Parte 14: El resplandor celeste
El armónico sonido de la flauta de Livia mostraba la tristeza interior de cada cual. Sin que ninguno de ambos, ni ella ni Saga, hubiesen levantado los puños, ya sabían tanto el uno del otro que nada se les escapaba. Ella tenía tan sólo una cosa en mente. Saga un propósito grisáceo a cumplir. A pesar de todo, ella sonrió dulcemente por última vez antes de dejar de tocar la flauta, que guardó en su espalda, como si encajara en su coraza. El sonido cesó.
De nuevo todo quedó a merced del silencio, que impuso su serenata, en comparación a la de Livia, impúdica.
-Supongo que nuestra hora es esta¿cierto?- cuestionó un Géminis más sentimental de lo frecuente.
-Así es, mi hora póstuma… Te he elegido, caballero.-
-Si es tu deseo, así sea.-
Saga extendió sus manos hacia arriba y proyectó su poder en el cuerpo de Livia. Una explosión sonó estridente y derribó parte del templo. Varias columnas y trozos de pared se precipitaron, como vencidas por el paso del tiempo, a merced de la gravedad. La mujer quedó bajo los escombros, con la mitad superior de su cuerpo emergida.
-Tan breve ha sido nuestro encuentro, que casi voy a añorarlo en la eternidad.- Las palabras de la dama de Euterpe sonaron tan apagadas que contagiaban su nostalgia por aquellos tiempos en que sólo era una niña que no sabía nada.
-En ocasiones la sabiduría es quien llama a la muerte.- Con la última frase, Saga se agachó y colocó su mano sobre los ojos de la moribunda Livia. -Quiero que veas algo. Cierra los ojos.-
Como por arte de magia, Saga proyectó sus recuerdos en la mente de la mujer. En cada uno de ellos aparecía un joven niño acompañado de alguien, una sombra que le sedujo bajo la apariencia de su hermano gemelo. El mal había sido el desencadenador de su tragedia. Aquel joven llamado Kanon, que le había propuesto usurpar el trono al santo patriarca que custodiaba la vida de Atenea, su diosa.
A pesar de todo, y de los errores que cometió el propio caballero, quiso decir algo a aquella mujer. Un mensaje que quedó claro en ella. A pesar de haber traicionado a aquella a la que debía lealtad, fue perdonado.
-Po… ¿por qué me dices esto, caballero?- cuestionó Livia cada vez más cercana a la muerte. Saga apartó sus manos de ella, y la miró tiernamente. Tan sólo respondió con una frase.
-Él te perdonará…-
Sin perder un segundo más, el caballero Géminis avanzó unos pasos, pero no se había dado cuenta de que estaba en un lugar irreal, provocado por la magia de una chiquilla manipulada.
-E… espera.- Saga se detuvo.
-¿Qué sucede?-
-¿Cómo has sabido que… maté a mi padre?- Varios golpes de tos asustaron a la joven, que aún tenía algo que decir. Saga no contestó.
-Responde…- insistió ella con debilidad en su tono acabado.
-¿Estamos en otra dimensión, Livia?-
-Así es. No podrás salir de aquí hasta que yo no muera.-
-Y morirás en este trozo de pseudo-mundo¿no?- La joven asintió bajando su mirada.
-Sin embargo, cuando yo muera, tú podrás ir a salvar a tu diosa, si es lo que realmente deseas.-
-No voy a dejarte encerrada por la eternidad en este trozo de mentira.- Saga caminó hasta ella de nuevo. Puso su mano en la espalda de la chica, aunque tuvo que apartar escombros de ella. El dorado cerró sus ojos, y con su energía, creó un escudo que envolvía a ambos.
A su alrededor, muros ficticios de un templo laberíntico inexistente se desvanecieron. Se destruían como un espejo explotando. Tras las múltiples explosiones, la realidad estaba ahí, delante de ambos.
La joven Livia estaba tendida en el suelo mirando al techo de su verdadero templo. Saga la miraba agachado a sus pies.
-Ya no puedo… leer tu mente… ¿Qué sucede?- la muchacha no temblaba y su tono era firme. El miedo había abandonado su cuerpo.
-Livia, te he entregado mi pasado. Ahora que has perdido tu poder, ha llegado tu hora.-
-¡No puede ser!- La Musa Euterpe casi se incorporó al comprender el milagro de Saga. -Tú has… tú…- Estaba perpleja.
Saga levantó. Con su mirada le hizo entender que había de marcharse. Sin embargo, ella llamó su atención con un gritito tímido. Géminis se giró y la contempló.
-Mi… mi flauta. Quisiera morir tocando para ti, aunque pierdas algo de tiempo.-
-¿Dónde está?-
-Mi… espalda… e… encajada atrás…- Los ojos de Livia se entornaron un poco, y cada vez le costó más hablar. Saga se volvió a agachar recuperando su flauta y colocándola en sus manos.
Haciendo un esfuerzo abismal, la muchacha, tumbada en el suelo, sopló su instrumento. Una melodía comenzó a resonar en el interior del templo, pero por el contrario de la última que oyó, esta no evocaba tristeza. Saga sonrió.
-Mira que gastar tu último aliento para mí…- Tras un último soplido desacorde, la melodía se detuvo inconclusa. Se oyó un sonido como de una flauta metálica que caía. Tras eso, después del golpecito, aquel instrumento rodó por el suelo. Saga lo comprendió todo. Otra vida más…
Sila caminaba por los interminables corredores de la catedral recordando las últimas palabras de sus compañeros. Aún estaban en esa tercera torre discutiendo sobre los caballeros que habían irrumpido en su patria.
-A este ritmo, más de uno llegará a la catedral.- comentó el propio Sila con preocupación.
-¿Ahora hablas solo?- preguntó una voz conocida con calma.
-Tan sólo recordaba…- El joven de cabello negro quedó en silencio tras responder.
Agni se colocó delante del valiente caballero del deseo y miró desde allí un cuadro que resaltaba por su realismo. A pesar de que las paredes de aquella catedral eran bastante oscuras, el cuadro conseguía hacerlas más pálidas de lo que en realidad eran.
-La Caída a los Infiernos, de Lartius Eatros…-
-¿Ese cuadro de atrás?- preguntó Sila sin tan siquiera girarse.
-¡Qué listo eres, compañero!- Agni sonó tan vigoroso como siempre. El caballero del deseo miró la obra de arte tras dar un pequeño paso al lado. Hizo una mueca de disgusto e indiferencia.
-Además de cobarde, era pintor.-
-¿Cobarde?- El joven guerrero del mimetismo estaba extrañado ante esa respuesta.
-Agni, mi nombre es Sila Eatros. Yo conocí mejor que nadie a ese hombre.-
El hijo del supuesto artista posó su mano en el hombro de su compañero sugiriendo caminar. Los suelos de mármol blanco resonaban a cada paso. Ambos entraron en la gran sala de arte de la catedral.
-Sila, respecto lo que hablamos antes… Creo que…-
-¿Te han dicho que vengas a convencerme?-
-Así es…- El muchacho de cabellos azules bajó la mirada.
-Me sorprende que no haya sido Letheus el que haya venido. Él siempre está detrás de mí.- respondió con indiferencia.
-Seré sincero, nadie me ha dicho que venga. Sila, veo algo en ti que no me gusta. ¿Es que te has equivocado de bando, acaso?-
-…- Tras la silenciosa respuesta de Sila, Agni presumió entender una respuesta, que en realidad fue inexistente.
-Entonces…-
-Entonces nada. No me malinterpretes. Es algo que jamás comprenderías.-
Sila comenzó a caminar en dirección a la otra puerta de la sobrecargada sala de arte. Caminando entre cuadros, estatuas y bellas columnas ya estaba cerca de la puerta.
-Anieli…- El moreno se dio la vuelta al oír aquel nombre.
-¿Has dicho algo?-
-Si no te has equivocado de bando, supongo que quieres evitar la muerte de alguien. Te oí decir ese nombre varias veces mientras estabas en el torreón.-
-Anieli… Podría ser un motivo, pero sin embargo, es más complejo de lo que imaginas.-
-Sila, no me tomes por imbécil. Sé lo que piensas de Soma. Todos lo sabemos, pero confiamos en ti.-
-Deberías meterte más en tus asuntos.- respondió aún con calma el muchacho de cabello azabache. -¿Por qué crees que me llaman el caballero del deseo?- cuestionó.
-Pues… si a mí me dicen mimético y es porque puedo emular lo que me rodea, debe ser porque tienes alguna facultad relacionada con eso¿no?-
-Puedo cumplir el deseo de cualquier persona humana, pero sin embargo, mis deseos no pueden ser cumplidos. Tan sólo lucho por mi deseo.- La voz de Sila tornó poderosa.
-Sin embargo, Sila, tú no eres humano.-
Agni no tenía más que decir, así que se despidió de Sila con silencio. Sin embargo, no se movió de donde estaba. Parece que esperaba una respuesta.
-La eternidad no se alcanza luchando por un Dios como Soma.-
El peliazul lo sabía. Sabía que Sila conocía su deseo. La eternidad era su utopía. El miedo que Agni sentía por la muerte era inmenso tras haber estado a punto de fallecer el día que perdió su ojo izquierdo.
-Muy bien Sila, te seré franco. ¿Sabes por qué he venido?-
-Si no hablas, no lo sabré…- contestó de nuevo Sila de forma indiferente.
-Tras que te fueras, Alecto usó su poder.-
-¡Qué?- Sila respondió rompiendo su tono apático.
El joven guerrero de armadura esmeralda se acercó a otro cuadro. La imagen era terrorífica. Una mujer yacía en el suelo, empapada en sangre mientras que una sombra con forma de hombre la señalaba.
-La inducción verdadera.- Eso fue todo lo que dijo Agni.
-¡Soma la está utilizando!-
-Sinceramente, el poder de esa niña es extraordinario. Es capaz de crear dimensiones alternativas e infinitas para evitar tanto la salida del enemigo de ese lugar como que el entorno quede devastado.-
-Así es… Parece que la leyenda del poder de protección era cierta. ¿Ese poder dormía en Alecto?- Sila no podía cerrar sus ojos de lo perplejo que estaba.
-Sila, alguien te dijo que no te entrometieras demasiado en la vida de las musas¿no es así?-
-Letheus.- susurró el joven de cabello negro.
-Aquí estoy, amigo…- La voz de Letheus sobresaltó al caballero del deseo.
-¿Adivinas por qué te lo dije?- preguntó mientras andaba hasta el centro de la sala, al lado de ambos. Sin dejar hablar a su compañero no cesó de dialogar. -La verdadera naturaleza de las musas no es tal y como las ves. Ni Euralia, ni Egaria, ni mucho menos, Alecto son lo que tú piensas. Su verdadera naturaleza se revelará muy pronto, y el verdadero combate sacudirá a la tierra. Nosotros, desgraciadamente estamos en el bando de los, entre comillas, malos.- Finalmente se calló.
Volvieron a oírse pasos en la sala de arte. Un hombre de cabello rubio y belleza inaudita saludó confidentemente.
-Pero a pesar de todo, nuestra amistad prevalecerá, y no te dejaremos tirado, aunque pienses que Soma nos va a traicionar y aunque no puedas cumplir tu deseo. Incluso aunque se te pasara por la cabeza la idea de destruir a Soma seguiríamos ahí.- Udián dio en el clavo.
El caballero del deseo no tenía palabras. Después de estar varios segundos en silencio, Agni decidió romper el hielo.
-Así que me habéis seguido…-
-Nuestros sentimientos son como los tuyos, Agni.- Respondió sonriente el mismo guerrero de la sabiduría, con un rápido movimiento de cabeza para alejar su dorada melena de la cara.
-¿La verdadera batalla¿El destino de la tierra?- preguntó Sila.
-Así es… Al parecer eso sólo lo sabía Letheus por ser el primer caballero védico, pero a mí, con mi modesto poder de la sabiduría absoluta, no me lo pudo ocultar. Es hora de que os enteréis los dos, tú también Agni.
-Pues bien, explícate.- Ordenó el receptor interesado.
Con una carcajada traviesa, Udián se fue a la pared más lejana de la galería de arte. Sus amigos le siguieron. En aquella pared había cinco cuadros, y sin que nadie hablara, tanto Agni como Sila lo imaginaron todo.
-Es como uno de esos libros que tanto gustan a Udián. Casi se puede leer.- Dijo Letheus dirigiendo su mirada al primero de ellos.
-El primero, El Amanecer del Mar. Si os dais cuenta, el cuadro pretende reflejar el emerger de nuestro santuario. El amanecer de la muerte, si sabéis algo de tópicos literarios, según el título. El segundo, Las Torres de Miseria.-
-¿Adivináis qué simboliza?- preguntó alegremente Udián.
-A juzgar por el dibujo… yo diría que la caída de las atalayas de Parnase¿no?-
-¡Correcto, Agni!- Letheus señaló el tercero. -La Alianza de Las Musas. La batalla que está aconteciendo ahora mismo, justo en la vía santa y la avenida de las Musas.-
-¿Entonces, los cuadros que quedan?- preguntó Sila con toda su atención.
Una corriente de viento fortísima hizo retroceder a los cuatro caballeros varios pasos.
-¿Qué sucede?- preguntó el joven Agni.
-Pura energía protege a estos cuadros, pues aún el futuro no ha llegado, pero hay varias profecías.- comentó Letheus. -El mundo, tal y lo conocemos se extinguirá y será absorbido por este lugar. La realidad desaparecerá y se implantará la verdad de Soma. El estilo de vida de este lugar, según sus normas, pero por culpa de la batalla, la nueva realidad, como podríamos llamarla podría hundirse en la destrucción absoluta como pasó con la dimensión paralela que sostenían las atalayas de Parnase. ¿Sabéis qué pasaría entonces?-
-El fin del mundo.- afirmó Sila.-
-Sí, bueno, podría pasar. Hay algunas maneras de que eso no suceda. Una de ellas sería derrotando a Soma, y haciendo desaparecer así a Parnase y toda su gente, es decir haciendo que la verdadera Tierra regresara; o bien derrotando a los caballeros invasores y a la última encarnación de un Dios en el mundo, Atenea, lo que conllevaría el hundimiento de todo y tan sólo dejaría con vida, eso sí, próspera, este sitio llamado Parnase.
-¿Y el fin del mundo?- Había algo que ni Sila ni Agni, ni tan siquiera Letheus ni Udián comprendían. Todo quedó en silencio unos segundos, y finalmente Udián miró el último cuadro.
-Ahí está la respuesta. Por desgracia al igual que el cuarto cuadro, está aún negro.-
-Después de todo, quizás sea algo que nos supere a todos nosotros… Por el momento es mejor limitarse a cumplir nuestros sueños¿no Sila?- dijo Udián.
-¿Nuestros?- replicó el muchacho de cabello negro.
-No eres el único que está en contra de Soma. Él sabe que nosotros cuatro no le somos leales, por eso… justo cuando tú te fuiste y Agni te siguió Egaria nos dijo que mientras durase el reino de Soma, nuestra fidelidad a su persona sería eterna.- explicó el mismo caballero de melena rubia como si no le diera importancia.
-¡Qué?- Gritaron tanto Agni como Sila.
-¡Pero eso no es ni será posible!- añadió el impulsivo mimético.
-Todavía…- respondió. -Tenemos hasta que esos caballeros de Atenea derroten a la última Musa. Que sepáis que eso es sólo cuestión de tiempo. Ya han caído dos.- Letheus sonó seco.
-Luego tanto ellos como Soma son nuestros enemigos.- susurró el caballero del deseo.
-Todavía tienes tiempo para cumplir tu deseo, Sila. Sólo espero que no pienses cumplirlo tú a solas…- sonrió Udián. -Si no nos damos prisa puede que nos hechice como le ha hecho a esa criaja...-
-Después de todo, puede que nosotros seamos el tercer bando.- dijo Letheus mientras miraba a su protegido, Sila, cuando este abría la boca para hablar.
-Tan sólo queríais darme apoyo… ¿no?-
-Así es.- respondió el joven Agni. -Y además me he enterado de tantas cosas hoy…- añadió alegre.
-Espero que no seamos nosotros los que hundamos tanto a la Tierra como a Parnase…- habló Letheus en tono irónico para romper la tensión del momento.-
-Tan sólo queda una cosa por hacer para salvar a tu pequeña Erinia, Sila…-
A pesar de que el caballero del deseo jamás había mostrado nada ante sus compañeros, Udián sabía cuál era el propósito de su amigo, que para él era incluso más importante que el destino de la tierra y que aquella batalla.
-¡Qué pena¡Me quedaré sin matar a ese caballero de Acuario!- lamentó Agni mientras enfocaba su vista hacia la puerta por la que había entrado. -Bueno, ya sólo queda una cosa por hacer.- continuó hablando.
Un estruendo sacudió la sala. Los cuatro guerreros tenían un aura alrededor de sus cuerpos, cada uno de un color. Agni verde, Sila rosado, Udián dorado y Letheus negro. Las armaduras de todos y cada uno de ellos envolvieron su cuerpo como nunca antes lo habían hecho. Una sensación de amor cálido acariciaba sus pieles.
-Ellas nos protegerán. Vamos amigos, vamos Sila…- Alentó Letheus.
-No tengas miedo, Sila… Tu deseo se cumplirá.- Afirmó Udián.
Sin más, los jóvenes comenzaron a correr por aquella sala para ir al cuarto torreón en el que sin duda, el todopoderoso Soma y la pequeña Erinia guiaban los hilos del destino de cada uno de los caballeros de Atenea que luchaban por salvar a su Diosa.
La luna estaba tan cerca que casi se podía tocar, y la lluvia mágica del sitio incitaba a cualquiera a tener malas vibraciones. Se decía que en Parnase sólo llovía cuando algo terrible iba a suceder. En aquél momento, el santuario de la patria de las Musas estaba siendo atacado por los últimos representantes de un Dios en la Tierra, y aunque ni Hyoga ni Shun lo supieran, ambos notaban esa sensación de intranquilidad innegable.
Los dos jóvenes que tantas batallas habían librado llevaban corriendo desde el momento en que habían decidido separarse de sus compañeros, pero desgraciadamente los prados empinados del lugar no acababan nunca. El agua que caía del cielo les entorpecía considerablemente, y el cansancio era ya considerable. Por más que corrían en el camino que supuestamente ascendía por la ladera del monte, no alcanzaban más que campos de hierba y flores bañados por la noche. La luna ya estaba próxima a la mitad del color rojizo.
-¡No llegaremos nunca al final de este sitio!- gritó el afeminado Shun. Su armadura estaba tan empapada que parecía desear un cobijo. El color rosáceo de la misma, gastado por las innumerables confrontaciones acaecidas en el pasado seguía siendo tan colorido como antaño.
-¡Shun¿Ves aquello?- Hyoga señalaba mientras corría lo que parecía ser una pequeña capilla un poco apartada del camino. Ambos se detuvieron en seco y la miraron.
-Tan sólo está a unos metros. Podría ser lo que estamos buscando¿no crees Hyoga?- Los ojos del joven Andrómeda se clavaron en su amigo esperando oír una respuesta.
-Vamos, hemos de entrar…- respondió el caballero del Cisne.
Tras estar a las puertas del lugar, el joven rubio empujó una puerta que aunque a primera vista no parecía muy pesada, lo era. El crujir de aquella madera vieja, aunque preciosamente labrada era sólo superado por el estruendo que armó rozando los suelos de mármol. El lugar parecía pequeño. Unas escaleritas separaban el recibidor de la capilla de lo que era el santuario, en cuyo centro y en contraste con lo grisáceo de las paredes, una armadura dorada lucía.
-¿Una armadura de oro¿Será como la de nuestros caballeros?- se preguntó el bello Shun.
Una ventisca escalofriante pasó por el interior del pequeño templo. En aquel instante, una presencia inquietó a los muchachos.
-¿Lo sientes, verdad Hyoga?- El tono del indeterminado Andrómeda recordó a sus primeros días como caballero. El caballero del Cisne le devolvió una mirada serena.
-Tranquilízate, Shun. Es la presencia de nuestros enemigos, sin duda.-
Los muchachos cerraron sus ojos acordemente. Espalda con espalda, los metales de sus armaduras se rozaron mientras trataban de percibir el lugar exacto de aquella presencia.
-Presiento que esta será nuestra última batalla como caballeros.- Shun estaba inquieto y no dejaba de tener ese pensamiento que recordaba lo que había pasado a infinidad de sus antiguos compañeros. -Incluso el cosmos de Seiya ha desaparecido.- replicó de forma serena, dentro de lo que pudo.
-Shun, salvaremos a Atenea aunque nuestra vida…- ambos callaron. Al pasar más de un minuto en silencio, corrieron sin decirse nada entre sí directamente al exterior.
Un viento con la misma vibración siniestra que el que había pasado por la capilla envolvía todo alrededor. El cielo quedó incluso bajo la capa de gas, que tomó un color rojizo y se solidificó aunándose con el cielo. La lluvia seguía cayendo y todo parecía haber vuelto a la normalidad.
-¿Qué ha sido eso, Hyoga?- no hubo respuesta.
Bajo el susurro lenitivo de la lluvia una persona parecía estar de pie envuelta en negrura. Sin duda todas las sensaciones que habían sentido los caballeros de Atenea debían provenir de ella.
El aspecto de esa sombra desconocida a los ojos de los guerreros de la justicia era amenazador, pero a la vez les promulgaba una sensación de tranquilidad.
Como fondo las estrellas y las gotas de ira furiosa, aquella persona lanzó una capa al cielo que ocultó la luna unos instantes. Al precipitarse al suelo, más rápido de lo normal debido al clima, se dejó ver.
Una armadura de oro pálido acariciaba su cuerpo, desde las extremidades hasta su pecho, fornido y poderoso. Las curvas sutiles del metal propiciaban a aquel caballero un aspecto tenebrosamente sereno. Sus ojos, clavados en Shun, le analizaron detenidamente por unos segundos, después su pardo iris hizo lo mismo con Hyoga.
El viento agitaba el corto cabello de aquel joven que ni tan siquiera hizo una mueca ni se inmutó ante sus enemigos. Bajó la cabeza, y tras un breve instante, miró una flor, solitaria en aquel rincón de prado. El muchacho se agachó.
-La misma magia que ha creado esta vida en un noviembre como este será la que se la arrebate.- Tras hablar, el joven bajó la mano prono y creó una magia de viento para evitar que aquella florecilla muriese. -Sin embargo,- añadió -vosotros que pretendéis arrebatar la vida en este lugar no seréis bienvenidos.- El joven de pelo castaño y corto levantó.
Hyoga alzó la guardia sin perder un segundo. El brillo de su armadura cobró vida, pero aún no era capaz de obtener de su Cisne el mismo poder que consiguió en su combate contra Hades. Shun, por el contrario, se limitó a observar al joven, que comenzó a hablar de nuevo.
-El poder de las furias es notorio. Este lugar irreal será vuestra tumba, pues no alcanzaréis la catedral Védica a menos que me deis la calma eterna. Mi nombre es Iustus, bajo el signo de Calíope, la musa de la elocuencia y la poesía épica. Sucumbiréis bajo un manto de amapolas.-
El joven era tan sereno que llegaba a ser imprevisible. Con la misma lentitud que al cubrir la bella flor, alzó su mano, esta vez mirando al cielo. Tan sólo susurró al viento.
-Vitae magna...- Tras citar aquellas palabras, el suelo se agrietó terriblemente ocasionando un terremoto. La hierba creció de forma inimaginable y Shun quedó retenido con el poder de esta, que recubría e inmovilizaba todo su cuerpo. Hyoga saltó, previendo lo que iba a suceder. Desde la misma altura en que se encontraba usó su Polvo de Diamantes.
El rayo blanquecino del santo de Atenea colisionó contra el suelo del lugar congelándolo todo en primer lugar y en pocos segundos, haciendo estallar una buena parte del camino de los prados en pedazos de hielo asesinos. Su técnica había fallado. Iustus de Calíope había desaparecido.
-¡Hyoga, sobre la capilla!- El grito del paralizado Shun alertó a su compañero a pesar de que la musa decidió no atacar. Cuando El joven regido de Calíope se sintió observado por los dos guerreros frunció el ceño.
-No estáis aquí para destruir este lugar¿cierto? Deberías apuntar mejor.-
Iustus miró al cielo. El viento que llevaba corriendo por aquel lugar ascendió hacia el cielo y cuando dejó de sentirse, explotó en las alturas. Del estallido millones ondas de tonos celestes cayeron al suelo introduciendo todo aquel prado y su capilla en una cúpula gigantesca y azulada. Tras aquello, todo regresó a la calma y la capa misteriosa tornó en un invisible.
-El poder de Alecto. Protección. Ahora sí podré dar rienda suelta a mi sadismo.- mientras hablaba, el muchacho no alteró muestra de nerviosismo.
-¿Cómo dices?- gritó Shun todavía aprisionado.
-Las musas, las criaturas divinas de este mundo loco tienen un don. El don de Alecto es la protección, que usa desde la catedral para no destruir nuestra patria mientras la defendemos. Lleva siendo así desde la era mitológica.-
-¿Eso significa…?- Hyoga no acababa de entender y no le quedó más remedio que preguntar con un recelo justificado.
-Significa que estamos en una dimensión irreal. Significa que cada combate que libréis aquí, caballeros de Atenea, será bajo el poder de protección de Alecto. Así cuando todos hayáis muerto no se habrá destruido nada. Al acabar el combate, se desvanecerá este trocito infinito de protección.-
El sitio en que estaban Hyoga y Shun era conocido ya por Mu, que había estado bajo su poder en el anterior combate contra Valera. En ese momento, el caballero de Aries apareció de la frondosidad de los árboles que había atrás.
-¡Esa protección no sirvió de nada con tu compañera Valera!- Gritó en tono afable.
-¡Mu!- Los caballeros de bronce sintieron un alivio deseado, pues sabían que iba a ser un combate reñido.
-Seiya ha caído luchando contra la primera musa. Por él debemos llegar hasta la cúspide de la catedral.-
-Así que por eso… su cosmoenergía se ha… desvanecido.-
-Así es.- respondió el dorado de Aries a un Hyoga entristecido.
Iustus saltó a los aires, y desde arriba tan sólo resonó un "Resplandor Azul" de su voz. Tras citar aquel conjuro con una prestidigitación de la cual sólo el dorado se enteró, todo se tiño en celeste formando una bola de dimensiones descomunales. En el centro de la misma estaban todos los caballeros de Atenea, pero sólo en lo más íntimo de la esfera de luz una chispa blanca hizo reventar todo a su alrededor. La onda expansiva golpeó a todos sus enemigos y levantó una gran cantidad de polvo.
El Cisne, respaldado por Shun, que consiguió liberarse del conjuro de vida de Iustus, lanzó de nuevo sus Polvos de Diamante directos a la coraza de la Musa. El impacto fue preciso y provocó otra explosión en pleno cielo. Sin embargo, Mu levantó un Muro de Cristal envolviendo a los caballeros de bronce, y un segundo después, millones de rayos celestes dieron en la protección de Aries. De no ser por esta, tanto Hyoga como Shun habrían recibido un ataque terrible.
Una risa elegante resonaba en el lugar. Iustus dejó de levitar y tocó el suelo. Todo en un radio de unos treinta metros había sido arrasado y ya sólo se veía el color marrón de la tierra. La capilla había desaparecido también.
-¡Gracias Mu!- gritó Andrómeda amistosamente.
Aún quedaba energía residual del ataque que hacía resquebrajarse algún trozo de tierra más.
-Provoca una esfera celeste ilusoria, cuando realmente hay que evitar el resplandor blanco del centro, que al explotar no solo destruye el entorno, sino que salta como la metralla dirigida contra su oponente. Es una técnica totalmente ofensiva.- Mu había descubierto el patrón de ataque de su enemigo.
-Comprendo.- respondió Hyoga todavía nervioso por el susto.
El tiempo seguía transcurriendo y cada vez quedaba menos para derrotar a las musas. Aquella noche eterna sería tremendamente más larga de lo previsto para los caballeros, pero aún así la esperanza no había abandonado a ninguno de ellos. La lluvia siguió cayendo como lágrimas del cielo ante el evidente destino del mundo. Hyoga, Shun y Mu miraban con detenimiento a Iustus de Calíope. Debía haber alguna forma de poder derrotarle.
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PD¡Uno de los caballeros de la película de Saint seiya El Guerrero de Armagedon es idéntico a Sila y no me di cuenta hasta ayer!(Mordesló era su nombre) Ale, si veis la película, espero que os acordéis de mí. Sabréis quien es si lo haceis...:)
Bueno, que gracias por haber llegado hasta aquí. Ya no queda demasiado... El destino está ya decidido (no escrito, todavíaXDD). Alguna idea, crítica o lo que queráis en review. ok?
¡Chao!
