Parte 2: Atardecer parnasiano

Siempre había hecho frío en aquellas montañas del Parnaso, donde el santuario de un desconocido dios protegía aquella ciudad escondida. El verdor de la hierba era sólo mancillado por la nieve, que matizaba en blanco el paisaje. En ese lugar, a las puertas de uno de los templos que protegían a Soma, en la cúspide de aquel monte, el alto mando de los guerreros del dios estaba presente en lo que parecía una reunión. De pie, tres guerreros hablaban. Uno de ellos, contrastaba notablemente con el color del lugar. Su cabello era negro, y peinado hacia arriba de tal forma que dejaba ver su cuello a pesar de la oscura capa que arrastraba hasta los pies. El color marino oscuro de su armadura iba a juego. A su estilo. Con una mirada de firmeza, hizo una señal a su compañero, cuya vestimenta protectora era justo al contrario. Parecía fundirse y camuflarse con el entorno. Tan sólo se podía apreciar su rizada cabellera dorada, que como sus ojos, bailaba hasta su media espalda. Tanto el oscuro Letheus como Sila se aproximaban a donde los caballeros antónimos estaban.

-Aquí estamos.- Letheus avisó a su acompañante de que había llegado un nuevo compañero, por lo que este no se sorprendió lo más mínimo. -¡Al fin llegáis¡Casi pierde la esperanza de conocerte el chico, Sila!- Udián, el dorado, regañó en tono afable a quien dirigía la palabra. -Lo siento, nos entretuvimos por el camino.- La armadura de Letheus también era de tono apagado, pero sin embargo, se diferenciaba de la de su compañero Exeo en el brillo untuoso y más negro el grabado de Gorgona que resplandecía en su coraza. Además, era totalmente castaño. Tanto en sus ojos miel como en su pelo se podía apreciar lo suave de su tono marrón. Siempre tenía un par de mechones lisos rozando su pálida faz.

En ese instante comenzó a nevar de nuevo. Solía suceder a cada rato el cese del caer de los copos albos, sin embargo, nunca dejaban de verse por mucho tiempo.

-Tú debes ser Sila¿no?- De detrás de sus compañeros, un joven hizo aparición. Destacaba su armadura verde esmeralda y con gemas negras sobre sus pectorales. Sus guantes y grebas eran escamosos. Quizás fuera eso lo que llamó la atención del amanerado caballero rosa. -Así es. ¿Y bien?- El muchacho se presentó como Agni. -Seré el próximo caballero védico. Mis habilidades de mimetismo me han traído hasta aquí.- Tras sus palabras, esbozó una sonrisa que no concordaba con la terrible cicatriz que atravesaba su ojo izquierdo. -¿Tan seguro estás de que llegarás a ser caballero del señor Soma?- Lo cierto es que Sila jamás había sido demasiado amigable, pero el comentario no fue malinterpretado por su receptor. -Mis disculpas, no quise ser tan brusco.- El caballero del deseo se disculpó. -¡Por favor¿cómo puedes pensar que alguien bajo mi juramento de lealtad no superará la prueba?- El arrogante Udián hizo un comentario que quitó importancia a la posible situación de tirantez que podía haberse dado. Afortunadamente, no pasó nada.

-¿Juramento de lealtad?- El novato Agni no sabía nada. -Claro, cuando aparece un candidato a caballero de Soma, debemos asegurarnos de que es digno para el puesto. Si logras superar la prueba, serás bendecido con las lágrimas de la luna.- El que sería protector del recién llegado se tomó su papel muy en serio. -Bienvenido.- Y tras ese escueto recibimiento, Sila se fue de aquel lugar dejando atrás a todos sus compañeros. El silencio reinó durante unos segundos, pero después, Letheus saltó a protegerle. -Él es así, pero no pienses que no te ha aceptado. De hecho, a Udián no le dijo ni lo que a ti: Bienvenido.-

-¿Las lágrimas de la luna¿Qué son?- Era lógico. Agni no sabía nada de aquel secreto que era guardado para los más poderosos. -Claro, la clave del poder de la élite védica. Es el elixir de Soma. Cada uno de nosotros, cuando aceptamos ser leales al todopoderoso, debemos cumplir una prueba: luchar contra una criatura de las profundidades de los montes del Parnaso. Tras eso, nuestra armadura es bañada en esa esencia y adquiere el poder de un arma divina capaz de regenerarse a sí misma de las peores heridas.- Como siempre, el alegre Letheus, explicó detenidamente en qué consistía la prueba. Lo había hecho desde que él estaba en ese santuario, y desde él, habían aparecido tres guerreros más. -Pero no te preocupes, si Udián está contigo, no tendrás demasiados problemas.- Esa fue su última frase antes de ser interrumpido por el mentado. -A pesar de eso, no lo haré todo por él… La criatura es suya.-

-¿Cuándo iremos?- Como era de esperar, el que pretendía ser caballero de Soma, mostraba indicios de nerviosismo. -Antes de que anochezca. Debemos partir ya. Antes de entrar a esa cueva, hemos de hacer algo.- Udián, despidiéndose de sus compañeros, invitó a su protegido a que fueran montaña abajo por el camino que sólo gozaba el templo que sería de Agni. Sin más preceptos, emprendieron marcha.

Conforme iban caminando mantuvieron una conversación al margen de los paisajes que se veían. Cada paso permitía que la frondosidad fuera más densa. Cada palabra les acercaba más a su destino. El camino que había que recorrer hasta llegar a la parte más baja del santuario era largo y poco vigilado, por lo que no encontraron a nadie por aquellos parajes. Tras casi media hora desde que despidieron a sus compañeros comenzaron a oírse los incesantes piares de los pocos pajaritos que quedaban por aquella menos nevada parte de la montaña.

-Ya queda poco…- Udián no sabía lo que les restaba por haber recorrido ese paso muchas veces, sino porque no era normal oír a los pájaros a mucha altura, y menos en aquella estación. Había que destacar que el Parnaso parecía regirse por sus propias normas. Finalmente, los caballeros se detuvieron a los pies de la gran boca de una caverna. -Es aquí. Yo te acompañaré por un rato. Después, te corresponderá lo que venga.- El joven de cabello rubio miró a su acompañante. -Hagámos el juramento de lealtad.- En ese momento, el caballero de la armadura blanca clavó una de sus considerablemente largas uñas en el índice de su diestra. Unas gotas de sangre cayeron al frío suelo, pero su dedo aun mostraba más. -Tu turno. Hiérete la mano para que mezclemos nuestra sangre. Todos los caballeros de Soma debemos tener la misma.- Agni no se había imaginado nada de eso, pero sin rechistar, hizo lo propio con uno de los filos de un muro de la irregular caverna. Su herida era más profunda, pero sin rechistar, ambos mezclaron el líquido rojo, fundiéndolo sólo en uno.

Agarrando al aspirante por el brazo, Udián comenzó a caminar por la cueva. -Lleva tú la delantera.- Le ordenó. Durante un buen rato, no mediaron palabras. No había bifurcaciones, pero cada paso que daban era para internarse en una oscuridad, que aunque negra, permitía que ambos continuaran viendo. Las pareces se iban estrechando, incluso en cierta parte del recorrido apenas podían pasar en fila.

-¿Qué es este olor, Udian?- Un olor que tranquilizaba al valeroso Agni comenzó a rodear no sólo a él, sino a su compañero también. -Ya estamos cerca, no te preocupes por el olor.-

Un resplandor verdoso comenzaba a iluminar los agobiantes corredores que se iban abriendo cada vez más, poco a poco, dejando de ser tan angustiosos. Finalmente, tras un trayecto considerable, una gigantesca estancia se dejaba ver en aquella gruta subterránea.

-Impresionante. ¿Qué es esto?- Ahora sí que estaba sorprendido el que pensaba convertirse en protector de Soma. -Mira las columnas. Su forma… están erigidas para sostener algo, pero no es esta cueva lo que esperan sostener.- Udián tenía una voz fría, totalmente distinta hasta la que había mostrado hasta el momento. -¿Y esa laguna? Tiene un líquido de color verdoso…- El caballero de doradas mechas miró fijamente al curioso. -Son las lágrimas de la luna. El elixir de Soma. Debes bañar tu armadura con unas gotas…- Agni, asintiendo se acercó a donde el fluido estaba.

Toda la habitación era inundada por un verde esmeralda, que infundaba esa sensación de tranquilidad sólo igualada por el olor que en ella había. Los suelos eran de puro mármol blanco, y las columnas, tan pálidas y perfectas, que la belleza de un lugar así jamás habría sido imaginada en las profundidades de la cueva. Sin embargo, había algo que no encajaba.

-Perdona, Udián, pero este lugar parece un santuario… ¿qué es exactamente?- La voz del muchacho estaba temblorosa, aunque no debería estarlo. -Escucha, este sitio es parte del santuario de Soma, que aún duerme en las profundidades del Parnaso.- Continuó su intervención con una sonrisa mientras daba la espalda a su compañero. -Aunque todos sabemos que muy pronto, emergerá. Ahora, adelante. Acércate a la laguna.-

Los tímidos pasos del contendiente se oían con un eco acolchado. Al llegar a la orilla de la laguna, tras pisar sobre la última baldosa de mármol, se agachó para hincar sus rodillas en la parda tierra que estaba sin cubrir. Cuando decidió tocar con su mano el líquido, dudó unos segundos… pero se decidió. Tan sólo bastó el mero roce de uno de sus dedos con la superficie del agua esmeralda para que una onda de energía pura diese una terrible descarga que bañó el lugar con un ruido atronadoramente sonoro. Como consecuencia, Agni cayó de espaldas contra el pálido suelo.

-¡Qué demonios!- Su tono tornó agresivo. -¿Qué ha pasado, Udián?- Su oyente, que carcajeaba sin reparos, se calmó y contestó: -¿No recuerdas que tenías que superar una prueba para ser digno del cargo?-

-Así es… ¿pero dónde está esa terrible criatura?

-Yo soy tu Isaac, Abraham.- Y tras la frase, sonrió de forma cortés. -¿Cómo¿Una alusión a la Biblia?- Los ojos del guerero se abrieron con brusquedad. -Así es. Yo soy tu presa. Si fallas en este momento o si cometes un mínimo error, seré yo mismo el que te mate. Y créeme, mi fuerza es terrible…- Tras sus palabras, Udián tomó una posición ofensiva. -¡Pero si juramos protegernos hace un momento!- Agni estaba atónito.

Udián, a más de diez metros de su oponente cambió su mirada por una totalmente hostil.

-Veamos pues, a qué tienes miedo, caballero Agni!- El mentado guerrero, aún en el suelo, no reaccionaba, y además vio como el que ahora era su enemigo desaparecía para aparecer a tan sólo dos pasos de él. Un solo grito, un solo nombre bastó para sobrecoger el corazón del paralizado luchador: -¡Muerte!- Y tras una sonora carcajada, agredió con una patada la cara del que ahora estaba asustado, que, por fin reaccionó y pudo evitar que el golpe fuera certero, aunque después de todo, cayó al suelo de nuevo. El golpe le había dado en su ojo izquierdo, el mismo que lucía aquella cicatriz, que ahora, empezó a sangrar levemente. Al incorporarse, el herido preguntó:

-¿Cómo has sabido lo de mi ojo? No es posible que sepas que en aquella ocasión vi la muerte.- Sin embargo, Udián no respondió hasta que caminando lentamente, llegó a donde su rival esperaba. -Ese es uno de mis poderes, ver en el corazón de la gente. Yo uso el miedo para acabar con lo que me molesta.- De nuevo, desapareció sin dejar rastro. -¡Ahora te enseñaré uno de mis golpes, amigo!- El candidato a caballero de Soma, se preparó para atacar en el momento que su rival apareciera. Finalmente, lo hizo justo delante de su cara, Agni retrocedió dos pasos y le lanzó un golpe cósmico con su puño justo al estómago. Los efectos del impacto fueron nulos.

-¡Svah oscuro!- Al intentar atacar de nuevo, miles de rayos negros fueron la opción del atacante. Uno tras otro fueron impactando en el cuerpo de Udián, que irremisiblemente arrastrado por el poder del impacto colisionó contra una columna que destrozó por completo. Tres segundos después, gran parte de los escombros fueron levantados. El caballero rubio también se puso en pie. -¡Que las disfrutes!- Y tras tomar una velocidad descomunal, los trozos de aquella columna de mármol fueron encajando terribles golpes sobre la verdosa armadura del caballero Agni, que tras el último impacto, seguía en pie. Al igual que los restos de piedra caían al suelo, algunos fragmentos de la coraza del caballero los imitaban haciendo un metálico y perforador sonido.

-Ahora, amigo aspirante, emplea tu técnica más mortífera sobre ti mismo.- La profunda mirada hipnótica captó al joven que sin saber bien qué hacía, levantó sus brazos y concentró gran parte de su cosmoenergía sobre la cabeza. Un flash de matiz gélido inundó la estancia. Tras ello, una terrible explosión sacudió el bello lugar, y la onda expansiva, con un ardiente calor, arrasó vorazmente las losas del suelo, y algunas columnas de la estancia. Cuando la humareda se disipó, pocos minutos después, el manipulador seguía de pie, perplejo por el ataque que acababa de ver. A pocos metros, yacía el que había provocado el ataque. El suelo estaba destrozado, agrietado y con los restos de lo que parecía una armadura esparcidos en un amplio radio. También había un charco de sangre de tamaño considerable bajo el exhausto cuerpo del contendiente, que tras aquello, seguía vivo, aunque terriblemente malherido. Udián se acercó a él y se arrodilló para que, con su ayuda, Agni se incorporase. -Su… supongo que he perdi… do.- No hubo respuesta por parte del oyente, que se limitó a sonreír. A los segundos habló. -¿Has visto el poder de las lágrimas de la luna? Si no hubiera sido por las que tomó mi armadura hace dos años, yo estaría como tú. Sólo tienes que ver cómo ha quedado este gran templo subterráneo.- La preocupación del derrotado era evidente. -Pero… he perdi… do.- La diestra del poderoso intacto, acarició la malherida faz de Agni. -Mira tu pecho. ¿Ves tu sangre? Observa como cicatrizan tus heridas.- Tras obedecer la orden y bajar la cabeza para mirarse, se dio cuenta de que no eran sólo sus heridas, sino que su armadura, impregnada en un líquido verdoso, se reconstruía sobre su cuerpo, ahora recuperado de laceraciones. -Enhorabuena, sabía que lo conseguirías.-

-Gracias, Udián, ahora he comprendido lo que has hecho.-

-¿Si¿De veras?-

-Has provocado que atacara con todo mi poder para ser reconocido como caballero védico.- Al mismo tiempo que hablaba, ambos se pusieron de pie. -Ese es el objetivo de esta prueba, amigo. Ahora eres un igual. El mismo ataque que has efectuado contra ti hace unos minutos no podrá derrotarte. Ahora tu poder es similar al de un semidiós.-

-Me siento más poderoso que nunca, eso es cierto. ¿Ahora qué?- Ya no había una expresión tímida en el rostro del recién integrado, sino que sus rasgos habían incluso madurado. A partir de ahora, sería el poderoso caballero védico Agni del mimetismo.

Durante la conversación de caballeros, un temblor sacudió el lugar. El suelo no dejaba de moverse, un estruendo terrible dejó casi sin oírse el uno al otro a ambos muchachos. Un inmenso quebramiento de la tierra separó la zona donde ellos estaban de la que había rodeando a la laguna. Comenzó a emerger hasta la superficie, y esta, se abrió para dejar paso a la estructura que estaba saliendo lentamente al exterior. Tras el violento terremoto, y ambos retomando el equilibrio, vieron como todo a su alrededor corría la misma suerte.

-¡Al fin el santuario de Soma estará al completo! Desde esta falda de la montaña hasta la cima, estará erigido el más grande de todos, custodiado por los seis caballeros védicos y los que por debajo de nosotros, juraron lealtad a nuestro señor. ¡Observa atento, Agni!-

El frío viento se detuvo. Tan sólo se escuchaba el estruendoso resquebrajar de la montaña. Por todos lados se oían crujidos estridentes e inmensas estructuras crecían como paridas por la madre tierra. De tal forma se partían los prados que donde había verde nevado, ahora sólo quedaban poderosos acantilados. Los cauces de los inmaculados ríos del Parnaso se desprendieron de su camino para vestir a la desnuda tierra con un velo de cataratas que caían por los abruptos desniveles formando estalactitas de vida. La ancestral ciudad que antes se ocultaba bajo la sombra de la montaña fue bendecida por seis atalayas que la rodeaban. Cada una de ellas, de un estilo sorprendentemente trabado y enrevesado se erigía empalidecida como una torre palúdica con forma de mano apuntando al cielo, que desde aquel momento se veía sin timidez. Un camino que envolvía el Parnaso en espiral ascendente acunaba en su trayecto seis antiquísimos templos, tan recién nacidos, que aún estaban bañados con el ocre de las rocas que los formaban.

Tras el último baluarte rojizo, casi sin dar crédito a lo que veían, Agni y Udián se giraron, pudiendo sentir el pulso de la tierra, y casi sin aguantarse en equilibrio. De nuevo, los terribles seísmos, que parecían calmados, mostraron su furia con más poder que antes. Aquel lugar se estaba tragando a sí mismo para ceder sus territorios a lo que en el pasado existió. El lugar en el que estaban se había convertido en una gran plaza sobre la cual había una trabada fuente. Desde aquel lugar en que desembocaba el ascendente camino que provenía de la ciudad hasta casi la cúspide, un camino mostraba la ubicación de tres criptas de tamaño considerable, cada una más alta y más oscura que la anterior, que al llegar hasta su última columna, indicaba la ruta a seguir con una avenida a cuyos lados, ostentosas figuras de ángeles, algunos mutilados, iban a parar a una terrible e inmensa catedral barroca en color grisáceo.

La más majestuosa de todas las estructuras que allí había, la más grande, bella y a la vez tenebrosa. Los seis templetes que antes rodeaban el edificio en el que Soma descansaba se habían anexionado a la temerosa catedral que resultó entregada por la tierra, de forma que ahora sólo se podía acceder de uno a otro atravesándolos todos, estando así cada uno más alto que el anterior en una espiral que emulaba la maestría de la de Durero. En cada uno de los templos un jardín daba vida a la pétrea construcción, pero sólo tras el más alto de ellos, un séptimo jardín mostraba la siniestra y gran puerta que debía llevar a los aposentos de Soma, divididos en cuatro torreones que de igual manera, jugaban a cuál más alto cada uno.

Más de una hora tardó el Parnaso en hacer su regresión al pasado, pero tras que todos aquellos edificios destrozaran la inmaculada tierra para renacer, un aura tan verdosa como la de las lágrimas de la luna, y no menos cristalina envolvió el cielo de todo aquel santuario. Un brillante sonido fue acompañado del resplandor más blanco jamás visto. La luz recorrió los deteriorados campos como lluvia, ordenándolos con la belleza de llanuras llenas de flores y mariposas de los más variopintos y vivos colores. Los ríos, obtuvieron de la luz del aura mayor transparencia y vida. La pulcritud de sus aguas ya era tan escurridiza como la legendaria ambrosía. Los prados retomaron su color verdoso, pero al igual que las planicies floreadas, también la vida los visitó en forma arbolada, floral y animal, pero como culminación, los desgastados y viejos edificios retomaron la pureza y perfección que el día en que fueron terminados de construir, todos ellos sin ninguna herida sangrante. Cuando el resplandor cesó, el pasado había viajado al presente.

Desde la gran catedral, Sila, en su templo, que era el más alto y cercano a los cuatro torreones, también lo había visto todo detenidamente. Ahora desde sus dominios las vistas eran tan hermosas que podían hacer enloquecer de envidia a la beldad personificada. El afeminado caballero, desde el exterior de su palacete, más grande y lujoso que nunca se acercaba al abrupto borde de su floreado y nevado jardín. Al llegar se detuvo y clavó su mirada en la ciudad: Parnase. -Ahora puedo ver mi pasado desde este balcón al aire libre…- Tras su pensamiento en voz alta, sonrió para sí mismo, y dándose la vuelta, caminó hasta el interior de su irreconocible hogar. -Tenía tantas ganas de ver este lugar tal y como me prometió aquella niña…- Eso fue lo último que se le escucho decir cuando desapareció en la sombra del todavía oculto templo.-

-Udián¿qué ha pasado?- Agni no comprendía nada de lo sucedido. -Muy sencillo: Al llegar tú y ser reconocido por las lágrimas de la luna como nuevo caballero de Soma su poder ha aumentado.- Parecía simple lo que decía el caballero rubio, mientras todavía miraba sorprendido en derredor. -¿Y qué tiene que ver esto con su poder?- La duda todavía albergaba el corazón del nuevo védico. Alejándose un poco de su protegido, trató de responderle: -Verás, el señor Soma aumenta su poder cada vez que un miembro de su guardia de élite es integrado. Cada vez que uno de nosotros aparecía, cambiaba algo en este santuario. En esta ocasión, ha sucedido lo que Egaria nos contó.-

-¿Egaria¿Quién es Egaria?- Agni preguntó con interés. -Ella es una sirvienta de nuestro señor. Podríamos decir que es su portavoz. Se comunica con él a través de los sueños. Un día, ella nos dijo que al aparecer el siguiente caballero védico todo el santuario emergería de las profundidades de estas montañas. Como puedes imaginar, ese has sido tú.-

-Sí. ¿Este es el poder de Soma?-

-Así es, pero él aún no tiene poder suficiente para despertar.- Udián miraba a la cima de la montaña mientras hablaba. -¿Has visto el cambio que han dado nuestros templos?-

-¿Qué pasó?- Agni seguía interesado en sus dudas, pero también se dejó maravillar por la majestuosidad de la obra del poder de su nuevo señor y las mismas lágrimas que habían reparado su armadura. Udián comenzó a hablar: -Se dice que hace mucho tiempo, Zeus tuvo un hermano. Cuando aún era un bebé, el rey de los dioses lo encomendó a uno de sus sirvientes: Brahman. Al tiempo Soma creció y formó algo parecido a una religión, el Vedismo. Sus fanáticos eran tantos y tan poderosos que decidieron rebelarse contra el Olimpo en Grecia. Crearon este santuario, bastante próximo a la ciudad y la actual orden de caballeros védicos. Al comenzar la guerra, Soma utilizó un potente conjuro contra los dioses que habitaban en el Olimpo. Ellos jamás podrían matarles con el conjuro realizado, así que como pudieron, llegaron a los aposentos de Soma sellando previamente a todos sus caballeros. Allí, el mismo Zeus acabó con las pretensiones de nuestro señor sellando el santuario y su alma al igual que pasó con los demás guerreros. Como puedes imaginar, Agni, tú has heredado el alma de uno de esos hombres.

Como nadie pudo acabar con Soma, Zeus hizo que los dioses más adecuados se reencarnaran en algún mortal para que en algún momento, en concreto en el del renacimiento de su enemigo pudieran matarle de una vez por todas. Todavía no sabemos si quedan más reencarnaciones de dioses en la tierra, pero nuestro señor pretende acabar con todos ellos y formar su propio reino, donde el dolor y el mal no tendrán cabida, y donde la corrupción no existirá.-

-Un poco ambicioso, pero por una causa tan noble, merece la pena acabar con la vida de esos dioses. ¿Qué pasará cuando venga el último de los caballeros de Soma?- Mientras hablaban, la noche había empezado a caer, y el viento, que ya no estaba tranquilo, soplaba con ansias.

-Cuando llegue el próximo caballero, serás tú quien haciéndole creer que se enfrentará a una terrible bestia para convertirse en nuestro aliado, le lleve a la cueva de la laguna y haga que esta le reconozca como a ti. Entonces Soma despertará de nuevo.- Y sonriéndose mutuamente, Agni miró a Udián a los ojos. -Debo hacer lo que tú has hecho conmigo¿no?- El rubio asintió.

-Tranquilo, nadie le dirá que serás tú el que le enfrentará.-

-Sinceramente, perdí la esperanza cuando mi armadura estalló¿sabes?-

-Lo siento. No pensé que serías tan fuerte… creo que incluso me superas.- Tras el comentario, ambos comenzaron el camino que les llevaba a la imponente catedral védica. Las estatuas y esculturas del largo sendero parecían clavar sus ojos en ellos. Cuando la noche se cerró, no era demasiado tarde. Tan sólo parecía que el sol se había rendido ante la evidente superioridad en hermosura de aquellos parajes…

Muy lejos de aquel sitio, y sobre los aires, los aliados de Atenea viajaban. En el avión no había demasiada gente. ¿Quién quería ir a una isla como aquella? Aunque todo estaba calmado, la cara del pobre Milo no denotaba tranquilidad. Lo cierto es que tenía toda la pinta de estar sufriendo un mareo terrible. Y no sólo por el color enfermizo de su cara, sino por su propia voz que seguía dando consejos a su joven alumno. Cletus estaba allí, más preocupado por su maestro que por lo que le estaba diciendo. Temía que en cualquier momento hiciera lo que menos deseaba. Que le vomitase encima.

-¿Pero no se había tomado una pastilla para los mareos?- Realmente, había algo que extrañaba al muchacho, porque lo había visto con sus propios ojos. -Debería hacerme efecto en pocos minutos…- La voz del caballero dorado, que por primera vez lucía ropa de calle, era espantosa. -Está comprobado que quitarme mi armadura afecta a mi sistema nervioso…- Añadió. -Es cierto, veo que usted no trajo consigo su vestimenta dorada.-

-Lo hago para no tener la tentación de ayudarte. Este enemigo es tuyo.- Y al intentar sonreír al joven, estuvo cerca de dejar ver lo que durante aquél día había comido.

Habían cogido el vuelo urgentemente. Gracias a que formaban parte del conocido santuario de Atenea les fue posible. Cuando llevaban cerca de un cuarto de hora de vuelo, Milo se quedó dormido. Era lógico, pues este guerrero no aguantaba las agitaciones que las turbulencias provocaban en el vehículo. Su alumno pensó irónicamente en lo último que había dicho. -Como de verdad pretenda el maestro volver a casa en barco, dudo mucho que regresemos.-

No más de cuarenta minutos, pero casi se hicieron eternos de aburrimiento para el muchacho. -¡Maestro, ya hemos llegado¡Despierte!- Tras varios intentos, el fiero guerrero dorado, abrió sus ojos como un angelito infante al despertar. -¡Buf! Pensé que no llegaríamos.- El alivio se hizo dueño de la voz del hombre. ¿Vamos a recoger nuestro equipaje?

Tras un largo rato, ambos caballeros bebían algo en el mismo aeropuerto en que fueron a parar. -¿Es conveniente que la gente vea la caja de la armadura?- Cletus dudaba de que fuera una buena idea. -¿Acaso tienes algo para taparla? Además, no creo que digan nada. ¿Sabes? Hacía ya mucho tiempo desde que no salía del santuario para nada. Echaba de menos estos momentos.- Al fin el color de Milo era semejante al de una persona normal. Los dos eran muy parecidos, no físicamente, sino a nivel personal. Su carácter era irascible, aunque en algún caso más controlado que en otro, sin embargo, la comprensión entre los dos era afín. -Sé lo que me dice. Si no fuera porque el santuario en sí es una ciudad, ni habría probado el café.- Entusiasmados, los dos siguieron teniendo una conversación propiamente estúpida, hasta que llegaron a ese punto en que nadie hablaba. Improvisando cualquier cosa, Milo cuestionó al chico sobre sus romances.

-¡Maestro¡No creo que sea un tema sobre el que debamos discutir en una misión de suma importancia como esta!- Involuntariamente, se ruborizó de tal forma que dejó una respuesta en el aire evidente para todo aquel que supiera algo sobre su personalidad. -¡Así que me ocultas algo¡Con razón no hiciste ruidos raros anoche como la mayoría de días haces! Seguro que fuiste a dormir con alguna muchachita.-

-N… ¡no es cierto!- Intentando excusarse, la voz del niño titubeó. -Ya, y por eso estabas antes de las seis en la estatua que nos erigieron¿no?- Aunque el tono de Milo era irónico, parece que había dado en el clavo. -Oye… Tú estás muy callado.- El chico no hacía más que sorber de su refresco a la vez que miraba a las numerosas extranjeras que por aquella cafetería de aeropuerto pasaban. -¿No será que he acertado, no?- Cletus seguía en silencio. Finalmente miró a su maestro a los ojos y tímidamente contestó. -Yo también me enamoro¿sabe? Por muy caballero que sea…- Su receptor comenzó a reír. Entre golpes de risa consiguió seguir hablando. -¿Y ya tan joven te has metido en su cama? Porque a las seis de la mañana no son horas de andar por ahí hablando¿no?- El alumno de Milo llegó a pensar que le estaba tomando el pelo, así que le siguió la corriente. -Sí, por supuesto… Ya sabe. Pero no se lo dije porque creía que se iba a enfadar.- En el fondo, algo de sinceridad había en sus palabras. -¿Y la echas de menos?- El tono de Escorpio cambió para hacerse notar una cierta seriedad en sus palabras. La afirmativa en Cletus era de esperar a juzgar por el brillo de sus ojos. -Pues lucha por ella.- La respuesta que dio fue contundente y el joven se puso rojo. -Yo… eso haré.-

Cuando los dos cogieron todo su equipaje y abandonaron el recinto del aeropuerto, un escalofrío recorrió el cuerpo de Milo. -¿Qué pasa, maestro?-

-Nada, es sólo un escalofrío.- Pero por mucho que intentaba ocultar su preocupación, el caballero de Escorpio, mientras se dirigía a un oportuno taxi que paró para recogerles, no pudo evitar mirar a aquella luna que estaba tan partida como la esperanza de esperar no encontrar nada que amenazara a sus seres queridos, es decir, sus compañeros.