Parte 7: Duelos colosales.
El cansancio se hacía notar en Sila que no dejó de mirar una semi destrozada columna. -¿Te dignarás a aparecer, o tendré que matarte así?- Una presuntuosa risa hizo que el rosado védico sintiera asco.
-¿No fue suficiente lo que te hice hace dos años, cretino¿Acaso no te has dado por vencido? No eres más que un cerdo persistente. Te borraré del mapa tan pronto como me devuelvas mi poder, si te place, claro está.- De nuevo, la risa escabrosa puso al frío Sila de mal humor.
Justo donde él miraba, apareció una figura que dejó de ser borrosa para mostrar el cuerpo formado de un hombre de casi dos metros de altura, de rostro firme. No tenía pelo, pero no por ello dejaba de emitir un cierto atractivo. -Vamos, maricón, muestra ahora tu poder…-
-No te consiento que me faltes el respeto así. Eres un cobarde que sólo insulta porque sabe que su víctima está indefensa…- A pesar de la situación, Sila sonreía.
-¿Cómo puedes estar tan feliz, después de todo? Sabes que mi energía es superior a la tuya, especie de monstruo del deseo.- Aquello había molestado al delicado védico más que el primer insulto, pero no había perdido los nervios. En el fondo sabía que sin todo su poder, le sería difícil acabar con aquel hombre.
-¿Cómo has conseguido seguirme hasta aquí?-
-¡Respóndeme tú¿Qué clase de artimaña has usado para que ninguno de los caballeros de oro que debían haberte matado se percatara de vuestra presencia?-
-…- Sila comenzaba a desesperarse. Su cuerpo comenzaba a temblar mientras pensaba:
-¿Acaso tú sabías esto y me has dejado solo, Agni?- El guerrero de rosada armadura se acercó al que retenía su fuerza.
-Es verdad que tu cosmos es más intenso que la última vez que luchamos, así como que tienes menos pelo¿no estás de acuerdo, Salicio?
-¡Cuidado cómo me hablas¡Si no quieres tener una muerte dolorosa, más te vale no faltarme el respeto, sarasa!- La gran masa de músculos comenzó a mostrar su cosmo energía.
-Detente, Salicio. Vas a conseguir que el guardián del templo que hay a tus espaldas nos ataque.- El guerrero más burdo de los dos reprochó. -¡Si he de matarle a él antes, lo haré con gusto!- En ese instante, el calvo lanzó una onda de energía a Sila, que la esquivó con facilidad y comenzó a subir por las escaleras a toda prisa.
-¡Hey, no huyas!
Los dos guerreros subían a gran velocidad por las escaleras intercambiando golpes. Sila era más rápido que su adversario, pero aún así, recibía algún golpe. El caballero del deseo también daba fuerte a Salicio, que en uno de sus golpes tropezó y cayó contra el suelo. Sila no se paró. Mientras seguía avanzando de espaldas, tiró varias hondas de hielo. Todas explotaron en la sólida coraza del basto hombre, que ni se inmutó.
Subiendo de cinco en cinco escaleras, lanzó una terrible onda que zarandeó el suelo e hizo a Sila perder el equilibrio. Desde más abajo que el derribado, Salicio gritó al aire.
-¡Explosión de terror!- Tras la tenebrosa voz que emitió, todo se volvió negro y explosionó alrededor del guerrero del deseo, que tratando de incorporarse fue despedido a un rellano que había entre tanta subida.
El joven estaba tumbado boca abajo en el suelo. Se había arañado la mejilla izquierda y su ojo sangraba, aunque no era una herida de importancia. Casi sin dificultad, el védico levantó conjurando su terrible temblor aéreo, que levantó del suelo a su pesado enemigo y le zarandeó varias veces golpeándolo con sus afiladas ráfagas de viento. Tras el golpe, ambos estaban en el rellano sangrantes y cansados. La mitad del camino hasta el último templo del zodiaco había sido recorrida.
Salicio golpeó brutalmente la cara de Sila con su puño, de tal forma que le hizo retroceder. Tras separar el puño, notó como el que le había ganado dos años atrás estaba casi acabado. Sila no se podía mover bien. La explosión de terror había hecho efecto.
-Jajajaja… Veo que mi golpe de terror te ha afectado.-
-Q… ¿Qué demonios me pasa?- Sila notaba que algo no iba bien. Su adversario sonrió mientras lo tumbaba de espaldas con una terrible patada. El grito de Sila estremeció la tranquilidad incómoda del santuario.
-Debes saber que cuando mi ataque de terror golpea no es para hacer daño físico sólo. Has sido dañado psicológicamente y estás traumado por mi poder tenebroso. ¿Comprendes ahora por qué debía haber ocupado yo tu templo¡Seguro que serviría con más efectividad al señor Soma y a las furias!-
-¿Qué dices¡Yo gané mi posición en el santuario del señor Soma!-
-¡Ja¿Y todavía le llamas señor¡No eres más que un traidor al que no quiere nadie!- Sila enfureció, pero no pudo hacer gala de su poder pues estaba retenido y paralizado por Salicio.
-¿Acaso crees que si fueras querido por alguien yo estaría aquí a punto de matarte¡Qué iluso eres!- El maltrecho védico tosió sangre. Estaba más herido de lo que creía y sin más posibilidades que escuchar lo que decía su opresor
-A… ¿a qué te refieres?-
-Me refiero por supuesto a tus protegidas furias, a tus compañeros y a tu dios. Ellos no te necesitan porque han descubierto la traición de tu familia.- El cansado caballero vio cómo pasó todo en breves segundos. Recordó en su cabeza aquel terrible momento.-
-Pe… pero yo… limpié el honor de mi familia. Además, todos lo saben. Tus mentiras no afectan.- El guerrero corpulento se sintió superado al menos verbalmente. Con un arrebato violento, gritó acumulando cosmos. En breve, levitó en el aire. Tras unos segundos, su cosmo energía igualaba a la de un caballero de Soma.
El pobre Sila seguía indefenso, pero consiguió levantar otra vez. Su cansancio era tal que veía borroso. Se sentía enjaulado entre los barrotes de una restricción de poder. Para cuando trató de atacar al malvado Salicio, este ya había gritado al cielo el nombre de su más poderoso ataque: El signo de condena.
Todo el cielo se impregnó en negro. El estruendo era tal que el miedo se veía. Todo el santuario debió despertar del mismo ruido. El suelo tembló y muchas de las escaleras se agrietaron. Los templos que estaban unidos por el tramo en que los dos luchaban se vieron afectados y una parte de cada uno se destruyó. Una serie de explosiones lo inundaron todo. La armadura del injustamente abatido Sila estalló, y su cuerpo sufrió la misma suerte. Fue vencido por la terrible energía.
Cuando aquel terrible mal cesó, el védico del deseo estaba en el suelo. Tan sólo las grebas de su armadura le cubrían, pero ni tan siquiera estas estaban en condiciones. Salicio descendió a donde su oponente estaba, y se agachó para comprobar si seguía con vida. Descubrió con horror que seguía siendo así. Sila abrió los ojos mientras levantaba. Sus sentidos estaban casi extenuados. Tan sólo la fuerza de su energía le hacía ponerse en pie otra vez más.
-Sorprendente… a pesar de todo todavía no estás…- El guerrero de la oscuridad vio por qué consideraban al amanerado el más terrible de los caballeros védicos. Sin duda de no haber retenido sus poderes habría caído ante él ya.
El amanerado levantó con los ojos empapados en lágrimas. Un velo verdoso cubría su herido cuerpo. Cerró sus ojos y una lágrima resbaló por la mancillada piel de la cara.
-Ahora lo comprendo todo… El sentido de por qué soy caballero de Soma.-
-¿Estás enfermo¿Acaso no has asimilado todavía que el señor Soma no te quiere?- Salicio estaba desquiciado y tenía más miedo del que había sentido en toda su vida.
-Nunca he estado menos desquiciado. Has cometido un error, Salicio. Has bloqueado mi fuerza…- dijo el que parecía derrotado mientras cerraba su puño derecho. -…sin saber si yo me abastecía de ella.-
Un fuerte resplandor iluminó todo alrededor. La armadura de Sila estaba por completo regenerada y sus heridas habían desaparecido. El guerrero del deseo siguió hablando.
-Ahora que he recuperado mi verdadero cosmos, no tiene sentido que sigamos esta lucha.-
Por primera vez desde que era caballero de Soma, no había recorrido ni tanto poder ni tanta valentía por su sangre. Sila sabía que no había sido abandonado por la persona que más quería en ese momento. Un aura blanquísima le recorría y mostraba su furia mediante chispas y pequeños rayos que envolvían su cuerpo. Tras este viento mágico, su larga cabellera oscura ondeaba de arriba abajo. La palidez de la tez del mismo era ocultada por la opacidad de dicha aura.
-¡Maldito Sila, te mataré!- En vez de contestar, el amanerado siguió avanzando hasta la casa de Piscis entre los escombros del combate. Tan sólo un chasquido de sus dedos había valido para acabar con Salicio, que en ese momento caía al suelo sin comprender qué pasaba.
El verdadero poder del caballero del deseo. La habilidad de transmitir todos los sentimientos más confusos y anhelos más fogosos y enfermizos que alguien pudiera soportar. Desde el dolor de la muerte de la persona más amada a la desesperación del amor perdido, desde la tortura más cruel del alma a la impotencia del oprimido. Todo aquello en su mente por un segundo le había destrozado. Tanto sentimiento junto le había provocado una herido mortal en el alma que le llevó a la locura. Ya en el suelo, en sus últimos segundos, Salicio se preguntaba cómo era posible volverse loco en apenas un parpadeo. Lo último que vio: La idealizada figura de un caballero de armadura rosada. Lo último que escuchó:
-Muere en los brazos del que más amas, a quién tú intentaste matar. Sucumbe en el infierno de haber intentado destruir aquello que más anhelaste.- La voz fue fría.
La casa de acuario estaba semi destrozada. Camus estaba paralizado. Las energías de aquel feroz combate le habían dejado, al igual que debía haber pasado con sus compañeros, inmovilizado. Ya había cesado el combate, pero sin embargo, sentía como una inmensa e inconmensurable aura avanzaba hasta la última de las casas, en la que, por si fuera poco, ya entraban dos guerreros.
La duodécima casa estaba apagada. Un frío húmedo guiaba su viento y se oía una pequeña cascada en el interior de la estructura. A pesar de que el interior contaba con suficiente luz como para ver, la claridad era insuficiente para distinguirlo todo a la perfección. Agni y su poseído acompañante caminaban en el interior del templo.
-Así que lo has conseguido, amigo…- El comentario provocó una escéptica mirada de Máscara mortal sobre el guerrero del mimetismo. El silencio continuó.
-Sila no ha hecho ningún bloqueo, sin embargo, no se presiente ningún ente protector.- Máscara mortal se detuvo. Al parecer él sabía que sucedía. Una de sus manos alertó al que ahora era su compañero.
-Cuidado… Esto es propio de Afrodita.- El susurro sólo fue audible para ambos. En el centro de la sala principal reinaba la calma, pero entonces, sucedió lo que los dos esperaban. Una lluvia de rosas hostiles fue en busca de los intrusos. Agni las desvió con su cosmos, el enajenado Cáncer, se movió para esquivarlas. Tras el esfuerzo, una silueta cobraba un color dorado.
El caballero de Piscis esperaba a los invasores. Era incluso más alto que Agni. Lucía una brillante armadura refulgente, remachada en tonos anaranjados. Las protecciones de brazos y piernas eras afiladas y puntiagudas, y el casco seguía el mismo patrón. El guardián del último templo retiró la protección de su cabeza para cogerla con las manos. En ese momento, su cabello cayó sobre los hombros, mostrando su tono celeste. Aquel hombre tenía los labios pintados en un carmesí mate. Finalmente, se dispuso a abrir la boca con dulzura y feminidad suprema.
-No puedo creer que hayáis llegado al último templo, y menos sin que se os percibiera.- Mientras hablaba, Afrodita miró detenidamente a sus enemigos, centrándose en el de Cáncer.
-¿Acaso has decidido traicionarnos de nuevo, Máscara mortal?-
-No sé de qué me estás hablando.- Cáncer no mostraba indicios de mentir. Aunque sabía que en el pasado había formado parte de la orden de Atenea y ahora guiaba a sus nuevos aliados en su contra, la palabra traición no era aceptada. Antes de que ambos siguieran hablando, una última silueta entró en el templo, irradiando paz de muerte.
Al percibir la entrada de Sila, todos se giraron para verle. Este se detuvo frete a Agni y le miró de forma seria.
-Gracias, amigo y hermano. He comprendido que no serías capaz de engañarme.- El guerrero del deseo parecía realmente entusiasmado y motivado. Se acercó a Afrodita con descaro, sabiendo que su fuerza era infinitamente superior a la del caballero al que acababa de vencer, sin embargo no tenía miedo.
-Ahora, dejad esto para mí.-
-Bromeas… ¿Acaso piensas que serás digno de mí, el más bello de entre todos los caballeros del mundo?- Piscis alardeaba de su narcisismo fundamentado.
Agni obedeció y ordenó a su compañero que siguieran, y cuando estos empezaron a andar, el guardián de la casa trató de atacarles. Sin embargo, la agresión se volatilizó por obra de la magia del ultra poderoso Sila, que se movió rápido para sujetar firmemente a Afrodita y asegurar que sus amigos continuaban sin problemas. Cuando ellos pasaron, Sila soltó al protector de Atenea.
Ya estaban los dos solos. Aunque Afrodita trató de seguirles, no podía abandonar su templo quedando una amenaza en su interior. El dorado se resignó y se puso en guardia.
-Demasiados combates últimamente…- Sila no habló más. Volvió a chasquear sus dedos. El corazón de Piscis latió con dureza. Se sentía mareado.
-¿Qu… qué es esto?-
-No es más que el sentimiento de la desesperación. Me opongo a que un guerrero tan valiente como tú pareces muera así. Déjame pasar y no sucederá nada.-
-¡Jamás!- Tras tomar aire y saltar hacia atrás, gritó al cielo. -¡Rosas piraña!- Cientos de rosas espinadas y oscuras envolvieron el cuerpo del védico tratando de devorar su armadura. Afrodita se dio cuenta de la futilidad de su acto cuando vio cómo salía su enemigo de la nube negra, caminando lenta y desafiantemente, por lo que convocó una rosa blanca. Cuando creía haberla clavado en el corazón, el guerrero del deseo sonrió.
-Te advertí. Mira tu pecho.- Afrodita tenía su rosa clavada.
-¿Có… cómo es posible que…- Sin acabar la pregunta, se arrodilló de dolor. Sila le miró sin odio y sonriente contestó a la media pregunta:
-Yo soy el caballero del deseo. Puedo engañar tus sentidos con mi sola presencia. Has caído embrujado de mi poder y beldad y tú mismo te has apuñalado creyendo que eras yo.- Tras la explicación, por supuesto sin prisas, siguió caminando al exterior del templo.
Afrodita, sabiendo el poco tiempo de que disponía por su rosa, sintió que acudían en su ayuda Camus desde su casa y Milo junto a dos cosmo energías desconocidas desde un poco más lejos. El guerrero, se enderezó.
-Los caballeros dorados sabemos hacer más cosas de lo que parece.-
-No lo pongo en duda, pero yo no puedo morir aquí, y he percibido que no tengo mucho tiempo. Si no me dejas pasar, atacaré con todo mi cosmos.- La amenaza de Sila resultó tenebrosa.
-¡Jamás¡Nunca traicionaré a mi señora!-
El védico, mirando al suelo, hizo un gesto a su oponente. -Parece que no dispones de mucha energía…- Todo el grisáceo suelo bajo Piscis estaba rodeado de un cerco rojizo. Cuando el caballero herido bajó la mirada, Sila aprovechó para acercarse raudamente.
La agilidad del amanerado moreno fue sorprendente. Golpeó brutalmente la cara del dorado, que retrocedió varios pasos mareado por la pérdida de sangre. A pesar de todo, reaccionó y de un salto, golpeó con sus manos el pecho del de armadura rosada. Los efectos de los golpes no parecían ser demasiado efectivos, lo sorprendente era que Sila no contraatacaba con la misma fuerza que a Salicio.
Tras varios puñetazos, el védico sólo encajó un rodillazo en Piscis y saltó hacia él de forma que quedó de pie sobre sus hombros. Con un gesto de sus manos y un pequeño grito, todo tembló levemente. La onda de cosmos no consiguió desequilibrar al dorado, que alzando su puño, impactó en un protegido muslo. Sila bajó de su oponente dando una perfecta voltereta en el aire y clavó los pies en el suelo. De espaldas, brincó. A causa del impulso, dio con su hombro derecho en plena cara de Afrodita. El guerrero de Atenea se quejó. Su nariz sangraba y cada vez veía peor.
En el instante en que lo veía todo perdido, Camus entró alentando a su compañero.
-¿Fuiste tú quien hizo que no me diera cuenta de quién pasó mi templo?- Acuario parecía enfadado.
-Así es… El poder de mi magia alquímica. Uroboros, el signo que alude al principio como fin.-
-¿Qué demonios tiene que ver Uroboros con que yo no me diera cuenta de…?-
-Nada, caballero… Ese dragón al que yo llamo Uroboros no es más que un símbolo cuyo verdadero significado guardo para el interior de mi corazón. Algo que jamás comprenderías.-
Camus, ofendido, miró a su herido compañero. -Afrodita, hemos de unir fuerzas para acabar con este tipo.- Ambos se asintieron, y se avanzaron sobre su cuerpo. El védico colocó la mano en perpendicular con su pecho y creo un tipo de signo que provocó que los caballeros no impactaran en él. Sus golpes fueron esquivados y ahora le daban la espalda. Girándose, Sila abrió sus brazos como para abrazarles.
-¡Abrazo polar!- Tras la voz, el terrible poder de un frío tan intenso como el frío absoluto les atacó como un orbe, envolviéndolos por varios segundos. Tras la fría ventisca helada, sus armaduras estaban resentidas y heladas. Afrodita estaba cerca de desfallecer, pues había perdido mucha sangre. De hecho su coraza dorada mostraba un hilo rojizo, ahora helado que bajaba hasta más allá de la cintura. La rosa de su corazón estalló en miles de pedazos, presa del frío.
Sin perder tiempo, Camus lanzó una ejecución de la aurora contra el védico, que reaccionó a tiempo y le emuló. Los dos ataques chocaron formando una colosal y ruidosa explosión. Piscis, desde el suelo, repitió sus rosas piraña aprovechando que Sila tenía ambas manos ocupadas.
Astutamente, el ataque del bello Afrodita encajó por muchos sitios y descentró a su enemigo, haciéndole perder en su pugna de rayos helados. La consecuencia no fue otra que tragarse su propio ataque junto al poder destructivo de Acuario.
-¡Ahora!- Gritó el pez de oro. Camus reaccionó juntando sus manos y alzándolas sobre su cabeza. -¡Ataúd de hielo!- En breves instantes, el oponente del santuario estaba dentro de un sarcófago helado.
-La belleza baila al son del hermoso poder…- Afrodita se desmayó tras aquella frase sonriente. Camus, cansado, se acercó a su compañero y le habló sin saber si podía o no oírle.
-Tranquilo, amigo. Saldrás de esta.-
Sorprendentemente, la calma no duró demasiado, pues el ataúd creado por Camus estalló.
-¿Cómo pensabas retenerme en el mismo elemento que rige mi poder?- Sila extendió su mano y la miró con delicadeza. Con la palma hacia el techo, dobló un poco sus dedos. De forma no natural comenzó a llover en el interior del último de los doce templos.
El agua que comenzaba a tocar aquel suelo de la casa de Piscis era fría. Dolía su contacto. La fluidez del líquido humedeció los cuerpos de ambos contendientes. Sila, sonriendo, cerró su puño, que todavía tenía alzado, y se congeló todo, incluidos los cuerpos de él mismo y de Camus.
-Este es el poder del cero absoluto.-
-¿Conoces el cero absoluto?- preguntó Acuario sorprendido. Sila quebró la fina capa helada que le recubría con su fuerza interior al igual que el dorado.
-¿Acaso lo dudabas? Un caballero gélido no puede ignorar eso.-
De nuevo, los dos contendientes alzaron su guardia. Cada cual examinaba a su enemigo buscando al menos una debilidad que le delatara. Sila entornó los ojos levemente, y tras el gesto, Camus se dispuso a atacar veloz. De un salto se encontró frente al védico, al que propinó un rodillazo en la cara que no pudo detener.
-¡Bajaste la guardia!-
-Menuda estupidez. ¿Eso es todo?- El amanerado caballero no fue dañado por el ataque. Presuntuoso, sonrió y cogió del cuello a Acuario. Alejándolo de su cuerpo e inmovilizándolo por el dolor, extendió su brazo y le pegó su mano a la altura del vientre.
-Fulgor helado.- le susurró al oído. Primero se congeló lentamente su coraza, después se oyó un terrible crujido. La parte correspondiente de la armadura de resquebrajó y explotó en pedacitos congelados. Los ojos de Camus no podían estar más abiertos, pero no conseguía defenderse.
El védico lanzó el cuerpo por los aires con fuerza, y convocó su temblor aéreo para zarandear al contrincante. El dorado no sabía lo que pasaba con exactitud, aunque veía claramente que no iba bien la cosa. En ese momento, un grito desconcentró a Sila.
-¡Camus!- El caballero Milo entró junto a sus dos acompañantes muy acalorado. Desde la puerta, Lanzó tres de sus agujas escarlata, que esquivó el aliado de Soma al precio de dejar caer a Camus. Apresurándose, los tres visitantes se dirigieron al cuerpo del herido.
-¿Estás bien, amigo?- preguntó Milo zarandeando a Acuario. El caballero que tendido en el suelo descansaba se quejó de dolor. Su tacto era helado, pero su sonrisa consiguió que la preocupación de Escorpio descendiera.
-Yo estoy bien… Afrodita te necesita más.- Camus estaba extenuado, pero consiguió sentarse en el suelo con la ayuda de los jóvenes de bronce. Milo miró al caballero de Piscis, desfallecido en el frío piso. -¡Afrodita!- De dos zancadas cubrió los cerca de diez metros que les separaban.
El dorado de Antares giró a Piscis, que tenía un pequeño agujero de poco diámetro en la zona de la coraza que protegía el corazón. Sin perder tiempo, Milo trató de despabilar a su camarada abofeteando sus mejillas de forma suave. A los varios golpes, abrió sus ojos.
-¿Cómo estás?- Preguntó el lúcido Escorpio. Afrodita abrió la boca para hablar pero no pudo más que toser y manchar su delicada cara de sangre. Estaba bastante mal.
-Maldita sea… ¿Quién era ese tipo, Camus?- Sila ya no estaba en la estancia y nadie había visto cómo escapaba.
-El mismo que hizo que nadie se enterara de que habían entrado al santuario. Parece imposible que incluso hayan encajado a Shaka la treta.- Camus mostraba cierta ironía de resignación. Se levantó con esfuerzo notorio. -No tenemos tiempo, hay que seguir…- añadió.
-No estás en condiciones de pelear, además, tu armadura…- Milo señaló la parte del vientre, que estaba completamente destrozada y dejaba ver la deshilachada maya azul.
-Señor Camus, usted tiene un aspecto deplorable…- Cletus hizo alarde de su refinado vocabulario sólo usado para dirigirse a los que consideraba los más poderosos habidos: los caballeros de oro. El dorado Acuario rió.
-No es para tanto, mira a Afrodita.- El guerrero del pez estaba tendido en el suelo tomando la mano de Milo.
Lo cierto es que Camus se veía mal. Tenía el pelo desordenado y escarchado, la cara arañada reiteradas veces y aparte del gran agujero de la parte baja de la coraza, otras partes de la armadura estaban agrietadas y resquebrajadas.
-De todas formas, ya he luchado con dos de los asaltantes y ambos me han dejado bastante… bueno, tal y como me veis.-
-¿Dos?- La joven Estela parecía sorprendida. Era raro que unos caballeros ajenos fueran tan poderosos como para derrotar a algunos de los caballeros de la más alta orden de Atenea. Acuario observó a la chica detenidamente, y vio que llevaba en su espalda, al igual que Cletus, una caja de armadura de bronce.
-Deberías cubrir tu rostro¿no?- Preguntó el dorado. La chica se sonrojó pues estaba incumpliendo una de las normas del santuario.
-¡Oh! Bueno, pues… es que…- Camus no la dejó continuar haciendo un gesto de indiferencia.
-Atenea es más indolente a las normas machistas de lo que era el antiguo patriarca. No te preocupes.-
-Lamento interrumpir vuestra charla, pero sugiero que sigamos a donde Atenea, creo que ese caballero debe estar cerca de ella.- Milo reflejó su preocupación en la voz y se levantó dejando tumbado a Afrodita.
Los dos amigos caminaron a la salida.
-Maestro¿no nos espera?-
-¿Creéis que seréis de utilidad habiendo visto cómo derrotaban a dos caballeros dorados?- Escorpio miró directo a los ojos de Cletus, que pensó por unos segundos.
-Recuerdo la historia que me contó sobre los antiguos caballeros de bronce. ¡Lo que importa es el cosmos, no el rango de la armadura!- Priscila asintió en tono afable, aunque su nerviosismo era evidente.
-Entonces poneos vuestras armaduras, porque cuando te encabezonas en algo, querido alumno, eres imposible de contradecir.-
-Iría aunque me dijera que no…- Los dos jóvenes tiraron de la cadena de la caja de su armadura.
Tras un resplandor soberbio después de que las vestimentas les cubrieron, Calisto y Arcas guiaban sus cosmo energías. La armadura rojiza de Priscila y la grisácea de Cletus contrastaban con el dorado de sus adorados superiores… Parecía como si el color de la del joven aprendiz hubiera cambiado.
-¿Desde cuándo tu armadura es gris?- Milo preguntó escéptico.
-Ahora no, maestro. Luego le explicaré las peculiaridades de mi vestimenta.- Los cuatro guerreros partieron del templo de Piscis corriendo a la última sala. El guardián de la última de las casas confiaba plenamente en ellos, por lo que optimista, cerró los ojos esperando verles de nuevo.
Los primeros rayos de sol rasgaron el horizonte. Estaba siendo una noche larga y todos los dorados que participaban en la batalla estaban cansados, aunque algunos aún no habían sacado sus puños.
En la que fue sala del patriarca, Atenea miraba preocupada a los dos caballeros que hablaban con ella. Saga y Seiya no apartaban la mirada de ellos y protegían a la diosa sin bajar la guardia cada uno desde un flanco.
Uno de ellos dio un paso al frente. Su porte era decidido.
-Mi nombre es Agni, señora Atenea. Como bien le dije antes, el maestro Soma aguarda su llegada al Parnaso. Aún espero su respuesta.- La otra sombra estaba en silencio tras su máscara de oscuridad observando a los guardianes de la diosa.
-¿Qué he de hacer para que me responda?- Insistió Agni. Dio otro paso al frente y se arrodillo ante Saori. Su compañero le imitó.
-¡No os acerquéis más!- gritó Seiya. Saga recelaba de ambos, pero especialmente del que llevaba la túnica oscura. Aquello le traía malos recuerdos de cuando llevó un atuendo parecido para tomar la vida de la diosa.
El silencio en la sala era sepulcral. Nadie más hablo, pero la afable diosa tomó una determinación. Atenea levantó de su trono.
-Miles de veces, mis caballeros se han jugado la vida para protegerme. No sé cómo habéis logrado atravesar las doce casas que distan de Aries hasta aquí, pero sé que habéis luchado contra ellos. Mi deber como diosa de la tierra es defenderles a ellos, pero principalmente he de proteger este planeta. Lamento decir que si no me decís las intenciones de vuestro maestro, me negaré a ir con vosotros.- La voz de la diosa fue firme, sin dejar lugar a las dudas. En cierto modo, tomó matices hostiles. El caballero de cabello azulado, Agni, no sabía qué hacer para no faltar el respeto ante aquella mujer.
De nuevo, en silencio, todo quedó apagado. Saga miró al frente. Había notado un cosmos, aunque no estaba ardiendo.
-¿Quién está ahí?- Su grito fue atronador. Desde el fondo de la sala, se percibía un aura cálida. Las puertas de la sala del patriarca se abrieron despacio hasta mostrar la silueta oscura de alguien que andó hasta el centro de la estancia sin cerrar las puertas. Lucía una armadura rosada y su cabello oscuro tapaba por completo su espalda y parte del frontal de su armadura. Su presencia era inquietante.
-Diosa Atenea, última representante de los cielos en el planeta, no debe oponer resistencia. El poder del señor Soma es mayor que el suyo y no me gustaría tener que demostrárselo en su nombre.- Sila hablaba sin sentir lo que decía, pero muy convencido de querer tomar a la diosa.
-¿Pero qué estás diciendo?- Saga enfureció. -¡Abandonad esta estancia si no queréis que os mande yo a otra dimensión!-
-Tu debes ser Saga de Géminis…- El conocimiento de Sila sorprendió al caballero de la tercera casa.
-¿Cómo lo sabes?-
-Explícaselo, máscara mortal…- El caballero dio dos pasos y descubrió a su ahora camarada. Lo que los guerreros dorados vieron les dejó boquiabiertos. Su compañero de Cáncer estaba con el enemigo y debía haberles facilitado toda la información del santuario.
El día que no había acabado de mostrar su luminosidad prometía ser largo. En aquella adornada sala, los cinco guerreros y la diosa estaban en tensión, y por supuesto, ninguno sabía lo que iba a suceder, a excepción del ajeno Dios Soma y su aliada, la furia Egaria.
La amenaza de una gran guerra por la tierra… ese fue el último pensamiento de Saga antes de mirar con odio a sus enemigos, incluido Cáncer. La batalla estaba cantada.
