Parte 12: El camino hacia el cielo

Frente a la cuarta atalaya, Milo percibió un escalofrío. La puerta de oscura madera se abrió lenta, pero constante. Alguien bajo una túnica salió de la estructura, y ahora se encontraba frente a los tres dorados en la plaza donde estaba erigida la torre.

-¿Eres el guardián de la torre?- preguntó Milo desconfiado. Tan sólo escuchó una carcajada masculina sin duda. -¡responde!- exigió. Saga se puso en guardia. No sabía cómo podía actuar aquel hombre.

-¿Vosotros sois los que estáis armando jaleo?- La voz del misterioso personaje se difuminó como un haz de luz en el infinito. Tras aquello, volvió a carcajear.

-¡Responde¿Eres el guardián?- Seiya había perdido la paciencia y no pudo evitar gritarle.

El tipo, que parecía bastante corpulento, se quitó la túnica que le envolvía violentamente. La pieza de tela azul marino cayó al suelo. El hombre, en cuestión, de cabello largo y ondulado en brillo negro, llevaba una sólida armadura que le cubría todo el cuerpo. El casco no era la excepción. Apenas se veía el color de la maya que llevaba, pues era tapado por el grisáceo del metal de su vestimenta de combate. El imponente guerrero debía medir sobre metro noventa y era una masa de músculos.

-¿Me lo dejáis a mí?- preguntó Sagitario. Saga no se opuso. Gesticuló de forma que fue comprensible su neutralidad. Por el contrario, Milo miró a Seiya malhumorado.

-¡Este es mío¡Me ha provocado!- gritó.

-Escucha, Milo, necesito desentumecer mis músculos…-

-Si nadie va a luchar con él, me encargaré yo.- sugirió Géminis dejando a sus dorados amigos en tensión silenciosa.

-¡No digáis sandeces¡Yo soy Florian, caballero heredero de la atalaya de Sansón! Ni aunque me atacarais los tres juntos me haríais daño alguno.- Los aliados de Atenea se miraron perplejos.

-¿Los tres¿Acaso no ves que tres de tus compañeros han caído como si nada?- Milo le intentó hacer entrar en razón, pero no lo consiguió. El hombre frunció el ceño en señal de enfado.

-¡Yo soy más fuerte que esos peleles¡Soy el número uno¡¡Ni entre todos lograréis rozarme!- Tras aquello, Florian rió sádicamente.

-¿Seguro?- preguntó una voz que no era de ninguno de los allí presentes.

Como por arte de magia, un cosmos enorme inundó la plaza en que se iba a dar lugar el cuarto combate de Parnase. El dorado de su aura era inconfundible, y lo hostil que resultaba aquello para el local no era más que un cierto indicio de derrota. Los caballeros habían llegado.

Un flash lumínico acabó poniendo resplandor fulgurante en la ciudad por varios segundos. Cuando cesó, todos estaban allí: Mu, Aldebarán, Máscara mortal, Aioria, Shaka, Shiryu, Shura, Camus, Afrodita, Hyoga, Shun, Cletus y Estela mas los otros tres, Milo, Saga y Seiya. La cara de Florian palideció por segundos.

-Insisto¿Qué decías de ganarnos a todos juntos?- preguntó Aioria, el que habló la vez anterior.

-No… no… no puede… ser… ¡Por lo menos sois quince!- Aquel hombre tenía motivos para temer. Nunca el resplandor de tanta armadura dorada había iluminado tanto.

-Yo seré su adversario…- Afrodita decidió tomar cartas en el asunto a pesar de que Milo se quejó inútilmente.

-Maestro…- le regañó Cletus en plan amistoso.

-Afrodita, estás herido.- Camus parecía preocupado.

-No te preocupes.- sonrió Piscis.

-No tenemos tiempo como para perder. Seguidme todos. Afrodita, nos vemos luego.-

Saga sonó tajante y en pocos segundos, comenzó a correr. Todos le siguieron. El caballero de aquella atalaya trató de impedir su huida, pero el narcisista llamó su atención con una carcajada estruendosa.

-No te hagas ilusiones…- No vas a luchar contra nadie más, pues este será tu último combate.- Tras hablar, Piscis recordó lo último que había hecho su compañero Seiya antes de seguir a Saga con los demás. Había señalado una especie de piedra preciosa que había sobre el grabado de encima de la puerta de la torre. -supongo que sólo he de conseguir esa piedra preciosa…-

-¿Quién eres, caballero?- Florian estaba interesado en aquel hombre tan presuntuoso que tenía por enemigo.

-Mi nombre es Afrodita, caballero dorado de Piscis…-

-Yo soy Florian, caballero de Parnase de Sansón.- respondió aquel hombre con entusiasmo justificado.

-Nadie te ha preguntado¿no?- La cara del dorado tornó seria.

La tranquilidad se hizo notoria entre los dos. El caballero de Sansón no tuvo más opción que analizar a su oponente, pues tenía la guardia alzada. A pesar de todo, se aventuró a correr hacia él. Cuando estuvo a dos pasos, gritó con toda su fuerza mientras arremetía a su estómago con su puño enfurecido.

-Saborea mi poder, Afrodita.- El caballero de Piscis ni se había inmutado. -¿Qué¡Puño escarlata!- El segundo golpe de Florian directo a la cara pareció ser más potente, pero el dorado seguía sin inmutarse a pesar de tener un puño en su frente.

-¿Eso es todo? Puede que necesites algo que te motive…- Piscis abrió sus ojos terriblemente mientras gritaba al cielo. El nombre de sus rosas piraña se hizo presente inundándolo todo en una ilusión de rosas que se acercaban a gran velocidad a Florian. El caballero de la atalaya esquivó algunas flores, pero la gran parte de ellas le golpeó brutalmente mandándole a metros de distancia de donde estaba de pie. Su armadura saltó en millones de pedazos al chocar contra el suelo. El guerrero estaba impregnado en sangre y yacía en el piso muerto.

-Después de todo, no me ha hecho falta ni cortar tu cabello… Je.-

El victorioso caballero cogió la esmeralda que había caído a sus pies tras el combate. Sin saber muy bien para qué servía, siguió los rastros de cosmoenergía que habían dejado sus compañeros.

Tras caminar por las estrechas calles de Parnase, Afrodita comenzó a oír cómo se derrumbaba la atalaya de la que venía. Sin comprender nada, continuó caminando. Cuando el estruendo cesó, el caballero ya caminaba cerca de sus amigos. Finalmente había llegado a la plaza central, donde alguien que no conocía hablaba con el resto de guerreros.

-¡Aquí está!- gritó Seiya nada más ver a Afrodita. Piscis se acercó a ellos y miró al extraño. Sin dilaciones, preguntó su nombre.

-Soy Gauldar, último caballero de Artemis, y el que recibió la orden de enseñaros el camino.-

-¿El camino?- Mu no sabía de qué iba aquel asunto, pero suponía que ese tal Gauldar lo sabía. Seiya, Milo y Saga asintieron al unísono. Tan sólo quedaban dos atalayas, pero era preciso explicar la situación a los caballeros que recién acababan de llegar. Con sumo cuidado, Camus tumbó a Atenea a los pies de la gran fuente en la que estaban.

-Mirad al cielo…- sugirió el nuevo aliado de los jóvenes de Atenea. Cuando todos alzaron la vista, lo primero que vieron fue una enorme luna en el firmamento. Sin llegar a ser un cuarto creciente, la luna llena comenzaba a colorarse en rojo. Durante aquella guerra el reloj sería la luna.

-¿Sabéis quién es Soma?- preguntó Gauldar… todos bajaron su mirada y escucharon en silencio. Lo que iban a oír les proporcionaría la sabiduría necesaria para moverse por aquel santuario siniestro.

Todos los caballeros védicos estaban ya esperando en la tercera torre a que alguna de las furias le diera permiso para acceder a la más alta de las estructuras, sin embargo, y sin previo aviso, fue el señor Soma quien bajó hasta la tercera torre. A pesar de lo mágico del lugar, la presencia del dios era lo único que llamaba la atención allí. Escoltado por las tres furias, y vestido con una capa color sangre, se ubicó en el centro de la sala. Las jóvenes escoltas, quedaron por detrás de su dios.

-Siervos…-

-Aquí estamos, señor.- respondieron todos al unísono mientras se arrodillaban. La lluvia mágica del lugar ya les había mojado a todos.

-Levantad y escuchad. Vuestros compañeros de las atalayas tienen las horas contadas. Los guerreros de la vía santa ya han sido avisados y esperan en sus templos a que aparezcan esos guerreros de Atenea.-

-Señor Soma…-

-¿Si?- La mirada de odio que guió el dios a su emisor, Sila, fue terrible.

-¿Qué debemos hacer nosotros ahora?- cuestionó el joven del deseo.

-Aprovecha y duerme, o no podrás lograr tu acometida.- Sila se sorprendió con la respuesta del dios, de forma que por un momento, creyó que Soma sabía lo que pasó con Alecto poco antes.

-Tan sólo quería que vieseis lo que sucede.- El oscuro dios levantó su mano y un brillo iluminó todo. Tras el despliegue de luces, en la tercera atalaya se sentía lo que sucedía en todo el santuario. -Si queréis ver cómo luchan esos microbios, tan sólo tenéis que cerrar los ojos y concentrar vuestra energía.- añadió.

-¿Para eso nos quería ver, señor?- Soma no contestó a la pregunta de Agni y subió a la cuarta torre despacio.

-Que nadie, bajo ningún concepto, entre a mis aposentos a menos que yo lo ordene. Alecto, sígueme…-

Tras que cesara el eco de la voz del dios, Sila palideció y miró a la chiquilla, que ni se atrevió a corresponder la mirada. Tanto la niña como Soma se perdieron en la altura que tocaban las escaleras de cristal de la tercera torre.

-¿Qué te sucede, Sila?- preguntó su amigo Letheus.

-Nada, sólo un mal presentimiento…- El védico del deseo sonrió sólo superficialmente.

-No deberías acercarte a las furias.- El maestro de las ilusiones miraba a Egaria mientras hablaba. Poniendo su mano en el hombro del joven de melena negra, suspiró.

-¿Ya han llegado a la quinta atalaya?- preguntó Exeo incrédulo.

-¡También hay dos caballeros en la sexta!- Tadeus estaba perplejo. Su rostro marcaba sorpresa, pues acababa de ver entre esos caballeros a alguien que no esperaba. -No puede ser…-

Tras haber oído lo que Gauldar les tenía que contar a todos, se habían dividido en tres grupos. Aldebarán y Shura habían partido a la quinta atalaya, Milo y Cletus a la sexta y el resto de caballeros se limitaban a esperar las dos esmeraldas restantes.

-¿Qué pasará ahora?- preguntó Shun a Gauldar.

-¿Quién sabe…? Lo único cierto es que os aguarda la vía santa. Probablemente, el peor lugar donde hayáis luchado hasta ahora.-

-¿A qué te refieres?- preguntó Aioria de Leo con suma sorpresa en sus gestos.

-Los caballeros de las musas aguardan, y su poder es semejante al vuestro, caballeros de oro.-

-Esto ya lo he vivido…- se quejó Máscara de la muerte.

-¿Conocéis la leyenda de las musas?- volvió a hablar Gauldar.

-¿Leyenda? Tan sólo sé que son nueve en cuestión¿no?- Mu parecía decidido, pero la negativa del guerrero de Artemís le dejó perplejo.

-¿No? Veamos… Talía, Euterpe, Terpsícore, Melpómene, Calíope, Clío, Polimnia, Erato y Urania… Son nueve.- insistió Aries.

-Olvidas a la última de las musas. La madre de todas ella, Mnemósine.- añadió Gauldar.

-Mnemósine…- Leo sonrió al recordar aquel nombre. Jamás había luchado de forma tan intensa con alguien como los titanes, y tras oír eso, lo recordó todo.

-¿Sucede algo?- preguntó Camus.

-El pasado acecha, compañero…-

-No hay de qué preocuparse, Aioria.- respondió Shaka. -El pasado ya no existe…-

Tanto Seiya como Shiryu, Hyoga, Shun y Estela estaban perdidos, pero prestaban atención con detenimiento a la conversación mientras aguardaban la caída inminente de las dos atalayas que restaban.

Sobre la puerta de la quinta torre había un grabado como en todas las demás. Aquella era la cuarta atalaya. Remarcado sobre la piedra, un nombre resaltaba: Lux. El caballero de la luz llevaba hablando un buen rato con los dorados. A pesar de todo sabía el destino que le habían deparado.

-Como íbamos diciendo, caballeros, sé que hay algo aquí que no encaja.- comentó el joven guardián.

-Después de todo, estás en lo cierto.- añadió Shura. -Emil, caballero de la luz. No me hubiera gustado tener que luchar contra ti. Me alegro de tu determinación.-

-Caballero de Atenea. Estás equivocado. A pesar de que no lucharemos, uno de nosotros morirá…- Emil quedó en silencio. Sus ojos miel se cerraron por un momento y bajó la cabeza. La media melena castaña que rozaba su cuello contrastaba con su pálida piel.

-¡Qué sucede?-

-El señor Soma nunca fue tonto. Sólo eso.-

-Explícate.- ordenó Aldebarán en tono severo. El toro de oro puso su mano en el hombro de aquel joven muchacho, probablemente el que más. La cara de preocupación de Tauro era evidente por su gesto.

-Aldebarán. Comprendo lo que está pasando.- trató de explicar Shura.

-Así es… Para otorgaros la esmeralda de mi atalaya, yo he de morir. Así lo quiso Soma, probablemente para evitar nuestra traición.-

-¡Maldito sea… ese dios!- gritó el corpulento Aldebarán. Dándose media vuelta violentamente, pateó el muro de la torre.

Emil parecía triste. En aquel preciso instante, una explosión estruendosísima sacudió la zona. El lugar a donde había ido milo había estallado en un terrible combate.

- La atalaya de Alcor se derrumbará cuando acabe el combate. Mi destino era morir hoy de una forma u otra.- comentó el custodio del lugar.

-Pero…- Tauro se oponía a la idea de tener que matar a alguien que les había ayudado aún siendo del bando contrario. -¡Aparta, Shura!- Tras gritar, Aldebarán lanzó uno de sus terribles "Gran cuerno" contra la torre, pero no consiguió nada. Ni el poder destructivo del caballero de oro de la segunda casa pudo destruir aquel muro.

-Caballeros de Atenea, ese muro tiene una protección mágica. Se alimenta de la energía de su guardián y no se caerá hasta que mi cosmos no deje de emitirse. Me debéis matar vosotros, pues mis armas no sirven contra mí.- Emil se situó delante de la puerta de la imponente estructura.

-Adelante- añadió.

-Si ha de ser así… ¡Que Atenea se apiade de tu gracia!-

-Madre, padre. Al fin descansaré en paz. Al fin moriré como deseé. Protegiendo mi patria. El lugar donde os amé…- Tras la última confesión, una lágrima resbaló por la faz del joven. Shura, con sus ojos cerrados, alzó la mano.

-Yo lo haré. No mires Aldebarán…- Tras gritar de frustración, la hoja de la sacra excalibur recorrió en un segundo los metros que les separaban. El cuerpo de Emil se desplomó, y tras oírse un pequeño resquebrajar, la esmeralda cayó a los pies de Aldebarán, que se agachó para cogerla.

Shura se acercó al cuerpo inerte. Con un gesto de dolor en la cara, cerró los ojos del muchacho. -Quizás en otra vida…- musitó. Los dos caballeros caminaron sin mirar atrás. Tan sólo quedaba una atalaya.

Se seguían oyendo explosiones y ondas colisionar contra los edificios de las inmediaciones de la sexta torre, y un combate se estaba desarrollando. Milo tan sólo miraba, como cualquier maestro deseoso por que su alumno mejorara. El joven Cletus mostraba una valía impresionante, pero cansado como estaba tras luchar con Máscara mortal, hacía cara a un enemigo casi invencible.

El entorno de Cletus se coloreó en rojo ígneo, para después explotar violentamente llenándolo todo con fuego. Los ataques de su enemigo eran terribles y el muchacho, cayó al suelo cansado. El joven que le había tumbado miró al dorado.

-¿No deberías ser tú el que se enfrentara a mí en vez de este saco de basura?-

El aspecto del confiado muchacho no imponía demasiado a primera vista: Era delgado y sus gestos no evocaban apenas violencia. Sus ojos caídos mostraban serenidad, y su pelo grisáceo, cuyas puntas rozaban su cara, lo corroboraba, sin embargo, el cosmos de aquella persona indicaba lo contrario. Era terriblemente violento y casi tan poderoso como el de un caballero de plata medio. El joven llevaba una armadura de color oro pálido, que cubría una buena parte de su cuerpo, pero olvidaba desnudos los muslos, bíceps y la parte baja del pecho.

Milo sonrió con sutilidad. -¿No crees que estás cantando victoria demasiado pronto?- preguntó. Alcor, que así se llamaba el guardián de la última atalaya, se giró sobre sí mismo y observó que su contrincante levantaba del suelo con una sonrisa en sus labios.

-E… eres terrible. Quizás la persona más fuerte a la que me… he enfrentado.- Las palabras del pobre Cletus apenas se oían, pero llegaron a su receptor, que asintió firme.

-Lógico… Apenas llegas a la suela de mis zapatos. ¿Quieres que te aplaste ya?- Alcor frunció su ceño tras la amenaza.

-Inténtalo…- retó Cletus.

Alcor dejó el lugar en que estaba saltando ágilmente al guerrero de bronce. Antes de llegar a él, desapareció sorprendiendo a Cletus, que pudo ver cómo atacaba desde el cielo. Con dificultad, el alumno de Milo esquivó el golpe aéreo, quedando a merced de su oponente por unos segundos. Alcor supo aprovechar la ventaja dándole un fuerte puñetazo en el estómago. Tras aquello gritó el nombre de su ataque: El golpe quebrantador.

Tras el segundo puñetazo, Cletus fue arrojado al aire mientras gritaba de dolor. Algunos fragmentos de su armadura estallaron e hicieron un ruido metálico al chocar contra el suelo. La parte que protegía su pecho había sido desconchada. A pesar de todo, el constante aliado del bien se recuperó en el aire y cayó de pie, impulsándose con el suelo sin perder un segundo hacia el estómago de Alcor, al que propició un terrible golpe con la cabeza. Ambos cayeron al suelo.

El grito de Alcor fue enorme, y sacudió el aire de una forma soberbia.

-¡Có… cómo lo has…?- Alcor tenía algo clavado en el estómago. No era demasiado grande, pero parecía haber hecho mucho efecto en él.

-Tan sólo utilicé uno de los pequeños fragmentos de mi coraza…-

-Maldito.- Alcor se desplomó. Y Milo, atónito, hizo la misma pregunta que el custodio de la sexta atalaya antes de caer.

-No lo sé, maestro. Sólo supe que le sucedía algo en el vientre y…- Cletus estaba arrodillado ante el cuerpo de su abatido enemigo. El joven miró la torre y observó el grabado de la misma: "Sexta atalaya: Discordia". La esmeralda que sostenía sobre ese grabado se precipitó al suelo, y el dorado la recogió.

-Maestro, estoy cansado.- El muchacho victorioso estaba algo más herido que cuando luchó con Cáncer. A parte de todos sus rasguños, tenía una brecha en la frente de alguno de los golpes recibidos.

-Cletus, debemos partir a donde están los otros…- Cuando el joven cogió la mano de su maestro, la torre comenzó a desplomarse delante de ambos.

Una gran masa de polvo les tragó y entre ella, algo atacó a Milo y le arrojó al suelo. Tras que el dorado levantase, allí, en mitad de un estruendo jamás visto por ninguno de los presentes, una silueta se podía distinguir entre el polvo, cada vez más denso. El agresor apenas se podía mantener en pie, pero un aura a su alrededor mostraba su cosmos. Había alcanzado el séptimo sentido.

-¿Cómo es posible que no haya muerto?- preguntó Cletus sorprendido. Aquella persona era Alcor, e igualaba e incluso superaba la cosmoenergía de Milo. Cada vez era más alta. El dorado ordenó a su alumno que se apartara de aquel lugar, pero no le dio tiempo de reaccionar y recibió de lleno un poderoso golpe, que le arrastró hasta colisionar con una de las casas que había tras la atalaya ya derruida. La gasa de polvo se iba disipando.

Alcor se lanzó a por Cletus, y arrojó varios puñetazos que fueron esquivados. El alumno de Milo trató de usar su restricción, pero su intento fue frustrado por una onda de calor que le envolvió y seguidamente, colisionó mandándole por los aires. Antes de que el mismo cayera, Alcor se postró bajo él y alzando sus manos, repitió el ataque. El resultado de aquello fue que el cosmos de Cletus desapareció.

Milo lanzó una aguja escarlata desde los escombros de la casa, totalmente destruida, pero Alcor la esquivó de forma fácil. Los ojos del guerrero de la desesperación enrojecieron, y la misma aura roja que hirió a Cletus estaba ahora envolviendo al dorado. La explosión afectó a Milo y le hizo caer a varios metros. El polvo de las explosiones y del derrumbe de los edificios ya había desaparecido, y el olor a tierra también.

Escorpio pudo ver a su alumno tirado en el suelo y observó cómo su propio brazo izquierdo sangraba de forma preocupante. Aquel muchacho era terrible desde que había alcanzado el séptimo sentido. Sus convicciones eran tan férreas que pensaba que luchaba por la causa justa, lo que potenciaba su energía en aumento.

-¡Maldita sea¡Sólo puedo hacer lo que hice en mi lucha contra Albión!- Milo había descartado aquello que hizo. Ese ataque sólo debía ser utilizado en casos de emergencia, pues consumía una terrible cantidad de cosmos.

-Observa, Milo… ¿Porqué demonios anda así?- Milo se limitó a mirar… -¿Acaso ha perdido ya la vida y tan sólo se mueve por…¡Ese no es él!- El dorado de Escorpión comprendió que tan sólo tenía esa opción que deseaba descartar.

-¡Ahí va¡Aluvión escarlata!- Tal grito dio Milo que se pudo oír en toda la ciudad. La velocidad del Dorado le hizo alejarse del lugar, y una terrible explosión hizo explotar todos los edificios y casas colindantes. Las piedras volaban por el cielo y a gran velocidad se precipitaban a la tierra, destrozando el suelo y haciendo saltar las losetas de piedra que lo integraban. Tras el ruido, todo cesó. El polvo levantado, aún más que antes, de desperdigó por el cielo y fue arrastrado por el viento. Alcor estaba ahí, delante de Milo totalmente muerto y sin armadura. El combate había acabado.

-Gracias, Atenea…- susurró el vencedor.

El caballero de Escorpión se acercó a su joven pupilo caminando como mejor podía. El cansancio que arrastraba era grande, pues acababa de ejecutar una técnica que le había agotado. Alrededor de Cletus, la geografía hacía cambiado. No quedaba ni una sola casa en pie en un radio considerable. Tan sólo escombros de edificios.

-¿Dónde están los habitantes de esta ciudad?- preguntó Milo al aire. Su alumno tosió y se giró como pudo, de forma que quedó mirando al cielo.

-¡Cletus!- Escorpio se agachó y puso su mano derecha en el pecho del mismo. Su coraza estaba desconchada.

-Maestro… ¿dónde está ese caballero?- cuestionó el chiquillo agotado.

-Ya todo cesó. Ha muerto.- El dorado señaló con la vista el cuerpo interfecto del derrotado Alcor. -Es hora de volver.- añadió mientras le ayudaba a levantar.

Ambos, maestro y alumno, caminaron en dirección a la torre donde sus amigos aguardaban la última de las esmeraldas.

-Cletus, siento haberte obligado a luchar con un tipo así. Nunca pensé que podría ser tan fuerte.- La voz de Milo sonaba apenada. En el fondo, sabía que había cometido un error, aunque era inevitable.

-No se preocupe, maestro.- El chiquillo sonrió y ambos siguieron su camino hasta la plaza de la fuente.

En la tercera torre, los caballeros védicos no dejaban de debatir sobre el combate acaecido. Letheus estaba sorprendido no de lo poderosos que eran sus enemigos, sino del poder que había llegado a desarrollar aquel protector de la sexta atalaya.

-Pues al final resultó ser el más poderoso. Lo siento, Exeo.- comentó Letheus.

-Era mi pobre Alumno. Tú también perdiste al tuyo ¿no?- Exeo no parecía afectado en absoluto. Era el único caballero de los presentes en la tercera torre que portaba su armadura, azulada. En su coraza había una parca grabada, la cual fue señalada por su dedo. -Es prueba de que la muerte nos aguarda a todos.- añadió.

-Sin embargo, resulta que Sansón no era el más fuerte como pensábamos. Alcor ha derrotado a esos dos caballeros.- sonrió Udián. La mirada de duda del resto de védicos se dirigió a él.

-Por supuesto. Pensad: Uno de ellos está casi exhausto, y el otro, el dorado, tiene un brazo roto. ¿No creéis que esos dos seguirán luchando, no?- El argumento del guerrero de cabello dorado y armadura blanca hizo asentir a alguno de sus amigos.

-No estoy de acuerdo.- interrumpió Sila.

-Ah¿no¿Y por qué no?- Tadeus hizo como que apoyaba a Udián, pero en el fondo conocía la respuesta. -¿La energía del cosmos, acaso?- habiéndose respondido a él mismo, comenzó a reír. -¡Ya veréis cuando esos dos caballeros lleguen aquí¡Nos darán diversión para un rato!-

-¡Tranquilízate, amigo!- Reía Agni mientras replicaba a su compañero por cómo se comportaba. -Ahora se supone que la ciudad Parnase despertará ¿cierto?- preguntó.

Sin que nadie respondiera, el viento se hizo señor de la situación mientras recorría el interior de la torre. Por entre las columnas, su brisa parecía serena, como la calma que anuncia un feroz enfrentamiento.

-¿Despertará?- El escéptico tono de Tadeus rompió el hielo.

-Claro, al haber destruido las seis atalayas, el reflejo de la ciudad ha sido destruido. La verdadera Parnase aparecerá cuando se acabe de destruir la ilusión que ha creado el señor Soma.- explicó Udián. -Los habitantes de la ciudad habían sido excluidos por el poder de las esmeraldas. Esa era su función. Por eso no se podían extraer de las atalayas sin la muerte del protector de la misma.-

-¡Estás diciendo que esas esmeraldas servían para aislar al pueblo de la violencia y que esos caballeros de Atenea las han robado para...?- Tadeus no pudo seguir, pero sólo se le pasó una imagen por la cabeza. Todas las personas de Parnase que perderían la vida al aparecer sepultadas bajo los techos de sus propios hogares al destruirse la ilusión. -¡Malditos sean esos bastardos!- De pura frustración, el hombre dio un puñetazo a una de las columnas de la torre. El golpe sonó estruendoso e hizo que los guerreros guardaran silencio.

-Así es…- asintió Udián tras unos segundos de quietud.

Milo y Cletus llegaban al final a la plaza, donde sus compañeros les recibían alegremente. Camus miró el brazo de su amigo. Hizo un gesto de desaprobación con la cabeza.

-¿Cómo es posible?- preguntó.

-Dominaba la esencia del cosmos.- La respuesta de Milo fue clara. Mientras hablaba, sacó la última esmeralda de su coraza y la puso en manos de Gauldar, que ya tenía las seis.

-¿Veis los pequeños agujeros que rodean toda la fuente? Ahí han de ser colocadas las seis esmeraldas.- explicó.

-¿A qué esperamos?- se quejó Máscara de la muerte.

-Tendréis que pagar un precio por ello.-

-¿Precio?- Respondieron todos los caballeros al unísono. Nadie les había hablado de un sacrificio. Gauldar asintió con un gesto apenado, como si lo que fuera a contar rozara el límite de lo permitido.

-Pensaba que apenas sería un sacrificio, pero tras el último combate…-

-¡Habla, maldición!- ordenó Milo violentamente.

Cerrando sus ojos, Gauldar no tuvo más remedio que responder. -Amigos, todas las vidas de ciudadanos que se hubieran perdido de haber estado los civiles durante vuestras luchas serán tomadas como pago para adentrarse en el santuario…- Tras oír aquello, Milo quedó perplejo, pues sabía que casi todas las víctimas habrían sido por su culpa. Gauldar supo entrever en su gesto.

-Así es, caballero. Fue en tu combate donde más muertes provocaste. Todavía no se ha roto la ilusión de Parnase y todavía no han muerto, pero si queréis salvar a vuestra diosa…-

-¡Maldita sea!- Escorpio cayó arrodillado al suelo y comenzó a derramar alguna lágrima.

-Caballero de Escorpio, levanta pues eso no es todo el sacrificio. Aquel guerrero que coloque la última gema perderá su alma, pues será utilizada como puente de conexión entre la realidad y la ilusión de esta ciudad fantasma.- El dorado de Escorpio levantó sin dudar.

-¡Ese seré yo¡He de pagar por mis pecados!- gritó sin dudarlo por un segundo.

-No. Ese es mi papel.- replicó Gauldar. -El tuyo es redimir tu alma destruyendo a Soma y trayendo la paz a este mundo. Muriendo si es necesario, pero no aquí…-

-¡No podemos dejarte morir!- protestó Seiya. El caballero de Sagitario era contrario a tener que abandonar a un aliado.

-Así son las cosas.- sonrió el último guerrero de Artemís. Con esto, doy por terminada mi misión. Tan solo deberéis continuar por el camino que surgirá de esta fuente.

Sin perder tiempo, Gauldar comenzó a colocar las piedras preciosas alrededor de la fuente. Antes de colocar la última miró a los aliados de Atenea.

-No dejéis que la luna torne al rojo, u os tendréis que enfrentar a vuestros propios sentimientos…-

Tras aquello, y tras la interrogativa de los santos de Atenea, la última esmeralda fue colocada. El silencio fue sepulcral. Un temblor sacudió toda la zona, y el cielo desapareció y se transformó en una cúpula blanca, que comenzó a agrietarse y a sangrar. El suelo empezó a temblar y un terremoto lo comenzó a devastar todo. A tragarse la tierra, como si de un dragón se tratase. Las casas se destruían en miles de trozos y se iban sumergiendo en la inmensidad del infinito abierto a sus pies. El rugido de la tierra era terrible. A los pocos minutos la ciudad entera fue arrasada por un vórtice de oscuridad que se alimentaba de ella, y ni tan siquiera el suelo existió. Tan sólo un vacío en que los caballeros de oro estaban como meros espectadores alucinados.

La cúpula blanca estaba totalmente inundada en sangre. Varios gritos estremecieron todo. La voz de un Gauldar agonizante que había entregado su vida por que los aliados del bien pudiesen continuar calló para siempre. El cielo falso estalló como había ocurrido con la tierra. Sus fragmentos fueron tragados en cuestión de segundos y el color rojizo de la sangre desapareció. Un flash blanco devolvió a todos los que habían visto aquello a la realidad.

Allí estaban de nuevo, en la ciudad parnase perfectamente reconstruida. El cielo volvía a ser nocturno, y la luna llena, cada vez más roja. La fuente de las esmeraldas había desaparecido, y en su lugar, un camino ascendía por la ladera de la montaña. Aquello debía ser el testamento de Gauldar.

La gente de parnase apareció súbitamente. Sus siluetas eran más parecidas a estatuas que a personas pues estaban todos parados. Cada una de las atalayas de Parnase, que volvían a estar erigidas, se derrumbó lentamente, al igual que las decenas de edificios que Milo y Alcor habían destruido en su lucha. Tras cesar toda la destrucción, el tiempo comenzó a contar dando vida a cada una de las personas de la ciudad.

El escándalo de la destrucción atemorizó a todos los habitantes de la ciudad, que comenzaron a correr asustados. Tanto mujeres como hombres, tanto niños como niñas, e incluso ancianos, ancianas y animales huían de lo que parecía el terror. Los caballeros de Atenea comprendieron el horror de aquello. Milo estaba decepcionado de la decisión que tomó en su lucha, y a pesar de que no se podían permitir ni un segundo de debilidad, todos bajaron la cabeza en un símbolo de humanidad. Ellos habían sido los causantes del mal de toda la gente.

Sin esperar, dieron la espalda a Parnase, inundada en miedo e inmiscuida en terror. Aquello era sólo el principio de los sufrimientos que les aguardaban por salvar a Atenea, que dormía sobre la espalda de Camus. La vía santa esperaba a los valientes guerreros con colmillos de acero. La destrucción estaba servida.


Puesto que ya he acabado esta segunda parte y todos los caballeros de las atalayas han sido derrotados, he decidido poner aquí los modelos que utilicé para crearlos. Lástima que no tenga dibujos… :)

¡Ahí van! Por cierto, lamento el retraso... :(

Guardianes de atalayas y caballeros de Parnase

Florian de Sansón: No llegó a su cargo hasta la accidental muerte del anterior maestro de la primera atalaya. Ahora que él ha ganado el poder, se encuentra bajo la seducción mágica del poder que le fue otorgado. Su prepotencia y arrogancia es sólo superada por su poderoso cosmos. Es sin duda el más poderoso de todos los caballeros de las atalayas.

Cabello: Negro y largo.

Ojos: rojos.

Altura: 1,90 m.

Peso: 100 Kg.

Edad: 23 años.

Armadura: Gris. Protege todo el cuerpo férreamente..

Ataques: Sus golpes se basan en la brutalidad.

Puño escarlata  Golpea brutalmente al enemigo.

Explosión de poder  Libera todo su cosmos para atacar al enemigo.

Lys de la dormidera: Misteriosa caballero que domina el poder del sueño. No es muy poderosa pero puede llegar a desesperar. Su vida estuvo marcada por el deseo de conseguir poder para proteger a los que ama. Por eso no dejará que nadie irrumpa en la vía santa aun a riesgo de su propia vida. En el fondo, ella es sensible y sugestionable, aunque su fortaleza llega a sorprender.

Cabello: azul oscuro, liso y roza su espalda.

Ojos: Grises.

Altura: 1,60 m.

Peso: 50 Kg.

Edad: 19 años.

Armadura: Gris como sus ojos. Muy puntiaguda, aunque sólo cubre el pecho la coraza. Lo demás está bien cubierto.

Ataques: Causan sueño y otras molestias. Su ataque directo no es muy potente.

Sueño fluyente  Un líquido parecido al agua envuelve a su enemigo provocándole sueño hasta que este se seque.

Zarzas hirientes  Una sarta de enredaderas hieren al oponente con sus espinas.

Explosión terrestre  Provoca ondas rayleight en el suelo de forma que originan un severo terremoto.

Espora soñolienta  Adormece al enemigo y le provoca mareos de cansancio.

Meises de Gorgona: Fue alumno de Letheus, pero jamás logró brillar lo suficiente para llegar más alto de lo que está. Su sentido de la justicia es nulo, pues la otorga a aquel que más le aporta. Su vida fue fácil y marcada por la pereza y la pasividad. A pesar de todo, su gran fortaleza física le ha otorgado en algún momento la victoria, no sin las enseñanzas de su maestro, caballero de las ilusiones.

Cabello: Negro y corto.

Ojos: Marrones.

Altura: 1,75 m.

Peso: 74 Kg.

Edad: 20 años.

Armadura: Negra. Protege el pecho y las piernas. Los brazos los descuida.

Ataques: Sus ataques son de mero poder destructivo.

Quebrantador  Golpe que daña seriamente a su adversario.

Garras de Gorgona  Ataque que se usa para cortar al enemigo. Muy afiladas.

Petra  Convierte en piedra al enemigo.

Emil de Lux: Joven guerrero que a pesar de proteger Parnase, sabe que lo mejor para todos es que el señor Soma sea derrotado. Por eso, su determinación no flaquea a la hora de decidir qué hacer ante Shura y Aldebarán. No es el más poderoso, pero posiblemente sí el más determinado de todos. Tan sólo desea la paz.

Cabello: castaño. Media melena ondulada.

Ojos: Miel.

Altura: 1,72 m.

Peso: 69 Kg.

Edad: 18 años.

Armadura: No lleva armadura, sino una túnica azul oscura.

Ataques: Ninguno.

Bastian del lirio: Caballero protector de la quinta atalaya de Parnase. Su vida no ha sido difícil, aunque sí dedicada entera al entrenamiento de sus técnicas. No ha luchado en demasiados combates reales, pero tiene una madurez sensata para estos y nunca infravalora a un enemigo.

Cabello: Rubio y corto, un poco rizado.

Ojos: Negros.

Altura: 1,82 m.

Peso: 75 Kg.

Edad: 19 años.

Armadura: Celeste. Tiene un lirio grabado en el pecho. Deja al descubierto los muslos y la cintura.

Ataques: Se basan en poderes venenosos, aunque no muy potentes.

Lirio negro  Hiere mortalmente al enemigo perforando su armadura para tocar un punto vital.

Parálisis  Evita que un caballero se mueva quedando éste a merced de Bastian.

Lirio destructor  Flor que explota mágicamente tras rozar algo.

Lirios destructores  Flores que explotan mágicamente tras rozar algo.

Alcor de la discordia: Joven sereno y tranquilo de cosmos poderoso y violento. Es decidido, alegre y sobre todo, muy temerario. Sus decisiones suelen ser tomadas a la ligera, pero casi siempre suele acertar con ella. Se dice que su deducción no falla. Cuando viste su armadura, se inunda en prepotencia y confianza absoluta en sí mismo.

Cabello: Gris y corto.

Ojos: Azules.

Altura: 1,78 m.

Peso: 74 Kg.

Edad: 19 años.

Armadura: De un dorado más pálido que la de los santos de Atenea. Cubre lo mismo que la de un caballero de plata, pero está decorada con grabados rúnicos ancestrales.

Ataques: Basados en la pura destrucción indiscriminada.

Explosión ígnea  De alcance terrible. Inunda todo en fuego y abrasa al enemigo.

Golpe quebrantador  Destruye lo que toca hasta un cierto grado de dureza.