Increíblemente y más de un año después, termino por fin este fic. Sólo me queda agradecer a mi amiga Vicky Yun por el animé y las charlas increíbles (aunque sea una ingrata de ·$&, siempre te recuerdo), a Angela-Mort (y su hermana) y Hada por los reviews y la persistencia, y a los que todavía se dan la molestia de ver esto, por leer. A Lynminmay le debo un premio, te lo voy a pagar, gracias por la paciencia. Ojalá nos veamos pronto con otro de estos. Muchas gracias.
Adriana
(Sietesoles)
Capítulo # 17
La barra del bar soportaba lo que sus labios no podían gritar. Yoshiko se siente atraída hacia la pista de baile.
"Mmm… ahora baila… no está mal, pero yo tengo ganas de hacer otra cosa…"
Yoshiko se sorprende a ver la pista cada vez más atrás. Matsuyama le jalaba de la mano firme pero delicadamente. Atravesaron la pista casi corriendo, los pasos se hacían más desesperados, parecía que él y ella no podían aguantar más. Todo pasa confuso, todo gira, Yoshiko no opone resistencia. Se da cuenta de lo que hace al ver la cara de Sanae con los ojos desorbitados del asombro y la ira. Su amiga, la que pudo aguantar y rechazar los encantos de el hermoso Hikaru Matsuyama era arrastrada por la discoteca como una marioneta que no es dueña de sí misma… estaba a punto de ir a jalarla del otro brazo, cuando escuchó la "voz de la verdad".
- Yo conozco a alguien que se fue a Brasil, sola, a perseguir al capitán de su vida…
Taro, que se sentaba el preciso momento en que ella se alistaba para correr a través de la gente, había inmovilizado a la jefa de las porristas con su acertado comentario.
- Sí, Sanae querida… y sin contar las otras cosas que sabemos que hiciste por estar con él.
Sanae volteó lentamente para no odiar tanto al que la conocía tan bien. Tomó un buen sorbo del trago que le ofrecía Taro, se sentó y empezó a renegar y a maldecir en voz baja.
Yoshiko caminaba tras Matsuyama hasta el auto que parqueó cerca del lugar. Le abrió la puerta, y sin decir palabra, esperó a que ella entrara. Subió, puso la llave al contacto, bajó las manos y luego se las pasó por el pelo, en gesto desesperado. Volteó a mirar a la mujer a la que prácticamente había arrastrado hasta ahí, y lo que recibió fue un gesto de aprobación suyo con la cabeza. Nada le dio nunca tanta seguridad como aquel gesto casi imperceptible. Encendió el auto y empezó a manejar hacia el edificio que Yoshiko había ido a espiar un tiempo atrás. Metió el auto al garaje, la subió lentamente por las gradas, como para darle tiempo de arrepentirse. La señora odiosa los miró, escandalizada, trató de decir algo para defender a su protegida, pero Matsuyama mató toda intención de reproche con una mirada fulminante. Se escuchó un golpe de puerta y un "¡Ash!" ahogado, Yoshiko reía y movía la cabeza de un lado a otro, sin creer lo que hacía. Llegaron a la puerta desconocida, abierta por una mano conocida, tan querida y tan llena de cariño por ella. Entró, la puerta se cerró tras de los dos. Matsuyama la tomó de la mano, ella acarició su cara con los dedos que hace tanto no la tocaban: una aventura de colegio que había durado tantos años… Ella se acercó a besarlo, los labios quemaban, se fundían en uno, en lo que ellos eran antes y podrían ser. Los dos pararon, respirando rápido, mirando abajo por la repentina timidez…
- Como si fuera la primera vez, ¿no?
- Como si fuera la segunda primera vez, la que va a durar por siempre.
Rieron por el recuerdo, por la torpeza que todavía sentían al tocarse, por descubrir de nuevo lo que antes habían memorizado, habían amado. La mano de Hikaru bajó por su espalda, Yoshiko sacaba la polera que le separaba de su piel. Los botones volaron, los cierres se abrieron sin necesidad de palabras mágicas. Él la acorraló en la pared, la subió a su cintura y empezó a acariciar sus senos, su boca, sus hombros. Yoshiko cerraba los ojos y disfrutaba de cada movimiento que los unía. Empezaron a moverse el uno al ritmo del otro, en un ensamble perfecto. La ropa había dejado de ser molestia, se tenían a ellos dos y sus pieles, la noche y el mundo girando al revés. De repente Yoshiko sintió cómo la humanidad de Matsuyama volvía a inundarla, casi como antes, pero ahora más. Empezaron a gemir, él se aferraba a ella desesperado, como si fuera a escapar otra vez, como si con cada embestida, con cada beso, la estuviera encadenando a él sin la posibilidad de huir. Yoshiko jadeaba, echaba la cabeza para atrás en cada movimiento, la bulla de los dos los envolvía aislándolos de la ciudad, haciendo que todo fuera más fácil, como para volver, para rehacer, como para terminar algo que empezó y casi se escapa de sus manos. Matsuyama sentía las uñas de Yoshiko arañándole la espalda, sentía su aliento y sus gemidos, francos al fin, chocando contra su pecho. Él tomó valor de donde no había, del lugar que se había quedado con ella y su cabello corto, la miró a los ojos y le habló.
- Te amo, Yoshiko Fujusawa.
Esperaré,
a que sientas lo mismo que yo,
a que a la luna la mires del mismo color.
Esperaré
que adivines mis versos de amor,
y a que en mis brazos encuentres calor.
La canción que tan triste la ponía se le metió a la cabeza de repente, Yoshiko no aguantó más y lloró, lo que sentía rebalsaba de ella y no quería explotar. Lo abrazó fuerte, fuerte, como nunca, como para que no la deje de nuevo, y Matsuyama, como para responder, le agarraba todavía más fuerte, más.
Esperaré
a que vayas por donde yo voy,
a que tu alma me des como yo te la doy.
Esperaré
a que aprendas de noche a soñar,
a que de pronto me quieras besar.
Todo lo que quería se cumplía con un beso. Todo por lo que había peleado tanto, y no sólo ella, estaba ahí, mezclado con tanta lágrima, risa, sudor y caricia. La mañana los encontró abrazados y despertando. A pesar de algún rollito, de un lunar incómodo o de la desnudez, ninguno sintió vergüenza. Hikaru se levantó, se puso un bóxer y fue a la cocina a hacer algo de comer. Como Yoshiko no se la creía, se puso una de sus poleras, lo siguió, y lo encontró muy desahogado y muy en su ambiente. Hizo lo que pudo, no había ido al mercado, y desayunaron rápido. Yoshiko le recordó que tenía que alistar sus maletas para viajar, a pesar de no querer (ahora, claro, porque horas atrás se moría por partir). La llevó a su casa, y a pesar del susto que había dado al no volver sin llamar, al verlos juntos, la señora Fujisawa no dijo nada y les sirvió otro desayuno a pesar de las negativas. A Matsuyama no le importó el montón de compromisos que tenía y se quedó con ella todo el día. No dijeron nada de la nueva despedida, pero a él le mataba verla irse de nuevo. Las cosas le pesaban a Yoshiko como nunca, y parecía que no querían entrar a las maletas. El día pasó como un suspiro de rápido, ella tenía que madrugar para irse en las mañana. Dejaron todo listo en la sala del departamento, y volvieron a la casa de Matsuyama. No pudieron preparar nada romántico, pero la pizza que pidieron y las películas de la tele no estuvieron nada mal. Un rato de esos Matsuyama se perdió y volvió casi corriendo, la levantó del sillón, la abrazó y empezaron a bailar justo con "la" canción.
Esperaré
que las manos me quieras tomar,
que en tu recuerdo me quieras por siempre llevar,
que mi presencia sea el mundo que quieras sentir,
que un día no puedas sin mi amor vivir.
Matsuyama le cantaba la canción en el oído, como un pedido, como si le contara un secreto. A pesar de la tristeza no lloraron, sólo sonrieron y exprimieron cada segundo que les quedaba, para tenerlo para siempre. Durmieron juntos otra vez. La noche pasó lento, en el mundo que hicieron los dos entre los brazos. No dijeron palabra sobre la partida o un encuentro, esta vez sabían qué hacer.
Despertaron temprano y fueron a recoger las cosas. Más bien tenían tiempo, y justo cuando la señora Fujisawa estaba por enchufarles otro desayuno, tocaron el timbre.
- ¡¡CLARO!! ¡¡TÚ PENSABAS IRTE SIN DESPEDIRNOS!! ¡¿QUIÉNES CREES QUE SOMOS?!- los gritos de Sanae entraron hasta la cocina desde la puerta, y tras de ellos, el grupo, sus amigos, entraba también.
Su vieja amiga Machiko, el escuadrón de porristas estaba ahí, con sus gritos, lágrimas y sollozos casi histéricos de pena. Los gemelos, con Taro y Tsubasa de niñeros, entraron; Genzo y su mirada conquistadora, también. Los abrazos de despedida, los buenos deseos y la nostalgia se mezclaron en un hermoso caos, porque lo que ahí sobraba era el cariño que se tenían todos, y la seguridad de en un tiempo volverse a ver. No tuvieron tiempo de preguntar nada, ya interrogarían a Matsuyama después. Un rato después se fueron, sabían que la despedida final era de los dos.
Los padres de Yoshiko fueron en otro auto, para encontrarse en el aeropuerto. Matsuyama la llevó y manejó mordiéndose los labios, no podía evitar recordar la primera partida, pero por lo menos esta vez no había partido o árbitro alguno que los separe o que le haga correr tanto. Yoshiko miraba por la ventana, no soportaba ver a Matsuyama al lado sin echarse a llorar. El viaje fue silencioso, y llegaron justo a tiempo. Los señores Fujizawa fueron a hacer el papeleo mientras ellos se quedaban cerca de la puerta de su vuelo. Sólo se agarraban las manos, y extrañamente no se sentían nada tristes. La hora llegó, y la que lloraba a mares era la mama de Yoshiko, el padre mantenía una calma elegante, seria, como él. Matsuyama la abrazó, le besó la frente y la dejó ir. Yoshiko no volteó ni una vez en la fila, pero al pasar la puerta se dio la vuelta y sonrió.
- ¡Te amo, Yoshiko!- grito el futbolista, sin sentir vergüenza por los padres y sin miedo a verse terriblemente cursi.
Yoshiko se acercó al vidrio, puso las manos en el pecho y le sonrió. De repente puso cara de haber olvidado algo urgente, revolvió sus bolsillos y se acercó a la puerta por donde había entrado.
-¡Matsuyama!- gritó, mientras se metía entre los guardias y le arrojaba una cadenita.
Él la agarró y se acercó al vidrio otra vez. Le dijo "te amo" sin hablar y sonrió, ella le sacó la lengua como jugando, por el recuerdo, y le respondió "yo también". Yoshiko respiró hondo y siguió su camino, con la cabeza en alto y una sonrisa imborrable en los labios.
Esperaré
a que sientas nostalgia por mí,
a que me pidas que no me separe de ti.
Tal vez jamás seas tú de mí,
mas yo, mi amor, esperaré.
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Una chica espera sola en el aeropuerto de San Francisco, con las manos dentro de un abrigo enorme que viste para combatir el crudo invierno californiano. Mira el reloj, da pataditas impacientes al piso y se pone a mirar por un ventanal para matar el tiempo, seguramente lleva ya buen rato esperando. Mientras se acerca a un vidrio que da hacia la pista de aterrizaje, un muchacho de pelo oscuro corre hacia ella y estira los brazos para abrazarla por atrás.
