Ya sé que dije que no más notas hasta el final (y éste no es el final), pero quiero expresar mi tristeza al no ver el mismo número de reviews que en los capis anteriores.

De hecho, la única razón por la que estoy actualizando ahorita es porque no se me hace justo que aquellos que si leyeron el capi anterior y dejaron review con la esperanza de que yo actualizara pronto sigan esperando. Así que, habiendo dicho lo anterior, aquí va el capi, el penúltimo.

Y ahora sí que el último no se sube hasta que el númer de reviews me deje conforme (Y Nayeli, no se vale que todos los reviews sean tuyos, eh?)


Capítulo 10. La Peor de las Torturas. (Hiei)

-¡No¡No puede ser!

Corría a todo lo que daban mis piernas, la misma palabra repitiéndose interminablemente en mi mente: No.

Y al mismo tiempo en mi mente se mostraba la imagen de mi mejor amigo, de pie junto a su esposa, mientras ellos me mostraban a su hija.

"Ella es nuestra hija, se llama Hanazakari." Eso fue lo que me dijo Kiseki.

Y eso trajo un nombre a mi mente: Hana…

Ella me había pedido que fuera a casa del zorro en ese momento, justo cuando ella se iba a marchar de vuelta a su mundo¿Por qué lo hizo? Eso no lo sabía. O quizá era que no lo quería aceptar. No quería aceptar que ella, la mujer que yo amaba, mi Aihana; era esa pequeña bebé que acababa de ver en brazos de Kiseki, Hanazakari, la hija de mi mejor amigo…

¿Es que acaso el destino se estaba burlando de mí otra vez?

Nacido de una relación prohibida de una koorime con un hombre he cargado toda mi vida con el estigma de ser el 'Niño Prohibido' razón suficiente para que casi la mitad del makai me considere como una abominación y quiera matarme; fue por eso que entrené muy duro, por tantos años, para ser tan fuerte. Entrené hasta que llegó el momento en que era yo quien daba miedo a los demás, quien los perseguía, los torturaba, los mataba, y no al revés. Y aunque al principio lo hice para lograr un lugar en ese mundo donde nací, llegó un momento en que no me pude detener. No confiaba en nada, ni en nadie, ni siquiera en mi propia sombra; desconocía lo que era el cariño de una familia, nunca había tenido un amigo, y mucho menos me imaginaba lo que sería el amor.

Y sin embargo todo eso cambio un día: a partir de que descubrí que tenía una hermana melliza llamada Yukina, y que ella me buscaba. Y ahí el destino me hizo otra mala jugada, pues aunque la tengo a mi lado no puedo decirle quien soy, ni protegerla como quisiera; si se lo dijera seguramente me odiaría, por todo el daño que he causado.

Otro cambio vino cuando conocí a Kurama, la reencarnación del que alguna vez fuera llamado el Ladrón Plateado. Al principio él fue mi socio en un robo al reikai, pero después se salió, yo fui capturado y tuve que trabajar para Koenma (el supuesto príncipe del Reikai) para mantener mi libertad condicional. Pero fue a partir de ahí que encontré verdaderos amigos, no sé cómo sucedió, sólo que en un momento ya estaban ellos ahí: Kurama, Yuske, Keiko (una mujer bastante extraña), Botan (con todo y sus escándalos), Kiseki (la psíquica esposa del zorro) e incluso el tonto de Kuwabara (que de alguna manera acabó enamorando a mi hermana).

Y el cambio más increíble en mi vida fue cuando la conocí a ella: Hana, mi Aihana. Aún recuerdo ese día en el Makai, cuando se lanzó a auxiliarme en una batalla, donde si bien hubiera podido vencer sin su ayuda admito que fue increíble verla pelear. Admito que al principio no quise confiar en ella, una hanyou con ese nivel de poder 'perdida' en el makai no es precisamente normal. Pero lo que más me inquietó fue cuando me di cuenta que no sólo confiaba en ella, sino que sentía algo muy fuerte por ella, algo que me hacía querer protegerla, estar a su lado a cada momento, algo que me estaba cambiando por completo la vida. Me fue muy difícil aceptar que en verdad la amaba, sin importarme quien fuera realmente ni de donde viniera, yo la amaba. Quise protegerla de salir lastimaba en el torneo, y la lastimé mucho con las discusiones sin sentido, sin embargo ella nunca actuó en mi contra, e incluso al final correspondió a mis sentimientos. Aún recuerdo el momento que la vi caer muerta frente a mí, sentí que ya nada volvería a tener sentido si no volvía a ver sus ojos verdes abrirse. Cuando vi una de las kodachi de ella a mi alcance incluso pensé en usarla para terminar con mi vida, para tratar de seguir su alma a donde quiera que ésta se encontrara. Pero justo entonces Yuske intervino y dijo que habíamos ganado, y que podíamos usar el deseo de nuestro triunfo para traerla a ella de vuelta a la vida.

Creo que si le dijera esto a aquellos que me conocieron como el terrible ladrón, torturador y asesino, nadie creería que yo estuve a punto de renunciar a mi propia vida por ella, pero esa es la verdad, es la verdad que les demuestra cuanto le amaba, cuanto le amo.

Y es por eso que no pienso renunciar a ella. No importa cuanto tenga que esperar confío que ella volverá a estar un día en mis brazos, después de todo ella es mi mujer, mi querida Aihana.

.---.

Pese a toda mi decisión el día que me enteré que la mujer que amaba era una bebé que no tenía ni la más mínima idea de lo que significaba para mí (o significaría); al final fue demasiado para mí. Temía tanto que en cualquier momento Kurama y Kiseki notarían mis exagerados afectos por su hija y me alejarían de ella. Por lo que preferí mantenerme yo al margen. Me fui al Makai, a volver a trabajar para Mukuro.

-Hiei, volviste pronto. –dijo ella con alegría.

Y cómo no iba a alegrarse, yo sabía por experiencia lo poco efectivos que eran sus guardias para cumplir con su deber de evitar que otros youkai ingresaran en su fortaleza.

-¿Dónde está Hana? –preguntó ella al verme solo.

Esa pregunta sí me tomó por sorpresa, pero creo que mi 'mirada' fue suficiente para que ella entendiera y no esperara una respuesta de mi parte.

Y por mucho que a veces Mukuro me harte por su forma de ser y su arrogancia, debo admitir que sabe cuando no debe abusar de la confianza, y esa fue una de esas ocasiones.

.---.

Pasaron seis años, seis largos y tormentosos años en los que tuve que contenerme más de una vez para no ir corriendo en busca de mi Aihana; tuve que conformarme con saber de ella a través de las cartas que me enviaba Kurama (en las que expresaba que no entendía por qué yo no había vuelto ni siquiera a visitarlo, aunque tampoco me pedía explicaciones), o lo que me decían Yuske y Keiko cuando me visitaban (desde que él se volviera Rey del Makai vivía ahí, pero aún visitaban a los demás en el ningenkai).

Finalmente, al cabo de seis años, un día me encontraba paseando por los bosques, tratando de encontrar algo con que entretenerme (de preferencia algo que involucrara golpes y sangre). Y encontré algo muy interesante, aunque no era lo que había estado buscando. Una banda de youkai hablaba de presionar a Yomi a soltar a unos prisioneros que tenía, primero pensaban usar a su heredero, Kurama, como carnada, pero después a uno de ellos se les ocurrió que sería más fácil secuestrar a la pequeña hija de Kurama. Pues bien, yo no lo iba a permitir.

Corrí a toda mi velocidad hasta un portal que me condujo al ningenkai, y de ahí hasta la casa del zorro. Por lo que pude ver llegué justo a tiempo: Kurama peleaba a un lado con varios oponentes al mismo tiempo, Kiseki se encontraba inconsciente semi-recargada en una pared (se podía deducir que había caído tratando de proteger a su esposo e hija), y la mencionada niña se encontraba tratando de hacer reaccionar a su madre.

-Baka shoujo… -no pude evitar murmurar para mí mismo, aún a los seis años esa hanyou seguía siendo igual de distraída.

Justo antes de que alguien pudiera herirla yo intervine y maté a los que la amenazaban, todo de la manera más rápida y menos 'sucia' posible. Según lo que la propia Hana me había dicho ella no supo sino hasta mucho después el peligro en que se encontraba, yo no debía dejar que lo supiera antes de tiempo. No quería provocar nada que pudiera dar lugar a que algo cambiara en la Hana que yo había conocido.

Creo que Kurama quedó algo sorprendido por mi repentina llegada. Y tenía toda la razón, pero la situación no estaba para dar explicaciones, y ciertamente mi humor tampoco.

La batalla terminó al cabo de un rato, Kurama telefoneó a Yukina para pedirle que le ayudara a curar a su esposa, mientras él se aseguraba de mandar a su hija a la cama.

-Es una sorpresa verte aquí después de tanto tiempo. –me dijo Kurama una vez que quedamos los dos solos en su cocina.

-Iba pasando por el vecindario y se me ocurrió pasar a saludar. –dije con una leve sonrisa irónica, a modo de respuesta.

-¿Se puede saber qué te trajo aquí? –me preguntó él.

-Me enteré lo que planeaban contra tu familia, zorro. –le respondí.

Kurama me miró alzando una ceja, una expresión como si me estuviera analizando o algo así.

-¿Qué? –le pregunté yo cruzándome de brazos. -¿Te sorprende que haya venido a ayudar a un 'viejo' amigo?

-Sí me sorprende un poco que hayas vuelto después de tanto. –admitió él. –Pero más me sorprende que me estés dando respuestas de más que sólo un 'Hn'.

-Hn… -murmuré en una sarcástica burla. –Puedo decirte que tu hija tiene mucho poder desperdiciado. Deberías entrenarla mejor.

-Eso haría, pero mi fuerte son las artes marciales y el látigo. Lo primero ya se lo enseñé, y lo segundo no lo maneja…

-Yo la entrenaré.

-¿Perdón? –ahora sí tenía más que sorpresa grabada en su rostro.

-Yo seré su sensei.

Acababa de sellar el destino.

.---.

Y así fue, por los siguientes siete años yo la entrené en el manejo de las armas. Pude ver que a veces no calculaba bien las distancias con una espada larga, podía llegar a lastimarse o a lastimar a un compañero, sin embargo con la distancia corta de una daga su precisión era casi perfecta y con dos…resultaba casi letal. Aunque claro, esto para mí no representaba una sorpresa en lo más mínimo.

La vez que más me alteré en esas fechas, recuerdo que fue una ocasión en que ella tendría unos doce años, habíamos estado entrenando y luego nadando, y al final nos recostamos en la hierba a descansar.

Estaba tan relajado, cuando sorpresivamente sentí una de sus manos en mi torso, rozando una cicatriz que tenía ahí… No pude evitar apartarme bruscamente de ella.

-¿Sensei? –me preguntó ella, sonaba insegura.

-Me la hice hace muchos años. –le expliqué.

-¿Cómo? –ya me esperaba que preguntara. –No creo que alguien pueda lastimarlo tanto.

-No era en mi contra. –admití yo. -Recibí ésta herida protegiendo a alguien más, alguien muy importante para mí.

-¿En serio? Entonces en verdad debió ser alguien muy especial.

-Sí.

No pude decirle más, en ese momento tenía muy presente en mi mente lo sucedido ese día. Cuando a ella misma la habían atacado unos youkai y yo había recibido una herida con un arma envenenada para protegerla¿pero cómo explicárselo a ella? Era imposible.

.---.

Finalmente ella cumplió los trece años. Y yo tuve que aceptar que ella ya no era una niña, pero tampoco era aún la mujer de la que yo me había enamorado. Si bien físicamente ya tenía muchas de las características que yo recordaba de mi Aihana, su actitud no era la misma; esa chica frente a mí era aún muy joven, muy inmadura. Y al ver a todos esos mocosos que se fijaban en ella, no tenían nada que hacer ahí, ni siquiera debían acercársele, ella era mi mujer.

Finalmente no pude soportarlo. El mismo día que le dije que ya podría usar armas verdaderas, y el armero del makai me entregó las kodachi que yo mandara hacer expresamente para ella, decidí que no podía quedarme, y me marché.

.---.

Los siguientes cinco años fueron los peores para mí, saber que en ese momento ella se estaba convirtiendo poco a poco en aquella a quien yo amaba tanto, a quien no había dejado de amar en lo más mínimo ni con todos esos años.

Quien lo diría, yo, el gran Hiei Jaganshi, que alguna vez fui el más cruel torturador de todo el makai, ahora sentía por dentro algo peor que cualquiera de los dolores que hubiera causado a otros. Y es que estar sin ella era en verdad la peor de las torturas.

.---.

Finalmente llegó el día en que vi el calendario y supe que ya tan sólo faltaba una semana para que ella cumpliera los dieciocho años. En cualquier momento ella se convertiría en aquella a quien yo amaba…mi Aihana.

Era tiempo de volver al ningenkai.

Así lo hice, admito que tuve el gusto de ver que su habilidad había mejorado tanto; era de esperarse que pronto podría vencerme y finalmente averiguar mi nombre (nunca había querido decírselo y extrañamente Kurama había aceptado mi decisión). Me emocionó que me recibiera tan efusivamente, aunque me decepcioné cuando noté que aún no sabía quien era yo.

Mukuro casi lo echa todo a perder cuando comentó que la había visto antes, por suerte ella no le dio mucha importancia a ese hecho.

Y después cuando ese maldito la lastimó sentí mi sangre hervir y no pude evitar que esas palabras salieran de mis labios:

-Ella es mía…

Eso debió confundirla sobremanera, pero ya no había nada que hacer. La única esperanza que me quedaba era que pronto ella hiciera ese viaje al pasado, lo entendiera todo y entendiera el origen de ese brazalete que yo había dejado en su joyero antes de marcharme la vez anterior, el mismo que ella me había pedido que le devolviera cuando la volviera a ver si aún la amaba. Y por supuesto que la amaba¿cómo no hacerlo? Ella siempre ha sido y siempre será, mi querida Flor de Amor…mi Aihana.

.---.

Los días pasaban, demasiado lentos en mi opinión. Me sentía casi como la ocasión en que ella volviera a la vida al final del torneo y yo tuviera que esperar una semana a que finalmente abriera sus ojos y yo pudiera asegurarme de que estaba bien. Excepto que en esa ocasión yo estaba seguro de que ella volvería, ahora no sabía que pensar, tenía miedo de que nunca volteara a verme con esos ojos de amor con que lo había hecho en mi pasado. Después de todo, para ella yo seguiría siendo su sensei, y el mejor amigo de su padre.

Su padre…también tendría que lidiar con Kurama y su esposa; aunque tenía la impresión que ella ya lo sabía. No sería nuevo, esa mujer siempre parece saber cosas que los demás ignoran.

Y finalmente un día la vi llegar después de ir a una misión de Koenma, y tan sólo al verla pasar pude notar que algo había cambiado en ella, algo en su actitud, su aura.

Tal parecía que la espera había llegado a su fin…