Disclaimer: Como ya comenté, la demora de mis últimos updates se debió a que pasé unas laaargas vacaciones con mi lindísimo Bryan eligiendo lugares de luna de miel, ya ven :P (Así que guarden sus amenazas y esos tomates que veo…xD)Y que a pesar de disfrutar tantísimo…hehe, nope, no hay forma de que Deivid suelte prenda antes de ir a la boda nomas asi que aun no me pertenece ni un derechito de consolación de House, MD.

Es el penúltimo chappie ;) No saben lo que me costo llegar hasta aca…y a aceptarlo :P No estoy aun conforme con el resultado :S quiza demasiado barroco, ahorita tan distinto de El Matrimonio. Pero muchisimas gracias a las personas que siguieron insistiendo y…no me hicieron olvidar a mi bebe n//n (ustedes ya saben lo que se lo agradezco. A Todas :) ) Aca en FF. net me costara sin duda mucho mas terminarlo…asi que, a riesgo de que en el proximo se me trabe la lengua, a mis nenas aca… que sepan…que Euphoria es suyo… Gala, Gaia, Ninfa, Angi, Hilda, Xuanny, dani, Shair, Natyteresa, Katie Lupin, Ginny Scully, Miss Shore, Edysev, Dama Blanca, Penny, todas... Y los que leen… aun les queda tiempo para dejarme su opinión…les aseguro que sera un autentico honor y un verdadero placer saber de sus reviews, mis lindos ;) Y contestare a todos en el proximo chappie (apenas ya no me fio tanto de las conexiones de Ff. net :S)

Espero que aun no se hayan olvidado…porque para mi fue imposible no pensar en mi bebe nomas :P Un trocito difícil.
Les eche de menos n.n

Sueños…

Queda el silencio, queda el recuerdo.
Aún queda un momento.
(Amaral; Queda el silencio)

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Llovía.

De nuevo.

La misma lluvia caliente, magnética, hipnótica. El mismo agua hirviendo, burbujeando sobre la piel.

Arrastraba consigo decenas de imágenes congeladas en el tiempo, de la misma mirada intensa, infinita que compartieron, repetida una y otra vez bajo sus ojos; del mismo olor a desierto, a deseo, a ternura, a sándalo y a frutas, invadiendo el mismo espacio; de un mismo recuerdo que como un eco se multiplicaba sobre sí mismo, se replegaba y se deshacía en mil fragmentos de helado cristal.

La misma lluvia que caía con la misma intensidad y ardor sobre las mismas baldosas relucientes de la terraza.

La misma lluvia hirviendo que elevaba la locura de los recuerdos, el dolor de saber qué has perdido, el desgarre de los trozos de la copa, que quedaban como testigos de aquel momento ininterrumpido, atrapado entre el tiempo, hasta límites en los que la difusa línea entre la realidad y los sueños, más difusa entonces, sólo era un desdibujado mechón de rizado cabello, tan fácil de ignorar o hacer desaparecer con una ligera brisa.

Todo era igual que entonces. La misma lluvia que hacía aquel mismo momento, inolvidable, insustituible, irrepetible. Único en la Historia. La misma noche blanquecina, áurea, argéntea. La misma vertiginosa caída hacia la plácida duermevela. Todo era igual a entonces. La misma mirada, repetida hasta la saciedad en su memoria. Los mismos olores, el mismo sabor a limón amargo, cálido y sereno, a la gota de miel que queda apenas suspendida en la comisura del labio.

Él ya no era el mismo. Y ella tampoco.

La sentía acercarse.

Con el paso de los años, había ido desarrollando un peculiar don. Era capaz de adivinar su estado de ánimo en los sonidos perdidos entre los pasos firmes, femeninos y seguros de los zapatos de alto tacón que tanto le gustaba exhibir. Podía leer con precisión casi absoluta, casi médica, cómo se sentía en el momento en que empezaba a andar en su dirección, como si su alma fuera el único expediente médico que fuera digno de interés a su ojo, totalmente abierta a él, sin secreto alguno. La confianza muda, absoluta, sincera, sin miedos, que habían establecido de forma casi inconsciente, casi a regañadientes, entre los dos.

Podía saber cómo era ella en cada segundo, en cada momento de cada hora. Sabía por el simple eco de las pisadas si estaba furiosa, triste, decepcionada, orgullosa, satisfecha… ¿Cuándo había empezado a asumirlo con seguridad¿Había sido en Michigan el principio de todo, en la madrugada de una noche que nunca había terminado de acabar, en las tímidas pisadas de unos pies descalzos sobre el suelo de madera de su habitación¿O quizá en su reencuentro, años más tarde, al recibir aquel sonido ya tan familiar como el viejo hilo conector, como un viejo recuerdo incombustible establecido entre él y su pasado¿Fueron los pasos vacilantes, los tacones que tintineaban y se repercutían en el piso impoluto del Hospital con tanta parsimonia y culpabilidad, la pista que realmente le había dado la seguridad de lo que había pasado segundos antes de que ella entrara en su habitación con el informe en la mano y una mueca de silencioso dolor en la boca, tras despertar del coma?

Aquella noche, distinta a todas las noches, la misma noche que entonces, la imagen reflejada en el espejo de lo que ya había sido, fue la primera vez que él no tuvo ninguna duda de cómo la vería al darse la vuelta. Con los ojos cerrados, la visualizó en su mente, dibujó cada curva, cada pequeña peca alrededor de la nariz y los ojos, casi invisible al ojo humano incluso a poca distancia, cada pequeña circunferencia verdosa alrededor de las pupilas, mezclándose como colores en la paleta de un pintor con el gris de la plata, de la luna llena, dando forma a una textura, a la mirada más intensa que había sido nunca pensada. Hizo de su voz pinceladas, deshaciéndola en la lluvia que los empapaba de la misma forma que entonces, en las mismas ropas, en la misma piel.

.-Has vuelto.

Tuvo que ahogar una suave exhalación al ver roto el tenue hechizo. La misma voz de entonces, y tan distinta.

El mismo vestido color crema, ya sin el pañuelo rosado en los brazos, que abrazaba cada curva en ligeras ondas, adherida a la piel empapada, se enredaba entre las piernas y los tobillos con cada paso que iba dando, acercándose a él. La extraña aureola que la rodeaba la hacía parecer una diosa. Como vapor de agua, las gotitas brillaban, suspendidas en la luz que se filtraba entre el pelo rizado, resbalaban por las mejillas marmóreas, enmarcando la expresión de vacío en su cara, una retorcida belleza de tristeza absoluta, cual estatua romana.

.-Tenía que venir a buscarte.

Estaba siendo honesto. Había regresado a recuperarla, a rescatarla de la noche repetida que la mantenía atrapada en su sofocante abrazo. Había regresado porque era la hora. Porque era el fin del suplicio.

No le dijo que era porque cada segundo sin ella era una tortura, ni que la necesitaba como no había necesitado a nadie. Que extrañaba cada instante que habían pasado juntos, cada pequeña perla de su vida en común, como amantes, como rivales, como amigos. Que guardaba como el más preciado tesoro cada mirada, sonrisa, palabra, tacto de su piel y de sus labios, al fondo de su memoria, a salvo de miradas indiscretas o de acciones que podrían corroer tan valiosa joya. Que sólo podía refugiarse en los sueños, en los paraísos que imaginaba, en los infinitos escenarios variantes para ella.

No lo dijo, porque no lo creyó necesario. No necesitaban explicaciones. Ella ya lo sabía.

Continuó avanzando hacia él, y por un momento no quiso que se acercara más. El mismo vestido de entonces que se le enredaba en las mismas piernas cuyo camino había recorrido mil y una veces aquella noche que nunca había terminado por acabar, memorizando cada detalle, cada invisible cicatriz, cada peca perdida, en su memoria. La misma expresión de serenidad, congelada en la misma lluvia, de interrumpida felicidad. De un vacío insalvable, abismal. Oscuro. Absorbente.

Cuando posó una delicada mano, detenida apenas unos segundos antes en un gesto soberbio, elegante, atrapado en la luz argéntea que venía de la misma luna, en el pecho mojado de su camisa azul cielo, todo su cuerpo se estremeció. Como un cristal quebrado, exhaló un suspiro que se mantuvo así, como pintado entre las gotas de lluvia caliente. Y no quiso aguantar más.

.-Te echo de menos…

La confesión apenas fue una frase débil ahogada entre las mil frases hirientes y cortantes como el filo de un espejo, que compartieron con cruel honestidad. Y solo un punto blanco perdido entre los mil puntos negros. Su obsesión, que le mantenía día y noche en continua vigilia, junto a ella, junto a su cama, invisible entre las mil camas que compartió y estaban tan lejos de los Ellos de entonces.

La mano seguía allí, sobre su pecho, en el punto exacto por encima del corazón, y la lluvia seguía tan insistente como recordaba que lo había sido en aquella misma noche. A través de la tela de la camisa de de seda azul, ignorando hábilmente la corbata casi deshecha, y acariciando de forma inconsciente con la punta de los dedos, dibujando pequeños círculos que él sentía sobre la piel. Y una sonrisa desdibujada, diluida como los colores del pintor, un esbozo apenas. Tan triste.

.-Creo que no tuve tiempo para decírtelo aquella noche, pero estás guapísimo de traje.

Quiso llorar.

En un impulso, la atrajo contra sí. Piel contra piel. Empapados, así, como entonces. El mismo abrazo, él apoyado en el muro y ella entre sus brazos. Así, como entonces, para siempre. Recorriendo con la boca cada mechón humedecido de rizado cabello, sus manos explorando el mapa de su piel mojada. La tela del vestido, innecesaria, pero unida a ella casi completamente. Y tampoco importaba tanto, si era su cintura la que rodeaba con los brazos, si el tiempo o la noche delirante le regalaban aquel momento, pero eran sus labios con sabor a limón los que le hacían cosquillas enterrados en el hueco del cuello, contra su piel. Así, como entonces. Como una película en blanco y negro que el proyector no se cansa de repetir.

.-No te vayas. – la voz parecía limpia, clara, por la lluvia que corría en ambos rostros, de la misma forma. – Vuelve, anda. Que te echo de menos. Que no pude despedirme de ti. Vuelve para decirme que aquellos últimos minutos contigo no fueron una alucinación de mi mente adicta, como tanto le gusta asegurarme a Jimmy, para que no me auto-flagele con la culpabilidad, por mucho que le diga que no soy tú. Vuelve para asegurarme que cada palabra que nos dijimos fue real. Vuelve para repetirme aquella última conversación que he escuchado más de mil veces en mi cabeza cada noche, al dormirme con la incertidumbre de no saber si pasó o no, y tener que esconderme en mi almohada para que Wilson no me escuche en las pesadillas desde el sofá en el que se ha acoplado desde que te fuiste. Vuelve porque si nada fue real, si me desmayé antes de que tú te despertaras, si ni siquiera te pude prevenir del infierno que te esperaba, y si no te dije todo lo que te tenía que haber dicho, si yo cerré los ojos antes de decirte…no me lo perdonaré. Vuelve porque si pudimos descubrir tu infección, si la paramos a tiempo, si sigues en coma pero no despiertas…no lo podría soportar solo.

No contestó de inmediato. Se limitó a seguir recorriendo, apenas rozando su cuello con sus labios, repitiendo la escena de entonces. Y él tampoco dijo nada más, porque ya había dicho lo que su garganta había guardado desde esa misma noche, y ahora era el turno de ella de asegurarle que ahora, podría dormir tranquilo, sabiendo que ella se fue, sí, pero consciente de que él la quería tanto como ella. La abrazó más fuerte, persiguiendo su aroma a sándalo y a frutas entre la lluvia con toda la desesperación del náufrago que busca una tabla a la que sujetarse.

.-Sabes que te quiero. – le dijo al fin. Él contuvo el aliento.

.-Sí.

.-Sabes que fui feliz contigo. Que no me arrepiento de nada de lo que pasó esa noche.

.-Sí.

.-Y sabes que sé que tú también me quieres.

Dejó escapar el aire. Exultante, eufórico, temblando. Lloró sin pudor, sin miedo, en el pelo rizado. Ella le obligó a mirarle a los ojos; como mirar al fondo del océano, insoldable, abrumador, sobrecogedor. Una descarga eléctrica.

.- ¿Lo sabes?

.-… Sí.

.-Greg, te quiero.

La abrazó más fuerte.

.-No me hagas esto.

.-Te quiero. Siempre lo hice, ya lo sabes. No me estoy despidiendo.

.-Lo estás haciendo.

.-Eres un médico brillante. Confío en ti. Si tú quieres, si tú me quieres… volveré. Siempre lo haré.

Apenas eran una forma indefinida, en donde no había un final, en donde no se sabía dónde terminaba un cuerpo y donde empezaba el otro, rodeados de lluvia y de luz argéntea, suspendidos en precario equilibrio contra el muro de la terraza descubierta cual estatua de Bernini, esculpida en el mármol la imagen de dos amantes imperecederos, de cada delicado pliegue del vestido crema.

.-Lisa, te…

.-No hace falta que me lo digas. Lo sé.

.-…te quiero.

Ella sonrió. Tan real. Se irguió sobre sus talones y con la yema de sus dedos le sostuvo las mejillas sin afeitar con infinita dulzura y un guiño de complicidad perdido en la lluvia, atrapando su boca con los labios.

El vértigo en el estómago les mareó al tiempo que ella le atrajo hacia sí con más fuerza, besándolo entero. El sabor a limón hizo estallar el beso entre la lluvia. Se separaron tras una eternidad. Unos segundos ínfimos y sus manos aún alrededor de su cintura.

.-No te vayas.

.-Volveré. Confío en ti.

.-Yo ya no confío en mí.

.-Greg.

.- ¿Si?

.- ¿Confías en mí?

.-Sí, pero…

.- ¿Confías en mí?

La miró largamente, sin parpadear.

.-Sí.

Ella sonrió y le acarició suave. Aquella sonrisa le dolió.

.-Confío en ti. Confía tú en mí.

Y después apartó la mejilla de su cuello.

Las últimas palabras se introdujeron como una bruma adormecida por cada poro de su piel. Le relajaron. Le durmieron. Le obligaron a alejarse de a poco. Tiraron de él con suavidad, con mimo, arropándole en su soporífero abrazo. No te vayas. No… no quiero.

No.

Vuelve.

No.

Ya no…confío en mí.

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Enséñame tus manos
abre las palmas que las vea
y ahora, dime si aún te queda un poco de esperanza en ellas
(Alejandro Sanz, Enséñame tus manos)

Despertó en su almohada. Tenía la cara empapada y un regusto salado en los labios. En la soledad de la noche, su cama parecía demasiado grande. Una mirada entre las luces de la madrugada, un frenético zarandeo que lo había devuelto de golpe y porrazo a la consciencia.

.-House, House…

No oía. Los oídos entaponados. Sus sentidos torpes, lentos. Se dio cuenta de que estaba llorando cuando al parpadear las lágrimas empujaron de nuevo sus mejillas. Un sueño. Un sueño. Se había sentido tan real…

.-House, despierta, es una pesadilla. No es real, no es real¡tienes que despertarte!

No es real.

House enfocó la vista. Wilson a su lado, sobre la cama, le tenía agarrado de los hombros y le sacudía. El pelo castaño le caía sin elegancia sobre los ojos abiertos, asustados, y unas gotitas de sudor se condensaban en su nariz. House se incorporó con brusquedad, apartándole de un manotazo. No es real. Nada lo había sido.

.-House…

.-Vete. – sentía la voz pegajosa, ahogada contra las manos en un intento desesperado de ocultar el nudo atravesado en la garganta. Le dio la espalda en la cama, sentado al otro extremo. No es real. Wilson se mantuvo inmóvil en una extraña posición, como dudando si ponerse en pie y largarse o no moverse de su sitio, con una rodilla sobre el colchón e inclinado en suave solidaridad.

.-House…

.- ¡Que te largues, joder!

Ella no está

.-Sabes que no fue tu culpa…

.-Hubiera muerto. La habría visto morir…y no habría hecho nada.

Wilson rodeó la cama, despacio. Se sentó junto a House.

.-No tienes que torturarte por haber perdido la consciencia. La tensión, el estrés…tú deberías saber mejor que nadie que fue un esfuerzo sobrehumano el que pudieras parar la hemorragia en Cirugía.

.-Murió, Wilson. Yo la vi morir.

.-Fue una pesadilla, una alucinación. Está viva. La curaremos, House.

.- ¡No! – como si el grito que pareció un disparo en medio de la noche le hiciera reaccionar, House le miró directamente con los ojos enfebrecidos. Wilson enmudeció. – ¡Maldita sea, no lo entiendes¡Yo la vi morir! Murió, Wilson, murió. ¡Tú lo viste, tú entraste y nos viste¡Para mí…estaba muerta¿No lo entiendes? No me importa que ahora esté en coma. ¡No es relevante, maldita sea! No basta para compensar mi estúpido error. Mi memoria me dice que la vi morir, mi mente… Si todo fue una maldita alucinación… y yo dejé que se fuera…sin decirle nada.

Dejó que el gemido desesperado que brotó de su garganta le llenara lentamente, sin prisas. Apartó la mirada con violencia, conteniéndose para no convulsionar los hombros y llorar. La madrugada arrancaba reflejos dorados del pelo de Wilson, empapado, pegado a la frente, pero él no parecía darse cuenta. Sus manos se posaron temblando, vacilando, sobre los hombros de House, y los agarró con fuerza cuando el otro quiso apartarlas. Le dio la vuelta, con firmeza. Se aferró al perfil de su amigo.

.-Habría muerto… - su voz era apenas un susurro consumido por la angustia. En las sombras y luces, Wilson vio un destello entre la barba incipiente – Habría muerto, y yo… no habría hecho nada…Si tú no hubieras entrado, si tú hubieras llegado un minuto más tarde, habría muerto y yo… habría estado a su lado… sin hacer nada… No la he salvado¡joder, la he dejado morir…!

Wilson se inclinó aún más, en una situación de la que sin duda House habría huido en cualquier otro momento, en cualquier otro lugar, tachándola de repugnante, de ilegítima, pero que en ese momento, se dejó hacer. Era su amigo. Estaba ahí para él. No se iría.

Él era real. Y le ayudaría, le tomaría de la mano y juntos la despertarían. Y juntos, los tres, volverían.

Como siempre.

.-No tienes la culpa. ¡Maldita sea, tienes que reaccionar! Llegué a tiempo¡eso es lo que importa! La salvarás, House, y que lo hagas movido por la culpabilidad, por la desesperación o por el frenetismo, duele, sé que duele…pero está viva¡eso es lo que importa¿Qué más dan los antes o los después¿Qué importa el 'y si hubiera…', si no es real? No te sirve como dato, no es un hecho real, médico, relevante. Aférrate a la realidad. Sé irónico, mordaz, corrosivo, infalible…Ella te necesita así.

Yo te necesito así, quiso decir, pero no se atrevió. Tiró de la camisa del pijama con más fuerza, sujetándose a la tela como si fuera la última oportunidad de devolverles a ambos la claridad, la cordura. Enterró su frente entre los dos puños, empapados del sudor que traspiraba la piel de la espalda de House.

.-Tienes que reaccionar…-musitó, apretando los dientes. – Hemos detenido la hemorragia. Despertará. Sana. Despertará sana. Sólo es cuestión de tiempo. – se mordió el labio inferior. – Pero tienes que reaccionar…

House se tensó al instante pero Wilson no se apartó. El persistente agarre de sus uñas se le clavaba a él también. Mantuvo la respiración pesada, lenta, casi temerosa de lo que pudiera pasar. House estaba inmóvil. Su mirada fija en algún punto entre la farola encendida de la calle y la acera. Se giró y le miró. El sudor se pegaba a su mirada y la empañaba en cansancio.

.-Cuestión de tiempo.

Wilson dejó escapar todo el aire retenido. Algo se quebró dentro de él.

Ha vuelto

.-Cuestión de tiempo. – confirmó.

House asintió. Fue sólo un momento, y después volvió a mirar a través de la persiana entornada, afilando sus ojos.

.-Me ocuparé del caso.

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