Capítulo 2: Torres de miseria.
Parte 1: Lirio y recuerdos
Los caballeros de Atenea comenzaron a correr rumbo hacia la primera de las seis atalayas. Las esmeraldas les esperaban y sabían que no tenían mucho tiempo, aunque por suerte, sus compañeros deberían llegar pronto.
Ya todos se habían alejado, y desde la penumbra íntima, el caballero Gauldar sonrió levemente, aunque mostraba una cierta tristeza. A la luz de aquella todavía pura luna susurró el nombre de su hermano.
-Dralan, no te preocupes ya por nada… al fin venceremos.-
Las calles de la ciudad eran más estrechas que hace un rato, pues los caballeros salían del núcleo de la población. No se oía nada más que el silencio. Milo dudaba sobre el lugar. Era raro que si la ciudad estaba habitada, ya fuera de día o de noche deberían haberse topado con algún habitante. Sus compañeros no hablaban, pero por la atmósfera tan hostil que les envolvía se deberían estar haciendo la misma pregunta.
Lejos de aquel lugar, en la cúspide del santuario, Sila caminó lentamente hasta llegar a la enorme puerta de ébano que separaba los dominios de Tadeus de los suyos, a los que se dirigía. Tras abrir la puerta, todo estaba negro, y a tientas, el joven se acercó a uno de los múltiples candelabros que adornaban algunas paredes de su palacete. Sin dilación lo encendió. Apenas había más que un leve resplandor, pero para él era suficiente.
Sila siguió caminando hasta el centro del lugar, en el cual abandonó su armadura, que rápidamente adoptó la forma de una mujer desnuda en contraposto. El color rosado del cosmos de la armadura acabó por iluminar el lugar.
-Gracias.- contestó Sila sabiendo que nadie le escucharía. El caballero no estaba herido, pero las mayas que solía usar con su armadura estaban desgarradas y rotas, sobre todo en su pecho. El joven caminó desnudándose por el camino hasta su habitación.
El interior de la estancia era bastante escueto, pero para lo que el guerrero la necesitaba, era más que suficiente. Sin prisa, Sila abrió el armario, grabado en madera oscura, y miró con detenimiento su ropa hasta decidirse por un conjunto. Comenzó a vestirse con unos pantalones anchos y negros y una camisa de mangas holgadas blanca, que aunque bastante vieja era elegante.
-Al fin algo de comodidad…- Cuando el muchacho estaba en su jardín, lo primero que hizo fue asomarse para ver el paisaje del parnaso. Desde donde él estaba podía verlo todo. Agni y Udián también descansaban ya en su casas, pues los resplandores de sus vestimentas iluminaban sus templos como pasaba con el de Sila, sin embargo, el védico pudo sentir tres energías lejanas, abajo en la ciudad.
-Deben ser nuestros amigos, los caballeros de Atenea. ¿Me pregunto cuánto tiempo tardarán en venir sus amigos…?- Como por arte de magia, una voz le contestó.
-¿Sobre dos o tres horas?-
-¿Ya estás aquí, Letheus?- Sila daba la espalda a su visitante, pero no pudo evitar sonreírle.
-¿Molesto? Si es así me retiraré…-
-Tranquilo, amigo… Pero tú lo sabías, ¿verdad?- Ahora el védico del deseo hablaba serio, y se giró para ver la cara de su amigo.
-¿Qué se supone que he de saber?- Preguntó Letheus interesado mientras se quitaba de la frente, como siempre, uno de sus mechones castaños.
-Para alguien de este santuario no soy muy útil.-
-Bueno… no sé por qué lo dices, pero desde que os fuisteis las cosas no fueron bonitas por aquí.- Letheus caminó hasta donde estaba su amigo para señalar en la oscuridad de la noche una parte de aquel santuario.
-Aquella es la Plaza Sagrada, ¿no? ¿Qué pasa allí?- Sila parecía sorprendido.
-Algunos soldados se rebelaron contra Soma.
-¿Qué?- El caballero del deseo no daba crédito a lo que oía.
-Pues así es… y ahora todos los que se levantaron contra él están colgados boca abajo en la plaza santa…-
Sila enfureció, pero no dejó que su compañero se diese cuenta. Lo único que hizo fue un gesto que denotaba negación tocando la punta de su nariz con su pulgar elegantemente.
-¿Y quién les mató?- preguntó abriendo sus ojos.
-Es de lógica, Sila. Fue Hilarión.- Letheus habló como si no hubiera otra respuesta posible, a lo que añadió: -¿Y tú por qué dices que hay alguien que no te quiere entre nosotros?-
-Porque me tuve que enfrentar a uno de los nuestros en el santuario de Atenea. Me dijo que alguien había ordenado que retuviesen mi energía.-
-¿Sabes quién, Sila?-
-Tengo mis favoritos…- respondió decidido. -Ahora lo siento, Letheus. He de ir a ver a alguien…-
-¿Es quien yo creo que es?- cuestionó el védico de las ilusiones.
-Como no sé a quién te refieres, no te puedo responder.- Mientras contestaba, Sila se dirigía al interior de su templo, pero fue seguido por su amigo.
-¡En serio, Sila! No deberías acercarte demasiado a las furias. Se nota demasiado lo tuyo con Euralia.- El guerrero del deseo suspiró.
-¿Cuándo te meterás en tus asuntos, mi querido amigo…?- El tono de Sila era amistoso, pero el contenido de su pregunta no podía ser más serio. Ambos caminaron juntos por un rato en silencio, hasta que el guerrero de cabello negro abrió otra de las majestuosas puertas de el lugar para dirigirse al exterior de la catedral de terror.
Mientras tanto, Sagitario, Géminis y Escorpio estaban tan cerca de la primera Atalaya que ya podían verla de cerca. Sin más, se detuvieron en seco a escasos veinte metros de la puerta, acabada en metal. Sobre la misma, una inscripción en griego se leía diciendo lo siguiente: "Quinta atalaya: Lilio"
-Impresionante… debe medir más de treinta metros de altura… ¡Es enorme!- Seiya estaba impresionado.
-No tenemos demasiado tiempo… ¿qué nos dijo de las esmeraldas aquél tipo… Gauldar?- Milo trataba de hacer memoria, pero Saga se respondió a sí mismo.
-Tenemos que recoger una esmeralda, pero lo que no sé es si la tiene el supuesto guardián…-
-No, Saga.- Seiya señaló con su dedo por encima del grabado de la torre.
-¿No ves lo que brilla sobre la inscripción? Es de color verde, luego debe ser la esmeralda.-
-Es cierto, pero está incrustado en el muro.- Milo no sabía cómo la podían sacar sin ocasionar un destrozo.
Detrás de ellos, una silueta hizo aparición.
-Veo que sois observadores…- Su voz no era en absoluto ruda, pero su porte parecía estoico. Sonrió levemente. -Mi nombre es Bastian, caballero del Lirio de Parnase.-
Cuando los guerreros se dieron la vuelta, vieron a un hombre alto, imponente. Su pelo era corto y rubio, y sus ojos negros e irradiantes de odio. A pesar de que una túnica envolvía la mitad de su cuerpo, los dorados pudieron observar en él una armadura preciosa y celeste. No cubría más que parcialmente, dejando al descubierto la cintura y los muslos de aquel hombre de unos veinte años de edad.
-Tú debes ser el guardián de esta torre, ¿no?- preguntó Seiya.
-Y vosotros los caballeros que han osado retar al dios Soma, ¿no es así?-
-Tu dios ha herido a Atenea y necesitamos saber qué la curará…- Sagitario no parecía mostrar demasiada paciencia para con el guardián. -…así que dinos cómo podemos conseguir esa esmeralda sin hacer demasiado ruido.- añadió el osado dorado.
-Todos sabemos que esa tal Atenea ha sido herida con una daga impregnada en el elixir de Soma…- respondió Bastian.
-¿El elixir de Soma?- los tres dorados escuchaban atentamente, sin embargo, el estoico hombre que estaba delante de ellos no hizo ademán de explicarles nada. Tan sólo sonrió levemente.
-¿Cómo queréis que os mate, a los tres juntos, o uno por uno?- preguntó presuntuosamente el guerrero del lirio.
Los caballeros de Atenea rieron, pero Saga dio un paso al frente.
-Yo seré tu oponente y ellos aprovecharán para ir a las otras cinco atalayas. ¿Te parece?- Géminis mostraba una decisión sorprendente. Su enemigo hizo una mueca de desinterés y contestó.
-Total, más tarde o más temprano caerán ante alguno de mis compañeros…-
Seiya y Milo ya se alejaban buscando en el oscuro cielo la silueta de la segunda torre. Ahora tanto el dorado de Géminis como el guerrero del lirio se encontraban uno frente al otro, en postura de guardia.
-Caballero Bastian, es inútil que luchemos. Nuestra causa es justa. Dame la esmeralda. Necesitamos salvar a nuestra diosa y preferimos no sacrificar vidas inocentes como la tuya.
-Lo siento, Saga.- Aquel guerrero de Parnase sabía bien el nombre de su enemigo.
-¿No comprendes que mi poder es superior al tuyo?- La amenaza de Saga fue imponente, pero Bastian no retrocedió.
-Puede que sea así, pero si mi dios estuviera en peligro, ¿me dejarías ir hasta donde estuviera esa Atenea para pedirle un antídoto aún sin conocerme?- Géminis quedó en silencio.
-Comprende que yo tampoco puedo, caballero.- añadió el protector de la primera atalaya intuyendo la respuesta que su oyente habría dado.
-Entonces, adelante.- animó Saga mientras avanzaba veloz hasta su adversario.
Aunque Géminis se movía veloz bajo la luz de la luna, su enemigo no titubeó en apuntarle con una mano de forma fría.
-¡Lirio destructor!- El grito de Bastian resonó en el aire, y al segundo, una explosión detuvo a Saga. El poder de la misma no había sido gran cosa, pero la rapidez del ataque le había sorprendido.
El guerrero de armadura celeste arrojó la capa al suelo y trató de pegar un puñetazo al indeciso Saga mientras corría hacia él, sin embargo, no pudo conseguirlo y como consecuencia, el dorado le agarró del antebrazo para lanzarlo contra el aire.
-¡Explosión galáctica!- Antes de poder ejecutar su poder, otro lirio destructor explotó en plena cara de Saga. Tras disiparse el pequeño estallido, Géminis lucía un pequeño hilo rojizo desde su mejilla hasta el mentón. Había sido herido.
-Veo que uno de mis lirios no es suficiente para derrotarte. ¡A ver cómo te las apañas con cien!- Bastian conjuró una sarta de lirios explosivos, que como demonios de rápidos se acercaban a Saga. Fueron detonando sin demora sobre el cuerpo del dorado formando una humareda de escándalo.
El humo subía al cielo lento pero constante. El cuerpo del frío Saga apareció borroso, pero todavía firme. Esta vez sin previo aviso corrió hasta Bastian y tomándolo por el cuello, usó su otra mano para provocar una ineludible explosión galáctica.
Como si una ilusión fuese, el guardián de la atalaya fue transportado a un lugar vacío en que cientos de planetas explotaban contra él. Tras numerosos estallidos colosales, el cuerpo del hombre cayó al suelo.
Cuando Bastian dejó de ser golpeado, su armadura estaba destrozada, sus mayas despedazadas y su piel y carne quemadas. El olor del mismo era a chamuscado, sin embargo, levantó valiente como el que más.
-Y eso que no he puesto ni la mitad de mi poder en la explosión…- le dijo Saga. -Abandona y dame la esmeralda o habré de matarte.-
-Mátame, pero sabes que no puedo dártela por las buenas.- Con fuerzas dudosas, Bastian convocó otro de sus ataques de lirio, el lirio negro.
Cuando la flor, más lenta que los lirios explosivos, estaba a punto de tocar a Saga, el dorado la quemó con su cosmos sin dificultad. Géminis andó despacio hasta donde su enemigo descansaba en el suelo a punto de morir.
-No mereces morir, así que te mandaré a otra dimensión.- El aliado de Atenea se agachó y cogiendo a Bastian lo arrojó otra vez al aire para ejecutar su "otra dimensión". Tras un ruido colosal, no quedaba ni rastro del guardián de la atalaya.
Una vez el guerrero había desaparecido se oyó un suave ruido proveniente de la torre. El grabado de "Lilio" se desvaneció y la piedra preciosa cayó al suelo. Cuando Saga la tomó, sonrió.
-Si los caballeros de las atalayas son así, no tendremos de qué preocuparnos.- Tras su pensamiento, el dorado victorioso guardó la gema dentro de su armadura y se limpió la cara de la explosión del único lirio que le había herido. No había tiempo que perder.
Casi en la cúspide del Parnaso, Sila caminaba por un sendero a cuyos lados las flores se agitaban con el viento de la noche. Delante de él y bastante cerca se podía contemplar un santuario de dimensiones considerables. El interior era oscuro, pero se podía distinguir turbiamente la silueta de alguien sentado a los pies de una columna. Tras mirar el védico con atención a la sombra, se decidió a saludar.
-Ho…hola.- Sila parecía estar en tensión. Aquella figura negra rió suavemente desde donde estaba.
-¿Desde cuándo hablas como si me tuvieras miedo?- Una voz cálida, amistosa y femenina dio la bienvenida al védico.
-¡Oh! No te había conocido Anieli… Lo siento.- El védico subió por las escaleras del templo de la misteriosa muchacha hasta llegar a la cima, donde ella estaba sentada. La chica levantó la cabeza y miró atenta a su visitante.
La estancia era muy oscura, y entre eso y la noche del Parnaso, Sila no había distinguido a su amiga. Respirando profundo, el caballero sintió que el aire del templo estaba viciado, y algo no le daba buena espina.
-¿Qué pasa aquí?- preguntó.
-No lo sé, pero tengo un mal presentimiento.- dijo la chica.
Desde donde estaba Sila, a la luz de un candelabro que había colgado en la columna a la que daba la espalda, podía ver claramente a su amiga, la guardiana del lugar.
Anieli no era alta, y tampoco lo parecía sentada con las piernas abiertas y apoyadas en los escalones inferiores. Sus labios delgados y pálidos ponían el brillo a sus ojos grandes y rosados, y su nariz, pequeña y respingona le daba un aire infantil a su rostro, rodeado por un cabello del mismo color que los ojos que, recogido en dos cortas coletas, cada una a un lado de la cabeza, acababan por conferir un aspecto amigable a la chica.
Desde donde estaba, Sila no podía distinguir con claridad las curvas de la joven, pero las podía intuir exuberantes y apetecibles mientras las rasgaba con su mirada. Anieli, que notó el interés del caballero por su cuerpo, empezó a reír sin tapujos.
-¡Veo que no cambias! ¡Siempre que vienes me desnudas con la mirada!- Ella era la única persona que podía avergonzar a Sila, aunque lo hacía involuntariamente.
-Lo… lo siento.- el joven se disculpó de corazón.
-No te preocupes, ya sabes que siempre me han gustado tus miradas. Por cierto, ¿qué haces aquí?-
-Sólo esperaba a alguien cuando te vi tan imponente que…-
-Llevabas más de un año sin visitarme. ¡Me tienes olvidada!- Anieli tenía un sentido del humor que aunque estúpido, llegaba a alegrar a quien a su alrededor estaba. Sin esperar respuesta, comenzó a hablar nuevamente.
-Si estabas esperando ahí…- dijo ella con seriedad mientras señalaba con su índice izquierdo al campo de flores que había cerca de la entrada de su templo. -… supongo que debe tratarse de alguien importante, pues sabes que nadie que esté por debajo de mí puede pasar, ¿verdad?-
-Así es.- respondió Sila escueto.
-¿Y de quién se trata?- La curiosidad de la chica siempre había cautivado al védico.
-Anieli, eres demasiado indiscreta.- recriminó Sila en tono afable.
La chica levantó de un salto ágil y se acercó al joven. Por un momento, parecía que iba a golpearle el estómago, pero se quedó quieta. Ambos rieron unos segundos antes de que todo quedara en calma de nuevo.
-¿No has visto pasar a nadie desde que estabas sentada bajo la columna?- preguntó Sila.
-Pues no, pero si quieres podemos tomar algo mientras esperas, y así recordamos los viejos tiempos junto a Letheus y Aove.- Sila consideró afirmativa la propuesta de su amiga, que ya había partido por las copas.
Mientras aparecía la joven, el védico se sentó apoyando su espalda en la misma columna que Anieli. A los pocos minutos, la muchacha apareció con una pequeña bandeja plateada entre sus manos, sobre la cual relucía el líquido anaranjado de una botella.
La joven se sentó al lado de Sila y puso la bandeja en el suelo con gran delicadeza. Sobre ésta también había dos vasos anchos con hielo. Puso uno al lado de Sila y el otro lo dejó a su lado en el suelo. Anieli abrió la botella y vertió parte del contenido en ambos vasos. El hielo crujió al contacto con el líquido.
-Tengo esta botella de Whisky desde hace tres años. Siempre había querido beber de ella.- La chica dio un trago lento y corto. Sila la imitó.
-Pasando a temas más serios. ¿Hasta dónde crees que llegarán los caballeros que han entrado en Parnase?- Anieli parecía hablar más firmemente que minutos atrás.
-He luchado contra ellos en Atenas.- dijo Sila
-¿Y bien? ¿Hasta dónde crees que llegarán?-
-Esos caballeros te podrían poner incluso a ti, Anieli, en problemas.- La joven no se podía creer lo que acababa de oír.
-¿Qué dices? Pero si yo soy la cúspide de la vía santa… yo soy el caballero de Mnemosine, la madre de las nueve musas…-
-Aún así podrían ponerte en apuros.- El védico trataba de transmitir realismo a la chica.
-¡Pero si no son más que tres! No creo que derroten, como mucho a Valera.- dijo ella.
-¿Valera de Melpómene? No sé que decirte, Anieli…- La chica miró preocupada a su amigo.
-Explícate.- ordenó.
-No son tres, amiga…- Tras unos segundos de silencio, Sila añadió algo: -…son más o menos doce.- Tras oír aquello, la muchacha acabó su licor de un enorme trago y puso su vaso sobre la bandeja.
Anieli se levantó y bajó algunas escaleras para mirar el cielo.
-Lo cierto es que desde que emergió este santuario, tengo un mal presentimiento. No sé que es, pero creo que se acerca el momento en que descubriré para qué vivo. Creo que voy a encontrar el sentido a mi vida, Sila.- Ahora la joven parecía triste.
-Yo lo encontré hace unas horas.- añadió el védico.
-¿Qué dices?- Anieli miró directamente a los ojos del caballero.
Sila levantó bruscamente y acabó su whisky de un trago al igual que la chica.
-Ahí está mi cita. Luego nos veremos, compañera… o al menos, eso espero.- El védico comenzó a bajar los escalones del templo dejando atrás a Anieli, que miraba a su amigo quizás pensando en que aquella era la última vez que se verían, en que la copa que acababan de tomar era la última, y en que, seguramente, aquel momento no sería más que un recuerdo más en la eternidad.
Ya fuera del santuario de Mnemosine, Sila se acercó a Alecto despacio. No mostraba ningún sentimiento. Por el contrario, la niña corrió hacia él nada más verle aparecer. Cuando estaba a casi dos metros de distancia, saltó a sus brazos. El caballero del deseo no falló. La abrazó como si la hubiera añorado más que nunca.
-Llegas tarde, Alecto.-
-Lo sé…-
-Además, no vienes de la catedral. ¿Has estado en algún sitio?- preguntó Sila mientras bajaba a la chiquilla de sus brazos.
-Sí. He estado con unos amigos en un sitio maravilloso. Había una laguna y a la orilla se estaba tan cómoda…-
-¿Por eso has llegado tan tarde?-
-¡Oh, no! abandonamos el sitio cuando todo se puso oscuro. El señor Soma debe haber conjurado el hechizo del sol.-
La pequeña llevaba en esta ocasión una falda larga y sedosa y una blusa blancas, aunque manchadas de haber estado correteando y jugando por ahí. Su cara estaba igual de sucia, aunque ella no se había dado cuenta.
-Quisiera llevarle a ese sitio. ¿Vendría conmigo?- preguntó la niña con dulzura.
-Claro. Sé donde está. Vamos.-
En la cima de la catedral, en el cuarto torreón, el dios Soma cerró sus ojos mientras mordía sensualmente el cuello de una mujer.
-Egaria, ¿cómo ha conseguido sobrevivir?- Mientras el todopoderoso tocaba el cuerpo de aquella mujer terrible, la besó violentamente impidiendo que respondiese algo. Lo único que pudo oírse fue un gemido femenino.
La maldad en los misteriosos ojos de Soma excitaba a la mayor de las furias, que estaba tumbada sobre él en el interior de una lujosa cama. La mujer no podía moverse de lo que sentía en aquel momento. Tan sólo arañaba con saña el pecho del hombre.
-Relájate, ya pasó todo…- La imperiosa voz de Soma la calmó sin más. El Dios parecía tener el don de la elocuencia más pragmática.
Soma desplazó a Egaria a un lado de la cama con delicadeza nula y levantó desnudo. Tras dar pocos pasos, miró por el balcón al horizonte bañado en noche, e iluminado por la luna llena. Egaria le abrazó por la espalda.
-Hoy la luna es más grande de lo normal, y todo es gracias al poder que ha conjurado.- susurró la furia al oído de Soma.
El frío era intenso, y la lujosa habitación estaba inundada en el gélido, aunque ninguno de los dos lo notaba. Soma miró la luna con ojos lascivos todavía. Comenzó a sonreír confiado.
-Pronto acabaré con todos vosotros, malditos gusanos del Olimpo.-
-Señor Soma, ¿cuál es el verdadero sentido de su conjuro del sol?- Egaria miró a los ojos del dios justo cuando este se dio la vuelta.
-¿Todavía no lo comprendes? Mira la luna. ¿No ves cómo una mínima parte es ahora roja?- el poderoso señaló al astro. Más o menos la mitad de una décima parte estaba rojiza como la sangre fluyente.
-El conjuro del sol…-
-Ahora que el tiempo se ha detenido ya no es nada. Tan sólo queda que Atenea aparezca en nuestro santuario.-
-Algunos de sus caballeros están luchando en Parnase.- comentó Egaria a su Dios.
-Egaria, ¿quién crees que soy? Yo puedo ver más allá de lo que mis ojos deberían.- Soma puso su mano derecha sobre la frente de aquella mujer. Nada más contactar con ella, la mujer palideció. Estaba viendo lo que sucedía en aquel mismo instante en que la primera atalaya caía derrumbándose. Ya hacía un rato desde que Saga había acabado con su oponente, pero era ahora cuando la torre caía debilitada por la ausencia de un cosmo que la sustentara.
-Impresionante. Su poder supera lo hasta ahora visto.- La semi-diosa idolatraba a aquel no mortal todopoderoso y presuncioso.
-Egaria, el futuro no puede ser predicho ni por nosotros los dioses, pero sí que puede ser como lo imaginamos. Yo creé este momento que tú estás viviendo en este momento.-
-¿A qué se refiere?- Las palabras del dios trascendían de lo que hasta ahora había escuchado.
-Desde mi sueño, yo creé todo esto y preparé este plan para que todo sucediera como está siendo. El error no es algo que exista en el vocabulario de un Dios, así que no dudes de mí otra vez…-
La furia palideció más aún tras las palabras del poderoso, pues había leído de su mente lo que la mujer había pensado antes de acostarse con él. El día anterior, cuando él renació, Egaria dudó en un primer momento de su poder, el que ahora consideraba superior incluso al de Zeus.
Sin más, Soma la abrazó y le prometió el cielo. Le juró con una mirada todo lo existente. Entre ellos se comprendían.
-Señor Soma. Debería ir con mis hermanas. Están solas desde hace ayer y temo que…-
-No, Egaria. No te preocupes por ellas. Por cierto, quiero que me traigas a Erinia.-
-¡¿Qué! ¿Qué pretende hacer?- Soma rió un poco de lo sugestionable de la mente de la hermana mayor de las tres furias.
-¿De qué se ríe? ¿Para qué quiere a Alecto?-
-Por eso mismo necesito una sociedad pura. Porque todos tenéis la mente podrida, Egaria. Incluso vosotras que sois casi diosas. En menos de un día todo habrá acabado, pero antes, quiero que me traigas a tu hermana para… hacerle unas preguntas.- Tras hablar, él mismo se dio cuenta de lo bien que se sentía y de lo superior que era a todos los que le rodeaban. Si nadie lo impedía, pronto no quedaría nada del mundo antes conocido, eso si no era demasiado tarde ya.
Egaria se sentó en la cama para vestirse. Cuando se había puesto su vestido negro, ya estaba lista para abandonar la cuarta torre. La menos lógica de todas.
-Señor Soma. Daré su recado a Alecto cuando la vea.-
-Eso espero, mi querida furia. Y recuerda que te necesitaré en unas horas cuando esté aburrido de ver cómo mueren los aliados de Atenea.-
Finalmente, el dios quedó Solo en la enorme estancia. Caminó lentamente hasta su trono y en él, se relajó. Todo estaba en silencio y tan sólo una cosa volaba entre los deseos del Dios. Su propia armadura, la que acababa de conjurar horas atrás.
