CAPÍTULO # 8

Taro Misaki camina apurado tras tres chicas en un centro comercial. Está cargado de bolsas, con facturas rebalsando por los bolsillos y atento a ver ofertas interesantes, la misión de su vida por esa tarde. El sindicato había decidido decorar el cuarto del bebé y reclutaron al pobre de Taro para que las ayudara, porque el resto de los chicos tenía una práctica sorpresa con sus respectivos equipos casualmente el mismo día.

¿Qué raro, no, lo de la práctica? – preguntó Yayoi a sus amigas.

Sí… justo cuando decido salir de la casa, nadie me acompaña, ni el cobarde de mi marido, pero por lo menos me dejó bien acompañada – dijo Sanae, mostrando una tarjeta de crédito.

Así yo también salgo sola todo el tiempo – dijo Yayoi - ¿cómo está el pequeñito?

Está bien – respondió Yoshiko, que empujaba el carrito del bebé – sólo que está renegando, debe estar cansado.

O tiene hambre.

O necesita que le cambien el pañal.

Yo apoyo la noción del cansancio – se escuchó la voz de Taro desde el fondo de 23 bolsas – creo que quiere ir a casa… vamos, chicas, no sean malas con la criaturita – dijo esto con el tono más paternal que podía – mucho deporte para él por un día.

Las tres por fin se compadecieron del pobre, y decidieron volver a la casa de Sanae a dejar las cosas. La gran sorpresa fue el encontrar a Tsubasa, Wakabayashi, Jun, Ryo y Matsuyama viendo tele en la sala, sentados, con cara de no haber hecho toda la tarde más que comer el contenido de las bolsas regadas en el suelo. El grito certero de Yayoi los puso a limpiar toda la casa ni bien lo escucharon:

¡Vagos! ¡Desgraciados! ¡HAGAN ALGO!

Claaaaaaro, nosotras comprando cosas para el bebé, caminando por el bebé, preocupándonos por el bebé ¡y ustedes viendo tele! – Sanae tenía a su esposo de una oreja con la riña - ¡y ENCIMA MIENTEN! ¿Conque partido de emergencia? ¡Ya se me hacía! ¡Manga de ociosos!

Aprovecharon la situación de víctimas para hacer que los cinco pinten el cuarto del bebé ese momento, cosa que tenían que hacer al día siguiente Tsubasa y Sanae, mientras ellos cuatro se sentaban en el jardín a tomar el sol y acompañar al bebé en la siesta. Yayoi miró a Yoshiko, ¡Matsuyama estaba ahí! Ella no sabía qué hacer, pero pensó "Mmm… él esta en casa de Tsubasa, cosa que me da dos posibilidades: como buena integrante del Nankatsu y fiel a su mánager superior recién estrenada como madre, Kumi vendrá a recoger a su novio o ni se asomará porque sabe que estoy yo aquí. Me inclino por la primera, después de todo es Kumi… hora de empezar la investigación" se sentía toda una Sherlock al deducir tanta cosa mientras tomaba una limonada en el patio. Un rato después, giró hacia Yayoi y le dijo en el oído:

Oye… me tienes que hacer un favor. Sospecho que Kumi va a venir hoy, yo me voy a ir ahora, cuando llegue, con esa habilidad que tienes, quiero que le saques toda la información que puedas acerca de cómo es que está con Hikaru.

Por fin alguien reconoce mi talento natural – dijo, metiéndose totalmente en su papel de espía – voy a sacarle todo, andate tranquila.

Perfecto.

Y dime… ¿dónde vas?

A la casa de Matsuyama, puede ser que ahí averigüe algo… (lo que hace el aburrimiento de vacaciones…)

Pero cuidado, en serio, vas a hacerme pasar vergüenzas, sino.

Dile a Sanae que averigüe, Kumi es su amiga. Que Taro no escuche.

¿Qué yo no escuche qué? – Taro les preguntó sin mirarlas - ¿la parte en que Yayoi saca información o la parte en que Yoshiko va a la casa de Matsuyama?

Sí… el único que no se entera es Hayate porque no las entiende, par de chismosas – Sanae y Taro se reían de los intentos de las dos por hablar suave, nunca podían.

¿En qué vas a ir, Yoshiko? Te llevo. Prefiero irme contigo a escuchar más chismorreos de estas dos.

Uy… gracias Taro… me haces sentir tan especial… - dijo Sanae.

Además sé que algún rato me van a hacer pintar el cuarto a mí también

¡TARO! ¡VEN A PINTAR CON NOSOTROS! – Tsubasa le gritó desde una ventana del segundo piso.

¿Ven? – Taro miró a Sanae, triunfal por su acertada premonición – vamos, Yoshiko, te llevo – dijo mientras se levantaba y recogía una chompa que se cayó al suelo – así yo soy el agente que te acompañe en la misión fuera de territorio seguro, ¿sabes que Kumi vive en el mismo edificio en que vive Matsuyama, no? – a Yoshiko le terminó de hervir la sangre

¿Qué? Vamos – jaló a Taro de la mano – nadie me dice nada completo.

Los dos se despidieron de los chicos gritando desde la puerta, y Matsuyama al escuchar que Yoshiko se despedía, soltó la brocha y corrió para alcanzarla, pero lo único que alcanzo a ver es a Taro agitando la mano en forma de despedida desde el auto en movimiento. Volvió desganado a pintar el cuarto, arrastrando los pies y tropezándose casi con cada escalón de las gradas, y cuando sus amigos lo vieron con cara de acontecimiento le dijeron:

Yo que tú, si quiero algo con Yoshiko me apuro, porque parece que el buen Taro te está ganando – aconsejó Tsubasa, con voz de sabio (N.d.l.A.- él aconsejando…).

Se supone que me tienen que dar ánimos… gracias, Ozora.

¿Ánimos para qué? Si tú sigues con Kumi es por algo, ¿no? – Jun se animó a decir algo que nadie se atrevió a hacerle notar - ¿qué quieres con ella? Yo pienso que nada, porque actúas como si no te importara.

Sí, es cierto, y si vas a hacer algo – apoyó Wakabayashi – tiene que ser rápido, Yoshiko volvió muy linda, y si Taro no hace algo, yo la invito a salir – ¿sería uno de los poco ortodoxos métodos de Genzo para animar a sus amigos o no?

Yoshiko y Taro iban riendo de pequeñeces todo el camino, era divertido estar con amigos así, se conocieron tan pequeños… era chistoso que ahora, después de tanto tiempo estén juntos en un auto, yendo a averiguar algo de la novia del ex. Más que la tarea de investigadora a Yoshiko le estaba gustando esto de estar con los amigos… Buena idea esta de pasar todo el verano en Japón. A Taro la compañía de Yoshiko le gustaba mucho, era una muy buena persona … Llegaron al edificio donde vivía Matsuyama después de preguntar en cada cuadra el nombre de la calle y ver cada edificio para ver si correspondía con la vaga descripción que les había hecho Yayoi. Era un edificio normal, gris, habitado en gran parte por estudiantes jóvenes de otros lugares, todos amigos o por lo menos conocidos, que se ayudaban y trataban de apoyar lo más posible a los que recién llegaban. La dueña conocía a todos, y por éso, cuando dos extraños llegaron para preguntar por Matsuyama y Kumi, se portó reservada y desconfiada.

Buenas tardes señora, quisiéramos que nos diga dónde viven Hikaru Matsuyama y Kumi Sugimoto.

Y más o menos, ¿para qué los necesitan? – era una señora de mediana edad, con el pelo negro en un moño y algo como un mandil encima de un vestido de flores guindas.

Queríamos hablar con ellos, son antiguos compañeros de equipo. Me llamo Taro Misaki.

Yo soy Yoshiko Fujisawa.

¿Yoshiko? ¿Fujisawa? Tú nombre me parece conocido… eras amiga de Matsuyama, ¿no?

Sí, era su novia – Yoshiko pensaba que podía sacar mucha información.

Su novia… no no, ellos no están ahora, les puedo decir que viniste.

No señora, está bien, sólo queríamos saber sí… - Yoshiko temía ser "vendida" por la señora.

No, mira, ¿qué quieren? Ya les dije que no están, y cualquier cosa, me dejan el recado y yo se los paso, no hay problema – la señora estaba muy determinada en cuidar la privacidad de sus inquilinos.

No, gracias, era algo que quería saber personalmente… Yo hablo con ellos después, hasta luego señora.

Hasta luego – la señora casi tira la puerta en las narices de Yoshiko y rompe la congelada sonrisa que Taro dejó en su cara después de presentarse.

Los dos regresaban al auto después de fallar totalmente en la misión asignada, se compraron un helado de cono en el camino y luego entraron y se sentaron a tomarlos con las puertas abiertas y desganados, dando unas lamidas tan melancólicas que los helados deseaban haber tenido mejor suerte. Después de estar media hora lamentando su fallido destino espía, decidieron volver a la casa de Sanae, por lo menos iban a divertirse viendo al fino de Genzo pintando un cuarto "con sus manos"… ¿Qué tan sucio estará? Además Misugi tampoco era tan proletario que digamos… tenían que descargar su frustración en alguien más. Como a Taro le daba flojera, Yoshiko encendió el auto, avanzó un poco hasta que vio por el retrovisor una figura que corría y agitaba los brazos en dirección a ellos, paró de golpe (cosa que casi hace que Taro se encaje el helado en las dos fosas nasales y más) y sacó medio cuerpo por la ventana para ver quién era el maniático/a que corría así en una calle.

¡¡Oigan! ¡¡Paren! ¡¡Los del auto negro!

¡Señora! – gritó Yoshiko, totalmente sorprendida, metió su humanidad al auto y le dijo a Taro, o le gritó - ¡Es la señora del edificio!

Hola – dijo la señora, jadeando, seguro había hecho el ejercicio de un mes – qué bien que los alcanzo.

¿Por qué corrió así? –preguntó Taro admirado, porque a pesar de la respiración alterada por el esfuerzo físico, del moño no se había salido un solo cabello.

Me olvidé devolverte esto, como ya estás aquí y Kumi me dijo que algún día iba a hacerlo Hikaru, mejor lo hago ahora, así les ahorro el trabajo – dijo la señora, entregándole un paquete algo pesado.

¿Qué es esto?

Kumi me dijo un día que guardara las que lleguen porque Hikaru ya no las quería ver. La buena muchacha seguro quería ahorrarle disgustos a su novio.

La cara de Yoshiko se desfiguraba a medida que la señora iba dando explicaciones, abrir los ojos más le era anatómicamente imposible y maldecir más en la cabeza era moralmente indebido. Se quedó viendo a la señora sin responder, mientras terminaba de procesar las ideas. Taro fue el que habló, todavía podía articular una frase coherente más.

Gracias, señora… - dijo mientras recibía el paquete – muy gentil de su parte.

No es nada – dijo la señora mientras se daba la vuelta y se alejaba del auto – Hasta luego.

Hasta luego.

Yoshiko arrebató el paquete de las manos de Taro y rasgó el papel café como si fuera un regalo de cumpleaños de 29 de febrero. Cayeron muchas cartas en su regazo, algunas arrugadas, abiertas, leídas, medio amarillas; otras, cerradas y más nuevas. Obviamente todas tenías estampillas de Oakland. Taro empezó a verlas, ninguno podía creer, querían matar a la desgraciada que había hecho esto. Yoshiko encendió el auto y pisó el acelerador a fondo.

Todavía podemos alcanzar a la infeliz – dijo entre dientes, con las chispas que le salían por los ojos de la rabia.

¡Calmate! ¡Vamos a chocarnos! ¡Y vamos a pasar papelones si llegamos!

Yoshiko no le hizo caso, ni a su conciencia, que le decía que lo que hacía era un poquito ilegal. Llegaron a la casa de Sanae, Yoshiko saltó del auto, corrió a la entrada, abrió la puerta de una patada (tienen que imaginársela despeinada, con unas gotitas de sudor en las sienes, los ojos irritados, las manos cerradas listas para golpear y echando vapor por la nariz). Buscó cuarto por cuarto, dando portazos a diestra y siniestra, hasta que Sanae, debidamente armada con un palo, salió a su encuentro.

¡¿Yoshiko! ¡¡¿SE PUEDE SABER QUÉ ESTÁS HACIENDO!

¡¡¿DÓNDE ESTÁ KUMI! ¡LA VOY A MATAR!

¡Kumi se fue hace media hora! ¿Qué te pasa? – Sanae seguía "empuñando" el palo, sólo por si acaso.

¿No está? – preguntó Yoshiko, calmándose y volviendo a su color habitual de piel – uy, perdón – ahora tomando un interesante rojo-vergüenza – no era mi intención molestarlos…

Taro entró corriendo tras ellas, jadeando, como si hubiera buscado a la loca por toda la casa.

¡Yoshiko! ¡No hagas estupideces!

Tarde… la escuchamos todos.

Peor vergüenza… ¿qué iba a decir a Matsuyama después de semejante griterío? ¿Y si Yukari seguía ahí? ¿Y Jun? A Tsubasa se lo controlaba, pero ¿y a Ishizaki?

¿Quie… quienes todos? – se atrevió a preguntar, después de un minuto de silencio militar.

Tsubasa, Yayoi y yo, para tu suerte.

El alma le volvió al cuerpo. Los tres fueron a la cocina y se botó a la primera silla que vio.

¿Así que vas a matar a Kumi? – preguntó Tsubasa, divertidísimo – Por fin salieron a la luz tus deseos reprimidos… Taro ¿qué le hiciste?

Sí, mirá que nuestra dulce Yoshiko también puede ser salvaje – rió ahora Sanae.

Yo que tú no pongo a "salvaje", "matar" y "Kumi" en un mismo párrafo, Sanae… - la defendió Yayoi.

Sanae se puso roja en cuestión de milisegundos, ahora todos reían, divertidos, pero habían tres cabezas que estaban conectadas… ¿Qué había hecho Kumi esta vez?