Parte 17: Determinación violenta
Máscara de la muerte gritó mostrando el alcance de su cosmos. Era consciente de que sus compañeros estaban en apuros y por primera vez, aunque deseara vengarse de Sila, se sintió preocupado por ellos. La calma había abandonado el Parnaso hacía ya tiempo. El combate de sus camaradas había estallado.
A pesar de estar agotado, el caballero del cangrejo confió en sí mismo. La idea de que sólo quedaban la mitad de las musas y de que pronto daría rienda suelta a su sadismo le animaba. Tras ver el rostro de su enemigo al fin, se estremeció.
-¿Lo sientes, caballero de oro? El cosmos de mi aliado, Sila, es superior al que tus compañeros irradian. Es posible que caigan antes que tú.-
-¡Voy a matarte y a acabar con ese Sila!-
El joven que custodiaba el sexto templo comenzó a reír de nuevo. A pesar del tono serio de Máscara de la muerte, el caballero guardián no podía parar de hacerlo.
-¡Voy a borrarte esa sonrisa de la boca, cretino!- amenazó Cáncer. -Te dejaré que te presentes antes de quitarte la vida.-
-Mi nombre es Ílyan, y soy el caballero de Talía, musa de la comedia. ¿Te explicas ahora esta extraña costumbre que tengo de reír antes de matar a alguien?
-No serás tú el que mate esta vez…-
-¡Jajaja! ¡Qué ridícula conversación!- Ílian cogió algo de una de las musleras de su armadura y lo levantó hasta su cara. Tras el gesto, se colocó aquello, que era una máscara dorada con una sonrisa por boca.
-¿Sabes por qué me llaman Máscara de la muerte?- preguntó Cáncer con seguridad. Su adversario comenzó a carcajearse de aquello.
-¡Seguro que te llaman así porque te mueres rápido!- La estruendosa risotada enfadó terriblemente al aliado de Atenea, que insultó duramente a su enemigo.
-Yo soy la musa de la comedia, es mi forma de ser… perdona, caballero… ¿Puedo llamarte cara cangrejo? Tu casco me recuerda a uno…-
-¡Imbécil, soy el caballero dorado de Cáncer!- El sádico dorado empezó a temblar de ira.
-¿Cáncer? Pero… ¿eres benigno, ¿o eres uno de esos bultos cojoneros que requieren quimioterapia?- El rostro de Ílyan estaba oculto bajo su antifaz, sin embargo, algo indicaba que estaba tronchándose de sus propias parrafadas, que excedían el límite del humor de Máscara mortal.
Otra sonora explosión hizo vibrar el aire y avivó la tensión del guerrero dorado. La plateada coraza de la musa reflejó la bola de fuego que se desvanecía en el cielo.
-¿Te crees muy gracioso, no? ¡Vas a pagar por tus sandeces!-
-¿Comenzamos, "Careta de la muerte"?-
-¡Ondas del Hades!-
Un rayo en espiral púrpura recorrió los metros que les separaban en pocos segundos. La musa Talía saltó a un lado esquivando el ataque. Tras estabilizarse, corrió hasta su enemigo y le golpeó en pleno estómago. Cáncer retrocedió un par de pasos.
-Eres muy lento, pero caminas hacia atrás como los cangrejos… ¡He pensado que voy a cocerte!-
-¡No eres más que un fanfarrón!- Máscara mortal golpeó brutalmente la máscara de su contendiente destrozándola. Ílyan no se inmutó, pero comenzó a reír de nuevo… se tuvo que agachar de la risa.
-¿¡Qué sucede ahora?-
-Se me ha ocurrido una forma de acabar contigo, amigo… ¿Te gustan los cangrejos?-
Sin esperar una respuesta, el cretino enemigo de la justicia gesticuló con su mano. Al unísono con la lluvia, comenzaron a caer cangrejos de las alturas chocando con el caballero del signo. Máscara mortal estaba tan enfurecido que sus ojos se desorbitaron. Dando un salto hacia Ílian le propinó una patada en pleno pecho y le tiró al suelo.
Tras que el graciosillo levantara sin esfuerzo, Cáncer le agredió otra vez volviendo a lanzarlo contra los pastos. Sin dejar que se levantara, le pateó incontables veces, una tras otra hasta que le pareció suficiente para haberlo matado. Su furia cesó.
-¿Cómo demonios habrá hecho para que llovieran cangrejos?- se preguntó mientras miraba a los animalillos con desprecio. -¡Todo lo que me recuerde a ese imbécil será destruido!- El caballero de Atenea comenzó a pisar uno detrás de otro hasta quitar la vida a todos y cada uno de ellos.
-Ahora le ha llegado el turno a Sila?- sonrió.
-¿Ya te vas? No te gires, por tu propio bien…-
El sádico cáncer hizo caso omiso a su enemigo dándose media vuelta. No podía creer que siguiese con vida, pero lo que vio le dejó más frío aún. Un enorme cangrejo de más de tres metros de altura le miraba…
-¡¿Qué demonios!- Antes de que pudiera actuar, el guerrero quedó capturado por las potentes tenazas del gigantesco crustáceo y fue levantado.
-¡Mira que gracioso el animalito! ¡Quería jugar contigo…! pero está malhumorado porque has acabado con sus hijitos queridos… ¡Qué pena!- Ílyan apretó su puño, y las pinzas de la criatura hicieron que la falda de la armadura dorada estallara en mil pedazos y cayera al suelo. Máscara de la muerte comenzó a gritar de dolor.
-¿Qué te parece mi técnica de control de la realidad? Con ella y mi humor ácido, he conseguido que muchos de mis enemigos se suiciden. ¿Qué harás tú ahora que tu cadera está a punto de quebrarse?-
-¡Maldito loco!- siguió agonizando el herido caballero.
-Yo preferiría que me llamases sádico. En fin, ya que decías que no sería yo quien te matase, he decidido que lo haga esta criaturita tan adorable. Si cierro un poco más mi puño, te romperé la cadera…-
-¡Agghh!- Poco a poco, Ílyan de Talía iba cerrando su mano con más fuerza.
-Bueno, te daré una oportunidad. Si aciertas cómo murió mi padre te soltaré. Y para que veas lo bondadoso que soy, te diré que tienes delante de ti el motivo…-
Máscara de la muerte había tomado nota del tipo de enemigo al que se enfrentaba. Ni con todo su cosmos lograba destrozar aquellas pinzas descomunales. Sabía que la respuesta estaba relacionada con el tipo de idioteces que había oído hasta ahora, así que sólo se le ocurrió una respuesta.
-¡De cáncer!-
-… ¡Imbécil! ¡Has fallado! ¡Le maté yo mismo!- Tras responder, Ílyan comenzó a desternillarse como nunca. Disfrutaba ante el sufrimiento de su víctima.
Tras otro largo minuto de tortura, la musa recobró la calma y abrió su mano. El caballero de oro cayó al suelo y vio cómo su enemigo hizo explotar al animal en pedazos. Todo quedó teñido en sangre.
-Se acabó. Voy a retorcerte todos los huesos hasta que formes la perfecta silueta de un cangrejo con tus huesos.- La ironía había desaparecido en Talía, y sus ojos perdieron su escaso brillo.
Con apenas unos movimientos de sus brazos, los huesos de Máscara mortal comenzaron a partirse y a crujir, y sus articulaciones quedaron resquebrajadas. Los gritos de agonía eran tan fuertes que podían oírse en todo el santuario de Soma.
La amargura en Cáncer era inimaginable, al igual que su sufrimiento. Podía decirse que la armadura del caballero había adoptado su forma original con él dentro. Había perdido el combate e iba a perder la vida totalmente humillado. Una última idea pasó por su cabeza.
Cuando Ílyan se disponía a darle el golpe de gracia, la armadura dorada abandonó el cuerpo de Máscara mortal sorprendentemente. El guerrero sonrió con sus últimas fuerzas.
-¿Por qué sonríes si hasta tu armadura te ha abandonado? Tienes todos los huesos rotos y estás ahí tirado en el suelo hecho fosfatina… No comprendo…-
-Mi… armadura… tiene una… última misión.-
Cáncer cerró finalmente los ojos expirando mientras los lucilos de su cosmos envolvieron las piezas de su protección, que levitaban sobre él. En un instante, éstas rodearon a la musa Talía y con su última energía se agolparon contra él, explosionando con una potencia tremenda. Cuando el polvo se disipó, no quedaba más que tierra revuelta alrededor de un templo derruido y dos cuerpos inertes en el suelo.
-Atenea… ruego que me perdones…- Aquella fue su última voluntad.
En aquel momento el combate de Mu, Shun y Shura contra Sila continuaba. Todo el santuario de Parnase se estremecía a cada golpe. La tierra se resentía mientras Aldebarán llegaba a lo que parecía ser una plaza. En el centro de la misma, colgados de una enorme columna, siete hombres yacían boca abajo. Lo primero que vio el caballero de Tauro fue la dantesca escena, y la enrojecida pilastra.
-¡Demonios! ¡¿Qué clase de monstruo habrá hecho esto!- el espanto en sus ojos era evidente. No sólo notaba que las energías de sus compañeros estaban desapareciendo, sino que a cada paso que daba, aparecía un enemigo más sádico.
La belleza de plaza era indiscutible. Al margen de aquellos muertos en la columna central, varias más delgadas partían como rayos hasta alcanzar más de seis metros. No sustentaban nada. Alrededor de la fuente del lugar, una serie de grabados rúnicos decoraban el suelo con una complicada escritura anciana.
-Sólo veo tres grandes templos y una catedral. Es de suponer que ya estamos cerca de nuestro objetivo.- Tras que Aldebarán pensara, se percató de que no sabía cómo devolver la salud a Atenea. Puede que alguno de sus compañeros supiera más que él, pero en las extrañas circunstancias en que se encontraba sólo recordaba lo que le habían contado. La supuesta cura para la diosa estaba en esas montañas.
-Atenea…- susurró el enorme hombre. Tras llegar a la fuente, vio su cara reflejada en el agua, que fluía por caños acerada. -Todo mi cosmos es tuyo, y sin embargo, no he sido capaz ni de averiguar cómo devolverte la sonrisa.-
Alzando el rostro, el corpulento hombre observó atento la luna recordando las últimas palabras de Gauldar. -Si no detenemos a Soma antes de que la luna enrojezca, deberemos enfrentarnos a nuestros sentimientos… ¿Qué sentido tiene eso? ¿Qué tiene que ver con salvar a Atenea?-
Aldebarán emprendió su camino realzando su paso. Iba rumbo al primero de los tres últimos templos. No pudo evitar pararse frente a la columna en la que estaban los cuerpos inertes de los siete hombres que se revelaron contra Soma.
Tauro les desató y los tumbó en el suelo uno a uno. Uno de aquellos caballeros entreabrió los ojos ante los del impotente Toro.
-¡E… estás vivo!- gritó con rudeza. Incorporando al hombre, preguntó qué le había sucedido. El estado del superviviente era lamentable. Tenía el horror clavado en sus pupilas. La voz le salió temblorosa…
-Hi… Hilarión… cuidado…-
-Tranquilízate. Ahora estás a salvo. No te abandonaré.-
-No… vete antes de que te… haga esto… ¡también a ti!- El hombre moribundo alzó su mano para acariciar el rostro de Aldebarán. Con una sonrisa se despidió. Tras su muerte, la lluvia del cielo se transformó en tormenta, y por primera vez el manto de agua cayó terriblemente furioso.
El caballero de Tauro volvió a mirar la luna. Vio cómo el cielo se cubría de nubes, dejando sólo el resplandor rojizo de la misma tras de sí. Un trueno interrumpió el susurro del agua.
-¿Un respetable guerrero de Atenea?- La voz varonil que provenía de detrás del corpulento dorado le asustó. -La magnificencia de un dios puede sólo ser discurrida por aquellos que ostenten su poder, ¿no crees?- añadió con prepotencia.
El Toro dorado se giró para ver a quien le hablaba. La figura alta y poderosa de un hombre fue iluminada por otro resplandor tormentino. Su cabello estaba completamente empapado en un negro apagado, y caía sobre su pecho. Sus ojos apenas se veían. Tan sólo se apreciaba sobre su enorme cuerpo una armadura más oscura que su propia melena de rizos.
-¿Tú eres el guardián… de este sitio?- preguntó Aldebarán.
-Así es. Mi nombre es Hilarión, bajo la musa Erato, signo de la poesía lírica y erótica.- La sonrisa lasciva del caballero asustó a su enemigo dorado. -Tienes un buen cuerpo. Creo que sangrará bastante por un rato…-
-¡¿Qué!-
-¿No opinas que la belleza del sexo se encuentra en la excitación más violenta?-
-¡Eres un enfermo!-
-Mientras tú decidiste ayudar a los más débiles, yo escogí excitarme con su sentimiento de dolor. Es pura belleza el tormento de un alma. Como la música. Cuanto más estridente, más estimulante.-
-¿Y tu templo? ¿Es acaso alguno de los tres que restan hasta la catedral?- Aldebarán se mostraba receloso con razón.
-No tengo templo. Soy el guardián vigía de las almas atormentada encargado de que su sufrimiento enardezca el poder del elixir de Soma, bajo nuestros pies.-
-Que tu corazón sea tan oscuro debería ser un impedimento para juzgar. Aquel era un buen hombre, y tú le mataste. Él dijo tu nombre.-
-El señor Soma lo ordenó. A pesar de que su cosmos es más siniestro de lo que pensé, sabe comprender la belleza del dolor.-
-¿Más siniestro? ¡Tu cosmos es el que es siniestro!-
-Mi cosmos en angelical al lado del que el señor Soma ostenta.-
Hilarión dio un par de pasos hasta su enemigo. Tenían ambos contendientes la misma envergadura aproximada. El violento representante de Erato cerró sus puños y agitó su melena. Aldebarán cruzó sus brazos.
-¿No te pones en guardia? No pienso perder un minuto más contigo… Ya dejé pasar a alguno de tus amigos antes, pero vi tu cuerpo…-
-No necesito alzarla para ganarte.- vaciló Tauro.
La musa Erato trató de dar un puñetazo en plena cara a Aldebarán, pero sorprendentemente, un resplandor dorado y su correspondiente estruendo colisionó contra su oscura armadura arrojándolo contra el suelo.
-Te lo dije.- Hilarión levantó sorprendido. Cayó en la cuenta del poder de su enemigo al sentir el rudo golpe.
-Muy bueno. Tendré que esforzarme contigo.- El resplandor de la musa absorbió el brillo del agua que había a su alrededor. Una explosión negra arremetió a Tauro tirándole también al suelo. Cuando levantó, ambos se miraron los ojos tratando de escudriñar cuál sería el próximo movimiento.
-Teniendo el cosmos que tenemos, este combate se resolverá en un par de golpes más.- apuntó Hilarión. La afirmativa en Tauro fue notoria en la preocupación que mostraba su rostro.
Erato lanzó una patada voladora con tremenda agilidad. Aldebarán pudo esquivarla con dificultad. Su respuesta no fue otra que una embestida que les arrojó a ambos al piso. Sujetando con toda su fuerza el dorado los hombros de su enemigo, dio un terrible cabezazo en su frente. La respuesta de Hilarión fue inmediata. Con su pierna diestra le arrojó al aire mientras se estabilizó rápido.
-¡Siente mi Violenta Magna!- De nuevo, la musa propinó su patada voladora, acertando en plena coraza de oro. Tauro salió despedido con tremenda velocidad hacia una columna, sobre la cual tras girar sobre sí mismo, consiguió apoyarse para embestir nuevamente a su enemigo.
-¡Has fallado!- grito el caballero de Atenea mientras alzaba sus brazos para propinar su más poderoso ataque, el Gran Cuerno.
Aldebarán cayo bocabajo, sin embargo, la armadura de Hilarión absorbió la luz fulgurante de la explosión.
-¡No! ¡Si le ha dado de lleno!-
-Y así ha sido. Sin embargo, no has logrado dañarme. Has usado la misma técnica que al principio de este combate, y he descubierto su secreto. Es un golpe defensivo.-
-Mal… ¡maldición!-
-Sin embargo, he de reconocer que tu cabezazo me ha hecho mucho daño.- dijo Erato tras limpiarse la frente de sangre. -Esta lluvia merma mis capacidades.- especificó mientras relamía el dedo con el que se había limpiado.
-Podrías quitarte el casco al menos… Yo no lo llevo.-
-El casco es una parte de mi armadura que no pienso suprimir.- respondió con odio Tauro.
-¡No hay tiempo que perder!- Ambos deseaban continuar la lucha.
Aldebarán saltó hacia su oponente arremetiéndole con su antebrazo en plena cara. Hilarión chocó contra una columna destrozándola por completo. A pesar del tremendo golpazo, levantó como si nada.
-¡No voy a dejar que destruyas mi plaza, futuro cadáver!- La musa emuló el golpe que había recibido haciendo lo mismo con Tauro, el cual colisionó con la gran fuente en pleno vuelo destrozándola por completo. Los caños dejaron de expulsar agua, y todos los cascotes cayeron sobre el aliado de Atenea.
-¡Si no la destrozo yo, no lo hará nadie!
El guerrero dorado levantó de los escombros con un ojo sangrando y su hombrera izquierda destrozada. Su cosmos comenzaba a alzarse y una leve aura dorada envolvió su cuerpo.
-Parece que has tenido un accidente. ¿Te duele?-
-El agua amortiguó mi caída.-
-¡Muy irónico! Veo que le vas cogiendo el gusto al dolor. ¡Tendrías que estar tan excitado como yo!-
Hilarión repitió su patada aérea, Violenta Magna golpeando nuevamente en el pecho de Aldebarán. Esta vez el retroceso fue menor, hasta el punto que a pesar de haber recibido el impacto sólo dio un par de zancadas hacia atrás. El guerrero del toro recuperó su posición y aprovechó la guardia baja de Erato para agarrarle del cuello y estrellarle contra el suelo. Del terrible golpe, saltaron trozos de piedra y fragmentos de la armadura negra del védico.
-Listo.- Con una mano en su hombro, Tauro comenzó a caminar rumbo al siguiente templo, pero una voz le hizo estremecerse.-
-¡Cuidado, Aldebarán!- El caballero dorado recibió un terrible impacto en la cabeza que le sacó el casco destrozándolo.
-¡Muere!- Hilarión se disponía a romper el cuello del corpulento guerrero cuando cientos de rayos le azotaron lanzándolo al aire.
-¡Aioria!- gritó aliviado Tauro.
Hilarión de Erato seguía vivo, pero apenas tenía fuerza para levantar. Susurraba algo inaudible para los guerreros de la justicia. Lo único que pudo hacer fue mal incorporarse en el suelo con la guardia medio alzada.
-Maldición, mi pierna está rota…- murmuró.
-Me has salvado la vida, Aioria…-
-¡Tu enemigo no está muerto todavía!- gritó el León de oro.
-La belleza del dolor es aún más majestuosa cuando es uno propio el que sufre. Yo decidiré mi futuro…- Hilarión cerró sus ojos y cayó contra el suelo finalmente derrotado.
Todo quedó nuevamente envuelto bajo el ruidoso manto de lluvia que a su vez era portador de tranquilidad. Aldebarán miró la espalda de su amigo, sobre la cual Atenea reposaba inconsciente.
-¿Cómo está Atenea?-
-No ha abierto los ojos, y su herida está peor…-
-Ya estamos cerca de la catedral. Allí obtendremos respuestas.-
-¿Las nubes tapan el cielo?- Leo cambió radicalmente de tema.
-Así es… pero ¿cómo puedes decir eso teniendo sobre tus hombros a nuestra diosa? ¡Vamos bajo aquellos árboles! Algo menos lloverá…
-Tranquilízate. ¿No sabes acaso que bajo un árbol llueve el doble?- replicó Aioria.
-Bajo estos no. Mira su frondosidad.- Mientras caminaban, Leo pensó en la situación, hasta hace un momento más absurda que ahora.
-¿Qué sucede?-
-Antes llovía sin nubes. Es noviembre, y este árbol aún tiene hojas. O es perenne, o este sitio tiene menos lógica de lo que pensábamos.-
-Aioria, ¿sientes la energía de Mu, Shura y Shun todavía?-
-No. Dejé de percibirlas hace un rato, pero tan sólo están ocultándose.-
-¿No pelean?- preguntó Aldebarán.
-Parece que el último golpe que te ha dado ese impresentable te ha afectado al cerebro, ¿no? ¿No has percibido que el cosmos de su enemigo es semejante al que tenía Hades?-
-No. De hecho sólo presiento una energía parecida a la tuya…-
-Oculta su poder, amigo. Sin embargo, está luchando a un ritmo que los demás no pueden soportar. Por eso se están cobijando. Necesitan recuperarse un poco.-
El caballero de Leo apoyó a Atenea contra el tronco y la bajó con delicadeza hasta sentarla en la humedecida tierra. Aldebarán la miró preocupado.
-¿Crees que saldremos de esta?- preguntó el toro de oro.
-Te seré franco. Confío en mi suerte y en mi cosmos, y a pesar de eso, hay algo en mi corazón que me incomoda. Es como un presentimiento que me estruja el corazón.-
-Creo que estamos siendo utilizados.-
-¿Utilizados?-
-Aioria, ¿cuántos años llevamos de paz?-
-Sin contar los pequeños enfrentamientos, cinco.-
-¿Recuerdas cuando terminó la batalla contra Zeus? ¿Cuándo éste se arrepintió de haber considerado a los mortales marionetas?
-No…-
-Creo que Milo sí que lo recordará. El día anterior le dieron el cumpleaños…-
-¡Cómo! ¡Pero si el cumpleaños de Milo acababa… esta medianoche!-
-Así es. Día trece de noviembre. Justo el mismo día en que Zeus se arrepintió.-
-Demasiada casualidad, pero…-
-A mí esto me da mala espina.- Aldebarán sugestionó a Aioria, que asintió escéptico.
-En fin, cambiando de tema… Quedan sólo tres musas y siete de los nuestros están sobre nosotros. Yo lo veo favorable, pero ya te he hablado de mi corazonada.- Leo miró a la silueta de la catedral, que cada vez estaba más próxima.
Un tercer caballero de oro se acercó a los dos que descansaban bajo aquel imponente árbol. Shaka de virgo saludó escuetamente. Estaba completamente empapado.
-¡Shaka!-
-Me alegro de veros. No debe quedar más de una hora para que la luna enrojezca por completo. Por desgracia, ahora sólo podemos intuirlo, pues ha sido tapada por nubes. ¡Qué casualidad!-
-Y que lo digas.-
-¿No deberíais estar subiendo?-
-Así es.- asintió Aldebarán. -Sin embargo, Atenea está empapada y…-
-No importa que ella esté empapada si su vida corre peligro. Si no avanzamos…-
-Aldebarán, tú acabas de luchar. Carga con ella y descansa hasta que lleguemos arriba.- ordenó el dorado León.
-¿Y tú si no fuera por el agua, ni te habrías despeinado, ¿cierto?- preguntó Shaka a su compañero recriminándole que todavía no había sacado los puños.
-Lo haré, tranquilo… Lo que me preocupa ahora es un presentimiento que tengo.-
-Aioria, preocúpate por Mu y los demás mientras subimos.- sugirió Aldebarán mientras montaba a la diosa en su enorme espalda. -¡Hemos de seguir!-
En un paraje devastado por la desolación y el azote fluvial el silencio era el absoluto rey. La quietud era infinita. Un joven muchacho de largo cabello negro caminaba empapado con cautela. Tras cada paso, miraba de reojo a ambos lados, y buscaba entre la helada tierra rastros vitales.
Mu y Shun ocultaban sus rastros de cosmoenergía mientras Shura yacía en el suelo magullado. El caballero de Andrómeda perdió su gesto de amabilidad en sustitución por uno de terror.
-Mu, no podemos escondernos eternamente.- exclamó el santo de bronce al oído de su compañero. Tras el susurro suspiró.
-¡Este tipo quiere la cabeza de Atenea! Tenemos que hacer el mayor tiempo posible. Además, en nuestro estado no podremos con él.-
-¡Pero Shura!-
Sila se detuvo finalmente delante del abatido caballero de Capricornio. El fuego de sus ojos aún no se había apagado. Con una explosión de cosmos despidió al dorado por las alturas.
-¿Me dirás de una vez dónde está Atenea?-
-U… ugghh…- Tras caer al suelo, el casco dorado se hizo añicos. Shura cayó sobre los restos del mismo.
-¡Ya basta!- gritó Aries desde un lugar cercano.
El cosmos de Mu convirtió en polvo la roca que les había escondido hasta ahora. Sila se giró para observarles con una mueca de desagrado.
-¿Así que estabais ahí, no? Sabía que no os había matado con mi aura invernal. Tan sólo la provoqué para debilitaros. Ahora me diréis el paradero de Atenea, ¿verdad?-
-¡Jamás! ¡Está a buen recaudo!- gritó Shun con fiereza impropia.
-En condiciones normales podría captar su cosmoenergía, pero desde que la daga envenenada hendió su piel, su energía ha desaparecido, por eso, os necesito. ¡Os haré sufrir si no lo decís!-
El caballero de Andrómeda alzó la guardia con sus cadenas preparándose para atacar de nuevo a pesar de haber visto que sus ataques eran inefectivos. Mu corrió hacia Shura para socorrerle. Una terrible batalla que había comenzado tiempo atrás iba a culminar en breve.
