Parte 8: La maldición de Soma y el conjuro del sol.
El sonido de una estruendosa campana inundó la decorada habitación. Un perfume oscuro recorría el aire libremente. La presencia más tenebrosa de todas se podía percibir en aquellos dos caballeros misteriosos que habían sometido a Máscara mortal. Agni del Mimetismo y Sila del deseo miraban firmes el rostro de la diosa Atenea. Una sonrisa envenenada cantaba sus intenciones.
-¡Máscara mortal os ha debido hablar de todos nosotros…!-
-Así es, caballero de Sagitario. Tú debes ser Seiya.- El antiguo Pegaso estaba sorprendido por los comentarios del guerrero que mostraba una cicatriz en su ojo izquierdo. -No hay secretos para nosotros, los védicos.- añadió el siniestro Sila.
-¡Atenea!- El grito provinente del exterior cesó. Los caballeros de Escorpio y Acuario entraron en la sala acompañados por dos jóvenes: Un chico y una chica. Todas las personas a excepción de la diosa llevaban una armadura.
Milo miró a su compañero de Cáncer y frunció el ceño. Comprendía qué había pasado. Camus por su parte, no perdió tiempo y se colocó junto a Seiya y Saga pasando por delante de sus poderosos enemigos, los cuales habían dejado de reverenciar a la diosa minutos atrás.
-¿Otra vez tú?- Sila se sorprendió de ver el aguante del que fue su adversario hace casi media hora. Le miró con determinación y le incitó con un gesto desafiante.
-Será mejor que abandonéis el santuario…- Milo gritó y ambos védicos tuvieron que girarse para ver al que hablaba. Junto a él, seguían Cletus y Estela, ambos temblorosos. Era la primera vez que veían a la diosa.
Un extraño presentimiento punzó el corazón del apuesto Saga.
-No debemos dejar que ninguno de estos indeseables se acerque a Atenea.- Los dorados cerraron su círculo, y por detrás el Escorpión y los muchachos les impedían la salida. Aunque la tensión de los guerreros de la diosa era enorme, parecían indestructibles a la luz del cosmos que emitían. Tan sólo tenían que abatir tres enemigos de los cuales, uno no suponía demasiada amenaza para todos juntos.
-¿Qué demonios habéis venido a hacer aquí?- Camus estaba sulfurado y se notó por cómo hablaba.
-Ya lo hemos dicho… Hemos venido a pedir que Atenea nos acompañe a la tierra de las musas: El Parnaso.- contestó el de verdosa armadura.
-Mi musa… Je.-
-No es momento de desvariar, Sila. Son demasiados…- Ambos védicos se lanzaron una mirada de complicidad y comenzaron a quemar su cosmos. El poder de ambos unidos hacía temblar la estancia. Incluso la tierra gritaba ante tales poderes dignos de los más poderosos caballeros dorados habidos.
El guerrero esmeralda se giró y atacó a Seiya por sorpresa con una patada que le clavó en una columna. Antes de que todos se pusieran en guardia, una voz desconocida les sorprendió a todos. Seiya se incorporó.
-Deteneos. Ya tenemos lo que queríamos…- Aquella persona había aparecido por arte de magia y no vestía armadura alguna. Alto y de dorada cabellera rizada, su poder no era nada despreciable. Vestía una túnica blanca, tras la que ocultaba una de sus manos. La otra tenía tomada a Atenea por la cintura firmemente.
-¡Udián! ¿Qué estás haciendo…?- Agni pensaba que tan sólo él y Sila habían entrado en el santuario.
-Seguí los consejos del señor Soma… Aproveché vuestras cosmo energías para penetrar en el santuario. No penséis que los encuentros de la casa de Acuario y de Piscis fueron casuales…- Todos los guerreros aliados de la diosa presentes estaban perplejos. Ninguno de ellos tuvo reflejos para defenderla.
-¡Suéltala!- exigió Saga atemorizado. El presuntuoso Udián rió.
-¿No me digas que piensas atacarme ahora que la vida de tu diosa está en mis manos?- La pragmática del bello desconocido convenció a Géminis. Los demás seguían sin reaccionar.
Sacando la otra mano de debajo de su túnica, mostró una daga. Su hoja estaba impregnada en un color verdoso que debía ser de un líquido ya seco en ella.
-¡Detente!- Sagitario se dispuso a agredir al recién entrado, pero en ese instante, Agni se interpuso raudamente y ambos se enzarzaron en una pelea de golpes directos. Saga fue en auxilio de su amigo junto a Milo, pero Sila gritó al aire.
-¡Uroboros! ¡Detén a estos humanos!- Nadie se movió por varios segundos a causa del embrujo. El guerrero de la retórica, Udián, rasgó la piel de la diosa con la daga. Tardó nada en herir su costado derecho, que comenzó a sangrar despacio, pero constantemente. Seiya gritó de impotencia.
Los guerreros védicos se reunieron en el centro de la sala. La diosa estaba desfallecida sobre su trono. Los caballeros dorados seguían sin moverse. El misterioso Udián abandonó la sala el primero.
-Guerreros de Atenea. Nuestro señor Soma espera en el Parnaso siendo el único conocedor de la cura de Atenea. Os advertimos de que algo malo sucedería si no aceptaba a venir con nosotros.- Sila hablaba en tono sereno, pero amenazador.
-¡No! ¡Saori!- Seiya tenía sus ojos inundados en lágrimas.-
-Ahora seréis vosotros los que la llevaréis por vuestra propia voluntad.- añadió Agni.
-Creed que lo siento, pero debéis venir con Atenea.- De un chasquido de su dedo, tras hablar, el caballero del deseo anuló los efectos de su magia paralizadora.
Nada más notar la posibilidad de moverse, Seiya trató de atacar al de pelo negro, que moviendo su mano esquivó irrealmente el golpe.
-El conjuro del sol ha empezado. Debemos irnos, Agni.- Udián gritó desde la puerta. Los tres guerreros corrieron dejando abandonado al manipulado Cáncer entre ellos con propósitos nada buenos.
Cuando los tres védicos huyeron, Cáncer alzó la guardia amenazando a los guerreros de Oro. Seiya no esperó. Ya había partido en busca de sus enemigos saliendo de la sala del patriarca sin prestar atención al corrupto dorado.
-Camus, avisa a los demás. Nosotros seguiremos a estos tipos y procuraremos detenerles. Traed a Atenea con vosotros por lo que pueda pasar.- Saga dio tajantes órdenes.
-¿A dónde creéis que vais?- Máscara mortal no les pensaba dejar partir fácilmente. Cletus se puso delante de él, protegiendo a sus ídolos. Valientemente, desplegó sus brazos indicando al poseído que no pasaría tras él. Estela le imitó.
-Maestro Milo, nosotros le cubriremos.- El joven aprendiz habló con firmeza a Escorpio, quien sin muchas alternativas asintió. Mientras todos los guerreros dorados emprendieron la persecución de los védicos, Milo no podía evitar sentir miedo por su alumno y por la diosa Atenea.
Tan sólo quedaban en la habitación una Atenea desfallecida, dos caballeros de bronce y el poderoso Acuario apoyándoles. Cáncer comenzó a reír.
-¿Ahora me enfrento a niños?- preguntó.
-Yo seré tu oponente.- El caballero de Acuario se adelantó entre los dos chicos.
-Señor Camus, ruego que nos deje esto. Mi maestro confía en nosotros y no le podemos defraudar.- Las palabras de Cletus sirvieron ante un Camus agotado. El dorado de la vasija dio media vuelta.
-Tened cuidado, por muy enemigo que sea no deja de ser otro caballero dorado.- Mientras hablaba, montó a la diosa en su espalda y tomó corriendo el camino que le llevaba a las casas del zodiaco. Cuando Cáncer vio ventaja, intentó atacar al indefenso Acuario, pero fue protegido por Estela, que golpeó brutalmente el estómago de su enemigo proporcionando al justo Camus el tiempo necesario para salir.
Enfurecido, Máscara mortal con una velocidad increíble devolvió el golpe a la chica haciéndola caer varios metros atrás. Ahora sólo los inexpertos caballeros de bronce podían plantar cara a Cáncer. De una forma u otra, el combate prometía ser intenso.
Con su magia, Máscara mortal cerró las puertas del lugar.
-¿Telequinesia? Pensaba que tan solo un par de caballeros eran capaces.- dijo Estela mientras levantaba.
-¿Estás bien?- preguntó el joven de Calisto.
-No te preocupes, soy Arcas, y juntos acabaremos con esta amenaza.- Estela parecía más segura de sí misma que minutos antes.
-Ahora no podréis escapar...- La carcajada de Máscara mortal tomó un matiz sádico.
El guerrero del cangrejo se dispuso a agredir a Cletus, quien costosamente esquivó dos ataques, pero recibió de lleno varios puñetazos en la cara, en el estómago y en sus extremidades. Mientras le golpeaban sintió el por qué del aviso de Camus: El poder de un caballero de oro era sólo superado por el séptimo sentido.
-¡Flecha de Arcas!- Estela lanzó una flecha luminosa contra Cáncer, que la esquivó sin problemas cortándola con un revés de la mano.
-¡Ondas del hades!- El rayo en espiral fue a parar directo a la chica, que recibió el impacto de lleno en plena coraza. Una hombrera de la chiquilla estalló en pedazos hiriéndole el hombro y haciéndola chocar contra el suelo. Los trozos de su armadura se oyeron caer en el suelo.
Cletus, enfurecido gritó y mostró su ataque más poderoso contra Cáncer, el estallido estelar, que provocó una explosión alrededor de Máscara de la muerte tan violento que incluso levantó una parte del suelo. A pesar del intento, el dorado corrompido seguía en pie y no parecía mostrar ninguna herida. Saltando, Cáncer pateó la cara del chico, que como su dulce novia cayó al suelo fulminado.
-¿Os gusta el poder del oro? ¿Cómo os atrevéis a pisar este suelo siendo tan débiles?- Los dos chicos reposaban bocabajo en el suelo con la fuerza partida.
Cletus levantó del suelo cansado. Un solo golpe de su adversario le hizo saborear su sangre, que ahora escupía. Tan sólo una patada de Cáncer había bastado para que viera que este adversario era más temible que el que combatió junto a su maestro en Aígina.
La chica le imitó. Ambos estaban frente a Máscara mortal. El corrupto enemigo de Atenea apeló un hechizo que ralentizó a los dos chicos. Una nube morada les cubría el cuerpo. El guerrero aprovechó para liberar su fuerza en el cuerpo de Cletus. Dando un puñetazo en su estómago e infinidad de patadas, finalmente Cáncer consiguió que el chiquillo chocara contra una columna de las de la estancia.
Los gritos del muchacho colerizaron a su compañera que lanzó otra flecha luminosa aprovechando que su enemigo le daba la espalda. El imprevisto ataque iluminó todo a su alrededor y colisionó en la armadura del malvado.
Hubo una gran explosión y Máscara mortal había acabado destrozando la columna en la que había agredido a Cletus de Calisto. El dorado levantó como si nada ante los atónitos ojos de sus oponentes.
-¿No me pensaréis derrotar con eso, no?- Máscara mortal rió antes de mostrar su nuevo y desconocido ataque: parca segadora.
Tras llamar al siniestro conjuro un temblor sacudió todo y los dos caballeros de bronce perdieron el equilibrio. Ante ellos apareció una silueta tenebrosa. Medía más de dos metros y portaba una guadaña inmensa y colosal con la hoja bañada en sangre. Con un movimiento de media luna automatizado golpeó a los dos chicos, que pudieron sentirse fuera de sus cuerpos.
Tras la desagradable sensación, ambos se encontraban en el suelo casi sin vida. Después de ser golpeados por la criatura habían estado desfallecidos algún minuto, pero a pesar de aquello Máscara mortal les seguía esperando.
-¿Os ha gustado? ¿Qué se siente al estar desalmados?- El ataque de Cáncer no consistía en otra cosa que desalmar a su oponente un tiempo mientras que él le golpeaba incontables veces. De ahí el por qué de su cansancio y ausencia de vitalidad.
La única que pudo levantar fue Estela, pero en pocos segundos, el guerrero de oro frente a ella golpeó su cara brutalmente. Tras ver como retrocedía sin equilibrio repitió el golpe con su pierna en el mismo sitio y con más dureza. Finalmente, la chica cayó de espaldas.
Cuando Estela se giró, sus labios sangraban. No se explicaba el motivo pues no estaban heridos, pero al abrir la boca, se dio cuenta de que la herida estaba dentro y coloreaba en un rojo vivo sus dientes, que goteaban sangre al suelo casi incesantemente. La chica estaba mareada por el golpe.
-¡E… Estela!- Cletus casi no podía gritar, pero a pesar de todo, levantó otra vez. Máscara mortal corrió hacia él y le clavó el puño en pleno estómago, allá donde no cubría su armadura. El joven tosió y retrocedió dos pasos sin caer al suelo.
-No sabes el placer que me da poder acabar con dos niños tan persistentes como vosotros.- El caballero de Cáncer mostró su tendencia sádica cuando habló, pero se impresionó al ver como Cletus seguía erguido, sin caer.
El herido joven caminó torpemente hasta donde su compañera estaba. Allí se agachó y le dio la vuelta apoyando su cabeza en los muslos.
-¡Oh! ¡Qué desconsiderado! olvidé que seguramente queríais morir juntos…- La ironía era notoria en Cáncer.
-Eres un cerdo… ¿Cómo has podido traicionar a tu diosa de una forma tan vil?- Cletus no mostraba rasgos de infantilismo.
-¿Qué dices? ¡Te mataré!
A pesar de que Cáncer trató de golpearle con todas sus fuerzas, el chico saltó rápido haciendo demostración de sus reflejos y, aprovechando la ventaja que tenía, pegó su puño al pecho del dorado convocando de nuevo su estallido estelar.
Una sarta de explosiones sacudieron a Máscara mortal, que esta vez si notó el golpe. Al caer al suelo, una pequeña pieza de la hombrera de su armadura saltó llamando su atención. Apenas podía creerlo. El manipulado caballero de Atenea notó un aumento de Cosmos en el chiquillo, que protegía el agotado cuerpo de su amada con los brazos abiertos.
-¿Todavía me encaras? ¿No te das cuenta de que no me podrás derrotar?- Lo cierto es que a pesar del golpe del muchacho, era lógico que no hubiera herido realmente a su enemigo. La diferencia de rangos era inmensa y Cletus no había desarrollado tanto el cosmos como en su día lo hicieron Seiya y sus amigos. Esta era la primera batalla real del chico, equivalente a la que tuvieron Pegaso y Fénix hace ya casi siete años.
Las carcajadas del dorado ponían enfermo al joven, que no cedía ante el pavor. Estela se incorporó y posteriormente levantó con trabajo cierto.
-No te preocupes por mí, Cletus.-
-Estela… estás herida…- El chico no pudo evitar enfurecer al ver su faz manchada de sangre. Entonces, sus ojos enrojecieron y un aura envolvió su cuerpo. El blanco que le abrazaba era tan puro como su juventud. De pronto, una explosión sacudió el lugar. Alguna columna estalló, conllevando al derrumbe de parte de la sala del patriarca.
Cletus había estallado su séptimo sentido dejando todo bañado a la luz de su aura. El odio de su cosmos descendió llenando de una fuerza desconocida su cuerpo. La joven Estela no sabía que sucedía. El propio Cáncer se vio atrapado en la misma pesadilla de nuevo.
-¡No dejaré que eso vuelva a suceder! ¡Malditos insectos de bronce!-
Máscara mortal convocó su Parca segadora cubriéndolo todo de negro. Cuando la silueta tenebrosa se erigió delante de los caballeros de bronce, Cletus ardió todavía más su cosmos.
-¡Restricción!- Las ondas de su ataque paralizaron totalmente a Cáncer. Antes de que la parca acabara de arquear su guadaña, el joven gritó al cielo una segunda vez.
-¡Estallido estelar!- Como venía siendo habitual, las explosiones no cesaron y destrozaron por completo la ilusión del ataque de Cáncer golpeándole a él también. Todo el suelo se destrozó y cayó sobre el dorado.
-¡Cletus! ¿Estás bien?- La voz de Estela tranquilizó al chico.
-No te preocupes. He entendido el último consejo que nos dio Camus. No hay de qué temer.-
Máscara Mortal levantó, aunque esta vez no estaba tan fresco. Toda su armadura estaba agrietada y su cuerpo entero magullado y herido por los múltiples impactos.
Lejos de allí, y a pesar de que ya debería haber amanecido del todo, el cielo estaba oscuro. En el lugar que el sol debía ocupar, la luna llena era la reina. Su color grisáceo era lo más claro en el cielo. Tanto Milo como Saga y Seiya dejaron de perseguir a los védicos, bastante lejos ya del santuario de Atenas. Parecían estar a las puertas de una gran ciudad olvidada que manaba tristeza.
Sila y Agni habían subido por la colosal montaña que se mostraba ante ellos, pero sin embargo, los aliados de la diosa decidieron no seguir persiguiéndoles. Habían descubierto un inmenso santuario que se erigía de principio a fin de aquel monte.
-¿Dónde estamos?- preguntó un confundido Seiya. Alzando la cabeza, se fijó en un gran arco, entrada de la ciudad. -¿El Parnaso?- añadió.
-El monte de las musas… El enemigo proviene de este monte sagrado, pero es curioso…-
-¿Qué sucede, Saga?- Milo no comprendía las reflexiones de Géminis.
-Por más veces que se ha venido a este lugar, nadie ha hablado de esta ciudad y del santuario. ¿No os huele raro?- El antiguo patriarca estaba maravillado por tanta belleza.
-¿Estos serán nuestros enemigos?- Seiya señalaba alto, en el horizonte una hilera de templos lejana. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Bajo las puertas de la ciudad, cuatro guardias custodiaban un lugar que al parecer nadie había visto antes. Saga avisó a sus compañeros señalando a los guardianes.
-¡Vamos, hagámonos con sus túnicas y así no llamaremos la atención con nuestras armaduras!- En breves segundos, el caballero de Géminis apareció entre ellos y los abatió con destreza provocando un mínimo ruido del que nadie se percató. Tras el logro, todos los dorados taparon su cuerpo con una túnica oscura que tragaba el brillo de sus armaduras.
Juntos, los aliados del bien entraron en la ciudad. Ninguno de ellos se explicaba por qué allí era de noche. Las calles del lugar eran estrechas y oscuras, hasta el punto de llegar a ser agobiantes. Tras caminar por un rato, llegaron a una plaza.
-¿Veis desde aquí por dónde deberíamos continuar?- Saga, tan calmado como siempre trató de buscar una vía de ascenso hacia el monte, pero no encontró nada. De repente, tras ellos apareció un hombre de cuerpo robusto y cabello azul. Llevaba ropas oscuras.
-¿Quiénes sois? No sois soldados del lugar, ¿verdad?-
Los tres aliados de la diosa se quedaron paralizados. Por un momento, pensaron que su suerte había acabado y que tendrían que luchar, pero el hombre que les habló, mostró rápido que no quería atacar levantando en signo amistoso sus brazos.
-Tranquilos. Mi nombre es Gaudar y no estoy aquí para deteneros, sino para ayudaros. Os he estado esperando mucho tiempo.-
-¿Qué dices?- Seiya se sobresaltó al instante.
-No me preguntes como, pero sabía que llegaríais. Lo supe en el momento exacto de mi derrota.-
-¿Derrota?- preguntó Saga.
-Así es. Hace dos años, antes de que todo este santuario emergiera, fui vencido por uno de los dos caballeros que os han atacado. Justo cuando él me derrotó, pude sentir el cosmos de Artemís protegiéndome y dándome una última orden.-
-¿De qué se trata?- Milo miró a los ojos de Gauldar, que gesticuló para que hablaran susurrando. Todos los caballeros caminaron hasta sentarse en el borde de una esculpida fuente circular, pero el desconocido se quedó delante de ellos para hablar.
-Mi diosa, Artemis, me mostró en los que yo creía últimos instantes de mi vida la clave para llegar a donde el dios Soma espera.-
-¿Soma? ¿Quién es él?- Sagitario no sabía a qué se refería.
-Seiya, los caballeros que asaltaron el santuario le nombraron varias veces. ¿No escuchaste?-
El caballero Saga regañó a su aliado.
-Lo siento, estaba preocupado por Saori. Si escuché no presté atención.- Gauldar supo que hablaban de Atenea.
El misterioso hombre dio la espalda a los tapados caballeros de oro, que pudieron comprobar sin duda un aura aliada en el guerrero. El hombre miró a la luna.
-¿Quién es la diosa de la luna?-
-¿Artemís?- Preguntó seiya recordando su enfrentamiento con la real diosa de la luna en el pasado.
-Así es. La mujer que descubrió los planes de Soma para con la tierra. Los caballeros de los astros luchamos contra los guardianes de Soma, pero fuimos derrotados. El único superviviente soy yo, y he perdido mi armadura y mi poder…-
-¿Hasta dónde quieres llegar?- interrumpió Seiya con relativa educación.
-El caso es que Soma es un dios excluido por Zeus y todos los demás dioses del Olimpo.-
-¿Por qué le excluyeron?- cuestionó Saga, con la mirada firme.
-Al parecer, su poder era superior al de Zeus, pero lo peor es que sus ideas eran opuestas. Él quería controlar la vida de las personas y basarlas en la pureza de un mundo idílico suprimiendo el concepto de libertad.-
-¿Y bien?- Sagitario mostraba interés comprendiendo con dificultad.
-Los dioses le sellaron en la tierra puesto que no consiguieron vencerle. Según la leyenda, el sello se rompería miles de años después, por lo que Zeus encarnó a los más poderosos dioses en personas de la tierra, que se encargarían de protegerla ayudados por sus caballeros hasta el día de la ruptura del sello.- Gauldar miró a los dorados con atención. Su mirada tornó agresiva mientras susurraba con pavor el nombre de Soma.
-El desgraciado consiguió a pesar del sello actuar en este mundo y ordenar que usaran el santuario en que fue dormido como cuna de la sociedad que él deseaba construir. Se levantó la ciudad del parnaso y consiguió el poder de las diez musas aparte de otros todavía más terribles.-
-¿El poder de las musas?-
-Así es, Seiya. Piensa. ¿Cuándo has oído algo de lo que te estoy contando? Los dioses intentaron que los mortales bajo su dominio olvidaran a Soma hasta el día de su renacer. La ruptura del sello. Finalmente, Soma ha vuelto a la vida.-
-Supongo que él fue el que mandó que hirieran a Atenea…- confesó Milo.
-Así es. Hasta que no quedase en este mundo más que la encarnación de un dios, el malvado Soma no podría efectuar su plan: el embrujo del sol.-
-¡¿El embrujo del sol!- Los tres caballeros parecían sorprendidos, pero sólo fue Seiya el que preguntó sobre dicho conjuro.
-El embrujo del sol se activó en el mismo instante en que Atenea fue herida.-
-¡Qué!-
-Atenea está embrujada, al igual que este mundo ahora mismo. Desde que la hirieron, comenzó a anochecer en ver de a amanecer como debería haber pasado. La noche será eterna hasta que la luna se vuelva roja.-
-¡Pero eso no es posible! ¿Y el movimiento de rotación de la tierra?- Saga no comprendía cómo era posible aquello.
-He ahí el poder de Soma. Ahora, toda la humanidad está atrapada en un sueño. Esto no es más que una ilusión mientras el verdadero mundo que Soma desea nace poco a poco como el santuario hizo.-
-¡No entiendo nada!- Seiya se quejó, pero ninguno de los guerreros de Atenea comprendió lo que quería decir.
-Veamos… Lo que quiero decir es que el mundo se ha parado por el embrujo del sol de Soma. Su mundo de idilio irá tomando el lugar de este en un plazo aproximado de un día. Justo lo que tardará la luna en volverse roja y derramar su sangre sobre Soma. Entonces, todo habrá acabado a menos que derrotéis al dios.-
-¡Eso está hecho!- Comentó Sagitario con optimismo.
-Caballero, recuerda que el tiempo se ha parado durante un día… Ese es el tiempo que tenéis para llegar a la cúspide del santuario. El poder de Soma es tal que puede manipularlo todo a su antojo mientras estemos en esta especie de sub dimensión que él ha creado.-
-Aún después de todo lo que nos has explicado, hay cosas que no comprendo.- Saga se mostraba escéptico.
-Tranquilo. Con el tiempo lo averiguarás todo. Lo único que os digo es que no podréis hacer trampa. Soma ha establecido todo esto como si fuera un juego para él. Tendréis que atravesar varios templos para llegar a donde él.-
-¿Cuántos?- Preguntó secamente Milo.
-Aproximadamente veinte, y la catedral…-
-¿¡Qué?- Escorpio se quejó alzando el tono involuntariamente.
-Los primeros caballeros son débiles, pero a partir de que lleguéis a las musas, la cosa se os complicará. Mirad a vuestro alrededor y buscad las seis atalayas que rodean la ciudad. Ese será vuestro primer obstáculo. Si lográis derrotar a sus guardianes, debéis traer la esmeralda que cada uno de ellos guarda y ponerla en esta fuente, entonces yo, os diré que debéis hacer a continuación.-
Los caballeros dorados comprendieron a medias la situación. Estaban atrapados en el conjuro de un dios que deseaba un nuevo mundo, en mitad del tiempo y en un lugar que ya era difícil averiguar si existía o no. Juntos, decidieron abrir parte del camino a sus compañeros y miraron la primera de las seis atalayas, la más cercana, sobre la cual, en la oscuridad de la noche, brillaba un cosmos oscuro. El guardián de la atalaya sabía que tendría visita y no se lo pensaba poner fácil a ninguno de los caballeros de Atenea.
