Aviso: por supuesto que la historia TIENE final feliz, solo que antes de ello nos toca conocer lo que ocasionó el divorcio en esta joven pareja.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Capítulo 1

Reencuentro

Estaba nervioso.

Hubiese querido tener temple de hierro y no sentir nada cuando volviera a verla, sin embargo, no puedo ignorar el retumbar agitado de mi corazón y el revoltijo en el estómago.

Han pasado dos semanas desde que firmamos el divorcio.

Dos semanas.

Hace dos semanas que salí de la que fuera nuestra casa por siete años, de ese lugar cálido al que muchas veces llamé hogar.

Estúpidamente pensé que allí quedarían los recuerdos. Y no. Los recuerdos me persiguen como fantasmas en mis pensamientos, siguen arraigados en mi corazón y mente.

Estaba siendo doloroso empezar de nuevo. Mucho.

Es que no era fácil sacar del sistema a quien creíste el amor de tu vida, quien lo fue todo. Y ahora no tenía idea cómo sería nuestro trato.

Las dudas surgían a bocanadas, una tras otra: ¿cómo será nuestro saludo? ¿Nuestro reencuentro?

― Papi…

La suave voz de Eric me sacó de mis ensoñaciones.

Le sonreí al verlo en mi regazo y acaricié su dócil pelo castaño. Solté un suspiro cuando vi que tenía su pequeño rostro lleno de manchas de helado de chocolate.

Su mochila de Batman estaba sobre la mesa; saqué un paquete nuevo de toallitas húmedas y pasé una por sus mejillas. Borrando toda suciedad de su rostro.

Me empezaba a impacientar.

El lugar estaba semi vacío para ser las dieciocho horas de un sábado.

Tan nervioso como estaba me percaté que la chica que sirvió nuestros helados no había dejado de observarnos desde su lugar. Cuando esos momentos ocurren, quisiera saber, ¿qué piensan al verme con mi hijo?

¿Sospecharan que soy un padre recién divorciado? Pueden pensar que soy viudo.

Negué inmediatamente con la cabeza.

Moriría si a Bells le pasara algo. No. Nunca. Jamás.

Entonces, una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios al mencionar su apodo cariñoso. Bells.

Le había apodado de esa forma cuando estábamos en el grado diez.

Dios. Ella tenía dieciséis años.

Negué nuevamente. No quería ir hacia ahí, no quería recordar que teníamos un pasado.

Volví a mirar la hora y maldije por lo bajo. Llevamos esperando más de treinta minutos.

¿A qué maldita hora piensa llegar?

Con el celular en la mano envié un mensaje de texto:

[Eric se está impacientando, ¿por qué no llegas?]

Pasaron cinco minutos y ella no respondió.

― ¿Y mami? ―preguntó mi pequeño hijo captando mi atención. Sus ojos color marrones tienen la intensidad de disipar cualquier mal humor―. Quiero verla.

Afligido, agaché mi rostro.

― El abuelo se enfermó y ella tiene que cuidar de él. ―Llevaba dos semanas repitiendo la misma mentira―. Es por ello que no estás con ella.

Los ojos de Eric me observaban impacientes.

A sus tres años era casi un hecho que no lograba asimilar lo que estaba ocurriendo. Bells y yo decidimos protegerlo y hacerle saber que tendría dos casas de ahora en adelante.

Besé su cabecita.

― ¡Mamiii! ―chilló Eric haciéndome tensar.

Mi corazón retumbó fuertemente al verla frente a nosotros.

Eric salió corriendo de mi protección y fue hacia ella. Bells inmediatamente lo tomó en brazos y lo llenó de besos haciendo que nuestro pequeño hijo se pusiese feliz por estar de nuevo con ella.

Observé quietamente y casi sin respirar; mi estómago estaba revuelto por la presencia de la que fuese mi esposa por siete años.

Quería corregir mi mente y llamarla ex, pero eso aún no era posible.

Bells estaba hermosa en ese conjunto suit color negro, traía su cabello recogido en una coleta alta, quise reír al recordar que desde que nació Eric ella tuvo que recoger su cabello al descubrir que nuestro hijo amaba morder su larga melena.

Basta Edward. Sal de ahí. Aléjate de los recuerdos porque no lograrás olvidarla.

Seguí mirándola y logré apreciar círculos oscuros debajo de sus ojos, por supuesto que estaban difuminados con corrector, aunque no importaba todo el maquillaje que usara, su semblante triste prevalecía.

― Siento llegar tarde ―se disculpó―. Acabo de llegar del aeropuerto porque… ―Guardó silencio al sostenerme la mirada.

¿Por qué te callas? Quise preguntarle. Por qué no decir que tú seguiste con tu vida mientras yo me sigo reclamando el porqué.

No es como si no hubiera visto todas tus estúpidas fotos en Instagram de tu fin de semana.

»Me tengo que ir ―susurró nerviosa―. Gracias por tenerlo contigo estas dos semanas, Edward.

Me puse de pie mientras ella echaba sobre su hombro la mochila de Batman y la pequeña maleta de Eric con sus pertenencias.

Bells sorprendida con mi cercanía se quedó viendo con los ojos muy abiertos; nuestros brazos rozaron y por mi vida juré que los vellos de mi piel se erizaron ante nuestro toque.

Había tanto entre nosotros. Miles de recuerdos y buenas anécdotas, aunque también...

Sacudí la cabeza de un lado a otro y suspiré. Deshaciéndome de estúpidas ideas que mi mente recreaba.

Debía irme.

― Te amo pequeño ―dije, besando las mejillas sonrojadas de mi hijo― te veo pronto.

Y salí de ahí sin mirar hacia atrás con un maldito nudo en la garganta.


Bueno, esta historia tiene varios años en mi mente y dije: ¿Por qué no sacarla? Para quienes aman el drama puro, seguramente esta será su historia a seguir. Ojalá se unan y me acompañen en este doloroso viaje.

Gracias totales por leer ️💔