Parte 3: El hombre desalmado

El reloj marcaba las doce de la noche, pero nadie dormía. Cletus leía atentamente el libro que Milo le había regalado aquella mañana. El mundo místico en el que estaba introducido el chico por obra de las palabras que asimilaba le fascinaba. Las páginas que tenía en sus manos fueron escritas por el que un día fue el patriarca del Santuario, es decir, Shion. Un compendio sobre las amenazas que hasta el momento había sufrido la orden de la Diosa de la guerra. Como es lógico, no sólo era obra del antiguo caballero de Aries, puesto que él perdió la vida a manos del farsante Saga antes de que el libro viera la luz. Al parecer, el que había continuado la obra era el viejo maestro de Shiryu.

Apenas había acabado de leer el capítulo que hablaba de la primera guerra sagrada el dorado escorpión entró en la habitación. -Creía que estabas dormido…- Milo cerró la puerta cuidadosamente. -¿Has visto el hotel tan pobre que nos ha tocado?- El buen humor del recién llegado era latente. -No está tan mal, sobre todo cuando sólo vamos a dormir en él.- Aunque coherente, la respuesta del joven parecía ser dada para que Milo dejase de molestarle.

Escorpio se quedó pensativo mientras observaba un cuadro que había entre las dos camas. Cuando volvió en sí, trató de iniciar una conversación con el ausente muchacho. -Cletus, hay algo que me gustaría decirte antes de que te encuentres delante del supuesto enemigo.- Cuando el chico cerró el libro, miró a los ojos a su maestro prestando una atención considerable. -¿Qué es?-

-Verás, son algunos consejos de última hora…-

-¡No se preocupe! ¡Pero si está usted más preocupado que yo!- La carcajada posterior no acabó de gustar a Milo, que reprochándole, advirtió que la presunción podía costarle cara en un combate real. -¡Maestro, sé lo que hago!- El joven sonrió jovialmente. -¿Eso era todo lo que me quería decir?- Antes de acabar la frase, ya tenía cogido el libro de nuevo. -No. En realidad quería hablarte sobre el séptimo sentido.-

-¿El séptimo sentido?- Como era normal y habitual, el ansia de conocer de Cletus le llevó a la atención total. -Sí, el séptimo sentido. La esencia del poder de todo caballero.-

-¿Qué es exactamente eso?- De nuevo, las funciones de maestro y aprendiz se pusieron en marcha. -Como sabes, querido alumno, la fuerza de un caballero está integrada por la propia condición física, pero una vez en el combate, es el cosmos quien determina la victoria.-

-Eso ya lo sé. ¿Hasta dónde desea llegar?- El chico estaba ansioso por seguir escuchando a Milo. -Pues que en una pelea, la victoria le es concedida a aquel guerrero que aumente más su cosmoenergía.- Sentándose en la cama que había al lado de la del muchacho, prosiguió su explicación. -Como bien debes saber, esa energía puede alzarse hasta el infinito, el paroxismo… Cuando llega a una altura casi inimaginable, se produce una explosión llamada "explosión del cosmos". Desde ese momento, los ataques que el batallante realice ganarán un poder inmenso por momentos. En ese momento, serás invencible, o al menos, casi invencible…-

-¿Qué me quiere decir con eso?-

-Que debes llegar al séptimo sentido.- La respuesta fue simplemente escueta. -¿Pero cómo se hace para alcanzar un nivel tan alto?- Tras tanta explicación, Cletus estaba desconcertado, pues no sabía cómo podía hacer lo que su maestro le contaba. -Veras… Un caballero de Atenea eleva el cosmos por la vida de su diosa, pero tú, que todavía eres joven y no tan devoto como nosotros los caballeros de oro, puedes hacerlo por la chica a la que amas…-

Los colores subieron a la cara del atento adolescente. -S… sí, lo que usted diga.- De nuevo, Milo, empezó con el cachondeo. -¿Cuándo me la vas a presentar?-

-Creo… que es mejor que no la conozca.-

-¡Vaya! ¿Cuándo he oído a mi vigoroso alumno hablar de tan tímida forma?- Aún rojo, el vergonzoso zagal deshizo la cama para meterse en ella. -Supongo que es hora de dormir.- replicó.

-Ahora sin bromas, creo que tu enemigo será más fuerte de lo que acostumbras a abatir en el santuario.-

-¿En qué se basa, Milo?-

-¡Ohh! Pocas veces me llamas por mi nombre… En fin, me refiero a que no infravalores a tu enemigo. Mañana por la mañana vendrá el taxi para llevarnos a las supuestas ruinas.- Mientras hablaba, el dorado, por primera vez con un pijama de rayas verdes y blancas verticales se metió también en la cama. -¡Buenas noches!- Los dos hablaron al unísono. Tras eso, la luz fue apagada y todo quedó sumido en la penumbra, sólo violada por los rayos de luz artificial que entraban por la ventana de la habitación.

La noche transcurrió de una forma extraña para el joven, que se despertó dos veces, quizás por los nervios. Aún no había amanecido, pero se levantó de la cama y lo primero que hizo fue dar dos pasos de puntillas hacia la ventana. En pie, y sin abrirla, miraba la ancha calle que estaba a no más de seis o siete metros por debajo de él. Se podían ver algunos coches aparcados a ambos lados y un vagabundo dormía como podía tapado por cartones dentro de lo que parecía un banco. La mente del chiquillo siempre había sido sagaz, así que comenzó a pensar detenidamente en el posible combate que libraría. Casi más bajo que un susurro, comenzó a hablar para sí. -Normalmente, cualquier caballero tiene un punto débil… si yo lograra confundirle… ¿pero cómo?- Dando media vuelta lenta, pero de forma dinámica, se encaminó al baño. Su maestro había colocado el macuto de equipaje en medio, así que Cletus dio un traspié y no se le ocurrió otra cosa que maldecirle con un grito seco, pero audible al recobrar el equilibrio. Afortunadamente, los ronquidos de éste evitaron que lo pudiera oír. Al entrar en el pequeño cuarto de baño, se fijó en la ducha. Abrió el grifo, y cuando consideró que estaba lo suficiente caliente como para meterse, se quitó la ropa rápido y se introdujo bajo el agua. A los pocos segundos, entró en calor. -¡Qué pena que no sea una bañera!- El chico utilizó el gel que había para frotarse y estar limpio. Cuando estaba enjabonado, al bajar la vista, vio unos cortes cicatrizados sobre su pecho. Es ese momento, no pudo evitar sufrir un vértigo que le obligó a apoyarse sobre la pared raudamente para evitar caer. Tan sólo había sido un flash, pero lo que vio en ese instante fue espantoso. Cletus reencontró un borroso recuerdo: Sangre en el suelo, en las paredes… por todas partes ese líquido carmesí, y sobre su cuerpo, un abanico de cortes provocados probablemente por una sarta de afilados fragmentos de cristales rotos, algunos incluso clavados en él. Tras unos lentos segundos, el niño recobró el equilibrio, pero no pudo asociar lo visto a alguno de sus recuerdos de lo ya vivido. -¿Qué demonios sería eso...?

Milo abrió los ojos. Lo primero que vio fue a su alumno sentado en una vieja silla mientras veía la televisión. Al parecer un noticiario le había captado el interés. -¿Qué estás viendo?- La voz del dorado era temblorosa y desafinada. Cletus se exaltó al escucharle de repente, pero respondió: -Están pasando un reportaje en la cadena de la isla sobre los incidentes en las ruinas del palacio de un antiguo rey de la zona…-

-¿Las ruinas del palacio de Aíginus?- Milo respondió algo más espabilado. -Así es…- El caballero Escorpio se incorporó para escuchar lo que decía, pero ya había acabado el reportaje.

-¿Qué decían?-

-Ha desaparecido una muchacha de un grupo de excursionistas que estuvo en las ruinas ayer.- Milo sulfurado respondió: -¡¿Por qué demonios van a la isla cuando saben que han ido incluso policías y no han vuelto?- Tras el grito, dio un golpe con el puño cerrado sobre la vieja mesa que sostenía la televisión. Cletus no se había percatado de lo rápido que el sopor había dejado a su maestro. -¡Vamos, hoy no tendremos tiempo de desayunar! ¡Coge tu armadura y partamos inmediatamente hasta el castillo!-

-Tranquilo maestro, ya he desayunado, pero le recuerdo que el taxi no llega hasta las ocho, esto es… dentro de una hora.-

-¡Cogeremos otro!- Milo ya estaba medio vestido. -¡Vamos, vístete!- Obedeciendo a su maestro, apagó el televisor y se dispuso a cambiarse de ropa.

En menos de cinco minutos, ya salían por la puerta del modesto hotel. Corriendo ambos, llamaron la atención de un taxista que en la calle principal que llevaba al hotel circulaba. Cuando el hombre paró, los dos se metieron en el vehículo, y descortésmente, Milo pidió que les llevara a la zona de las ruinas.

-El día se anunciaba lluvioso...- Con esa frase, Cletus rompió el hielo que casi se podía oler en el interior del coche. Pero no lo dijo por decir. En aquel momento había comenzado a chispear. Las gotitas se podían apreciar desde el interior del viejo coche. -Deben tener cuidado en las ruinas del viejo palacio.- Advirtió el conductor. -¿Qué está sucediendo exactamente?- Milo ya estaba más relajado. -Al parecer han desaparecido algunos policías en las inmediaciones de las ruinas. También dijeron por radio hace una hora o así que se había confirmado la desaparición de una muchacha de un grupo de estudiantes de arte.- objetó de nuevo el taxista.

El vehículo había salido de la apagada ciudad y ahora corría veloz por los verdes campos inmaculados de la isla. A lo lejos, más allá de la rectísima carretera que por cierto no era muy transitada, se podía apreciar un antiquísimo palacio. Cletus lo estaba mirando con atención, y al darse cuenta el hombre que les estaba guiando, le explicó que aquel era el lugar al que ellos le habían pedido que les llevase. -No sé por qué desean ir ustedes allí, pero deberán tener cuidado o correrán la misma suerte que los que han ido durante este mes.- Por lo menos, intentó avisarles de que en las ruinas había algo extraño, aunque nadie había regresado para explicar qué era.

-Tranquilo, Cletus, todo saldrá bien.- Milo trató de quitar importancia a su misión, pero sus palabras no parecieron tener un efecto muy positivo. -Estoy bien, maestro. Por cierto, ¿qué va a hacer usted?-

-¿Yo? Por supuesto mirar cómo te desenvuelves.-

-Siempre quise tener un maestro que se preocupara tanto por mí como usted.- Escorpio no supo distinguir entre un tono afable o de enfado, pero simplemente le sonrió.

Tras los últimos minutos de viaje, el buen taxista paró. -Este es el lugar al que llegamos.- Viendo que la cifra que el conductor pedía era algo alta, con una mueca de resignación, Milo pagó. Los dos caballeros bajaron para coger el escaso equipaje: La caja de la armadura de Calisto. Finalmente, ambos se quedaron solos bajo la lluvia y a las erosionadas puertas de una imponente estructura pétrea.

-¡Pero si no parecen ruinas! ¡A distancia se veían más deterioradas!- Cletus estaba sorprendido. -Vamos, coge tu armadura y camina hacia el interior.- Haciendo caso de la orden, el chico la cogió y colgó a sus hombros gracias a la cinta de cuero que unía la parte superior de la caja con la inferior.

Dos pasos hacia el interior bastaron para que se dieran cuenta de que dentro había alguien. El ambiente cargado y el aire viciado no inspiraban confianza, además las desnudas paredes grises llegaban incluso a asustar de la poca vida que emitían. El brillo que algún día tuvieron se había debido deteriorar con el tiempo. Mirando el suelo no se podía decir mucho, estaba tan gastado que a pesar de ser en un lugar cubierto, se podía ver algún hierbajo esparcida entre todas las juntas de losas del pasillo. Todas las grietas y destrozos que presentaba el lugar eran numerosos, aunque no muy serios, pero ayudaban a crear la atmósfera tenebrosa que les cubría.

-¿Nota las malas vibraciones, maestro?- La cara del muchacho denotaba que había algo que no le gustaba lo más mínimo. -Sí. Esto se ve realmente tétrico y apagado. Apenas hay luz.-

-Eso es cierto, si vemos algo, es gracias a que entra algo de claridad por las ventanitas de arriba.- Como se podía apreciar, el techo estaba sobre unos cuatro metros de alto, y las pequeñas ventanas que el joven citaba, estaban justo debajo, para que no se pudiera ver nada del exterior. Los tenues brillos del sitio, les guiaban. Caminaron por un largo corredor que llevaba a un hall.

-¿Y ahora por dónde?- Mientras el joven preguntaba, no sabía por cuál de las cuatro puertas que veía debía ir. -¡Tú mismo!- Replicó Milo enérgicamente.

Sin pensarlo dos veces, Cletus abrió la que más cerca tenía, y pudo ver otro coredor igual de largo al que les había llevado al recibidor en que estaban. Extrañado, el muchacho se dio la vuelta, pero no pudo ver a su maestro… Tan sólo contemplaba un resplandor azulón, incluso más oscuro que la apagada luz que había en el palacio. -¡Qué demonios!- Estaba tan sorprendido que su voz rodeó la sala antes de darse cuenta de la reacción que había tenido. Lo primero que le vino a la cabeza fue Milo: -¡Maestro! ¿Dónde está? ¡Maestro!- A pesar de todos los gritos que daba no obtuvo respuesta. Casi desesperado, comenzó a correr por el pasillo al que daba la puerta que había abierto. Un paso tras otro sonaba, pero cada vez a menos velocidad. El ritmo de su corazón se aceleraba, pero sin embargo, las zancadas que daba cada vez eran más y más cortas. Finalmente, quedó atrapado en mitad del pasillo y como por arte de magia, la puerta se cerró. La atmósfera era muy oscura.

-¡Quizás esa extraña fragancia amarga que me pareció oler justo al abrir la puerta…!- Cletus se sentía muy cansado. Tenía las piernas dormidas y recién notaba que había caído al deteriorado suelo de rodillas. Sacando fuerzas, pudo tenerse en pie, pero todo su cuerpo pesaba tanto como el espeso aire que paseaba por aquel corredor. -Esto debe ser obra del supuesto caballero que hay aquí… Ahora que lo pienso, el maestro Milo no me ha dicho nada de la amenaza.-

Un silbido empezó a oírse, era como el cantar de un pájaro. Aunque un poco más suave, era más molesto. La melodía que dejaba caer nota a nota era desagradable. El muchacho comenzaba a sentirse mareado… -¡Qué demonios es esto!- Cletus no sabía como reaccionar, y el pánico se hacía presa de él, de forma que con las piernas casi inutilizadas y el cuerpo tan adormecido como si estuviera drogado, se arrastró hasta la puerta que le debía llevar al exterior de la extraña estancia. Tras agarrarla fuertemente, se aferró al picaporte e hizo fuerzas para abrirlo, cuando lo logró, cayó en la cuenta de que no era posible que en unas ruinas tan viejas hubiese alguna puerta como las que él estaba viendo. Al llegar a la conclusión de que debía ser todo una ilusión, un fuerte dolor de cabeza le obligó a cerrar los ojos. Pocos segundos más tarde, ya no le dolía nada, pero lo que sus ojos captaban no tenía nada que ver con el sitio en que debía estar.

La estancia estaba oscura, a la luz de un color lúgubre marino. Los muros eran altos, pero ya no había un aire tan pesado como antes, y el silbido había desaparecido. Tampoco podía apreciar alguna salida. Su situación de asombro no cambió nada. -¿Y ahora dónde estoy?- Una voz ronca proveniente de todos lados respondió. -Estás en mi catedral de la desesperación.- El muchacho dio un brinco exaltado. -¡¿Tú quién eres!-

-En este lugar nadie nos oirá, nadie te auxiliará y lo que es mejor… nadie impedirá que me divierta contigo al igual que como con los demás…- Su voz estaba camuflada con el tenebroso entorno que envolvía a Cletus. -¿Dónde está mi maestro?- Preguntó sulfurado. -¿Te refieres a tu acompañante? Nadie que llegue a esta catedral ilusoria puede salir a menos que me derrote a mí. Él no lo consiguió…-

-¿Cómo que no lo consiguió? ¿Has luchado contra él? ¡Pero si apenas han pasado unos minutos desde que caí en este extraño lugar!- Cada vez Cletus estaba más confundido.

-¿Seguro?- La voz que hablaba le postró ante una duda aún mayor. -Las nociones del tiempo y el espacio desaparecen en esta mi ilusión.-

-¡¿Quién eres!- El joven muchacho empezaba a perder los nervios. No tenía su armadura puesta, de hecho, no la tenía ni a mano. -¿Vas a luchar contra mí? Pero si ni tan siquiera puedes verme.- El futuro contendiente de Cletus concluyó su intervención con una risotada petulante.

-¡Eso es lo que tú te crees!- justo como Milo le había enseñado, disminuyó la frecuencia de su respiración, cerró los ojos y se concentró. Podía sentir una energía malévola que envolvía la zona. Lo que le estaba sucediendo trascendía de los cálculos que él había tomado aquella misma mañana. Casi aislado de su entorno, pudo ver en lo más profundo de su mente una silueta masculina, que debía ser su enemigo. Ubicándola en aquel espacio, no estaba a más de tres metros por detrás de él. Raudamente, el chiquillo lanzó su puño al aire en dirección del desconocido, que descuidado y desprevenido encajó en pleno pecho.

-¡No puede ser! ¿Cómo me has visto?- Por fin, apareció de la nada. -El cosmos es superior a cualquier sentido humano, yo sólo lo he concentrado…- La respuesta de Cletus fue fría.

Los ojos del muchacho, se clavaron en el maduro cuerpo de su oponente. No llevaba más protección que una coraza plateada con grabados de llamas rojas en su pecho. Desde el cuello, una capa cubría su espalda entera y la bañaba hasta casi por debajo de los muslos en un color grisáceo, al igual que las mayas que cubrían su cuerpo. El corto cabello del misterioso guerrero era de color verdoso oscuro, hasta tal punto en el que el tono parecía perderse en el negro puro. Su mirada, azul hipnosis, alzaba el culmen de la belleza.

-¡Dime tu nombre!- Exigió el joven caballero de Atenea. -Está bien, puesto que pareces valiente y creo que me darás un rato de juego, te diré que me llamo Claud, y soy caballero de Naburus, discípulo de Letheus. Es lo menos que puedo hacer por ti.- A pesar de todo, la voz del aparentemente poderoso caballero era afable. -Y ahora, ¿qué has hecho con Milo?-

-Ese tal Milo está vagando en una de mis ilusiones… Como tú antes, se estará ahogando en uno de los infinitos corredores de esta catedral ilusoria. Espero que sea fuerte.-

-¿Y dices que para salir de aquí he de acabar contigo?-

-Así es… ¿Tienes pensado acabarme?-

-Esa ha sido mi acometida desde el principio…- Cletus estaba furioso, aunque aparentaba bastante debilidad a causa de no llevar más que sus vaqueros viejos y un jersey azul oscuro.

-Pues como tú desees, joven.-

La figura de Claud se desvaneció, dejando la circular estancia presidida por el joven, que no sabía si mirar al frente, al techo o el suelo… Tras dar dos pasos hacia atrás, notó el ruido que sus oscuras botas hacían en las decoradas losas del suelo, que iban a juego con la tétrica luz marina que inundaba el lugar. Tras el sonido, percibió una fuerte corriente de aire pasar a su lado derecho. No había más opción, debía ser su enemigo, pero no le dio tiempo a reaccionar y recibió cuatro fuertes impactos en el costado. Cuando cayó al suelo, pudo apreciar que habían sido efectuados por varias estalagmitas que habían surgido de la tierra como si nada. Al incorporarse de forma automática, se dio cuenta de que sin su armadura, no tenía toda su rapidez. Pudo esquivar un casi invisible golpe dirigido para que cayera de nuevo al suelo, y teniendo a su adversario a un palmo, no se le ocurrió otra cosa que embestirle con su frente que, desgraciadamente, impactó contra su coraza. Claud aprovechó la ventaja para empujarle con la fuerza de su cosmos hasta empotrarle en la pared violentamente. Tras comenzar a reír, levantó su siniestra y creó una afilada masa de tierra de la nada que tenía forma de lanza. El chico, aún en la pared, vio que tenía un segundo escaso para apartarse del muro. Sin pensárselo, se arrojó al suelo, pero no fue lo suficiente raudo y el ataque, al menos le rozó.

Al incorporarse, Cletus notó su pierna izquierda húmeda. Había sido alcanzada por la lanza, y ahora brotaba de ella un poco de sangre. El chico dirigió su vista hacia Claud, que andaba sin temor por la agobiante estancia. Cuando se decidió a poner en práctica una de sus técnicas, decantó por calentar la coraza del oponente. -¡Ardor!- Tras tres segundos de mantener su coraza a una temperatura elevada, el malvado caballero gritó violentamente haciendo que todo a su alrededor se estremeciera. Cletus fue golpeado. Esta vez, sin saberse como, había empotrado al chiquillo en la pared con aún más fuerza que antes. No se había separado de los muros cuando una enorme masa de color negro arremetió contra su cuerpo varias veces, destrozando incluso la piedra que tenía detrás. Al caer, parte de los escombros le cubrió violentamente. Un par de golpes de tos le atacaron mientras le caían piedras encima, de forma que expulsó algo de sangre por la boca llegando a mancharse a sí mismo y por supuesto al suelo. Otra vez estaba mareado, pero ahora no era por una fragancia desagradable, sino por sus propias heridas, más graves de lo que se apreciaban. Haciendo acopio de toda su energía, el joven provocó una pequeña explosión de cosmos para quitarse de encima los derribos de la piedra. Con esfuerzo, se puso en pie otra vez… sucio, cubierto de polvo y sin posibilidades de ganar.

-Sólo puedo hacer una cosa…- Su voz sonaba horrible. -Maestro, no me abandone ahora…-

-¿Qué estás murmurando?- Claud cuestionó al herido Cletus, que ya no mostraba tanto vigor como de costumbre. Cuando iba a dar un paso, el caballero de capa grisácea descubrió con horror que estaba paralizado. A su alrededor había una especie de gas, que sin querer, había inhalado.

-Esa es la restricción, una técnica de mi maestro, Milo.- Y tras una breve y apagada risa, se dispuso a atacar al poderoso guerrero. -¡Golpe de fuego!- Con una velocidad impresionante, el chico embistió con su hombro derecho clavando el peso de todo su cuerpo mas la poderosa onda flameante del ataque en el estomago de Claud. El grito fue inminente y estridente. Tras eso, el chico cayó al suelo, y viéndolo todo oscuro, se tumbó boca arriba para descansar.

La ilusión se había desvanecido y ahora yacía justo al lado de la caja de su bienamada armadura. Tras el terrible golpe, sabía que tenía unos momentos, aunque como dedujo, no demasiado largos, sino más bien el tiempo justo para que su protección de bronce ayudara a su cuerpo con un manto de protección. Tras que la armadura le cubriera, pudo volver a ponerse de pie, esta vez casi sin dificultad y con ella puesta. Se sentía tan fuerte como si no tuviera las heridas sangrantes del instante anterior. Tras mirar alrededor en el mismo recibidor en que había abierto una inexistente puerta hacía un rato, pudo ver el cuerpo de su maestro tirado de mala forma en la dura piedra. -¡Maestro! ¿Cómo es posible que la hayan hecho lo que ni a mí todavía?- Cletus obtuvo una respuesta que no hubiera deseado: -Parece mentira que no te hayas dado cuenta. Incluso has destruido mi ilusión con un solo golpe. Eres un adversario a tener en cuenta.- No solo el chico y Milo estaban en la pequeña habitación, también el caballero Claud se encontraba en ella. Alzando sus dos manos, se preparó para otro de sus terribles ataques…

-¡Explosión de ardor!- El joven caballero de Calisto recibió uno tras otro los infinitos impactos de las llamas que su poderoso enemigo creó de la nada. Tras la lluvia azotadora de golpes ígneos, el chico, aún de pie, comenzó a sentirse desesperado. Ni con su armadura veía una victoria fácil, aunque si no hubiera sido por ella, habría caído ya.

Tras el poderoso ataque, todo su cuerpo se estremeció. Mostraba quemaduras por todas partes, y por unos segundos desfalleció, llegando a caer arrodillado al suelo. Justo el momento en que intentó levantarse, Claud le cogió del cuello y haciendo alarde de su poderosa energía le levantó con la sola fuerza de su mano derecha. Tomó carrerilla y brutalmente hundió su espalda contra el muro que tenían más próximo. Tan duro fue el golpe que expulsó una bocanada rojiza como si de agua se tratara, manchando así su faz. Antes de caer al suelo, el duro guerrero desconocido le cogió por la nuca y lo lanzó por los aires aprovechando la altura de los techos del lugar. Antes de que colisionara contra el suelo, arremetió con un poderoso puñetazo que le hizo chocar violentamente de frete con otra pared, abriéndose del golpe una brecha en la frente. Todo parecía estar acabado con los dos guerreros de Atenea en el suelo…

En el instante en que chocó por segunda vez, Cletus vio claro, aunque lejano, todo lo que había vivido. Recordó al que fue su maestro antes que Milo. Él siempre decía que por muy poderoso que fuera un adversario, siempre habría de tener un punto débil, así que rápidamente, el joven dedujo que sólo debía encontrarlo. Aunque ahora se le había ocurrido la forma de acabar con él, apenas le quedaba energía para ponerse en pie. Clavando sus ojos con furia en Claud, comenzó a brillar de forma sutil. Un aura blanquecina empezó a rodear su cuerpo… Se sentía con energías para levantar. Su cosmos había empezado a arder como el de un caballero.

-A esto debería referirse Milo. Ahora siento como la energía fluye por mis venas.- El guerrero de Naburus, completamente sorprendido, vio como el que ya parecía abatido volvió a levantarse. -¿Pero qué demonios? ¿Cómo lo haces?- Su voz titubeaba. -Veo que mis ataques no sirven contra ti, no obstante, aún no he levantado mi última carta.- La voz del chico era muy agresiva. Había perdido todo indicio de bondad o puerilidad que pudiera haber tenido. El aumento del cosmos conllevaba a una mayor concentración.

Cletus dio un par de firmes pasos al frente obligando a Claud a retroceder. Con la mirada inundada en llamas, el chico advirtió. -No podrás con esto, aunque mi maestro no debe enterarse de que lo he utilizado.- Poniendo la mano igual que lo hacía el caballero del escorpión, se preparó para lanzar la mortífera picadura venenosa que podía doblegar al más terrible enemigo. -¡Aguja escarlata!- Y tras el poderoso grito, por arte de magia, tres hilos de color rojizo atravesaron la estancia desde el dedo índice del joven hasta clavarse en varias partes del cuerpo de su enemigo.

-¿Qué demonios crees que me vas a hacer con esos pinchazos? ¿Es esa tu mejor técnica?- Sin embargo, la respuesta que Cletus dio no fue más que una sonrisa. Arrojando la capa sobre la cara del muchacho, el guerrero Claud golpeó el pecho del chiquillo con su puño empleando toda su energía, sin embargo, ni se inmutó. No retrocedió un solo paso, además, en el instante que el puño le comenzaba a tocar, una luminosa explosión blanca indicó el total aumento del cosmos del guerrero de Atenea. Había alcanzado el séptimo sentido y ahora era intocable.

Desde sus ojos, hasta sus fríos rasgos parecían indicar que Cletus estaba poseído mientras andaba hacia delante sujetando firmemente con sus puños el brazo del enemigo obligándole a retroceder contra las paredes a su ritmo. El preso intentó soltarse varias veces incluso hasta que en un intento desesperado, convocó gritando otra explosión de ardor, que por supuesto, no afectó al joven endiablado. -¡Desaparece!- Mientras gritaba, encajó una terrible patada en el centro de la coraza llameada de Claud. Éste retrocedió hincando sus rodillas en las losas del suelo. Se sentía muy cansado y todo le daba vueltas. Cuando miró hacia abajo contempló con horror como las pequeñas agujitas que antes le habían sido clavadas no sólo se habían ensanchado, sino que empezaban a expulsar sangre de una forma exagerada. -¿¡Q… qué me… has hecho?- Se podía oír el miedo de sus palabras. -La aguja escarlata… el ataque que te hará enloquecer, aunque si te clavo otras tres o cuatro más, acabará matándote. No eres tan fuerte como aparentabas…- El guerrero malvado se sintió ofendido, pero incapaz de contraatacar. Por unos segundos, todo se volvió borroso, dejando ver que como ya era habitual, que no estaban sino en otra ilusión… Luchando contra el caballero de Naburus, no se sabía cuando algo era verdad o mentira, pero esta vez algo decía a Cletus que todo volvería a ser normal. Tras unos minutos en los que toda la dimensión ilusoria se desmoronó, el chico abrió los ojos. Estaba en los brazos de su maestro y con su armadura puesta.

-Ma… maestro…- El muchacho estaba débil. -¿Qué has hecho? entraste en este hall y te desmayaste. Tras unos minutos, aparece el cuerpo de un guerrero herido, ¿y tú despiertas? ¿Me he perdido algo?- Milo parecía exaltado, pero oírle tranquilizó a su discípulo.

-Al parecer, atacaba a la mente.- Dijo Cletus al ver que su enemigo yacía en el suelo bañado en su propia vida, aún latente. -Todavía está vivo…- Escorpio tranquilizó, esta vez a conciencia al cansado chico. -Te seré sincero.- continuó el dorado. -Lo vi todo. Tú no has estado luchando contra él, sino contra mí. Supongo que provocaría una ilusión que proyectara su imagen sobre mí, pero justo en el momento en que utilizaste la aguja escarlata… conseguiste darle a él.-

-Pero si usted no está herido, maestro… ¿De veras le ataqué a usted?-

-Así es… y cuando vi que sabías hacer la aguja escarlata, me quedé frío. Eres más fuerte de lo que pensaba.-

-Sí, ¿pero cómo es que usted no está herido?- Cletus estaba confundido otra vez más.

-Querido alumno, recuerda que no en vano soy un caballero de oro con o sin armadura. ¿Qué harás con él?- Preguntó Escorpio cambiando de tema mientras miraba al desfallecido Claud.

-¡Oh! Supongo que le haré marchar de esta isla.- El joven dio un par de pasos al frente y llegando donde el malherido malvado reposaba, le dio la vuelta con esfuerzo. Justo entonces, el guerrero desconocido abrió sus ojos.

-¿Có… cómo has logrado atacarme con eso si le habías dado a…- Claud no acabó la frase y comenzó a toser violentamente. Quitándose de las manos del muchacho, se levantó torpemente.

Con un impreciso movimiento, se atrevió a golpear el pecho de Cletus. El golpe fue inútil, porque de lo débil que estaba ni le hizo retroceder un paso.

-Por favor, márchate de esta isla. No me gustaría tener que acabar contigo.- El hablante trató de ser franco, pero no fue tomado en serio. -¡Pagarás lo que has hecho!- Cletus dio un pequeño salto atrás mientras su enemigo seguía hablando: -Puede que no pueda vencerte a ti, ¡a ver como se defiende el que no tiene armadura!- Antes de acabar su oración, ya había alzado la mano y un aura relampagueante la cubrió hasta casi su codo. En un segundo enfocó sus chispas fulgurantes contra Milo, que desprevenido estaba indefenso. El caballero de bronce valientemente saltó entre ambos recibiendo de lleno la descarga, que resultó ser más terrible que todos los ataques que había recibido con anterioridad. El chico notó que ahora sí eran golpes reales antes de caer inconsciente al suelo.

-¡Cletus!- El grito dejó la estancia en silencio. Mirando a su alumno, se dio cuenta de que Claud también había aumentado su cosmos. El chiquillo estaba ya demasiado cansado por el combate librado en la dimensión del enemigo.

-¿Supongo que ahora me toca a mí, no?- El dorado sin armadura no era tan fuerte, pero se veía capacitado para luchar. Sin más preámbulos, Escorpión continuó la labor de su alumno lanzando todas las agujas escarlata que quedaban hasta la decimocuarta. Claud no pudo esquivarlas, y le perforaron hasta atravesarle. Fríamente, Milo preguntó: -¿Qué decides, loco o muerto?-

-¿Qué idioteces dices?- El guerrero de las ilusiones, bastante débil sabía que no le quedaba mucho tras hablar. Comenzó a tambalearse y se tuvo que apoyar en una pared. El veneno del escorpión se empezaba incluso a oler en el ambiente.

-¡Uuughhh! ¿Qué es esto?- Claud cayó de rodillas, y con una mirada, suplicó a su rival que le acabara ahí mismo. Con todas sus energías, Milo no lo dudó. Concentró su poder en el dedo índice, que dirigió con suma violencia al decimoquinto punto de su cuerpo, Antares, dándole así la muerte, como él había elegido desde el momento en que trató de atacarle.

Su cuerpo inerte cayó al suelo desplomado de costado. La faz del luchador esbozaba una sutil sonrisa. Al verlo, Milo pensó en la vida de aquel extinto caballero.

-¿Maestro, ha muerto?- Cletus, desde el suelo cuestionó al dorado. -Así es… Él me lo pidió cuando recibió la decimocuarta aguja…- El chiquillo dejó salir algunas de sus lágrimas. Era la primera vez que veía morir a alguien cerca de él como caballero. Se levantó con esfuerzo, y con sus dedos, cerró los párpados del interfecto Claud.

-Fuiste valiente, guerrero. Lástima que no estuvieras para defender a Atenea. Sin duda, lo habrías hecho bien.- Milo le miró y puso la mano en su hombro. -La estrella de un guerrero se ha apagado, pero aún quedan muchas en el firmamento. Salgamos pues.- Y tras el comentario, ambos abandonaron el templo rumbo al santuario de la diosa Atenea.