenerme le susurro al oído con mi mano trazando círculos en su mejilla:
Boy, you look so pretty to me,
like you always did,
like the Spanish city to me,
when we were kids.
Cedric gira la cabeza bruscamente y me besa con ganas. Con sus manos sobre mis nalgas me aprieta contra él, y yo hago lo mismo. Pese a las capas de ropa que nos separan, mi cuerpo entero se enciende como nunca lo había sentido. Ambos gemimos furtivamente e intensificamos el roce, hasta ver fuegos artificiales bajo mis párpados cerrados. Cedric se ocupa luego de ambos con un hechizo, pero no nos separamos ni un milímetro.
Las tres de la mañana y nos estamos durmiendo. Beso a beso, cada vez más espaciados, nos vamos dando las buenas noches.
Las seis de la mañana y Cedric me despierta con uno de esos besos que reaniman princesas. Me aprieta fuerte, me susurra cosas. Y yo estoy tan dormido que apenas las recordaré al día siguiente. Vuelvo a cerrar los ojos.
Las ocho de la mañana y salta la alarma que mi precavido capitán había colocado, como la otra vez, solo que ésta se activa nada más abrirse la puerta de un dormitorio en el piso de abajo. Se acabó la noche y toca incorporarse. Consigo deslizarme a los baños mientras que Cedric regresa a su cuarto. Me lavo la cara y subo a desayunar. Lleno el estómago y luego caigo muerto, pero feliz, en mi cama.
A la hora del almuerzo hay un contraste espectacular entre las mesas: mientras que la de Hufflepuff está animada y dicharachera, en el resto parece haber una mezcla entre resaca y desasosiego. Es lo bueno que tiene hacer los deberes con antelación: cuando se acaba lo bueno, no queda por delante el desierto de las tareas. Cedric pasa junto a Cho para saludarla antes de sentarse a mi lado en nuestra mesa.
A partir del baile, todo el mundo comenta sobre la pareja del año: Se los ve cada día por los pasillos y el patio agarrados de la mano. Si los veo desde una ventana, aparto la vista. Si me cruzo con ellos, evito mirar a Cedric. Y si no puedo evitar mirarle, y por casualidad él no puede hacer como que no me ve, sonrío primero a Cho y luego a él. Quedo tan bien y tan falso que no puedo por menos que felicitarme a mí mismo mentalmente.
Luego, por las noches, sentados si hay gente y recostados cuando ya no queda nadie, Cedric me cuenta las anécdotas de Ravenclaw que, junto con el quidditch y el Torneo de los tres magos, constituyen los temas principales de conversación con su novia oficial. Si acepto que Cedric me hable de Cho, es sólo porque hay que estar al tanto de los movimientos del enemigo:
"¿Sabías que Fleur hizo que Roger Davies dejara a la chica que iba a ser su pareja, para que fuera con ella al baile? Cho no puede ni verla," me dice, y añade una lista de las sutilezas con las que la Ravenclaw suele adornar a la francesa. "Y Potter le pidió que fuera su pareja. Pero claro, ella ya me había dicho a mí que sí."
"¿Y de no haberlo hecho? ¿Habría ido con Potter? ¿Le habría dado igual?"
"Harry le cae bien. Justin, no es por nada, pero tú mejor que nadie deberías comprenderla."
Tocado.
"Sí, pero yo jamás te cambiaría por Potter, eso lo tengo muy claro."
"Olvidemos a Harry, que ya tengo bastantes quebraderos de cabeza con él como rival en todos los otros campos," sonríe, esquivando la mirada. Tocado y hundido.
"¡A sus órdenes!" respondo.
Y le beso.
Últimamente no hacemos más que llenarnos mutuamente de babas a la menor oportunidad. A ver si pronto pasamos a algo más... sustancioso que restregarnos vestidos. Sobre todo para dejar de esconder las miradas sucias que le lanzo cuando creo que nadie me ve. Maldita pubertad.
Durante el día apenas estamos más tiempo juntos que el rato que pasamos todos leyendo o charlando en la sala común, o durante las comidas. De noche, disimulamos algunos días haciendo como que nos vamos a dormir y volviendo al rato. Después, no regresamos muy tarde para evitar quedarnos dormidos. A veces nos permitimos trasnochar, como el sábado antes de acabar las vacaciones, esa noche estuvo sensacional. Y nadie dice nada, nadie hace un sólo comentario, ni una sola pregunta. Creo que a estas alturas ya se han acostumbrado a vernos tanto tiempo juntos.
A Ernie no le puedo engañar, sin embargo. Ernie se percata de todo. Lo que pasa es que, a diferencia de tantas cosas superfluas que brotan incesantemente de su boca, las importantes de verdad se las calla. Alguna vez ha hecho algún comentario sobre mi sonrisa perpetua después del baile, pero nada más. Y sabe cuándo me acuesto tarde porque suele esperarme despierto, siguiendo su tradición. Con la diferencia de que ahora deja cerradas las cortinas de su cama, cuando antes las dejaba abiertas por mi lado toda la noche, igual que hago yo. Pero sé que está despierto porque me susurra las buenas noches infaliblemente, como si quisiese que yo sepa que lo sabe.
El primer día de clases, después del desayuno, me cruzó con Luna Lovegood en el recibidor de camino a Herbología, yo, y a Transfiguración, ella.
"Estás enamorado. Tienes hadas cantándote en el cerebro. Las veo a través de tus ojos."
Sin previo aviso, la levanto en volandas, le doy un rápido beso en la mejilla y vuelvo a dejarla en el suelo.
"Yo creo en las hadas, ¡creo, creo!" sonrío dando palmas, y me marcho dejándola perpleja a ella, para variar.
Dos pasos más adelante veo a Creevey mayor poniéndome morritos con las manos juntas, en clara pose de pedigüeño de besos. Le doy una toba en la nariz y paso de largo. En venganza, me saca cinco fotos por la espalda y me amenaza con colgar una foto ampliada de mi trasero en el tablón de anuncios de la sala común de Gryffindor. Como poco se va a ver de mi trasero con la túnica puesta (esa amenaza debe de funcionar con los de su curso: pobre del que comparta habitación o ducha con él...), lo ignoro con alevosía y me reúno con Ernie y las chicas para ir a los invernaderos a través de los campos nevados.
Tenemos una nueva profesora para Cuidado de criaturas mágicas, Grubbly-Plank. No sabemos muy bien por qué, ni si serán ciertos esos rumores que han salido en El Profeta sobre que Hagrid es hijo de gigantes, pero no puedo decir que me haya desagradado contemplar un unicornio vivo, aunque a cierta distancia, porque los unicornios prefieren "el toque femenino". Hannah y Susan están en éxtasis al final de la clase. Y yo no quiero analizar muy profundamente el hecho de que el unicornio no me haya bufado cuando me he acercado como quien no quiere la cosa en un momento de descuido de la profe. Me da que el unicornio también lo sabe.
De todos modos, espero que a Hagrid no le haya pasado nada malo, porque no lo hemos visto ni en el comedor.
A mediados de enero tenemos otra visita a Hogsmeade.
De camino vemos a lo lejos a Krum en bañador en la cubierta de su barco. Algunas niñas gritan entusiasmadas y por el rabillo del ojo veo a Cedric absorto en su salto al agua. Nos quedamos un minuto aguardando el combate espectacular entre el búlgaro y el calamar gigante, vemos a los Creevey junto a la orilla con la cámara preparada, pero éste nunca se produce. Krum sale a la superficie, nos ve y saluda con la mano a Cedric, quien le devuelve el saludo con una sonrisa:
"Debería aplicarme el cuento si quiero tener alguna oportunidad," musita.
"Si has de morir, capitán, que sea el día de la prueba, no antes," replica Smith.
Una vez en el pueblo mágico, el Comando-H pasea su cansancio de comienzos de trimestre por las calles, mutilado por las parejas que se formaron en el baile y que aprovecharán la salida para intimar, con Cedric y furcia (ups, se me escapó) a la cabeza. Como golosinas como un maníaco-depresivo y me río con ganas en Las tres escobas, a donde hemos ido tan pronto que sólo vemos a Ludo Bagman y a unos duendes en un rincón de la taberna. Al salir nos cruzamos con el trío fantástico de Gryffindor, pero ellos no nos ven.
Ernie y Hannah, que han pasado la tarde solos buscando libros y evitándonos por alguna razón inconfesable (que no soy tonto) sólo aparecen a la hora de cenar. Ernie apenas habla para comentar sus hallazgos literarios y Susan intenta sonsacar a Hannah por lo bajo, sin éxito.
El domingo por la mañana voy a dar un paseo alrededor del lago con Zacharías. Me encanta contemplar el barco de Durmstrang y a sus ocupantes lanzándoles restos de comida y cachos de carne al pizpireto calamar. Mientras los observamos, me da por recordar la noche anterior con Cedric en el sofá (a punto estuve de meterle mano por debajo de la ropa, no me atreví, pero vestido y todo le sentí otra vez como si fuera parte de mi propio cuerpo), y pensar en Cedric siempre me deja el corazón y las tripas calentitas. Y una sonrisa de oreja a oreja.
Es bueno que yo esté tan feliz, porque Zacharías parece bastante depre. Supongo que estos meses son un poco fríos y duros. No hay mucho con lo que ilusionarse, y la gente está a medio camino entre dispersa y absorta en lo que no debe. Al final, como hoy el frío es soportable, nos sentamos contra el tronco de un árbol. Durante un rato, le observo de reojo mientras que él no aparta los ojos del lago. Sus rubios cabellos lacios le llegan hasta las cejas, proporcionando un buen escondite a ciertas expresiones fruncidas. He perdido ya la noción de cuándo me acostumbré de tal forma a Smith, que su mera presencia me es ya tan natural como la de Ernie, Hannah o Cedric.
"¿Crees que hay algo en lo que puedo ser particularmente bueno, Justin?" me pregunta al fin.
"Juegas bien al quidditch y eres buena compañía, tío. ¿Qué más quieres?"
"Algo de lo que sentirme orgulloso, por una vez. No hacer como que me siento orgulloso. Sentirme orgulloso. Así tal vez algún día pueda echarle lo que hay que echar para no ser sólo el blanco de las migas de pan en la mesa y las broncas de sobremesa."
Querría decirle que lo único que le falta es sacarse el palo del culo y sonreír un poco más, en vez de quejarse tanto. Pero como ya se lo he dicho de tantas formas, entiendo que lo último que necesita son consejos y peroratas. Así que le rodeo por los hombros en un medio abrazo, y percibo satisfecho su inmediata relajación.
Lo dicho: Zacharías lo que necesita es un poco de cariño.
El domingo por la noche le canto una estrofa a cada una de las chicas de mi casa, individualmente o en grupo. Ellas se ríen o me arrojan cojines, pero consigo mi propósito, que es verlas tan contentas como lo estoy yo. Hasta les robo una sonrisa a las más apenadas por recientes desengaños o bajones en clase. Con Hannah me marco un vals por la sala común, hasta dejarla luego bailando con Susan, y me voy a molestar un poco a la prefecta, que está demasiado concentrada en sus estudios. Me aparta con un hechizo lanzado sin mirarme, pero la veo sonreírse mientras sigue memorizando la lección.
Cedric regresa de su paseo vespertino con la zorravenclaw a tiempo de impedir que dos de sexto me amordacen y maniaten al sofá, bandurria en ristre (los hechizos ya no funcionan porque al final me he protegido con uno de efecto rebote). Protestan que me está cambiando la voz y que suelto más gallos de los que pueden soportar en una sola tarde (¡mentira!). Sin inmutarme, canto aún con más fuerza y a grito pelado: "¡JULIEEEEEEEEEEEEEEEEEET!", hasta que mi capitán y paladín de la casa acude en mi rescate, no sin antes dar buena cuenta de la bandurria mágica a otro compañero que la sabe tocar también. Tras un par de canciones en grupo para terminar de caldear el ambiente, y una agradable charla alrededor del fuego, cada uno regresa a sus tareas de domingo antes de dormir. Cedric y yo conseguimos robar un beso a hurtadillas en los baños, y luego yo me voy feliz a molestar a Ernie en su cama (básicamente cantándole en la oreja con voz estridente para que no pueda concentrarse en la lectura), hasta que él también me echa a almohadazos. Pero también sonríe.
Hannah no deja de suspirar cada vez que ve a Ginny Weasley rondando la mesa de los Ravenclaw o a Michael Corner acercándose a ella por los pasillos.
"La próxima vez que me guste alguien, pienso tomar yo la iniciativa," nos comenta muy decidida.
"¡Así se habla!" la aplaudo. Y yo me propongo tomar ejemplo. Estoy cansado de esperar a que Cedric dé el siguiente paso y me meta mano en serio. Sospecho que le da demasiada importancia a ser mayor que yo y teme abusar. Pero tengo que encontrar la forma de hacerle entender que la edad es algo relativo, que se está preparado cuando se está preparado, ni antes ni después. Y que yo estoy más que preparado para que me haga lo que quiera... quiero decir, que estoy preparado, preparado. No tengo remilgos virginales ni miedo al dolor ni mucho menos vergüenza. Lo que tengo son muchas, muchísimas ganas.
"No sé si yo me atrevería," suspira Susan, y a mi mente sucia le cuesta dos segundos regresar a la conversación. Susan parece llevar mejor su cuelgue por Terry Boot, aunque me he fijado que a veces se queda triste y pensativa mientras estudia.
"Siempre es más emocionante cuando es el chico quien se acerca a ti," asiente Hannah. "Pero tú y yo tenemos comprobado que si esperas demasiado, puedes perder el tiempo, o peor aún: a esa persona."
Zacharías no deja de preguntar machaconamente a Cedric sobre la segunda prueba, algo que despierta la curiosidad en todos nosotros, pero éste sólo responde que ya la tiene más o menos resuelta y que sólo queda enfrentarse a ella cuando llegue la hora. Pese a todo, me ha pedido que lo acompañe un día de esta semana al baño para intentar sacar entre los dos todas las pistas de última hora posibles. Por seguridad.
Por una serie de circunstancias, ese día resulta ser el jueves. Con premeditación, nocturnidad y alevosía llegamos al baño de los prefectos, y con sorpresa, susto y disgusto descubrimos que ésa es la noche que ha elegido también para resolver su enigma Harry Potter. Asomados por el resquicio de la puerta, sin querer importunarlo al verle sumido en una profunda meditación huevera, observamos que a su lado hay un fantasma al que no he visto en la vida, que no deja de hablarle.
"Myrtle la llorona," me explica Cedric. "Me la encontré desmayada en el suelo hace poco cuando salí de la bañera después de una larga hora de meditación. Me vestí corriendo e intenté reanimarla, todo lo que se puede hacer por un fantasma, claro, pero sólo murmuró algo de que 'una muerte así habría sido más feliz' y ahí se quedó. De todos modos, parece que Harry ya lo ha resuelto," sonríe satisfecho. "Vámonos de aquí, Justin. Ya volveremos mañana."
Cerramos la puerta con cautela, y estamos a punto de desandar el camino, cuando escuchamos los pasos inconfundibles de dos pies humanos y cuatro gatunos. A toda prisa doblamos la esquina y nos escondemos detrás de una armadura, esperando.
"¿Ves a alguien, preciosa? ¡Corre y huele, que ahí hay rata encerrada!"
Cedric tira de mi mano y nos deslizamos poco a poco a lo largo de la pared, hasta llegar a unas escaleras. Subimos a toda prisa de puntillas pero, para nuestro horror, descubrimos que conducen a punto muerto: puerta cerrada. Bajamos, llegamos a la escalera principal, y volvemos a subir un piso. No sé ni a dónde vamos, porque lo único que sé en esos momentos es que que tengo los huevos de corbata (el dorado incluido) y a Filch en los talones. Al llegar a un pasillo desconocido, Cedric me aprieta contra sí y contra la pared, y me fijo en que parece estar murmurando posibles hechizos de desaparición provisional. Pensé que el hechizo de "Trágame tierra" no existía, pero igual Cedric lo improvisa. En esto que se empieza a escuchar un chirrido ensordecedor y familiar desde el pasillo, proveniente de un lugar cercano en el piso de abajo, y poco después, el horrible celador se aleja en su dirección. Jadeando, nos dejamos caer al suelo contra la pared junto a una puerta.
"Ha sido... emocionante," dice Cedric. Su voz carece de cualquier exaltación alegre.
"Yo quería un baño relajante, no una persecución con obstáculos," respondo algo frustrado.
Habrá que volver a nuestra casa. Y yo que pensaba que hoy... bueno, que en el baño...
"No podemos volver todavía. Filch anda vigilando las escaleras. Me huelo que eso que hemos oído ha sido el huevo de Potter. Habrá que esperar."
"No podemos quedarnos aquí, Cedric."
"Probemos una de estas puertas. Igual encontramos un sitio cómodo donde sentarnos un rato."
"Para sentarme prefiero los cómodos sofás de la sala común."
"¿Quieres regresar ahora y jugarte un castigo, Justin?"
No quiero regresar, la verdad. No ahora que lo tengo para mí solo y lejos de miradas curiosas.
"Elige una puerta," le digo por fin.
"Todas están cerradas. Oye, aquí no había pomo hace un momento. A ver..." prueba, y para entonces ya estoy junto a él. La puerta se abre hacia dentro y, del impulso conjunto, prácticamente nos caemos dentro.
Las luces se encienden solas, revelando un...¿dormitorio? perfectamente preparado: una inmensa cama con sábanas blanquísimas y entreabiertas, invitando a acostarse, y una ventana falsa que refleja la luna llena y un cielo estrellado, sobre la cual unas cortinas de seda se agitan con una brisa también inexistente. La luz de las velas se va suavizando conforme nos acercamos a la cama, atónitos.
"No me puedo creer que haya aparecido justo cuando no hacía otra cosa que pensar en..." comienzo, sin poder evitarlo.
"¿Tú también estabas pensando en...?" se vuelve hacia mí como un resorte.
Ambos nos miramos, nos ponemos como un tomate, y nos echamos a reír a carcajadas. Nos quitamos los zapatos y rodamos sobre la cama, muertos de la risa y la vergüenza, hasta que por fin podemos parar y quedamos a poca distancia sobre las sábanas revueltas. Cedric respira con dificultad y se cubre los ojos con una mano, pero no puede ocultar la enorme sonrisa. Tiene la túnica entreabierta. Sin poder resistirlo, termino de apartarla, le levanto ligeramente el jersey y la camiseta, y le pego un cariñoso bocado en el costado. Antes siquiera de que pueda protestar, ya le he limpiado el mordisco con sendos lametones. Cedric me mira, perplejo, y yo pestañeo inocentemente, restregando mi cara contra su piel como si fuera un gato. Entonces, muy serio, me dice con voz ronca:
"Justin, te... ¿podrías quitar la ropa?"
Mi cerebro se congela unos instantes. Mi corazón salta dando tumbos bocabajo.
"¿Me repites?"
"Que me gustaría... verte desnudo."
"Cedric, cuántas veces nos hemos duchado-"
"Quiero verte desnudo aquí y ahora. Justin, por f-"
Sin dejar de mirarle a los ojos con perplejidad, me quito la túnica antes de que termine la frase. Su boca se cierra de golpe.
"¿No me vas a ayudar?" pregunto sugerentemente.
Cedric menea la cabeza mientras se tumba de lado, apoyando la cabeza en un codo. Él ya se ha deshecho de su túnica.
Con una rapidez casi pudorosa, me despojo de todo lo que llevo de cintura para arriba, arrodillado frente a él. Vacilo un poco antes de desabrocharme los vaqueros, pero ante su serio asentimiento de ánimo, bajo la cremallera, las perneras y, cuando voy a sacarlas del todo, ocurre lo inevitable: pierdo el equilibrio de mala manera y me desplomo sobre él.
"Deberían dar lecciones de striptease en Hogwarts," musito, medio mortificado, medio excitado. Me he caído sobre su mano en el sentido literal de la palabra.
"Deberías relajarte un poco," me responde, sin ayudarme para que me incorpore, oh, no.
La mano que tiene libre la utiliza para bajar ligeramente el único elemento de ropa que me queda aparte de los calcetines, y acariciar lentamente con sus dedos mis nalgas desnudas. No puedo describir con palabras decentes el calentón que llevo en el cuerpo ahora mismo. Sin ropa, la experiencia es de otro nivel de intensidad. Con un esfuerzo titánico lucho por no gemir. Sobre todo cuando siento que los dedos de su otra mano están palpando la pieza que les ha caído del cielo. Pero al final me rindo:
"Cedric... no es justo... ahhh."
"¡No aguanto más!" jadea, y me termina de bajar los calzoncillos, al tiempo que tira de mi cuerpo para colocarme frente a él y besarme de una forma desarraigada y feroz, como si ya no le importara nada más allá de este momento y esta habitación.
Su ropa se me antoja molesta ahora que la tengo de única barrera. Así que decido tomarme la justicia por mi mano y desabrocharle a él su pantalón.
"Buena idea," susurra contra mis labios.
Con su ayuda, en pocos segundos estamos los dos como nuestras respectivas madres nos trajeron al mundo. Tenemos tantas ganas de sobarnos el uno al otro que hacemos de nuestros cuerpos una autopista de carreras para nuestras manos, pero no es suficiente, necesitamos más y más contacto, hasta que, incrustados como el queso fundido al pan, damos rienda suelta a todo nuestro furor hormonal. Es una suerte que aquí no tengamos que contener la voz, porque el simple contacto mutuo es suficiente para volvernos locos. Cedric ahora mismo controla su voz tanto como su cuerpo y su respiración, esto es, nada. Sin previo aviso, nos gira para ponerse encima de mí, frotando sensualmente nuestros abdómenes como si le fuera la vida en ello, y finalmente da el paso que falta e introduce su mano para hacerse cargo de ambos con mayor eficiencia. ¡Sí, sí, sí! Soy consciente de que mis gemidos se deben oír desde la torre de Ravenclaw, pero me da igual, porque Cedric no deja de mirarme con intensa adoración, y yo alzo las manos para tocarle la cara antes de tocar también el cielo.
Sé que tengo una sonrisa estúpida pintada en la cara, Susan, no hace falta que me lo recuerdes. Sí, Hannah, ya sé que tengo el desayuno a medias. Ernie, aún nos quedan diez minutos antes de la primera clase, déjame en mi nube un rato más. Hoy el mundo es tan bonito, que se me escapa el aire en largos suspiros cada vez que recuerdo los pormenores de la noche anterior. Eso, si no se me escapa una risita por la ridícula circunstancia de encontrar una cama preparada para dos en un cuarto supuestamente abandonado. No sé ni cómo regresamos a nuestra casa sin ser descubiertos. Lo único que sé y que quiero saber, es que Cedric anoche estuvo desnudo encima de mí, jadeando mi nombre antes de caer rendido y comerme a besos. Que, pese a la gratificante experiencia, aún mantengo mi virginidad intacta. Y que no veo el momento de emplearla en algo útil, como en el chico que, sin poder evitarlo tampoco, parece estudiar su propio reflejo en el tazón de leche mientras recibe consejos desacertados del guardián Fleet y de Zacharías.
"No tienes que tomarte la prueba tan a pecho todavía, hombre. Aún quedan unas pocas semanas," le dice Fleet, y yo me río por dentro mientras le acaricio la rodilla por debajo de la mesa. Ayer nos costó un triunfo separarnos para dormir, y yo podría vivir alimentándome sólo de besos como aquél de buenas noches que me regaló al final.
¡Me encantan los hechizos repulsores! ¡Y a Hannah también! No hacemos más que pasárnosla por el aire entre Ernie y yo. Al final, de la risa a mí me sale mal, y si no es por Ernie que la atrapa al vuelo, se esmorra contra los cojines. Susan, por otra parte, no hace más que repeler cojines contra mí por la espalda, así que al final me veo obligado a contraatacar, mientras que Ernie nos cuenta que hoy ha visto a Harry enclaustrado en la biblioteca, preso de un frenesí investigador de última hora y alternando ojos bizcos de rastrear entre tantas líneas con miradas angustiadas hacia el lago.
"Hermione no sabe cómo ayudarle," añade Susan. "Desde que saben que es una prueba sumergida, ya se han puesto a investigar métodos de respiración bajo el agua."
"Cedric no lo necesita," replica Ernie con cierto tono de orgullosa satisfacción. "Conoce el encantamiento casco-burbuja, y con él tendrá tiempo de sobra para resolver el enigma en una hora."
Recordando el hechizo de escafandra que utilizó en el Lago Ness, sonrío inconscientemente al seguir el curso de aquellos acontecimientos hasta su desembocadura.
"Sí, ya sé que lo pasasteis muy bien con aquella aventura," Ernie frunce el ceño, siempre atento a mis expresiones delatoras. "Pese a que tuvisteis al resto de los compañeros en vilo toda la noche."
"¡No fue culpa nuestra! Yo-"
"En cualquier caso," me corta de raíz, "me alegra saber que gracias a eso Cedric lleva la delantera, y con mucho, a Harry Potter, ¡pero no hay que quitar ojo a los otros campeones!"
"¡Vigilancia constante!" coreamos Susan, Hannah y yo.
Ese mismo viernes Cedric decide ir a darse el último baño con el huevo, pero solo, y temprano por la tarde. Así no tiene que preocuparse por que el baño esté ocupado y, además, dice que quiere investigar la habitación que descubrimos ayer sin miedo a encontrarse con Filch a horas prohibidas. Como todo aquello no basta para paliar mi decepción, me susurra con cariño que en realidad quiere dejar pronto de lado la tarea del huevo para pasar conmigo esa noche, aunque sea de forma tranquila en la sala común, y aunque la mitad del tiempo sea en compañía de otros. Evidentemente, no hay nada como las horas robadas que pasamos a solas, pero siempre aprecio los momentos cotidianos de camaradería Hufflepuff. Me gusta que los amigos estén ahí para dar apoyo a Cedric. Y suelo tener reservado algún sitio junto a él. Si no es posible porque no nos sentamos a la vez, Cedric se busca cualquier pretexto para cambiarse a mi lado. Alguien, insisto, alguien debe de estarlo notando ya. Pero nadie comenta nunca nada. Sólo Herbert Fleet, que además de guardián del equipo es compañero de Cedric, me mira a veces con tal intensidad, que me hace sospechar que se lo huele. El resto del equipo, si acaso lo nota, disimula mucho mejor.
Después de cenar y antes de su breve paseo nocturno con la innombrable, Cedric se me acerca con disimulo en el gran recibidor y me comenta el resultado de sus pesquisas: le costó cerca de una hora encontrar de nuevo la puerta y, asegura, y requeteasegura, que un par de veces pasó por delante y ni la vio; que cuando por fin la vio, la intentó abrir sin éxito, como las demás; que una tercera vez la abrió y no encontró nada; y que, a la cuarta, porque está seguro de que era la misma puerta (no, no se había equivocado de piso ni de pasillo), desesperado y pensando sólo en cómo demonios íbamos a volver a encontrar algo así para...(ahí Cedric se interrumpe) estar a solas, por fin halló lo que buscaba.
"Estaba ahí, tal y como la dejamos ayer, solo que con la cama hecha."
"No me sorprendería que la próxima vez hubiera hasta una caja de condones en la mesilla," río yo. Cedric me mira sin comprender, arquea las cejas, sonríe, y evita por poco que su mano roce la mía antes de que la cara a la que con más gusto daría un puñetazo aparezca sobre su hombro para recordarle que le ha prometido un paseo junto al lago.
Rápidamente me despido de él y voy al baño a lavarme la cara y refrescarme las ideas, porque de pronto me ha entrado una mala leche...
Es tarde ya cuando vuelve. Pero olvido con quién ha estado en cuanto me sonríe. Hay debilidades que son un bálsamo para las heridas. Otra cosa es que las heridas cierren, que no pueden, pero de momento, es más de lo que jamás había soñado acercarme y no me puedo quejar. Prefiero que los compañeros bromeen sobre Cho y sobre lo que habrá estado haciendo con ella, a que bromeen sobre nosotros; porque confío en que de lo nuestro haya mucho más que escarbar.
Para doble fortuna, las especulaciones dan pie a una interesante, amena y gráfica charla sobre anticonceptivos mágicos y hechizos protectores de la cual, aunque sólo me sirva la mitad, ha resuelto uno de mis mayores dilemas existenciales: condón o con dos cojones. Cedric parece estar pensando lo mismo porque su cara está roja a punto de ebullición. Zacharías está absorbiendo toda la nueva información con ansias mal disimuladas. Las chicas hace rato que nos han dado por imposibles y nos han dejado solos para marujear entre ellas sobre quién sigue con quién (por desgracia para ellas, su propia mala suerte no ha cambiado). Sin embargo, para mi sorpresa, Ernie aguanta estoicamente la charla y hasta me da la impresión de que está tomando notas mentales, si no con la misma avidez que el rubiales, sí con idéntica curiosidad: los mayores se las saben todas. Aunque ciertas anécdotas preferiría no haberlas escuchado.
Las investigaciones de Cedric van más allá de lo que me podía esperar. Esto lo descubro cuando un buen día poco antes de la segunda prueba, me confiesa que ha estado escuchando a un compañero y otro chico mayor hablar sobre "otro tipo alternativo de medidas de protección". Vamos, que no somos los primeros ni los que crearemos escuela en las prácticas homogéneas de emparejamiento. Eso me tranquiliza sobremanera y, a la vez, me da que pensar sobre la evidencia, a ojos de esas personas, de lo que sucede entre Cedric y yo. Porque si las miradas en lugares concurridos y los gestos aparentemente insignificantes de complicidad y cariño que nos brindamos pudieran llegar a ser interpretados, darían buena cuenta de hasta qué punto llega la dependencia mutua que nos estamos creando. A menudo me pregunto a mí mismo por qué me erizan más los cabellos las caricias que me hace a escondidas en momentos sueltos del día, como cuando nos cruzamos accidentalmente por el pasillo, que aquellas que, con más calma y a salvo de miradas ajenas, recibo en el sofá por la noche. En cualquier caso, nada supera la emoción que me invade cuando lo tengo cerca en las duchas. La autodisciplina que me impongo para no extender la mano entonces, es superior a cualquier fuerza de voluntad empleada a lo largo de toda mi vida junta.
Cedric es mil veces más hermoso que esas crías de unicornio que ha traído Hagrid hoy (quien por fin ha vuelto) para regocijo de las niñas. Cedric ahora mismo es el centro de mi vida. Y nada más puede ocupar su lugar. Nada.
Quizá por eso el golpe de la segunda prueba resulte más duro.
Ya se ha puesto el sol el 23 de febrero por la tarde cuando Sprout viene a buscarme a la biblioteca, donde estamos todos, para tener unas palabras conmigo en privado. Los demás me miran con curiosidad. En un primer momento no se me ocurre de qué puede ir todo aquello, pero la mirada de consternación de Cedric me devuelve a la realidad más cruda de estar probablemente dando la nota más de lo decentemente debido, de modo que sigo a la jefa de nuestra casa con una sensación ominosa de bronca inminente. Quizá si no han llamado a Cedric también es por no levantar aún más sospechas, y ese pensamiento no termina de consolarme en absoluto. Mi desconcierto es máximo cuando, en vez de ir al despacho de Sprout en los invernaderos, o al despacho del director, dondequiera que esté, me conduce directamente al despacho de McGonagall.
"Profesora," no puedo contenerme más, "¿ocurre algo malo?"
"Oh, claro que no, Justin," responde ella con una risita nerviosa muy poco natural. "Esto es sólo una formalidad, nada más. Pero pasa, anda pasa, que te están esperando."
En el despacho de la profesora de Transfiguración no me espera ella sino Dumbledore. Una vez entro, Sprout nos deja solos y cierra la puerta tras ella.
"Pase y siéntese, señor Finch-Fletchley." Al ver mi expresión aterrada, sonriendo, añade: "Vamos, vamos, no se ponga nervioso. Nadie va a echarle una regañina."
En ese mismo instante, el brillo en los ojos del director me da a entender inmediatamente que lo sabe. Dumbledore lo sabe todo. Así que, con resignación, me siento y lo miro, expectante. ¿Nos va a censurar? ¿Me va a disuadir de que influya negativamente sobre el campeón de Hogwarts?
"Quiero enseñarle algo," dice entonces, y del otro lado de la mesa saca lo que reconozco en el acto como el infame Cáliz de fuego.
¡Ya entiendo! Quiere emplearme como asistente en la organización de alguna parte del torneo. Ah, bien, eso sí creo que puedo hacerlo.
"Parece que aún se acuerda de él," sonríe. "Bien, el cáliz ha sido utilizado ya en dos ocasiones para este torneo, y aún queda una tercera, como tres son las pruebas."
Mis ojos no parecen apartarse de la copa, así que prosigue.
"La primera fue para elegir a los campeones; la segunda, para determinar qué es lo que los campeones más valoran."
Comprensión instantánea en el enrojecimiento de mis mejillas. Dumbledore amplía aún más su sonrisa.
"Veo que ya se imagina adónde quiero llegar."
Asiento débilmente. No creo que sirva de mucho mentir a Dumbledore. Sobre todo cuando se le mira directamente a los ojos.
"Señor Finch-Fletchley, debo confesar que me ha sorprendido un poco la elección del corazón de Cedric Diggory, pues tal cosa es lo que el cáliz evalúa mágicamente una vez introducidos de nuevo los nombres de los campeones. Una sorpresa que, sin embargo, se ha visto paliada en cierta forma al conocer la de otro de ellos. Pese a todo, creo que las circunstancias y el contexto de ambos son tan perfectamente distintos, que me he visto obligado a concertar esta reunión con la, al fin y al cabo, parte interesada, y exponerle la delicada situación que representa para alguien como Cedric Diggory el hecho de que todo el colegio pueda descubrir, gracias a esta segunda prueba, que lo que más valora en el mundo en estos momentos es nada más y nada menos que a Justin Finch-Fletchley."
Hace una pausa dramática, y luego añade:
"Un compañero Hufflepuff dos años menor que él, hijo de muggles y con un historial en Hogwarts nada falto de... anécdotas históricas en su haber. Todas estas cualidades, claro está, no tienen nada que ver con el problema. Y entiendo que una intensa relación de amistad, como imagino que es el caso," y al decir esto me mira significativamente para indicarme que ahí no queda lo que imagina, "constituya tan importante apoyo para una persona con tantas responsabilidades como ser a la vez prefecto de Hufflepuff, capitán de su equipo de quidditch y campeón principal de Hogwarts en el Torneo de los tres magos. No obstante, produce cierto ameno desconcierto el hecho de que se otorgue emocionalmente tanto peso a dicha amistad por encima de, digamos, una relación estable y conocida como es la que lleva el señor Diggory con la señorita Chang, de Ravenclaw."
"Yo le quiero más que ella," suelto sin poder contenerme.
"¿Cómo?"
Saber que soy lo más importante para Cedric, saber que es algo que hasta la magia es capaz de detectar, me ha vuelto casi Gryffindor por un instante.
"Yo también le valoro más que a nada en este mundo," sentencio con expresión desafiante. "Sé que quizá no pueda entenderlo, pero le ruego que no lo desprecie como una mera amistad, porque no lo es."
"Oh, no, lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Aunque le resulte difícil de creer, señor Finch-Fletchley, yo también fui joven una vez."
"¿Usted también?"
"Fui joven, sí."
"No, me refiero a que-"
"Ojalá yo hubiera amado a alguien tan noble como Cedric Diggory, paladín de Hogwarts. Pero la historia me recordará como aquel que derrotó a su peor enemigo, no al que amó a su mejor amigo."
"¿Qué?" pregunto perplejo.
Albus Dumbledore, ¿amó a su mejor amigo? ¿O a su peor enemigo? No lo entiendo. Pero está visto que él, a mí, perfectamente.
"Pero que esto quede entre nosotros," asintió de forma conspiratoria y yo le devolví el asentimiento. "Volviendo al tema que nos ocupa, estoy seguro de que es usted un alumno razonable y realista que no ignora las consecuencias que les esperan a ambos de ser usted expuesto abiertamente como trofeo del señor Diggory en la prueba de mañana," sonríe vivamente.
"¿A qué se refiere, profesor?"
Dumbledore entonces alega que no yo debería conocer la prueba a menos que sea parte implicada, pero me recuerda que, como bien sé por la canción que él sabe que yo he escuchado (y no quiero saber cómo lo sabe él, porque la imagen mental de una voyeurística bola de cristal me quitará las ganas a cualquier hora), Cedric tendrá una hora para buscar aquello que le han robado, aquello cuya pérdida más lamentaría. Y, como bien hemos deducido ya todos, esa búsqueda tendrá lugar bajo el agua. Al no tener el mar cerca, por otra parte, el lago queda como opción, más que probable, certera. Entonces me explica que si quiero seguir adelante, permaneceré en el despacho hasta mañana, me drogarán antes de meterme en el agua y sólo despertaré una vez fuera, con lo cual ni sufriré dolor alguno ni me enteraré de nada. De negarme, recurrirán a la opción más convencional y sensata, que es Cho Chang, y yo regresaré a la sala común sin decir una palabra a nadie hasta el final de la prueba, si es que entonces quiero contarlo.
"La elección es suya, señor Finch-Fletchley."
Con un nudo en el estómago y sin pensarlo dos veces, respondo en voz queda que:
"Con su permiso, profesor Dumbledore, yo me vuelvo a mi casa."
Dumbledore sonríe, complacido, y me dedica unas enigmáticas palabras de despedida:
"Los sueños son bonitos mientras duran, pero nunca está de más seguir manteniendo un ojo abierto a la realidad y un pie sobre la tierra, para tener un punto de apoyo cuando un día, por fin, nos despertemos. Eso sí, mientras dura, que nada enturbie el sueño."
Asiento con estupefacción, me despido cortéstemente y salgo del despacho, sin poder evitar pensar en quién le haría a él soñar en su juventud.
Estoy a medio camino de vuelta por el pasillo, cuando a lo lejos diviso a McGonagall y tres o cuatro alumnos que la siguen. Al cederles el paso me fijo en que son Granger, Weasley hosco (no la psicópata de su hermana), Chang y una chica más pequeña que parece la viva imagen de Fleur Delacour. McGonagall me mira de reojo pero hace como que no se fija en mí y sigue andando hacia su despacho, donde sé exactamente qué va a tener lugar. Vamos, que el director sabía de antemano que yo diría que no, es lógico. Chang sí que me mira con curiosidad y yo la saludo con la cabeza, como un caballero. Una bola de plomo que ha estado pendulando en mis intestinos mientras ha durado mi reunión con Dumbledore, se asienta por fin con todo su peso en mi corazón. Y como no puedo contarle a nadie la tristeza que me embarga, me voy a dar un paseo por el patio hasta la hora del toque de queda.
La mala suerte quiere que me cruce allí con Cedric, quien anda bastante intranquilo, buscando por todos lados.
"Justin, siento la pregunta pero, ¿has visto a Cho? No sé a dónde ha ido después de cenar y... ¡ah!" me mira con consternación, "¿Qué ha pasado al final? ¿Qué quería Sprout? McGonagall ha llamado después a Weasley y a Granger, que llevan días encerrados con Harry en la biblioteca, así que me he imaginado que sería por ayudar a los campeones a resolver su enigma, vamos, que nada tenía que ver con... ¡bueno, cuéntame!"
"Es que es lo que tú dices," miento en el acto. Total, mañana sabrá la verdad de todas formas."Sólo querían advertirnos de que no podemos ayudar a los campeones. Probablemente a Ch...o le estén diciendo ahora lo mismo. Ya la verás mañana, ¿no? Es tarde ya."
"Tienes razón. Voy a preguntarle a sus amigas y enseguida bajo," y viendo que no hay nadie cerca, me acaricia la mano con ternura. Pero, en estos momentos, todo me sabe amargo. Y sé que es estúpido, porque ya lo hemos hablado, ya estaba pactado, pero eso no lo hace menos amargo.
Lo único que me consuela es que a mí no me sumergirán en el lago con todas las criaturas raras y peligrosas que lo habitan, y a ella sí.
Una amiga de Cho, una tal Marietta, le ha confirmado a Cedric que McGonagall ha hecho llamar también a Cho, y que, ¡qué extraño!, aún no había vuelto. Cedric no quiere comerse mucho el tarro con el tema, como tampoco se siente con ganas de hablar de la prueba de mañana, lo que hace que el corrillo nocturno se disperse temprano. Sabe cómo la afrontará y que lo único que necesita es fuerzas para llevarlo todo a cabo. Aún no se imagina qué le pueden quitar que tanto valga recuperar. Y una vez a solas en el sofá, me susurra sonriendo que si no se me llevan a mí, no habrá motivos de angustia. Eso me alivia un poco.
Sin embargo, al cabo del rato, abrazados en silencio con la única compañía del crepitar del brasero a nuestro lado, Cedric cae en la cuenta con un espasmo:
"Se han llevado a Cho, ¿verdad?"
Le ha costado, ¿eh? Mi capitán es listo, pero no muy rápido. Decido hacerme el dormido, y así evitar responder. Pero no dura mucho mi empeño, porque al poco me invade un impulso y lo abrazo con mucha fuerza mientras escondo mi cara en su cuello. Cedric me acaricia el pelo y no vuelve a insistir.
No pasamos la noche juntos, para que Cedric descanse, pero por la mañana lo acompaño en todo momento durante el desayuno y luego de camino a la prueba junto a los demás. Todos los compañeros le infunden ánimos, mientras que chicas de todas las casas y todas las edades celebran el nombre de su campeón favorito y no dudan en expresar tal predilección allí donde se le cruzan.
La carga plomiza de ayer ha dado lugar a un vacío inocuo, y como no es mi estilo permitir que la tristeza domine mis días, me esfuerzo sobremanera en regalarle una sonrisa antes de dejarlo a orillas del lago junto a los otros campeones. Eso no quita que me moleste la forma que tiene de mirar de arriba a abajo a Víktor Krum en bañador. ¡Pero si tampoco es que tenga un cuerpazo! Será por la debilidad que siente hacia los deportistas. Y el respeto hacia Krum, porque veo que ambos se sonríen justo antes de que llegue Potter, tarde, y ocupe su lugar junto al búlgaro.
Nosotros nos sentamos en los asientos que han preparado en la otra orilla y comenzamos a vitorear. Cuando los campeones van entrando en el agua, sólo nos queda esperar. Me siento más tranquilo sabiendo que Cedric lleva un cuchillo en el bolsillo.
Pasamos el rato charlando, comiendo algunas golosinas que alguien ha repartido por su cumpleaños y haciendo cábalas sobre el posible resultado. Ernie no se separa de mi lado, para variar, y me llega a preguntar que si estoy bien, porque me ve muy pálido. Hannah le oye y empieza a preocuparse también. Hasta que, forzado, empiezo a hacer bromas y a contar chistes malos hasta que, en cuanto amenazo con cantar, todos a mi alrededor se preparan para amordazarme. Al final, entre risas, y entre todos, improvisamos varios cánticos para amenizar y torturar al resto de las casas.
Pasada una hora, por muy poco, Cedric emerge llevando en sus brazos a Cho Chang, y aunque en mi casa y en las de al lado irrumpimos en clamores y aplausos, no puedo forzarme a mirar. Ni tampoco después cuando van saliendo los demás campeones, Harry y Weasley los últimos (llevando a la hermana de Fleur, quien no ha podido rescatarla). ¿Por qué Potter sí ha podido tener a Weasley como rehén? ¿Hay de veras circunstancias diferentes? ¿Por qué no llama la atención a nadie que Percy Weasley esté agarrando a su hermano de esa manera, tan digno como ha sido siempre él? Sentados, envueltos en sus toallas mientras son atendidos por Madame Pomfrey, los veo tan ufanos, tan serenos y tan dichosos de sus logros a todos, tan feliz y orgullosa a Cho de haber sido la primera en ser rescatada y por un chico como Cedric, que me siento pequeño, ínfimo y miserable. Probablemente poco más que Krum, quien intenta sin éxito que Granger le haga un poquito de caso, algo inútil después de que Harry haya robado de nuevo la primera plana del momento y, heroico que es él, recibe 45 puntos por haber intentado salvar a todos, no sólo a su rehén. Cedric se ha llevado 47 de 50 por llegar un pelín tarde. Con todo, sigue siendo el ganador de la prueba y no veo el momento de celebrarlo con él.
Sin embargo, cuando se llevan a los campeones y a sus rehenes al castillo para que se cambien de ropa, y veo a Cho tan feliz envuelta en la manta y rodeada por los hombros con el brazo de Cedric, la bola de plomo vuelve con todo su peso y se asienta en mi alma. En contra de mi naturaleza, de pronto me da por pensar en el futuro con pesimismo: en si Cedric será capaz de renunciar a Cho tras el torneo o quedaré en un conveniente segundo plano durante los años que le quedan en Hogwarts; en su graduación y en los dos años que pasaremos separados hasta la mía, con todos los riesgos de una relación a distancia; y después, en el mundo adulto, en los triunfos de Cedric y sus muchos retos personales, y quizá una boda que enorgullezca a su padre; y siempre, de fondo, una sombra con la sonrisa partida: yo, detrás, por debajo, lejos. La música de fondo en la película de su vida. Cedric, siempre atento, saluda en nuestra dirección al pasar cerca y nuestra grada estalla en vítores emocionados, pero yo me siento incapaz de compartir la alegría de los demás. Por primera vez siento miedo de que este juego de luces y sombras no se termine nunca, y las palabras de Dumbledore sobre mantener un ojo en la realidad y un pie sobre la tierra cobran un significado aterrador.
Ese viernes por la tarde lo pasamos todos en la sala común, apelotonados alrededor del fuego, mientras Cedric narra los acontecimientos que tuvieron lugar bajo el agua por la mañana. Nos cuenta cómo se perdió y le entró un ataque de pánico, pero al final llegó a donde estaba Potter con su rehén, Weasley (y no faltan comentarios al respecto), y se llevó a Chang limpiamente cortando la cuerda con su cuchillo. Regresar luego fue pan comido. Pero Cedric no parece satisfecho del todo con el resultado, para variar. Autoexigente hasta la muerte. Para los demás, lo importante es que Cedric sigue siendo el mejor. Yo paso la velada escuchando en silencio, y para cualquiera que me conozca bien, como Ernie, esto es algo bastante significativo. Por eso, aunque me mira con el ceño fruncido, no indaga; simplemente se sienta a mi lado y fríe a su ídolo Cedric con preguntas concretas sobre el fondo del lago y sus habitantes.
Por la noche, cuando ya no queda absolutamente nadie ni en la sala común ni en los pasillos, y como celebración personal de su victoria, Cedric me lleva de la mano al sector de la escuela que descubrimos el otro día.
Por el camino intento animarme, pero es abrir la puerta, ver la cama, la iluminación débil y todo dispuesto para algo tan premeditado como inoportuno, que el alma se me cae a los pies, y toda la tristeza de este último día me invade de golpe. Las ganas que le tenía se han ido por el retrete al sentirme yo mismo de usar y tirar.
De modo que, cuando Cedric cierra la puerta y empieza a cubrirme de besos, me quedo transido e inmóvil. Exasperado, Cedric se aparta de mí y se sienta al borde de la cama, ocultando su cara entre las manos unos instantes antes de volver a mirarme muy serio.
"¿Y bien?"
Me encojo de hombros.
"Justin, llevas raro desde que Sprout te llamó ayer. Hoy ni siquiera pareces tú mismo. ¿Qué es lo que te ocurre?"
Con gran esfuerzo me acerco a él y me siento a su lado. El peso dentro de mí va creciendo como un agujero negro, como un dementor interno.
"Estoy cansado, Cedric."
"¿Es por la prueba?" vacila un instante antes de pronunciar el nombre que sabe que no quiero oír: "¿Es por Cho?"
Asiento, compungido.
"Nuestro pacto es más duro para ti que para mí, lo sé," suspira cabizbajo. "Pero desde el principio sabías lo que conllevaba y, aun así, aceptaste. Hasta ahora lo llevabas bien. ¿Qué ha cambiado?"
"Lo intento, de verdad que lo intento. Es sólo que esta prueba me ha hundido la moral, pero se me pasará, ya lo verás."
Cedric me mira, nada convencido, y resopla con resignación.
"Justin, por favor, cuéntame lo que de verdad te angustia."
Me cuesta hablar de estas cosas cuando no estamos abrazados, porque siento que me comunico mejor con él a través de mi cariño que con mis palabras. Pero al mirarme con esos ojos grises, esa cara de sincera preocupación, con su mano apretando la mía, el pesimismo se rinde y decido apostar por la esperanza: con voz temblorosa le cuento todo lo que me ha estado reconcomiendo estos dos días. La bola de plomo se eleva como un globo y se queda flotando, a la espera de su respuesta.
"Tu miedo está completamente justificado," concede. "Pero necesito que entiendas que, si no tengo más remedio que salir con Cho para proteger nuestra intimidad, lo mínimo que puedo hacer para compensarla es tratarla de la mejor forma posible, para que el tiempo que ella también invierte en mí le merezca la pena. Mantener las apariencias no me cuesta mucho, porque estoy acostumbrado a cuidar y a complacer a los demás, es algo que me sale con naturalidad. Romper con ella será más duro, porque no soporto hacer sufrir a otros, pero no te quepa la menor duda de que ya estoy pensando en la mejor forma de hacerlo. Y el día que lo haga, quiero evitar que en ningún modo sienta que ha sido utilizada. Quiero que le quede un buen recuerdo. Esa será mi verdadera prueba final en este torneo, y es algo a lo que me enfrentaré solo. Me dan miedo las repercusiones. Me da miedo la reacción de Cho, y la reacción de mi padre cuando este verano me sincere con él, de hombre a hombre, y suceda lo que suceda. Sí, Justin, también estoy pensando en cómo afrontarlo, no será agradable decepcionar a mi padre, pero debo hacerlo antes mejor que después, o me arruinaré la vida. Ganar el torneo me ayudaría, le podría ofrecer a cambio esa alegría, y eso me motiva a superarme, más que el trofeo y la gloria. ¿Tendré el valor de contárselo, llegado el momento? No lo sé. Por ahora debo centrarme en el presente, porque no puedo luchar tantas batallas a la vez. Lamento no ser tan bueno, ni tan valiente, ni tan generoso como la gente cree. Me obligan a cumplir con todas sus expectativas, a ser el héroe-póster de Hogwarts, cuando lo que mi corazón me pide es una vida sencilla junto a las personas que más me importan. A menudo sueño con días como los de Urquhart, los entrenamientos con el equipo y nuestras rutinas Hufflepuff despreocupadas. Pero no veo el momento en que la vida vuelva a la normalidad, para poder demostrarte que las cosas pueden ser de otra manera, para demostrarte lo importante que eres para mí. Que no hay color entre cómo me siento contigo y con Cho. Cuando estoy con Cho me siento ligero y despreocupado, porque confío en que su enamoramiento sea temporal mientras dure mi fama, y luego me reemplace con cualquiera de los que la rondan tan pronto como rompamos. Contigo en cambio me siento celoso y posesivo, porque no soporto la sola idea de que seas de nadie más, mientras a ti te obligo a compartirme. No es justo, ni agradable, ni bonito. Cada día me miro en el espejo y pienso en lo mucho que me gustaría no ser tan cobarde, ni tan egoísta, ni tan necesitado, pero lo soy, Justin. Eres mi mayor fuente de alegría, mi medicina favorita y mi soporte vital. Te necesito a toda costa. De momento, no tengo otra forma de demostrártelo que con mi cariño más sincero cuando estamos juntos. Hasta ahora todo parecía ir bien, pero lamento comprobar que en realidad para ti no era suficiente."
"Creía que era más fuerte, pero no lo soy," sollozo, impactado por sus palabras.
Cedric me rodea con un brazo y dejo caer mi cabeza sobre su hombro.
"No hace falta que seas más fuerte, sólo necesito que aceptes que yo tampoco lo soy. Tú eres posiblemente el único que conoce todas mis debilidades. El único con el que soy capaz de sincerarme y mostrarme vulnerable. A ti no te voy a engañar, pero tampoco te haré promesas falsas, Justin. No sé lo que va a pasar el curso que viene, ni el resto de mi vida. Pero este curso las cosas son como son: una encrucijada que nos está poniendo a prueba, y donde ser valiente y justo posiblemente no tenga el final feliz que a los dos nos gustaría."
"No te preocupes, que esperaré. Pero mientras tanto, mientras tenga que soportar verte en continua exhibición con Cho delante de todo el mundo, creo que no podré evitar sentirme un perdedor. El perdedor en la sombra."
Cedric gruñe y me agita con exasperación.
"¿Por qué hagamos lo que hagamos tenemos que sentirnos perdedores, tú y yo?"
"¿Por qué habrías de sentirte tú perdedor?" lo miro con extrañeza.
Cedric me confiesa entonces que lamenta muchísimo no haber tenido el mismo gesto heroico que Harry, lamenta que ni se le pasara por la cabeza preocuparse por los demás rehenes. Había llegado el primero y se había llevado a Cho sin pensar un segundo siquiera en los otros.
"Sólo pensaba en sacarla de allí cuanto antes. Me sentía muy culpable por haberla puesto en aquella situación. Ahora me siento muy egoísta. Debería aprender de Harry," musita avergonzado, y yo pongo los ojos en blanco.
"Vamos, Cedric, estamos hablando de Harry Potter, alguien que no se quedará a gusto hasta que no salve a la humanidad entera, porque con el mundo mágico ya lo ha hecho varias veces, consciente o inconscientemente. Harry será el mejor mago de todos, pero nunca será el favorito. ¿Qué prefieres, ser el de mejores cualidades, o el más querido? Aunque no llegues a ser el número uno, no te puede quedar duda ya de lo mucho que le gustas a la gente y lo que es más: lo mucho que te aprecian."
Cedric me mira unos instantes, sonríe, y vuelve a ponerse serio:
"Ahora te toca a ti ser sincero. ¿Qué pasó ayer que no me quisiste contar? Venga, no seas remolón, dímelo. La prueba ha terminado."
Decido no andarme con más rodeos.
"En realidad… según el caliz de fuego, yo debería haber sido tu rehén."
"Lo sé," me sonríe con ternura. "Bueno, lo sospechaba, pero lo confirmé al saber que se habían llevado a Cho después que a ti."
"Dumbledore me dejó elegir."
"¿¡Dumbledore!?"
"Tuvimos un cara a cara muy interesante. Él sabía que yo renunciaría a exponerte innecesariamente."
"De modo que Dumbledore lo sabe..."
No parece sorprendido, pero sí preocupado.
"Mucho me temo que sí."
"Y... ¿y te dijo algo? No sé, ¿alguna advertencia, alguna prohibición, algún consejo?"
Es mi turno de sonreír:
"Que no deje de tener los pies en la tierra, pero que disfrute del sueño."
"Pues, ¿sabes? A mí se me ocurre una muy buena forma de aplicar ese consejo."
Y diciendo esto, se echa sobre mí y me tumba sobre la cama retomando lo que dejó frente a la puerta. Al principio me dejo, hambriento de su cariño; pero al poco, los pensamientos lúgubres vuelven a invadirme y me quedo rígido y desganado.
"¿Y ahora qué ocurre?" musita acariciando mis labios con el pulgar, una mano en mi mejilla.
Antes de poder contenerme, toda la presión que había estado bullendo dentro de mí, la bola de plomo ya licuada, se destapa y se desborda.
"Lo siento, Cedric, hoy tengo un día malo," sollozo ahogadamente.
Y acto seguido me echo a llorar como un niño.
"No pasa nada," suspira, estrujándome entre sus brazos y cubriéndome de besos. "Anda, volvamos a casa."
Las duchas. Bonito lugar. Ahora me siento culpable. Cedric va a tener que darse una ducha fría a las dos de la madrugada por mi culpa. Sentado en el suelo, sujeto su toalla. Lo miro mientras el agua recorre su cuerpo como mi lengua ha sido incapaz hace un rato. De pronto tengo mucha sed y me siento aún peor que antes. Cedric me mira, me sonríe, me seduce hábilmente, y yo decido por fin mandar mi tristeza al cuerno. Me quito la ropa con avidez y destreza (para el estado de atontamiento en que me encuentro) y me meto debajo de su mismo grifo. Cedric me abraza, me besa y me enjabona al gusto, y yo me dejo hacer, esta vez sí, respondiendo en la medida de lo posible. Es un momento tan tierno que, derramando un par de lágrimas estúpidas, decido dejar caer con ellas mi estupidez, y disfrutar del sueño, ahora sí, sin pensar en lo que pasará mañana, y sin quitar ojo a lo que ya tengo. Cedric ríe al sentirme temblar entre sus brazos, mientras el agua chorrea sobre nosotros. Acabo riendo yo también, pegado a él, y no necesito más esta noche. Al final Cedric nos seca a ambos y me da uno de sus besos de buenas noches marca de la casa. Consigue que me vaya a la cama con una enorme sonrisa. Al acostarme, escucho a Ernie susurrarme las buenas noches desde el otro lado de sus cortinas cerradas. Esperándome despierto, como de costumbre. ¿Estabas preocupado? Oh, Ernie.
Aunque toda esa semana me quedo más calmado, que no convencido, no es sino el fin de semana siguiente, en la visita a Hogsmeade, cuando la verdadera naturaleza de las cosas se revela, y Cedric se ve enfrentado a una prueba más dura que aquella del torneo, y con los mismos protagonistas.
No sé, y Zacharías entiende aún menos, cómo nos hemos podido dejar engatusar por Hannah y Susan para visitar la cafetería de Madame Pudifoot. El rubiales se niega en redondo a entrar y Ernie, por lo bajo, me dice que por él que se quede esperando en la puerta como un perro, porque ya ha cubierto el cupo de su paciencia esta tarde.
Y es que Zacharías, que ha tomado la iniciativa ofensiva, no ha permitido a Ernie y a Hannah hacer su escapada habitual, con una argumentación que, haciendo gala de una elocuencia inusitada y probablemente requete ensayada de antemano, ha convencido a Hannah de que no hay razón de ir a mirar más libros apenas un mes después de la última visita, que es mejor emplear el valioso tiempo de compras en los establecimientos que hace tiempo que dejó de visitar. Nada como una sugerencia placentera para desbaratar la buena influencia cultural que es Ernie. Finalmente ha sido mi propia persuasión la que ha convencido a Ernie de que se quedara él también. A regañadientes al principio, y fingiendo desgana después, Ernie ha estado diciendo que sí a todo lo que las chicas proponían y que sabía que a Zacharías horrorizaba: una hora en la tienda de ropa, media en la de regalos y, ahora, Las tres escobas canjeada por "el rincón de los tontolitos", como bien dice él.
Sin embargo, no estamos ni a diez metros de distancia cuando de la puerta sale Chang hecha una furia y secándose un par de lágrimas. Apenas dos segundos después, Cedric sale detrás y la agarra del brazo, impidiendo que se aleje.
"¡Espera Cho, por favor, escúchame un momento!"
Nosotros nos quedamos apartados, sin ganas de inmiscuirnos ni ser vistos, mientras que en las ventanas de la cafetería se agolpan los curiosos. Por la calle, la gente también se detiene expectante.
"¡Si no puedes, no puedes, Cedric! No importa. Da igual. No es..."
Pero lo que sea que no es, se le queda en la garganta, pues Cedric le ha hecho callar como cualquier chico con un mínimo de experiencia sabe, y Chang se ha quedado mansa y dócil en sus brazos. Los curiosos de la ventana aplauden, los de la calle siguen su camino y nosotros damos la vuelta en redondo.
"Uno al que le van bien las cosas," suspira Zacharías. "Bronca con final feliz."
"Hacer llorar a tu pareja no entra dentro de mi definición de relación feliz," musita Ernie.
Hannah y Susan lo miran, se miran y se sonríen. Zacharías lo mira de reojo con inquina. Luego Ernie me mira a mí, que estoy callado y absorto en mis pies, fingiendo que voy a descubrir oro en cualquier momento, y por el rabillo del ojo le veo fruncir el ceño.
"En realidad," añade Ernie, "hacer llorar a alguien es lo que más me molesta."
A esto no puedo por menos que sonreír, a la vez que paso un brazo alrededor de sus hombros.
"Entonces ya lo sabes, Macmillan: jamás me vuelvas a hablar de rebeliones de duendes ni de tratados sobre la magia en días festivos. Ni, por supuesto, me digas cuánto llevas estudiado para un examen antes de que yo siquiera haya empezado a organizar mis apuntes."
Los demás asienten con vigor y Ernie acaba riéndose sinceramente.
Luego, en Las tres escobas (donde hemos terminado para mayor regocijo del rubiales), Ernie no me quita ojo de encima y al final le tengo que convencer de que, ¡por todos los demonios, estoy bien! (porque sé qué es lo que le preocupa) sentándome a su lado y haciendo que se balancee conmigo mientras un nutrido grupo de Hufflepuffs desengañados, con las chicas dando palmas (prefecta incluida), me hacen coro en el estribillo cuando improviso la siguiente canción:
Podéis birlarnos la copa de la casa,
Podéis dejarnos con la miel en la boca,
que nunca seremos los campeones,
y nuestras penas os suenan a guasa.
Pero aunque la fe que nos queda es poca,
por lo que a mí me toca,
¡seguiré dando la brasa!
Cantando mis alirones:
¡Hufflepuff, Hufflepuff, ven
y siéntate aquí,
que somos gente amiga,
trabajamos como hormigas,
y si me arrastro por el suelo,
después tengo fácil consuelo,
pues por tu cara de ortiga
nunca me desvelo,
y ante un duro desagravio,
si me acuerdo, ¡no te vi,
y si te vi, ¡qué te den!
¡Hufflepuff, Hufflepuff, ven...!
"Justin, esa letra es..."
"...Inspirada," le termina Susan a Hannah, ambas con cara de tremenda vergüenza ajena, pero divertidas.
Ernie se da la vuelta porque se está ahogando de la risa. Zacharías sólo puede darme palmadas abochornadas en la espalda, mientras yo ya he arrastrado a medio Comando-H a cantar conmigo.
"Nononono, chicos, chicos, ¡hay que poner el espíritu adecuado en cada estrofa! Mirad, la primera parte tiene que sonar apasionada, desesperada y algo reivindicativa, mientras que la segunda es sosegada, alegre cual mariposa revoloteando sobre las flores, que es como describen a menudo a los nuestros, además de zopencos, pazguatos, sososmelé y cero a la izquierda en el ranking mayor. En todo momento, no obstante, hay que poner voz ronca, beoda, forzada. ¡Vamos allá! A la de una, a la de dos, a la de..."
Hufflepuff, Hufflepuff, ven...
"Justin, has perdido del todo la cabeza," menea Ernie la suya de camino al castillo. Todavía se ríe al recordarlo.
"¿Y qué mas me da, si a cambio he recuperado mi corazón," respondo, dando saltitos agarrado del brazo de Susan.
"Hablando del corazón, ¿os habéis enterado de la última noticia?" pregunta Hannah.
Ella y Susan nos cuentan el último culebrón de Hogwarts que ha aparecido en el Corazón de Bruja, la revista para brujas marujas: el triángulo amoroso Potter - Granger - Krum. A mí me pareció el otro día que, entre esos tres, sólo hay uno verdaderamente enamorado, pero Susan sigue guardando sospechas de que a Hermione Granger le gusta un poquitín Harry, por mucho que lo niegue. Y, desde luego, algo se escuece entre ella y Weasley, en eso estamos casi seguros todos, porque últimamente los vemos (y oímos aún más) discutir muy a menudo por los pasillos y en Herbología. Y ya se sabe que los que se pelean... Si no, mira a los dos cenutrios que tengo delante discutiendo que si Weasley, que si Potter. Zacharías, cede un poco, hombre, que Hannah entiende más de estas cosas porque se fija en los demás, no hace de su propio ombligo un mausoleo, como otros.
Hablando del rey de Roma, ¿qué hacen Potter y sus secuaces con ese enorme perro negro? Está un poco escuálido, pero tiene una pinta de achuchable...
Es sábado por la noche y la gente tarda más que de costumbre en desalojar la sala común. Me niego rotundamente a ir a la "habitación de la noche de bodas", como ya la hemos bautizado. Él se niega a darse otra ducha conmigo. No lo ve seguro en un día como hoy, puesto que sabe que es el sitio al que recurren algunos de los mayores. Así que de brazos cruzados frente al brasero, dejamos pasar al menos cinco minutos largos antes de que su mano vaya a mi rodilla y la mía a su entrepierna. El salto que pega es digno de foto, pero no contrataría a Colin Creevey como fotógrafo voyeur ni aunque me pagara él a mí.
Estoy de muy buen humor, y no debería, ya que hoy Cedric le ha dado su primer beso a Cho Chang. Sí, lo que hemos presenciado esta mañana ha sido su primer beso después de casi dos meses de relación. Su primer morreo decente, se entiende, no los piquitos de buenas noches que se llevan dando desde el baile. Confirmado de primera mano. Y para conseguirlo, la zorravenclaw ha tenido que montar el numerito, increpando a Cedric delante de las otras parejas en la cafetería y después haciendo la salida dramática con la certeza de que Cedric la seguiría. Cedric que, además de caballero, como buen buscador es rápido y agudo de vista y de mente (cuando quiere), se ha dado cuenta de la expectación creada y, sin verme a mí, eso sí, le ha dado a Cho el beso más sincero del que ha sido capaz sin traicionar su libido. Y yo, que lo he visto todo, y que sé cómo besa en realidad Cedric, no he podido sentirme más satisfecho, dentro de mi innegable dolor, por poder establecer la diferencia en persona.
Y no, no me siento orgulloso de lo que le estamos haciendo a Cho, pero existe una serie de atenuantes que, sopesados en una balanza, no dejan a Cho con tanto margen de compasión como podría merecer de no andar siempre flirteando con unos y con otros, locales y foráneos, de manera que una supuesta ruptura con la celebridad de turno se vería respaldada por otra inmediata conquista, como bien sospecha Cedric. Y es que este tipo de chicas guapas y populares sigue siempre el mismo patrón. Oh, por supuesto que ninguno de sus sucesores podría superar a Cedric en modo alguno. Pero ella siempre estará respaldada por algún paladín propio, a sus faldas, bebiendo los vientos plagados de bludgers por ella.
No sé hasta qué punto Cedric le gusta a Cho, pero lo que sí me ha quedado claro esta tarde, para mi tranquilidad, es que Cedric no está enamorado de ella; y pensar otra cosa sería traicionar todas las muestras evidentes, y las mejores, inconscientes, de mi capitán, que ahora mismo no hace más que restregar su cara contra la mía mientras intenta convencerme de que vayamos a la habitación de marras.
Pero yo tengo una idea mejor.
"¿Cómo se te ha ocurrido un sitio así?" ríe Cedric cuando entramos en el aula abandonada a la que él me arrastró en mi tercer curso tras ganar a Gryffindor a su pesar.
"Sentía nostalgia," confieso mirando a todas partes menos a él.
Con un movimiento de la varita dejamos caer en el suelo los cojines que hemos invocado desde el aula de Flitwick, y con una finta lo hago caer sobre ellos, derribándolo. Cedric protesta un instante antes de murmurar un hechizo para cerrar la puerta y otro para insonorizar, en la medida en la que sus poderes se lo permiten, todo el aula. Por precaución.
Durante unos minutos tan sólo nos miramos, tumbados frente a frente, acariciándonos la cara y la cabeza y dándonos un beso por aquí, otro por allá. Pero pronto el ansia vence la tontería y acabo en un segundo montado a horcajadas sobre Cedric, quitándonos ambos la ropa como si nos quemara. Esta vez no adoptamos un ritmo frenético. Tampoco me dejo invadir por remilgos. Y no le permito que él los tenga. Donde yo pongo mi mano él puede poner la suya, y por su voz, o lo que se le escapa de ella, voy cerciorándome de que no le molesta nada de lo que pruebo. Y al fin, como era un poco de esperar, el hecho de que sea dos años mayor que yo tiene que notarse en algo, así que cuando el nuevo ritmo le ha despojado de los últimos rescoldos de vergüenza, me tumba a mí sobre los cojines y se pone él encima, prometiéndome con su boca que la inexperiencia no va a ser obstáculo para ponerse a mi escasa altura y sobrepasarme, aventajarme monumentalmente y, con tiento, tacto, y -¡Merlín, qué dolor!- entrar, metiéndonos a los dos en una nueva fase de la relación, en la que ya no hay marcha atrás y a mí no me importa cuán torpe parezca o cuántas veces tengamos que enmendar los errores, mientras lo sienta dentro de mí.
"¡Cedric, para, para, no tan deprisa! Vale... así."
"Pero... ¡no me llores!"
"¡Si es que estoy viendo las estrellas!"
"Bueno, de eso se trata, ¿no?"
"Sí, pero no tan de cerca, que me queman. Anda, aminora"
"No puedo, Justin, ¡te tenía unas ganas!"
"¡Por tu madre, Cedric! Au...aah...vale, por... ahí vas bien."
"¿Así?" jadea.
"¡SÍ, SÍ! ¡No te pares ahora, hombre!"
Risas, jadeos.
"¿Cedric?"
"Ups. Mier-. Lo sien-"
"Nada, nada, esta noche no te voy a dejar dormir hasta que hagas que se me oiga hasta en la Torre de Astronomía."
Besos. Risas. Su frente contra la mía.
"¡Ten piedad!"
"¡Y una leche!"
Ya no me importa el dolor (y eso que los mayores le han enseñado trucos para atenuar el dolor antes, durante y después), ni las apariencias, ni la incertidumbre del mañana.
Mientras sepa con tanta certeza que yo sigo siendo lo que Cedric Diggory más valora en este mundo.
El lunes es un día curioso. En el desayuno, Granger recibe tanto correo negativo por culpa del artículo de marras (además de, por lo visto, sufrir cierta humillación en clase de pociones el viernes, que uno se va enterando poco a poco de todos los cotilleos), que hasta se le han hinchado los dedos con el pus de bubotubérculo que iba en una carta. A Susan se le ha encogido el corazón al verla salir corriendo del comedor con lágrimas en los ojos. Creo que ha aprovechado antes de ir a clase para ver si estaba bien, pero parece ser que aún tardará en curarse.
En clase, Hagrid nos enseña esos curiosos buscadores de tesoros, los nifflers, y pasamos un rato entretenido. Por la tarde me siento solo a ensayar nuevas canciones con mis libros de partituras. Hay algunas que me gustaría dedicárselas a Cedric y quiero perfeccionarlas antes de que se gradúe el año que viene.
Durante toda esa semana Granger sigue recibiendo correo amenazador, y los vociferadores que algunos le envían resuenan por todo el comedor causando un poquitín de bochorno de carambola. La verdad, aún tengo muy fresco en la memoria el vociferador que le envió Amos Diggory a Cedric, y sólo de pensar... sólo de pensar que esa horrible periodista que saca esos artículos se fijara en las costumbres de apareamiento de el otro campeón olvidado, y publicara un artículo tan calumniador como los que he visto hasta ahora, me dan ganas de hacerme el harakiri con la varita. Por una vez me siento completa y absolutamente feliz de que los Hufflepuff quedemos en tan segundo y hasta octavo plano. Y por la forma que tiene Cedric de arquear las cejas en mi dirección, mal conteniendo un suspiro de alivio, me da que él opina lo mismo.
Por otro lado, no puedo dejar de sentir, de algún modo, que si en realidad Potter y Weasley están juntos, Hermione Granger es una desafortunada tapadera. Al menos tiene a Krum. Igual que Cho Chang tiene a ciertos chicos que no se cortan un pelo y la obsequian a la menor ocasión. Empezando por Roger Davies. Fleur no parece hacerle tanto caso después del baile. Probablemente lo usó para desquitarse del rechazo de Cedric y fin del asunto. Pero a la innombrable la he visto flirtear descaradamente con el capitán de su equipo en dos ocasiones: "Ay no, Roger, que sabes que estoy con Cedric", en ese tono risueño y provocativo que tienen las niñas de decir: "Convénceme un poco y quizás..." Por supuesto, de esto no le digo ni una palabra a Cedric. Él sabe bien lo que hay, ya la conoce. Y hemos acordado que los amagos de infidelidad de la zorravenclaw (si es así en el comedor ¡qué no hará a escondidas en su casa!) suponen un beneficio más que un perjuicio para nosotros dos.
Marzo trae consigo un aumento considerable en la carga de deberes, pero nosotros la despachamos sin problemas día a día, como hormiguitas, para disfrutar del merecido descanso del domingo. Nadie sabe todavía en qué consistirá la tercera prueba. Cedric repasa todas sus asignaturas con su ahínco habitual y emplea algo de tiempo extra en hechizos y encantamientos. Está muy contento con las clases de Moody y sabe que le serán de valiosa ayuda. Pero más allá de todo eso, poco puede hacer.
La primavera trae consigo una nueva revolución hormonal: parejas que se rompen, que se hacen, que se rehacen. Cedric y Cho siguen juntos, por desgracia, ya que mi capitán jamás podría ser tan hipócrita como para llamarle la atención sobre sus zorreos inofensivos, cuando él le está poniendo unos cuernos más grandes que el trofeo de salón de un taxidermista.
Cedric y yo tenemos una vida sexual un tanto irregular pero muy activa. Somos exploradores aventajados, somos tenaces reforzando nuestros puntos débiles, y somos únicos eligiendo escenarios. Bueno, no siempre, porque a veces me rindo y recurrimos a lo fácil, a esa habitación tan bien dispuesta para toda necesidad. A Cedric le gusta más la seguridad de un cuarto privado y disponible. Y también el aula abandonada, que además queda más cerca de nuestra casa. Pero a mí me va el riesgo, y nadie me puede negar que no tiene más morbo hacerlo en la ducha cuando no sabes si alguien puede venir en mitad de la noche, si funcionará el hechizo silenciador, expulsor o desalentador, o todos juntos, según le dé la neura a Cedric o esté dispuesto yo a colaborar (o le deje tiempo para que haga cualquier cosa una vez lo he desnudado o me he puesto de rodillas en el suelo antes de que pueda protestar).
De hecho, un día comprobamos, por suerte en el papel de intrusos, que es bastante fácil coincidir con otros usuarios de intenciones obscenas. Jamás olvidaré la cara de mortificación de esos dos compañeros de sexto y séptimo, uno en brazos del otro, dale que te pego contra la pared. ¡A eso se le llama cortar el rollo! Claro que el hecho de que Cedric y yo fuéramos allí a las 2 de la madrugada era base de simpatía suficiente para que supieran que nadie los iba a delatar. El prefecto ni siquiera los mandó a la cama: ¡le habrían rebatido que quería la ducha para él, para los mismos propósitos deshonestos! Cedric y yo nos reímos mucho con aquello (y yo tomé nota de la postura), pero también nos hizo corroborar que nunca está de más ser precavido.
Lo más atrevido que hacemos una noche es utilizar el sofá de la sala común, medio vestidos, preparados para cualquier alteración en nuestra comprometedora intimidad. ¡Ah, qué noche! Hasta Cedric me confiesa al día siguiente que le resultó tan excitante que no le importaría volverlo a repetir. ¡Oh, yeah!
Me pregunto por qué nadie se extraña de la clase de libros de hechizos que investiga Cedric a veces. Quizá piensen que está entrenándose en el secretismo mágico y técnicas de camuflaje instantáneo para la tercera prueba.
Si tan solo supieran...
Hace años despotricaba, pero hoy en día disfruto horrores pasar las horas de la tarde con Ernie en la biblioteca. Esto es: me horrorizan las tareas, pero disfruto con la compaía. Sentados uno frente al otro, con las chicas cerca, repasamos apuntes, completamos huecos y me echa una mano con puntos difíciles de Pociones o Transfiguración. Rara vez puedo ser yo de ayuda a Ernie (salvo en Estudios Muggles) y por eso siempre espero a que él haya contrastado sus apuntes con Hannah antes de rellenar los míos. Sigue diciendo que no soy una carga para él, pero no lo veo alegre muy a menudo, e incluso hay tardes en las que, cuando le hablo, me mira de una forma tan intensa y desolada que no sé si levantarme y salir corriendo de la biblioteca, o agitarle los hombros para que reaccione.
Un día nuestras manos van al mismo tiempo al borrador mágico, y la suya se queda posada sobre la mía cinco largos segundos antes de que me la ceda. Por supuesto, Ernie hace como si nada y sigue escribiendo, pero yo he sentido su mano temblar y ahora es mi pecho el que se agita. Ernie y yo... tenemos tensiones no resueltas. Pero por razones evidentes para él, jamás abordamos el tema.
El hecho de que Cedric tenga novia tampoco impide a su gran club de fans que lo acose sin descanso; por ello y por respeto a nosotros, Cedric se sienta un poco alejado cuando sabe que no lo van a dejar tranquilo. Krum no frecuenta tanto la biblioteca ahora que puede ver a Granger fuera si quiere, pero cuando lo hace, por las mismas razones que Cedric, se suele sentar cerca o incluso frente a él, para que las fans de uno se enzarcen con las del otro y a ellos los dejen en paz.
Sólo cuando, una vez cada muchos días, coincide que la chica de uno u otro está sentada con ellos, o Hermione Granger está sentada con Susan y sin Potter, tenemos a uno de los dos campeones cerca. Yo siempre prefiero que Cedric tenga a la horda de niñas suspirando en vano a cierta distancia, que a Cho Chang sentada a su vera y tomándose unas confianzas que me hacen plantearme seriamente la práctica sobre ella, con fines meramente educativos, por supuesto, de una sucesión de cruciatus.
Por suerte tengo mis pequeñas grandes compensaciones, como la que acontece en vacaciones de Semana Santa, en un período en el que el colegio está un poco más vacío y tranquilo, y el tiempo un poco menos gélido y más alegre.
Es una tarde soleada, aunque con unas cuantas nubes grises en lontananza, en la que un jersey bajo la túnica nos basta para salir a pasear por los terrenos del colegio. Cho Chang, al igual que algunos de nuestros amigos, ha vuelto a casa a ver a su familia, ya que no lo hizo en Navidades a causa del baile. ¡Oh, sí!, Cedric está pletórico y completamente disponible. Yo soy la persona humana maga hija de muggles más feliz del mundo. Tanto, que a duras penas me controlo para no caminar dando saltitos: pecho fuera, ánimos arriba, Cedric a mi lado. ¿Qué más puedo pedir?
El lago es un lugar idílico para pasear con tu pareja. Lástima que más de la mitad del colegio piense lo mismo. Estamos a punto de tomar una ruta alternativa cuando Cedric se acuerda de que tenía que hablar con Sprout de noséquénimeimporta de desperfectos que le han ido comunicando que hay en nuestra casa y de los que pensaba ocuparse nuestra jefa estas vacaciones. Sin más dilación, me pide que lo acompañe a los invernaderos y yo no tengo más remedio que seguirlo.
"Espero que no te haga ir con ella a a hacer chapuzas mágicas."
"Para esas cosas están los profesores y los magos profesionales," responde con una sonrisa, que aún así no me deja muy convencido.
Una vez en el despacho de Madame Sprout, Cedric me pide que le espere fuera, al final del todo, donde sabe que hay una vista espléndida del lago y las montañas en la altura. Con un último ruego de que no se deje convencer para hipotecar la tarde por amor a su casa, le hago caso y lo espero sentado detrás del último invernadero donde, efectivamente, las vistas quitan el hipo. Quienquiera que diseñó esta sección del castillo estaba en un momento inspirado de su vida.
Al poco rato acude Cedric con una sonrisa más grande que aquella con la que le he dejado.
"¿Y bien?"
"Zona despejada. Intimidad garantizada durante al menos dos horas. Sprout ha cogido la lista que le he dado y ha ido a ponerse manos a la obra. ¿Qué? ¿Por qué me miras así?"
Me abrazo a su cuello sin previo aviso y le beso.
"¡La has engatusado para que se vaya de su despacho! Cedric, ¿estás loco?"
"Sólo cumplía órdenes," me asegura, muy serio. Pero sus ojos le traicionan. "Oh, vamos, Justin. Es la mejor tarde para escondernos por aquí. Nadie vendrá. Va a llover."
"¿Cómo estás tan segu-?"
En ese mismo instante empiezan a caer pequeñas gotas sobre nosotros.
"Anda, aléjate del borde y siéntate aquí conmigo, que el paisaje se ve igual de bien, ya lo verás."
"¿Ahí?" señalo a donde él me señala, al suelo entre sus piernas.
"Aquí, como si estuviéramos en el sofá de la sala común," me mira de forma tan sugerente que mis piernas están allí antes que mi cabeza. Con cierta anticipación me siento delante, muy pegado a él, mientras que Cedric acaricia mis brazos y besa mis cabellos.
Un pequeño soportal que protege un par de tiestos inmensos con enredadera luminosa impide en escasa medida que el agua nos caiga encima, ya que el pequeño viento que se levanta se encarga del resto. Durante unos instantes cierro los ojos para empaparme de la lluvia. Es una sensación refrescante y agradable, máxime cuando me es imposible pasar frío por el tiento con el que me tratan las dos manos de mi capitán mientras me susurra cosas: lo que se ve en el horizonte, lo que soñó ayer, lo que le gustaría hacerme. Un segundo estoy en el suelo, al siguiente estoy en su regazo como un niño pequeño. Y para cuando quiero darme cuenta de verdad, sus manos están en la cremallera de mi pantalón y mi pantalón por las rodillas.
"¿Cedric?" pregunto algo alarmado cuando siento que me acaricia las nalgas al pasar de vuelta de camino a mi jersey. "¿Eres consciente de dónde estamos?"
"Ssssh, déjate hacer," dicen sus labios sobre mi cuello.
¿Y qué voy a hacer yo, que ya me he deshecho en sus brazos? Sus manos me tantean por debajo de la ropa, subiendo por el abdomen, recorriendo el pecho, el cuello, anclándose en mi costado. De pronto Cedric se agita un poco y enseguida siento el contacto con sus piernas desnudas, sus muslos, por los que me deja resbalar, tan lentamente, que parece que quiera torturarme. Y cuando por fin acerca una de sus manos entre mis propios muslos, sé que el viaje no tardará en llegar a su fin. Hay dedos, muchos, que me tantean por uno y otro lado. Trabajan demasiado rápido para mis pulmones, y enseguida me quedo sin aire. Sólo me sale la voz, muy agitada:
"Ah...Cedric..."
"Justin... Justin, hoy no intentes callarte, que la lluvia se llevará tus gritos."
"Y las montañas harán eco, y se enterarán hasta en tu casa... ah..."
"...De acuerdo, no grites mi nombre," me besa. "Mmm, ¡qué más da! ¡Grita todo lo que quieras!"
Fin del camino: Está dentro. Mi respiración se corta de raíz, hasta que consigo moverme. Oh, puedo moverme. Y Cedric, que al principio con sus manos sigue controlando, posesivo, el movimiento de mis caderas sobre su regazo, intenta cederme el control un rato. Pero no puede, no puede, no puede, no puede. Es superior a él. Con su cara muy pegada a la mía, su pecho incrustado en mi espalda, y todo mi cuerpo subordinado al suyo bajo una lluvia que ahora cae con ganas y que me hace creer que de verdad estoy despierto y vivo, me susurra que no deje de mirar adelante, que no deje de mirar el cielo y las montañas, porque si me concentro lo suficiente, como está haciendo él, pronto sentiré que puedo salir volando. Y él sabe bien lo que es volar.
Una semana de pociones contra el resfriado después, las broncas de Madame Sprout y Ernie, las bromas de nuestros compañeros y la compasión de todas las niñas con el pobre Cedric, volvemos a sentirnos como nuevos. No me gusta que me duela la cabeza y odio depender de un pañuelo. Quería pensar que en el mundo mágico todo era más avanzado y se curaba antes y mejor, pero ciertamente no hay mucho que hacer ante los pequeños males comunes.
Y luego queda ponerse al día con todo lo que uno se ha quedado rezagado. ¿Qué haría yo sin la ayuda de Ernie?
"Ya buscarías a cualquier idiota para que te enseñara sus deberes," sonríe sin mirarme, sentados en el sofá.
"No quiero que cualquier idiota me enseñe sus deberes. Me gusta que me lo expliques tú."
"Es bueno saber que todos servimos para algo," ahora sí que me mira pero no sonríe.
"¿Para qué sirvo yo sino para sobrecargar al pobre Ernie?" estornudo. "Además, no seas duro conmigo, que me quedo sin ir a Hogsmeade este fin de semana. Tengo mucho que hacer y aún no estoy preparado para salir tanto tiempo."
"Pues ya seremos dos, porque yo... necesito terminar un par de trabajos."
"¡Pero si tú lo llevas todo al día!" restriego mi cara contra su hombro, embutido en mi manta. Este sábado queríamos aprovechar que la sala común se quedaría vacía. Que los dormitorios se quedarían vacíos...
Ernie me mira unos instantes antes de poner los ojos en blanco.
"Muy bien, entonces te dejaré solo."
"Si tengo alguna duda, te la puedo preguntar por la tarde."
"O se la puedes preguntar a Cedric, que me imagino que tampoco saldrá, pese a que su resfriado hace días que se curó."
"No sé aún lo que va a hacer..." intento no sonrojarme. Me siento tonto tomando a Ernie por tonto cuando de tonto no tiene ni un pelo.
"No, claro que no," sonríe forzadamente, y sigue trabajando en su redacción para Pociones.
Si hay un escenario en el que siempre pienso en Cedric, ése son las duchas. Cuando estoy solo bajo el agua me gusta imaginarme que se acerca por detrás, como aquella vez; que me empotra contra los azulejos, y que me hace el amor mientras me tapa la boca para que no nos oigan al otro lado, donde aún queda gente duchándose.
Cedric me dice, muerto de la vergüenza, que es una fantasía absurda, porque él nunca se arriesgaría de esa manera habiendo alguien en los baños. Pero su cuerpo no puede ocultar, pese a su sonrojo, que la idea en sí le gusta. Y estando solos en su dormitorio (con la complicidad del compañero al que pillamos en la ducha), ese sábado de Hogsmeade, me pide que sea yo, por una vez, el que tome las riendas, mientras él se deja hacer todo el rato, demostrándome que hay muchas formas de disfrutar con una misma persona si se tiene el valor y la confianza de probarlo.
Sobre todo, siendo dos años menor que él.
"Es tu primera vez, ¿verdad? Quiero decir que también lo fue para mí, y ya sabes lo que pasó," me anima, sonrojado. "Todo es cuestión de probar, Justin," me tumba con él en su cama, cerrando las cortinas y echando hasta tres hechizos avisadores y repulsores al dormitorio.
Al principio me cuesta, pero al final (...del todo) Cedric queda encantado y yo, sinceramente, en éxtasis absoluto. Esto de cambiar posiciones me gusta. Me gusta muchísimo.
Estoy orgulloso de haber bautizado y ser el honorable padrino de un buen puñado de plantas en mi casa. Los de primero confían en mí para inventarme nombres (y aprovechan luego esto para dejármelas en vacaciones), para pedirme consejo sobre cómo cuidarlas (y si yo no sé, siempre hay alguien que me echa un cable), y para que les dedique una canción a sus mascotas queridas. Los pequeños aún se divierten jugando con mis rizos y Cedric se ríe a menudo de mi instinto maternal, pero yo siempre encuentro algún sinónimo de mamá gallina con el que obsequiarle a él.
Las clases muggles dominicales siguen como de costumbre, con gran concurrencia y aún más apoyo por parte de las nuevas generaciones. Y no hay tarde de domingo que no se rubrique con alguna canción. Las disfruto aún más cuando se ofrecen voluntarios para el coro. Me encanta poner a un lado a las niñas y al otro a los niños e irlos alternando: ¡queda tan bonito! A veces son las niñas las que me piden como músico, y ellas cantan lo que más les gusta. Otras veces montamos orquestas mágicas entre varios músicos con actuaciones y efectos de luces que se prolongan hasta la noche. Y últimamente dejo para cualquier momento mis piezas en solitario, con la excusa de animar al campeón, en público o en privado, acompañadas o a viva voz, pero siempre con todo mi sentimiento.
Muchas veces me pregunto cómo no puede haberse dado ya cuenta toda la casa de lo que siento, porque yo siento que siento a gritos, y es todo tan bonito que me da miedo despertar. Zacharías a menudo me nota distraído y ausente, pero no va más allá de comentármelo de pasada. Dice que Hannah le comenta... que Hannah le cuenta... y se lía tanto a hablar de lo que Hannah dice o deja de decir, que al final se le va el hilo y mi reputación sale ilesa. Ernie, lo que es Ernie, directamente no saca el tema, y las chicas no se atreven. Saben a ciencia cierta que no hay chica en Hogwarts que me llame la atención, y mis ratos de conversación con Luna Lovegood siguen siendo tan esporádicos y tan atípicos, que para cualquiera que los presencie o que la conozca, no pueden significar nada romántico. En mi casa saben que no hay ninguna a la que cante más que a las demás, y que aquellas que están cerca, lo han estado toda la vida, principalmente porque están en mi clase, de modo que quedan descartadas de raíz. Si alguien levanta la sospecha, ellas mismas la acallan con pasión. Como un día en el que me toca defenderme, y lo único que consigo es levantar la veda del Hufflepuff marujón:
"¿Tan malo soy?" gimoteo yo si lo escucho.
"Oh, no," ríe Hannah, "pero es que no queremos a alguien que cante hazañas, sino que las lleve a cabo."
"Ah, o sea, ¿que no tengo ningún mérito más que tocar la bandurria?"
"No sé, no sé, preguntémosle a Ernie," ríe Susan.
"Sí, Ernie, ¿tú qué dices?" dice Hannah. "Tu duermes con él. Además de cantar, ¿ronca?"
"No mucho, pero habla en sueños, que no se qué es peor."
"¿Que yo hablo en sueños?"
"A veces, sí."
"¿Y eso cómo lo sabes tú? ¿Es que te quedas despierto sólo para escucharme?" protesto, medio enojado. Pero al ver que Ernie se queda helado y no contesta, siento que he cruzado cierta línea que trazamos hace tiempo en nuestra atípica relación, y quedo callado también. Nunca he querido darle demasiadas vueltas al hecho de que Ernie siempre me espere despierto cuando me acuesto tarde, como si no pudiera dormir hasta que sabe a ciencia cierta que ocupo la cama de al lado. Puede ser simple insomnio. Pero puede también no serlo.
"Yo creo que habría que preguntarle a Cedric," musita uno de sexto, con quien comparte curso y dormitorio, y que nos ha estado oyendo. "Me juego a que las noches que me despierto de madrugada y no está en su cama es porque ha ido a arropar-"
Afortunadamente, mi incapacidad de producir una respuesta coherente a eso se ve compensada por el codazo que le ha dado su compañero (nuestro aliado), llamándole al decoro.
"Bueno, es normal, ¿no? Siempre habéis estado muy unidos desde que no pudo impedir que te petrificara un basilisco. No es nada que alguien con un poco de observación no haya notado. "
"Yo creo que fue más bien a partir del beso de tercero," comenta Susan, pensativa. "¿Te acuerdas, Justin? Cuando ganamos a Gryffindor."
¿Quién puede olvidarse de un momento "Trágame tierra" semejante?
"Sí, y siempre estaban estudiando cosas de muggles juntos. Incluso ahora lo hacéis con frecuencia, ¿no?" afirma Hannah.
Sin comentarios. Sin comentarios.
"Y en el Lago Ness también desaparecieron juntos los dos. Y en esa ocasión, chicas, Justin salió en auxilio del capitán, y no al revés," añade Zacharías.
No hay rubor. No. Hay. Rubor.
"¡Es verdad, Zach!" palmotea ella, disfrutando como una enana con mi creciente sonrojo. "Se perdieron por el lago y por las ruinas del castillo, igual que el otro día, cuando cayó esa lluvia tan espantosa y se pusieron malos."
Harto ya, intento de alguna forma torpe acallar sus risas y sus bromas tontas, cuando es Ernie el que, por lo bajo, pone la guinda:
"Al final Cedric tampoco fue a Hogsmeade..."
Cuando por fin queremos darnos cuenta de que es mayo, la temperatura ha subido varios grados, el sol está haciendo nido en Hogwarts, los deberes amenazan con aplastarnos, y lo que transpira entre Cedric y yo se puede calificar ya de dependencia absoluta: He perdido la cuenta de cuántos besos podemos llegar a robarnos al día en cualquier rincón apartado; cuántas caricias se esconden bajo la mesa del comedor; y cuántas noches nos vamos a dormir con una enorme sonrisa de satisfacción mutua.
A estas alturas del curso, Ernie ya nunca me deja saber si está despierto cuando vuelvo, no se sienta a mi lado en el comedor si puede evitarlo (se sienta enfrente), y en cuanto ve a Cedric aparecer solo por el pasillo (pues a menudo va con Chang, y ahí no hay donde rascar) se aleja con cualquier excusa. Aunque no puedo dejar de agradecerle que sea tan mirado, a sabiendas de que él sabe, me duele en el alma forzarle a cambiar sus hábitos y, de algún modo, apartarse de mí. Porque cuanto más se acerca Cedric, más se aleja Ernie. Es una progresión matemática.
La última semana de mayo los campeones son congregados en el campo de quidditch para explicarles la última prueba. Fleur le ha estado comiendo el tarro con que estaban cavando túneles y que tendrían que buscar tesoros en las profundidades, pero a nuestro capitán no le convence mucho esta teoría. Sin embargo, cuando Cedric regresa, se le ve muy contrariado por el estropicio que al parecer han hecho en el campo.
"Ludo Bagman dice que luego volverá a estar como nuevo una vez termine la tercera prueba, pero por ahora se me cae el alma a los pies sólo de recordar su lamentable estado."
Entonces nos cuenta que la prueba consistirá en llegar al centro del laberinto que están montando, y el primero que toque el trofeo recibirá la máxima puntuación: 50 puntos. Por descontado, hay obstáculos de todo tipo, y si, al parecer, Hagrid tiene mano en eso, me puedo imaginar cuáles serán algunos de ellos.
"Víktor se ha llevado a Harry a hablar en privado," sonríe cuando ya se han ido casi todos. "Me imagino de lo que quiere hablarle. Lleva meses preocupado por el tema, más que con cualquier otra cosa, incluso el torneo. Se lo ha llevado a la linde del bosque, estaba tan nervioso," se ríe.
"¿Qué le va a preguntar, que si hay algo entre Granger y él?" sonrío yo también, acercándome un poco más a las rodillas de Cedric, tumbado bocabajo en el sofá y apoyado sobre mis codos.
"Seguro que sí. Lo mira con suspicacia desde que leyó aquel artículo. Además, como esa chica siempre va con Harry a todas partes..."
"Y con Weasley, Cedric, no lo olvides."
"¿Crees que eso importa?"
"Tres son multitud. Uno de los tres no tiene nada que ver con los otros. Pero tú, probablemente, no viste lo celoso que se puso Weasley, porque celos es la palabra, de Krum en el baile. Harry, en cambio, permaneció imperturbable; vamos, que le parecía bien que ella confraternizara con su rival en el torneo."
"¿Entonces tú crees que Harry y ese Weasley...?"
"Me parece más probable que Harry y Granger, sí. Pero si te digo la verdad, creo que el que queda fuera de esos tres es Harry."
"Quizá," musita, pensando claramente en otra cosa.
"¿Cómo te sientes ante la tercera prueba, ahora que sabes de qué va?" mi barbilla se acerca peligrosamente a su muslo. Mis ojos no dejan los suyos. Él acaba por darse cuenta.
"Mejor. Más confiado. Pero todavía precavido"
"¡Hufflepuff de mierda!" me río.
"¿Me estás provocando?" me agarra las manos, haciendo que pierda el punto de apoyo y ruede sobre mí, mientras él procede a reventarme a cosquillas sin recurrir a su varita, como hace a veces para disimular. Bueno, y otras veces, hace como si las hubiera provocado con ella.
"Tendrás que practicar hechizos más potentes que ése si quieres vencer a los otros campeones," jadeo yo al final, recostado sin pudor sobre su regazo.
"Pierde cuidado, ya se han ofrecido los de séptimo a ayudarme con algunos que aún no he visto en clase y que me serán útiles."
"Ooooh, ¿aceptarás ayuda externa para esta prueba?"
"¿Qué quieres que haga? Soy el único imbécil que hasta ahora no lo ha hecho. Fleur y Krum se entrenan abiertamente en sus guaridas. Harry pasa mañana y tarde practicando hechizos con sus amigos cuando no está en la biblioteca con ellos. Seguro que Granger es la fuente de la mayoría de sus avances. No quiero quedarme atrás por pereza, y la única forma de aprender es estudiando con aquellos que saben."
"Me parece una idea estupenda," asiento con firmeza. "Si necesitas mi ayuda para algo, ya sabes dónde estoy."
"¿Y usarte de conejillo de indias? ¡Ni pensarlo!"
Eres demasiado importante para mí, me dice con su mirada y su caricia.
Y a mí me falta esto para ronronear.
Claro que cuando Cedric practica el bindus conmigo por sorpresa en ciertas noches intensas, yo nunca me quejo.
Pocos días después, Cedric se entera por Krum de que alguien lo atacó esa noche y lo dejó inconsciente, y que el director de su escuela, Karkaroff, se enfadó muchísimo y habla ahora de sabotaje. Según Krum, el juez del torneo que no apareció en la segunda prueba, un tal Crouch, se les apareció a él y Harry mientras estaban hablando, en un estado tan lamentable que al búlgaro le dio verdadero pavor. No sabe si fue él o quién el que lo atacó, pero desde entonces se cuida de merodear por donde no debe fuera de horas.
Por otra parte, Krum está mucho más feliz de la vida desde que sabe de primera mano que no hay nada entre Granger y Harry. Si lo sabía yo. Y Cedric le confirmó que Harry había pedido a su (por desgracia) novia, Cho Chang, que fuera su pareja de baile. Esto terminó de rubricar la dicha de Krum y casi le hizo olvidar el mal trago pasado.
De un tiempo a esta parte, he notado que Cedric se ha abierto, no solo a los del equipo, sino también a sus compañeros de dormitorio, y a los mayores. La camaradería que se respira entre ellos es deliciosa. Las bromas, las pullas, los roces, el vínculo, todo se ha ido estrechando desde aquellas falsas peleas y noches insomnes en la sala común en Navidades. Cedric parece más relajado entre sus iguales de lo que le he visto en toda mi vida en Hogwarts. Y esto redunda en un ambiente aún más hermanado y familiar, que transpira al resto de la casa.
Ahora que junio se le ha echado encima, Cedric practica sin descanso. Los de séptimo, además de preparar sus ÉXTASIS, se vuelcan con él. Y, aunque unidas estas lecciones a las horas de rigor con la innombrable, no nos queda mucho tiempo al día para estar a solas (noches inolvidables y escarceos momentáneos aparte), me siento muy satisfecho de verle ganar confianza en sus posibilidades. Un Hufflepuff con seguridad significa una casa entera con seguridad, y esa digna alegría hace que tengamos todos la cabeza alta y los ánimos más arriba en el marco de un colegio en el que, por norma habitual, no somos nadie. De modo que, conforme avanzan los días hacia la fecha señalada, al creciente optimismo general de la escuela se une nuestro entusiasmo propio: Cedric tiene la victoria a un paso, ¡a un paso!
Para mantener alta la moral, una tarde decidimos salir de excursión al lago capitaneados por nuestros prefectos, en un arranque nostálgico del verano pasado. A esto se apuntan los mayores, que piensan aprovechar la ocasión para utilizar a voluntarios del Comando-H como escudos humanos y de este modo entrenar a Cedric en campo abierto. En la linde del bosque con el lago, coordinados por los más veteranos, durante casi una hora nos dedicamos a lanzarle hechizos desarmadores, a intentar paralizarle o silenciarle, a obstaculizarle, y a detener los ataques dirigidos a los mayores que se ocultan tras nosotros, en movimiento de un peón a otro en distintas formaciones. Cedric sufre y suda, pero se desenvuelve bien. Terminamos rodando por el suelo, agotados, riendo jubilosos porque nuestro capitán está en plena forma. Los mayores están encantados con él y yo no quepo en mí de orgullo. Al atardecer, apandillados a la orilla del lago, cantamos canciones, entre ellas el bochornoso himno que instauré en Las tres escobas ("Hufflepuff, Hufflepuff, ven y siéntate aquí..."), rememoramos anécdotas, y lo pasamos tan, tan bien, que ni Zacharías, por un día en su vida, emite una sola queja. También se le ve feliz.
Ni siquiera los exámenes nos desaniman esa última semana.
Exámenes que terminarán justo el día de la prueba.
Exámenes de los que Cedric, como campeón, se libra.
"Qué morro tienes..."
"Calla y estudia," me dice, sentado a mi lado en la biblioteca la víspera.
No ha venido para estudiar, está aquí única y exclusivamente para hacerme compañía, para pasar el rato conmigo. Y, si hiciera falta, echarme un cable con alguna duda. Ernie, por su parte, está hoy en la otra punta de la mesa. Y Cedric ha aprendido un truco tan estúpido como eficaz de un chaval muy gracioso al que se lo comentó un Gryffindor, que consiste en rociar un círculo alrededor de la zona donde se piensa estar, para que cualquier persona ajena a propósitos exclusivos del lugar (en este caso, la biblioteca), sienta al cruzarlo un insoportable hedor a cebolla frita, a sobaco resudado, a hamburguesería en hora punta (claro que eso no lo conocen tantos), que se marcha por donde ha venido. Quién sabe (porque ni nos preocupamos de contar al cabo de un rato de risas por lo bajo) a cuántas chicas espantamos con semejante estratagema. Y aunque Krum no es lo mismo que Cedric (quien sigue ligando más que Fénix en todos los capítulos del Equipo A juntos), se van luego a ver a Krum; pero Krum está tan mohíno porque Granger lleva días que no aparece por estar ayudando a Potter, que o las ignora o las bufa, y luego termina por irse, con esos andares tan peculiares que tiene.
Como la prueba no va a ser hasta mañana sábado, y realmente Cedric no puede hacer ya más de lo que ha hecho, salvo descansar, decide acostarse pronto esa noche. A todos les parece razonable y nadie duda de sus intenciones. Los demás charlamos un rato con optimismo en la sala común después de terminar de repasar, y no tardamos en imitarlo.
De madrugada, como habíamos pactado en el baño antes de acostarnos, Cedric viene a buscarme a mi dormitorio. Sabe que Ernie sospecha y que es el único que podría escucharme salir, así que tampoco le preocupa. Me despierta con un beso de los que dan ganas de tirarle a la cama y montárnoslo allí mismo, pero su prudencia puede más que la mía y tira de mí para llevarme a la sala común.
Cedric se sabe ya los hechizos de precaución tan al dedillo, y su magia ha avanzado tanto, que los puede ejecutar mientras me baja el pijama con los dientes. Suave, lenta y concienzudamente, me hace el amor junto al brasero, echando por una noche a los cuatro vientos toda esa aprensión que a menudo le impide hacer nada entre nuestras cuatro paredes más familiares. Pero hoy es un día especial, y él quiere aprovechar hasta el último rayo de luna en la ventana falsa para mirarme, besarme, acariciarme, y susurrarme algunas de esas idioteces que siempre me hacen reír por fuera y derretirme por dentro.
Poco antes del amanecer, mientras nos duchamos para despejarnos, yo le devuelvo el favor. Y el cielo, para mí, entonces, es estar de rodillas frente a Cedric, acariciando sus caderas y sus nalgas mientras sus dedos revuelven frenéticos mis cabellos bajo el chorro de agua caliente. Y para Cedric, después, es ocupar mi lugar en mi fantasía, recostado contra los azulejos mientras yo marco el ritmo y nuestras caderas se mueven juntas una vez más, y mis labios no se separan de su espalda, de su nuca, de su cuello, de sus labios. Finalmente, la diferencia de altura nos obliga a terminar de rodillas los dos en el suelo, con mi cuerpo envolviendo el suyo; y allí caemos luego rendidos, abrazados, y completamente saciados, mientras nos decimos lo que sólo se dice cuando estás borracho de amor y de sexo.
Con todo y con eso, tras vestirnos rápidamente, somos los primeros de nuestra casa en bajar a desayunar. Los colores de nuestras mejillas, a ojos entendidos, pueden delatar más que las risitas inocentes que se nos escapan a uno y a otro con las tontadas que hacemos con la comida. No, no jugamos a los barquitos ni nos damos la tostada el uno al otro. Pero por poco. Y nadie me puede quitar la sensación de llevar colgado ambos en la cara un letrero que reza: "Recién follados". Por suerte, cuando llega el resto ya estamos un poco más calmados y dispuestos a guardar la compostura. Medio minuto, al menos.
Poco antes de terminar de desayunar viene Sprout a avisar a Cedric de que la familia de los campeones espera en el cuarto de al lado. Con sorpresa y algo de aprensión, Cedric me palmea el muslo brevemente antes de salir del comedor. Luego vuelve un instante para avisar a Harry de que lo están esperando a él también, y los observo a ambos cerrar la puerta, sintiéndome ajeno a su mundo, y con temor de que Amos Diggory note... ¿Pero qué va a notar?
"Cedric está de muy buen humor," observa Ernie con una sonrisa seca. "Debe de haber pasado una noche estupenda."
No lo sabes tú bien, pienso. Lo sospechas, pero no te haces una idea, Ernie. Y al recordarlo, me sonrojo, sin poder evitarlo, y me escondo detrás del tazón de leche durante un sorbo larguísimo.
Ernie me mira de reojo, pone los ojos en blanco, y no comenta más, es Hannah la que recoge el testigo:
"Ha madrugado mucho, quizá no podría dormir más. Pobre, en un día tan importante..."
"Justin, ¿qué tal llevas el examen de hoy?" me pregunta Susan.
"Estupendamente," sonrío. Y ellos se ríen señalándome el bigote de leche.
Lo que yo digo: lo llevo escrito en la cara.
Pasa la mañana, pasan los exámenes y llega la hora de comer. Por fortuna, los padres de Cedric han decidido comer por su cuenta y vendrán luego a la cena. Cedric está que trina con su padre:
"¿Por qué me tiene que hacer pasar vergüenza de esa manera? No lo entiendo. Harry no le ha hecho nada, no tiene la culpa de que esa horrible Skeeter la haya tomado con él. ¡Qué más da que no me mencionara en ese artículo! Quienes me importan saben que soy campeón de Hogwarts, no necesito que Harry Potter me robe o me deje de robar la primera plana para estar contento."
"Pues el niño ha vuelto a salir en exclusiva en El Profeta," interviene Zacharías con su mejor cara de escepticismo. "Que si se desmaya en clase para llamar la atención, que si habla pársel, que si ya arrojó una serpiente a otro estudiante... ¡Ja! Al pobre Justin ni le mencionan por su nombre."
"¡Mejor!" me apresuro a decir yo. "No sea que me acabe metiendo luego en el triángulo Potter-Granger-Krum, o diga de mí que ando violando lechuzas por algún trauma de la infancia."
Los demás ríen, pero Ernie, como siempre, está muy serio.
"¿Y cómo sabe esa mujer que Harry se desmayó en clase? En el artículo dice que lo vio ella misma, pero en ese momento sólo estaban Trelawney y sus alumnos. Y Dumbledore, que yo sepa, le tiene prohibido el acceso a Hogwarts después de todo lo que ha montado este año. Tonterías aparte, aquí hay algo que no encaja."
"El caso es que mi padre no me lo perdonará si pierdo ante Harry hoy," suspira Cedric al fin sólo para mí. Pese a todas las palabras de ánimo de los amigos, Cedric sabe bien de lo que habla. Y yo también: ganar le facilitaría el trance que vendrá después. Pero yo quiero pensar que, gane o pierda en el torneo, ambos ganaremos cuando se termine.
Por cierto, ¿quién es ese pelirrojo con coleta que está junto a Harry? Me encanta su pendiente de colmillo y su chupa de cuero. ¡Tiene pinta de rockero a la antigua! Y de ser pariente de Weasley, sin duda. Ésa debe de ser su madre: el pelo es inconfundible. Pobre Harry, como no tiene padres... A veces no sé si es mejor tener padres o no en estas situaciones. Pueden ponerte más nervioso que los ánimos que te dan. Y mira que los Diggory parecen buena gente. Pero no puedo olvidar... no puedo olvidar... el maldito vociferador.
La tarde trae el verano, la noche trae un festín de come y revienta, y el festín trae consigo la inevitable tercera prueba. Cedric ha pasado la tarde partida entre sus padres y Cho, y sólo unos minutos antes de la cena logra escaparse conmigo a unos baños abandonados donde, tras echar los hechizos protectores de rigor, paralizar y encerrar en su cubículo al fantasma residente (esa chica de gafas con la que hablaba Harry en el baño de los prefectos aquel día), aprovechamos intensamente el escaso tiempo juntos antes del gran acontecimiento.
Como habíamos previsto, a los campeones se los lleva Ludo Bagman en grupo nada más cenar, sin dar tiempo apenas a que se despidan de sus familias y a que, una vez más, y esta vez con ambas manos, Cedric me peine los rizos de esa manera tan cariñosa, pero aparentemente distraída, que me tiene reservada. Los compañeros le dan palmadas en la espalda, le infunden ánimos, le tienen ya por ganador. El Fraile Gordo lo despide brindando con sus fantasmales jarras de cerveza. Y yo lo veo marchar lleno de orgullo, porque sé que hoy mi... nuestro Cedric va a ganar. Va a ganar seguro.
Juliet, the dice were loaded from the start...
Poco después acudimos en masa al irreconocible campo de quidditch. Nos situamos en la tribuna que más cerca queda de donde saldrán nuestros campeones, Harry y Cedric, empatados a puntos, y seguimos animando hasta que les toca entrar en el laberinto tras el silbato de Bagman. Cedric parece muy concentrado y apenas nos ve saludarle a lo lejos; pero devuelve el saludo rápidamente con el pulgar en alto antes de desaparecer. ¡Qué emoción, qué emoción! Ahora sólo nos queda cruzar los dedos porque, al igual que en la prueba del lago, no podemos ver absolutamente nada.
...and I bet, and you exploded in my heart.
Pasa el rato. Sacan a Fleur: no ha podido ni con la mitad. Sacan a Krum: alguien lo dejó inconsciente y luego lanzó una señal de auxilio.
"Todo queda en Hogwarts," comenta Ernie. Los demás asentimos con nerviosismo y emoción crecientes.
There's a place for us...
Sigue pasando el rato. Demasiado rato.
No puedo describir con palabras la impaciencia que siento ahora mismo. Necesito que vuelva, necesito abrazarle. Pero sé que falta poco, ¡falta muy poco!
...you know the movie song.
Cuando termine la prueba, cuando salga de ese laberinto, cuando todo el mundo desaparezca...
When are you gonna realize...
Pero está claro que lo mejor de la vida es soñar, y lo mejor de un sueño... lo mejor... siempre termina cuando uno menos se lo espera.
Porque cuando por fin sale, lo único que llego a atisbar son dos figuras familiares desplomadas en el suelo, recién aparecidas con el trofeo en ristre, antes de que la muchedumbre que se concentra rápidamente a su alrededor empiece a gritar, como un eco imparable:
"¡Está muerto!"
"¡Eh, mirad, está muerto!"
"¡Cedric Diggory está muerto!"
...It was just that the time was wrong.
Nota:
(1) Escena del sofá: Letra de Tunnel of Love, Dire Straits.
(2) Escena final: Letra de Romeo & Juliet, Dire Straits
