Parte 5: Dioses, furia y miseria
La puerta que había tras Sila se cerró. Erinia ya estaba a salvo… La muchacha ya debía estar corriendo por los inmensos corredores de la segunda torre. El caballero del deseo estaba frente al guerrero aliado de la diosa Atenea, cuyos propósitos no eran otros que los de la propia curiosidad. Ignorando su identidad, Sila le cuestionó.
-¿A quién sirves?-
-Creo que eso debería preguntártelo yo a ti.- Tras la risotada de Máscara de Muerte, dio un par de pasos sin bajar su guardia.-Después de todo, tú debes ser un guardián de este sitio.- Cáncer analizó a su futuro adversario: su objetivo no era otro que derrotarle, aunque sabía que tras descubrir un santuario como ese su misión debía ser la de informar.
-Como ya te dije antes, soy Máscara mortal de Cáncer.- Finalmente, se puso en guardia.
-Caballero védico de soma, soy Sila, custodio del deseo y la apetencia sexual.- La voz de Sila tomó un ápice de seriedad.
Sin más explicaciones, el caballero dorado saltó por encima de su oponente, el cual se retiró sin esfuerzo. Máscara mortal continuó atacando con sus rápidos golpes, pero ninguno encajó en el poderoso védico, que como el viento los huía todos. Alzando su puño, lo hundió en pleno estomago del sádico intruso, pero se dio cuenta de algo desagradable a la vez que encajaba en pleno pecho la patada que su enemigo le lanzó para escaparse de él dando una voltereta hacia atrás. Sila chocó de espaldas contra el encharcado suelo y no se hizo demasiado daño por su armadura. Al levantar, se dio cuenta que el golpe que dio no tuvo ni un poquito de su poder real.
-¿Acaso, caballero intruso, me has hechizado?-
-¿Ese es todo tu poder?- Máscara mortal comenzó a reír sonoramente. -Si es así, no me vas a divertir mucho.- La respuesta que el védico obtuvo sirvió para que notara que su enemigo no tenía ni idea de la real potencia que tenía y no podía usar.
Levantando casi sin esfuerzo, Sila alzó a Cáncer del suelo con su temblor aéreo, y casi cuando iba a recibir las destructoras ráfagas el dorado, cayó.
-Maldición… No puedo usar mi poder…- A pesar de todo, el amanerado caballero trató de mantener su sangre fría, aunque cuando vio que la escasa velocidad que ofrecía su adversario bastaba para sorprenderle, comprendió que alguien estaba reteniendo su cosmoenergía.
-¡Maldita sea!- Tras el quejido, como por arte de magia, Cáncer golpeó la frente de Sila, el cual se desequilibró sólo para recibir otro golpe en sus piernas que acabó por precipitarle al suelo. Una vez mojada su cara, pudo ver que estaba herido mientras pensaba todo el tiempo que llevaba sin ver su propia sangre. Tenía una pequeña brecha en su cabeza, que aunque no muy peligrosa, brotaba ese líquido que tanto hipnotizaba al védico cuando no era suyo. La impotencia se empezaba a introducir en sus sentimientos mientras Máscara mortal alzaba su brazo derecho.
-¡Feliz viaje al infierno!- Con un gesto cruel acabó su intervención, mientras alzaba su voz.
-¡Ondas del Hades, ondas infernales!-
Un trueno que se movía en forma de espiral iba a estrellarse contra el cuerpo del caballero local que consiguió moverse un poco, recibiendo el impacto en su hombro. Afortunadamente, no notó los efectos del mismo gracias a su resistente armadura rosada, la cual se agrietó un poquito.
En el instante en que Sila volvió a ponerse de pie, notó que todo le daba vueltas. No sólo controlaban su cosmoenergía, sino que le estaban drenando poco a poco su vida. A los segundos de descansar mientras Máscara mortal reía, la puerta por donde había entrado Erinia se volvió a abrir. La pequeña estaba detrás de su hermana, a la que intentaba detener agarrándola por su vestido.
-¡Hermana, el señor Sila nos ha dicho que esperemos! ¡No podemos ignorarle!- A pesar de ello, la mujer, no tan alta como Egaria, aunque sí más bella se postró en mitad de la estancia.
-Os… os dije que… me esperarais.- La voz del védico estaba algo gastada. La pequeña Erinia observó perpleja cómo el que para ella era su caballero sangraba por la frente. No pudo evitar soltar una lágrima cuando notó lo que debía estar sintiendo Sila.
-No os preocupéis… a… acabaré con él.- Máscara mortal se regocijaba de su supuesta fortaleza carcajeándose de las palabras del védico. Euralia se opuso. No podía permitir que uno de sus caballeros sufriera. Cuando la chica comenzó a liberar su terrible poder, una voz la detuvo.
-¡No! ¡He dicho que este es mío!- Sila ya no mostraba esos rasgos amanerados que siempre traía consigo, y su aparente serenidad se había hundido tanto como para que le costara mantenerse en pie.
-Sila… por favor…- La asustada voz de Erinia, mirándole mientras daba la espalda a Cáncer le hizo notar un calor por dentro. El caballero del deseo abrió sus ojos, se dio media vuelta y clavó su mirada en el pecho del dorado. Cerrando su puño, se lanzó al ataque con su velocidad habitual y sin ningún bloqueo de energía. Cuando impactó en la coraza de Máscara de Muerte, saltó volando unos metros hacia atrás a causa del impacto. -Ahora sabrás de lo que soy capaz sin nadie que bloquee mi energía.- Los labios del caballero se colorearon en un azul oscuro y su piel palideció hasta el blanco. Emanando un aura tan alba como su tez gritó. -¡Aura invernal! Tras el conjuro, el líquido que bañaba el suelo de la estancia, se congeló reteniendo los pies del dorado. Seguidamente, una lluvia de gotas congeladas mas las del ataque, aún más solidificadas y afiladas fueron cortando a su oponente, que emitiendo gritos de dolor, sufrimiento y agonía cayó sobre los pocos fragmentos que se despidieron de su armadura. El ataque no había acabado hasta que la zona del suelo congelada explotó en mil pedazos sobre el cuerpo del zodiacal guerrero, que no tuvo tiempo ni de mostrar su cosmoenergía. Yacía sobre el suelo inconsciente sin saber qué vendría a continuación.
Todo volvía a la normalidad, hasta los rasgos del victorioso. -Lo siento, alguien manipuló mi poder.- Secando la sangre de su frente, Sila miró a sus protegidas. Debemos encaminarnos a la cuarta torre, ya casi es la hora. La pequeña Erinia le impidió avanzar por unos instantes para abrazarle. Lo había pasado muy mal al verle herido cuando su hermana mayor irrumpió en la sala. -Gracias, Erinia. Tú encendiste mi cosmos…- añadió el védico mientras correspondía el abrazo. La bella Euralia no asimilaba la explosión de energía que acababa de ver, pero todavía era peor cuando pensó en que aquello no era ni mucho menos el séptimo sentido liberado en el caballero. Por unos segundos, se había estremecido toda la imponente estructura.
Era casi por la tarde, y en el santuario alguien se movía raudo en las proximidades de la quinta casa, la de Leo. Milo entró corriendo a toda prisa seguido del todavía maltrecho Cletus.
-¡Aioria! ¿Dónde está Máscara mortal?- El tono de Escorpio era aparte de agotado, preocupante. Volvió a repetir su pregunta reiterando el nombre del desaparecido. -¡En su casa no hay guardián!- Finalmente, la silueta de un hombre alto y fuerte apareció.
-Me alegra ver que hayáis vuelto sanos, pero os habéis retrasado.-
-Se nos olvidó rescatar a alguien tras derrotar al caballero que allí había y tuvimos que volver.- Cletus fue sincero. -¡Hey! Era nuestro secreto…- Milo se decepcionó, pero volvió a preguntar por Cáncer.
-Unas horas tras vuestra marcha, el caballero desapareció sin dejar rastro…-
-Me pareció percibir antes una energía terrible y he pensado que Máscara mortal podía haber tenido problemas…- Milo estaba realmente preocupado por su compañero, aunque nunca se habían llevado muy bien.
-Tranquilo amigo. En caso de que le haya pasado algo, me ocuparé yo mismo.- Ambos sospechaban de que había un gran problema, sin embargo, le había tocado a Leo guardar la calma. -Le encontraremos.-
-No habría razón de preocuparse así si no hubiera ningún problema.- Una voz distinta y muy varonil resonó entre los muros de la agobiante casa del León. Tras unos segundos apareció Saga, el poderoso caballero de Géminis, que lucía una armadura más brillante que nunca.
-Estoy de acuerdo.- Milo sentía lo que su compañero de la tercera casa. Entre los dos, consiguieron convencer a Aioria, que comentó algo sobre Camus.
-¿No recordáis cuando Camus habló de la estrella que había visto en el horizonte?- Ambos oyentes asintieron al unísono uno con su voz y otro agitando su cabeza. -Creo que nuestro compañero partió a ver de qué se trataba, pero no pidió consentimiento a nadie.-
-Tras abandonar la casa de géminis, pude sentir que un cosmos muy parecido al de Máscara mortal desaparecía. Imagina cuál no fue mi sorpresa al ver que no estaba en su casa…- Milo explicaba a sus compañeros el presentimiento que tenía. Saga ubicándose entre todos sus compañeros, comenzó a hablar. -Todos sabemos lo que a ese estúpido maníaco le encanta meter las narices donde no le llaman. Deberíamos avisar a Atenea, ¿no?- Tras la oportunidad que había concedido Zeus a los caballeros dorados de revivir, Saga se había convertido en el más devoto de todos los santos. Sin perder tiempo se encaminó hacia los aposentos de la diosa.
No llevaba el guerrero de Géminis más de diez metros recorridos cuando la tierra comenzó a temblar enérgicamente. Cletus perdió el equilibrio y cayó a los brazos de un Aioria que impidió que se golpease contra el suelo. Con un poco de ayuda, todos mantuvieron el equilibrio durante aquel minuto infernal. Tras el enorme seísmo, todo quedó en silencio, susurrante mensajero del pánico que se podía tocar entre los muros del santuario.
-¿No crees que aquí pasa algo?- Aioria se dirigió al que falsificó su apariencia por la del viejo patriarca en el pasado. Saga le miró profundamente. -¡Acompañadme hasta los aposentos de la diosa!- Los cuatro aliados de la justicia corrieron rumbo a la casa de Virgo.
En las montañas del Parnaso, todo se seguía moviendo. Sila seguía subiendo escaleras junto a Erinia y Euralia. Sin parar de correr, y con esfuerzo pues estaba cansado, hablaba a la mayor de las hermanas. -¿Este temblor significa algo?- La joven acompañante tenía un brillo especial en sus ojos. -El último caballero védico ha sido reconocido. El cuarto torreón se está terminando de formar sólo para complacer a nuestro señor Soma.- El védico sentía una especie de temor por el dios. Nunca había visto ni tan sólo su cuerpo. Sin embargo, sabía que su poder era más que equiparable a su cosmoenergía máxima. Mientras pisaba suelo de la tercera torre, se detuvo en seco.
-¿Pasa algo, Sila?- Alecto veía más raro de lo normal al guerrero. -Tranquila, es sólo que creo que algo no va bien…-
-¿Por?- Tisífone no pudo aguantar la curiosidad. -Dime, tú que debes saber más que yo. ¿Qué pasó realmente con Soma y los dioses del Olimpo?-
-Tú lo sabes, le sellaron…- A pesar de que esa era la misma versión que Sila había escuchado, no estaba conforme. Si era así, ¿por qué se podía oler el odio antes incluso de que su señor renaciera? Cuando el caballero cuestionó con eso a la semi-diosa, ella no hizo otra cosa que suspirar. -Alecto, camina tú sola hasta el cuarto torreón. Aún debe faltar hasta el cambio.- La niña sin reprochar subió las escaleras de cristal que no se sustentaban sino en el aire para llegar al lugar donde renacería el dios. Ahora Sila y Euralia estaban solos.
El caballero rosado mostró su espalda a la chica. Aquél día no se había puesto capa. y no se arrepintió de ello por algo que sólo él pensaba.
-¿Por qué dudas ahora de Soma?-
-¡No estoy dudando de Soma! ¡Sólo digo que todo esto es muy extraño! Sila estaba furioso en el centro de aquella estancia circular. Mechas de su cabello le tapaban la cara. -Explícame tus sospechas…- Parpadeando varias veces, Sila miró a la chica y abrió su boca para hablar.
-Me resulta terriblemente raro que me manden a acompañar a tu hermana y aparezca un caballero que casi me derrota después de que alguien retuviera mi cosmoenergía. Me resulta raro que justo cuando el guerrero cae inconsciente, aparezca Exeo y se lo lleve a su palacete y lo que se lleva la palma de todo esto es que… haya un ambiente tan lleno de furia y odio justo antes de que despierte Soma cuando se supone que este lugar debería estar cargado de buenas vibraciones.- El caballero se relajó mientras criticaba sus dudas. Tras eso, siguió hablando. -¿Qué ocultáis vosotras las furias?- La bella Euralia abrazó a Sila. -No dudes, tú sabes que si pasara algo, serías el primero en saberlo, al menos por mi parte…- El aliado del dormido dios siempre se había calmado en los brazos de aquella mujer y aquella vez no fue la excepción. -Perdona…-
Todo estaba más calmado ahora que Sila tenía donde apoyar su cabeza. Como era habitual, la segunda dama de Soma, guardiana de la primera torre en la que no estaban olía a aquello que siempre había encandilado al amanerado guerrero: a flores.
-Siento que el guerrero visitante te haya sorprendido así. Tendrías que haber visto como entró mi dulce hermanita a donde yo estaba.- El védico sólo escuchaba sin separarse de los brazos de la furia. -Creo que ella te quiere.- Al oír esas palabras, Sila comenzó a sentirse incómodo. Había algo que no deseaba que nadie notase. Euralia, le susurró unas palabras al oído.
-Sin embargo, mi amor, yo sé que tú sólo me amas a mí.- Tras acabar de hablar, besó a su compañero con ternura, a pesar de que ella no recibió nada a cambio.
Los labios del guerrero habían sido besados por tantas damas seducidas por su encanto que no le extrañó nada oír que Erinia también le amaba. No en vano era caballero del deseo, pero esta vez, él no deseaba volver a pasar un mal trago. En todo el santuario de Soma se comentaba la oscura historia de la vida de Sila desde el momento en que llegó. Desde entonces habían pasado ya siete años y algo más. El guerrero no quería recordar aunque le era imposible.
-¿Te encuentras bien?- Euralia estaba preocupada por su hombre. Se alejó unos pasos del védico.
Los ojos del apuesto joven la miraron y no pudieron ver otra cosa que una mujer por la cual se sentía atraído. Siempre le habían gustado las chicas de pelo rubio y ojos claros, además, el cuerpo de esta era justo como el de sus idilios. Curvas tenues pero no desapercibidas, daban forma a su silueta. El caballero contuvo el arrebato que pasó por su cuerpo tras el beso de la muchacha. Cuando acabó de tranquilizarse, ambos siguieron los pasos que la pequeña Erinia había tomado minutos antes. El poderoso luchador pensó irónicamente en la única de las tres hermanas que no le había besado. Confiaba en su secreto…
En la cúspide del último torreón nada era normal. Erinia se acercó sin hacer ruido a su hermana mayor. Egaria acarició la cara de la pequeña con la palma de su mano.
Los caballeros védicos estaban alejados de las escaleras de cristal, en la última parte de la surrealista estancia, que, a diferencia de las otras, presentaba una planta rectangular con cuatro rellanos. Había que subir un pequeño rastro de escaleras para llegar de uno a otro, hasta que finalmente, se accedía a la parte honda: los aposentos de Soma.
El lugar estaba cerrado por muros de mármol coloreado por betas arco iris, y en el fondo de la estancia, un inmenso balcón ocupaba uno de los lados de la estructura rectangular. El suelo presentaba un aspecto cálido, bañado también por colores suaves que se entremezclaban entre sí para formar imágenes de hombres y mujeres. Si bien el techo, abovedado en todo su esplendor estaba sustentado por columnas verde esmeralda, casi en el último cuarto del mismo, una inmensa cúpula mostraba su esplendor con infinidad de pinturas mitológicas. Ninguno de los retratos era normal. Todos y cada uno de ellos estaban hechos para degradar a los dioses legendarios.
Bajo la cúpula, un lecho adornado con toda clase de flores y sábanas rojizas abrigaba un cuerpo que de pálido parecía inerte. En la inmensidad de la sala, un grupo de asientos que parecían sacados de una catedral cristiana daban un toque siniestro. Los guerreros del dormido dios meditaban sentados, aunque había huecos para los que aún no estaban presentes. Las semidiosas se acercaron al reducido grupo. Letheus recordó que su buen amigo había partido con Erinia y no estaba ahora con ella. No pudo evitar la pregunta.
-¿Dónde está Sila?- Si por algo no se pudo callar el castaño era por que antes había sentido el cosmos de un guerrero. -Sila vendrá pronto.- Respondió la hermana mayor sin dejar hablar a Alecto. -No os debéis preocupar por él, ha demostrado ser muy fuerte…- añadió. La tarde estaba cayendo y también se retrasaban Tadeus y Agni.
No pasaron más de dos minutos desde que todo había quedado en silencio cuando apareció el sutil Sila con Egaria. Sin saludar ni hablar, tomó asiento junto a Letheus. Parecía algo cansado, pero era normal después de los sustos que se había llevado. Mientras esperaba a sus dos últimos compañeros, comenzó a pensar… Su cabeza no hacía más que preocuparse por lo que pasaría después de que su señor despertara. Al menos lo que había sentido de él no le agradó en absoluto.
Una rotunda voz rompió la calma: -¡Aquí está el último caballero védico!- Todos se giraron. La voz la había dado Tadeus, que acompañaba a un maltrecho aunque sonriente Agni. Ya estaban los seis, y sólo les quedaba comenzar el viejo ritual que según Egaria, despertaría al dios de su ya largo sueño. Cuando todo comenzó, el véspero ya alumbraba el cielo, que perdía sus últimas pinceladas añiles.
No demasiado lejos del cuarto torreón, un cuerpo herido estaba suspendido mediante un extraño tipo de hilos en el aire. Los hilos se aferraban duramente a dos columnas. Tras salir de su aturdimiento, pudo recordar la silueta del que le había tendido aquella trampa. Tras ser derrotado por Sila, alguien le había arrastrado hasta un oscuro y tenebroso palacete y le había amenazado con acabar con su vida si no accedía a su chantaje. Tras que máscara mortal forcejeara casi sin energía con aquellos finos, pero sólidos hilos recordó el consejo de quien lo había dejado allí. Según le había dicho, era mejor que no se moviera, puesto que el conjuro bajo el que estaba sometido actuaba con el movimiento desgarrando los órganos internos y lo que se le pusiera delante. Tratando de usar su cosmos, recibió una terrible descarga eléctrica. Se dio cuenta de que el ataque que le habían hecho era inexpugnable. Pensó en cómo mandar un aviso a sus dorados compañeros: Ahora ellos eran su última esperanza.
En el momento en que Cáncer volvió a decaer, un grupo de cosmoenergías terribles se empezó a notar. Todas estaban equilibradas, y eran incluso más potentes que la de los caballeros de Atenea. Una enormísima columna de luz blanca se elevaba al cielo, y desde donde estaba el secuestrado guerrero, lo pudo presenciar todo. Durante más de un minuto, los poderes de aquellas personas no cesaron, sino que aumentaron. Al cabo de un rato, aquello cesó para dejar de dar paso a otro seísmo. Aquello ya venía siendo habitual en el Santuario del Parnaso.
En el cuarto torreón, los seis caballeros védicos que rodeaban el lecho rojizo dejaron de emitir energía. Un aura tan alba como la inocencia de un niño envolvía al ser que dormía en la sala. Nadie percibía más que una presencia lejana como si alguien tratara de regresar en sí. Tanto los caballeros como las furias clavaron su mirada en aquella persona, que lentamente, abrió sus ojos dejando entrever un color extraño en su Iris. Nadie pudo describirlo. Jamás lo habían visto antes. Parecía todos, pero a la vez ninguno. En pocos segundos, un brillo profundo inundó su mirada, y se esbozó una sonrisa en su rostro. Aún estaba tumbado, pero los seis guerreros se arrodillaron ante él. Con la sutileza máxima, se incorporó hasta que sus desnudos pies rozaron el frío suelo.
-Al fin…- Un susurro estremeció a todos presentes. La voz de aquel dios sonaba tan delicada como imponente. Decidido, el dios levantó sin demora y caminó por delante de sus súbditos hasta poder mirar por el balcón de la estancia. Cuando Soma daba la espalda a todos, Agni levantó su mirada automáticamente para ver la silueta de su señor, tan alto y varonil como había pensado. De repente, un dolor de cabeza le hizo gritar desconsolado.
-Nadie te dijo que pudieras mirarme todavía…- La gracia de las palabras de Soma fue evidente. Tras que el caballero de verde armadura volviera a bajar la vista indignado, Egaria se acercó al dios con sus hermanas. Finalmente, el misterioso dejó ver su rostro con claridad y ordenó a sus guerreros que levantasen y le miraran.
-Soy vuestro dios, veneradme y adoradme. La más mínima de vuestras faltas acabará con vuestra vida, sin embargo, un éxito supondrá un premio para vosotros: la tranquilidad y la armonía…- Los rasgos del recién levantado no correspondían con su forma de hablar tan fría, refinada y prepotente.
La mirada del personaje era firme, aunque afeminada. Su tez parecía suave y ganaba en belleza incluso al mismísimo Adonis. Su cabello no era largo, aunque sí revoltoso ya que sus ondas se movían con el viento mostrando el rojo oscuro de su matiz. Nadie podía deducir su edad puesto que era inmortal. Sólo vestía con una toga blanca. A pesar de su pura beldad, emanaba maldad. Olía a terror. Aquello era lo que Sila se había estado temiendo… Un dios que podía partir el mismo cielo en dos con una de sus palabras.
-¿Dónde están mis damas?- Cuestionó la deidad que estaba siendo observada por todos. Egaria reaccionó y dejó a todos los que en la catedral estaban. Al parecer buscaba a alguien.
-Los palcos están bastante solitarios si no hay nadie que toque música para mí.- Soma miró a su élite de caballeros. Su mirada quedó detenida en el guerrero del deseo.
-¿Así que has sido atacado? ¿Cómo ha sucedido, Sila?-
-Me cogió por sorpresa. Además, alguien retuvo tu energía.- El joven hablaba con sumo respeto. -Sin embargo, ese alguien no era el caballero en sí.-
-Sila, tráeme a ese tipo. Es un guerrero de Atenea y algo me dice que podremos sacar provecho de la situación.- Sin más remedio, el muchacho de cabello negro comenzó a caminar a través de la estancia para bajar las escaleras de cristal.
Cuando se encontró en el tercer torreón se detuvo y miró por el gran balcón. De nuevo, estaba completamente mojado. Cerró sus ojos y recordó algo que le hizo mostrar un rostro melancólico y algo nostálgico. Mientras abría los ojos, dudó sobre el poder del dios. –Si realmente fuera un dios, sabría por qué soy su sirviente. Pero por otro lado, su poder es inconmensurable. No sé qué creer.-
El muchacho emprendió el camino. A cada paso que daba, un ardor interno se hacía presente. Sila no debía ser el caballero que era. Recordó uno de esos días lluviosos que tanto le gustaban:
Estaba caminando por el bosque cercano a la ciudad Parnase, en el cual se decía que una entidad mágica habitaba. Por aquel entonces no era más que un niño de unos doce años decidido a encontrar a la supuesta criatura. Decepcionado por otro fracaso y calado hasta los huesos, se tumbó en la hierba al lado de una pequeña laguna. Tras quedarse dormido, fue despertado por la caricia de alguien. Sila abrió sus ojos para ver una mujer bellisima de cabello plateado. No llevaba ropa, y sin embargo su cuerpo parecía estar cubierto de un tipo de resplandor blanquecino. La mujer no se presentó.
-¿Quién eres?- El niño se sorprendió por la presencia y el aura que emitía. La dama ayudó a Sila a levantar. -Tú, nacido de una musa, eres grande.- La voz entraba directamente en la cabeza del chico. -Algún día, recibirás el tesoro de alguien amado por ti, pero cuando llegue el momento, sufrirás como nunca antes lo habías hecho. He sido encomendada por alguien que no recuerdas para protegerte.- A pesar de no saber si podía ser escuchado, el muchachito preguntó por ese alguien con unos ojos llorosos. Estaba asustado. -Hijo de la más bella dama, tu poder no tendrá límites. Serás protegido por el deseo.- El espíritu del bosque abrazó a Sila y desapareció.
No habían pasado más de dos días desde aquello cuando el niño notó algo extraño en su interior. Le dolía el corazón al mirarla y sus ojos se volvían llorosos. Sabía que lo que comenzaba a sentir no podía ser sino un pecado mortal, pero no existía nada más para él que la catedral de sus anhelos: lo que llenaba de vida el pecho de aquella niña.
Despertando de su visión, ya estaba en el interior del palacete de Exeo y podía ver el cuerpo de un hombre. Debía ser el que le atacó por la mañana… Cuando estaba a un metro de él, notó la penetrante mirada del desconocido.
-Me han dicho que te lleve conmigo hasta la cúspide.- Sila trató de eliminar cualquier rasgo de humanidad. Con los ojos vacíos, y un par de movimientos, cortó los hilos que habían sostenido a Cáncer, que arremetió brutalmente contra el suelo.
El dorado levantó con la ayuda del que era su enemigo, pero no opuso ninguna resistencia. Estaba tremendamente cansado y sabía que en esas circunstancias no tenía posibilidades.
-¿A… a dónde dices que me llevas?
-Un poco más arriba de donde nos peleamos. ¿Recuerdas?- Como una nube de imágenes, Máscara mortal lo vio. Ya habían comenzado a andar. El guerrero preso lamentaba su intromisión en el lugar. Debía haber avisado a sus amigos.
Cuando llegaron a la torre primera, Euralia se acercó a ambos.
-Soma os espera junto a Agni.- La mirada de la chica era tierna, pero sólo dirigida hacia el más bello de los dos. El que había demostrado su valor antes. -¿Y sabes qué quiere?- Sila parecía algo escéptico. -Me da miedo ese hombre…- A pesar de que cargó el mensaje de ironía, cosa impropia en él, ocultaba la pura verdad. La chica se acercó para ver al herido Cáncer.
-Él no es un hombre, pero estoy de acuerdo contigo.- Centrando sus ojos el los del maltrecho aliado de Atenea, suspiró: -Este hombre no sabe lo que le espera. Creo que sería mejor que muriera.- Euralia dio un suspiro de frustración. Al igual que la pequeña Erinia, ella había crecido sin violencia y le resultaba doloroso ver el dolor de una forma tan próxima, sin embargo, el poder que ocultaba la furia no era en absoluto sutil. Tan sólo prefería no usarlo, aunque estuvo a punto de hacerlo cuando apareció el ahora medio muerto.
-Sila, quiero verte luego, aquí mismo…- Cerró sus ojos, y no pudo hacer lo que ella hubiera querido. -Hay algo que añoro de ti.- añadió.
Los caballeros continuaron su ascenso por las torres, y tras múltiples escaleras y zonas plagadas de viento y agua, de soledad y miedo, llegaron al cuarto torreón. Al fondo, una silueta tenebrosa rasgaba el horizonte. La noche había empezado a mostrar su esplendor.
-Al fin has llegado, Sila. Acércate con el infeliz.- Lo que más imponía del dios era su voz, que partió el silencio con el tono macabro de sus palabras. Cuando el guerrero de cabello negro llegó al transepto se detuvo, soltando delicadamente a su enemigo. Dando pasos lentos, pero firmes, se acercó a su compañero Agni, que estaba sentado en uno de los bancos que hacían parecer al extraño torreón una iglesia católica.
Sila no pudo evitar mirar arriba cuando oyó las delicadas voces de un coro de féminas. Todas y cada una de ellas envolvían la estancia con su voz aterciopelada desde los palcos que casi rozaban la bóveda de crucería. Soma se dio media vuelta. Lucía una toga negra decorada en el cuello con algo parecido al oro. El cabello del dios estaba ahora ordenado, pero seguía ondulado hasta el cuello. Estaba claro que en el tiempo que no había estado allí, el imponente misterioso había cambiado su imagen a la que debía tener el mismo día en que fue embrujado.
El dios se agachó con delicadeza y tocó con sus frías manos la cara de Máscara de la muerte. El brillo de sus ojos le hipnotizó.
-¿Dónde está el santuario de esa Atenea?- Cáncer no respondió. Aquello incentivó la ira de Soma, que le levantó con una sola mano, y sin hacer un movimiento más rápido que otro, lo lanzó por los aires. -¡Nadir creciente!- Tras el grito de Soma, una esfera de oscuridad retuvo al caballero en las alturas mientras parecía golpearle una y otra vez. Finalmente, quedó suspendido en el aire gracias a la telequinesia del pelirrojo, que aumentó la velocidad de caída contra el suelo para hacer que sus consecuencias fueran mayores. Tras el terrible impacto, Máscara mortal no se podía mover.
-Agni, arrástralo hasta aquí.- El védico obedeció y comenzó a moverle. El dorado iba dejando un hilo de sangre conforme cambiaba de posición. El caballero de armadura verde le dejó a los pies del dios, el cual pisó procurando no hacerle más daño su mano.
-Esto es lo que pasa a los que no desean que nuestra sociedad sea la reinante en el mundo.- La calma regresó a Soma, que movió su mano de forma que el moribundo pudiera ver el gesto. Los ojos del dorado se apagaron al igual que el brillo de su armadura. -Levantadle…- Los caballeros védicos le levantaron para que el dios le hablara.
-Dime ahora dónde está el santuario de esa Atenea. Sabes que no te puedes sublevar contra mí.- Aunque Cáncer no lo deseaba, las palabras le salieron de la boca de una forma casi automática.
-E… en las inmediaciones de Atenas, el santuario… cerca del coliseo… Uuugghhh…-
-Muy bien. Ahora ya sabes qué debes hacer. Quiero que ataques junto a Agni y Sila el santuario esta noche.- Tras el comentario, el corazón del delicado Sila se encogió de nervios.
-Señor, ¿sólo nosotros dos?-
-Así es. Contaréis con la ayuda de este desgraciado. Después de mi hechizo, podéis estar seguros de que no os traicionará-
-Señor Soma, nuestros enemigos serán numerosos. ¿Cuál es nuestro objetivo?- Agni presentó todos sus respetos con su sola forma de hablar, pero después, se dirigió con desprecio a Cáncer.
-Desgraciado, contesta a tu nuevo señor. ¿Cuántos caballeros de Atenea sois?-
-Tranquilo, Agni. El número de caballeros no importa. Como máximo tendréis que encarar a tipos como este. ¿Acaso, Sila, tuviste tú problemas?-
-De ninguna forma… señor.- Sila siguió hablando. -Pero le recuerdo que algo retuvo mi energía.-
-Imaginaciones tuyas, Sila. Llevaos a este inmundo servidor de lo soez con vosotros.- A pesar de que la armadura de Cáncer estaba agrietada y medio destrozada, Soma consiguió repararla poniendo su mano en una de las hombreras, además, el cuerpo del manipulado hombre borró sus heridas con el mismo conjuro. -Partid cuando la noche esté cerrada totalmente y herid a Atenea con el elixir. Supongo que ya sabéis qué pretendo…- Aunque ninguno comprendía demasiado bien las ideas del dios, los tres guerreros caminaron y se prepararon para lo que les esperaría en aquella misión.
Mientras tanto, Soma volvió a mirar por el balcón-ábside a la luna, casi tan grande que parecía poder ser tocada con la mano. Alzó su brazo para hacer como que la acariciaba.
-Finalmente, mi venganza será ejecutada. La vida más pura y bella que alguien pueda anhelar dejará de ser utópica tras que la última encarnación de los dioses en la tierra sea eliminada. Espero que pueda divertirme. El indudablemente todopoderoso caminó para sentarse en su nuevo trono dorado y se deleitó hasta el éxtasis con los cantos de las dulces mujeres que lucían sus voces.
