Parte 6: El asalto al santuario dormido
El tercer torreón mostraba una apariencia vacía y tenebrosa nada comparable a la que lucía por la mañana. Tras bajar hasta el segundo, que no parecía menos aterrador, Agni se paró delante de Sila y le miró con unos ojos de preocupación.
-Sila, hay algo que debes saber… Sé que no eres muy amigable, y que apenas nos conocemos, pero sé algo que te incumbe.- Sorprendido, el guerrero más afeminado respondió preocupado:
-¿Qué sucede?-
-No puedo hablar aquí, pero no te preocupes ahora. Cuando estemos en Atenas te lo diré. Veámonos en un par de horas en mi palacio. Yo me llevaré a este.- Sila aceptó con un nudo en el estómago. Cuando la sombra de su compañero védico se deshizo por un camino imaginario en el aire estaba solo y tenía miedo, pero no deseaba mostrarlo. En el fondo de su corazón sabía que algo iba mal, pero no sabía qué podía ser.
A pesar de todo lo malo, estando allí, bajo la oscuridad inmensa, se tumbó en el mismo suelo en que aquella mañana había peleado y se pudo relajar. A causa de las gotas de agua que sobrevolaban el sitio y del empapado suelo, en breves segundos ya estaba completamente mojado, aunque no le importaba. Su armadura le había abandonado el cuerpo al quedarse solo, por supuesto a voluntad suya. Ahora llevaba una camisa algo vieja y del mismo tono blancuzco que sus pantalones. Cerró sus ojos y se sintió adormilado. Casi estuvo cinco minutos con los párpados cerrados, pero cuando los abrió, se le paró el corazón del susto al ver una silueta a menos de un metro de él. Se trataba de la pequeña Erinia, que estaba de cuclillas observandole.
Tras el susto que le paralizó, el joven expulsó un suspiro y se quedó mirando a la chiquilla.
-No sabía si llamarle o avisar a mis hermanas, así que me quedé mirándole.-
-No deberías estar fuera tan tarde…- Sila regañó a la niña.
-Pero yo… no sabía que hacer y…- Los dos quedaron en silencio. Tan sólo el viento parecía cantar. Por el contrario de lo que podía parecer, no era un silencio incómodo, sino aliado. Un silencio que invitaba a permanecer en sus brazos. Nadie se movió, tanto Erinia como Sila se quedaron tal y como se habían visto. La niña agachada y el caballero tumbado. Tras varios minutos, Erinia se atrevió a susurrar.
-¿Qué le sucede?- La pequeña parecía extrañada de ver a Sila en aquellas condiciones.
-Desde esta mañana estoy algo… cansado.- Tras escuchar aquello la niña se levantó enérgicamente. Sila pudo ver como se le pegaba al cuerpo el vestidito que llevaba a causa de lo calada que estaba. Aún en la oscuridad, podía ver el color rosáceo de la tela, y por debajo de esta, intuir la figura de la chica. Erinia curvó su espalda hacia delante para agarrar con sus brazos a Sila y tirar de él, aunque no le consiguió mover más de un par de centímetros. A resultado del esfuerzo, Erinia se soltó sin querer de su amigo y cayó de espaldas al agua mientras gritaba una onomatopeya más de frustración que de dolor. El védico no pudo evitar reír a carcajadas a pesar de que llevaba sin hacerlo más de siete años.
-¿Se está riendo de mí?- Preguntó la niña desde el suelo. -¡Claro que no, pequeña!- Sila levantó para ponerse delante de ella y ofrecerle la mano para que se levantara.
-¡Señor Sila, no me mire las piernas cuando me levante! ¿ehh?- Tras el comentario de la pequeña Sila fue incapaz de levantarla con lo que ella cayó al suelo, esta vez salpicándole, mientras que reía otra vez con ganas.
-¡Perdona, no era mi intención! Es solo que se me apetecía reír un rato… Aunque te hayas hecho daño, eres la única que me ha hecho reír en mucho tiempo.- Erinia se levantó sola, muy convencida de que el caballero le miraría las piernas, así que hizo un esfuerzo por que no se le vieran.
-¿Cómo estás tan segura de que te voy a mirar las piernas…?
-Le vi mirar las de mi hermana esta tarde, y sinceramente, esperaba que lo hiciera conmigo, pero veo que me equivoqué.- El acento de la chica denotaba una cierta decepción. Sin saber muy bien por qué, Sila la miró y removió su pelo con la mano. -Prefiero mirar tus ojos, son más bonitos…-
-¡Qué cosas dice!- La chiquilla estaba ruborizada, pero insistió en que Sila fuera con ella.
-Debo ver a tu hermana…- A pesar de todo, Erinia insistió en que a su hermana no le importaría. La niña quería que fuera a su habitación.
Ambos abrieron la puerta de oscura madera que separaba la idílica torre del corredor que llevaba a las habitaciones de las tres hermanas. Misteriosamente, el agua de la torre no entraba en el pasillo. Parecía un hechizo.
Juntos, caminaron por un pasillo que acababa en un pequeño recibidor.
-La de la izquierda, la de la izquierda.- susurró Erinia cuando vio lo desubicado que estaba el caballero. Trataban de no hacer ruido. Una vez dentro, la pequeña se sentó en una silla mientras decía a su compañero que cerrara la puerta. Cuando Sila cerró la puerta, la habitación se iluminó dejando entrever sus muros, de color anaranjado a causa de las tres velas que permitían ver en la estancia.
-¿Se da cuenta de que ya no estamos mojados?- Era cierto. De alguna manera ya no tenían el cuerpo cubierto de agua y el amanerado joven no se había dado cuenta. Ignorando por un momento el detalle, preguntó cómo había encendido las velas a la niña.
-Eso no se lo voy a decir. Es un secreto.- Mientras Sila la oía, hizo caso al gesto de la chica, que señaló la cama para que se sentara.
La estancia era bastante pequeña, nada parecida a lo que él había imaginado que serían los aposentos de una semi-diosa. De hacho, dentro de la misma tan solo había espacio para una ancha cama, y a su lado, en paralelo al la parte más larga de la cama, un escritorio. Entre ambos muebles, la silla en que Erinia estaba sentada, y tras ella, una ventana con forma arqueada que dejaba ver, sorprendentemente, la parte inferior de la catedral, es decir, los templos de algunos caballeros védicos, entre ellos, el de Sila.
Una vez acomodado, el joven cruzó la pierna derecha sobre la otra. Mientras miraba amistosamente a la niña, le dedicó una sonrisa. -¿Para qué querías que te acompañara?-
-Yo solo quería que viese estos dibujos.- contestó mientras daba un taco de hojas a Sila.
-¿Los has hecho tú todos?- el caballero estaba sorprendido pues había bastantes dibujos, algunos mejor hechos que otros, pero todos obra del mejor artista. Sólo algunos estaban coloreados. En uno de los dibujos aparecía él mismo, postrado en el papel incluso con más belleza de la que él rezaba.
-Pero yo no soy tan guapo…- La chica miró el dibujo y sonriendo, asintió. -La belleza no depende de la cara, sino del corazón.- En aquel momento, el joven recordó que la primera vez que Erinia apareció en su templo, antes de que aquel colosal santuario hubiera emergido lo primero que dijo fue lo guapo que le parecía Sila, el cual respondió con aquella frase.
-Veo que te acuerdas…-
-¡Cómo iba a olvidarlo! Hice el dibujo después de aquello, cuando comprendí que su corazón era realmente bello.- En aquella ocasión, fue Sila el que se sonrojó ante la situación tan incómoda. El joven miró el dibujo que había debajo, pero no le dio tiempo a distinguir exactamente qué era, pues la chiquilla se lo arrancó de la mano poniéndolo bocabajo en su viejo escritorio.
-¡Lo siento, ese es privado!- Pero la mirada de Sila ya no era tierna cuando vio lo que había debajo de la hoja que le había arrancado. En el papel, las líneas delimitadas por los contornos dados por Erinia mostraban un cuerpo en el suelo, al parecer inerte, abrazado por un valiente caballero. El tono de color que presentaba no podía ser más exacto. Todo lúgubre y gris…
-¿Qué demonios es esto?- Sila parecía herido. -Es… la historia que me contaste ayer… ¿No te gusta?- La pregunta de Erinia vino a raíz de que notó un cambio de temperamento en su querido protector.
-Sí me gusta, pero…- De nuevo, el silencio se hizo presente, pero Sila mostró por primera vez su debilidad con una lágrima a punto de salir de sus ojos. El caballero levantó de la cama y a punto de salir, fue detenido por las manos de Erinia, que esta vez sí consiguieron impedir que diera el paso que le restaba hasta la puerta.
-¡No te vayas! ¡Dime qué pasa!- La niña parecía preocupada. -No quiero que me veas llorar… sería muy duro para ti, que me consideras tan…- No acabó la frase porque fue abrazado y arrastrado por ella hasta la cama de nuevo. Sentados los dos, Erinia fue la primera en dejar ver sus lágrimas. -¡No quiero que llores! ¡No quiero verte sufrir!-
-Lo siento…-
-¡Dime qué pasa! Desde esta mañana estás… distinto a como yo solía verte todos los días. La pequeña se delató, porque la noche anterior había sido la segunda vez que hablaba con Sila. El triste joven correspondió el abrazo de la chiquilla, y le susurró al oído:
-Lo que has dibujado, pasó en realidad hace siete años.-
Mu estaba despierto, sentado bajo las columnas de la entrada de su templo. La lluvia había comenzado hace cinco minutos y ya olía a tierra mojada. No podía dejar de pensar en lo que había sentido hace alguna hora. Una cosmoenergía tan poderosa que podía ser equiparable a la de los dioses del Olimpo a los que debía esta segunda vida que le habían otorgado a él y a todos sus compañeros. Como era habitual, su amigo Aldebarán le hacía compañía.
-No te preocupes, Mu. Seguro que hay alguna explicación.-
-La última vez que llovió, desapareció uno de nuestros compañeros. Ahora esta gran energía… ¿Qué estará pasando fuera de este santuario?- El dorado Aries parecía muy preocupado. -¿Viste a Milo cuando entró?- El corpulento Tauro asintió. Caminó hasta el borde del templo y dio unos pasos más lentos hasta que la lluvia comenzó a azotarle.
-Esta lluvia parece como estar triste…-
-Estás en lo cierto.- Despacio, el majestuoso carnero se puso de pie y acompaño a su amigo. Cuando notó las gotas en su cabeza, miró al cielo. Las nubes eran grisáceas, y ciertamente denotaban esa tristeza de un día invernal gracias, sobre todo a los ultimísimos rayos del sol.
-Noviembre.- Comentó Mu mirando al horizonte. -El mes del escorpión.-
-Hoy es el cumpleaños de nuestro amigo…- Aldebarán hizo alusión a Milo con una irónica cara de impulsividad característica del ausente. -Espero que podamos celebrarlo.- añadió.
-Lo veo difícil.-
Desde el interior del templo, una voz amistosa saludó a los dorados que todavía estaban bajo el agua. Cuando llegó al exterior del templo, Cletus se extrañó.
-¿Qué hacéis mojándoos?- preguntó sorprendido. -Nos gusta el agua.- Aldebarán trató de disimular su preocupación. -¿Tú a dónde vas, chico?-
-El maestro me dio el día libre porque fue a hablar con Atenea. Al parecer hay algo que no le gusta en absoluto.-
-¿Y dices que Milo está con Atenea?- Mu mostraba serenidad, aunque su mirada no era en absoluto confidente. Bueno, es igual… ¿Verás a Kiki?- Al oír el nombre del alumno de Aries, no pudo evitar molestarse. Cletus nunca se había llevado bien con él… -No creo.- respondió.
-Si le vieras, dile que venga inmediatamente a mi templo…-
-Así será.- refunfuñó.
Cletus corrió con ansias hacia la ciudad del santuario bajando por las escaleras que llevaban a la casa de Mu. Ya podía ver el coliseo. En las puertas del semi derrumbado edificio debía ser esperado por alguien. Al pararse en ellas, se refugió bajo el frente abocinado que presentaba la construcción. Se sentó. Al parecer no había llegado nadie, a pesar de que la promesa que le habían hecho decía que todos los días, al caer el sol alguien esperaría por él.
Tras llevar Cletus sentado casi media hora, vio aparecer una silueta a lo lejos. No podía distinguirla bien, pero enseguida contempló que la persona que se acercaba llevaba unos pantalones rojizos y una vieja, aunque bordada camisa blanca. Al refugiarse donde él estaba, lo primero que hizo fue abrazar al muchacho.
-¡Cletus! ¡Cuántas ganas tenía de verte y qué miedo de pensar que lo peor podía haber sucedido…!- La voz que había hablado tenía un porte elegante y muy delicado. Sin duda sonaba como una delicada damisela. Cuando se separó del chiquillo, tras besarle varias veces, sonrió.
El rostro de la chica mostraba superficialmente rasgos de una juventud alegre, a pesar de las dificultades que tuvo que pasar para llegar a poder amar al muchacho que ante ella estaba. Su pelo, mojado, parecía rojizo oscuro y sus ojos, con un brillo resplandeciente, marrones.
-¡En serio, cómo te he echado de menos!- Los labios de la joven eran pequeños y delgados, pero la firmeza de sus palabras soberbia. -¿Cómo te fue?- preguntó.
-Bueno, estoy algo magullado, pero he vuelto como te prometí.- Ambos parecían emitir un fulgor ardiente estando tan cerca.
-Ven a casa, pareces cansado.- Hay muchas cosas que quisiera decirte, y además… estoy…- No se atrevió a continuar. -¡Bueno, ven a casa!- El rubor se hizo presente en ambos, pues no podían cesar de imaginar escenas prohibidas en sus cabezas. -¡Vamos!- La chica tomó la mano de Cletus y le incitó a correr.
La tormenta se hizo más pesada, pero ellos no cesaban de moverse bajo su manto. Las calles de la ciudad estaban desiertas y olían a humedad. Los estrechos callejones que tuvieron que cruzar mostraban calidez. La gente debía tener prendida la chimenea, pues todo estaba vacío. Al salir a la avenida principal, la soledad parecía haberles mentido. Todavía algunas personas se dirigían raudas a sus casas y por supuesto, una pareja riendo, se dirigía a un lugar que les brindara intimidad. Cuando los dos muchachos llegaron por fin, una puerta de madera les separaba del calor de un refugio. La chica abrió la puerta y rápidamente se sentó en una butaca antigua.
El lugar era seco y acogedor. Cuando Cletus entró ya estaba encendida la chimenea, que iluminaba tenuemente el saloncito, escuetamente adornado por un par de cuadros y muebles viejos. El joven cerró la puerta.
-¿Y tus padres, Estela?-
-Ellos… no están. Ya sabes que te lo quise decir antes, pero…- Otra vez se sonrojaron ambos. Entonces, Cletus se quedó mirando una foto que había sobre la tallada mesa de la estancia. -Muy bonita cuando eras pequeña.-
-Ya no lo soy… Puedes venir conmigo.- Estela rió tímidamente. -Te eché tanto de menos que incluso te escribí una carta, pero no te la daré.-
-¿Por qué no?- El joven estaba frustrado por que le intentara ocultar algo que le importaba tanto. -¡Muéstramela!-
-¡No lo haré!- La preciosa chica levantó de la butaca para coger algo que había en un cajón. -¡Mira!- Comenzó a correr por toda la casa. Finalmente se encerró en su habitación.
-¡Déjame pasar!- La chica se negó mientras reía e intentaba aguantar los empujones de Cletus, pero al final, no pudo retenerlos y cayó de espaldas en la cama violentamente.
-¡No puedes conmigo! ¡Soy más fuerte!- El joven entró en la habitación y se fijó que su noviecita había esparcido pétalos de rosas por encima y tenía preparadas velas que iluminaban el dormitorio. El ambiente perfecto de no ser por la forzada posición de la chica, que había rebotado de la cama al suelo dejando sólo las piernas encima.
-¡Lo siento, Estela!- La jovencita se levantó. -¡Tranquilo, estoy acostumbrada, soy una chica fuerte!- Acabó de hablar señalando una caja de armadura de bronce que había sobre una silla.
Finalmente, ella se tumbó en la cama y se desabrochó el primer botón de su camisa.
-Cletus, llevo esperándote más de dos días… No me hagas esperar más.- El chico se quedó frío. No quería que la dulce Estela viera algunas de las heridas que le provocaron en Aígina.
-Pero…- La chica se incorporó. -¿Ya no me quieres? ¿Has encontrado otra chica más guapa que yo?- Por un momento, los ojos de la jovencita parecieron apagarse.
-No es eso, es que durante mi combate fui herido y todavía tengo algunas heridas un poco… feas.- Mientras hablaba, el chico miró al suelo. -No te preocupes.- contestó ella. -¡Para eso están las sábanas!- Tras su comentario, carcajeó un poco abriendo la cama. -Mi amor, te voy a seguir queriendo aunque estés tan herido que duela mirarte.-
-¡Ya doy bastante pena!- Finalmente, accedió a meterse en la cama con ella. Cuando estaba a punto de hacerlo, la chica le gritó. -¡No! ¡Así no! ¡Estás empapado!- Cletus la miró pícaramente. -¡Tu lo que quieres es verme en paños menores!-
-No, yo también estoy empapada. Para que veas, apagaré esta vela. Apaga tú aquella.- El chico obedeció y quedaron en la oscuridad.
Las ventanas estaban tapadas por postigos de madera a modo de persianas. Ambos se abrazaron en el negro y se desnudaron delicadamente. Los dos se tumbaron en la mullida cama. Cletus tenía una sensación mórbida, mientras que su acompañante parecía más juguetona de lo que él deseaba. El chico la abrazó y todo se volvió rojo. Los movimientos de cadera de Estela incitaban a Cletus a hacer lo que no debía. Aquella noche deseaba dormir, aunque luchando contra su cansancio la besó desganado hasta que ella le animó sentándose encima.
Aunque todo estaba en calma, había algo que no encajaba en el ambiente romántico de los muchachos.
-¿Has notado eso?- Preguntó la chica. -Parece…- Su voz titubeaba, pero Cletus la acarició tranquilizándola. -No es nada…- Los dos dejaron de excitarse para quedar en silencio. En la tranquilidad soberana, percibieron algo. Un aura desconocida.
-Llevas razón. Hay algo sobre el santuario…-
-¿Qué hacemos?- Cuestionó la chica.
-No lo sé. Está claro que sea lo que sea, yo no podré dormir.- Tras hablar, Cletus fue empujado con violencia por ella, y le empezó a besar. La chica se empezó a restregar contra el cuerpo de su novio. El calor se volvió a apoderar de ellos.
¡Esta presencia me… incita…! La chica no podía casi disimular su estado. Lo que más quería ella era sentir a Cletus. Desvió sus acalorados labios para besar el cuello del joven sin delicadeza. Estaba descontrolada.
-¡Siempre igual! Nunca te controlas, Estela.- Cletus se dejó llevar emulando a la chica y besándola allí donde podía. -No tenemos tiempo.- añadió entre besos. -Da igual.- contestó ella.
Entre los mimos de los jóvenes algo les hizo parar. Una gran explosión se había oído a lo lejos.
-¿¡Qué ha sido eso?- El corazón de Estela iba a estallar por el susto y su propia excitación. Rápidamente corrió hasta una de las ventanas de la habitación y la abrió dejando entrar la sorprendente cantidad de luz del exterior que no debía haber. Desde la cama, lo primero que vio Cletus con claridad fue el contorno de la bella Estela, y por su puesto, la nobleza de sus curvas, que la hacían hermosa donde puso la atención el muchacho.
Tras deleitarse con el cuerpo, palideció. Desde la ventana comprendió que toda la luz que veía provenía del lejano santuario, en llamas. El alumno de Milo se asomó por la misma ventana viendo lo que parecían explosiones muy seguidas en una de las casas. Segundos más tarde, el ensordecedor sonido de las mismas retumbó más que la primera explosión que percibieron.
Los impactos fueron múltiples y luminosos. Aquellos que estuvieran combatiendo debían estar muy igualados.
-¡Vamos, debemos darnos prisa!- Cletus se vistió sin perder un segundo. La joven le imitó, pero además, cogió la caja de su armadura sin dudarlo. Ambos salieron por la puerta cerrándola casi sin mirar atrás. Su marcha hasta las casas era rápida. Durante el camino, Cletus no dejaba de pensar en su maestro. ¿Y si era él el que estaba luchando en aquel templo? Su duda era de esperar, porque no había distinguido la casa exacta donde acaecía aquella pelea. El crío se paró en seco.
-Estela. Debemos tomar este camino…-
-¡Pero por ahí no se entra a las doce casas!- La chica ni se imaginaba lo que pretendía el joven. -Nosotros no vamos a entrar por Aries, sino por Escorpio. ¡Vamos!-
Lejos de allí, un templo se estremecía rojizo por el candor de las llamas. El calor era insoportable, y apenas se podía respirar. Una silueta estoica marcaba la línea entre la paz y la guerra. Su aspecto era desconocido, pues llevaba una túnica oscura que envolvía su cuerpo además de ocultar su faz con una capucha del mismo tono. Frente a él, un guerrero de armadura dorada y cabello marino levantó. La figura de Camus parecía extenuada.
El guerrero de acuario dio un par de pasos al frente y encaró de nuevo al misterioso encapuchado. Alineando sus manos frente al pecho, lanzó un grito: -¡Rayo de la aurora!-
Camus lanzó un estruendoso relámpago gélido contra su adversario, el cual, en menos de un segundo, sonrió, chasqueó los dedos y el ataque helado se evaporó. El caballero de oro, sorprendido no tuvo más remedio que pretender atacarle con su propio cuerpo, sin embargo, fue el oscuro el que estaba a menos de un paso de Camus. Sin más precepto, lanzó un patada al estomago de Acuario tirándolo al suelo, y de seguida, saltó quedando justo encima de este.
-¡Svah oscuro!- La voz del extraño invasor inundó la estancia y superó la intensidad del crepitar de las llamas. Una serie de rayos oscuros lo inundaron todo provocando decenas de explosiones por todo el lugar. Se podían oír los gritos del caballero dorado, que finalmente se rindió al suelo exhausto.
Tras el poderoso conjuro, el enmascarado descubrió su faz, mostrando una sonrisa diabólica. Su pelo era del mismo tono que el del maltrecho Camus, aunque más corto. Por el contrario, sus ojos eran negros.
Levantando su brazo por encima de la cabeza, convocó una extraña lluvia que extinguió las llamas de una forma irreal. Cuando se disponía a seguir por la casa, una voz le detuvo.
-A… ¡Alto!- Camus seguía con vida, y además, estaba de pie quemando su cosmos. Ya casi rozaba el séptimo sentido. El rostro de camus estaba herido. No sólo una brecha en la cara teñía de rojo su piel, sino que su nariz tampoco podía retener el pegajoso líquido.
-Q… ¿quién eres?- El caballero de Atenea parecía extenuado.
-Eres el único guardián que se ha percatado de mi presencia en los once templos que llevo recorridos.- Tras hablar, el hombre le dio la espalda al dorado.
-¿¡Qué?- Camus parecía asustado. -¿Cómo es posible que ni tan sólo Shaka se haya dado cuenta de tu presencia?-
-¿Shaka? No conozco a tal guerrero. ¿A qué casa pertenece?-
-A la de Virgo.-
-El guardián de la casa de virgo no percibió mi cosmos, aunque es posible que…- Tras permanecer unos segundos silencioso, el guerrero miró al herido Camus. -Puede que sí notara mi presencia, pero quizás demasiado tarde.-
El dorado Acuario se sentía mal, y no podía fallar a sus compañeros. -Por vosotros…- Haciendo otro esfuerzo sobrenatural, saltó hasta donde su enemigo y atacó utilizando su aro gélido, Kaliso. Tras la rápida intervención, el misterioso no se podía mover.
-Estás acabado.- Aprovechando su ventaja, Camus atacó con su poderoso ataque de la aurora otra vez, pero en esta ocasión, afectó provocando una terrible explosión en la casa del guerrero. Todo quedó en calma.
Unos minutos después de la gran explosión en casa de Acuario, el joven Cletus, acompañado de su chica entraba en casa de Escorpio. En el centro de la misma, la imponente silueta de Milo les daba la espalda.
-¿Maestro?- Acercándose a él se aseguró de que aquella persona era realmente su maestro.
-¡Milo! ¿Está bien?- El dorado guardián se giró. -Claro…-
-¿Cómo es posible que hayan llegado a la casa de Acuario sin pasar por aquí?- El guerrero Milo estaba tan sorprendido como su alumno. -No lo sé, Cletus.- Miró a Estela unos segundos.
-¿Has venido acompañado de esta chica?-
-Así es, ella es Estela, mi… bueno…- Cletus trató de sacar una sonrisa de su maestro, pero no consiguió más que una mueca, y dirigiéndose a ella, advirtió. -Debes olvidar el camino por el que has venido, porque estoy seguro que no habéis atravesado las casas, ¿verdad?-
-Lle… lleva usted razón.- respondió la chica.
-Que sea la última vez, joven. Además, ¿tú como sabes que no han atravesado las casas?- Siempre que Milo llamaba Joven a Cletus era para mostrar su enfado, pero esta vez estaba más preocupado que otra cosa, así que no le duró demasiado.
-Mira, creo que las cosas se van a poner feas. Deberíais largaros.-
-¿Por qué nos dice eso, maestro?-
-Incluso Camus, que posee la fuerza de un dorado ha tenido problemas con el enemigo. Un solo hombre que al parecer ha atravesado diez casas sin ser descubierto. ¿Quién nos dice que no hay más de ellos?-
-Lleva razón.- La voz de los jóvenes se fundió en la respuesta. Estela miraba sorprendida al dorado. La energía que sentía de él era inmensa.
Milo dio media vuelta apuntando a la salida de su templo mientras susurraba el nombre de Camus. Lo que vio la chica llamó su atención.
-Oye Cletus, ¿normalmente tu maestro tiene esos grabados en la armadura?-
-¿Qué grabados?- El muchacho no sabía a qué se refería, pero fijándose en la poderosa vestimenta del dorado, vio debajo de la cola de su casco, en la zona de la cintura un luminoso grabado azul con forma de serpiente de forma que dibujaba un símbolo circular comiéndose su propia cola.
-¡Eso es un Uroboros!- Cletus no daba crédito a lo que estaba viendo. -¡Maestro! ¿Qué le pasa a su armadura?-
Lejos de allí, de nuevo en casa de Acuario todo estaba en calma. El caballero Camus estaba cansado, pero no sabía por qué. Un hombre había abandonado su templo no hacía ni un minuto, pero él no se había percatado.
Aquella persona que escapaba tenía un brazo herido, pero sonreía. -Lo he conseguido… un poco más y acaba conmigo. El señor Soma se ha arriesgado mucho mandándonos sólo a Sila y a mí a este sitio.
-Llevas razón, mi querido Agni.- Una voz delicada habló. -Si no hubiera grabado el signo de Uroboros en las corazas de los caballeros dorados, puede que hubieras caído en la sexta casa, la de Virgo.-
-¿Así que fuiste tú, Sila?-
-En vista de que mis poderes están bloqueados de nuevo, no podía luchar contra esos bestias, ¿no? Me podría haber costado la vida hasta a mí, así que usé el conjuro secreto que aprendí hace años.- Agni estaba pensativo. -¿No te dije que te quería comentar algo de tu bloqueo de energía?-
-Así es.-
-Manda a ese cretino que avance hasta el templo de Piscis.-
Sila, con una mirada, consiguió que el poseído Cáncer siguiera su camino hasta el último de los templos. El guerrero del deseo miró a su compañero. -¿No será un poco arriesgado hacer ruido ahora?-
-Ya lo hemos hecho en la casa de Acuario, así que no disponemos de mucho tiempo. Seguro que alguno de esos caballeros de Atenea se dirige hasta aquí.- Agni miró al ya superado templo de Acuario. -Gracias de nuevo, Sila.-
-Dime lo que me tengas que decir. No tenemos mucho tiempo.-
-Oh, tan brusco como siempre…- Tras una carcajada le habló: -Puede que parezcas el más sensible de todos nosotros, pero en realidad, eres el más malhumorado…- La cara de Sila tornó en un gesto hostil hacia su compañero. -Si hay algo que debas decirme, hazlo ya.- Agni, que notó la brusquedad en su aliado respondió con suma seriedad:
-No eres tan duro como crees, amigo. Sé que tú también lloras.-
-¡Tú no sabes nada! ¿Eso es todo?- Sila dio la espalda a su compañero.
-Tranquilo, no me odies… Sólo me he dado cuenta por que tienes la cara sucia. Te guardaré el secreto, aunque alguien de por aquí puede haberlo escuchado. Lo que yo quería decirte es… que me adelantaré al templo de Piscis. Tú trata de percibir las fuerzas que te rodean.-
Sin más aviso, Agni corrió escaleras arriba. Su compañero Sila estaba desconcertado. -¿Las fuerzas que me rodean?- Mirando a su alrededor, pensó. -¿Qué querrá decir?- El afeminado guerrero subió un par de escalones girando sobre sí mismo. -¿Qué hay alguien que sabe que lloro?-
En ese momento, Sila percibió una extraña cosmoenergía. Miró hacia atrás con brusquedad.
-¡Es inútil que te escondas! ¡Sé que estás ahí!-
La luna iluminaba al védico mientras descendía señalando una semi derruida columna. Su faz era presente en el terrible enfado que llevaba. Por primera vez en años frunció el ceño.
-Parece que esta vez no me bastará con un Uroboros, el bloqueo de la mente…-
-Así es, caballero del deseo…- Una voz conocida se dirigió a él. -He esperado este momento por años… ¡Se acabó el juego, Sila del deseo!
El silencio tembló preparándose para lo que se avecinaba. Una terrible batalla entre lo desconocido. El asalto al santuario estaba llegando a su fin sin que los guerreros de oro lo hubieran percibido… pero las dudosas intenciones de un antiguo Dios iluminaban las almas de los más terrible caballeros védicos, entre los cuales, dos de ellos se preparaban para reclamar lo que les pertenecía. A uno su poder, y al otro, su honor.
