Helena se extrañó al no oír los gritos de su madre. Qué raro. Quizás era aún muy temprano, así que decidió no abrir los ojos todavía. Acaso su madre por fin había decidido dejar de molestarla y podría dormir unos minutitos más. Unos preciosos minutitos más.

- Creo que ya está despertando.

¡QUÉ! ¿Quién estaba en su dormitorio? ¡Esa no era la voz de su padre, ¡y menos la de su hermano! ¡No conocía a nadie que hablara así! Estaba realmente confundida y asustada, tanto que no era capaz de abrir los ojos; y apretó los párpados fuertemente.

- ¿Ya despertaste? – Sintió que alguien le tocaba el hombro. Eso ya era demasiado. De un salto quedó sentada en la gran cama en que se encontraba mirando aterrada a los extraños que la rodeaban.

- Parece bastante asustada – Una mujer ya mayor con una horrible bata y de anteojos le dirigió la palabra al resto de los que la acompañaban. Helena los observó. Quien le había tocado el hombro al parecer, era un anciano de gafas de media luna que vestía un atuendo de lo más chistoso y el tercer individuo no le gustó para nada. Era un hombre, quizás más joven que la mujer, de pelo negro, nariz aguileña, con cara de pocos amigos y el ceño fruncido. Cuando el hombre se percató de que era observado la miró tan seriamente que Helena bajó inmediatamente la vista intimidada.

¿Dónde rayos estaba y quién demonios eran esas personas que la miraban como atracción de circo?

- mmm… ¿Nos podrías decir tu nombre? – La mujer le hablaba.

Tras unos segundos que parecieron eternos y durante los cuales se produjo un silencio pesado y abrumador, Helena finalmente tuvo la suficiente fuerza como para hacer el intento de hablar.

- Helena… Suárez – dijo apenas en un murmullo.

- Ah, extranjero supongo – Esta vez había hablado el hombre de cabello negro. Su tono le pareció a la chica sombrío, pedante y un tanto desdeñoso. Helena no se atrevió a contestar.

- ¿Sabes dónde estás? – La mujer le había preguntado aquello con mucha cautela, como si la respuesta que diera Helena fuera de suma importancia.

¿Y dónde estaba? No tenía ni la más mínima idea. Miró la habitación en que se encontraba. Había otras camas, todas con cuatro postes cada una y con cortinas de terciopelo rojo oscuro. Lo más extraño era que todo en aquella habitación amplia y de paredes de ladrillos era de color rojo, amarillo, dorado o escarlata.

- No…no sé – Todavía estaba muy asustada, pero el tono amable de la mujer y el rostro afable del anciano le decían que aquellas personas no le harían daño. – ¿Podrían decirme donde estoy?... por favor. – Había necesitado de todo su valor para formular aquella simple pregunta.

Los tres individuos se miraron gravemente. Definitivamente el anciano fue quien tomó la palabra.

- Estás en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. – En ese momento en el cerebro de la jovencita sólo bastó que un par de neuronas hicieran sinapsis para entender lo que ocurría allí. O lo que ella creía que ocurría allí. - Yo soy…

-¡JA! ¿Esto es una broma o algo así? Y ahora me va a decir que usted es Albus Dumbledore ¿cierto? – Al creer que todo aquello se trataba sólo de una guasa de mal gusto todo su valor había regresado para desenmascarar a quien fuera que se atrevía a burlarse así de ella. - Quiero saber quién está detrás de esta estúpida broma. Sé que nunca me despegaba de los libros, pero no es razón para que…

- Tranquila, tranquila. Creo que estás un poco confundida. Esto no es ninguna broma, y sí, yo soy Albus Dumbledore. – La joven lo miró arrugando el entrecejo y con una expresión en el rostro totalmente incrédula. Todavía creía que esa era una jugarreta, y ya se estaba hartando.

- Entonces pruébelo – lo desafió cruzándose de brazos.

- Quién se cree que es está… jovencita para desconfiar de nuestras palabras. No tiene derecho a exigir ninguna prueba. – El hombre de cabellos negros hablaba.

- Pues no creo haber escuchado muchas palabras de parte de usted – Helena había perdido ya el miedo. La broma ya la estaba enojando, y demasiado.

Si las miradas mataran, Helena habría caído muerta con la mirada que el hombre de cabellos negros le había dirigido a modo de respuesta.

- Jajajaja no discutamos. Si ella quiere una prueba, Severus, le daré una prueba. - El tono jocoso del anciano la asustó un poco; parecía muy seguro de lo que decía. Entonces, el hombre la miró fijamente; y con profundo asombro Helena pudo ver que el excéntrico gorro de dormir del longevo hombre volaba desde su canoso cabello y se posaba suavemente en su propia cabeza.

- Magia – Susurró la joven como si el sólo decir aquella palabra fuera un sacrilegio o algo penado con la muerte. Helena se llevó una mano a la boca al comprender toda la situación en la que se encontraba gracias a una simple palabra, como si estuviera presagiando el fin del mundo. – Esto no puede ser.

Los tres la miraron extrañados, pero ella ya no los veía a ellos. Ya sabía donde estaba y sabía quienes eran las personas que acompañaban a Dumbledore. Sin embargo no entendía cómo había pasado algo así, cómo podía haber llegado hasta ese lugar. Quizás ya se había vuelto loca, eso era lo más seguro. Lentamente apoyó la cabeza en las rodillas y se tomó los cabellos desesperadamente, en un esfuerzo vano por tratar de entender qué sucedía.

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- Supongo que ya te sientes mucho mejor, Helena.

La joven levantó la cara de su plato para mirar al anciano. El se rió al verle la cara llena de migas y crema. Al parecer la muchacha estaba hambrienta.

- Zip – Helena tragó el gran trozo de pastel que tenía en la boca para poder hablar mejor.- Tengo muchas preguntas. – Le contestó ansiosa.

- No se preocupe que nosotros también, Señorita Suárez. – La Profesora McGonagall le hablaba como si fuera una de sus alumnas.

- ¿No te molesta que te hagamos algunas consultas primero, Helena? – La morena le sonrió agradecida. No sabía por qué razón ese anciano le daba tanta confianza. Se alegró de que Snape no estuviera ahí.

- No.

- ¿Sabes cómo llegaste hasta aquí? – Dumbledore recibió otro no como respuesta.

- ¿Cómo supiste que yo soy Albus Dumbledore?

Helena estuvo a punto de contestar, pero se detuvo. ¿Cómo le iba a decir que todo lo que sabía sobre él y sobre su mundo lo había leído en un libro en el que él era uno de los personajes principales? ¡La creerían loca! Pensó y pensó, pero nada bueno se le ocurría que pudiera parecer creíble.

De pronto la joven abrió los ojos como platos al recordar algo y miró a Dumbledore.

- ¡Espere! ¡Usted está muerto! ¡Có… cómo es que está aquí si usted murió!

El anciano y la mujer la miraron incrédulos. En sus rostros se reflejaba la más profunda confusión.

- ¿Te sientes bien? – La mujer parecía creer que la niña deliraba, porque al preguntar le puso una mano en la frente como si Helena tuviera fiebre.

- ¡¡Claro que me siento bien! – De un manotazo un tanto brusco quitó la mano de la profesora, a lo que la mujer se alejó indignada.

- ¡No es razón para que se comporte así, señorita Suárez!

- Calma, Minerva. – Dijo el hombre apoyando su mano en el hombro de la mujer. - ¿Por qué cree que yo debería estar muerto? – le preguntó a la chica.

– Yo…yo no entiendo… se supone que… que Voldemort mandó que…

Al oír aquel nombre los ojos de McGonagall se posaron sorprendidos en la chica. Muy pocas personas decían ese nombre, y aún menos con tanta naturalidad.

- ¿Qué es lo que sabe exactamente, jovencita? – Snape había entrado en la sala interrumpiendo a Helena y con poca paciencia había preguntado aquello. Más bien parecía exigir una respuesta.

- ¡Severus!

- No te preocupes, Minerva. Creo que Severus tiene un poco de razón. Es mejor ir al grano. ¿Cierto, Helena? – Miró a la joven con ternura.

Helena tomó aire antes de hablar. Tenía mucho que decir. Les contó todo lo que sabía durante varios minutos, quizás más de una hora. Los tres la escuchaban atentamente, mientras ella relataba hechos imposibles de saber por cualquiera que no fuera uno de ellos. El rostro de Snape estaba tan pálido que parecía un vampiro, McGonagall tenía la boca abierta y Dumbledore tenía el rostro serio. Sin embargo, no les contó absolutamente todo lo que sabía. Decidió omitir todo lo referente al sexto libro de la saga. Por lo que veía quizás ella estaba en el tiempo entre el primer o el quinto libro. O incluso podía estar en el sexto antes de la muerte de Dumbledore.

Por supuesto, Helena omitió el "pequeño detalle" de que todo eso lo había leído en un libro de fantasía. No quería ser catalogada de loca. Aunque claro, si tomaba en cuenta el hecho d que estaba conversando con los personajes de su novela favorita, seguramente ya estaba completamente chiflada.

Cuando terminó por fin su relato, se hizo un pesado silencio en el lugar, que Snape se encargó de romper.

- ¡Qué… qué significa todo esto! ¡Cómo una niña puede saber todo eso! ¡¿CÓMO LO SABES! … ¡CONTESTA!

- ¡Cálmate, Severus, deja de gritar!

- ¡CONTESTA, NIÑA! – Snape se paseaba fuera de sí por la habitación, y ahora se acercaba peligrosamente hacia Helena, a lo que ella se encogió en el sillón, temiendo un hechizo.

-¡YA BASTAAAA! – La voz de Dumbledore se había alzado majestuosa sobre la del profesor de Pociones, haciéndolo callar inmediatamente. – Severus, me temo que si no te calmas tendrás que dejar la sala. – El hombre se sentó, derrotado. – Helena, sólo si tú quieres dinos por qué sabes todo eso.

- Yo… - La morena buscaba desesperada en su mente una salida. – Yooo… yo vi todo aquello, lo vi en mi mente. – Bueno, después de todo no era completamente una mentira, porque al leer ella imaginaba todo eso en su cabeza.

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En el despacho del Director, los tres enterados de la situación sostenían una importante discusión.

- ¿Qué vamos a hacer entonces con ella, Albus?

- Debemos dejarla aquí con nosotros.

- Yo no estoy de acuerdo, puede ser una espía de Voldemort.

- No lo creo, Severus. En realidad estoy seguro de que no lo es.

- ¡Y por qué tendríamos que confiar en ella! No sabe cómo llegó hasta aquí y todos sabemos que este Colegio es uno de los lugares más seguros que hay, entonces ¿como entró? Nos dijo que jamás en su vida había visto o practicado magia, que sus padres son unos perfectos muggles, pero al parecer es una especie de adivina y ¡UNA MUY BUENA! ¡A MÍ ME PARECE UNA BRUJA MENTIROSA ENVIADA POR VOLDEMORT!

- Severus tiene algo de razón, Albus. Si esta chica es una bruja, ¿cómo es que jamás le llegó una carta de algún colegio de magia como nos contó? Deberíamos haber sabido de ella. Me parece demasiado extraño que sólo ahora tenga esas "visiones".

- Es que ella no es una bruja, Minerva.

- ¡JA! Entonces qué es, ¿una veela acaso? - Snape volvía hacer gala de su reducida paciencia.

- Quizás no estás tan equivocado con eso, Severus. – El profesor lo miró sorprendido.

- ¿Realmente cree eso? Nos hubiéramos dado cuenta, además las veelas no actúan así.

- No dije que fuera una veela, Severus. – El hombre del cabello grasiento y la profesora de transformaciones lo miraron totalmente confundidos.

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Hasta aquí el segundo capítulo. Ahora saben el por qué del título. Muchas muchísimas gracias por sus reviews.

Todavía algunas cosas no están claras, pero las explicaré en el próximo capítulo en dónde sabremos más de la vida de esta chica.

¿Quieren un adelanto? Si no lo quieren no lean esto: En el próximo capítulo Helena conocerá al hombre de su vida

Chaolín y un gran saludo a todos los que han leído este fic!

PD: Supongo Que notaron que cambié algunas cosas en el fic. Al principio pensaba continuarlo directamente después del sexto libro, pero he decidido que cómo ya había dicho en mi otro fic: esta historia no tendrá relación con ese libro.

Quizás en el futuro cuando tenga más tiempo suba un fic en que continúe desde el sexto libro. Es que la verdad me cuesta mucho aceptar lo que Rowling le hizo a Drakito.