EUPHORIA

Disclaimer: ¿De verdad creéis que si me perteneciera una MÍNIMA parte de House, M.D., no habría habido al menos una pequeña escena en la que se dejara bien claro lo que hay entre House y Cuddy…? Una vez auto-respondida la pregunta, no, no soy propietaria T.T

Pairing: G. House & L. Cuddy

N.A.: Como en la entrega de los Globos de Oro, me gustaría dedicar este capítulo en especial, ahora que Euphoria está en su trayecto final ;) Por su paciencia, por sus ánimos, por su apoyo y por ellos… a ese pequeño número de lectores que estará leyendo esto y que invariablemente de sus reviews, los adoro porque ellos han ido formando cada cachito de este fic que, como todos los desvaríos que escribo, forma ya parte de mí. Tengo tanto que agradecerles que ya veis, tan parlanchina en algunas cosas y sin palabras para otras, no sé cómo hacerlo… n.n Y dale, aunque me encantaría, cómo no, que todos me dejarais reviews para saber vuestra opinión y en qué puedo mejorar, esta vez no haré chantajes ;) Me contentaré con confiar en que este capítulo no os decepcione, a pesar de lo que pueda parecer… que para mí es tan especial y tan duro… tan difícil fue de escribir y aceptar… tan seco… tan mío.

Y porque nunca es demasiado tarde.

Reflejos…

Y ahora lo pienso y no veo la razón.
Qué triste es esto, la tierra se enfadó.
Las rocas suenan.
Hay llantos de perdón.
Los cuerpos pesan.

Despiértame,
di que paraste el tiempo y nada sucedió.
Y acuéstate, vuelve a contarme
el cuento donde acaba bien.

(ECDL, Despiértame)

&·&·&·&

Luces borrosas sobre ella. Sonidos, el interminable pitido de un electrocardiograma a su lado, un dolor agudo y seco en el costado y una mano fría y húmeda que le sostenía la suya, junto a ella. Retazos de recuerdos de lluvia y de un beso, de una copa y de una caída. El latigazo atravesándola el abdomen. Recuerdos borrosos también. Parpadeantes. Confusos.

.-House…

.-Estoy aquí. Estoy contigo.

Voz que rompió el silencio monótono y electrónico de la habitación, similar al que se respiraba en la morgue de los hospitales. Aspiró una bocanada de aire, reconfortada al volver a oír aquella voz grave, vibrante, que de alguna forma la indicaba desde las sombras que aún podía oírla porque aún seguía… viva. Lo suficiente como para captar en aquel timbre tan conocido, entre la permanente ironía y mordacidad, una nota de… derrote. Fatiga. Cansancio. Hábilmente enmascarada en la profesionalidad médica, pero no lo suficiente como para que a ella, que al fin y al cabo, para bien o para mal, le conocía como la palma de su mano, le pasara inadvertida, aún estando a las puertas del abismo.
Silencio, interrumpido por los sonidos mecánicos y agudos de los aparatos que la rodeaban. Angustiante, sobrecogedor. Contuvo un gemido de angustia en la garganta.

Los segundos siguientes habían sido tan confusos… Irrumpiendo en la fiesta con el cuerpo inerte en brazos. Su voz rota, ronca por el esfuerzo y por la sorpresa. Todo había sido tan confuso que apenas podía registrar y analizar los hechos con calma. Los análisis, la terraza, la lluvia, el limoncello, el gesto delicado y vulnerable, el beso, los retazos de luna y la última mirada desprovista de emoción… todo se diluía como el agua, como la sangre que manchaba el vestido y su mano. La camilla. La presión sobre el pecho. Una, dos, tres, oxígeno. Cuddy no respiraba, se desangraba lentamente y permanecía cruelmente consciente. La lluvia había ahogado su garganta y diluido la sangre que manaba a borbotones sin saber de dónde. House no había podido hacer nada. Una, dos, tres, oxígeno. Una lesión interna. Subcutánea. Punto y final. Incluso ahora, en el sopor agobiante de la habitación de la UCI, permanecía expectante desde una extraña segunda perspectiva, como si nada estuviera sucediendo en realidad y sólo se tratara de una pesadilla, sujetando la mano pequeña y gélida y revisando con la mirada las lucecitas y las líneas en las pantallas sobre ellos para asegurarse de que se mantenía en precaria estabilidad. Lisa sobre la cama, pálida.

.-Greg, yo…

.-No hables. Ahorra fuerzas. No me iré. – la voz pausada, serena, impermeable al llanto. Tratando de calmarla. De calmarse a sí mismo. Extrañamente sosegado y analítico pese a que en su interior los recuerdos y emociones se precipitasen unas contra otras sin descanso.

Por un segundo, pareció que ella se tranquilizaba. Demasiado frío. Demasiado calor. Un latigazo al rojo vivo traspasándole la piel, el abdomen. La sangre empapando su vestido de romana. Un pitido lento, débil junto a ella. Y el silencio ya no importaba tanto, si sabía que él estaba allí… que la voz, mientras siguiera sonando, despojada de culpa, de dolor, de remordimientos o de pena; aunque fuera analítica, precisa, concisa, a pesar de la situación, pero allí, con ella… seguiría viva lo suficiente.
House… desesperado. Podía recordar su voz desesperada, dando órdenes, intentando salvarla. Wilson a su lado. No puedes hacer nada, House… Se está desangrando. Cuddy sabía que hablaban de ella, aunque no pudiera verlos. Confusa, mareada, perdida. ¿Qué había pasado? ¿Cómo lo había permitido? Tendida sobre la camilla, aún mojados de lluvia, y House presionándola el pecho. Una, dos, tres, oxígeno. Chase practicándola una traqueotomía. No respira. Pierde sangre. Lesión interna. No puedes hacer nada, House…

Los sonidos que recordaba que habían acabado con el silencio asentado en su propia fiesta después de la aparición repentina de House en la sala. Podía imaginar las caras de los invitados, la confusión inicial, el miedo que habría ido ganando terreno de a poco. El miedo de la seguridad de que, no importarían el antes o el después, el qué había ocurrido, qué habría provocado aquella imagen desoladora, o lo que podría salvarla de morir desangrada vestida de fiesta y en los brazos de su antiguo amante, como en el verso final de un poema macabro que sin duda podría haber escrito de forma tan románticamente trágica Shakespeare, como una Julieta sostenida por su Romeo tullido, porque… la historia acabaría allí. En el mismo sitio donde empezó. El miedo al perfecto, al cruel conocimiento de que nada podría sustituir aquel destino. El peor de los miedos.
Y ahora… él permanecía imperturbable. La voz que a ella se le había antojado desesperada, la tranquilizaba con su fría calma.

.-No podéis hacer nada por mí.

.-Te pondrás bien.

.-No estás siendo honesto…

Se pondrá bien. Se tenía que poner bien. Greg apretó la delicada mano. A diferencia de Cuddy, él seguía con la ropa de la fiesta. Desde aquella perspectiva, todo había parecido más lejano. Su angustia, su miedo… todo a suficiente distancia, permitiéndole pensar con frialdad y lógica. Había funcionado durante el tiempo inagotable en Cirugía, en el quirófano. La traqueotomía, la lesión interna. La sangre a borbotones. Una, dos, tres, oxígeno. Ahora, en la habitación privada junto a Lisa, aquella muralla pareció desmoronarse, pero no lo suficiente. Aún le quedaban fuerzas para refugiarse tras sus muros resquebrajados.
Casi habría preferido el silencio a escuchar aquella voz en aquellas circunstancias. Derrotada, resignada, cansada… como al final de un viaje agotador, con el único consuelo de que, al fin y al cabo, la meta estaba ya tan cerca…
Y no lloraba. Aún no podía. No se sentía preparado para llorar, a pesar de que la lágrima que parecía escapar por el ojo izquierdo de Cuddy bien podía haber pasado por suya. En su lugar, comprobó el pulso, la frágil estabilidad, los débiles latidos que el electrocardiograma reflejaba en precarias ondas. Revisó las vendas que cubrían el costado con firmeza, intentando contener la sangre dentro de ella, que escapa de no sabían dónde, pues parecía brotar de la misma piel. Lesión interna. Hemorragia subyacente.

Profesionalidad médica, enmascarando su interior totalmente opuesto, tan intempestivo como un volcán en erupción.

.-También soy médica, doctor House, y he perdido demasiada sangre…

.-No toda la sangre era tuya.

.- ¿Qué quieres decir?

Tenía que decírselo, tenía derecho a saberlo y las palabras le quemaban en la lengua, pugnando por volar lejos, donde no pudieran herirle. Pero no podía. Tratando por todos los medios de encontrar una justificación, una luz por donde escapar. Maldita suerte. Apretó la mandíbula hasta hacerse daño. Maldita vida. Sabía que las fuerzas iban alejándose de aquella habitación con demasiada rapidez. Las luces parpadeaban desde el techo, grises, tristes, iluminando entre las sombras a House inclinado sobre el electrocardiograma, con ojo analítico, frío. Desesperado. Ignorando deliberadamente la lágrima que en débil equilibrio rodaba por la mejilla izquierda de Lisa, brillante, gruesa, como un espejo, y el mar embravecido que parecía rugir en su interior. Refugiarse en las apariencias.

.-Wilson vendrá en un rato. Quiere hablar contigo.

.- ¿Quiere despedirse?

.-Lisa…

.-También soy médica… y te conozco. Estás desesperado.

Sí, seguramente lo estaba, como nunca se había sentido nunca. A pesar de su máscara de lógica racional, no podía ocultárselo… y no se sentía con ganas como para intentarlo. Todo había pasado tan deprisa y tan de repente que no había sabido muy bien cómo actuar. Wilson le había gritado, intentando devolverle a la claridad. Exactitud perfecta, directa; diagnóstico rápido, certero, mordaz. Y había funcionado.
Acarició la mano entre las suyas, y contuvo un escalofrío. Estaban tan frías…

.-Esa sangre no era toda tuya. – repitió él de forma automática, como si con eso pudiera arreglarlo. Con precisión médica, perfecta. Concisa. La lágrima le salpicó por fin la mano, y él reprimió un suspiro de alivio, sin saber muy bien por qué se sentía mejor al sentir la prueba del dolor de Cuddy chocar en su piel. Tiempo después, adivinaría que le había aliviado de alguna forma el suyo propio, siendo incapaz de llorar aún. No todavía. Porque eso significaría rendición. Y, puestos a refugiarse en un dolor, prefería el del médico que no había sabido salvar a su paciente, porque simplemente… dolía menos.

.-No… - pareció que a ella se le rompía el sonido en la garganta. – No, el bebé…

Habría preferido el silencio. De verdad que lo habría hecho. Él no necesitaba oír ninguna voz para asegurar su propia existencia como ella. Él no necesitaba que esa voz que nunca había demostrado debilidad lo hiciera ahora, intentando arrastrarle consigo. Él no necesitaba la lágrima que se evaporaba en su mano y que le recordaba que no sabía a qué se enfrentaba, ni que a pesar de su calma exterior, dentro se estaba muriendo. Por eso decidió darse un segundo para él… para ella. Para los dos.
Se inclinó de nuevo en un abrazo silencioso, pero esta vez no era el médico que examinaba el estado de la paciente. Era el amigo… el compañero que también sufría. Empapando las dos caras con los dos llantos, tan sinceros, tan distintos. Era su forma de compartir su dolor… la única que sabía. Y se maldijo porque no valía para calmar una mínima parte del de ella. Al cabo de unos segundos, se separó. Lisa respiraba pausadamente entre las lágrimas, quebrada de un dolor desesperado, roto, seco, que la arañaba, pero manteniendo la firmeza a flote. Probablemente, porque la morfina la embotellaba las emociones también. Así de rápido la había perdido. Así de rápido toda la noche se había roto, como la copa de Lisa. Había sucedido todo tan deprisa que antes de que se diera cuenta estaba en el quirófano. Una, dos, tres, oxígeno. Desangrada. La perdemos… Maldita suerte. Maldita vida. Maldito sopor que le impedía actuar con claridad.
Frío, calculador, preciso, profesional. Su apariencia irrompible, inamovible, que le mantenía entero y firme frente a Lisa. Por dentro… todo era antagónico. Confuso, roto, el llanto ahogándole la garganta, controlando sus actos y paralizando los músculos de la boca. No daría muestras de rendición tan pronto.

.-James vendrá en un rato.

.- ¿Viene a despedirse?

No, pensó él. Por favor, que no venga a despedirse… Dame tiempo, para saber qué la ocurre y salvarla. Prometo cambiar. Prometo hacer todo lo que me pidas, pero que no venga a despedirse. Ni siquiera sé a quién estoy rezando. Ni siquiera sé qué causa esa lesión. Ni siquiera sé a qué hemorragia se enfrenta. ¿Por qué no me pregunta por su estado médico? Ella es la Decana… ella tendría que preocuparse.
Pero no le preguntaba acerca de su estado. Y él tenía que hacérselo saber de alguna forma… tenía que hacerlo.

.-Doctora Cuddy, sufres una lesión interna… una hemorragia subcutánea. No sabemos de dónde procede…Te estás desangrando. – la voz nunca le había vacilado frente a un paciente. Jamás. Pero aquello… aquello era nuevo. Completamente. Dolorosamente. Ella guardaba silencio; sabía perfectamente lo que venía a continuación, pero ambos necesitaban oírlo en voz alta. Lo necesitaban, saber que aquello era real, pero sobretodo… necesitaban refugiarse en su profesionalidad médica, porque, era lo último que les quedaba.

.-En estos casos, sólo quedan tres opciones. – la voz jamás le había temblado al dar una mala noticia. Ahora, sentado junto a Cuddy en la UCI, sujetando su mano (tampoco lo había hecho nunca antes), sabía con antelación que lo haría – En la primera, el paciente entra en coma y antes de dos semanas descubrimos el origen de la hemorragia, la detenemos y el paciente despierta. En la segunda, el paciente entra en coma; no sabemos qué ocurre: el paciente no se despierta. En la tercera… el sistema inmunológico, o lo que provoca la hemorragia del paciente, le impide entrar en coma. Tenemos un plazo de seis horas para diagnosticar, y tratar. Si sobrepasamos el límite sin descubrirlo… el paciente muere. Desde tu ingreso han pasado cuatro horas.

El pecho de Lisa ascendía y descendía con cada toma de aire, débil, lento. Mantenía los ojos abiertos, la expresión ausente, reflexionando. Sopesando las opciones. House permanecía expectante; le quemaban los ojos, pero no lloraba. La besó en el cuello, con suavidad, sintiendo el débil pulso bajo él. Evitando deliberadamente rozar los labios. La boca resbalaba hacia el hombro perlado de sudor y de recuerdos de trozos de lluvia. Brillante, como los cristales de la copa de Lisa. Como el reflejo de la lágrima de cuyo rastro se habían borrado todas las huellas en su mano. Sentía su respiración pesada allá, bajo sus labios secos. Hundió la cara en el hueco del hombro. Lesión interna. ¡Detened la hemorragia, no me importa cómo! No puedes… no puedes, House… Simplemente, déjalo.

Ambos necesitaban ese gesto silencioso de apoyo. Ambos lo necesitaban, porque ambos, doctores experimentados, sabían qué opción era la más plausible en aquel caso. Aunque la empujaran. Aunque lucharan. La Verdad, fuerte y dura, cruda como la vida misma, siempre se alzaría sobre ellos sin compasión. Y las voces, las lenguas corrosivas que podrían morir envenenadas con su propio ácido, hacían de mensajeras habituales en esos momentos.

.-Cuando… me muera…

.-Cuddy.

.-Cuando lo haga – continuó, con firmeza. Las lágrimas le escocían en los ojos y en las mejillas, y le costaba hablar. – Ve a mi casa. Hay algo que…deberías ver, en mi habitación. Sé que lo harás. Pero hasta entonces… quédate aquí.

.-No te vas a morir, Lisa. Entrarás en coma, descubriremos qué te ocurre. Pero no te vas a morir.

.-Te quiero, Greg.

.-Lo sé… Siempre lo supe.

.-Nunca te lo dije.

.-Pero yo lo sabía.

Ella hizo un último esfuerzo para sonreír.

.-Todos mienten…

La noche había tomado un vuelco inesperado. Una, dos, tres, oxígeno. Demasiada sangre. Así de rápido se habían cortado el cielo nocturno y los trozos de lluvia, sobre la copa rota de limoncello que recordaba que había sujetado ella. El tiempo se había precipitado sobre ellos desde la noche, cayendo… La perdemos. No puedes hacer nada…
Las paredes blancas de la sala privada, los ventanales cubiertos por las cortinas. Todo parecía cerrarse en torno a ellos, en torno a la camilla y a la silla donde él se sentaba. Donde él se desesperaba. La muralla ya no podría resistir las embestidas de la voz agotada de la ecuánime, de la inamovible, de la sólida doctora Cuddy.

.-Aquella noche, cuando fui a tu despacho a agradecerte las inyecciones… no tuve valor para preguntártelo. Pero quería que tú fueras el padre.

.-Lo sé.

.-Te lo debería haber dicho.

.-Podrás repetírmelo cuando salgas de aquí, Lisa. Todas las veces que quieras, Mujer de Hielo. Estaré ahí.

El dolor era casi insoportable. El justo castigo a su traición, y ella no pudo hacer nada para abrirle los ojos. No saldría de allí. House nunca podría volver a estar a su lado. No puedes hacer nada, Greg… Demasiada sangre. El dolor repentino, seco, arisco, en su abdomen. Pero era todo demasiado doloroso como para si quiera pensar en esa posibilidad, así que dijo lo único que podía sin que las palabras le escocieran demasiado en la lengua.

.-Greg, te quiero.

El pitido era cada vez más débil y distanciado. House apretó la mano al mirar el electrocardiograma de nuevo. Las palabras no salían de su garganta, pero él quiso decirla que también la quería. Silenciosa, necesitada, desesperadamente. Que la quería tanto que dolía.
Todo había pasado tan deprisa, que se sentía como en un sueño. La fiesta, aquellos primeros segundos después de la tormenta. Una, dos, tres. Oxígeno. Una, dos, tres, oxígeno… Los retazos de lluvia hacían resbalar las manos, y House se sentía extrañamente ligero, como si lo viera todo desde fuera. Su impotencia, su angustia, su miedo… Todo parecía lejano desde allí. Como en un sueño. O una pesadilla. Y su profesionalidad le protegía. El silencio. Una, dos, tres, oxígeno. No respiraba y Wilson y Cameron explorando el costado con desesperación. Chase apretaba los dientes, concentrado en la traqueotomía. Una, dos, tres, oxígeno. House se saltó la norma y apretó sin descanso, impulsando atropelladamente oxígeno en la garganta, intentando salvar aquel último resquicio de felicidad a cualquier precio, negándose a perder a la única mujer a la que podía amar. Foreman limpiando la sangre con manos torpes. El electrocardiograma pitaba cada vez más débil. Una, dos, tres, oxígeno.

.-Lo sé.

.-No te vayas. No todavía.

.-Mírame; estoy aquí.

No se iría. Porque lo sentía dolorosamente real, como un déjà vu. Y porque ella no podía irse, tampoco. Porque lo perdería todo otra vez. Porque le dejaría solo, como siempre. Como Stacy. Y había sido en aquel mismo hospital también. Cruel ironía.

Supo que lloraría en ese instante, lo supo con tanta seguridad como sabía que en ese momento, hubiera dado todos los silencios del mundo por escuchar una última vez más la voz fuerte, tierna, inflexible y sedosa de Cuddy… de Lisa.
Lágrimas calientes contra su piel áspera. Tanto tiempo que no lloraba, que no estaba seguro de que era así como debía hacerse. El agua resbalando por la comisura de los labios. Háblame de nuevo. Una última vez. Dime que todo va a salir bien, dime las horas de clínica que te debo. Creía que nunca desearía oír esto, pero me equivoqué… otra vez.

House miró a Cuddy, en el presente, tendida en la cama, con una mano entre las suyas, la mirada vacía. Sin vida. Maldita la suerte que le había tocado. No podía irse. No ahora. La besó. Fría como el hielo, sus labios se movieron ligeramente, humedecidos por la lágrima gruesa, brillante, que resbalaba por la mejilla y colgaba de la fina barbilla, como el reflejo de un espejo. Tenía tantas cosas que decir, tantas cosas por hacer. Las palabras que tenía que haber dicho, los silencios mordaces que las habían sustituido, le cortaban como el cristal.

.-Lisa, te amo…

Le pareció que antes de cerrar los ojos, ella sonreía contra su boca. Porque quizá no había sido tan tarde. Porque quizá aquel silencio interrumpido por las ondas electrónicas de la fría profesionalidad de la UCI no había acabado del todo con aquella voz que la mantenía unida al mundo, que constituía su último hilo conector. Y porque quizá no había sido tan tarde para que esa muralla cayera.

Cuando James Wilson entró en la habitación, sintió un golpe en el pecho al ver a Gregory House inclinado en un llanto seco en el hueco del cuello de Lisa Cuddy, convulsionado con un mudo sollozo.
En la pantalla sobre ellos, la línea del electrocardiograma pitaba ininterrumpidamente y en perfecta línea recta. Precisa, continúa, sin alteraciones. Como la profesionalidad analítica de House que ahora estaba por los suelos. Como el silencio agobiante del miedo a la seguridad de que algún día, todo ha de terminar.

Como el filo de los cristales, de los reflejos que habían sesgado aquella noche.

&·&·&·&

Y ella se durmió sin decirle adiós
no sabrá jamás que ese muro al fin cayó.

CONTINUARÁ…

Soy mala, odiosa y retorcida, y no merezco ni sentirme mínimamente culpable por haber escrito esto T.T Pero dale, ya os advertí… Sólo espero que aún después de esto no me odiéis U.U ;)

Tal vez sí, tal vez continuará, tal vez lo haga… Porque sé que de alguna forma no me conformo con que todo acabe así. Es sólo un fic, lo sé, pero, y supongo que debe ser algo que nos caracteriza a todos en algún momento cuando nos sentamos a escribir, es mi primer fic de House, M.D. Mi bebé, de alguna forma xD Mi pequeño orgullo, allá al fondo.

Pero, por si no… gracias a todos de nuevo, de verdad n.n Por su paciencia, sobretodo. Y porque me siento mejor diciendo esto ;)

Y tal vez sí… tal vez lo haga.

¡Besitos!

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