¡Esto todavía no se acaba! No se acabó en el capi anterior, y ciertamente no se va a acabar en este.

Capítulo 9. Dolorosa Despedida.

Pasaron los días de mi 'noviazgo' con Hiei y no vacilo al decir que los disfruté como nunca antes había disfrutado en mi vida, al menos no en un periodo de tiempo tan corto. Y es que lo que me estaba pasando lo sentía tan maravilloso que una pequeña parte de mi mente me decía que algo tan bueno no podía durar para siempre, y por eso debía disfrutarlo lo más posible mientras durara.

Y esa idea aumentó con una plática que tuve con Kiseki una mañana, mientras Hiei iba a devolver a unos youkai que cruzaran del makai al ningenkai ilegalmente (y si se fue, fue a regañadientes, se los puedo asegurar).

-¿Querías hablar conmigo Hana? –me preguntó la mujer sonriendo a la vez que se sentaba frente a mi, del otro lado de la mesa del té.

El embarazo ya era bastante notorio en ella, de acuerdo a lo que había escuchado decir a Kurama ya tan sólo le faltaba una semana o un poco más para dar a la luz; e iba a ser un parto en casa (por aquello de que la niña sería mitad kitsune), con ayuda de Yukina (por sus habilidades curativas).

-Sí, quería agradecerte. –le respondí.

-¿Por qué? –al parecer lo que dije en verdad la sorprendió.

-Tú sabes por qué. –le insistí yo. –Si no fuera por ti, por aquella conversación que tuvimos, donde me hiciste ver que yo le importaba a Hiei… -suspiré. –Creo que si no fuera por eso nunca me hubiera puesto a pensar, hasta llegar a la conclusión de que a mí también me importaba mucho Hiei…lo amo.

Kiseki me sonrió.

-Pensar que por un momento, cuando tuvimos la peor discusión, durante la tercera ronda, yo pensé que ya no había manera de que él me quisiera, no cuando me trataba así… -suspiré yo de nuevo.

De hecho creo que había estado suspirando mucho en esas fechas y el único culpable era mi querido demonio de fuego: Hiei-koi.

-Por la manera en que te fuiste en ese momento, en verdad creí que ya no había posibilidad alguna de algo entre ustedes. –admitió Kiseki.

-Y sin embargo él fue a buscarme al bosque, me salvó cuando esos youkai tramposos me atacaron y trataron de matarme, me cargó hasta el hotel, e incluso tuvo la consideración de recuperar mis kodachi perdidas. –dije yo con una sonrisa.

-Así es Hiei a veces. –asintió Kiseki. –Un momento es más frío que el hielo y más cruel que el peor monstruo…

-…Y al otro es de lo más cálido y amable. –terminé por ella.

Kiseki soltó una risita al oír mi tono de voz.

-Tal parece que realmente estás enamorada. –dijo ella con dulzura.

-Absolutamente.

-Pero yo tengo una duda Hana.

-¿Eh? –no me gustó su súbita seriedad.

-Tú ya una vez nos dijiste que no eres de por aquí. ¿Qué pasará cuando tengas que volver a tu hogar¿Qué pasará contigo y con Hiei?

No había pensado en eso.

Me sentí terriblemente mal al no tener una respuesta a esa pregunta; o más bien creo que me sentí así porque ya tenía una respuesta, y ésta no me gustaba.

.---.

Hubo un día muy especial, justo una semana después de que yo despertara, y al día siguiente de mi inquietante conversación con Kiseki. Yo me encontraba sentada a la sombra de un árbol, disfrutando de la tarde y esperando a que mi adorado demonio de fuego regresara de donde quiera que había tenido que ir con el resto de los miembros del Tantei.

Justo entonces sentí la presencia del mencionado acercarse a mí, hincarse justo a mi lado a la vez que me pasaba los brazos por el cuello.

-Tengo algo para ti. –me dijo al oído.

Me daba escalofríos cada vez que él que hacía eso, él lo sabía, creo que precisamente por eso lo hacía; él disfrutaba ver como se me enchinaba la piel y yo disfrutaba su cercanía, su cálida presencia al envolverme.

-Lo mandé hacer por los mejores joyeros del Makai. –explicó él a la vez que me extendía una pequeña caja azul oscuro.

La tomé en mis manos y la abrí rápidamente, era obvio que se trataba de un regalo para mí, pero no tenía ni idea de que podía tratarse. Finalmente logré abrir la cajita y ahí, sobre una seda negra reposaba la más deslumbrante pieza de joyería que había visto en mi vida: un hermosísimo brazalete de oro puro con tres joyas…perlas negras.

-Hiei esto… -no sabía cómo plantear lo que pensaba, aunque tenía una muy buena idea de lo que eran esas perlas.

-Son mis lágrimas. –me confirmó él sin soltarme. –Las derramé cuando creí que te había perdido para siempre.

El pensar en él llorando era una imagen demasiado fuerte para que mi mente pudiera procesarla, prefería verlo sonriendo como en ese momento.

Como si leyera mi pensamiento amplió su sonrisa al tiempo que sujetaba mi muñeca derecha y con delicadeza me colocaba el brazalete.

Sí, ya sé que dirán¿Hiei siendo delicado? Pero así fue, creo que estaba relacionado con el amor, ya que sólo conmigo se portaba así. Sólo a mi me mostraba ese lado dulce, cálido, amoroso, y eso me hacía sentir todavía más especial.

-Es para que siempre las lleves contigo. –me explicó él besando mi mano brevemente. –Para que nunca olvides cuanto te amo. Mi querida Aihana.

-¿Por qué Aihana? –le pregunté, ya era la segunda vez que él me llamaba así y yo aún no sabía el porqué.

-Por que eres una Flor de Amor. –me respondió a la vez que me abrazaba, y en un murmullo a mi oído agregó: -Eres MI Flor de Amor.

Algunos dirán que él es demasiado posesivo, pero a mí esas palabras lo único que hacían era confirmarme lo mucho que me amaba, lo mucho que ambos nos amábamos.

-Oh Hiei-koi… -tomé su rostro entre mis manos, lo atraje hacia mí y lo besé con todo el sentimiento que tenía.

.---.

¿Se han preguntado cómo es posible que entre mejor se la pasan, más rápido parece ir el tiempo¿Cómo es que entre más grande es la felicidad más rápido parece acabarse?

Pues eso me sucedió a mí. Justo al día siguiente de que Hiei me regalara el hermoso brazalete, Koenma se comunicó conmigo y me dijo las tres palabras que derrumbaron mis sueños y rompieron mi corazón en mil pedazos:

"Encontramos el portal."

.---.

Sé que algunos dirán que yo debería estar feliz, ya que finalmente volvería a mi casa, con mi familia, pero yo no pensaba en eso; a decir verdad en lo único que pensaba en esos momentos es en que tendría que dejar a Hiei. Finalmente había encontrado a un hombre (o youkai) al que amaba con toda mi alma, y me amaba igual (ambos lo habíamos demostrado), y ahora iba a tener que renunciar a él.

Quedé con Koenma de ir al Reikai una semana después, una vez ahí me guiarían hasta el portal y yo podría volver a mi mundo, a mi casa.

Pero yo no sabía que hacer, por más que lo pensaba y lo pensaba y hacia nudos mi cabeza y mi corazón, era simplemente inútil; yo en verdad amaba a Hiei con toda mi alma, pero también quería muchísimo a mis padres y a todos mis otros parientes y amigos, no podía simplemente abandonarlos.

Arg, me quejé mentalmente, era demasiado joven para tener que tomar una decisión así, y pensar tanto en ello me estaba dando la peor de las jaquecas.

Pero en el fondo de mi corazón ya sabía lo que haría, lo único que me quedaba por hacer, aunque se me rompiera el corazón; y una vez que lo hiciera tendría que sostenerme de aquello que había empezado a sospechar desde poco después de mi llegada y había confirmado recientemente; mi última, mi única, esperanza.

.---.

Ese último día fue el más increíble, y a la vez el más doloroso de todos, me esforcé todo lo que pude para convertirlo en una fecha inolvidable tanto para Hiei como para mí; en no discutir ni pelearnos ni una sola vez, lo complacía en todo, y trataba de evitar que mi tristeza no llegara a mis ojos, sólo quería buenos recuerdos.

Y finalmente, cuando el sol ya se ponía, supe que el tiempo se me acababa…

Llegó un momento en que yo estaba tan deprimida que para evitar que los demás lo notaran salí al bosque y me senté en la rama más alta de un árbol, donde pudiera dejar de esconder mi pena sin que los demás me vieran. Aunque, todos sabemos que es imposible ocultarse de Hiei por mucho tiempo…

-Hana-chan… -me llamó él a la vez que se sentaba en una rama frente a mí.

Mi corazón se quebró un poco más al saber que era muy probable que jamás lo volvería a oír llamarme así.

-Todo el día has estado muy extraña. –me insistió él. –Aihana…

Adoraba el sobrenombre que me había puesto, y sin embargo en ese momento me dolió, lo hacía todo más difícil.

Pero no podía seguir huyendo, tenía que confrontarlo con la verdad, y confrontarme yo misma de paso.

-Hiei-koi… -suspiré antes de soltarle el resto. –Me voy.

-¡¿Qué?! –exclamó exaltado a la vez que se ponía de pie en la rama, tan rápido que casi se cae del árbol. -¿Cuándo¿Adónde¿Por qué?

Su mirada me hacía arder el alma, lo mismo que su tono de voz.

-Hoy, de vuelta a mi mundo, y porque debo hacerlo. –le dije apartando la mirada, no creía soportar seguir viéndolo así.

-No, no puedes hacerlo. –se negó él sujetándome de la muñeca. –Eres mi mujer.

-Hiei-koi. No lo hagas más difícil por favor. –voltee a verlo con tristeza, sabiendo que aún sin lágrimas mis ojos vidriosos expresaban todo. –Sabes que no soy tu mujer y no puedo serlo. No puedo porque no pertenezco a este mundo.

-Eso no me importa. –dijo él seriamente. –Ya te dije que te amo.

-Y yo a ti, con toda mi alma. Pero no puedo quedarme, porque no pertenezco aquí. –me quité el brazalete y se lo di. –Toma, si cuando nos volvamos a ver aún me amas, vuelve a dármelo, si no…yo lo entenderé.

Me bajé del árbol tan rápido como pude; debía marcharme ya, antes que me soltara a llorar y no pudiera terminar lo que debía hacer. Entonces él saltó directamente hasta el suelo y antes que yo pudiera dar un solo paso me sujetó de la muñeca, no con brusquedad, sino suave.

-Necesito saber cuando. –me dijo él en voz baja. -¿Cuándo podré volver a verte?

No lo estaba mirando, ya que él seguía detrás de mí, pero tampoco necesitaba verlo para poder imaginarme su rostro, había llegado a conocer sus expresiones demasiado bien en ese tiempo.

Y en cuanto a la pregunta que me había hecho. Sabía que si le daba la respuesta una vez que lo entendiera todo seguramente me odiaría (es más, me extrañaría que no lo hiciera), pero tampoco podía dejarlo así; él tenía derecho a saber la verdad, aún cuando mi maldita cobardía me impedía decírsela de frente, debía saberlo.

-Ve a casa de Kurama en una hora. –le respondí finalmente.

Y entonces en un arranque de sentimiento me giré, lo abracé y me atreví a besarlo una vez más con todo lo que tenía en mi corazón al tiempo que le susurraba al oído una despedida:

-Nunca olvides que te amo, hoy y siempre.

Y sin más me di la vuelta y me marché tan rápido como pude.

.---.

Todo el tiempo mientras volaba con Botan, al Reikai y después al Makai, al sitio de donde partiría, en ningún momento pude dejar de llorar, y creo que por una vez ella decidió ser consideraba porque no hizo preguntas.

Al cabo de un rato llegamos al portal que me había llevado ahí en primer lugar, y que ahora me devolvería a mi hogar.

Hogar, es algo curioso, ese debía ser el mejor lugar para mí, donde están aquellos a quienes amo, pero cada vez que yo pensaba en hogar lo que venía a mi mente era Templo de Genkai, y después la imagen de Hiei, su rostro feliz al estar conmigo, y la terrible tristeza que reflejó cuando me iba; creo que quizá si no quisiera tanto a mis padres, si no hubiera tenido una relación tan estrecha con ellos toda mi vida, me hubiera arriesgado hasta a la destrucción de los tres mundos con tal de quedarme con Hiei.

-Aquí estamos. –Botan me señaló el portal.

Yo voltee a verlo, bendiciendo y maldiciendo al mismo tiempo. Ese portal me había hecho aprender muchas cosas, me había hecho encontrar increíbles amigos, y principalmente me había guiado hasta mi amor…y ahora estaba a punto de quitarme todo lo que me había dado.

Estaba a punto de cruzar el portal, cuando no pude resistirme a usar mi visión astral para ver lo que sucedía en casa de Kurama en ese momento:

Pude sentir que Hiei iba llegando, intercambiaba unas palabras con Kurama y su familia en voz baja, y entonces un grito llegó hasta mis oídos:

-¡No¡No puede ser!

En ese momento las lágrimas cayeron con mayor fluidez desde mis ojos al tiempo que yo corrí tan rápido como pude y crucé el portal de inmediato, sin mirar atrás una sola vez, no creí poder soportarlo. Las diferentes frases de Hiei resonaban en mi cabeza:

"¿Por qué no entiendes que no debes arriesgarte tanto?...Si algo te pasara, me volvería loco…Nunca lo dudes, te amo…Eres mi mujer…Mi querida Aihana…"

Y su último grito:

"¡No puede ser!"

Unas últimas palabras salieron de mis labios antes de cruzar las barreras de tiempo y espacio:

-Sayonara Hiei-koi…Hiei-sensei…