Remembranzas
Capítulo 2: El hombre y su Maestro
– Y bien, chiquillo, ¿qué buscas aquí? – le preguntó un hombre, no bien Harry entró en la cabaña.
El interior presentaba el mismo tosco y rudo aspecto, que el hombre frente a Harry; de cabello cano, barba de años y fuerte contextura. Lo único que denotaba una pizca de inteligencia en él, eran sus sabios ojos grisáceos, que hablaban de cientos de invaluables experiencias. Harry frotó sus sudadas manos, acusando el nerviosismo que sentía.
– Busco un mentor, señor –, respondió más seguro de que lo pensó. Y luego, se arriesgó a adivinar –: Lo busco a usted, señor: Theodore Andrew.
El hombre enarcó una ceja.
– Sabes como me llamo, chiquillo.
– Sí, señor –, dijo, agradeciendo al cielo haber encontrado al hombre correcto.
Theodore Andrew se puso de pie, y le señaló la salida.
– Bien harás en marcharte, chiquillo –, casi le ordenó. – No hay nada que yo pueda enseñarte.
De pronto la cabaña se volvió un espantoso y frío lugar; un lugar en el que en balde la chimenea y su tenue luz, iluminaban y calentaban. Sin embargo, Harry jamás se iría de allí hasta que Theodore Andrew le enseñara algo…; aunque sólo fuera una de las valiosas experiencias que fácilmente podía leer en sus ojos.
– No, señor. Se equivoca –, le contradijo. – Sí hay cosas que usted puede enseñarme. Lo veo en sus ojos, señor. Yo sé que sí.
El hombre continuó señalando la salida, sin mermar su ahínco un segundo. Pero Harry hizo lo contrario, se sentó en una de las rústicas sillas que había en la estancia.
– No me iré –, aseguró. – Al menos no hasta que aprenda algo de usted.
Entonces el rostro del hombre se desfiguró una horrible mueca de enfado, mientras dejaba de señalar la salida de la cabaña.
– Estúpido chiquillo –, masculló entre dientes. – Eres un maldito testarudo.
Harry sonrió un poco.
– Ya me lo han dicho infinidad de veces, señor Andrew.
Theodore chistó entre dientes, y se sentó en su silla frente al fuego. Sin mirarlo, le dijo:
– Sabes, chiquillo, si quisiera, en cualquier momento podría sacarte a la fuerza de mi propiedad. Y nadie me lo reprocharía.
Harry se tensó considerablemente ante la perspectiva, y se maldijo por no tener su varita en las manos. El viejo Andrew sonrió macabramente al verlo nervioso.
– Pero no lo haré, chiquillo –, dijo, y mientras ensanchaba su sonrisa agregó –: Todavía no.
Un incómodo silencio se hizo lugar entre ambos.
– Por ahora me interesa más saber el porqué de tu visita –, repuso, girándose para verlo a la cara. Pero al ver que Harry se quedaba callado, le dijo –: Pues bien, empieza a cantar, chiquillo.
Harry frunció el entrecejo.
– Ya se lo dije –, empezó. – Vengo a buscar un mentor.
– Eso ya lo sé, estúpido –, le regañó, fastidiado. – Quiero saber por qué buscas un mentor.
La respuesta bailó en los labios de Harry por unos segundos de duda.
– Pretendo destruir a Voldemort.
Los ojos del hombre se desorbitaron de la impresión.
– ¿Cómo dices, chiquillo?
Ya más seguro de sí mismo, Harry repitió:
– Yo, Harry Potter, pretendo acabar con Voldemort de una vez y por todas.
El enfado del hombre fue tal, que Harry creyó que de un momento a otro estallaría. Lo vio empuñar la varita, y tras un breve movimiento, se sintió volar por los aires… Atravesando la puerta, y golpeándose terriblemente contra una pila de leña. El señor Andrew apenas salió, antes de azotar la puerta de su casa.
Harry se llevó la mano a la cabeza, y palpó la tibieza de su sangre. ¡Demonios!, pensó. La he cagado.
El dolor en la cabeza era insoportable, pero aun así Harry se puso de pie y caminó a paso lento pero resuelto hacia la puerta. Sacando fuerzas de su voluntad interior, comenzó a golpear la puerta una y otra vez. Ahora el enfadado era él.
– ¡Ábrame, maldita sea! ¡Maldito viejo! ¡Cómo se le ocurre hacerme esto! ¡No ve que me ha hecho daño! ¡Demonios, si hasta estoy sangrando!
Pero por más que Harry golpeó la puerta, una vez tras otra, el viejo Andrew jamás le respondió; ni una vez en toda la noche. Harry llamó a la puerta hasta que sus fuerzas le traicionaron cerca del amanecer. Antes de caer rendido por el cansancio, dijo:
– Maldito viejo, no me iré de aquí hasta que me tome por discípulo.
Aunque Harry creyó que Theodore Andrew no le había escuchado, la realidad era todo lo opuesto. Harry se quedó dormido al pie de la puerta, justo cuando el sol despuntaba en el horizonte.
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Harry despertó dos días después sobre una manta en el suelo de la estancia de la cabaña del viejo Andrew. Notó que tenía la cabeza vendada, y que el sangrado ya había cesado; aunque el fuerte dolor en la cabeza persistía.
– Por fin has despertado, chiquillo –, dijo el viejo Andrew desde su silla frente al fuego. – Eres mucho más débil de lo que aparentas –, se mofó.
Harry frunció el entrecejo hondamente.
– Después de ese golpe cualquiera habría quedado en mi estado –, se justificó.
El viejo Andrew sólo sonrió por respuesta. Se levantó de la silla con la varita en la mano, y se dirigió hacia la salida de la cabaña. Sin embargo, antes de atravesar el umbral de la puerta, volteó la cabeza y dijo:
– ¿Qué esperas, estúpido? –, preguntó, fastidiado. – Tu primera lección espera.
Los ojos se Harry se abrieron enormes. Casi no podía creerlo. Pero rápidamente se puso de pie y lo alcanzó a la salida. No importó siquiera el mareo que sintió por levantarse tan rápido.
– Muchas gracias, señor Andrew –, dijo, y apenado agregó –: Usted disculpe mi…
El viejo hizo otra mueca de fastidio.
– Con maestro bastará –, le interrumpió. – Ahora andando.
Harry sonrió ante la perspectiva.
– Sí, maestro.
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A lo largo de 16 meses Harry fue golpeado, torturado, maltratado y pulverizado de cualquier forma imaginable e inimaginable. Theodore Andrew era despiadado y enajenado del dolor no propio. A veces, incluso, parecía disfrutar haciéndolo. Pequeños atisbos de demencia.
No obstante, Harry aprendió más de magia con él en ese corto tiempo, que en 5 años de estudio en Hogwarts. Negra y Blanca. Pues, como aprendió bajo su tutela, la diferencia únicamente estaba en cómo se les utilizaba. Aunque, como bien sabría después, puras no serían sus intenciones.
Con el paso del tiempo las lecciones dieron sus frutos, y poco a poco las desiguales batallas, más bien masacres, se convirtieron en duelos de igual a igual con el mismo resultado: el viejo Andrew siempre vencía. Harry al principio lo adjudicaba a la experiencia de la que, al contrario de su mentor, él carecía. Sin embargo, más tarde sabría la amarga verdad, y se enfrentaría a una temible decisión.
Desafortunadamente, el día de tomar aquella decisión, llegó más pronto de la que ambos, discípulo y mentor, habrían deseado. Una fría mañana otoñal del mes de octubre, Harry advirtió una extraña actitud en su mentor; cuyo desenvolvimiento era más tosco y frío que de costumbre.
– Harry.
¿Qué?, pensó. ¿Ya no más 'chiquillo'?
– ¿Maestro?
– Salgamos, hay algo de lo que quiero conversarte.
El clima helado era claro indicio de la llegada del invierno, si bien todavía eran visibles signos otoñales. Harry se abrazó a sí mismo, para refugiarse del intenso tiempo. Caminaron un poco hasta llegar a la pila de leña que estaba no muy lejos de la cabaña. El viejo andrew se sentó sobre ella, pero Harry prefirió mantenerse de pie.
Theodore encendió su vieja pipa, y luego de varias bocanadas, dijo:
– Supongo que más de una vez te has preguntado por qué siempre soy el vencedor de nuestros duelos.
Harry asintió, metiendo las manos en sus bolsillos. El viejo volvió a darle otra aspirada a su pipa, y mientras dejaba escapar el humo, continuó:
– Si bien posees la habilidad, la técnica y el poder para vencerme, careces de algo esencial.
– ¿Experiencia? –, se aventuró Harry.
El viejo Andrew rió abiertamente al escucharlo. Harry se sorprendió, era la primera vez que lo escuchaba.
– No, chiquillo –, dijo, sonriendo. – La experiencia es algo fácilmente superable por el poder y la astucia.
Finalmente dio una última gran aspirada a su pipa antes de apagarla, y llegar a lo importante de la charla.
– Tú, chiquillo, no tienes alma de asesino –, dijo. – A diferencia de mí, tú jamás has matado conscientemente a alguien… He allí nuestra principal y más grande diferencia.
Harry tragó grueso.
– ¿Maestro?
– La verdad es, chiquillo, que así jamás conseguirás destruir a Voldemort. Un hombre que no sólo ha asesinado a cientos de magos, sino que ha disfrutado haciéndolo.
Harry tardó sólo unos segundos en procesar la información, y casi concluir certeramente lo que su mentor tenía pensado.
– ¿Pretende usted que mate a alguien?
El viejo Andrew sonrió de medio lado.
– Mejor aún –, dijo, e hizo una pausa. – Pretendo que me mates a mí.
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Harry recobró el conocimiento cuando el sol ya se había puesto, y las estrellas adornaban el firmamento. Esa noche no había Luna, el frío era mayor al de noches anteriores. El rostro de Harry estaba empapado en lágrimas. ¿Por qué no había podido hacerlo? Tenía que. Era la única forma que había.
Asesinar a un hombre con el alma tan corrompida como Voldemort, requiere de un hombre igual de corrupto, pero por los ideales correctos.
– Maestro…
El arte matar se aprende, y es lo que yo he estado enseñándote. Pero hasta no haber matado, no lograrás perfeccionarlo. Yo necesito ser asesinado para salvar el mundo.
Pero él no podía. Le resultaba imposible asesinar a su mentor, al hombre que le tanto había dado. ¿Cómo mantendría el juicio luego de esto? Se volvería demente incluso antes de poder acabar con Voldemort.
Bien podrías asesinar a un mortífago o dos. Pero aún así, te resultaría difícil empuñar tu varita por tercera vez. Tú naturaleza te lo impediría… Tú apoyas la vida, chiquillo, por eso luchas.
Entonces ¿por qué lo había abandonado todo? ¿Para qué dejó a Hermione ese día en el andén? ¿De qué servía tanto sacrificio? Era su destino.
Así como yo asesiné a mi maestro, es tu deber asesinarme a mí. Si bien sé que mi legado morirá contigo, pues hallo improbable que sea enseñado por ti a otros.
Hazme sentir orgulloso desde el más allá, chiquillo. Mátame, y dale una mejor vida a este miserable mundo. Líbralos de la escoria, y dale valor a la vida de este pobre viejo.
– Lo haré, maestro. Honraré sus enseñanzas.
Harry se enjugó las lágrimas, y mientras se ponía de pie con dificultad, su rostro adquirió una temeraria expresión. Para él la prueba de fuego había llegado. Era ahora o nunca. Empuñó su varita, y con paso firme salió del bosque.
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El viejo Andrew se hallaba sobre la pila de leña con su pipa en la boca; fumando apaciblemente, preparado para finiquitar el asunto. Harry lo vio inmediatamente puso pie fuera del bosque.
– Maestro.
– Chiquillo estúpido –, replicó, apagando su pipa. – Espero que hayas tomado la decisión correcta.
Harry lo miró determinado a conseguirlo.
– Sí, maestro.
– Bien –, dijo, mostrándose complacido –; porque si no me matas… Yo te mataré –, aseveró.
– Lo comprendo.
Theodore guardó su pipa, y empuñó su varita.
– Que así sea.
El viejo hizo un breve movimiento con su varita, y una ráfaga de viento azotó contra Harry, quien la recibió inmóvil. El viento cesó.
– Parece que vas en serio –, dijo Andrew, sonriendo como un enano.
– Y usted parece que va de broma –, replicó Harry, manteniendo la calma.
Otro movimiento, y esta vez la varita de Andrew disparó un haz de luz blanca. Harry lo esquivó, y corrió directamente hacia su maestro, quien volvía a azotarlo con ráfagas de viento.
Harry recibió todos los impactos, pero en última instancia la ráfaga fue tan fuerte que salió despedido por los aires, hacia las estrellas.
– Estúpido chiquillo.
Harry sonrió, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.
– Estúpido maestro.
El viejo Andrew sólo tuvo tiempo de distinguir el resplandor del haz que lo golpeó. Esta vez fue su cabeza la que sangró por los troncos de leña. Harry cayó de cuclillas en suelo, siempre apuntando a su maestro.
– Se ha confiado.
– Lo mismo puedo decir de ti, maldito chiquillo.
El viejo levantó la cabeza sonriendo, y con un rápido movimiento de varita logró hacer volar los leños hacia Harry. Mierda, pensó. La cagué otra vez. Todos le golpearon, lanzándolo violentamente contra el suelo; y los troncos sobre él.
– La experiencia impera, ¿no es así, chiquillo?
Los leños estallaron del cuerpo de Harry, despedidos por una fuera mayor y sobrenatural. Él se levantó apoyándose sobre su rodilla. Llevaba su varita firmemente sostenida con su mano izquierda. Centró su mirada en el viejo: sus ojos destellaban un fuego intenso que provenía del alma.
– Estás furioso, chiquillo –, sonrió. – Eso me gusta.
El viejo Andrew blandió su varita y nuevamente envió ráfagas de viento sobre el cuerpo de Harry, que esta vez no sólo golpearon su cuerpo. Sendas llagas se formaron cada vez que el viento lo tocó… En sus brazos, en sus piernas, en su rostro. Pero Harry no retrocedió; justo como antes avanzó directo hacia su maestro.
– Estúpido,… Siempre estúpido.
Como si blandiera una espada, Andrew dio un salvaje sablazo con su varita logrando que viento cortara el tórax y abdomen de Harry; concibiendo una profunda herida. Sólo entonces Harry se detuvo; pero el ardor de sus ojos no disminuyó. La sangre brotaba a borbotones de las heridas, manchando el césped y su ropa.
No bajes la guardia, chiquillo. El momento en que te distraigas significará tu muerte. Haz todo lo contrario. Intimida a tu rival, y aprovecha su distracción. Aniquílalo.
Harry apenas alzó su mano izquierda, y un torrente de llamas se disparó de su varita. No tardó en azotarlo contra el viejo. Viento contra Fuego. Las llamas parecían ceder contra la ferocidad de la ráfaga que las contrarrestaba. Harry perdería de seguir así.
Aprovecha cualquier ventaja sobre tu rival, no importa qué tan deshonrosa sea. Ten siempre presente que él no dudará en hacerlo de tratarse el caso contrario. Un duelo no sólo es una batalla de magia. Jamás lo olvides.
Los ojos de Harry ardieron con intensidad sin igual. Y la fuerza de la llamarada también se acrecentó. El viento comenzó a ceder de a poco, y el viejo Andrew a retroceder sobre sus pasos. Era el poder que habitaba en Harry, la intensidad de la llama de su magia.
Poder sobre experiencia; juventud sobre ancianidad, chiquillo. Nunca te contengas. Muéstrales a tus enemigos lo poderoso que eres, pero no te excedas en el espectáculo. Siempre guarda lo mejor para el final.
La llamarada se interrumpió por un instante. Harry tomó impulso y saltó con todo lo que tenía, ayudado con su varita. Las ráfagas surcaron el espacio, rozando sus talones. El salto fue altísimo, y aprovechando esa altura giró como torbellino de aire y empezó el descenso; luego, la llamarada se reanudó.
Jamás olvides esto: quien tenga el terreno alto, gana. Y si no lo tienes, chiquillo, pues créalo tú mismo. Usa la cabeza y piensa en algo. Ganarás seguro.
Las ráfagas de viento apenas tocaban su cuerpo, mientras que la velocidad de caída le abrió una ventana. Era la oportunidad perfecta. Harry dirigió la llamarada hacia allí, y…
– El maldito chiquillo recuerda bien todo lo que le enseñé –, masculló el viejo entre dientes, con una mueca macabra en el rostro. – Será un buen asesino, sin duda.
Las llamas bañaron el cuerpo de Theodore Andrew. Era un magno espectáculo; espléndido como las llamas devoraban todo a su paso: el césped, los leños que estaban cerca,… Quemaban la piel y carne del cuerpo de su mentor. Una danza dorada que entretenía los ardientes ojos de Harry; les daba esos destellos de demencia que todo asesino necesita.
Matarme a mí, afectará tu alma gloriosamente. La hará creerse, sentirse capaz de acabar con la vida de cualquiera. Juro que jamás titubearás a la hora de asesinar a alguien más. Serás el asesino perfecto. El Salvador del mundo forjado a la perfección. Y yo seré tu creador.
Las llamas se extinguieron; aunque el césped y los leños continuaban consumiéndose. Harry cayó de pie y bajó su varita. Sus ojos seguían ardiendo, pero cada vez con menor intensidad. La luz de las estrellas brillaba en las lágrimas que bañaban su intensa mirada y su rostro. Había un fuerte olor a sangre en el aire. Era la muerte que acechaba.
En el ojo de la llamarada estaba el cuerpo de Theodore Andrew, todavía con vida. Aun en desventaja el viejo había logrado protegerse lo suficiente como para sobrevivir el ataque. Aunque sin importar qué, su destino sería morir.
– ¡Muéstramelo ahora, Harry! –, gritó con todo lo que tenía. – ¡Ahora, demonios!
Es una lástima que nos hayamos conocido bajo estas circunstancias, Harry. Habría sido divertido de la otra forma, estoy seguro. Fue un placer tenerte como discípulo... Ahora hazme orgulloso, estúpido.
Harry blandió su varita por última vez contra el viejo Andrew. La muerte llegó.
– Hasta siempre, maestro.
Un resplandor verde los cegó… Y sesgó la vida de Theodore Andrew. Para siempre.
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N. del A.: Hemos llegado al ecuador, más no el clímax, de la historia. Llevo un buen ritmo de escritura, así que creo que podré terminar esto antes de mediados de diciembre. Eso es todo. A todos los que leen, muchas gracias.
Hasta la próxima actualización.
