Parte 19: El dictamen del destino

Eneas caminó con su espada en ristre alejándose de su templo. La lluvia le mojó por completo en segundos. Sacudiendo su cabello para que no cayese por su rostro, el hombre miró fijamente a Milo.

-Por cierto. Al igual que sabes que los críos están ahí escondidos, sabes el resultado de este combate, ¿no es cierto?-

-Mi deber como caballero de Atenea es jugarme la vida por ella si es preciso.- dijo Escorpio mientras asentía.

-Y estás herido…-

-¡¡Vamos, Eneas!- ordenó el aliado de la justicia furioso.

El caballero de Clío alzó su estoque al cielo y lo arqueó en dirección a su oponente cortando agua, tierra y aire a velocidad de vértigo. Milo lo esquivó por segundos quedando descolocado. Al darse cuenta de que su defensa estaba baja, el santo dorado provocó una pequeña explosión de cosmos para alejar a la musa contendiente, que ni tan siquiera trató de agredir.

-¡Muy buen ataque!-

-Aunque mi armadura esté un poco pasada, como puedes comprobar, estoy en forma. No deberías bajar la guardia como hiciste. Habría podido bloquear tu explosión de cosmos, pero decidí no acercarme.

-¿Cómo te las has apañado para vivir todos estos años?-

-¿Años? Querrás decir milenios, ¿no?- Eneas sonrió dulcemente.

-¿Por qué sonríes tanto? No percibo tu cosmos, y sin embargo tu poder es inmenso. ¡No hay odio en ti!-

-A diferencia de ti, yo soy un humano.- contestó Clío.

-¿No debería decir yo eso? Tú pareces inmortal.-

-Te equivocas. Con el paso del tiempo he forjado mi carácter hasta ser lo que soy. Créeme que he tardado tiempo en convertirme en humano. Tú todavía eres joven, y no has vivido nada de lo que yo he presenciado.-

-¿A qué te refieres?-

-Escucha, caballero de oro. Los sentimientos están hechos para ser controlados, sin embargo, vosotros os dejáis controlar por ellos. Cuando puedas ver todo en perspectiva y con claridad, serás un humano. No dejes que tus sentidos se nublen por tus impulsos.-

-¿Por qué me dices todo eso?- preguntó el caballero del escorpión sorprendido.

-¿Y por qué no habría de decírtelo? Al fin y al cabo, estamos en el mismo barco. Una guerra inútil.-

-¡¡Han herido a mi diosa! ¡He de buscar una forma de devolverle la consciencia!-

-¿Acaso te lo impide alguien?- Tras reír, Eneas volvió a hablar. -¿Ves por lo que te digo que te dejas llevar por tus impulsos sin ver todos los puntos de vista?-

-¿Estás diciendo que no quieres pelear?- Milo cayó de rodillas al suelo.

-No he dicho eso, pero tampoco he dicho que no te dejara atravesar mi templo. Si dejé a esos críos, ¿por qué no iba a dejarte a ti? Además, ya lo pasaron tus compañeros hace poco.-

Milo frunció el ceño enfadado, pero aceptó la lección que le habían dado. Tras ponerse en pie preparó su dedo índice para dar la aguja escarlata.

-¡Sin embargo, intuyo que no me dejarás pasar tan fácilmente!-

-Hice un juramento, caballero. Con los demás hice la vista gorda, pero con vosotros es diferente. Ya os he visto y hablado. Sin embargo, dejé que los chicos se fueran. Si te dejara pasar a ti también sería una traición, ¿verdad?- Eneas miró al cielo. -Sé que me comprendes.-

-Supongo... De todas formas, hay algo que quiero enseñar a mi alumno.-

-Lo harás… Lo sé, al igual que sé que la constelación que cuida de mi señor Soma le ha envuelto en un manto de malicia desde que nació. El que mandó herir a Atenea tiene ambiciones que, como rey de esta tierra no debería tener. Por eso estoy de vuestro lado. Sin embargo, no puedo romper mi juramento hacia él.- Eneas retomó la guardia con su espada a media altura.

-Comprendo. Habríamos luchado de cualquier manera, pero debí haberte hablado antes, ¿cierto?-

-Así es. Mi amor por Parnase es tan grande que estoy dispuesto a defenderla aunque mi señor dios no lo merezca. Por eso y porque tú eres descendiente de Aquiles te he escogido.-

-Me alegro de tener un enemigo como tú.-

Eneas dejó de retener su cosmos. Todo se envolvió en un velo de poder majestuoso. Milo comprendió entonces la cantidad de batallas que debía haber librado aquel hombre de ojos tristes.

-¡Oscuridad reina!-

Al grito de Eneas, todo se tornó en un negro tan oscuro que impedía ver nada. Los ojos de Milo sólo captaban su halo dorado. La musa Clío le atacó de nuevo con su espada, lacerando su coraza y arrojándolo al suelo.

Milo no distinguía nada, y su desventaja era enorme, pues su oponente sabía cómo ocultar su rastro. De repente, otra embestida le hizo chocar contra el suelo de boca. El dorado comenzó a saborear su propia sangre. Tras unos segundos, todo retomó el color.

-¿Qué… has hecho?- preguntó Escorpio escupiendo mientras se levantaba.

-Un truco que aprendí de uno de mis enemigos hace algún siglo. Hago que el campo de visión de mi oponente se reduzca al uno por ciento durante un minuto. Todavía no has visto nada. ¿Seguimos?-

-¡Te derrotaré, por Atenea!-

Escorpio lanzó tres agujas escarlata, que se detuvieron delante de Eneas, y se revirtieron hacia él para clavarse en su propio cuerpo y arrojarle contra una de las columnas del templo violentamente.

-Tu ataque es poderoso. Te has arrojado a más de diez metros.- Milo no podía creer que hubiese revertido su ataque.

-Escucha, caballero de Atenea. Mi templo es sagrado, por eso te pido que peleemos aquí fuera. ¿Te parece?-

Eneas hizo brillar su cosmoenergía en el filo del precioso estoque que llevaba. Y tras saltar al aire, gritó con toda su fuerza convocando otro ataque más.

-¡Corte espacial!-

Un haz de luz voló hasta Milo de la misma forma que lo hizo el primero. Este consiguió chocar contra su objetivo, desintegrando la hombrera y el brazal del mismo brazo herido del dorado, hiriéndolo aún más. La sangre cayó en la húmeda hierba y se disolvió a causa de la lluvia.

Eneas, sin esperar extendió sus brazos y todas las gotas de agua que se precipitaban al suelo que había a su alrededor se agolparon en sus manos, creando una especie de esfera acuosa, que dirigió contra su adversario.

Milo trató de esquivar la esfera, que, mágicamente se transformó en espiral envolviéndole para cerrarle y golpearle con su presión. Tras el impacto, el dorado cayó de espaldas con los ojos cerrados.

-Está clara mi superioridad. No en vano luché contra Aquiles en el pasado y hoy te lo cuento a ti.-

Milo tenía el cuerpo cargado, y dolorido por todos los golpes recibidos. A pesar de todo, levantó sin demasiada dificultad. Frunciendo su ceño, alzó la guardia.

-Veo que tu brazo está en lamentables condiciones, Escorpio.- Eneas volvió a amenazar con su espada.

-¿Luchaste con Aquiles, el inmortal?- cuestionó el dorado mientras apretaba la herida de su brazo con fuerza.

-Así es… No logró derrotarme, pero yo tampoco le vencí. Desde aquel día, en que él murió, a causa de un flechazo en el talón, yo juré que derrotaría a sus sucesores. Mi combate no había acabado.- Eneas se acercó al joven dorado caminando. -Debes comprender mis motivos, ¿cierto?-

-¿Una venganza?-

-No. No es odio lo que siento. Es simplemente, un reto que me propuse; pero viendo el paso de los años, y mi incremento de sabiduría y poder, creo que no tiene sentido esa meta. Yo ya te he superado.-

-¿¡Qué demonios crees que soy?- El herido Milo reconocía la superioridad de su enemigo, pero no aceptaba su prepotencia, por lo que se irritó bastante.

-Tu cosmos está impregnado en rencor, y sin embargo, es insignificante en comparación con el mío.- La musa Clío cerró sus ojos.

-Todavía no he sentido tu cosmos con claridad. ¡Todavía no has visto mi poder!-

-Deja de gritar, apuesto guerrero. Por más que intentes demostrar supremacía, no podrás superar mi energía.-

-…- Milo no contestó. Sabía que su oponente era terrible.

-¿Qué edad tienes, niño?-

-Veinticinco.-

-¿Y con veinticinco años crees que podrás superarme a mí, que llevo combatiendo desde la era de bronce? Para que te hagas una idea. Puedo alcanzar el séptimo sentido con tan sólo desearlo, y el arayashiki, octavo sentido que permite permanecer vivo en el hades, también. De hecho, es ese el motivo por el que estoy aquí. Soy inmortal.-

El caballero de Escorpio abrió los ojos sorprendido, pero volvió a fruncir el ceño con saña. Era tan cabezón que no pensaba abandonar a pesar de que tendría que derrotar a un semidiós.

-Mi vida ha sido corta, es cierto. Sin embargo, lucharé hasta acabar este combate. Lo haré por Atenea, por mis compañeros y por… Cletus.-

-Ese jovencito se ha dado cuenta de que su maestro no es más que un mortal obcecado con la idea de la victoria. Es consciente de mi superioridad.-

-¡¡Basta de charla! ¡Aguja escarlata!-

A pesar de estar herido, el caballero de Escorpio lanzó cuatro aguijonazos a su rival, más rápidos y feroces que antes. Eneas hizo un corte vertical hacia el cielo que desvió el impacto de los rayos escarlata.

-¡Es inútil, santo de Atenea! ¡¡Da gracias de que no te haya devuelto tu hostil caricia!-

Cletus y Estela miraban desde la oscuridad del enorme templo de Clío el combate. Tratando de esconderse, los chiquillos sentían miedo. El combate se inclinaba claramente hacia Eneas.

-Cletus…-

-Estela… mi maestro está siendo derrotado. Ese caballero es terrible.-

-¡Tranquilízate!- El violento susurro de la joven hizo que el muchacho dejase de temblar. Sin mirarla, abrazó su cintura tiernamente, como si sintiera ya el dolor de perder a su maestro. A su segundo maestro…

El caballero de Soma mostró un aura a su alrededor de color cobrizo. A su alrededor brillaban estrellitas amarillentas y blanquecinas. El poder que desprendía era inmenso.

-¿Acabamos con esto, valiente servidor de la justicia?- La pregunta paralizó a Milo, que había sido llamado servidor de la justicia por un enemigo. ¿Tendría eso algo que ver con lo que dijo de Soma minutos atrás?

-¿Servidor de la justicia?- dijo Escorpio sorprendido.

-Tú eres como un ángel para tu diosa. Eres un elegido, caballero dorado, como lo fuimos Aquiles y yo. Nuestro tiempo de luchar por la justicia ya llegó a su fin, y hoy mis metas son distintas a la victoria de un bando u otro. Sin embargo, soy consciente de las injusticias que acaecerán en la Tierra de caer Atenea.-

-Mis manos son de carne y hueso. Yo no soy ningún ángel. Tan sólo peleo por proteger a la humanidad, tal y como mi destino fue escrito.- Milo se serenó tras hablar.

-¡Yerras, caballero! La historia está escrita, pero el destino es incierto. Ni tan siquiera la muerte nos iguala. Derrotado o victorioso, comprenderás mis palabras al acabar el combate.-

-Ángel de Atenea. Es hora de que combatas por tu vida y la de tus protegidos. Es hora de que conozcas mi verdadero poder, pues si no, sería un insulto hacia ti.-

Un grito estremeció todo, y una explosión acaeció en el lugar de la batalla. El polvo se alejó de aquella musa que más que inspiradora de artistas, parecía un demonio incomprendido. Su mugrienta y deteriorada armadura volvió a resplandecer como nueva, y el hollín superficial desapareció. El fino estoque que portaba brilló como una estrella.

-¡Vórtice fluvial!-

El agua de la lluvia cambió su trayectoria para inundar a Milo en una esfera sinuosa que comenzó a provocar una presión increíble sobre su cuerpo. El aire del interior fue consumido por la masa acuosa, que no dejaba de apretar y apretar el cuerpo de Escorpio. El dorado se quedaba sin oxígeno, y cada vez tenía menos fuerza para moverse.

El terrible Eneas blandió su espada cortando de nuevo, todo a su paso, y finalmente partiendo el vórtice en dos y deshaciendo la esfera que oprimía a su enemigo. Milo recibió el impacto de lleno, girando en el aire y estrellándose contra el suelo de boca y brutalmente. Muchos trozos de coraza rodeaban su figura, en terribles condiciones. El casco del dorado voló por los aires a la vez que se partía en múltiples fragmentos.

-¡¡¡Maestro!- Una sombra salió del templo de Clío, seguida por una muchacha que gritaba.

-¡Cletus, no!-

Cuando el joven caballero de Calisto trató de agredir a Eneas, éste alzó su espada destrozando su pernera derecha e hiriéndolo haciendo que cayera al suelo.

-¡Cletus! ¡Estás herido!- La joven Estela se arrodilló frente a su amado para mirar la pierna que sangraba abundantemente.

Eneas bajó la guardia unos instantes. Su mirada se volvió tierna y perdió la ferocidad que ganó en su combate contra Milo.

-Lo siento, muchacho, pero creí que obedeciste a tu maestro y huiste.- mintió la musa.

-¿Por qué?- preguntó frustrado Cletus, sin poder ponerse en pie.

-Tu maestro y yo somos seres incomprendidos e incompatibles. Él desea una cosa, y yo otra. Después de todo, él desea que aprendas algo más. ¿Por qué no tratas de escuchar su consejo?-

-¡Mi Maestro! ¡Tú No eres digno de luchar contra él!- replicó el crío.

-Cállate mocoso, y mírale. ¿Tan pronto has perdido la fe en aquel que te enseñó casi todo lo que sabes?-

Cletus giró su cabeza, y pudo ver a Milo, en pie con una armadura en lamentables condiciones, un brazo inutilizado y su rostro sangrando. Pudo ver las lágrimas de sus ojos, y el coraje en su porte. Pero lo más importante. El joven vio una voluntad de hierro en su maestro, que hizo arder su cosmos tremendamente mediante un grito descomunal.

-Se acaba el tiempo, aliado de Atenea. El caballero del deseo está muy cerca. Cuando él llegue será cierto que no tendrás ninguna oportunidad.-

-Cletus, sois unos estúpidos. ¿Por qué no escapasteis?- La voz del herido estaba tan demacrada como su rostro.

-Aunque tras este combate, desee castigarme, mi papel como su alumno es perecer con usted si es necesario.-

-¡Estúpido! No me debes nada. Tu única obligación como mi alumno es salvar a Atenea, no ser espectador de un combate. Tu destino es luchar por ella.- Milo demostró a su pupilo el poder del cosmos encendiéndolo más aún. -¿Comprendido?-

-Esta vez sí, joven. Haz caso a tu maestro y toma su ejemplo. Lucha por tu diosa como él está haciendo, sólo por darte una última lección.- Las palabras de Eneas abrieron los ojos del crío, que corrió hacia su adorado maestro.

-Maestro, gracias por todo. Le juro que pelearé por Atenea, y que mi voluntad será como la suya. El amor encenderá mi cosmos, y sus enseñanzas mi voluntad. Sólo deseo… ser como usted.-

Tras hablar, Cletus caminó cojeando, resentido por el esfuerzo que acababa de realizar, pero sin mirar atrás. Estela le siguió sorprendida por sus palabras. Finalmente, los jóvenes de bronce corrieron por el interior del templo de Clío. Ya no había vuelta atrás.

-Gracias, amigo…- El malherido Milo, miró a Eneas. -Le has hecho comprender mi última enseñanza. La voluntad de los caballeros de Atenea.-

-Yo sólo sé que una voluntad de hierro puede marcar ese destino incierto del que te hablé. Ahora sólo quedamos tú y yo, y aunque no pienso ceder, espero de corazón que me derrotes y cumplas tu misión.-

Un relámpago iluminó el cielo, y al segundo, un atronador sonido inundó el cielo. Eneas corrió hacia Milo a toda velocidad tratando de dar una estocada en el corazón del mismo. El dorado la esquivó y pateó el mentón de su enemigo. Eneas envolvió su espada en luz negra, y creó un halo que fue directo contra el rostro del caballero de Escorpio. El impacto fue tremendo, y le hizo caer de nuevo al suelo.

Ahora el estoque estaba cargado de cosmoenergía. La cosmoenergía de Milo, que le había sido confiscada con aquel golpe.

-Y ahora, tras el Halo Cortaestrellas que aprendí de los Titanes, emplearé tu propio cosmos para derrotarte. ¡¡¡Halo Cosmocinético!-

El impacto resonó metálico, y la sangre salpicó el rostro de Eneas, que vio a una tercera persona interponerse en su ataque: un joven de cabello azul y largo, cuyo rostro estaba herido levemente y de coraza desconchada.

-Ahora es mi turno de devolverte los favores que me hiciste, amigo mío.- El poder que Escorpio había perdido volvió a abrazar su cuerpo y a cubrirle con su mando inmaculado.

-Camus, amigo mío…- Milo devolvió una plácida sonrisa a su compañero.

-¡Hazlo, Milo! ¡Usa tu Aluvión Escarlata!- ordenó Camus mientras saltaba hacia atrás alzando su sangrante brazo para atacar a la vez.

Milo hizo arder su recobrado cosmos hasta estallar su séptimo sentido. Gritó con toda su fuerza y una gran onda expansiva colisionó contra Eneas. A la vez, Camus provocó su Ejecución de la Aurora, y de la combinación de los dos golpes, la explosión fue tan violenta que les arrojó a los tres hacia atrás. La armadura de Clío estalló en millones de fragmentos, y el cuerpo de Eneas se precipitó contra el suelo. El estrépito desapareció, y la presencia de la musa también. De nuevo, sólo se escuchaba la lluvia, y sólo se respiraba un aire mancillado por el olor a tierra mojada, y destruida por un feroz combate.

Tras que Camus levantara, fue hacia su compañero, que había acabado estampado contra los escalones del imponente santuario de Clío, tembloroso y terriblemente débil.

-¡Milo! ¡Milo!- El escorpión de oro yacía casi inconciente en el suelo. Apenas sí veía borroso.

-E… ¿ese último golpe que detuviste fue… fue el que Crío usó contra Shura hace trece años, cierto?-

-El Halo Cortaestrellas. No me explico cómo es capaz de dominar una técnica así.-

-Gracias, Camus. Si no… hubiera sido por ti, no habría recobrado mi… cosmos y probablemente estaría muerto…- La voz de Milo estaba tan debilitada que parecía casi muerto.

-¡No digas estupideces!- regañó Acuario.

-Tu… brazo. Te ha roto tu brazal y estás sangrando.- Escorpio vio la herida que recibió su amigo por protegerle.

-Tranquilo. Es sólo superficial.- demostró el santo de Acuario moviendo el miembro lacerado. -No deberíamos quedarnos aquí. Una terrible cosmoenergía está a nada de alcanzarnos. ¡Algo viene hacia aquí!- añadió algo más preocupado.

-¿Y no me pedís permiso para ir?-

La voz de Eneas surgió como la de un fantasma detrás de Camus. Los ojos de Milo se abrieron incrédulos ante la intacta silueta del poderoso.

-Habéis destruido mi armadura de musa, pero mi cuerpo está como nuevo…- El caballero de Acuario se giró para comprobar lo que no podía creer. Tras la combinación de ataques, aquel hombre había sobrevivido.

-¡Acabaremos contigo!- gritó.

-¿Vosotros? No me cabe duda de que podríais, pero mi armadura ha sido destrozada y este combate ha acabado. Además, no tenéis más que unos minutos.- La musa Clío dio su brazo a torcer tras levantar. Un leve parpadeo de sus ojos hizo entrever que no estaba tan sano como parecía.

-¡Eneas!- gritó Milo mientras se levantaba con dificultades. Cojeando, el santo escorpión se aproximó al que fue su enemigo.

-¿Ahora te preocupas por mí?- El custodio de la vía santa rió. -Estoy bien… tenéis que marchar o de lo contrario… Sila llegará y no habrá nada que hacer…-

El azote de la lluvia fue roto por un trueno cercano, y un resplandor fulgurante en el cielo. La tormenta parecía empeorar. Segundos después, tres jóvenes llegaban al lugar donde acababa de acaecer un terrible combate.

-¡Milo, Camus!- La voz de Aioria sonó potente mientras se paraban cerca de Eneas.

-Algo me dice que tenéis problemas…- Shaka sonó tan prepotente como de costumbre, pero por el contrario, Aldebarán guardó silencio teniendo a Atenea en su espalda. Sin preguntar nada a nadie caminó hasta subir los escalones del templo.

-Aquí estará resguardada.-

-¡Han caído Mu, Shura y Shun también! Su cosmos apenas arde.- Comentó Leo a sus amigos. -¿Este tipo os está causando problemas?-

-¡No!- Exclamó Camus rotundamente. -Nuestro combate ha acabado…-

Nadie habló por un minuto, y nadie se atrevió a moverse. La entrada del santuario de Clío era tan silenciosa como una cripta. Tan sólo se oyeron los pasos de alguien. Una pisada… otra… y otra… Parecían de varias personas.

De la oscuridad reina surgieron dos mujeres, y en el centro un apuesto joven de cabello castaño y ondulado y armadura negra y ornamentada con un grabado de gorgona en su coraza. Una de las jóvenes lucía cabello corto, de color rosa pastel recogido en dos infantiles coletas. Sus ojos eran del mismo tono cautivador y brillo inerte, y vestía con una túnica negra. La otra era rubia, y su cabello, bailaba sinuoso hasta las caderas. El rostro de ésta segunda dama era sin duda más afable, con el color miel en sus ojos y el candor en sus delgados labios. Portaba una armadura de color rojo oscuro, de silueta violenta y hombreras puntiagudas. Entre sus dos pechos brillaba un diamante.

-Es inútil, caballeros…- susurró con tono amistoso el muchacho de ojos miel bajo la mirada interrogante de todos sus receptores.

El extenuado Milo vio cómo sus esperanzas se truncaban. Suponía que estos tres también eran enemigos. Anieli abrió sus ojos pasmada, y gesticuló con su boca una mueca de desagrado. En ese momento, el terror invadió el cuerpo de Aldebarán, que temió por la vida de Atenea.

-¿Necesitáis ayuda?- Una voz compañera resonó cercana al lugar. Dos caballeros de oro aparecieron casi por arte de magia. En la situación tan confusa en la que estaban, nadie había presentido su cosmos.

-¡Afrodita, Shiryu!- Camus pareció aliviado al ver a sus amigos.

-El que acaben de llegar dos más no va a cambiar el futuro para vosotros…- rió la joven de pelo rosado.

-¿Quiénes sois?- preguntó Aioria con desagrado. El silencio de Shaka parecía incluso tenso tras la cuestión de su camarada.

El joven castaño dio un paso al frente. Con una reverencia casi forzada, pero elegante se presentó:

-Yo soy Letheus, caballero védico de Soma.-

-Aove.- Respondió la bella rubia que a su diestra estaba. La otra chica no separó sus ojos de Aioria mientras respondió.

-Soy Anieli.- Su voz parecía tan triste…

-Aioria, ten cuidado… parece que ella ya ha elegido a su contrincante.- declaró Shaka con firmeza.

A pesar de la tensa situación, lo que Eneas había advertido sucedió. Un cuarto enemigo apareció caminando tras todos los caballeros. Su armadura rosada y cabello oscuro le revelaron enseguida.

-¡Sila!- gritó Aove.

-Mis amigos… ¿Qué hacéis aquí?- El caballero del deseo parecía sorprendido. Letheus bajó la cabeza y cerró sus ojos pensando en lo que acababa de decir su compañero.

-¿A pesar de que le traicioné se ha dirigido a mí como compañero?- murmuró el védico de armadura negra para sí mismo.

-El tiempo que os di ha concluido. Parece que las cosas se han puesto feas.- Eneas abnegó a luchar momentos atrás, pero decidió que su último combate sería por su sueño: Proteger Parnase. La ocasión parecía haber llegado.

-¡¿Qué!- Milo no asimilaba la emboscada que había sufrido.

-Lo siento, Escorpio. Parece que no nos hemos hecho amigos en buen momento.- Clío bromeó.

-¿He oído bien, Eneas?- preguntó Anieli con su característico tono hipocondríaco.

Tras el comentario de la chica todo quedó en silencio. Sila vio lo que tras la espalda de Aldebarán había: La diosa Atenea.

-¡Atenea!- gritó. Tras reaccionar, saltó rumbo hacia donde Tauro estaba, casi en la entrada del templo de Clío. El védico chocó contra un muro invisible cayendo de espaldas.

-¿Qué demonios ha pasado?-

Ante el incrédulo Sila, la imagen de otro caballero de oro hizo aparición. Su prepotente armadura reluciente parecía retar a todos los presentes. Su cabello azul ondulado caía mojado sobre su espalda y hombros.

-Ni se te ocurra acercarte a Atenea, o morirás…- El poderoso Saga de Géminis había llegado retando al guerrero amanerado.

Segundos después de que el joven de protección rosa levantara, la lluvia tomó color. Un rojo sangre brotó de las nubes como si sangraran. Como si las hubieran herido en lo más íntimo del alma.

-El conjuro del sol ha finalizado. Nuestro señor Soma ha roto el sello de los dioses que le impusieron antaño.- explicó Letheus. -Es hora de acabar con esta guerra.- Su amenazante mirada tomó un matiz pícaro.

-Letheus. No me gustaría tener que recordarte que me has traicionado.- interrumpió Sila.

-Pues ya lo has hecho…-

-¿Por qué?- La charla entre los dos caballeros védicos extrañó por un momento a sus aliados y enemigos.

-¿Crees que es un buen momento, Sila?-

-Creo que es el momento.-

-Ninguna de mis palabras fue mentira. Sigue luchando, Sila, pues pronto comprenderás a qué me refiero: al verdadero sentimiento de amor y amistad. No dejes que las apariencias nublen y enturbien tu cosmos.-

-Si esa es vuestra Atenea, ¡nada ni nadie me impedirá que me haga ahora con su cabeza, caballeros de oro!- gritó Sila enfurecido en parte por lo que su amigo le acababa de decir.

-Sila. Nunca olvides nuestro juramento de lealtad…- dijo Letheus reiterando el "nuestro"

-…porque esta farsa está llegando a su fin.- añadió con determinación. -Ahora, Aove, Anieli, Sila. Luchemos por aquellos días de la infancia, y por ese cielo azul que todos deseamos…-

Shaka sonrió. No hacían falta más palabras para que comprendiese qué estaba pasando en aquel lugar.

-Amigos míos… luchemos por Atenea. Las tres últimas musas están ante nuestros ojos acompañadas de estos poderosos caballeros.- Virgo trató de avivar el ánimo de sus compañeros.

-Las dos últimas musas… Yo ya he sido derrotado.- añadió Eneas. -Ahora mi combate será por Parnase.-

La lluvia roja no tardó en teñirlo todo en ese color tabú. El sufrimiento de los hombres y mujeres que iban a enfrentarse no había hecho más que comenzar. Si el conjuro del Sol de Soma había concluido, el futuro era como mucho, incierto. ¿Qué iba a suceder? La rueda del destino ya había escogido un rol para cada alma…