Después de tanto tiempo he vuelto con un nuevo capítulo de esta historia. Finalmente decidí que rumbo va a tomar.
Como les dije en el capítulo anterior, en éste nuestra protagonista conocerá al hombre de su vida.
A todos los que siguen "Cásate conmigo, otra vez", me comprometo a subir un nuevo capi pronto.
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- ¡Entonces qué diablos es esa chiquilla! –Terminó por perder la paciencia Snape.
- Es una criatura mágica. – Contestó Albus Dumbledore como si comentara el estado del tiempo.
- Espera un momento, Albus. – Replicó la profesora de Transformaciones mirando al director con escepticismo. - ¿Una criatura mágica? ¿Estás realmente seguro de lo que nos estas diciendo?
- Completamente.
- Pero eso es ridículo. Ya vimos que se trata de una chiquilla solamente. Una mentirosa, embustera y venenosa chiquilla. – Terció Snape.
- Interesante descripción, Severus; sin embargo lamento decirte que errada. – Comentó el anciano divertido. – Tienes razón en que sólo parece una jovencita, pero ¿cuándo en la magia son las apariencia las que importan?
- Sigo sin entender. – Interrumpió la mujer. - ¿Podrías explicarte, Albus?
- Aún no puedo hablar con exactitud a cerca de su procedencia, sólo puedo decirles que ella tiene una vinculación imposible con la magia. – Ambos profesores seguían mirándolo como a un loco. – En fin, el misterio se revelará a su debido tiempo. Por ahora lo que debemos hacer es darle hospedaje a nuestra joven huésped, ¿no creen?
Y así fue como Helena terminó en el Castillo de Hogwarts. Después de otros numerosos interrogatorios a cerca de su lugar de origen y de tratar de dilucidar y ubicar a su familia, lo que resultó imposible, se decidió que la chica permanecería en el castillo. Sólo Dumbledore, Snape, McGonnagall y Hagrid estaban al tanto de la verdad. Para el resto de los habitantes del lugar ella era una pariente lejana de la Profesora de Transformaciones, que al morir sus padres en un trágico accidente de magia, había tenido que ir a pasar las vacaciones con su tía Minerva.
A medida que los días pasaban la chica se maravillaba cada día más de lo que veía. Y para Dumbledore resultaba fascinante observar como la chica conocía todo de antemano y sin embargo afirmaba nunca haber visto aquellas cosas antes en su vida. No obstante para Snape todo aquello resultaba bastante sospechoso y no perdía oportunidad para seguir a la joven.
Helena estaba maravillada. No entendía por qué nada tenía relación con lo que había leído en el último libro, sino que todo parecía seguir la continuidad del quinto o quizás del cuarto. Sin embargo después de una semana dejó de preocuparse por tales asuntos. Estaba demasiado extasiada viendo cosas nuevas. ¡¡Su vida no podía ser mejor!!
Entre ella y garrid se estableció una conexión inmediata. El semi gigante pasaba gran parte del día junto a ella, mostrándole las fascinantes criaturas que estaban a su cuidado y enseñándole los alrededores del castillo.
Se había convertido en un verdadero amigo para la joven y la hacía reír constantemente. Era realmente una satisfacción para Garrid conocer a una persona que amara y se interesara con tanto entusiasmo y jovialidad por las mismas actividades que él. Helena no sólo no tenía miedo de criaturas a las que los alumnos de Hogwarts no se atrevían ni a apuntar con sus varitas, sino que las cuidaba con dedicación y cariño.
Al escuchar la historia de la chica el semi gigante había sacado sus propias conclusiones. No podía creer que fuera una simple muggle. Para él Helena había sido abandonada por sus padres magos al nacer y por consiguiente una familia muggle la había adoptado. Muchas veces le había confiado aquellas sospechas a Dumbledore, pero éste sólo e había limitado a sonreír y comentar enigmáticamente: "Bastante probable, mi querido amigo. Quien sabe. Quizás nos llevemos grandes sorpresas".
Así es que Hagrid estaba convencido de que sus deducciones eran verdaderas, y cada vez que observaba a la joven trabajar con tanto ahínco lamentaba que un espíritu tan activo y jovial se hubiera perdido de esa manera, porque aquella joven que jamás había tocado una sola varita en su vida mostraba más interés por la magia que muchos de aquellos que se jactaban de ser magos puros.
También con la Profesora de transformaciones Helena entabló una relación bastante cercana. La mujer, precisamente debido a eso, había pasado sin darse cuenta ninguna de las dos a ocupar el lugar ficticio que se le había asignado. Muchas veces en que la joven necesitaba una compañía femenina acudía a la profesora.
En cuanto a Dumbledore ese era otro asunto. El director y ella sostenían largas charlas durante las cuales Helena no podía dejar de percibir que aquel hombre sabía algo sobre ella que ni ella misma sabía. Lo podía ver en su mirada. Sin embargo le inspiraba tal confianza que después de unas cuantas semanas era una visitante asidua de su despacho, hurgando y entrometiéndose en todo lo que encontraba sin pedir ni siquiera permiso.
Así es que mientras Rubeus hacía las veces de un hermano mayor, Minerva de una tía y Albus de un abuelito; Snape se había convertido en su enemigo público número uno.
Aquel tipo ceñudo no le daba buena espina y prefería evitarlo. Obviamente. ¡¡Él era el asesino de Dumbledore!! Bueno, pensándolo bien Albus seguía vivo, pero aún así la miraba como si en cualquier momento ella fuera a lanzarle un Avada Kedravra.
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Cuando sólo faltaba una semana para el inicio del año escolar la situación de Helena en el castillo debía ser aclarada.
Después de una larga reunión entre los cinco conocedores de la verdad (ella y los cuatro magos) finalmente se había decido que hacer, no sin antes escuchar las aireadas protestas de Snape.
No sería fácil para nadie, menos para la misma Helena, pero no quedaba otra opción. Todos querían mantenerla cerca, vigilada y protegida y la mejor manera era ahí.
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- ¡¡¡No puedo creerlo, Rubeus!!! ¡¡Voy a ser alumna de Hogwarts!!! – El semi gigante observaba risueño a la joven saltar a su lado mientras avanzaban por el Callejón Diagon. Parecía una niña de cinco años a la que van a comprar su primera escoba. - ¡¡Oh estoy tan emocionada!! ¡¡¡Ni te imaginas lo emocionada que estoy, Rubeus!!!
- No, pero puedo verlo. – Le contestó el hombre con una carcajada. Era bastante curioso, pero Helena era una de las pocas personas que lo llamaban por su nombre de pila. Desde la primera vez que lo había usado la chica le había dicho que sonaba muy chistoso, así que prefería llamarlo de esa forma.
- ¡¡¿Dónde vamos primero?!! – Casi gritó la joven presa del entusiasmo.
- Lo primero es conseguirte una varita.
Pocos minutos después se encontraban en la tienda del señor Ollivander. Helena observaba con ojos curiosos todo a su alrededor completamente absorta (especialmente el montó de cajas apiladas hasta el techo, preguntándose como es que se mantenían equilibradas) y fue por ello que no notó cuando el dueño apareció frente a ella.
Al ver al anciano la joven se sobresaltó.
- Así que usted es. – Dijo simplemente el dueño.
- ¿Ah? – La chica no entendía nada.
- Mmmm…veamos…- El hombre se paseó por el lugar hasta que tomó una de las cajas que contenía la varita sin darle siquiera tiempo a la joven para preguntarle a que se refería. - ¡Esta! – Le dijo tendiéndole la varita. – Estoy seguro que esta es la indicada.
Helena tomó el objeto de madera con manos temblorosas. Era sin duda uno de los momentos más sublimes de su corta vida. La primera vez que sostendría una varita mágica.
Estaba ansiosa y a medida que sus dedos se acercaban titubeantes al objeto del gado los segundos le parecían eternos. Era como si el tiempo se hubiera detenido.
Y cuando por fin la sostuvo… ¡sintió la desilusión más grande que hubiera experimentado en toda su estadía en el mundo mágico!
- ¿Esto es todo? – Le preguntó al anciano con evidente fastidio. Y al asentirle el hombre no pudo evitar enfurruñarse aún más. - ¡¡Pero si no ha sucedido absolutamente nada!! ¡¡Ni una miserable chispita!! ¡¡Ningún rayo!! ¡¡Esta porquería no sirve!! – Exclamó agitando la varita en el aire, como si al hacer aquello ésta mágicamente lanzara algún hechizo.
A su espalda Hagrid se limitó a emitir una leve carcajada, divertido por el comportamiento de la joven.
- ¡No te atrevas a reírte, Rubeus! – Gritó indignada. – Les digo que este cachivache no funciona. – Concluyó cruzándose de brazos.
- Por supuesto que la varita está en buen estado. – Le dijo Ollivander. – Eso es justamente lo que se espera de una varita con su dueño. Además jamás cometo errores.
Helena lo miró aún desconfiada por unos segundos hasta que finalmente se rindió, aceptando que eso era todo.
- Bueno… ¿y de qué es mi varita? – Preguntó finalmente.
- Tu varita es una de las más especiales que he hecho. Es una mezcla única de escama de Colacuerno Húngaro, pelo de unicornio y pelo de nundu, confeccionada por supuesto con la mejor madera de castaño. – Contestó orgullosos el anciano.
- Oh… ¿Y qué diablos es un nundu? – Preguntó la joven intrigada.
- Los nundus son consideradas las criaturas más feroces que existen. Es un gigantesco leopardo que se mueve silenciosamente pese a su tamaño y cuyo aliento causa enfermedades tan virulentas que pueden aniquilar poblaciones enteras. – Contestó Hagrid con evidente entusiasmo.
- Ya veo. – Comentó la chica al parecer no muy entusiasmada por la respuesta de Hagrid. – Por lo menos el unicornio es algo bonito. – Soltó suspirando.
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Dos horas después aún se encontraban inmersos en las compras de todos los utensilios y herramientas necesarios para que Helena estudiara en Hogwarts.
- Veamos… sólo nos faltan los tinteros, plumas y los rollos de pergamino. – Indicó el semi gigante observando la lista.
- ¡Uf! Qué alivio. – Suspiró la muchacha. – Ya no aguanto más. Esto es agotador hasta para mí.
- No te preocupes que esto es fácil. Después podemos ir a tomar un helado, ¿te parece?
- ¡¡Sí!! – Respondió como una niña pequeña.
Y fue así como terminaron saboreando un exquisito helado en Florean Fortescue, sentados en la terraza mientras observaban a los magos y brujas realizar sus compras.
- Sabes, todavía no logro entender lo de la varita. – Dijo de repente Helena.
- ¿Qué es lo que no entiendes?
- He estado pensando en el asunto. Bueno, admito que quizás el funcionamiento correcto sea ese y que lo ideales que al yo tomarla no suceda nada, pero no me cabe en la cabeza que mi varita tenga toda esas cosas y además dos de esos animales son tan agresivos. El unicornio está bien, pero los otros dos no me parecen. Se supone que una varita es como su dueño y no creo que yo sea como un dragón.
Después de escuchar tamaña verborrea Hagrid tuvo que ordenar sus pensamientos para poder responder a todo lo que había dicho la joven.
- Veamos… - Comenzó el hombre. – En primer lugar creo que no debes hablar de animales sino de criaturas mágicas. – La joven ante aquello asintió con expresión culpable. – En segundo lugar debes pensar en lo poderosas que son esas criaturas. Quizás tú poseas un poder escondido, Helena, y aún no lo sabes.
- Lo dudo. – Rebatió la joven con tristeza.
- ¡Vamos! ¡No seas negativa! – ala animó con dulzura. – Además, ¿sabías que se dice del árbol del castaño?
- No.
- Que las personas relacionadas a él sólo aman una vez en la vida. Bastante romántico, ¿no crees? – Le dijo para animarla.
- Supongo. Aunque yo estoy muy joven como para enamorarme y pienso seguir así por muuuuuucho tiempo más porque las personas que se enamoran se vuelven unos estúpidos y yo - no quiero…
- ¡Hagrid!
Las palabras simplemente murieron en la boca de Helena. Al girar el rostro para ver quien era el mal educado que interrumpía su conversación con Rubeus las palabras simplemente se esfumaron, así como todo pensamiento racional de su cerebro.
Dejó de escuchar y de sentir, sólo era conciente del muchacho que saludaba al semigigante.
¡Dios del cielo! ¡¡¡AQUEL ERA HARRY POTTER!! ¡¡HARRY POTTER!!
¡¡HARRY POTTER ESTABA FRENTE A ELLA!!
Podía morir en ese mismo instante y morir feliz, porque ¡HABÍA VISTO EN PERSONA A HARRY POTTER!
Observó con ojos hambrientos la cicatriz que se escondía bajo el flequillo oscuro, las gafas redondas, los ojos verdes.
- Helena.
Era él sin duda. El ser más hermoso en la faz de la tierra.
-¡Helena!
¿Cómo podía ser tan perfecto?
- ¡¡¡¡Helena!!!!
¿Tendría novia? ¿Ginny acaso?
- ¡¡¡¡HELENAAAAAAAAA!!!!
- ¡¡Demonios, Rubeus!! ¡¡No es necesario gritar de esa manera!! – Gritó la joven cuando por fin había despertado de su trance.
- Te estaba llamando desde hace bastantes minutos y tú ni parecías escucharme. A mí me pareció que actuabas como uno de esos "estúpidos" que describías hace un rato. – Le dijo el semi gigante con una sonrisa burlona en el rostro.
- ¡No! – Exclamó ella sonrojándose copiosamente. – Es que me perdí en mis pensamientos. ¡Eso fue todo!
- Si tú lo dices. – Contestó él con expresión burlona. – Este es Harry Potter. Harry, esta es Helena Suárez. – Los presentó el hombre.
Al sentir la mano de Harry tocar la suya la muchacha casi tuvo un ataque. Tuvo que hacer enormes esfuerzos por parecer normal.
- Hola. – Le dijo ella con un hilo de voz.
- Hola. Mucho gusto. – Contestó el joven con una sonrisa que a Helena le pareció la más bonita del mundo.
Minutos después los tres compartían una amena charla sobre lo que se avecinaba en este nuevo año escolar. Bueno, la verdad era que Harry y Hagrid conversaban mientras Helena miraba al ojiverde como una boba.
Instantes más tarde Ron y Hermione, quienes se habían separado de Harry para ir a la librería (en realidad Hermione había arrastrado a Ron) se acercaron al grupo y esta vez fue el turno del pelirrojo de mirar embobado a Helena, teniendo que ser despertado por un no muy amable codazo por parte de Hermione.
- ¿Estudiarás en Hogwarts, cierto? – Le preguntó Ron a la muchacha.
- Ehhh… sí. – Le respondió ella, centrando su atención en quien le hablaba con bastante dificultad.
- ¿Y de dónde vienes? – Preguntó esta vez la castaña.
- Bueno… de Londres obviamente. – Contestó la joven lanzándole a Hagrid una mirada de socorro.
- Helena es una sobrina lejana de Minerva. Y para estar más cerca de su tía estudiará este año con nosotros. – Explicó el semi gigante.
- ¿Y por qué quieres estar cerca de ella? ¿Y tus padres? – Interrogó Ron.
¡¡Por Dios!! ¿Por qué tienen que ser tan curiosos?, pensó Helena.
- Es una historia muy larga, chicos. Además es parte de la vida privada de Helena. – Dijo Hagrid.
- Oh discúlpanos. No fue nuestra intención entrometernos en tus asuntos. – Se excusó Hermione.
- No te preocupes. – Dijo Helena.
Al final de la tarde la joven se había despedido de los tres chicos bastante contenta de haber conocido a personas tan agradables.
- Recuerda que cualquier cosa que necesites puedes acudir a nosotros. – Le había dicho Hermione al despedirse.
- Sí, ya sabes que ya nos conoces a nosotros. Ojalá quedes en Gryffindor. – Le había dicho Ron.
- Nos vemos al inicio de clases. – Dijo Harry.
Nos veremos, repitió en su mente la joven.
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Y fue así como llegó el primer día de clases y con él todos los nervios.
Finalmente habían concluido cual sería el plan a seguir. Helena sería, como ya antes habían decidido, una sobrina lejana de McGonnagall. Pero además le habían añadido a la farsa que la chica había sido criada como una muggle por una familia adoptiva y que al morir ésta se había descubierto que en realidad era una bruja. Lamentablemente sus padres magos también habían muerto varios años atrás en un misterioso accidente, ya que eran aurores, y era por eso que la niña había sido dada en adopción.
Aquel singular relato (basado en gran parte en las suposiciones de Hagrid) había sido ideado debido a que no se podían permitir que el resto del alumnado descubriera que Helena era una muggle al ver que no tenía idea del mundo mágico. Así que de esa manera enmascaraban su desconocimiento.
Mientras se realizaba la típica ceremonia de principio de año en que todos los alumnos de primer año deben ser seleccionados para su futura casa, Helena esperaba escondida tras las puertas del Gran Comedor, casi comiéndose las uñas de la impaciencia.
Uno a uno los pequeños fueron sentándose y tomando asiento en sus respectivas casas, hasta que ya no quedó ninguno.
Fue entonces cuando escuchó su nombre provenir de los labios de su falsa tía.
- ¡Helena Suárez!
- Tranquilízate, Helena. – Se dijo a si misma. – Vamos. Respira profundo. Tú puedes.
Con el corazón en la boca salió de su escondite y se dirigió hacia el sombrero. Fue inevitable que su paso todas las miradas se dirigieran hacia ella y que un murmullo general se apoderara del lugar.
Mientras caminaba levantó la vista y distinguió fugazmente la cabeza pelirroja de Ron. A su lado estaban Hermione y Harry; y al ver que ellos le sonreían dándole ánimos les devolvió la sonrisa sintiéndose un poco mejor.
- ¡Ron! ¿Acaso la conoces? – Le preguntó Dean al pelirrojo.
- Sí. La conocimos en el Callejón Diagon.
- ¡Por Merlín! – Suspiró Dean.
- ¿Qué sucede, Dean? – Preguntó Hermione.
- ¡Qué esa es la chica más linda que he visto en mi vida!
- ¡Estoy de acuerdo! – Corroboró Ron.
- Y yo. - Dijo Neville.
En resumen, casi todos los chicos terminaron admitiendo que Helena era simplemente hermosa, ganándose varios miradas bastante asesinas por parte de sus compañeras.
Entre tanto Helena se había sentado y el sombrero se encontraba sobre su cabeza.
- Vaya vaya vaya… - Decía el sombrero. – No había observado algo así jamás.
- ¿Algo como qué? – Se atrevió a preguntar la joven.
- Como tú. – Respondió simplemente el sombrero, por lo que ella decidió guardar silencio. – Bastante interesante, debo admitir. Mmmmm… dará mucho que hablar… pero no sé si eso te traerá satisfacciones…aunque… al final…
Helena estaba desconcertada. ¿Qué trataba de decir ese loco sombrero? ¿A qué se refería con todo ese palabrerío?
- No me parece que esa sea la base de tu personalidad… sin embargo… mmmm… es ahí donde debes estar.
Todos en el comedor estaban expectantes. Nunca antes el sombrero seleccionador se había tomado tanto tiempo para tomar una decisión. Ni siquiera con Harry Potter.
- ¡¡Slytherin!!
¡¡¿Qué?!! ¡¡Tenía que ser un error!
- No… espere… yo no quiero ir ahí… - Decía la chica, mientras la profesora de Transformaciones le quitaba el sombrero de la cabeza y la instaba a ponerse de pie. – Por favor, Minerva, yo no quiero… ahí no…por favor…
- Lo siento, Helena. No hay nada que se pueda hacer.
- ¡Pero ni siquiera soy ambiciosa! – Murmuró la chica con terror en sus hermosos ojos.
- Ve. Y no dejes que noten tu miedo. – Fue lo último que dijo la mujer antes de dejarla sola.
Dios santo en qué me he metido.
Como si fuera a la horca la joven caminó hacia la mesa de las serpientes.
Pudo observar como un chico bastante guapo de cabello negro prácticamente botaba a otro bastante corpulento junto a él y le sonreía coquetamente.
- Aquí hay un asiento vacío. – Le dijo el chico.
- No gracias. – Respondió Helena sin siquiera detenerse. No le había gustado para nada que aquel chico tratara tan mal al otro. Además al pasar junto a ellos se había fijado fugazmente en otro chico y la forma fría en que la miraba le había dado escalofríos. Nunca en su vida había visto unos ojos más fríos que aquellos.
- Parece que te han dado calabazas, Zabini. – Comentó un muchacho rubio frente al aludido.
- ¡¿Has visto eso, Malfoy?! – Exclamó indignado el chico mientras observaba atónito como Helena se sentaba completamente sola al final de la mesa. - ¡¿Lo has visto?!
- Por supuesto que lo vi. – Respondió el rubio poniendo los ojos en blanco. – Vi claramente que esa chica te acaba de dar calabazas.
- ¿Es que acaso está loca?
- ¿Y por qué habría de estar loca? – Preguntó con evidente desinterés el rubio.
- ¿Por qué? ¿No te das cuenta, Malfoy? ¡Sólo una loca preferiría sentarse sola a gozar de mi compañía!
- Entonces debe estar loca. – Comentó con sarcasmo el blondo.
- Claro que debe estarlo. Peo aún así es la loca más apetecible que he visto en mi vida. – Continuó el chico mientras miraba a Helena. - ¿Te fijaste en esos ojos, Malfoy? ¿Y en esa boca? Esa chica simplemente está como quiere…
Pero Draco ya no escuchaba, sino que se limitaba a mirar a la susodicha con una expresión bastante taciturna en su afilado rostro.
Esa chica no le daba buena espina. Algo extraño tenía. Y él lo descubriría.
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Espero sus reviews!
Se acercan grandes misterios y peligros para Helena. Y también el amor obviamente.
