Parte 4: Desamparo y soledad

El cansado sol ya rozaba el horizonte de vuelta a casa. El gran cambio en los ancestrales montes había hecho que la ciudad Parnase renaciera y que sus gentes despertaran de su letargo. Desde tiempos arcaicos en que dioses y humanos convivían, las personas ya eran corruptas de tal forma que el dinero, el deseo, la violencia y el sexo dominaban sus débiles mentes. Ese fue el motivo que llevó a Soma a erigir en los abandonados montes su santuario. La gente más pura de corazón era llamada a ir a aquel lugar, donde nunca había parecido existir el mal, el sufrimiento, la soberbia o el dolor. La gran utopía del vedismo, el gran deseo del dios rebelde.

Sila miraba esa ciudad cuando saludó a Letheus. -¿Cómo sabes que soy yo?- El sorprendido se acercó a contemplar los majestuosos paisajes a los que tenía acceso el amanerado caballero.

-Siempre eres tú quien me visitas, además, percibí tu cosmos.-

-¡No puedo creerlo, pero si nunca muestro ni rastro de él!- El guerrero castaño apartó un mechón de pelo de su cara. -No es el cosmos en sí, sino su vibración. He sentido tu alegría a distancia. Casi puedo olerla.-

-Me alegro de que me conozcas tan bien, amigo.- Letheus pretendía sorprender al joven con su visita, pero fue impresionado él. -¿Cómo puedes estar alegre?- Preguntó dudoso Sila. -¿A qué te refieres?

-Sabes que me refiero a Claud. Su estrella se ha apagado.-

-¿Cómo lo sabes?- Desde el primer momento, el guerrero de armadura negra había pretendido ocultarlo. -Ya te lo he dicho, su estrella ha desaparecido… Búscala en el firmamento.- Dijo mientras alzaba su vista. -No la encontrarás.- Continuó. -No dejarás de sorprenderme, Sila.- Sonrió a su compañero, aunque como éste estaba todavía con la mirada en el cielo, no se dio cuenta.

-Desde que me derrotaste el día de nuestro juramento de lealtad, he comprendido muchas cosas de ti. No sólo has sido el único ser viviente que destruyó mi armadura tras ser bendecida con el elixir de la luna, sino que tienes una sensibilidad inimaginable. Dime, amigo. Yo que soy tu supuesto protector. ¿Atacaste aquel día con todas tus fuerzas?-

-Letheus, creo que es algo que no te conviene saber. Yo no soy tan poderoso…- La modesta respuesta de Sila enfureció a su compañero que respondió sulfurado: -¡Pero qué posibilidades tenías de derrotar a alguien que a tu lado debía haber parecido un Dios?-

-Esa fuerza no era mía…- La respuesta fue secante. -Además, estábamos hablando de Claud. ¿Qué harás ahora que tu discípulo ha caído?- El guerrero oscuro dudaba mientras abandonaba su exaltación. -Supongo que habrá que concederle la tercera Atalaya a otro… ¿Sabes lo que significa que fuera derrotado?-

-Por supuesto… Que hay caballeros todavía en este mundo. Debe quedar algún dios reencarnado en este mundo.- Respondió Sila. -¿Qué hacemos ahora?-

-Sabes que hemos de acabar con ellos como nuestro señor ordenó.- El caballero de ojos negros no parecía alegrarse de su deber. -¿Qué te pasa? Llevas un tiempo muy raro, Sila…-

-¿Un tiempo raro?- Con esa frase, el misterioso joven trató de recuperar su alegría perdida. En efecto, él mismo sabía incluso el motivo. -No creo lo que dices, debe ser tu imaginación.- Sin embargo, a pesar de saberlo, no lo aceptó delante de su amigo. -Veo que no quieres hablar, así que me voy a mi gran palacete… ¡A ver cuando te dignas a venir, mi protegido!- Letheus se marchó riendo campantemente como siempre. -Ojalá pudiera contártelo, amigo.- pensó para sí mismo el caballero del deseo cuando dejó de percibir el aura fausta del estrambótico luchador.

El jardín de la casa de Sila era precioso. Agraciado con las más hermosas flores, sólo sentía el frío del invierno. El caballero védico, en la oscuridad de la noche se sentó apoyando su espalda en uno de los árboles que allí había. Cabe destacar que el florido lugar no era demasiado grande. El jardín estaba sostenido a continuación de su santuario, que a su vez veía la luz justo a una altura media desde la gran catedral de Soma.

Desde el árbol, podía ver lo que más le gustaba: la ciudad. Casi hipnotizado por la magia nocturna se relajó demasiado. Tras unos minutos en silencio, percibió a alguien en su templo.

-Esta vez no es el pesado de Letheus…- Pensó. Miró fijamente a la oscuridad de su casa.

-¡Oh! Es esa chica… Me pregunto que hará aquí tan tarde.- El caballero no le hizo caso aunque sabía que ella le había sorprendido mirándola. Sila hizo algo que había evitado por mucho tiempo. Cogió una vieja flauta transversal que guardaba en su pecho, bajo la camisa. En ese momento no llevaba la armadura. Recordó una vieja melodía, que hacía ya años que él mismo compuso. Cuando empezó a tocar, el dulce sonido inundó su templo. Unos acordes más agudos, otros más graves, pero su armoniosa combinación creo un triste recuerdo sobre el joven. En ese momento, la jovencita se atrevió a poner sus pies en el jardín de Sila. La melodía se apagó. Tras unos segundos de silencio, la tranquilidad fue acariciada por una suave voz.

-Era una canción preciosa.- Lo único que hizo el afeminado joven fue mirarla. -¡Oh¿Le molesto?-

-Lo siento, recodaba algo desagradable…- Con una brillante expresión, el joven la invitó a que se sentara junto a él. -Veo que lo que me dijiste sobre el santuario era cierto. ¿Cómo lo sabías?-

-Yo sólo le conté lo que mi hermana me dijo hace tiempo.-

-Te dije que no me hablaras de esa forma. Tú puedes llamarme Sila.-

-Pero mi hermana dice que hay que respetar a los caballeros…-

-Pues entonces te pido que me llames por mi nombre, como si me conocieras hace mucho.- La jovencita se levantó y con un par de zancadas torpes llegó a donde estaba el mayor cúmulo de flores. Buscó la más bonita, y la cogió para el caballero. Al volver a entregarle, le pidió que la aceptara. -Muchas gracias, pero creo que ya tengo de sobra con una linda chica como tú.- Al coger la flor, el corazón de Sila ardió, y se le saltó una lágrima. La pequeña vio la mueca de dolor que hizo, y no pudo evitar preguntar por qué.

-¿Qué sucede¿Estás herido?- La inocencia de la chiquilla era mayor a los ojos del entristecido. -Una vez alguien me hirió el corazón. Pero no es algo de lo que tengas que preocuparte.-

-Debía ser muy malo para hacer daño a un caballero como tú.-

-No digas eso, Alecto.- El tono de Sila era amigable, a pesar de que apenas podía retener las lágrimas en sus ojos.

-Perdona… Pero sabes que no me gusta que me llamen Alecto. ¡Llámame Erinia!-

-Como quieras, princesita.- La chiquilla se sonrojó ante las palabras que le regalaron. -¿Me cuentas otra de tus historias?- Ella sólo buscaba oír a su extraño amigo. Misteriosamente, aunque sólo había estado con él en otra ocasión, adoraba su compañía.

-Está bien… escucha atentamente… Todo ocurrió en esta ciudad, hace ocho años.-

-¡Pasó de verdad!-

-Eso depende… ahora escucha.-

La historia que Sila comenzó a describir llevó a la jovencita de la mano al pasado, donde era primavera.

-La noche había entrado recientemente y un hombre corpulento y aparentemente poderoso, besó a su mujer. Tras el mimo, hizo lo mismo con sus hijos. Un joven muchachito de unos dieciséis años y su hermanita, de unos diez. Aunque preocupado, el hombre partió sonriente. Él quería lo mejor para su familia. Caminó errante por la montaña de Parnase hasta que llegó a la misma cueva en la que se dice que los caballeros védicos afrontaban su última prueba. Tras recorrer el camino que ya en múltiples ocasiones había emprendido, llegó a lo más profundo. En aquel lugar un resplandor verdoso lo ponía todo en calma. Una especie de laguna brillaba en el centro de lo que aquel santuario parecía.

Las intenciones del hombre eran oscuras. Se acercó al lugar y se agachó. Las lágrimas de la luna siempre habían llamado su atención. Aunque bienamado padre, y cariñoso con los suyos, Lartius siempre había sido un ambicioso sin perdón. Pretendía adueñarse del estanque con el poder que el fluido de su interior le brindaría, sin embargo, fue sorprendido por uno de sus compañeros, que también estaba allí.

-¿Lartius¿Qué haces?- El hombre fue sorprendido por su propio compañero. -Estás traicionando a tu señor…- El amigo del ambicioso, gran servidor de Soma, sabía que la única forma de evitar el delito era acabando con él y con su familia para eliminar el clan de los traidores.

No sólo era insaciable, sino que además, cobarde, así que Lartius escapó de la cueva dirigiéndose hacia la ciudad para huir con sus seres queridos del lugar. Comprendió que lo había hecho mal y que ya no había tiempo para escapar. Como caballero que era, no le costó demasiado llegar a su hogar esquivando a su ahora enemigo. Una vez dentro, nervioso, contó a su familia lo ocurrido sin darse cuenta de que su perseguidor no le había capturado antes para llegar a sus seres allegados. Cuando el hombre, su mujer y sus hijos estaban fuera de casa, se encontró de frente con Pales, su compañero. Ambos, protegidos por una dura armadura, comenzaron una batalla, la cual, atemorizó a los únicos testigos, que no pudieron seguir corriendo por el miedo a pesar de que Lartius lo había ordenado. Tras pocos minutos, éste cayó malherido a causa de un tremendo y escalofriantemente aterrador ataque gélido y Pales le dio por muerto.

Cuando le llegó el turno a Estela, la madre, los dos chiquillos corrieron por las calles asustados, sin notar el terrible conjuro que su enemigo les lanzó. Finalmente, ella cayó, y en pocos segundos, Pales dio con los niños, que de tanto miedo como tenían, regresaron al mismo lugar en donde su padre yacía.

-Lo siento, he de acabar con vosotros… Vuestro padre es un traidor.- Cruelmente, dio un rodillazo en el estómago del hermano mayor, que no pudo soportar ver las lágrimas de su hermana. Con valor, le suplicó que la dejara escapar y que tomara su propia vida, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Pales ya estaba frente a la niña. Al caballero se le saltaron las lágrimas, y aunque duro, se compadeció tanto de ella, que no la abatió violentamente. La hechizó de forma que el alma de la chiquilla abandonara su cuerpo. En unos instantes, ella cayó al suelo, y el joven estalló a llorar.

-Chico, el precio de la traición es este… Agradécelo a tu padre.- Pero antes de que le mataran, comenzó a brillar de una forma extraña. La armadura que llevaba su padre envolvió su cuerpo, y en un estallido descomunal, liberó toda su energía. Un segundo le bastó para acabar con la vida de Pales, y otro para llegar hasta donde estaba su padre moribundo.

-E… estoy orgulloso de… de ti.- La voz de Lartius sonaba terrible. El hombre alzó su mano para acariciar a su hijo, y este fríamente, la golpeó con la suya. -Todo ha sido tu culpa.- reprochó. Sin mediar más palabra, atravesó su corazón.

Todo se quedó en silencio. Con su mano ensangrentada y los ojos vacíos, se dirigió al cuerpo de su hermana y se arrodilló ante ella. Comenzó a llorar mientras acariciaba su dulce rostro. Tantos años junto a ella, tantos abrazos y momentos compartidos… Sabía que ella jamás abriría los ojos, y que de tan cerca como estaba, era inalcanzable. No habían pasado ni cinco minutos de su muerte y aún estaba caliente. Sin pensarlo dos veces, el muchacho acercó sus labios a los de ella y los besó intensamente por última vez.

-Nuestro secreto será inmortal: Te amo, Lerne.-

Tras esa frase, Sila acabó su historia. La pequeña le miraba atenta con los ojos abiertos. Se había quedado fría ante lo que había oído. Le pareció hermoso aquello, aunque por supuesto, un poco macabro… Sila dedicó otra sonrisa a la niña, que le correspondió.

-¿Ya no estás triste?- Su dulce voz inundó todo alrededor. -No, porque estoy contigo, pero ahora deberías volver a donde tus hermanas están. Podrían preocuparse por ti.-

-Para que no te pongas triste, esta noche me quedaré contigo, a tu lado.-

-El joven, sonriente la acompañó a la habitación que había en su palacete. -Aquí podrás dormir.- Sila sonaba sereno. -¿Y tú¿Dónde dormirás?-

-No te preocupes por eso.- respondió mientras esperaba a que Erinia se acostara. Tras arroparla le dio un beso en la frente. Antes de que apagara la vela que iluminaba tenuemente la habitación, la chiquilla cogió su mano. -Seguro que el chico de la historia es ahora feliz¿verdad?-

-Tan seguro como que tú estás conmigo ahora.- alegó el moreno, que sopló la vela y tras despedirse caminó de nuevo al jardín donde se sentó antes. Ahora estaba solo, con sus pensamientos a cuestas. Finalmente, fue vencido por el sueño musitando las últimas palabras por aquel día: -Seguro que es feliz… seguro que lo es…-

La calma se reinó de todo junto a la oscuridad. Incluso la Luna abandonó aquel lugar dejando todo a oscuras. A pesar de la serenidad, había algo inquietante en el aire. Un olor de mal augurio, tan intenso como el perfume de las rosas. Tan sólo se oía el rumor de las cataratas y afluentes infinitos que incluso vagaban por la gran catedral. Las salas principales de los cuatro torreones estaban bañadas en sus laterales por sendos ríos, al igual que los seis palacetes que les precedían. Cada minuto el lugar era más bello que antes.

Finalmente, comenzó a salir el sol. Los primeros rayos dorados despertaron a Sila por su claridad. Cuando abrió los ojos, vio que estaba arropado. Se quedó pensativo unos segundos hasta que recordó que tenía que ir a ver a Egaria.

-Maldición, ahora he de ver a esa y a los otros…- Cogiendo la manta con la que había sido tapado, se encaminó a la habitación y la dejó encima de la cama. -Así que ya se ha ido…- El caballero de pelo negro se refería a la joven con la que compartió sus historias. Sin mediar palabra, fue a donde su armadura estaba. Su forma era espeluznante. Tan alta como él mismo, reflejaba la silueta de una mujer desnuda en posición de contraposto. Con el sólo deseo de portarla, la armadura cubrió mágicamente su cuerpo con los destellos rosados que ya le caracterizaban.

-Ya me ducharé luego…- El caballero comenzó a andar por su templo hasta que llegó a una gran puerta. Por ella se iba al primer torreón. Tras abrirla con esfuerzo, puesto que era muy ostentosa, comenzó a subir escaleras. Tras la última, apreció algo semejante a un pasillo largísimo, que sustentaba el techo tan solo con columnas unidas una a la otra por una baranda da piedra. Antes de seguir el pasillo hacia adelante se asomó entre dos pilastras. Lo que vio era tremendo, una catarata con forma semicircular al menos tres veces más grande y alta que la catedral. De ahí venían los afluentes que la atravesaban. Era la primera vez que Sila veía algo así, tan bello y a la vez imponente. Ni el cielo era ya azul, sino que mostraba un color rosáceo decorado con destellos de varios tonos pastel. Todo el paisaje parecía una macedonia de colores. Al final, el caballero del deseo retomó el camino hasta el final del pasillo, donde tuvo que empujar una gran puerta. Al hacerlo, vio que ya habían llegado tres de sus compañeros, entre los cuales estaba Letheus.

-Buenos días, poderoso Sila.- Le saludó con ironía. La respuesta del mismo no pudo ser escuchada. -Es sorprendente como ha resurgido nuestra patria¿verdad?- La voz de Exeo saludó al recién llegado de esa forma. -¿Cómo habéis llegado hasta aquí si es necesario atravesar mi templo para hacerlo?- El amanerado guerrero estaba desconcertado.

-Sila, deberías saber que no hay forma de llegar de un templo hasta aquí, sin pasar por el tuyo, salvo para nosotros. Un camino de agua nos ha traído hasta aquí.- volvió a responder Exeo. En ese preciso momento apareció Udián caminando por un sendero de agua. Por fin ya estaban los cinco en el primer torreón.

-¿Has visto? No te mentía, amigo. Tú eres el único que no tiene una vía acuosa.- Cambiando de tema, el caballero del deseo sugirió que fueran al segundo torreón, no era buena idea hacer esperar a Egaria. Su furia era bien conocida por los guerreros.

-¡Pero aquí no hay ni puerta ni sendero que lleve más adelante!- Agni no sabía que hacer. Se puso a buscar como un loco por si veía una salida aunque fuese como la que le había traído desde su palacete. Tras mucho mirar, se quedó observando fijamente la pequeña cascada que caía justo en el centro de la estancia, desde la cual se dividían los dos riachuelos que en el torreón había. Por el contrario, en aquel preciso instante, Sila incitaba a sus compañeros para que miraran al exterior y así pudieran ver el gran torrente que les envolvía. Cabía destacar que al menos esa sala del primer torreón, la principal, también sostenía el techo con columnas entre las cuales, al igual que en el pasillo que la precedía, había una barandilla, solo que esta vez no era pétrea: Toda la estancia estaba acabada en un mármol verdoso con tintes azulados que lo manchaban matizándolo en multicolor.

-¡Hey, aquí!- Agni llamó la atención de todos sus amigos. -Creo que he encontrado la salida…-

-¿Dónde?- Preguntó Letheus mientras miraba a todos lados. -Es esta pequeña cascada que viene desde el techo. ¿Os dais cuenta de que no es posible que el agua salga de arriba como si nada? Eso debe ser una ilusión.- Rápidamente, de nuevo, Letheus se acercó al agua que caía. Su poder era el de las ilusiones y podía comprobarlo fácilmente. Tras tocar el líquido con su mano, se quedó pensativo. -Efectivamente. El techo el una ilusión, o al menos, justo esta parte.- El caballero de armadura negra que recién habló se metió bajo el agua. Una vez mojado por el fluido, se decidió a saltar. Como él esperaba, desapareció al tocar la cima de la estancia, que estaba mucho más alta de lo que imaginaban. Los demás caballeros se miraron entre sí estupefactos.

-¿Creéis que todos los templos del santuario de nuestro señor están regidos por la misma lógica? Yo he visto cosas raras en el mío…- Udián se notaba alucinado porque jamás había visto tanta magia. -Deberíamos seguirle.- sugirió Sila.

Los muchachos se organizaron bajo la miniaturizada catarata y con ansias, saltaron. En apenas un par de segundos, notaron un fugaz vértigo y dieron a parar a una gran estancia rectangular con vistas a todo el lugar desde tres de sus lados, en el único que había muro erigido, esperaba Letheus al lado de una puerta.

-Habéis tardado mucho.- Se veía impaciente. Los demás se le acercaron a un paso relajado. El observador Udián se quedó mirando detenidamente por el camino. -Así que este pequeño afluyente va a parar a la primera torre…- Se dio la vuelta. -¿Os habéis dado cuenta que el mármol de esta sala es azul con tintes verdes? Es todo lo contrario que antes… Además¿no es aquello que se ve la primera…?- Todos coincidieron con él. El lugar era realmente extraño.

-Egaria nos está esperando tras esta puerta.- El oscuro Letheus insistió en que se apresurasen mientras usaba su fuerza para abrir la puerta. Tras hacerlo, se encontró con unas escaleras que parecían no tener fin. Todo el grupo las tomó. Por el contrario al primer pasillo, este estaba totalmente cerrado. Finalmente, vieron otro gran recibidor.

El viento se oía viajar de un lugar a otro. La gran catarata que se veía envolver la primera y la segunda torre estaba tan cerca que desde los balcones, que eran gemelos a los de éstas, parecía tocar a todo aquél que se acercara a ver hasta donde llegaba a caer el agua. El mármol en esta ocasión era rojizo, con matices oscuros. Desde donde habían entrado los poderosos védicos se veían los dos miradores que mostraban la terrible caída del fluido a los lados, y al frente, una enorme pared que se extendía hasta la esquina donde comenzaban éstos. En la pared, tres puertas. Una central más grande y ornamentada. A los laterales derecho e izquierdo, las otras eran igualmente bellas, pero menos elaboradas. El suelo, sin embargo, era casi igual de galán que la más hermosa de las diosas. Su tono grisáceo giraba y giraba, se fundía con los matices más claros y oscuros, que a su vez eran iluminados por el sol, que se reflejaba y casi bailaba sobre la capa de agua que lo cubría. Por supuesto, la capa de líquido era provocada por el salpicar constante y abundante de los grandes rápidos, y se iba renovando mientras caía por los bordes de los balcones. En el centro de la estancia, había una mujer que esperaba a todos los guerreros.

Caminando por la húmeda y resbaladiza capa cristalina hasta el centro de la habitación, los cinco védicos llegaron a donde Egaria estaba. La mujer aparentaba tener sobre veinticinco años, y su larga cabellera rojiza, acariciaba tenuemente la parte más baja de su espalda. Desde sus anchas caderas, pasando por su esbelta cintura y sus nada envidiables senos, una túnica ceñida de color albo cubría su cuerpo, trasparentándolo todo debido a que estaba totalmente mojada. Sus carnosos y rosados labios se abrieron: -Caballeros, estoy encantada de veros.- Todos respiraron en silencio. En pocos segundos, sus mayas ya estaban totalmente humedecidas por la casi lluvia que en el interior de la sala había.

-Como ya sabéis, aún queda al menos una encarnación de los dioses en este planeta. Un impedimento para nuestro señor Soma…- La voz de la mujer era tremendamente grave y entonada autoritariamente. -Dos caballeros derrotaron a uno de mis discípulos, Claud de Hantu.- La dama miró a Letheus, que acababa de hablar. -¿No tenéis otro discípulo llamado Meises? Él ocupará la tercera atalaya.- Su orden fue tajante. Era sabido de todos que el poder de una furia como era Egaria no podía ser castigado, y no por su condición de semi-diosa, sino porque sus palabras eran guiadas en sueños por el todopoderoso Soma. -Como usted diga.- El castaño acató la orden.

-Como sabéis, nos hemos reunido en este lugar para hablar sobre la supuesta persona que está asumiendo el papel de un dios fuera de nuestro santuario.-

-¿Sabe de quién se trata?- cuestionó Exeo, cuya armadura azulada reflejaba la luz provinente del exterior. -Tenéis un nuevo compañero, o al menos es lo que él pretende.-

-¿Dónde está? preguntó Agni alegre sabiendo que en esta ocasión el sería el protector y no el protegido. La bella dona chasqueó sus dedos sin tan siquiera esforzarse por alzar el brazo. De repente, del agua se formó una silueta varonil a su lado. A los pocos segundos, se acabó de constituir el cuerpo de un hombre cuya armadura era rojiza. Su coraza mostraba los cuatro signos que constituían la naturaleza: no era difícil adivinar cuáles eran sus habilidades tras la demostración y el grabado de la armadura. El tipo en cuestión lucía una cabellera tan oscura como la de Sila, pero en esta ocasión, tan corta que no había mechón que bajara más de su cuello. El nuevo aliado de los védicos les analizó con la mirada.

Egaria, no soportando quedar en segundo plano, avanzó un sonante paso quedando por delante del nuevo. -Os presento a Tadeus, el que ha elegido nuestro señor para ocupar el papel del sexto caballero védico.-

-Encantado de tener unos compañeros como vosotros.- Las palabras del rojizo no sonaban sinceras, y por unos momentos, la unión establecida entre los cinco guerreros de Soma pareció tambalearse. Ellos no tuvieron una primera impresión demasiado positiva.

-Igualmente.- Respondió Sila frío. Su mirada buscaba algo en Tadeus, probablemente desconocido. En cualquier caso, el que había hablado sabía que no debía temer nada de éste puesto que tomaba su propio poder incluso más alto que el de la semi-diosa. Letheus lo sabía, y lo único que hizo fue sonreír con levedad al nuevo. Udián hizo un gesto a Agni que sólo ambos comprendieron. Por su parte, Exeo ni se inmutó. Se notaba a distancia que no le gustaba la turbia aura del pelicorto.

-Habladle del juramento de lealtad.- ordenó Egaria. El caballero no se mostró sorprendido ante el concepto. Agni se fue a solas con el futuro protector de Soma.

Cuando la mujer de ropa mojada estaba con el resto de caballeros, les miró atentamente.

-¿Por qué este tipo tan sospechoso ha sido elegido por nuestro señor?- Habló Udián, el dorado. -Por el sencillo motivo de que él ha convivido con nuestro enemigo por más de tres años.- Todos se quedaron sorprendidos. -¿Luego él sabe quién es nuestro enemigo?-

-La Diosa Atenea.- respondió Egaria. -¡Ha traicionado a una Diosa!- Letheus estaba sorprendido. -Su santuario está en las inmediaciones de Atenas.- la mujer seguía hablando.

-¿Desde cuándo lo sabe?- el guerrero de coraza negra se sulfuró. -Dos días.-

-¿Y los que mataron a Claud fueron sus caballeros?-

-Eso creemos… Alguien con un vínculo especial hacia Tadeus…- Al unísono de sus palabras, la malicia de su tono se hacía notar. -Nuestro señor levantará de su descanso tan pronto como las lágrimas de la luna le reconozcan.- añadió.

-¿Dónde tendrá cabida la ceremonia?- Sila buscaba una respuesta, aunque lo podía imaginar. Cuando Egaria se giró y señaló la torre más alta del cielo que se veía desde la sala, un escalofrío recorrió su cuerpo de rosada vestimenta. -La cuarta torre…- la voz se apagó. Al fin, tras tantos años, vería el cuerpo del dios que le acogió en su seno. Lo mismo ocurrió con el resto de guerreros mientras miraban la imponente estructura.

-Un lugar creado mágicamente por nuestro señor.- La elegante dama siguió hablando tras que Agni y Tadeus abandonaran la estancia en pos de alcanzar la cueva del elixir.

Comenzó a hacer más frío de lo que era habitual. El ambiente quería librar su furia. Se podía oler el perfume amargo de un ritual ancestral. Egaria caminó hasta donde la puerta estaba. Con otro de sus chasquidos, se abrió formando un estruendo que habría sido mayor de no haber estado el suelo húmedo. Se podían ver unas tenebrosas escaleras que arrastraban el fluido, o al menos una parte de él hasta esta sala de la segunda torre. Tanto Sila como Letheus, Exeo y Udián siguieron a la dama por el camino a la siguiente estructura.

Conforme iban subiendo, costaba más trabajo respirar. Era como si estuvieran subiendo más altura de la que realmente debían. El caballero rubio se paró y miró a Egaria.

-¿Por qué hay más agua cuanto más subimos?-

-No es agua normal la que fluye por aquí. Su función es limpiar el alma de aquél que la toque. ¿No os habéis sentido todo este rato más ligeros?- Por el tono en que hablaba, la mujer debía detestar dar explicaciones. -Ahora que lo dices es cierto.- Udián había pasado por alto justo el primer detalle que su amanerado compañero notó nada más pisar el líquido.

Tras el último peldaño, el tercer torreón se podía ver en todo su esplendor, y era aún más bello que los otros dos. El suelo se fundía tras giros y giros de grabados tribales azules en un precioso planisferio circular esculpido en el propio suelo en colores marino y gris. La parte más estática del suelo era rojiza, y las vetas de todo aquel mármol sólo se preocupaban de tintarlo más oscuro que las zonas no vetadas. El gran salón de forma circular sólo mostraba una techumbre sáxea hasta la mitad más próxima a las escaleras que le precedían. El lado que no presentaba techumbre era azotado por la lluvia que limpiaba el alma y permitía ver el paisaje, cada vez más surrealista. Desde el tercer torreón, aparte de las enormes cataratas, se podía ver el cielo, que estaba teñido en una miscelánea de colores suaves. Al fondo de la estancia, una silueta miraba juguetona los paisajes de idilio que la altura brindaba. Aunque todos los caballeros se quedaron mirando, sólo uno de ellos pudo poner nombre a la sombra. Una voz pronunció su nombre: -¡Alecto!- pero no fue precisamente Sila el que lo hizo.

La jovencita jugaba balanceándose sobre la baranda que como hasta el momento, unía una columna con otra de las muchas que allí había. Sus brazos, a pesar de estar haciendo fuerza para evitar que se desequilibrara se mostraban delicados y delgados. Una túnica, aún si cabe más empapada que la de su hermana Egaria cubría el cuerpo de la niña en un color rosado. Por culpa de la delgada prenda tan sólo se podían apreciar a excepción de los desnudos bracitos, una parte de los tobillos, y sus pies, que vestían un tipo de sandalia negra y se ataban entrelazándose por encima de la parte que el vestido dejaba ver. Su rostro, nada más oír la llamada de la imponente mujer se desvió del horizonte para mirarla a ella. Su cabello negro estaba completamente mojado, y dinámico, se disponía a posarse pesado sobre sus hombros sin dejar adivinar si era liso u ondulado. La palidez de la tez de Erinia era tal que sus ojos, ya a distancia resaltaban su color verdoso como la esmeralda más bella del mundo, pero su sonrisa no tenía semejante. Tan alegre estaba que tras sus delgados y rosáceos labios dejaba ver una parte de sus paletas que parecían enfermas por su color marfil casi totalmente blanco.

-¿Qué quieres, hermana?- Alecto usó su delicada voz una vez que estaba ya junto a ella entre los caballeros védicos. -Como ya sabes, el señor Soma despertará en breve de su letargo.- La diferencia de tonos, de cuerpo y de personalidad era tan distinta entre ellas que parecía mentira que realmente guardaran un vínculo de sangre.

-Así es¿qué debo hacer?-

-Preocúpate por avisar a Tisífone. Después quiero que subas a los aposentos de Soma con ella. Vestíos con los atuendos ceremoniales, no lo olvidéis.-

-Así será.- Tras la respuesta afirmativa de la pequeña, ordeno a Sila que la acompañara mientras revelaba una sonrisa sagaz. Sin esperar a que el caballero de armadura rosada protestara, Egaria continuó andando y guiando a los demás guerreros. Simétricas, un poco más lejos de donde el techo se acababa, tras las tres pilastras que lo sustentaban, se podían apreciar dos escaleras cristalinas que tocaban el cielo con sus peldaños traslúcidos. En dos minutos escasos, tan solo quedaban en la estancia Sila y la pequeña Erinia.

Se escuchaban con claridad las corrientes de aire que azotaban el lugar. En la tercera torre, la temperatura debía ser más baja, porque el caballero del deseo notaba los efectos de las ventiscas en su propia piel.

-¿No tienes frío?- preguntó a la chiquilla. -No. El frío no es algo que nosotras tres sintamos. Tampoco el calor.- añadió. -¿Tú sí?-

-Sólo un poquito…- Sus palabras sonaron mientras eran guiadas por el vaho. -Deberíamos ir a buscar a tu hermana.-

Los dos comenzaron a descender por las escaleras que llevaban a esa tercera cúspide. -¿Sabes por qué Egaria me ha dejado ir contigo…?-

-No lo sé, pero a mí me parece bien. El caso es que esta mañana se dio cuenta que no había estado en mi habitación.-

-¿Sabe que estuviste en mi palacio?- Sila mostró preocupación. Tan sólo le acarrearía problemas el que una de las tres furias supiera que había entablado amistad con Erinia. Cuando llegaron a la segunda torre. Estaba todo paralizado.

-¿Qué pasa aquí?- El viento ya no corría por la estancia y se podía apreciar una cosmoenergía bastante grande por el lugar. Su olor era desagradable, puesto que parecía ser encendido por la propia muerte. Un resplandor dorado desvió la mirada de Sila.

-¡Quién eres tú?-

-Así que lo que me dijo mi buen compañero era cierto…- La voz del enigmático personaje que se ubicaba en un lateral de la estancia estaba rota. Era totalmente aguda. El tipo en cuestión vestía una armadura dorada, con marcas azules en su coraza. Tras su brillante armadura, se ocultaba el cuerpo de un hombre, que tras unas mayas azules, debía oscilar entre unos veinticinco años. Su cabello también era azulado, aunque mucho más oscuro que su ropa.

-¿Cómo has llegado hasta aquí?- Sila alzó su guardia. -Tan sencillo como seguir el rastro de las estrellas fugaces.- El extraño enemigo del védico se presentó como Máscara de Muerte, pero no añadió ningún dato más salvo el nombre del compañero que mencionó por primera vez la estrella fugar que había sido vista a primera hora de la mañana.

-¿Qué tenemos aquí? Un santuario que al parecer, ocupa toda una montaña… menos mal que he podido llegar hasta aquí sin tener que acabar con ninguno de tus compañeros.- El caballero de Cáncer era tan presuntuoso como siempre. -Deberías marcharte, no me gustaría tener que matarte…- El guerrero del deseo se puso serio. -Sin embargo, compañero, no lo haré. ¡Acabaré contigo y con quien se oponga en mi camino!- Sin saber por qué estaba Máscara mortal allí, Sila se concentró. Aunque su oponente hubiera cedido a marcharse, el védico no habría podido dejarle ir. Él ya había visto demasiado e incluso podía meter las narices donde no debiera. Ahora caía en por qué Egaria le mandó acompañar a su hermana.

-Erinia, tú ve a avisar a tu hermana. No salgáis de su habitación hasta que no vaya yo a por vosotras.- Ambos lo sabían. El enfrentamiento era inminente…