Capítulo 3: Alianza de Musas
Parte 13: Valera la trágica
Lo oscuro de aquel lugar asustaba a la pequeña Alecto. Desde que había subido a la cuarta torre, estaba sola, ahí, esperando en la penumbra de la sombra. Sentada en uno de los numerosos bancos de la primera habitación, que emulaba un templo cristiano, un sinfín de pensamientos recorríansu mente. La duda formaba una bola en su estómago y la sensación de nerviosismo que tenía era infundada.
La chiquilla levantó y caminó por aquella fría sala. Entre la corriente que entraba por el gran balcón y su húmedo vestido, que remarcaba la silueta de su cuerpo, no dejaba de tiritar. Cuando llegó al balcón se asomó.
Tan sólo un escalofrío le recorrió la espalda. Desde donde estaba, se oían cantos melancólicos, como de voces en lamento. La chiquilla alzó la cabeza y observó aquella cúpula, de grabados y pinturas mitológicas, cuyos protagonistas eran los dioses del Olimpo, en circunstancias adversas.
-Las voces provienen de ahí…- susurró. -¿Habrá algo más sobre esta torre?-
Los cantos angélicos parecían entonar un réquiem que hizo entristecer a Erinia. La niña pensaba en la tristeza de la melodía. Al cerrar los ojos, se le inundaron en lágrimas y cayó de rodillas al suelo. Ahí empezó a llorar. Sus sollozos eran debidos al miedo que tenía. No sabía dónde había ido aquel que quería hablar con ella. Tan sólo le dijo que esperara, y esperó… esperó…
Alecto pensaba que habrían pasado más de dos horas, pero la realidad era bien distinta. Apenas llevaba media hora en esa estancia sombría. La pequeña se calmó, pero no se atrevía a levantar. Deseaba ver aunque fuese a Soma, a pesar de que la presencia de éste fuera en sí desagradable, pues como niña que era detestaba la soledad y tenía miedo a la penumbra.
En aquel instante, el ruido de una puerta abrió los ojos de la chiquilla de par en par. Una sombra alta y erguida se dirigía hacia ella imponente.
Como habían acordado instantes antes, los caballeros de Atenea se habían separado, y la mayoría de ellos avanzaban solos. Eran muchos templos por conquistar y al parecer la luna se fundía en el rojo a más velocidad de lo esperado.
Saga había partido con un rostro de preocupación. Al parecer algo sucedió en el momento en que Atenea resultó herida y nadie se había dado cuenta. A lo lejos se divisaba una estructura de piedra similar a su templo, el de los gemelos. El guerrero de Géminis había encomendado los templos anteriores a sus aliados, y estaba próximo al suyo. A pesar de todo, un escalofrío recorrió su espalda.
Mientras todos los caballeros caminaban por su propia cuenta, Seiya se detuvo a las puertas de un pequeño santuario.
-¿Será este uno de los templos de las musas?- Sin esperar respuesta alguna, se acercó a lo que parecía un fuente. El agua era cristalina y reflejaba todo aquello que con la luz de la luna se veía. Suspirando, sólo pudo susurrar el nombre de Atenea.
-Atenea…- El viento pareció responder. Una corriente de aire rozó la mejilla de Seiya, que cerró los ojos concentrándose. Necesitaba buscar un rastro de Cosmos para seguir avanzando, y aquel primer templo de la vía santa parecía estar vacío.
Sin esperarlo, el rostro del caballero de Sagitario fue acariciado tan suave y dulcemente como lo solía hacer la diosa de la justicia. El muchacho abrió sus ojos. No había nada.
-¿Nuestros sentimientos?- Murmuró de nuevo Seiya al recordar las últimas palabras de Gauldar. -Dijo que si la luna enrojecía totalmente, nos tendríamos que enfrentar a ellos… pero no lo comprendo.-
-Los sentimientos, son como ceniza que danza al son del viento…- Una voz cianótica pareció hablar al joven dorado.
-¡Quién es!- Al mirar en el reflejo del agua, Seiya no vio a nadie, pero nada más girar su cabeza, pudo ver una bella mujer a su lado. Sagitario dio un brinco de sobresalto, y ante ella no pudo hacer más que ponerse la mano en el corazón.
-¿Quién eres tú?- Se dirigió el joven a aquella dama sulfurado.
-Yo soy aquella por la que las lágrimas resbalan. Aquella cuya copa de los sueños está vacía. Valera.-
-¡Eres una Musa!- se atrevió a afirmar el imprudente Seiya.
-La musa de la tragedia, Melpómene, la tenebrosa.- La mujer se sentó en el borde de la fuente con las piernas cruzadas. Su cabello plateado era tan largo que lo tuvo que deslizar por su cintura para no mojarlo con el agua.
-¿Eres una Musa?- Las piernas del que fue Pegaso no dejaban de temblar, a pesar de haberlo confirmado antes, ahora le resultaba chocante que alguien así fuera su enemigo. No había visto una mujer tan bella en años. En el fondo, el porte de aquella dama le recordaba a Hilda de Polaris, derrotada hace casi seis años. La profundidad de sus ojos marinos mostraba una determinación salvaje, a pesar de que su piel, pálida, parecía indicar que estaba enferma.
-¿Qué deseas?- preguntó Valera.
-Tengo que llegar al final de la vía santa.-
-Caballero Seiya… ¿y por qué no pasas directamente de los templos? Puedes evitarlos si lo deseas…
El guerrero de Sagitario estaba alucinado. Aquella mujer había adivinado su nombre y no parecía emitir un cosmos hostil. Además, acababa de sonreír señalando el camino a seguir. Extrañado, el aliado de Atenea empezó a correr por el camino que debía llegar a la catedral védica. Nada más tocar el suelo de su templo, una gran explosión sacudió el cielo seguida de un alarido terrible. Seiya cayó al suelo de espaldas.
-¿Qué demonios fue eso¡Vino de la cima del monte!
-La señorita Erinia. Ese es su poder. El alarido dimensional, cuya facultad es la de trasladar a las personas.-
-¿Ehh¿Erinia¿Qué hizo?-
-Tan sólo ha colocado a cada uno de tus compañeros en una dimensión paralela donde tendrán que derrotar al custodio de la misma.- Respondió Valera sin perder la calma. -Tú no eres la excepción.-
-¿Cómo?-
-Seiya, por más que te alejes de mi templo, jamás darás un paso. Para seguir ascendiendo, deberás derrotarme, y que sepas que si fallas, el poder de Erinia devorará tu alma y dará tu poder al señor Soma.-
-¿Eso les sucedió a mis amigos?- y tras estar pensativo unos segundos, no pudo evitar preguntar quién era Erinia. Su ceño fruncido denotaba un enfado visceral.
-Tus amigos… reza por que salgan victoriosos.- La mujer sonrió y se levantó. -Acabemos con el drama de tu vida.-
Valera desapareció y el suelo que había a los pies de Seiya reventó alejándolo metros del templo de Melpómene. Antes de que este cayera, la Musa repitió el ataque, pero esta vez fue el viento el que le zarandeó violentamente y le hizo caer contra el piso brutalmente.
El caballero de Sagitario sangraba por la barbilla cuando intentó levantar. Valera se acercó a él lentamente. Ni tan siquiera portaba una armadura. Tan sólo una delgada túnica blanca cubría su piel rozándola tímidamente. Ella no perdía su porte majestuoso.
Seiya levantó de un salto hacia atrás y con sus brazos trazó la silueta de la constelación de Pegaso. -¡Meteoros de Pegaso!- Todos y cada uno de los meteoros eran parados por un movimiento de brazos de Melpómene, la cual gritó al cielo. Su cuerpo se iluminó y se alzó al cielo. Todo el agua de la fuente acudió a cubrirla y tomó forma. Su armadura se forjó del líquido de la vida y la cubrió con un color dorado. El metal de su armadura brillaba resplandecientemente. De la espalda, aparecieron dos alas de plumas pálidas, blancas y bellas, y de sus brazos se formaron otras dos alas, estas de un acero arco iris que tomaron forma de espadas. La mujer descendió al suelo.
Sagitario estaba deslumbrado por la armadura de la musa, la más bonita que había visto jamás. Era idéntica en tono a cualquier armadura dorada, pero esta, aparte de los grabados típicos en las armaduras, tenía el cuerpo de la que parecía ser Melpómene atrapado en su coraza y brazales. Una máscara del mismo oro cubría su faz y evocaba a la tristeza.
Valera rebosaba un cosmos multicolor que le hacía ondear el largísimo cabello que habitualmente llegaba hasta las rodillas y ahora lo levantaba sobre los hombros. Ella alzó sólo un brazo, y susurró al viento un nombre inaudible. En segundos, una línea trazó el espacio hasta Seiya y fue cortando el viento hasta colisionar contra su pecho violentamente. La coraza de la armadura de Sagitario fue perforada de abajo a arriba desde el estómago hasta casi el cuello. Lucía un corte vertical que podía haber costado la vida a cualquier otro.
-Tu coraza es muy resistente…- elogió la dama. -¿Cuántos cortes más podrás soportar?-
Cuando la mujer levantó los dos brazos, Sagitario, todavía perplejo hizo lo que pudo para ocultarse tras el templo. Dando zancadas grandes lo consiguió y no sucedió nada. Seiya se repuso del susto y sintió por primera vez el cosmos de Valera, semejante al que Aioria mostró en la batalla de las doce casas.
-Ni he visto su técnica. ¡Si hubiera llevado la armadura de bronce probablemente habría muerto!
Se oyó un ruido parecido a una cascada, y tras él un grito. Cuando el suelo dejó de temblar el templo de Valera estalló en miles de pedazos por el aire dejando a Seiya al descubierto.
-¡Vórtice arco iris!- La Musa Melpómene arqueó sus brazos-espada provocando una corriente de ondas multicolor que de dirigían hacia Seiya a la velocidad de la luz. Todos los fragmentos de piedra que quedaban en el cielo fueron desintegrados por las ondas del vórtice, que alcanzó a Seiya y le golpeó innumerables veces provocándole cortes por todo el cuerpo y haciéndole caer sobre su propia sangre en mitad de la hierba que quedaba fuera del camino. Los ojos del dorado habían perdido su brillo habitual.
-¡No puede ser tan fuerte¡No puede!- Con apenas energía para levantar, Sagitario se dio cuenta de lo inútiles que eran sus movimientos. Estaba desmoralizado, y sus ojos inundados en lágrimas de impotencia.
La musa se detuvo a metros del herido.
-Luchar contra mí también supone caer seducido por el arte de la tragedia. Aquel que queda expuesto a mi cosmoenergía acaba suicidándose por la tristeza y la depresión. Ahora acabaré contigo de una vez por todas.- Las alas de Valera la elevaron por el cielo, y la mujer colocó sus dos brazos en forma de cruz. -¡Hasta la vista¡Baile de sombras!-
Lo que Seiya sintió en ese momento fue igual que la primera vez que notó un plasma relampagueante, pero esta vez no eran rayos lo que le golpeaban, sino cientos de plumas afiladas que le agrietaron la armadura y le arrojaron a lo lejos envuelto en su propia sangre y los cortes de su faz, brazos y muslos. Muchas de las plumas aceradas se le clavaron en las espinilleras, en la coraza y hombreras causándole aún más heridas. Tan sólo pudo cerrar los ojos al golpearse contra el suelo y pensar en sus amigos y su amada Atenea. En ese momento desfalleció…
En la oscuridad silenciosa de su pensamiento, el dorado sólo recordaba batallas pasadas. El peso de la violencia sobre su espalda era tremendo. Se dio cuenta de que lo único que sabía hacer era combatir por su diosa.
Esa era su fuerza, la diosa Atenea, herida y en brazos de Camus ahora. Seiya balbuceó aquel nombre milagroso. Las lágrimas sobre su rostro eran cada vez más, y su valor menos. Se atrevió a cerrar sus ojos de nuevo. Las escenas de su vida pasaron rápidamente como flashes reminiscentes. Tan sólo una imagen perduró en su subconsciente. El instante en que Atenea clavó su báculo en Saga por accidente. El joven recordó que estando moribundo en aquella batalla, en una situación bastante parecida a la que estaba ahora, el redimido Saga susurró algo inaudible que acababa de cobrar sentido para él. Por primera vez lo oyó: -¡Levanta y demuestra quién eres!-.
Que Seiya oyera eso significaba que Saga sabía que este momento llegaría.
Todo fue como un flashback y su mente estaba confusa, sin embargo, el recuerdo del calor de un beso le hizo abrir los ojos.
-¡Atenea!- Gritó moribundo. -Después de todo, hemos venido a salvarte¿no?-
Con todo su cosmos ardiendo, Seiya levantó en una explosión cósmica desprendiendo un aura azul celeste enorme.
-Mi séptimo sentido… Mi amor… ¡Atenea!- Sin pensarlo y sacando fuerzas de sus sentimientos, el caballero del bien arremetió una cometa de Pegaso en pleno pecho de la Musa, desprevenida de aquel inmenso poder. Como consecuencia, al caer, Valera perdió su máscara, que se partió en dos.
La Musa Melpómene se levantó con un hilo de sangre en su nariz y parte de su coraza chamuscada. Sus ojos, tan abiertos que parecían evocar locura, enrojecieron.
-¡Maldito caballero de Atenea¡Sufrirás la ira de mi más terrible ataque¡Vórtice espiritual!- Tras el gritó, uno de los brazos-espada de Valera golpeó a Seiya tras que esta se hubiera colocado delante de él a la velocidad de la luz. Inmediatamente después de que Sagitario cayera al suelo, levantó con una sonrisa en la cara.
-Valera, creo que estás acabada…-
En el agobiante lugar sólo resonó una risa sádica. La mujer que hasta el momento había sido serena ya no era tan tranquila. Había perdido la sonrisa y daba la impresión de que nunca la portó.
-No cantes victoria, Seiya… Atácame con todas tus fuerzas…-
Seiya trazó los puntos de la constelación de Pegaso y lanzó sus potentes meteoros. Cada uno recorría el lugar sombrío directo hacia la Musa, pero su velocidad era ridícula. A pesar de ser más de cien golpes, ninguno alcanzó a Valera, que los detuvo todos con sus hojas afiladas mediante movimientos ondulantes.
-Tu cosmoenergía, Seiya. Ya no emites esa cosmoenergía tan abrumadora…-
-¿Q… qué dices?- La contestación del joven sonó temblorosa. Su cosmos se había extinguido como el último soplo de la llama.
-¡Se acabó!- gritó la Musa. -¡Cortavientos!-
En esta ocasión, la mujer movió sus brazos provocando más de diez cortes dimensionales, que rasgaron el espacio de aquella dimensión y como si hubieran desaparecido, arremetieron en todo el cuerpo de Sagitario. Los golpes destrozaron la armadura dorada provocándole cortes como el que lucía su coraza. Verticales, horizontales, transversales… hasta el punto en que muchos de los fragmentos de la misma se desprendieron como un cristal roto en colisión. El caballero Seiya comenzó a sentir el dolor de las heridas antiguas y el de las recientes. Por segunda vez en menos de media hora, su protección le había salvado la vida.
Sin saber de dónde, una gran explosión de luz llevó a Valera a colisionar con miles de fragmentos luminosos, cada uno de potencia mayor al anterior. El cuerpo de la mujer cayó a la hierba y dejó de moverse.
-¡Seiya!- Esa era la voz de Mu. El majestuoso caballero del carnero se arrodilló frente a su compañero y le ayudó a incorporarse.
-Seiya, tu estado es terrible. No trates de hablar.- Las lágrimas se saltaron en los ojos de Mu.
-M… Mu, Saga sabía que libraríamos esta batalla.- La voz del joven era terrible. Incluso perdió sangre tras toser violentamente. A Seiya le costaba respirar.
-Seiya, tu estado es lamentable…- El dorado Aries cerró sus ojos y suspiró varias veces.
-Tienes el brazo derecho roto e inutilizado, has perdido el ojo derecho, y esos cortes te están haciendo perder mucha sangre. Además, uno de tus pulmones ha sido alcanzado y… es posible que tengas una hemorragia interna. Lo siento.- El tono del hombre era de veras sincero.
-Me… ¿voy a morir?- preguntó Seiya con las fuerzas que le quedaban. Su amigo no contestó. Tan sólo miró la luna. Ya había alcanzado el cuarto creciente en su color rojizo más que de sobra.
-Al final resulta… que esta es la verdadera batalla… y me la voy a… ¿perder?- Siguió hablando el muchacho. Mu acarició su cara con delicadeza y susurró a su oído que descansara. Mu asumió la responsabilidad de derrotar a Valera.
Con furia en su mirada ardiente, el guerrero de Aries secó las lágrimas de tristeza que derramaba.
-Maestro Shion, protégeme…-
Valera ya no estaba donde cayó al recibir la revolución de la luz de las estrellas. Tan sólo un leve rastro de cosmos podía ser percibido. La energía residual del ataque que hizo a Seiya. El guerrero miró a los lados, pero la amenaza llegó de los cielos rozando la cara al joven.
Mu saltó hacia atrás y vio que su mejilla izquierda sangraba. Observó que las alas de los brazales de su enemiga no eran sino espadas laceradoras.
-Te haré lo mismo que a ese muchacho antes de que te des cuenta…- La amenaza de Melpómene se hizo cierta cuando gritó al cielo el nombre de su ataque de nuevo, El Cortavientos.
Mu no lo vio. Tan sólo recibió exactamente el mismo ataque que Seiya. Un corte vertical de la cintura hasta el cuello que destrozó su armadura. Cuando el dorado quiso reaccionar, Valera ya había hecho el amago del mismo ataque dos veces más. El guerrero esquivó el primero, pero el segundo le alcanzó en una de sus musleras reventándola por completo.
El combate se detuvo. Mu recobró el equilibrio y Valera comenzó a levitar a unos dos metros de altura con las alas de su espalda.
-Mi ataque no se mueve por el espacio sino por el tiempo. Nunca podrás verlo. Como mucho anticiparte a mis movimientos. ¿Qué harás ahora?- preguntó la mujer mientras de nuevo repetía su ataque. Se oyó una gran explosión. Mu seguía de pie tras lo sucedido.
-¿Cómo has detenido mi Cortavientos?- preguntó Valera sorprendida.
-¿Ves a ese caballero moribundo de ahí?- respondió Mu mientras miraba a Seiya. -Él me ha mostrado tu punto débil. Tú ya estás muerta desde que te dio mi revolución de luz estelar…- sonrió.
Valera impresionada, observó que su armadura se agrietaba y seguidamente saltaba por los aires desintegrándose. Su cuerpo tenía una gran herida en el corazón, otra en el cuello y una última en el estómago. Las del corazón y el estómago eran suficientemente profundas como para acabar con su vida en pocos minutos por desangramiento.
-¿Sois todos los aliados de Atenea así de poderosos?- Antes de acabar su pregunta, la mujar cayó al suelo de espaldas.
-Así es…-
-Entonces, pobres hermanas mías… Pobres musas… Si yo era la más fuerte, salvo madre…- No se oyó más la enferma voz de Valera, que murió tiñendo el camino de piedra cercano a los escombros de su templo en rojo escarlata.
-La muerte es tu redención, malvada…-
La dimensión creada por Erinia se desvaneció tras la victoria de Mu entre susurros de agonía. En segundos, todo volvió a ser real. Aries corrió al lado de su amigo Seiya.
Al arrodillarse junto a él, vio que ya estaba inconsciente. Tan sólo colocó su mano en el pecho del muchacho.
-Ojalá que mi energía vital te devolviese a la vida Seiya… No puedo hacer más que darte un poco de ella y…- al levantarse el caballero de Aries hizo un corte en su brazo con uno de los trozos de la armadura de sagitario. -…ofrecerte un poco de mi sangre.- concluyó dejando derramar un chorrito de su sangre sobre el mismo.
Tras aquello, el muro de cristal con el que había parado el último golpe de Valera se desvaneció. Mu tenía que continuar a pesar de la pérdida de uno de sus hermanos y aquella misteriosa alusión a Saga por parte de Seiya.
El caballero del carnero atravesó los escombros del templo de la difunta Valera. El camino era recto y continuaba por la ladera de la montaña. Un aura siniestra envolvía todo aquel paisaje que se expandía a los ojos de Mu. Los tonos verdosos de la hierba cercana eran apenas cognoscibles por la oscuridad de la noche. Sin nubes en el cielo, comenzó a llover.
Lejos de donde Aries caminaba, Saga miró a la inmensidad del cielo y suspiró antes de entrar en su templo. Con los ojos cerrados se adentró en él. La tranquilidad del interior podía poner nervioso a cualquier ser, pues no era normal. A pesar de todo, el guerrero avanzó sin titubear dándose cuenta de que aquel templo era inmensamente más grande de lo que él había imaginado y visto en el exterior.
El susurro silbante del viento dejó de pasar desapercibido. Una corriente de aire hizo que Saga se detuviera. Sus ojos, extrañados miraron a su alrededor. En cierto modo aquel lugar le recordaba a su propia casa.
-Está todo demasiado tranquilo. Puede que esto sea un laberinto… Si es así… no me queda más remedio que encontrar al guardián.-
Géminis había dejado de sentir el cosmos de Seiya hacía bastante rato, pero sin embargo, no entristeció. Era como si supiera lo que iba a pasar. Su rostro hablaba por sí mismo. La resignación de sus pasos le llevaron a detenerse.
-Esto es estúpido. Ni me he detenido por Seiya y lo hago ahora, que estoy perdido en un cuadrado de piedra…- Tras mirar a su alrededor, el hombre de cabello azulado gritó, y tan sólo porque se le había antojado.
A pesar de la frustración, no había tiempo que perder, y mientras caminaba, Géminis echó mano a sus pensamientos.
-Seiya cayó ante la primera dificultad, luego como imaginé estos caballeros aumentan su cosmos de una forma más eficaz incluso que Seiya. Es preciso acabar rápido con ellos, porque de lo contrario…-
-¿De lo contrario?- preguntó una voz.
-¿Así que estabas ahí? Sabía que eras poderoso, pero no tanto… como para incluso introducirte en mis pensamientos.-
-¿Así que piensas que hay que derrotarnos rápido, antes de que nuestra cosmoenergía aumente?- cuestionó de nuevo aquella sombra haciendo un especial hincapié en la palabra "piensas". Su ironía era palpable.
-El pensamiento es como una melodía. A veces triste, a veces alegre… Yo prefiero las melodías tristes, como la de tu alma.- De repente, aquel ser se hizo visible.
Aquel que parecía ser un hombre bajo la sombra se reveló como una mujer de cabello negro, corto y lacio. Apenas rozaba su coraza, única parte grabada de su armadura con él. El resto de la protección, de color grisáceo, era totalmente lisa. La mujer, de ojos azules llevaba también una capa malva.
-Caballero de Atenea, algo me dice que no estás muy convencido de tu bando.-
-¿Y qué si no es así¿Acaso es tu problema el que luche por mi diosa o no?- contestó Saga con una sonrisa en la cara.
-¡Oh, tú, que fuiste un elegido de los dioses… escucha esta canción que quizás serene tu alma.-
La bella mujer hizo aparecer un flautín en sus manos, que dirigió a los labios para soplar con justa fuerza para ser oída. Gracias al movimiento de sus manos, delicado, emitió una música lenta y melancólica. Cada acorde reflejaba más tristeza. Saga entornó sus ojos, y una lágrima partió su mejilla en dos.
-Atenea, perdóname…- pensó el caballero. A pesar de estar tocando aquella canción, la dama sonrió.
-Mi nombre es Livia, y soy la musa Euterpe, de la melodía y la música…- Saga no sabía qué aquella mujer podía comunicarse mentalmente. El caballero respondió con su voz potente.
-Saga de Géminis…-
La melodía de Livia conmovió a Saga, que a pesar de sus lágrimas sonrió y miro fijamente a la mujer.
-Así que sólo buscas ser comprendida por alguien como tú¿no?-
Un resplandor celeste se hizo ver en cada esquina del laberíntico templo de la melodía. Euterpe, la dulce música.
