n/a: holaaaaa! hay gente que todavía lee estas notas? bueno, espero no ser la única que le encanta conocer más sobre la vida de los escritores jaja.
estoy experimentando con una nueva forma de narración basada en el realismo mágico y pov variados, en este caso los pov van a rotar en cada capítulo y se centrarán en los protagonistas, que son tomioka y shinobu.
estamos en gibosa creciente, casi luna llena. feliz víspera de luna llena fría (luna llena de miel para el hemisferio sur). a las cinco personas que estén leyendo esto, muchas gracias, ojalá les guste. bye y disfruten.
aclaraciones: esta historia es un au. shinobu y los demás están en el presente (no es el 2022 pero tampoco son los 1900s como en el anime). creo que hablo por todos al decir que la época donde se desarrolla kny no es tan jugosa para el desarrollo de buenas tramas así como lo son los universos alternos ubicados en el presente. los personajes se pueden aprovechar mejor así. después de lo poco que pudimos disfrutarlos en la historia original, los au son un dulce consuelo. pero, bueno, esa es mi opinión personal. los fic que más me han gustado de kny precisamente están ubicados en universos alternos.
advertencias/aclaraciones: au, nsfw, sobrenatural, una pizca de gore, romance, personajes fuera del personaje (ooc) para poder hacer la historia dinámica (todos sabemos que tomioka no es precisamente la persona más elocuente que hay en kny, pero en esta historia es capaz de mantener conversaciones decentes con la gente. asi que, ooc del tomioka, y de todo el mundo, pero mas que todo de tomioka). alusión a prácticas paganas, brujas, criaturas místicas e invocaciones. nada dañino, sólo un poco de fantasía para sazonar la historia, gracias y fin de la transmisión.
disculpen los errores ortográficos, soy humana :')
disclaimer: kny no me pertenece
GIBOSA MENGUANTE
capítulo 1
El hombre herido
Esa madrugada, como solía hacer todos los días, Shinobu salió a recolectar hierbas y hongos para sus pociones. Andaba por el sendero con la mirada atenta al suelo, adentrándose en el bosque con la maestría de alguien que lo conocía como la palma de su mano. Se movía con gracia envuelta en su largo vestido negro, escogía con cuidado una surtida variedad de hierbas que juntaba en una canasta colgada del brazo. Balbuceaba una melodía bajito y se agachaba cada vez que divisaba una hierba o una flor que llamara su atención.
El susurro de su voz se perdía en la inmensidad del bosque húmedo dónde la neblina del alba todavía cubría hasta donde alcanzaba la vista.
El equinoccio de primavera había traído consigo renacimiento y abundancia al bosque. La cosecha de los primeros frutos y flores primaverales era exquisita y marcaba un buen inicio de lo que parecía ser el brote de cerezos más temprano visto en años. Shinobu sonrió, orgullosa y satisfecha de sí misma, recordando lo bien que había manejado el ritual de Ostara ese año, lo bonito que había quedado su altar.
Se inclinó para recolectar unas jugosas oronjas que había pillado al margen del sendero, murmurando esa tonta canción que no podía sacarse de la cabeza -una que había escuchado en la radio antes de caer dormida la noche anterior- muy concentrada en la tarea, sumergida en su mundo, cuando de pronto escuchó un sonido en dirección a su espalda. Shinobu guardó silencio y detuvo su mano. El sonido hizo eco y Shinobu pudo reconocerlo como un quejido, uno proveniente de algún lugar cercano.
Shinobu, que llevaba viviendo en la mitad del bosque bastante tiempo y sabía que nunca debía bajar la guardia, se levantó y se preparó para cualquier emboscada. Ella tenía conocimiento de las criaturas salvajes que habitaban el bosque y sabía que corría peligro si no era cuidadosa. Empuñó con fuerza la navaja y permaneció en la misma posición, esperando. ¿Era un zorro? ¿Un lobo? ¿Un oso?
Shinobu no tuvo que agudizar el oído para escucharlo otra vez, ahí estaba el quejido. Era el lamento de un animal herido. Un lamento casi inaudible que, de no ser por el inusual silencio, no se hubiese escuchado en lo absoluto.
Shinobu notó por primera vez el inusual silencio que la rodeaba y reflexionó sobre él. Se trataba de un silencio siniestro, antinatural. Había algo inquietante en él dado que contrastaba con el ajetreo común que se escuchaba cada mañana a esas tempranas horas: ciervos, ardillas, grillos y aves, eran algunos de los animales que comúnmente colaboraban con el bullicio madrugador. No se escuchaba nada de eso.
La ausencia de sonido fue de pronto muy notoria. Shinobu se extrañó de no haberla notado antes, sobre todo tomando en cuenta que ella era muy sensible para detectar anormalidades de ese tipo, pero el sentimiento fue sustituido inmediatamente por la curiosidad. ¿Que singularidad estaba ocasionando desconfianza entre los animales que ella no era capaz de percibir?
Lo mejor que podía hacer Shinobu era dar por culminada la faena de recolección del día. El instinto de los animales era mucho más sensible que el del humano; si ellos huían de algo, por lógica común lo más sensato era seguir su ejemplo y resguardarse también. Pero Shinobu volvió a escuchar el sonido. Era un quejido ahogado que reverberaba a través de la neblina del bosque y se escuchaba como un llamado de auxilio, uno que era muy difícil de ignorar.
Shinobu sabía que debía hacerle caso a su raciocinio y regresar a la cabaña, pero sus instintos dominaron por sobre su razón y sus pies se movieron hacia el origen del sonido como si tuvieran conciencia propia. Ignorar las advertencias del bosque y las alarmas en su cabeza era un impulso peligroso, imprudente y estúpido, ella lo sabía. Pero Shinobu nunca había destacado por su prudencia. Nunca había obedecido a la voz lógica en su cabeza y nunca había dejado de cuestionárse todo a su alrededor. Era esa intrepidez la razón de estar donde estaba y de ser quien era, así que no podía tratarse de algo necesariamente malo.
También era cierto que su intrepidez la ponía en un perpetuo estado de peligro, pero, de alguna u otra manera, sus demonios siempre la ayudaban a salir ilesa al final. Era extenuante, pero maravilloso. Su hermana a menudo la comparaba con un gato, porque en la aldea, los animales sensatos eran los perros y las gallinas; en cambio los gatos siempre se metían en problemas. El curioso felino terminaba alejándose de la civilización mientras perseguía algún insecto, se adentraba en los peligrosos matorrales derechito a la madriguera de la serpiente. Carecían de instinto de supervivencia, correteando al sapo de brillantes colores o atrapando en sus fauces la llamativa flor venenosa. "La curiosidad mató al gato", así decían, cuando el merodeo innato conducía al ingenuo individuo derechito a su desgracia. Sin embargo, a Shinobu le gustaba que la compararan con un gato, porque también tenía la bizarra cualidad gatuna de tener ocho vidas.
Mientras pensaba en esto, Shinobu continuaba abriéndose paso por los matorrales, hacia donde creía haber escuchado el quejido. La ausencia de peligro era tan elevada que por momentos olvidaba su objetivo y tonteaba con las flores que se cruzaban en su camino. En un momento de pura placidez, tuvo la audacia de dejarse seducir por una amanita muscaria que sobresalía de lo más fresquita sobre la corteza de un árbol tumbado. El bosque seguía silencioso y aun cubierto por una neblina tranquila, que brillaba por el resplandor de los primeros rayos solares del día, cuando Shinobu se agachó a cortar el hongo desde su tallo con la destreza de sus conocimientos herbolarios, y escuchó una voz fuerte y clara a su espalda.
Se irguió y pegó una vuelta sobre sus pies. No muy lejos de ella encontró el orígen del quejido.
Se trataba hombre adulto, desnudo y ensangrentado, que yacía tumbado sobre un montículo de hojas húmedas. Su cara se retorcía en una mueca de dolor y, de sus labios partidos, salía el quejido grave que Shinobu había estado escuchando.
Parpadeó, impactada, tratando de liberarse del shock primario. Había esperado encontrase con cualquier cosa excepto ese escenario y no tenía una jodida idea de cómo reaccionar.
Cuando el hombre abrió sus párpados, todavía conservando el gesto adolorido, sus ojos se encontraron directamente con los de Shinobu.
—Ayuda. —murmuró, vomitando sangre en el proceso.
No necesitó escucharlo dos veces. Shinobu se lanzó al suelo e hizo un análisis rápido de sus heridas. Tenía sangre en su boca y dientes. Había rastros de sangre, ya seca, que se había escurrido desde su mandíbula hasta su cuello. Y lo más bizarro era la cortada, bastante profunda, que surcaba de manera horizontal medio costado de su abdomen. Había sangre. Dioses, había demasiada sangre. Era... era una escena grotesca y dolorosa de ver. El hombre temblaba y apretaba los dientes a la vez que oprimía con fuerza una de sus manos sobre la herida del costado. Tenía muchas heridas, cortes y raspones, pero la más preocupante era la del costado.
Shinobu estudió sus alrededores. ¿Había sido atacado por un animal salvaje? ¿Estaría cerca todavía? No, si estuviese cerca, ya se habría manifestado. Regresó su atención al hombre
—Necesito que quite su mano para poder revisarle, ¿está bien?
El hombre cerró sus ojos con fuerza y vociferó un quejido fuerte cuando retiró su mano de la herida. Shinobu se arrepintió de haberle pedido aquello. Todo el calor de su cuerpo se evaporó cuando vio asomarse algo que parecieron ser tripas a través del corte. Horrorizada, colocó su propia mano sobre la herida. No le importó manchar sus guantes, estaba desesperada por detener tanto el sangrado como lo otro, que, de corazón, deseaba no fueran los intestinos.
—Oh dioses —susurró, viendo como la sangre emanaba de la herida y humedecía su guante de terciopelo—. Dioses, dioses, ¿que hago? ¿que hago?
Shinobu miró a su alrededor en busca de lo que fuera para ayudar a detener el sangrado. Necesitaba algo que pudiese utilizar para ayudar a ese pobre hombre, pero no había nada, estaban en medio del bosque. Shinobu sólo tenía con ella la canasta llena de hierbas y hongos, y una pequeña navaja. El hombre la miraba con detenimiento, le rogaba con los ojos que hiciera algo. Shinobu sintió lástima por él. ¿Qué podía hacer ella?
El tipo se estaba muriendo y ella no podía hacer nada. No tenía las herramientas adecuadas para tratarlo, y estaban muy alejados de la cabaña para poder moverlo.
—Señor, disculpe que tenga que preguntarle —dijo Shinobu después de percibir cierto brillo en la mirada de aquel hombre, brillo que normalmente estaba presente en animales al borde de la muerte que se resignaban a su destino—. No sé bajo qué circunstancias apareció usted aquí en este estado, pero necesito saber si está dispuesto a seguir viviendo. Yo puedo ayudarle, pero usted necesita tener la voluntad de vivir. De lo contrario, cualquier cosa que yo haga será en vano.
El hombre permaneció en silencio por un momento y Shinobu pensó que no había sido escuchada, pero al cabo de unos segundos susurró un débil "no quiero morir" y eso fue más que suficiente para que Shinobu tomara cartas en el asunto. Se quitó ambos guantes y se llevó dos dedos a los labios para lanzar un largo y poderoso silbido.
Suzu tenía que venir a ayudarla. Necesitaba buscar sus implementos de trabajo en la cabaña, pero no podía dejar al hombre solo. La sangre atraería a los animales salvajes.
—Escúcheme —indicó Shinobu firmemente—. Volveré en un momento. Necesito que sostenga fuerte su herida. Traeré un par de cosas para ayudarle a sanar.
—No vas a volver. —gimió el hombre. Su voz estaba cargada de una desesperación cruda, sus ojos mostraban desolación, estaba a nada de resignarse a su muerte. Shinobu tuvo que negar con la cabeza muchas veces, sintiendo una repentina urgencia por transmitirle confianza.
—Sí volveré, se lo juro, en nombre del Portador de Luz, juro que regresaré y le salvaré —aseguró, quitándose del cuello un collar con pendiente de cuarzo—. Mire, tenga esto. Es un amuleto, le aliviará si realmente quiere que el dolor se vaya. Sólo tiene que desearlo con fuerza.
Suzu llegó poco después. Se trataba de un buitre calvo negro hembra, casi del tamaño de ella misma, el más grande que Shinobu había visto en su vida; hacía unos años se había encariñado con ella y desde entonces era su exótica mascota. Al verlo llegar, el hombre se puso más pálido de lo que ya estaba y gesticuló una mueca terror. Shinobu casi sonrió compasivamente, no lo culpaba por tener miedo. Tener de compañía a un monstruoso carroñero cuando se estaba al borde de la muerte no transmitía precisamente una sensación de seguridad.
—No se preocupe, Suzu evitará que cualquier otro animal salvaje venga a atacarlo.
—Claro, porque me devorará... ugh... antes que los otros animales siquiera se enteren que estuve aquí.
Shinobu sonrió. Al menos el hombre todavía tenía sentido del humor.
—Suzu no come humanos, está domesticada. No se preocupe —Shinobu quitó su mano con cuidado de la herida y la reemplazó rápidamente con la mano del hombre—. Recuerde, aférrese a la vida hasta que yo regrese —se levantó y sacudió su largo, frondoso y pesado vestido. Mala elección de ropa para recolectar hierbas ese día—. ¿Cuál es su nombre? —le preguntó antes de irse.
—Tomioka... Giyuu.
Shinobu corrió lo más rápido que sus cortas piernas le permitieron. El vestido no era la indumentaria más idónea para correr, pero al menos ella se mantenía en buena forma.
El sendero de vuelta a la cabaña, que normalmente le llevaba una hora en completar, lo recorrió en quince minutos y se sintió muy orgullosa por ello. Azotó la puerta trasera y entró como alma que llevaba el diablo al sótano, donde tenía sus brebajes, hierbas e instrumentos de culto. Lanzó todo lo que necesitaba en una bolsa tejida y se sacó el largo vestido de encima para colocarse una falda liviana y cómoda. Una vez estuvo segura de que no faltaba nada, emprendió el rumbo de regreso al bosque.
El viaje de ida fue más fácil y rápido. Pese a llevar el sobrepeso de sus herramientas, la falda holgada era más conveniente para correr que el frondoso vestido.
Cuando llegó al lugar donde agonizaba el hombre herido -Tomioka-san-, Shinobu tuvo que apartar a Suzu de un manotazo para separarlo de él. El buitre no dejaba de ver su herida como si fuese el manjar más delicioso que nunca antes había visto. Parecía que, después de todo, la carroñera aún conservaba parte de su instinto natural.
—¡Fuera, Suzu! Tomioka-san, estoy aquí. Voy a ayudarle.
Tomioka despertó con una mueca de dolor, y al verla, abrió los ojos ampliamente, como si no pudiera dar crédito a lo que veía.
—Oiga, no me mire tan sorprendido. Le dije que regresaría —expuso Shinobu fingiendo haberse ofendido. No perdió tiempo y vació todo el contenido de la bolsa en el suelo. Comenzó los preparativos para su improvisto ritual mientras Tomioka se limitaba a observarla, entre sorprendido y confundido—. ¿De verdad no confió en mis palabras? Yo nunca juro en vano.
—Ugh... yo pensé... que no regresarías. Que moriría... y ese buitre me descuartizaría... —sollozó Tomioka. Había comenzado a sudar y ahora todo su cuerpo estaba húmedo, frío y verdoso como si la piel ya se hubiese resignado a morir y estuviese pudriéndose de antemano. Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Voy a morir. Tsutako... mamá... lo lamento tanto.
—No, no. Tomioka-san, escuche —Shinobu estaba acomodando las velas al rededor del montículo de hojas húmedas sobre los que agonizaba Tomioka. Había viento, pero una vez las encendiera, no se apagarían hasta que el ritual culminara—. Tiene que aferrarse a la vida, ¿me entiende? No seré capaz de ayudarlo si se da por vencido. Vamos, usted es la persona más importante para usted. No puede traicionarse a sí mismo. Sea fuerte, aférrase con uñas y dientes, nunca se dé por vencido, viva. Sigua viviendo por mucho tiempo. Créame, todavía no es su hora.
Los hombros de Tomioka dieron una violenta sacudida cuando un pinchazo de dolor atravesó todo su cuerpo. Cerró los ojos y apretó los dientes con fuerza.
—No quiero morir. —anunció. Shinobu sonrió mientras encendía las velas con cerillas.
—Eso, así es. No se rinda —Shinobu seguía alentandolo, corriendo de un lado al otro, colocando apresuradamente objetos que iban desde un cuchillo, hasta un pentagrama, una botella de vino y un cáliz de metal alrededor de Tomioka—. Yo sé que no quiere morir, yo, Shinobu, voy a ayudarle, y vivirá, por mucho tiempo a partir de ahora, ¿entiende?
Una vez Shinobu estuvo satisfecha con la predisposición de los objetos, dio inicio al ritual. No había tiempo que perder. Aunque el lugar no fuese el idóneo y el rudimentario altar estaba lejos de ser perfecto, Shinobu sabía que aquello bastaría. Se arrodilló junto a Tomioka, del lado de su mayor herida, cerró los ojos y comenzó a canalizar la energía a su alrededor. El bosque era un lugar saturado de magia, era víspera de luna llena y el Espíritu Guardián estaba de muy buen humor esa mañana.
Shinobu hizo sonar una pequeña campana. El sonido viajó por todo el bosque y cuando se detuvo, el silencio reinó.
—En el nombre del Señor de la Tierra, Rey del Mundo —la voz de Shinobu resonó en la quietud del bosque, quietud sólo rota por los quejidos de dolor de Tomioka, que en su agonía ignoraba todo lo demás que sucedía a su alrededor—. ¡Ordeno a las fuerzas de la Oscuridad que viertan sobre mí su poder Infernal! ¡Abran de par en par las Puertas del Infierno y salgan del Abismo para saludarme como su hermana y amiga! ¡Concédanme las indulgencias de las que hablo! ¡He tomado sus nombres como míos! ¡Vivo como las bestias del campo, regocijándome en la vida carnal! ¡Favorezco al justo y maldigo lo podrido! ¡Por todos los Dioses del Averno, ordeno que todo lo que diga, suceda! ¡Avancen y respondan a sus nombres manifestando mis deseos!
Tomioka se retorció una última vez antes de cerrar sus ojos y dejar caer inerte la mano que sostenía su herida.
Shinobu abrió los ojos y fue testigo, horrorizada, de cómo la tripa -o lo que sea que fuera ese órgano- sobresalía del bizarro corte junto con un chorro de sangre. Tomioka se había desmayado y el color verdoso en su piel se había acrecentado. De pronto Shinobu tuvo la inequívoca certeza de que, hiciera lo que hiciera, ese hombre iba a morir. No había forma de que alguien sobreviviera a eso. Suzu, el buitre, miraba el cuerpo con anhelo, como si pudiese oler la muerte emanando de él.
Shinobu se dio cuenta de que ella estaba temblando cuando tomó el cáliz y se lo llevó temblorosamente a sus labios para dar un largo sorbo de vino.
Había maldecido y condenado a infinidades de hombres a lo largo de su vida, pero nunca había visto a un ser humano morir frente a sus ojos. ¿Eso cambiaría ahora? Shinobu sacudió la cabeza y se reprendió, alejando los pensamientos pesimistas y concentrandose en su promesa. No dejaría morir a ese hombre, por su nombre que no lo haría.
Con su convicción restaurada y un presentimiento de esperanza, Shinobu tomó el afilado cuchillo y señaló los puntos cardinales en el cuerpo inerte de Tomioka.
—Satán para el sur, Lucifer para el este, Belial para el norte y Leviatán para el oeste —Shinobu susurró y cerró sus ojos para concentrar todo su poder.
Entonces Shinobu procedió a alzar el afilado cuchillo sobre la palma de su mano izquierda y sin titubeo realizó un corte profundo que le hizo soltar un gritó ahogado. El dolor punzante lo sintió de pies a cabeza, a pesar de haber sido realizado sólo en la palma de su mano, y la empatía que sintió al imaginar el dolor de Tomioka, cuya herida era mucho peor que la suya, la redujo a las lágrimas.
—Cúrenlo. —ordenó fervientemente, colocando su palma ensangrentada sobre la herida abierta de Tomioka, permitiendo que su propia sangre se derramara sobre él. Entonces lo sintió. Ese cosquilleo característico de la magia, la presencia irrefutable de entidades poderosas, observándolos, alzando la mano para ayudarlos. Conmovida hasta las lágrimas y un poco mareada por la apabullante sensación, Shinobu vociferó la décimo-octava llave—. Ilasa micalazoda olapireta ialpereji beliore, das odo Busadire Oiad ouoaresa caosago, casaremeji. Laiada eranu berinutasa cafafame das ivemeda aqoso adoho Moz, od maof-fasa. Bolape como belioreta pamebeta. ¡Zodameranu! Odo cicale Qaa. ¡Zodoreje, lape zodiredo Noco Mada, hoathahe Saitan!
Horas después, cuando la temperatura bajó y la noche cayó sobre el bosque, Tomioka despertó.
Shinobu había decidido armar un campamento alrededor de él, porque el ritual la había dejado agotada y, de todas formas, ni invocando toda su fuerza sería capaz de arrastrar a un hombre del tamaño de Tomioka, inconsciente y herido, todo el camino hacia la cabaña. Así que, básicamente trajo la cabaña hasta Tomioka. Ensambló una carpa junto al cuerpo inerte y lo arrastró con cuidado hacia el interior. Encendió una fogata y se instaló frente a la puerta de la carpa para hacer guardia. Hizo lo que estuvo al alcance de sus manos para crear un ambiente cálido en el cual Tomioka pudiese recuperarse: lo limpió, cubrió su desnudes con varias capas se de sábanas y edredones, lo llenó de almohadas y colocó unas velitas aromáticas e incienso de lavanda para fomentar la armonía y el descanso. Se dio a la tarea de rodearlo con cuarzos protectores y amuletos, e incluso trajo un par de libros en caso de que despertara y le diera por leer, muy poco probable pero no perdía nada por ser un poquito detallista.
A la medianoche la fogata perdió vigor y el frío comenzó a calar en los huesos. Shinobu preparó una infusión de semillas de amapola con canela y tomillo para Tomioka y un té negro para permanecer despierta. Necesitaba una buena dosis de cafeína o sino el sueño la vencería. Habían sido muchas las emociones fuertes vividas en un sólo día, eso sin contar el trabajo físico de transportar lo necesario para armar el campamento. Shinobu no recordaba la última vez que se había sentido tan cansada, pero estaba satisfecha. Tomioka estaba vivo, y aunque no podía asegurar que estuviese fuera de peligro, al menos sabía que estaba estable. Aún se sacudía con leves temblores y tenía fiebre, pero al menos ya no tenía una mueca de dolor todo el rato y su color de piel había vuelto a la normalidad. Sus pupilas se dilataban ante la luz de la vela y su respiración era constante y normal. Lo peor ya había pasado, ahora solo restaba cuidarlo hasta que sanara.
Shinobu veía la llama trepidante de la fogata absorta en sus pensamientos, reprendiéndose cada vez que sus párpados se cerraban y preguntándose porqué se tomaba tantas molestias por un hombre que no conocía de nada y cuyas intenciones desconocía. Tenía que ser por curiosidad, se dijo, llegando a una resolución, porque de otra forma a ella no le hubiese pesado dejarlo morir ahí en el bosque. Morir no sonaba tan malo si su cuerpo pasaría a formar parte del sustrato del bosque. De hecho, Shinobu quería que enterraran su cuerpo ahí, en ese bosque, en un agujero rudimentario, y de ser posible, que permitieran a los animales alimentarse de sus restos. Pero era distinto, porque Shinobu había contemplado en los naipes que moriría a los 84 años, por muerte natural e indolora, y sus nietos harían realidad su voluntad. En cambio este hombre... era tan joven, tan aferrado a la vida, tan horrorizado ante la perspectiva de morir. Nadie debería pasar por una muerte semejante, tan agonizante, tan solitaria.
Shinobu se percató que llevaba un buen rato dormitando. A la una de la madrugada, cuando mantenerse despierta se estaba volviendo muy complicado, escuchó un quejido a sus espaldas.
—¿Tomioka-san? —preguntó, abriendo la puerta cremallera de la carpa, asomando la cabeza hacia el interior. El hombre seguía inmóvil, pero había abierto los ojos.
Shinobu tomó aquello como una evolución favorable. Es decir, literalmente al hombre se le habían estado saliendo las tripas en la mañana. A esas horas ya era para que estuviese muerto.
Entró con cuidado a la carpa y se acomodó a su lado, cargando en una bandeja la infusión y el vial con la medicina. Giyuu la miraba, miraba a su alrededor y volvía su mirada hacia ella. El pobre estaba tan desconcertado que Shinobu no pudo evitar soltar una risita. No lo culpaba. Estar seguro de morir y, de un momento a otro, despertar ahí adentro, debía ser un shock.
—Tome, beba esto. —Shinobu le sujetó con delicadeza la nuca para ayudarlo a inclinar la cabeza, y le acercó el vial a los labios. El hombre bebió sin oponer resistencia, estaba muy delirante y desubicado como para cuestionarse nada—. Es un remedio a base de hígado de ciervo, que ayuda a la cicatrización de tejido, adormidera, mandrágora y caléndula, para reducir el dolor y ayudar a la desinflamación. También le hice una infusión, necesita hidratarse.
El líquido le resbalo por la garganta y un poco se derramó entre la comisura de los labios, bajando por su barbilla hasta el cuello. Tomioka arrugó un poco el entrecejo al sentir el sabor expandiéndose por su boca, pero si le molestó, no lo dijo. Alcanzó apenas tiempo para que se tomara su infusión antes de que el brebaje hiciera efecto y se quedará profundamente dormido, por primera vez, con un gesto de tranquilidad.
continuará
...
n/a: ugh, lo sé, super raro. la única excusa que puedo dar es que el tema no se me salía de la cabeza. el próximo capítulo veremos el punto de vista de tomioka y las primeras interacciones de ambos. debo destacar que esta historia será un poco slow burn así que les pido paciencia, eventualmente habrá romance. por ahora quiero centrarme en el desarrollo de ambas personalidades.
un adelanto: tomioka es un tosco y malhumorado escéptico. shinobu es una mariposa soñadora y amable.
nuevamente gracias por leer. tengo pensado actualizar pronto, así que nos veremos en pocos días.
