Hola de nuevo... y gracias por haber llegado hasta aquí! XDDD
Bien, reconozcamos que no me gusta demasiado escribir antes de un capítulo, pero en este caso me veo casi "obligado" a hacerlo. Lo hago para explicar algo bien sencillo. El desenlace no está demasiado lejos, y los eventos que sucedieron y sucederán son bastante liosos, por no decir el sin fín de nombres de caballeros y combates y bla bla...
Os pido un prematuro "perdón" por si os liais demasiado leyendo. Espero que no. Y si surge alguna duda... ¡Preguntadme! Me haría ilusión.
Gracias por leerme:$
Parte 15: La ardiente valentía
-Es terrible el candor primero, pues enamora con su manto de belleza efímera.- Una voz desconocida resonó en la oscura habitación en la que Soma, sentado, disfrutaba del sádico espectáculo que sus aliados y enemigos le brindaban. Sin ser ni hombre ni mujer, aquello poseía un tono dulce y a la vez amargo. Alegre y triste suspiró.
-¿El candor primero? Esa niña ha envenenado con su bendita inocencia justo a quien más necesitamos.- Soma parecía preocupado. -Debería ir con ella. Presiento que muy pronto la rueda del destino comenzará a girar.- añadió con seguridad.
-Hasta entonces, mi sombra se desvanecerá y dormirá. Tu venganza será culminada y la Tierra y el cielo serán uno. Parnase será eterna.- La extraña voz asexual silenció sus labios.
Soma levantó del trono dorado en que estaba y caminó despacio hasta abrir la gran puerta de su alcoba. Tras recorrer un corredor de suelos de mármol pálido y columnas ostentosas, llegó a aquella sala principal del cuarto torreón. Su Templo era tan grande como la misma catedral…
La pequeña Alecto miraba de rodillas a la luna. Con los dedos de una mano entrelazados en la otra oraba a aquélla luna que iba colorándose. Su cabello ondulado se fundía en la negrura de la oscuridad. En ese instante, todas las velas de la habitación se encendieron tornando la sala en rojo. El color de la sangre.
-Tu magia de protección tan poderosa como siempre. Ya han caído dos hermanas Musas, pequeña. Pronto cumpliré mi promesa hacia ti y tus hermanas.- La chica dejó de orar.
-Señor Soma…- Los ojos de Alecto estaban entornados y su tez había palidecido resaltando las ojeras que de puro cansancio había desarrollado.
Tan sólo la mirada el Dios contestó a la joven, pero a pesar de todo, le habló con fingida dulzura.
-Pequeña¿qué es lo que más amas en tu vida?- La respuesta era evidente, Sila. Si confesaba sabía que tendría problemas, así que decidió responder con aquello que amaba casi tanto como al muchacho.
-Pa… Parnase.- su voz estaba tan apagada que apenas se oyó el final de la palabra.
-¿Tan sólo eso?-
-Ta… también hay una persona.- respondió la chica maldiciéndose por su sinceridad innata.
-Si dejaras de proteger con tu poder, todo acabaría destruido y desolado por la guerra, y no verías a esa persona a la que tanto amas.- apuntó el Dios.
Erinia volvió a mirar a la Madre Luna que casi estaba medio enrojecida. Juntó sus manos y siguió orando con la sola imagen de una persona en su cabeza: Sila.
Hyoga llevaba esquivando los ataques de Iustus bastante tiempo. Ya conocían casi su estilo de batallar. El caballero de Calíope atacaba a distancia con magia de viento, y cuando podía, provocaba resplandores azules, semejantes al que había destrozado aquél paraje.
Agitando su brazo, Iustus lanzó cientos de ráfagas cortantes que destrozaron el suelo y lo hicieron saltar en pedazos. Aprovechando la confusión, cambió de objetivo y cogió a Shun por sorpresa. En pocos segundos se ubicó delante de su cara la cual cubrió con su mano. Susurró algo impronunciable, que lanzó a Andrómeda a los cielos.
-¡Resplandor azul!-
No tuvieron tiempo para actuar ninguno de los otros dos caballeros. Tanto Hyoga como Mu, cansado de tanto luchar sin parar, vieron impotentes cómo la explosión lumínica del centro de la esfera arremetía brutalmente contra el joven de armadura rosada y como después los miles de rayos celestes le hacían retorcerse de dolor en el mismo aire. El caballero de Atenea gritando cayó. Dejó de moverse.
-¡Shun!- gritó Hyoga prolongando el nombre lo máximo posible. Iustus dejó de levitar nuevamente. Su rostro seguía sin inmutarse.
-Maldición, no debí haber dado tanta energía a Seiya.- pensó el caballero de Aries mientras corría hacia su compañero herido. -¡Hyoga, aguanta!- ordenó
Desde su posición, el Cisne lanzó su más mortífero ataque, la ejecución de la aurora, que primero provocó una explosión sonora para dirigirse a Iustus a velocidad de vértigo. El brillo del rayo era blanquecino, de aspecto untuoso. Colisionó contra su objetivo con seguridad certera.
Hyoga jadeaba mientras trataba de localizar a su enemigo. Había desaparecido. El caballero de bronce corrió a donde sus compañeros estaban.
-¡Shun!- Andrómeda estaba herido, pero consiguió incorporarse.
-Estoy tremendamente cansado, Hyoga.- murmuró con esfuerzo.
-Tu cosmoenergía…- Cisne sentía cómo el aura rosácea de su amigo era cada vez menor.
-¡Patético!-
Iustus seguía en pie, y a pesar de su grito amenazante ya no imponía tanto. Su cara sangraba por ambas mejillas y por la frente. Debía haberse cortado con las piedras al caer. También la dorada armadura del muchacho había sufrido daño, sobre todo en la hombrera derecha, que se había partido. El resto de la protección sólo presentaba un par de grietas de tamaño considerable.
-¿Es eso todo¡Y pensar que creí que moriría!- Tras aquello Calíope se miró el hombro que había quedado descubierto. Una parte del mismo enrojeció y un hilito rojo resbaló hasta desaparecer bajo su brazal. A pesar de todo, aquel joven no había perdido la calma.
-No está mal, pero ya te digo que pensé que iba a morir con ese ataque.-
-Ahora estás herido.- señaló Mu mientras se ponía de pie.
-¡Muro de cristal!-
Alrededor de los tres caballeros de Atenea se originó una barrera borrosa que se transformó en una infranqueable protección.
-¿Podrás repetir ese ataque, Hyoga?- preguntó Mu susurrando y casi sin mover los labios.
-Necesito que le distraigas para atacar por la espalda.- El dorado Aries había ideado un ataque algo sucio, pero sólo tenían esa alternativa en su estado.
Antes de que ninguno de ellos reaccionara comenzó a suceder lo mismo que cuando Mu derrotó a Valera. Un aura en el cielo empezó a disolverse y tras una décima de segundo en oscuridad, todo estaba completamente como al principio. Los prados regenerados y la lluvia fluyente. Tan sólo el templo de Iustus estaba destrozado.
-¿Por qué se ha desvanecido el conjuro de…- El joven no acabó de hablar.
-¿Qué sucede?- cuestionó Aries a su enemigo.
-Es sólo que… ahora nada protege este lugar. Ahora lo que destruyamos quedará arrasado. El mal que provoquemos a esta tierra será enorme si seguimos peleando como hasta ahora.- La Musa Calíope parecía respetar la naturaleza.
El silencio era rey de todo aquel lugar. Casi se podía oír la respiración de los contendientes. Ninguno de ellos se movía.
-Acabaré con esto rápido. No hay otro remedio.-
Iustus levitó al cielo más de diez metros. Desde allí alzó sus manos y entre ellas se generó un cúmulo de ondas verdosas.
-Hasta nunca, caballeros. ¡Ondas lacerantes!-
Decenas de haces verdes cubrieron el cielo en dirección a los caballeros de Atenea. Hyoga abandonó el espacio que protegía el muro de cristal aún corriendo un riesgo mortal.
-¡Hyoga, no!- gritó Shun. El guerrero del Cisne recibió de lleno dos de las ondas cortantes de viento, pero al caer al suelo dio una sorprendente pirueta y se puso de pie en cuestión de décimas. El muchacho alzó sus brazos milagrosamente, pues uno de ellos había sido tajado.
-¡Ejecución de la aurora!-
El grito de Hyoga fue terrible. Su cosmos se encendió y su armadura estalló en poder adaptando la misma forma divina que tomó en el antiguo enfrentamiento contra Hades. El rayo gélido pareció cubrir a cámara lenta la distancia que le separaba de Iustus mientras él recibía el resto de ondas lacerantes de su enemigo. Fue un exterminio mutuo que acabó con un estallido ensordecedor. Tras aquello, Iustus cayó contra el suelo, y su cosmoenergía se desvaneció. Hyoga también cayó al suelo.
-¡Hyoga¡Hyoga!- Shun corrió al auxilio de su amigo mientras Mu deshacía su muro de cristal. Caminó hacia su compañero. Tanto Andrómeda como Aries se agacharon ante él, que había caído boca arriba.
-¡Tu armadura vuelve a la normalidad! eso significa…- Shun hablaba nervioso recordando que hace años, cuando Seiya fue herido por la espada de Hades, sucedió lo mismo: la armadura adoptó su forma original.
-Te… tenía que hacerlo, chicos.- La voz de Hyoga estaba quebrada, al igual que su cuerpo. La protección del joven guerrero estalló dejándole tan sólo con su pantalón y camiseta de tirantes, cortados y destrozados por el último ataque. El muchacho estaba impregnado en la sangre de sus propias heridas y finalmente, se dejó llevar por el cansancio.
Una corriente de viento heló el ambiente. Mu gritó el nombre de su amigo, pero no obtuvo respuesta. El dorado comenzó a llorar de impotencia.
-¡Otra vez no¡Su vida…!-
-Mu…- Shun también tenía lágrimas en sus ojos.
-Continuemos, la catedral está cercana.- Aries secó sus lágrimas y apenado, corrió sin mirar atrás. Aún quedaba camino por recorrer.
Andrómeda cerró los ojos con cariño y derramó un par de lágrimas más sobre él. Sobraban las palabras. Él también levantó y siguió a su compañero el dorado. Después de todo, la esperanza aún reinaba en el corazón de Hyoga.
La explosión había sido vista desde todos los sitios. En Parnase el pánico era guía de la gente, que observaba atónita aquello que estaba sucediendo. ¿A razón de qué se habían derrumbado sus seis atalayas y varios estallidos habían sacudido sus cielos?
No demasiado lejos de aquel lugar un fornido guerrero hacía lo mismo que todos sus compañeros. Buscaba a la desesperada el método de salvar a Atenea. Aldebarán corría por entre los llanos. Había decidido intentar atajar, pero desde hacía unos instantes se sentía seguido por alguien. Una cosmoenergía conocida. De repente, su nombre resonó.
-¿Saga?-
El caballero de Géminis llevaba siguiendo a su compañero algunos minutos y parecía nervioso, a pesar de que siempre había tratado de controlar sus sentimientos.
-¿Te sucede algo, compañero?- Tauro se preocupó, pero Saga no le dio importancia.
-Ya queda poco para llegar a la catedral. Nuestros compañeros se quedaron en templos inferiores para que pudiésemos continuar.-
-¿Cuántos templos deben quedar para llegar a aquella catedral que se ve a lo lejos?- Aldebarán estaba ansioso por que acabara ya aquella pesadilla. Tras que el gemelo mirara al horizonte dio una respuesta.
-Ni más ni menos que cinco, pero podremos pasar por algunos sin luchar. Ya se han adelantado Aioria, Shiryu y Milo con los mocosos.-
El antiguo patriarca señaló al templo que más cerca tenían. No parecía habitado, pero Saga ya sabía que era falso, pues se había percatado de la presencia de alguien en él hacía sólo segundos.
-Ese es nuestro.- sugirió con frialdad.
-Saga, estás raro… ¿Qué te sucede?- Las manos del caballero de Géminis temblaban.
-Es solo que… estoy algo nervioso.-
-Saga, tú nunca estás nervioso.- El dorado Tauro dio una delicada palmada en la espalda de su compañero.
-He visto algo que vosotros no. Seré sincero contigo, amigo.-
-Te oigo. Habla.- Aldebarán puso atención en los labios de Géminis.
-Yo sabía esto. Sabía que esta batalla llegaría tarde o temprano desde que Cronos fue destruido.- Saga caminó un par de pasos en dirección al próximo templo, pero se detuvo en seco.
-¿Cómo es posible?-
-Y lo peor es que he tenido visiones de lo que sucederá esta noche.- continuó. -Han sido muchas las batallas que hemos ganado como caballeros. Dentro de pocas horas… como mucho seis, sucederá parte de lo que vi en aquella ocasión.- Tauro no pudo contener los nervios y preguntó sobre lo que había visto.
-Tan sólo una batalla… pero sin duda la última. Piensa, Aldebarán. Si hasta ahora cada vez que hemos ganado ha estallado otra guerra¿qué crees que sucederá esta noche?-
-¿Una derrota?-
-Nuestro enemigo no es un Dios. Somos nosotros mismos quienes nos acabaremos destruyendo. Y viendo eso…-
Tras que Saga hablara, una explosión iluminó el cielo un poco más debajo de donde los dos dorados estaban. El cielo estaba teñido en llamas. Había estallado otra batalla en uno de los templos de las musas.
El templo donde acaecía aquel combate había explotado en pedazos a causa de la onda expansiva que lo destruyó. Shaka cayó al suelo de pie afortunadamente, aunque tardó en estabilizarse unos segundos. Había conseguido evitar un ataque de su enemiga, Cecile de Urania, Musa de las Estrellas.
El dorado desapareció por unos instantes dejando a aquella mujer desconcertada. El rojo brillante de su armadura reflejó la silueta del caballero de oro. Cecile alzó el brazo provocando otra vez su poderoso ataque, la Sierpe Ardiente.
Un torbellino de fuego voló serpenteante hasta el dorado, pero este, con una sonrisa en su rostro dio una palmada con sus manos y aquella masa incandescente atravesó su cuerpo como si no hubiera estado allí. Un estallido detrás del dorado iluminó de nuevo todo en rojo.
-No podrás derrotarme, abandona o me verás obligado a erradicarte.- La voz de Shaka no era en absoluto amenazante, pero el aviso que daba sí lo era. Desde el primer momento, el caballero de Virgo había notado su propia superioridad.
-¡Jamás¡Muere!- Cecile hizo arder su cosmos y su plateado cabello ondeó ascendiendo sobre la cabeza. El ataque que realizó sorprendió a Shaka.
Cientos de ráfagas estelares se dirigieron al dorado tremendamente rápido, pero ninguna de ellas tocó a su objetivo. Todo estalló en pedazos alrededor de Shaka que seguía intacto a pesar de estar en el centro de las explosiones.
-¿La revolución de la luz de las estrellas?- El dorado recordó el ataque ofensivo de Mu.
-Veo que dominas una técnica bastante poderosa.- Cecile frunció el ceño. Sus ataques no daban en el blanco a pesar de sus esfuerzos.
-¿Quién eres tú realmente?-
-Tan sólo soy un caballero de oro. Soy Shaka de Virgo, el hombre más cercano a Dios.-
El estruendo del combate cesó unos instantes, tras los cuales, Cecile corrió depreisa hacia Shaka, lanzando una patada contra su cara ágilmente. Tras fallar, siguió intentándolo con varios puñetazos y rodillazos, pero la joven era esquivada sin dificultad.
-Me haces perder el tiempo. Seré misericordioso contigo.- Apenas parpadeó la cansada joven cuando Shaka gritó al cielo. En pocos segundos, la imagen de una dama vestida en un albo peplo y montada en un caballo tan puro como su rostro arremetió contra la musa de las estrellas enviándola directamente al suelo de costado. Su armadura estalló.
-Me… me has derrotado…-
La muchacha yacía agonizante en el suelo y a pesar de todo no tenía ninguna herida. Tan sólo su espíritu se había debilitado y su cosmos se extinguía por instantes.
-Madre… he fallado.- murmuró la joven, que miró fijamente a Shaka. Su visión se nublaba mientras el guerrero caminaba hacia ella.
-Ahora podrás descansar. Yo te brindaré el descanso eterno. Cierra los ojos.-
Cecile obedeció y se dejó vencer por sus pesados párpados. En ese instante una cálida sensación la envolvió. Shaka sintió el abrazo de una mujer, y abrió sus ojos unos instantes. La silueta de una mujer abrazaba a la moribunda Cecile. En ese momento, ella sonrió.
-Mamá…-
El caballero de Virgo se percató de la proximidad de Shura, que caminaba hacia él. La lluvia seguía fluyendo después de aquel combate terrible que había hecho temblar los cimientos de Parnase.
-Muy bien, Shaka.-
-Una estrella del firmamento acaba de desaparecer¿te has dado cuenta, Shura?-
-No. Supongo que después de todo no soy como tú, compañero. ¿Esa estrella era la de ella?-
-Así es. A pesar de su debilidad la chica se opuso a que pasara. No me quedó más remedio que acabar con su vida.- El caballero de Virgo miró a la inerte Cecile. -Lo lamento por ella, pero así fue.-
-Deberíamos continuar. Saga, Aioria y los demás están abriéndonos camino.-
-Shura¿y Camus?-
-Preguntas por Atenea¿cierto?- El guerrero de Capricornio no obtuvo respuesta, pero contestó.
-Está con Shiryu y Milo. Los mocosos también van, así que supongo que estará bien. ¿Cuánto crees que nos queda para llegar a aquella catedral?- El moreno señaló al cielo, donde casi en la oscuridad se perdía el palacio de Soma, iluminado sólo por la luz de la luna, que seguía enrojeciendo.
-Nos quedan siete templos, pero Saga ya ha hecho su trabajo allá arriba y los otros nos abrirán el camino. Estimo que en pocas horas habremos llegado hasta arriba.-
-Sin embargo te noto nervioso, Shaka.- Capricornio no comprendía por qué su amigo hablaba en aquel tono tan apagado.
-Puede que me asuste una cosmoenergía de este lugar.-
-¿A qué te refieres?- El dorado de cuernos miró hacia la catedral de nuevo.
-Es un cosmos que duerme. Si llega a despertar, puede que ninguno de nosotros pueda seguir protegiendo a Atenea, además, están esos guerreros que burlaron las doce casas del santuario en poco más de una hora.-
-Tú eres el hombre más cercano a Dios. Debes saber por qué lo dices. Aún así, creo que con la oscuridad de Soma tenemos de sobra. Aún quedan como mínimo en este sitio siete cosmoenergías que merecen la pena.- alegó Shura. -Serán enemigos duros de verdad.-
-No tengas miedo.-
-¿Miedo? Shaka, deberías saber que hace años que no utilizo mi verdadera energía. ¿Puedo pedirte algo?-
-Habla.-
-El siguiente templo… lo quiero para mí.-
-Shura, ni se te ocurra pasarlo de largo. Me he dado cuenta de que las musas no sólo protegen un templo, sino un territorio. Que sepas que hagas lo que hagas tendrás que luchar. Ni aunque rodees la montaña podrás evitar que el siguiente enemigo te localice.-
El caballero de Capricornio se extrañó, pues sus compañeros debían estar por encima de ellos y sin embargo ellos no habían entablado ningún combate allí.
-¿Te preguntas por qué Saga y los otros han pasado sin luchar?- Shaka adivinó el pensamiento de su compañero.
-Así es.-
-Hasta hace un rato este sitio estaba envuelto por una serie de conjuros protectores que se han desvanecido inexplicablemente. Antes de comenzar a luchar contra aquella muchacha me lo dijo. Dijo que se había desvanecido el poder de una de las tres furias.-
-¿Furias¿Te refieres a las hermanas de la mitología?-
-Así es, Shura. Según mi conocimiento son tres, las hijas de Urano y Gea. Diosas incluso respetadas por la voluntad de Zeus.-
-¿Y están aquí?-
-Así es… Ellas son las encargadas de que las predicciones de adivinos no sean precisas y de que el destino de los hombres quede bajo llave. Pueden hacer enloquecer a cualquier mortal.-
-Shaka¿ellas serán enemigas?-
-Son menos poderosas que los dioses, pero más temidas. Por algún motivo deben haberse reencarnado en esta tierra, en los dominios de Soma. Si serán enemigas o no, no lo sé, pero de lo que sí estoy seguro es que pase lo que pase, actuarán en acuerdo con lo que más les favorezca, y en este momento, es permanecer a la sombra de Soma, aún dormidas.-
-No hay tiempo que perder. Nos veremos en la catedral, Shaka.-
-Yo retrocederé. Creo que Mu va a necesitar que le eche una mano.- Con un gesto de mano rápido, Virgo se despidió y comenzó a caminar de retorno hacia abajo. Shura caminó sin importarle el agua que le mojaba. Estaba cerca del siguiente templo y no demasiado lejos por lo alto, se veía una plaza.
-Aún me queda un camino bastante largo hasta alcanzar a Saga.-
El silencio de la torre de Soma fue roto por los pasos agitados de cuatro caballeros que se detuvieron en la entrada del templo. A lo lejos de la sala quedaba la luna, enorme y en primer plano. Tan sólo se sentía una pequeña cosmoenergía proveniente de la cúpula del lugar, totalmente oscuro.
Un cántico siniestramente tenebroso de voces femeninas erizó el vello de todos los caballeros védicos, que redujeron su marcha y caminaron hasta quedar bajo la bóveda.
-Queda un rastro de cosmoenergía residual…- dijo Sila con una voz firme. Estaba decidido a acabar con el corrupto Dios y la determinación en sus movimientos fue notoria.
-Tanto Alecto como Soma han estado aquí.- alegó Udián el sabio, colocándose sus gafas correctamente.
Cuando el tono de la canción se agudizó varios instrumentos de cuerda y viento matizaron en tristeza alzando el eco en la estancia. Letheus se sentó en uno de los bancos de la primera sala del cuarto torreón y se relajó mirando las pinturas del techo.
-Todos los dioses quedan ridiculizados en este lugar, pero si os dais cuanta, ninguno de ellos es tan humillado como Zeus, que está arrodillado.- Cuando el joven bajó su cabeza -Este lugar es de locos. Sinceramente, creo que nos será complicado.-
-Yo por el contrario, creo que será sencillo.- contrarió de nuevo el caballero védico del conocimiento, que añadió que debían continuar.
-Alecto…- susurró Sila con cariño sin que nadie pudiera oírle.
Caminando, el caballero del deseo se acercó a la barandilla, justo al mismo lugar desde el que la pequeña furia había usado su poder de protección. El joven tuvo una corazonada, y una taquicardia machacó su pecho acrecentando los nervios.
-¿De dónde vendrá esa melodía?- preguntó Agni mientras miraba fijamente una pequeña puerta. -Esa puerta no estaba ahí.-
Todos los guerreros miraron donde su compañero. Era cierto que una enorme puerta había aparecido detrás de ellos, y probablemente sería la clave para llegar a los aposentos más íntimos del dios, donde seguro estaría esperando en compañía de Erinia.
Sila no pudo contenerse y corrió hacia la puerta en silencio. Cuando se disponía a destruirla con su poder de hielo un tremendo ruido hizo temblar la sala. El muchacho se detuvo. Aquello había parecido el gruñido de un dragón.
Los caballeros védicos miraban desde el centro del templo, con bancos a un lado y al otro el balcón de la estancia. En el centro de la luna, una criatura horrible eclipsaba la luz de la misma. Si poca luz había, el enorme ser que agitaba sus alas frente a los védicos ocultaba casi la mitad.
De nuevo, el dragón plateado que acechaba a los caballeros de Soma gritó haciendo resonar el eco de su ruido por todo el lugar.
-¡Sila, vuelve!- Udián gritó a su compañero que corría por el pasillo central de la iglesia en dirección a la criatura. El caballero saltó y desde el mismo aire alzó sus brazos, pero un rebuzno del animal le arrojó contra el suelo violentamente. Sus compañeros corrieron a socorrerle.
El caballero del deseo levantó sin que nadie le ayudase. Ninguna criatura detendría su avance, y menos una embadurnada en un cosmos tan siniestro. Una segunda energía apareció detrás de los jóvenes. Una silueta conocida que caminó entre ellos. Ninguno tuvo la osadía de moverse hasta que llegó al bello balcón y se dio media vuelta dando la espalda al dragón plateado.
-¡Soma!-
Sus ojos, cuyo color era innombrable se clavaron en Sila, que adoptó posición de guardia ante el Dios de cabellos rojizos. La cosmoenergía de Soma creció rodeando su cuerpo de un halo blanco y resplandeciente. A pesar de ser malvado y cruel y emanar maldad, su aura no dejaba de ser pura.
-Argenta, protectora eterna del cuarto torreón, has servido mi voluntad como te pedí.- La voz del hombre sonó prepotente. -¿Qué hacéis en mis aposentos?-
-¡Devuélveme a Alecto!- gritó Sila enfurecido.
-¿Por qué me hablas como si fuera un secuestrador, sirviente¡Arrodíllate ante mí!- Soma controló el cuerpo del hombre hasta que postró su rodilla en el suelo contra su voluntad.
-Ella está aquí acometiendo su misión, que es proteger Parnase de la destrucción de las luchas. ¡Por vuestra culpa, miserables, he tenido que pedirle que retire su conjuro!-
El dios caminó hasta Sila y desde su cómoda posición levantó la barbilla del caballero con dureza acusándole de traidor con la mirada. Soma le agarró el cuello fuertemente.
-¿Y si ahora decidiera que dejases de respirar, qué pasaría, Sila?-
-Señor Soma…- interrumpió Agni.
-¿A quién demonios le importa lo que suceda a este miserable? Yo controlo los hilos de su vida¿no creéis?- El todopoderoso soltó a Sila, que comenzó a respirar como nunca. Estuvo tan cerca de asfixiarse que se aliviaba de haber sido liberado.
-Jamás controlarás los hilos de mi destino… ¡Maldito!- respondió con la voz aún entrecortada.
-Creo que la mocosa va a tener problemas si tu conducta no cambia, caballero del deseo.-
Sila alzó su mirada contemplando lo que antes no vio. Sobre el lomo del alado dragón la pequeña Alecto descansaba. No sabía si dormía, o si estaba ya muerta, pero a pesar de todo, el joven tuvo fuerza para levantarse y gritar su nombre con fuerza.
-¡Alecto!-
Soma de la veda alzó su diestra al cielo y en un segundo, el cuerpo de la niña se materializó. El poderoso ser la agarraba con el cuello de la misma forma que lo había hecho con su subordinado instantes antes.
-Yo no perderé nada si te sublevas, caballero del deseo, pero piensa en las consecuencias que tendrá esto. La vida de esta pequeña meretriz podría extinguirse¿no crees?- hablaba con tanta ironía el Dios que por un instante las lágrimas del guerrero del deseo se saltaron.
-¡No lo permitiré¡Juntos te derrotaremos por divino que seas!-
La furia en Sila era tremenda. El aura rosácea del guerrero estalló librando un cosmos terrible que sin duda se podía percibir en todo Parnase. Aquel momento fue eterno. Por un instante que parecía no tener fin el silencio fue sólo roto por el silbido del cosmos del caballero del deseo. Aquel enfrentamiento parecía inevitable, pero hubo un gesto que el joven amanerado no acabó de comprender…
