Parte 11: La calma de antes de la tormenta
Ráfagas de viento helado con sabor a céfiro azotaban la ciudad de Parnase, sumida en un sueño lleno de misterio. La oscuridad lo hundía todo en un frío considerable. Milo corría sin perder tiempo a través de la ciudad. Cuando estaba llegando a una gran plaza vio la silueta de Saga a lo lejos y gritó su nombre. El caballero de Géminis, todavía a distancia, se giró y esperó al caballero de Escorpio.
Ambos estaban de pie en el centro de aquella plaza. Uno miraba al otro. La tercera atalaya estaba tan próxima a ellos que no les distaban más de veinte metros de ella. La estructura de la torre era tan terrorífica como la de las otras. Un sinfín de trabados surcaban su silueta, pero uno de ellos destacaba. Sobre la puerta, al igual que en las otras construcciones ojivales, un grabado bautizaba la estancia. "Tercera atalaya: Gorgona".
-¡Al fin! ¡Este será mío!- Milo gritó para que el guardián de la torre le tuviera que oír.
-Milo, no se siente ninguna cosmoenergía. ¿No será posible que no haya nadie?- Saga se quedó mirando la esmeralda que brillaba untuosa sobre el grabado de la gorgona.
-La tercera atalaya coincide con el nombre del grabado…- comentó el mismo. Escorpio no sabía qué hacer hasta que en un momento y por tan sólo un segundo, sintió una emanación de cosmos de algún lugar cercano. A pesar de todo, el dorado no reaccionó de forma sospechosa y se limitó a seguir con su teatro.
-Supongo que el guardián de esta torre debe ser otro cobarde más.- Nada más acabar de hablar sonrió a Saga, que acababa de percibir el pequeño cosmos que les rodeaba.
Milo se giró alineándose con el edificio del que provenía aquella energía. Aunque no mostró darse cuenta, vio cómo un reflejo metálico resplandecía por un segundo. Escorpio bajó la cabeza.
-Supongo que es hora de…- antes de terminar, el caballero señaló violenta y rápidamente hacia donde aquella sombra estaba lanzando así con su índice una aguja escarlata. -… ¡Acabar con esta farsa!-
La aguja escarlata impactó en un cuerpo, en ese mismo instante, tal y como los aliados de Atenea pensaban, el misterioso caballero oculto saltó ante ellos.
-¡Veo que no tienes muy buenos reflejos!- rió Milo.
-Y veo que tú no aprecias tu vida.- Saga le miró intimidante y aquel hombre dejó de hablar.
-Ahora entiendo por qué te camuflabas tan bien.- añadió Géminis.
El guerrero que había ante ellos llevaba una armadura tan negra como el abenuz. Brillaba a la luz de la sombra. Sus ojos, al igual que su pelo, eran del mismo tono apagado, y el rostro del caballero, sobre el cual ondeaba un mechón de aquel cabello era pálido como la nieve.
-Soy Meises de Gorgona.-
Los caballeros de Atenea le miraron detenidamente. Aquel hombre parecía más de lo que ellos creían que era.
-Deberíais largaros ahora que todavía podéis.- Meises tenía una voz ronca y hostil.
-¡¿Qué te hace pensar que nos vas a ganar, cretino!- Como era lógico, el impulsivo Milo dio un paso al frente. -¡No tenemos tiempo que perder contigo!- Nada más hablar, Escorpio arrojó tres agujas escarlata que el guerrero de la gorgona esquivó con pocas complicaciones.
Meises era ágil. Tanto que consiguió postrarse ante Milo de un salto. Con su puño, le hizo retroceder violentamente tres pasos. Cuando el dorado se disponía a agredirle, el guerrero negro movió sus manos gritando.
-¿Qué demonios pasa? ¡No puedo patearte!- Milo no podía mover sus piernas.
-¿Qué te parece mi ataque de gorgona?-
-¡Maldición! ¡Me has petrificado los pies!- El caballero de Escorpio no sabía qué hacer. Saga comenzó a reír.
-¿Cómo te has podido dejar, Milo?-
-¿Todavía reís? Ahora te mostraré a ti.- La amenaza del local sonó como el viento a los oídos del antiguo patriarca.
-Escucha… hemos acabado con dos de tus compañeros. ¿No crees que no tienes ninguna posibilidad? Es inútil que intentes algo contra nosotros.- Saga fue franco. Sabía que su rival no iba a ser un reto.
Los pies del dorado seguían petrificados, pero a pesar de todo, seguía escandalizando. Sus gritos eran cada vez más estruendosos. Parecía histérico de furia.
-¡Saga! ¡No le pongas la mano encima! ¡Este es mío!- El mal humor de Escorpio había comenzado a aflorar.
-¿Cómo? ¿Todavía crees que podrás acabar conmigo estando adherido al suelo?- Meises reía mientras señaló a Saga.
-¡No te muevas! Cuando acabe con ese pobre diablo, te tocará a ti.- advirtió.
Meises pateó la coraza de Milo para que, aprovechando el impulso, pudiera situarse frente a él dando una habilidosa voltereta. Los ojos del guerrero de la gorgona se clavaron en los de Milo.
-Mira mis ojos, dorado… sucumbe ante su hipnosis.- El guerrero paralizado se estabilizó tras aquel golpe. Su mirada estaba llena de furia. Con un solo movimiento Milo había dado sus agujas escarlata al aire. En sólo un segundo, trece de ellas perforaron la armadura del guerrero que cayó metros atrás chocando contra el muro de una casa.
-¿Qué pasa? ¡Ya no me puedes petrificar!- El escorpión reía escandaloso. -¡Saborea esta última aguja!- Sin embargo, antes de que Milo diera Antares sintió que sus pies volvían a ser tan ligeros como siempre.
En el momento en que Escorpio salió del hechizo de petra se oyó cómo una piedra caía al suelo.
-¿La esmeralda?- preguntó Saga.
-¿Ya ha muerto? Pues sí que me he… divertido…- Milo estaba disgustado y decepcionado, pero caminó hasta la piedra preciosa y la tomó.
-Milo, esta atalaya se derrumbará en pocos minutos sin el cosmos de su guardián. Debemos continuar.-
Géminis ya estaba caminando rumbo a la cuarta atalaya. La más próxima de las que se veía a lo lejos. Sin embargo, Milo se acercó a Meises. El caballero estaba apoyado en la pared con las heridas que le había causado el mismo que ahora le miraba. Tan sólo cerró los ojos del difunto guerrero y comenzó a correr tras Saga.
-¡Espera Saga!- Saga se detuvo en seco. Cuando Milo se introdujo en el callejón en que su compañero esperaba se extrañó.
-¿Saga? ¿Por qué te paras así?- La voz de Milo fue casi susurrante.
-Milo… ¿No fue ese caballero al que acabas de derrotar el que casi mata a tres caballeros de plata hace un par de semanas?- El escepticismo en Saga incomodaba al otro dorado.
-Ahora que lo dices, se llamaba a Meises, pero no creo que alguien como este fuera capaz de poner en apuros ni a un caballero de bronce.-
-¿Entonces por qué su cosmoenergía me era tan conocida?- preguntó Géminis retóricamente.
Un aura misteriosa envolvió a los dorados. En segundos, el aire se cargó y una cosmoenergía que hacía vibrar el aire estremeció los corazones de ambos.
-¿Qué demonios es esta cosmoenergía, Saga?- Milo estaba nervioso, pero no fue su amigo quien contestó.
-Es dura la muerte, mis queridos amigos…- La voz que les hablaba no era ruda, pero parecía desafiante. Aquella persona que inundaba todo con su energía continuó hablando.
-Meises estaba muerto. Él era mi alumno. Le otorgué una segunda oportunidad, pero ya no era ni un ápice de lo que fue como habéis comprobado.-
-¿Quién eres? ¡Muéstrate!- amenazó Saga con gran determinación.
De la sombra de aquella oscura y estrecha calle apareció un hombre que caminaba despacio. Se paró delante de ambos dorados. Su talante era majestuoso y no parecía tener temor a nada. Los ojos de aquel hombre brillaban como los de un enamorado mientras mostraban un color de miel pálida. La cara del hombre en cuestión era bella en sí, aparte de estar medio cubierta por los mechones del castaño cabello que cubría su cabeza hasta un poco más abajo del cuello. Las ondas del mismo se mecían con el suave viento.
Aquel hombre alzó la mirada. -¿Está bonita la luna, cierto?- comentó delicadamente. Al quitarse la capa del cuerpo mostró su armadura, negra con brillos untuosos en las hombreras, musleras y coraza, en la cual había grabada una imagen de la cara de una Gorgona sonriente.
-¡Tu armadura es casi igual a la de aquel que acaba de morir!- Milo se dio cuenta del detalle.
-No en vano fui su maestro. ¿Cómo os llamáis?- aquel hombre sonrió.
-Milo…- El dorado de Escorpio fue seco en su respuesta.
-¿Eres tú el verdadero guardián de la atalaya? Tienes demasiado poder en comparación a los otros.- Saga no dijo su nombre, pero sí que cuestionó al oscuro.
-No… Yo estoy por encima de ellos. Yo soy el primer caballero védico. Letheus de Soma, el maestro de las ilusiones…- con un chasquido de sus dedos, el recién muerto Meises apareció tras los guerreros dorados. -Ninguno de vosotros luchó contra él porque ya está muerto.- Con otro chasquido semejante, desapareció como el fuego castigado por el agua.
-¡Qué demonios pretendes!- Milo se puso en guardia.
-Tranquilo amigo… Sólo me aburría en mi templo cuando salí a dar un paseo y os vi.- La ironía parecía ser amiga del risueño caballero.
-¿Ha venido Atenea?- preguntó el védico.
-¿Cómo sabes lo de Atenea?- ambos dorados hablaron al unísono.
-Por favor… todo el santuario lo sabe.- Letheus levantó sus manos gesticulando la inmensidad del lugar. -Hasta en mis dominios, al final de este monte, se habla de ello. Es una lástima que no vayáis a llegar.- añadió.
-Ni lo intentes, Milo…- Saga sabía lo poderoso que era su oponente. Sin embargo, Escorpio, malhumorado, usó su agilidad para propinar un puñetazo en el rostro de Letheus.
El golpe fue colosal. Sin embargo, el védico seguía en pie.
-No, no… Milo, te has equivocado de objetivo. Yo estoy…- Milo se dio cuenta de la trampa y se dio media vuelta, pero ya era demasiado tarde.
-¡Yo estoy aquí!- gritó el caballero de las ilusiones pateando el estómago del dorado. Tras aquello tomó su cuello y lo alzó. Saga trató de ayudar a Milo, pero en ese instante, Letheus proyectó cientos de espectros que tomaron su forma con Escorpio siendo asfixiado por sus manos. El cosmos se movía de un lado a otro y Saga no sabía cuál de todos lo enemigos era el verdadero.
En aquella calle, hasta donde Géminis llegaba a ver, eran todo dobles de su terrible oponente. Parecía haber más de cien, cada uno de un ángulo distinto.
-¿Qué harás ahora?- Letheus reía con ganas, aunque no parecía estar enfadado. Ni su cosmos emitía ondas de odio, ni su temperamento era propio de un enemigo habitual.
-¡Maldito!- Saga protestó mientras el védico apretaba el cuello de Escorpio con las dos manos.
Desesperado, Géminis lanzó una explosión galáctica al centro de la calle, aunque moderó su poder por Milo. Tras el despliegue de luces habitual, varias de las ilusiones de Letheus colisionaron con un sinfín de planetas en estruendosas explosiones. Tras el ataque, desaparecieron aquellos reflejos que habían sido golpeados.
-Nunca me hubieras dado…- El védico de armadura oscura soltó a Milo. El dorado desapareció de entre todas las ilusiones y reveló el sitio donde estaba su enemigo.
Sin pensarlo, el caballero Saga trató de mandarle a otra dimensión, aunque sin saber cómo, el cosmos de su enemigo se percibía por detrás. Anuló el poder que estaba a punto de hacer y los aliados de la justicia quedaron solos, en aquella calle solitaria.
-¿Quién demonios es…?- Milo tardó en reaccionar, y su voz estaba apagada y quemada.
-No lo sé, pero está claro que su poder es inmenso… ¿No te recuerda esto a algo que sucedió hace casi tantos años?-
-¿Los titanes?- Milo recordaba aquello con temor. Sus nuevos adversarios, de ser como Letheus tenían una fuerza semejante.
-Milo, la cuarta atalaya puede esperar, vayamos a por Seiya. Puede estar en peligro…-
Al margen de todo lo que sucedía en Parnase, había una habitación excluida de todo. Aquella oscura estancia sólo estaba iluminada por un candelabro apoyado sobre una mesa. En una antigua y lujosa silla, un hombre de cabellos dorados y gafas sobre la punta de la nariz yacía, medio tumbado con los pies sobre dicha mesa. En sus manos tenía un libro que parecía bastante antiguo, y lo leía con entusiasmo en silencio.
Udián debía llevar más de una hora leyendo. A pesar de llevar casi un día despierto, no tenía sueño. Sin razón aparente, soltó el libro sobre aquella vieja mesa de madera oscura y tallada. Al levantarse, se estiró y subió las gafas al lugar correcto: el puente entre ambos ojos que formaba la nariz.
-Tengo la impresión de que se me olvida algo…- Aquel hombre hablaba en silencio, y caminando, abandonó su sombría biblioteca para ir al patio que su santuario escondía. Tras caminar por el verde, se preguntó cómo era posible que en pleno mes de noviembre hubiera desaparecido la nieve y todo estuviera florido.
-Supongo que es el poder de Soma…- suspiró.
El joven volvió a meterse en su templo para eludir el frío de la cima de la montaña. Tranquilamente, llegó hasta el recibidor de su templo, en el cual, como en el caso de Sila, una armadura enorme lo custodiaba. La figura era tenebrosa: una estatua de un hombre con ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho…
-Ya recuerdo… La reunión será en breve… Es lo mejor de ser caballero védico. Una vez al mes, una reunión con los compañeros para charlar. ¿Soma vendrá también?-
Ignorando el resplandor blanco de la armadura, el muchacho entró en una habitación de la que salió con su larga cabellera dorada recogida en una doble coleta luciendo unos pantalones ceñidos grises y una toga roja con grabados dorados por el cuello.
Feliz, se encaminó al palacio central, propiedad de todos y ningún caballero. Cabe destacar que los templos de los guerreros védicos rodeaban la catedral, pero en el centro, a parte de un edificio claramente religioso, eran numerosas las salas de descanso de las que disponían aquellos jóvenes. Una vez cada cierto tiempo, se reunían para mantener el vínculo que les unía, férreo, a pesar de que siempre competían por ver cuál de ellos destacaba más.
Por el camino, Udián saludó a su protegido.
-¡Hola Agni! Otra vez aquí, como puedes ver…-
-¿Crees que vendrán todos con la que hay liada en la ciudad?- preguntó el guerrero del mimetismo.
-No lo sé… Sólo sé que van a dar guerra. Eso es seguro.-
-¡Udián! No sabía que tuvieses gafas…- El protegido del de dorada cabellera rió.
-¡Oh! Es que tengo la vista algo cansada y no tenía ganas de quitármelas.-
-Te… ¿favorecen?- Agni no creía que fuese sólo por eso el motivo de llevarlas.
-No es eso, Agni. ¡Ya te dije que estoy medio ciego!- Desde que se habían conocido, tras la prueba del joven mímico estos dos guerreros se llevaban muy bien, aunque siempre discutían por nimieces.
-¿Cómo de ciego estás? La verdad es que el otro día parecías ver muy bien.-
-No necesito ver para pegarte, te lo recuerdo. Además, es cierto. Tan sólo tengo la vista quemada de leer. Por lo demás veo como tú o incluso mejor.- Udián sonrió satisfactoriamente. -Ya estamos llegando.- añadió.
Los dos jóvenes se encontraban ante una puerta enorme tallada en ébano, como casi todas las de aquella catedral. Al entrar, fueron directos a la mesa circular que habían puesto justo para estas ocasiones hace horas sus compañeros. La puerta resonó al cerrarse. La mesa no era demasiado grande ni lujosa. Lo justo para que se sentaran ocho personas.
Quizás lo que más llamaba la atención de aquella estancia era su luminosidad, ahora perdida por la noche eterna. A pesar de todo, la luna iluminaba las translúcidas vidrieras hasta dar suficiente claridad para que no hiciesen falta velas. En el suelo de mármol a cuadros blancos se reflejaba con colores la imagen de aquella vidriera: un dios con las alas abiertas.
En las paredes de la acogedora habitación podían contemplarse algunos cuadros, pero ninguno como el que quedaba en frente de la entrada. Su tamaño ocupaba la pared en casi todo su esplendor y mostraba escenas de la vida de Parnase en los tiempos mitológicos.
Agni se acercó a la única estantería del lugar para coger lo que se le apetecía tomar. Un ron seco. Desde allí, chasqueó sus dedos para llamar la atención de Udián, que ya se había sentado y estaba dando cabezadas de sueño.
-¡Hey, narcoléptico! ¿Qué quieres tomar?- Su comentario estaba cargado de ironía, y el pobre Udián no hizo más que gruñir.
-Dame algo que me mantenga despierto, por favor…-
-¡Ron!- El védico de pelo azul llevó hasta la mesa los vasos de ron y se sentó enfrente de su rubio amigo.
-La verdad es que jamás te había visto fuera de tu armadura…- comentó Agni.
-Es cierto… Una vez al año me la suelo quitar.- Tras la sonrisa del caballero de la retórica, una mirada de atención escudriñó a su amigo. -Por cierto, ¿Cómo te hiciste la cicatriz de tu ojo izquierdo?-
-Mala pregunta, Udián…- Agni se quedó en silencio.
-¿Qué sucede?- El joven de gafas dio un trago a su ron, y notó aquel amargo sabor deslizarse por su garganta. No pudo evitar hacer una mueca que demostró lo poco que le gustaba el ron.
-Fue hace mucho tiempo.-
-Sí, pero ¿qué paso?- El interés de Udián crecía por momentos.
- Fue por culpa de una mujer. Tuve un pequeño accidente tratando de protegerla.-
-¿Mujeres?- El caballero albo carcajeó sin cortarse. -Eso me recuerda tantas cosas… Por favor, sigue…- añadió.
-Como te iba diciendo, ese día llovía mucho, y caminaba cerca de una chica a la que no conocía de nada. Ella debía pasear, pero yo tenía algo de prisa, así que me quedé mirándola y me dispuse a adelantarla.-
-¿Y bien?- interrumpió Udián mientras seguía dando tragos a su ron.
-Pues la muy estúpida resbaló y estuvo a punto de caer por el acantilado de las afueras de Parnase, yo salté para sujetarla, pero aunque lo conseguí, me golpeé con una roca que había en el suelo…- Agni miró al techo de la sala y siguió hablando. -¡Tuve suerte de herirme sólo el párpado!- exclamó.
-Y que lo digas… ¿Qué pasó con ella después?- El caballero psiquista cuestionó con una voz curiosa.
-Nada, me lo agradeció y desde entonces nos vemos a menudo.-
-¿Pasó hace mucho?-
-Tres meses…-
-¿Ella es novia o algo por el estilo?-
-¡Oh, bueno! Sí, aunque su saliva me quema…- el brillo en los ojos de Agni no decía lo contrario. No mostraba indicios de enamoramiento.
-No deberías ser así, Agni.-
-Lo sé, pero ella me quiere, y no quiero hacerle daño.- El caballero del mimetismo trató de justificarse.
-Prueba de que los caballeros también tenemos una vida llena de sentimientos, ¿me equivoco, Agni?- Udián había acertado. Su amigo Agni era más sentimental de lo que parecía.
-¿Cómo sabes que soy más sentimental de lo que aparento? ¡He intentado ocultarlo!-
-Piensa, y di si me equivoco. ¿No es cierto que tras tu manto de ironía y cinismo hay una persona realmente sola? A pesar de tener una novia posiblemente guapa e inteligente, sabes que ella no es para ti, o debería decir que tú no eres para ella.-
-Es cierto, Udian. No sé como te has dado cuenta.- Agni estaba sorprendido.
-Tampoco sé que esa chica se llama Nadia.- dijo el rubio mientras sonreía.
-¿¡Cómo demonios lo sabes?- Ahora el muchacho de cicatriz estaba perplejo.
-Debes saber que soy el caballero de Soma más culto. Nada escapa a mi comprensión, amigo. Además, Nadia es mi hermana…-
-¿¡Qué?-
Tras quedarse paralizado unos segundos, Agni levantó bruscamente y se alejó unos pasos de la mesa tirando la silla al suelo. Estaba temblando y había palidecido tanto que parecía un papel blanco.
-¡Lo siento! ¡No quería decir que estaba aburrido de ella!- El joven trató de disculparse.
-¡Ja, ahora ya no tiene remedio!- Udián se reía como un poseso mientras acababa su ron. Parecía haber cogido el gusto al líquido.
-En serio, lo siento…-
-No pasa nada. Como penitencia, llena mi vaso.-
Agni ondeaba su capa negra a cada paso que daba. Cogió el vaso de la mesa y lo llevó a la estantería de nuevo, donde lo rellenó. Tras hacerlo, cogió la botella y la llevó a la mesa consigo. Tras eso, levantó su silla y se sentó.
-Oye, Udián. ¿Por qué te reíste antes cuando dije que fue por culpa de una mujer?-
-Porque al parecer las mujeres han afectado la vida de al menos tres de nosotros…-
-¿Si?- Agni rellenó su vaso también. -¿Por?-
-La vida de nuestro amigo Sila también estuvo marcada por algo…-
-¿Mujeres Sila?-
-¿Qué insinúas?- preguntó Udián. -¿No pensarás que el pobre chico es raro?-
-¡Oh, no! Pero creía que Sila estaba por encima de los sentimientos de los mortales… ¡Si al final va a resultar ser también un sentimental! ¿No?-
La puerta de la sala fue golpeada varias veces. Alguien llamaba. Tras avisar, abrió las puertas. La pequeña Erinia saludó tímida y se acercó a ambos caballeros.
-¿Qué pasa?- Preguntó Agni levantándose. -¿Sucede algo?-
-Me ha dicho mi hermana que el señor Soma desea veros a todos… Los demás ya están avisados. Como no os encontrábamos…- La respuesta de la pequeña estuvo marcada por la tensión. No estaba demasiado acostumbrada a hablar para los demás.
-¡Tranquila, pequeña! Siéntate con nosotros…- La alegría de la voz de Udián hizo reír a ambos.
-Udián… ¿Estás bebido?- preguntó Agni entre risas.
-¡No! ¡Qué va! Sólo me siento alegre…- La chica aceptó cabizbaja y se sentó en una de las sillas que rodeaban la antigua mesa.
-¿Cómo sigues con tus dibujos?- cuestionó el joven rubio a la niña.
-Muy bien…-
-¡Hace mucho tiempo que no me enseñas ninguno!-
-Es verdad, pero como tampoco nos vemos…-
-Aún me quedan cosas por enseñarte, Alecto.- Al parecer, Udián había enseñado a la pequeña a dibujar tan bien como lo hacía.
-También sabes dibujar, Udián?- preguntó Agni.
-¿Por quién me tomas?-
-Deberían darse prisa en ver al señor Soma. Puede que no le guste esperar…-
En ese momento, el vaso de Agni cayó al suelo y se rompió en mil pedazos asustando tanto a la niña como a su amigo. Con los ojos tremendamente abiertos, Agni levantó.
-¿Qué demonios es eso?-
-¿Qué pasa?- preguntó Erinia.
-¿Las cosmoenergías?-
-¡Tranquilízate, Agni!- ordenó Udián.
-¡Son catorce cosmoenergías! ¡Están muy próximas!- Udián levantó de la silla ocultando su preocupación. Tras unos pasos, dejó su vaso vacío sobre la estantería.
-Quizás debamos apresurarnos en ver al señor Soma.
Los tres jóvenes dejaron la habitación y caminaron por los pasillos oscuros, estrechos y tenebrosos de la catedral. Se dirigían al cuarto torreón, donde su corrupto dios les esperaba. Como había notado Agni, la ciudad de Parnase estaba inundada en una serie de cosmos conocidos para Saga, Milo y Seiya, que se encontraban ya frente a la cuarta atalaya.
-Creía que no llegaríamos.- Milo estaba cansado de tanto correr.
-Estás seguro que puedes seguir, ¿Seiya?-
-¡No te preocupes!- El caballero de Sagitario miraba a Saga con una sonrisa.
-Se me olvidó decirte que tengo tu esmeralda…-
-¿Mi esmeralda?- El joven de cabello café buscó la gema que ganó de forma limpia a la dulce Lys. -¡Es cierto! ¡No me había dado cuenta!- exclamó.
-No tenemos tiempo, chicos… Luego comentáis lo que queráis. Ahora, ¿quién se encargará de esta atalaya?-
Ninguno de los caballeros respondió. Los tres sabían que sus compañeros llegarían pronto, pero aún así, no podían dejar de sentir un nudo en el estómago. A pesar de que se había detenido el tiempo, ellos jugaban a contrarreloj contra un dios, que al margen de ser corrupto, para todos sus rivales era la encarnación del bien.
Los tres miraron la inscripción de aquella altísima torre, imponente y oscura, sobre cuya puerta, otro grabado decía dónde estaban: "Primera atalaya: Sansón".
