Parte 18: Corazón de hielo

Las gotas de lluvia resbalaban sobre la tierra congelada. El caballero del deseo miraba con ironía a sus contrincantes. Parpadeó lentamente haciendo desaparecer el brillo en sus iris. El muchacho de cabello negro comenzó a caminar hacia Shun, haciendo un leve ruido en la gélida capa de hielo a cada paso que daba.

-¿No te diste cuenta antes de que tus cadenas son inútiles?-

Sila de Soma se giró dando la espalda al guerrero de Andrómeda, que no aprovechó su ventaja. El amanerado miró a Shura con indiferencia, magullado por los golpes recibidos. El casco de su armadura dorada se destrozó en una caída tremenda hiriendo su cara.

-Vuestras armaduras son muy frágiles. En especial la de las cadenas. Si os hubiera golpeado con todo mi poder, probablemente os habríais ahogado en vuestra sangre por culpa de los fragmentos de metal que tendríais entre vuestros huesos. Creo haber dejado clara mi superioridad, luego, ¿me diréis dónde está Atenea, u os tendré que matar definitivamente?-

-Tan… frío… que ni mi excalibur consiguió quebrar su coraza.- murmuró Shura con una voz débil.

El santo de Capricornio levantó sin la ayuda de su camarada Mu. Adoptó pose ofensiva alzando su diestra al cielo. Podía sentir el roce del agua en su rostro. Aries comprendió las intenciones de su poderoso amigo e hizo un gesto a Shun, que corrió hacia la izquierda de Sila.

-¿No comprendéis que ni atacando los tres a la vez podréis vencerme?- preguntó el moreno casi desmotivado. -Es una lucha inútil que podría zanjarse sin víctimas…-

-¡¿Crees que revelarte el paradero de Atenea es acabar sin víctimas este combate!- Gritó Shura enfurecido. -¡Lamentarás haberte topado conmigo!-

El caballero del deseo se encontraba rodeado por completo, pues Mu se ubicó en sitio clave para impedir la huida de éste. Shura se abalanzó contra el guerrero de Soma intentando cortar su cuello. El poderoso védico saltó hacia atrás para golpear a Shun por la espalda haciéndole tropezar conrtra Capricornio. Mu corrió siguiendo de cerca al joven.

-¡Tenemos que derrotarle!- gritó Aries mientras alzaba sus brazos convocando su Revolución de la luz Estelar.

El cielo se llenó de esferas doradas que avanzaban a velocidad de vértigo contra Sila, que, abriendo la palma de sus manos ralentizó su marcha hasta detener el ataque dejándolo suspendido en pleno aire.

-¡Recibe tu propio ataque!-

Las estrellas de luz se estrellaron contra el sereno dorado haciéndole caer al suelo herido mientras de Nuevo, Capricornio trataba de atacarle.

-¡Excalibur!- Un haz amarillo recorrió una línea de longitud tremenda hasta el delicado muchacho, que se cubrió de hielo en un segundo recibiendo así el impacto de la espada sagrada sin recibir daño alguno. Tras la ofensiva de Shura, el guerrero del deseo rompió el ataúd gélido con una explosión de cosmos.

Nadie supo qué pasó, pero de repente Shun gritó. Sila había desaparecido y aparecido justo delante de Andrómeda para arremeter violentamente contra su pecho.

-¡Shun!- gritaron los dos dorados, mientras el joven trataba de atacar a su enemigo aun cayendo. El guerrero del deseo volvió a materializarse tras el amanerado peliverde, para golpearle la espalda con tremenda patada.

-¿¡Cómo lo hace?-

-¡No importa, Mu! ¡Hemos de ayudar a Shun!- Tras intentar realizar de nuevo Excalibur, Shura se dio cuenta de que no podía mover su brazo. -¡No puedo moverme! ¡¡Maldición!-

-¡Aguanta, Shun!-

Las cadenas nebulares del santo de Atenea cubrían los golpes de Sila con cada vez más dificultad. Poco a poco, y eslabón a eslabón, iban perdiendo velocidad, hasta que un tercer golpe más fuerte que los anteriores lanzó al muchacho al cielo.

-¡Temblor aéreo!-

Por orden de Sila, el viento comenzó a pegar de un lado hacia el otro violentamente, provocando serios cortes en la protección de su enemigo. La cadena izquierda de su armadura estalló en pedazos a causa de una ráfaga. Otra cortó la mejilla del asustado Shun, que, finalmente, cayó al suelo.

-A…Atenea...-

El cosmos de Shun había descendido brutalmente cuando sacó fuerzas para volver a ponerse en pie. Tan pronto como logró estabilizarse su armadura estalló por completo dejando sólo cubiertas sus piernas y el brazal derecho con un fragmento de su cadena.

-¡¡Atenea! ¡¡Hermano!- Shun comenzó a llorar mientras caminaba torpemente hacia Sila.

-Fuisteis marcados por Uroboros, mi conjuro de parálisis temporal. Puedo hacer uso de él cada vez que quiera. Si os fijáis, cada uno de vosotros tiene grabada una pequeña serpiente en alguna parte de la armadura que lleváis. Se muerde su propia cola.-

-¡Qué!- Exclamó Shura atónito clavando su mirada en el amanerado Sila.

-No es momento de explicar el verdadero significado de Uroboros, pues la alquimia, su madre, está fuera de alcance incluso para mí.-

-¿Uroboros, dijiste?- Mu parecía saber algo. -¿El Opus circulare? ¿El comienzo y el fin de todo?-

-Tan sólo es un grabado que no simboliza nada para mí. Digamos que elegí ese diseño porque me gustaba, pero sí. Creo que tiene algo que ver con eso en su verdadera simbología.- La respuesta de Sila fue desganada, como si le aburriera hablar con el enemigo. Sin embargo, preguntó por qué conocía aquel dato.

-Mi maestro fue un poderoso alquimista que me instruyó en la materia…-

-Eso no es de mi incumbencia, caballero de Aries. A mí sólo me importa el paradero de Atenea y ya os he mostrado que no estoy de broma. Mirad a vuestro compañero. He destruido su armadura fácilmente.- La antipatía de Sila fue correspondida por una mueca de disgusto de Shura.

Shun trató de golpear con el resto de su cadena nebular, pero cayó contra el congelado suelo quedando fuera de combate y exhausto.

-Ahora es vuestro turno.- sonrió Sila, desapareciendo de nuevo para sorprender a Shura cara a cara. Cuando el dorado de Capricornio quiso darse cuenta, se encontró la mano de su oponente clavada en su muslo.

-Tú antes trataste de atravesar mi corazón, pero fallaste. Ahora soy yo el que traspasa una parte de tu cuerpo. ¡Sufre mi Fulgor Helado en tu pierna!-

La pierna del caballero de Atenea herido se enfrió hasta congelarse como el mismo suelo. La armadura de Shura quedó también bajo la capa de hielo. Sila sacó su mano con rudeza y golpeó la pierna inutilizada de su contrincante haciendo una zancadilla para dejarle suspendido en el espacio y después propinarle otra patada en pleno estómago lanzándole al aire. Finalmente, Sila repitió su Temblor aéreo.

Las ondas de viento zarandearon al santo brutalmente de un lugar a otro arrojándole por fin contra el suelo. La vestimenta de oro estaba bastante agrietada. Como si una espada hubiera cortado su hombrera izquierda, esta se desprendió cayendo al suelo.

-Tu pierna izquierda también está rota, caballero, al igual que su pernera. Creo que tú también has sido derrotado.- Sila era superior indudablemente a sus enemigos y tan sólo quedaba uno de ellos en pie: Un debilitado y sorprendido Mu.

Sila alzó sus manos destrozando toda la corteza gélida que había sobre la tierra en que se desarrollaba el combate. Con un gesto violento, lanzó todos los afilados y fríos fragmentos. Aries pudo esquivarlos mediante su muro de cristal, pero el caballero del deseo ya había aparecido por arte de magia tras el muro cristalino.

El joven de oscuro cabello aprovechó la ventaja que le daba estar arrinconando a Mu contra su propia pared, pues todavía no había podido deshacerla. De repente, una explosión azul esférica hizo saltar por los aires al muro de cristal y a Aries tras él. El dorado cayó al suelo con la cara.

-De todos vosotros, creo que tú eres el más poderoso, y mírate ahora.- Tras la frase del caballero védico, todavía se oían los fragmentos del muro caer.

-Sin embargo, mi verdadero poder es el de cumplir los deseos ajenos, o hacer que su muerte sea tan placentera como un orgasmo. Dime, caballero alquimista. ¿Cuál es tu deseo? Lo puedo hacer realidad a cambio del paradero de Atenea.-

-Un guerrero como yo no tiene deseo alguno.- respondió Mu.

-No me gusta ser insistente, pero mira a tus compañeros.- Tras la orden de Sila, el carnero dorado observó el estado de sus camaradas. Era lamentable: Shura tenía una pierna rota y estaba recubierto de heridas, y Shun yacía tumbado en mitad del suelo con su armadura destrozada.

-Tu estado tampoco es mejor que el suyo…- avisó el caballero del deseo.

-¡N… no le escuches!- Ordenó Shura con sus últimas fuerzas. Mu de Aries aceptó el consejo de su amigo dando la espalda a su oponente.

-¿Por qué me das la espalda? ¿Lo haces porque sabes que no te voy a atacar?- preguntó el de cabello negro.

-Te doy la espalda porque considero que mis amigos van en primer lugar. Antes que tus amenazas.- contestó.

-Eres muy tozudo… Sin embargo, no hay secreto para mí. Puedo descubrir tu más ferviente deseo con tan sólo el análisis de tu conducta. Antepones a tus compañeros…-

-¿Qué?-

-Lo haces de una forma que estoy seguro que en algún momento de tu vida, perdiste algo muy querido. Además, siendo del clan de los alquimistas, seguro que tiene que ver con la desaparición de vuestro continente, ¿cierto?- El védico lo acertó todo. Intuía que el deseo de Mu podía estar relacionado con su pasado.

-¡Deberías inmiscuirte en tus asuntos!- gritó Aries enfurecido mientras se giraba sulfurado.

-¡No voy a permitir que alguien como tú me compre con un mísero deseo!-

-Tu determinación es sorprendente. Sin embargo, tú y yo somos iguales. Tú deseas cumplir tu deseo, al igual que yo el mío… El dolor de tu corazón es el mismo que hay en mí. Una única diferencia: A pesar de que los dos amamos el pasado, la ejecución de tu raza no tiene remedio y mi deseo sí, por eso lucho por él, y por eso, si es preciso compraré al más caro enemigo. Si es preciso, incluso acabaré con tu vida. No me supondrá ningún problema.- Sila alzó la guardia de nuevo. Hizo arder su cosmos desprendiendo un aura rosácea a su alrededor.

-¡Pues si es la muerte la que me espera, me reuniré con mi amado pasado!- Tras que Mu saltara al aire, gritó con fuerza. -¡¡Extinción de la Luz de las Estrellas!

El dorado extendió sus brazos formando sendas bolas de luz en cada mano, que tras aunarlas, corrieron hacia el caballero del deseo y golpearon su pecho varias veces hasta explotar en una vistosa explosión de colores. Sila cayó al suelo, y durante un par de segundos, trató de incorporarse sin éxito. Finalmente, se levantó. El cosmos del guerrero era más intenso, y apenas tenía un roce en la cara.

-Un buen ataque. Sin embargo, esta armadura me ha protegido de él porque sabe que tú no quieres matarme. Eres un caballero de Atenea, pero el más calmado de todos, quizás. Deseas hacerme ver tu poder, sin derramar sangre a menos que sea necesario. Como puedes ver, eres un ser lleno de carencias.-

Mu no escuchaba la voz de su enemigo. Se limitaba a pensar en la extraña situación en que estaba: Sila buscaba a Atenea, pero sin embargo, para llegar al lugar del actual combate debía haber pasado cerca de ella. Lo suficientemente cerca como para sentir su aura. A pesar de todo, parecía que el guerrero no la había sentido. ¿Fue solo un despiste del caballero del deseo, o acaso la presencia de Atenea era tan débil?

-Si no eres capaz de notar la presencia de Atenea puede que tu poder no sea más que una ilusión.- Mu intentaba conocer así una respuesta a sus interrogantes.

-El cosmos de vuestra diosa está tan extenuado que es imposible distinguirlo del de un humano. No creo que aguante mucho tiempo más.- respondió el caballero enemigo.

Aries, desconcertado, trató de jugar su última carta. Sabía que si fallaba, el combate acabaría con su estrepitosa derrota. A pesar de todo, decidió utilizar todo su cosmos en el intento. Mu de Jamir gritó al cielo con todas sus ganas, y rápidamente, el suelo se agrietó a sus pies. Un aura dorada envolvió su cuerpo explotando finalmente en su séptimo sentido. El cabello morado del carnero levitaba, y su coletero se quemó dejando la larga melena que lucía, alzada sobre su espalda. Alrededor del mismo cosmos de Mu, le rodeaban centenas de estrellitas albas y pequeñas.

-¡Este es el poder de los caballeros de Atenea! ¡Extinción de la Luz de las Estrellas!-

De nuevo, sobre las manos de Mu, dos bolas de luz surgieron de pura nada. Tras que el guerrero las uniera, un relámpago de oro avanzó rapidísimo hacia Sila. Su estallido fue colosalmente más poderoso que el anterior. Todo el suelo se destruyó, y Parnase tembló ante el verdadero poder del caballero de Aries. El guerrero de Soma recibió el impacto de lleno y salió despedido siendo golpeado una y otra vez por las rocas que se desprendieron. Tras el duro golpe, cayó como plomo al piso.

-¿Se acabó ya?- Las piernas del dorado temblaban, e irremisiblemente, cayó de rodillas. El rastro de su cosmos se desvaneció casi por completo. -Gracias, maestro Shion.-

El velo de polvo que se había levantado era inmenso, y casi rozaba las nubes que desde hace poco cubrían la luna. A pesar de todo, el cielo seguía teniendo ese color rojizo provocado por los rayos de la luna.

Shura llamó a Mu con la voz débil. Aries le miró. Apenas podía mantenerse con sus rodillas y tuvo que apoyarse con los brazos también.

-¿Cómo está tu pierna, Shura?-

-Rota. Creo que no me podré mover…- respondió su joven camarada. -Shun está peor.- agregó.

-No pudo hacer arder su cosmos…-

-Shura, cómo es posible que ese chico no sintiera a Atenea. ¿Es que acaso tú no notas su presencia?-

-La noto, pero tan débil como la tuya, o puede que más. Se fue con Aioria… así que nadie la podrá tocar. No te preocupes.-

Sila yacía en el suelo, con los ojos entreabiertos. No podía creer que siguiera vivo. A pesar de estar aturdido, recordó lo último que le había pasado. Mirando al caballero de Aries se percató de que le había dado ya por muerto. El caballero del deseo levantó ante los patidifusos ojos de Capricornio, que avisó a Mu señalando y apelándole varias veces. El carnero dorado giró despacio y vio a su enemigo, aún en pie.

-¡No estás muerto!-

-La suerte me sonríe.- El muchacho de cabello largo sangraba por la frente. Su armadura estaba agrietada, pero se regeneró en pocos segundos.

-¡No puede ser!-

-¿Me pareció oír que Atenea está débil, no?- cuestionó con voz seria.

-¡Maldito!- Shura golpeó el suelo con su puño.

-Tu devoción por Atenea es inmensa, guerrero de cabello oscuro. Me atrevería a decir que entregarías tu vida por ella.-

Sila caminó hasta encontrarse delante de Capricornio. Mu, impotente, apenas se podía mover. El ataque que había realizado consumió todo su cosmos.

El caballero del deseo alzó a Shura cogiéndole por el cuello mientras volvía a preguntar por el paradero de la diosa. Al no obtener respuesta, comenzó a apretarlo. Un grito le detuvo.

-¡Shura!-

Tan sólo eran dos muchachos. Uno cubierto de heridas sangrantes y otro no menos herido con una armadura de oro en terribles condiciones.

-¿Y vosotros, de dónde salís?-

-¡Suelta a Shura!- gritó Seiya con la poca fuerza que pudo.

-¡Seiya e Hyoga!- Mu no podía creer que su compañero de Sagitario hubiera levantado. A pesar de haberle dado un poco de su energía vital, no quiso creer que pudiera ponerse en pie de nuevo. Lo mismo le ocurrió con el Cisne.

-¿Habrá más víctimas en este absurdo combate?- preguntó Sila dejando caer a Capricornio.

-¡Serás tú el próximo en caer!- Amenazó el joven. Tras terminar de hablar, Seiya tosió y una bocanada de sangre manchó el suelo.

-¿Yo? No lo creo, joven. Acabas de toser sangre. Debes tener una hemorragia interna. Tu amigo ni tan siquiera tiene armadura, y está embadurnado en su propia sangre. ¡Estáis incluso más débiles que estos indeseables!- rió Sila mientras señalaba a sus enemigos.

-Mientras el cosmos de Atenea esté ahí, nosotros levantaremos una y otra vez. No dudaré de ninguno de mis amigos, al igual que ellos no lo harán de mí.-

A la voz de Seiya, Shun abrió sus ojos y se puso a gatas en el suelo usando la poca vida que le quedaba.

-¡Shun!- gritó Hyoga con relativo ímpetu.

-Tú eres el joven que estaba en la habitación donde herimos a Atenea, ¿cierto? Debes ser Seiya, por lo poco que he oído.-

El maltrecho Sagitario hizo arder su cosmos tímidamente preparado para atacar a su enemigo. Sila no podía creer la voluntad de aquel joven moribundo que se empeñaba en pelear.

-¡Por Atenea! ¡Meteoros de Pegaso!-

Uno tras otro, los golpes del muchacho se estrellaban en la coraza de su oponente sin éxito. Los meteoros eran demasiado débiles.

-¡Seiya, no le herirás con eso!- advirtió Mu.

-No puedes ni mantenerte en pie sin ayuda y sin embargo has ejecutado un ataque casi sin esfuerzo. ¿De dónde proviene un cosmos tan milagroso como el tuyo, apuesto guerrero?-

-¡Por Atenea! ¡Sólo por ella, que vela por cada uno de nosotros he sido capaz de levantar! ¡Sólo por eso mi amigo Hyoga ha sido capaz de llegar hasta aquí conmigo! ¡¡Por Atenea!-

Seiya repitió su ataque quedando en evidencia por su carente poder. Sila de Soma esbozó una leve sonrisa llevando su mirada en las alturas en dirección a la catedral de tinieblas de Parnase.

-Así que por Atenea, ¿no?- preguntó. -Es ella quién os da energía, y capto una débil esencia de cosmos diferente a la de los caballeros que quedan allá arriba. No queda otra. Debe ser ella. Gracias por solventar mis dudas, Seiya.-

-¿¡Qué dices?-

-Que Atenea está haciendo arder su cosmos para que vosotros, a pesar de estar heridos de muerte, sigáis con vida. Gracias a ti, acabo de averiguar el paradero de esa obstinada diosa, que vela por vosotros desde sus póstumos sueños. Acabaré con su vida, allá en la catedral del Parnaso. Espero que sigas vivo, pues estaré aguardando allí con su cabeza en mis manos. Quizás me arrepienta tras segar su vida.-

Sila dio media vuelta y comenzó a caminar rumbo a la catedral. A sus puertas encontraría a su mejor amiga, Anieli, peleando contra el caballero del que habían hablado Mu y Shura.

-Según me pareció oír antes, ella está con un tal Aioria… Acabaré también con su vida si es necesario… ¡Uroboros, detén a estos humanos hasta que no haya riesgo de que se crucen en mi camino.-

Un calor insoportable en las pieles de todos los caballeros de la justicia ardió, hasta quedar grabado en cada uno con forma de círculo: Una serpiente que se mordía su propia cola. Los santos de Atenea no se podían mover, ni tampoco hablar. Tan sólo contemplaron impotentes la retirada de aquel poderoso joven, en la búsqueda de Atenea: Sila de Soma.

Milo, Cletus y Estela se habían detenido tras la gran explosión que Mu provocó. El dorado escorpión dudó de la victoria de sus amigos, pues su cosmoenergía había acabado demasiado debilitada. Sin comprender cómo, sabía que otro cosmos inhumano se aproximaba rápidamente a donde estaban.

A los pies de un viejo santuario, el dorado suspiró y apeló a su amigo Mu con voz casi inaudible. El caballero comprendió la derrota que habían sufrido.

-Maestro… me preocupa.- Cletus sacó a Milo de su ensimismamiento.

-No te preocupes. Ya queda poco para que salvemos a Atenea.- A la vez que Escorpio habló, pensaba en aquel guerrero que le atacó cuando estaba junto a Saga y Seiya. Su cosmoenergía le había abrumado y sabía que los pocos enemigos que quedaban serían como él.

La tormenta fluyente hizo a la joven Estela subir los escalones del enorme templo para resguardarse bajo el techo. Una corriente de aire le provocó un escalofrío.

-Cletus, señor Milo, aquí no llueve…- La chica estaba calada totalmente, y agitó su cabeza para sacudir el agua de su rojizo cabello.

-Tiene razón. Además, no parece estar habitado… Puede que no tengamos que pelear.- respondió el chiquillo.

-Te equivocas. En ese templo hay algo extraño que no deja de desagradarme. Posiblemente sea otro caballero.- Milo se mostró reacio a entrar.

-¡Se va a resfriar si se queda ahí!- gritó Estela con soltura.

Finalmente, el dorado caminó un poco y se sentó en mitad de la escalinata del vasto templo. Observando las columnas, vio su perfección. Cada una de ellas tenía cientos de grabados de hombres y mujeres.

-Parecen columnas trajanas…-

-¿Qué?- preguntaron los dos jóvenes.

-Este santuario es muy raro. Se supone que debe ser más viejo, ¿no? Además, este tipo de columnas sólo se hicieron para honrar al emperador Trajano…- Milo pensó que el parnaso se regía por normas ajenas a las del mundo, y volvió a suspirar.

-Así es…- Una voz desconocida asustó a los tres compañeros.

Un hombre de pantalones beige y camisa estampada blanca saludó apoyado en una de las columnas colindantes.

-¿No os disteis cuenta de que estaba aquí?- preguntó.

-¡No! ¿Quién es usted?- Cletus se había asustado tanto que tembloroso, se mordió el labio inferior.

-Yo soy Eneas, un aventurero.- El cabello gris canoso del hombre se alzó al viento, ondulante cuando éste caminó hacia los atónitos guerreros de Atenea. -¿Y vosotros?-

-¡Yo soy Cletus de Calisto!-

-E… Estela.-

-Milo de Escorpio. Caballero dorado de Atenea.- contestó con frialdad en su tono.

-¿Escorpio? Hmm… Hay tantos recuerdos en mi memoria. ¿Te dice algo el nombre de Aquiles?-

-¿Aquiles? ¿El héroe griego?-

-Ese héroe fue el antiguo caballero del Escorpión, y guiado por la luz de Atenea derrotó a Héctor, caballero de Apolo. Supongo que eres demasiado joven para recordarlo…- Tras hablar, Eneas sonrió.

-¿Entonces tú eres ese Eneas? ¡Pero no es posible!-

-¿Y si no es posible, por qué preguntas?- Milo quedó paralizado ante las palabras de su oponente. Aunque sabía que era posible que aquel hombre le tomara el pelo, algo en su interior afirmaba la veracidad de las palabras que oía.

-Tu cosmoenergía… No llevas ninguna armadura, y sin embargo, sé que escondes una poderosa cosmoenergía.-

-¿Y si así fuera?- el misterioso personaje se acercó tanto a milo que sólo un palmo les separaba. El hombre susurró algo a su oído: -Sin embargo, yo no busco venganza.-

Eneas pasó de largo para apoyarse en otra columna. Cletus miró a su maestro, que se giró para clavar su mirada en los fríos y apagados ojos perla del misterioso personaje.

-Lo que dijo el maestro Milo es cierto. Este templo emite un aura muy extraña…- murmuró el joven de Calisto.

-¿Crees que tendremos que pelear?- le preguntó en voz baja la linda Estela, que no obtuvo respuesta alguna.

Eneas sonrió a aquel que le miraba. Un trueno estremeció el susurro de la lluvia e iluminó un trozo del palacio del joven.

-Veo que una cosmoenergía terrible viene hacia este sitio. No creo que tarde más de media hora en llegar. ¿Qué quieres que hagamos, Escorpio?-

-Cletus, Estela… seguid adelante y procurad encontrar la forma de salvar a Atenea.-

-¡Milo!- El joven aprendiz de dorado llamó a su maestro por su nombre en acto de rebeldía e inconformismo.

-Deberías hacer caso a tu maestro. Los niños no deben presenciar las conversaciones de los mayores.- Eneas aconsejó a los jóvenes con ternura que se retiraran, intuyendo las intenciones del caballero de oro.

-¡Pero estoy seguro de que va a combatir!- replicó el niño.

-Respóndeme, mocoso. ¿Cuál es la misión de un caballero de Atenea?- Milo se tornó agresivo, y sus ojos parecían un incendio.

-Sa… salvarla.-

-¡Entonces ve a salvarla! ¡Ya te he enseñado todo lo que tienes que saber para hacerlo! ¡¡Ahora idos de una maldita vez!-

-Maestro… yo…-

Estela cogió a su enamorado y le arrastró hacia el interior del templo. Ambos se perdieron en la oscuridad. Pasó algún minuto completamente en silencio. Tanto Eneas como Milo esperaron algo de tiempo para que los jóvenes de bronce se alejaran.

-¿De verdad crees que esos mocosos se han ido?-preguntó el misterioso caballero del templo.

-En absoluto. Seguro que nos observan desde el interior de tu humilde casa.-

-Te pusiste muy violento, caballero. He de reconocer que me impuso tu tono de voz.-

-Lo sé, pero él es muy joven para morir… Lo he hecho porque he comprendido el alcance de tu cosmos. Viviendo desde que vives habrás aprendido muchísimo. Incluso más que yo, que ostento el más alto rango de los caballeros de Atenea. El oro.-

-Sin embargo, no aparento tener un cosmos demasiado poderoso, ¿no?- preguntó Eneas sonriente.

-No eres como el estúpido de mi alumno, que cree que ha borrado por completo su rastro de energía para quedarse como espectador. Tú consigues suprimirlo. ¡Ni yo me di cuenta de que estabas ahí desde que llegamos!-

-La juventud es siempre así de presuntuosa, Milo. Tu eres joven…-

-No le harás daño a los chicos si me vences, ¿no?- Milo parecía preocupado por la respuesta.

-Sabes mejor que yo la respuesta, al igual que sabías que se quedaría ahí mirando. Él no se ha dado cuenta de que sabemos que están ahí.-

-Voy a darle una última lección a ese mocoso.-

-Muy bien. Como desees. Mi nombre es Eneas, y mi musa guardiana es Clío, soberana conocedora de la historia y sus héroes. ¡Clío, protégeme!-

Un resplandor iluminó el interior del templo, y una bola blanca iluminó el cuerpo del extraño oponente de Milo. Una vieja armadura de color oro pálido tremendamente gastada y oxidada recubrió su cuerpo. A pesar de estar en tan lamentable estado, lucía unos estupendos grabados tribales bajo la capa de herrumbre. Al alzar su mano, una larga y delgada espada resplandeciente apareció. El caballero de Clío estaba listo para combatir.

Milo de Escorpio saltó dando una voltereta hacia atrás y se puso en guardia. La última lección de Cletus sería la más dolorosa de todas…