Y hemos llegado al capítulo 10... el final.
En primer lugar gracias a todos por el gran apoyo que me habéis dado, por la magnífica acogida, por las ideas y por los maravillosos comentarios, y por último pero no menos importante, por leer.
Sois muchos, pero me voy a tomar el tiempo de nombraros a todos: Adazmerize, Adela, Amy, Angi (jeje ya sabes que cumplo lo que prometo), Auryl, Hameron/Penny, Natyteresa, Nyaar, SyberSnake y a Ravenwood (anda, acabas de llegar y ya vas a leer el final) y si me equivoco y me salto a alguien, lo siento mucho porque de verdad os estoy agradecida. Me alegro mucho de que lo hayáis disfrutado y que me hayáis ayudado a conseguir mi récord de reviews... XDD.
Nos vemos en el próximo fic!!
Nota: En este capítulo hay una referencia a una novela de Pérez-Reverte... especialmente para Auryl, a ver si la reconoces.
Capítulo 10.
El sonido de papel rasgándose resonó en el silencio total del despacho. No obstante, Cuddy activó después la trituradora de papel y los pasó por ahí. Hechos tiras. A la papelera. Fin.
-Que esto no sirva de precedente.- bromeó ella con una sonrisa.
Le devolví la sonrisa. A medias. Ella se apoyó en su mesa y un segundo después su expresión cambió. Supongo que esperaba alguna respuesta de mi parte. Una respuesta que yo no sabía cómo dar ni, de hecho, qué decir. La sonrisa se le congeló y mientras jugueteaba con un mechón de cabello me preguntó:
-¿Qué pasa?
-Nada.- respondí.- Sólo que... gracias.
Eché a andar hacia la puerta reprochándome que no se me ocurriera una idea mejor y que una parte de mi mente me dijera de huir de allí y dejar las cosas como estaban. No era así. No podía irme sin más, y sin embargo lo único que podía hacer era irme. Apoyé la mano en el pomo de la puerta para abrirla.
-De nada.- su voz llegó desde atrás, decepcionada. Soy un imbécil para estas cosas. Siempre lo he sido.- Para eso estamos.
Me giré hacia ella, sin atreverme a mirarla a los ojos.
-Eso es lo que quiero decir. Gracias por estar ahí siempre. A las buenas y a las malas. Se ve que te importo bastante.
Ella avanzó hacia mí, apenas los dos pasos que nos separaban, me sujetó la barbilla entre sus dedos y me hizo levantar la cabeza para que sus ojos se encontraran con los míos. Una mirada indescifrable, serena, que de tanto que expresaba parecía no expresar nada.
-Me importas.- dijo.- Claro que me importas. Y no sólo porque soy una defensora irremediable de causas perdidas, sino porque eres mi amigo.
Espiró, el aire deslizándose entre sus dientes. Le costaba esto pero no separaba sus ojos de los míos.
-Un buen amigo.
Lentamente, muy lentamente, deslicé la mano hacia su cintura. Tardé en decidirme, era como si el contacto con su piel a través de la falda me quemara. Pero finalmente lo hice.
-¿Sólo eso?- pregunté.
Ella rompió a reír. Estaba muy guapa cuando se reía. ¿Por qué demonios tenía que mantener esa fachada de mujer dura y seria? Estaba mucho mejor así.
-¿Qué, no te parece suficiente?- replicó.
-No lo sé.- admití, sacudiendo ligeramente la cabeza.
Ella volvió a reírse, pero con una risa más suave, más queda.
-La verdad es que yo tampoco sé si es suficiente.
E irguiéndose unos centímetros sobre sus tacones, alcanzó mi boca con la suya y me besó. Tenía una forma muy peculiar de besar, como si sus labios mordieran los míos. Dominante hasta en eso. Se separó, apenas un milímetro, y respirando sobre mis labios dijo en voz muy baja:
-¿Mejor así?
La cogí con más fuerza por la cintura, atrayéndola hacia mí, y volví a besarla. Sabía bien. Menta con un ligero toque de brillo de labios frutal, de melocotón. Dulce y fresca a la vez. Ella se apartó de mi boca y bajó hasta mi cuello, recorriéndolo con pequeños besos y subiendo de nuevo. Retrocedió un par de pasos arrastrándome hacia la mesa y yo me dejé hacer. Estaba disfrutando con que ella llevara el control. Por primera vez.
Soltando mi mano de su cintura, se sentó sobre la mesa y volvió a tirar de mí. Había llegado el momento de actuar o quedar como un idiota, así que me decidí por lo primero. Fui hacia ella, rozando mi mejilla con la suya, hasta su oreja, besé el lóbulo y un momento después, no sé bien cómo, su pendiente estaba en mi boca. Me lo saqué y lo dejé sobre la mesa, mientras ella soltaba una carcajada, sorprendida por lo que acababa de pasar (lo del pendiente, quiero decir). Volvimos a besarnos, su lengua explorando la mía, y poco a poco, no sé si por su acción o por la mía, ella se encontró tumbada de espaldas sobre la mesa y yo doblado sobre ella, a pocos centímetros, sintiendo su corazón latir contra mi pecho, hundiéndome en el azul mar de sus ojos que me miraban expectantes, aunque tranquilos. Nos detuvimos un instante a recuperar la respiración y ella alargó la mano hasta mi nuca y la acarició, deslizándose hacia abajo por la columna vertebral. De repente comprendí por qué habíamos parado. Estábamos preguntándonos si no debíamos ir más allá.
-¿Sabes qué, Cuddy?- dije, con la voz entrecortada.- Tú también me importas.
Y ella sonrió, no con los labios sino con los ojos, y extendió sus dedos hasta los botones de mi camisa, desbrochándolos uno por uno, deleitándose en cada movimiento. Mierda que ella llevara un jersey y no pudiera hacerle lo mismo. En fin. Decidí probar con la falda, encontré la cremallera y tiré. Y en ese preciso momento todo se volvió negro.
Los dos miramos hacia arriba.
-Se ha ido la luz.- dijo ella. Un relámpago brilló a través de la ventana.- Por la tormenta.
Permanecimos un segundo en silencio escuchando el rumor de la lluvia contra las ventanas. Había arreciado. Los rayos proyectaban el movimiento de las gotas en el cristal por todo el despacho. Era como si estuviéramos en una pecera gigante.
-¿Pero eso no es relevante, verdad?- pregunté.
Miré hacia el exterior, apenas un instante, y cuando volví ella ya se había quitado el jersey. Sonreí.
-Ya no vais iguales tu amiguita y tú.- bromeé.
Ella me miró con fingido reproche.
-¿Quieres centrarte en lo importante?
Su falda cayó al suelo y pocos segundos después mi camisa la siguió, y mis vaqueros. Cuando me desabroché el cinturón noté la mirada de Cuddy sobre mi cuádriceps perdido, una mirada triste que quise borrar inmediatamente de su rostro, acaricié su pelo y empecé a besarla desde el cuello, por la línea del esternón, el vientre, el ombligo. Le hice cosquillas. Ella se rió. Buena señal.
Y entonces llegó el momento de la verdad... el último paso... la ropa interior y entre besos entrar dentro de ella, acariciarla, sentirla junto a mí, piel contra piel, su respiración frente a mi oído, nuestros gemidos contenidos, sus ojos cerrados, su cabeza echada hacia atrás, y el rumor de la lluvia y los truenos que marcan el ritmo, porque en todos los actos de la naturaleza el ritmo es siempre más o menos el mismo.
De repente todo cesó... y ella me mordió el labio conteniendo el significativo grito que no quería que nadie oyera, y poco a poco recuperamos el aliento sin separanos, sin atrevernos a interrumpir por un momento el contacto. Ha sido tan... tan emocionante que, no sé ella, pero yo tengo miedo de que al final todo sea un sueño.
Finalmente ella se incorporó, sentándose sobre la mesa, recuperando la ropa, y mirándome, mirándome como si ella tampoco acabara de creerlo. Bajo su mirada yo también me vestí de nuevo y me quedé de pie frente a ella, en silencio, viendo su perfil recortado en la oscuridad.
Hasta que volvió la luz.
-Vaya.- dije.-Ha sido... estimulante.
Ella sonrió, subiéndose la cremallera de la falda.
-A ver si un día te equivocas y me dices que me quieres.- dijo.
Recuperé mi bastón, que había caído al suelo en medio de la refriega, le devolví la sonrisa y di media vuelta para salir del despacho.
-Te quiero.- respondí.-Buenas noches.
-Buenas noches a ti.- contestó ella.- No llegues tarde mañana.
Cerré la puerta de su despacho a mis espaldas y eché a andar por el pasillo, hacia la salida. Seguía lloviendo fuera. Me gusta la lluvia, pero odio la humedad. Hace que la pierna se me resienta.
Y entonces me di cuenta de algo. Me detuve en mitad del pasillo y me llevé la mano al muslo. Me dolía mucho menos.
Reemprendí el camino pensando en las ironías de la vida. El amor no tiene consecuencias físicas sobre las personas, es puramente psicológico. O sea que puede decirse que es un placebo. El placebo más antiguo y más tradicional de todos. Y sin embargo el más eficaz.
FIN
