Remembranzas

Prólogo: El hombre que ha vuelto

Hacía un frío terrible esa noche en Londres. Los copos de nieve caían lentamente, apilándose en las baquetas y en las copas de los árboles del parque frente a la estación del tren. Los pasos apresurados de una chica apisonaban la nieve que cual alfombra cubría los senderos que llevaban hacia una descuidada fuente de piedra en el extremo más alejado del parque.

Ahí la esperaba alguien. Un alto chico sentado sobre la orilla de la fuente, y un montón de nieve sobre su cabello negro y el abrigo que vestía. La chica sonrió levemente y se apartó un mechón de cabello castaño que cubría su rostro. Se acercó ya más calmada, y lo tomó por el hombro. Él volteó a verla y sonrió, justo como ella lo hacía.

– Tiempo sin verte –, dijo ella.

– Sí… –, hizo una pausa. – Ahora, vayamos.

Él se puso de pie y sacudió la nieve de su cuerpo. Tomó la mano de ella y caminó delante, siguiendo el sendero ya casi invisible de huellas que ella había dejado. La chica lo siguió de cerca. Atravesaron el parque muy rápido, él abriéndole paso a ella con sus enormes pisadas, y cruzaron a la estación. Los andenes estaban abarrotados, lo que era normal dada la hora de la noche. Ellos lograron atravesar la muchedumbre y se aproximaron a un pequeño Café junto a la taquilla de boletos para Edimburgo.

Entraron, y se pusieron cómodos en una de las mesas junto a la vitrina. Una de las meseras se les acercó y les tomó la orden: agua para él, y café para ella. Había una intensa sensación de extraña familiaridad, a pesar de que ambos permanecieron mucho tiempo callados. La orden llegó a la mesa, pero sólo ella llevó el líquido a sus labios. Hacía un frío terrible aun con la calefacción al máximo.

– ¿Llegaste hace mucho? –, preguntó ella, bajando la taza de café.

Él negó con la cabeza, mientras mantenía la mirada fija en fuera del local. Ella se sintió incómoda por un instante, pero se armó de valor y preguntó:

– ¿Cuándo te marcharás de nuevo?

Fue entonces que él la miró a los ojos, y respondió:

– Todavía no.

Y el silencio que sobrevino a eso, fue terriblemente incómodo.

– Por lo menos habrás conseguido que te propusiste –, supuso ella, sobreponiéndose a la incomodidad.

– No, no lo hice –, la contradijo, frunciendo el ceño como al recordar algo desagradable.

– Fueron 10 años –, amablemente le recordó.

– Lo sé –, dijo él, volviendo la mirada a los andenes.

Diez años desde que se marchara… En esta misma estación, por la taquilla de junto y después de tomar un vaso de agua en el mismo Café.

– Estuve 10 años sin saber nada de ti, y sólo sabes responderme monosilábicamente –, repuso ella, enfadada. – ¿Por qué me llamaste, Harry? ¿Por qué a mí de entre todos? ¿Por qué no a Ron, que es, o era, tu mejor amigo?

– Porque te pensé a ti primero –, fue su simple respuesta.

Ella se hundió en la silla con un suspiro de intensa desesperación.

– ¿Y?... ¿A qué has venido si no cumpliste tu cometido? Si mal no recuerdo, dijiste que no regresarías hasta haberlo hecho.

– Yo no lo recuerdo –, dijo él, regresando su ausente mirada a la muchedumbre.

– ¿Cómo? – preguntó, confundida.

– Que no recuerdo nada de ése día… –, se quedó callado un segundo, y luego añadió –: Ni siquiera recuerdo por qué me fui. No recuerdo nada.

Ella en un principio se sorprendió por la seriedad de sus palabras, pero luego lo vio sonreír medio en serio, medio en broma, y frunció el ceño:

– Payaso.

– Gracias –, dijo él, sonriendo más abiertamente.

– Pero ya en serio, ¿por qué regresaste?

Su sonrisa se empequeñeció, hasta convertirse en una sonrisa que implicaba secreto y misterio. En un suave susurro, él le dijo:

– Por una promesa.

Ella sintió que su corazón se aceleraba, pues aunque no tenía ni la más remota idea de qué se trataba, tenía el presentimiento de que la involucraba. Sólo un segundo después, ella tartamudeó:

– ¿P-Por una promesa?

– Así es.

Él inspiró profundamente el aire del lugar y se puso de pie; con un profundo sorbo se bebió el vaso con agua completo. Ella apenas se pudo mover, cuando él ya se encontraba a la salida del local.

– ¡Harry! –, lo llamó ella, con todas sus fuerzas.

Por el rabillo del ojo él pudo observar como ella se abalanzaba sobre la puerta del Café, impidiéndole salir de él.

– ¿Por qué huyes?

Harry la miró con extrañeza, mientras levantaba una de sus cejas irónicamente. Con sonrisa extrañada, le dijo:

– ¿Quién huye?

La chica gruñó enfadada, y dijo:

– Tú.

Él guardó silencio un instante.

– Ven conmigo, hay algo que quiero mostrarte.

Ambos abandonaron la estación del tren, abordaron un taxi y mientras tanto se olvidaron de estar en la compañía del otro. Harry seguía con esa extraña mirada ausente que hacía 10 años no tenía; y ella observaba los autos pasar, unos más rápido, otros más lento, pero pensando en algo completamente distinto a Harry… o pensando simplemente en nada.

Había tantas cosas que ella querría preguntarle después de tanto tiempo. ¿Se había casado? ¿Tenía hijos? ¿Alguna prometida, quizás? ¿Qué había hecho todo este tiempo? Ya eran 3 años desde que tuvieron última noticia de Lord Voldemort y sus mortífagos. Y lo único que ella y la gran mayoría supieron, es que éste fue asesinado.

Y es por eso que Harry, en su momento, se había marchado… para darle caza.

Por eso, cuando 3 años atrás se enteraron de la muerte del Señor Tenebroso, todos, y más que nadie ella, pensaron que él regresaría. Pero no fue así. Harry se esfumó junto al recuerdo de Lord Voldemort y su reinado de terror. Y aunque él fue nombrado héroe y salvador del mundo, jamás un premio de reconocimiento de esos fue entregado en sus manos… siempre alguien más tenía que hacerlo.

Sin embargo, hoy… él la llamó pidiendo que fuera a recibirlo a la estación… ¿Cómo habría podido negarse?

– Hemos llegado –, habló él, con una voz que a ella le pareció inusualmente gruesa.

¿Dónde estaremos?, se preguntó ella. Pero tardó poco en darse cuenta que se encontraban frente a una vieja posada muggle, a las afueras de Londres. La fachada estaba bastante descuidada y sucia, pero por alguna razón la hallaba acogedora.

Él entró sin más. Una mujer de mediana edad los recibió en el pequeño mostrador, tras una breve conversación entre Harry y ella, la mujer le entregó las llaves de lo que, suponía, era una de las habitaciones.

Sólo hubo necesidad de subir un piso de escaleras, para llegar a la sorprendentemente acogedora habitación. Ella se sentó sobre la cama, y él se echó en el sofá-cama con el brazo que sostenía la llave, cubriéndole el rostro.

– Bueno, ¿y qué querías mostrarme? –, preguntó ella, mordiéndose el labio inferior.

– Pues mi habitación –, dijo él. – Por si se te ocurría venir a visitarme; así sabes dónde estoy viviendo.

– ¿Y por qué no en el Caldero Chorreante? Pensé que allí estarías mejor; después de todo, es donde los magos suelen hospedarse…

– Pues no. Yo prefiero aquí –, respondió él, finiquitando el asunto.

– Bueno… –, dijo, e hizo una pausa. – Creo que mejor te dejo,… vendré mañana por la tarde.

Él no dijo nada, pero ella tampoco de movió. En vez, se dejó caer sobre la cama de brazos abiertos, disfrutando abiertamente de su comodidad. Así fue como ella al poco tiempo se quedó dormida.

Harry se levantó del sofá-cama, y con el cobertor de la cama cubrió a la chica para evitarle un resfrío. Metió las manos en sus bolsillos, y sacó de ellas dos cosas: su varita y un pequeño sobre blanco. La varita la escondió, para luego sentarse en el sofá-cama. Dejó las gafas sobre una pequeña mesita para café frente a él, y se dispuso a vaciar el sobre blanco sobre ella. Contenía 7 tabletas rojas.

Él suspiró cansado, y tomó una de las tabletas y se la tragó. Su rostro se desfiguró en una horrible mueca de desagrado que pronto desapareció. Se recostó sobre el sofá-cama, mientras miraba la silueta del cuerpo de la chica. Finalmente, y antes de caer rendido, susurró:

– Descansa,… Hermione.