Parte 20: Demencia espacial

Del silencio mágico de Parnase, y destacando entre los frecuentes truenos, las campanas de la catedral de Soma comenzaron a resonar terriblemente, y a atronar con su melodía estruendosa. Los ocho aliados de Atenea miraron al imponente edificio que aún quedaba algo lejano.

-¿Que tu combate será por Parnase?- replicó Sila en tono subido.

-Yo ya he sido derrotado. De no tener este poder, ya estaría muerto… Tan sólo me queda Parnase. El lugar que con tanto amor me acogió.-

-¡La única forma de defender lo que tienes es luchando!- El védico exclamó casi incrédulo ante las palabras de Eneas. El resto de caballeros observaban la conversación.

-He vivido más que tú, y sé que todo acabará como está escrito. Todos los dioses son tiránicos. Yo no creo en Soma…- El silencio que guardó el joven Sila habló por sí solo. -Sé que me entiendes…- añadió el veterano superviviente de Troya.

Cerrando sus párpados, Eneas alzó su faz para sentir el golpe de la lluvia. Sonrió de forma dulce y extendió sus brazos.

-Ya he retenido mi muerte demasiado tiempo. Es hora de descansar…- Tras sus palabras, el cuerpo de la musa Clío comenzó a vaporizarse al cielo en lucilos de miles de colores y los restos de su armadura cayeron al suelo arropados por una cosmoenergía residual. Los presentes apenas podían creer lo que contemplaban.

-Así que ya estaba muerto…- Shaka comprendió el gesto de aquel hombre.

-¿A qué lucha se referiría?- preguntó Aldebarán.

-Nunca lo sabremos…- respondió Virgo.

-Parece que nos queda poco tiempo, ¿cierto?- Saga, como siempre, advirtió con dudosa delicadeza. -Y lo único que tenemos que hacer es que Atenea beba un sorbo de ese elixir de Soma según dijo Mu…-

-Así es…- El dorado de cabello reluciente asintió.

-Aldebarán…-

Tauro miró a Saga en tensión, y tras transcurrir unos segundos lanzó el cuerpo de Saori hacia Shaka, que anticipándose a sus enemigos, la capturó en el aire. Antes de que Sila pudiera atacar, el santo usó su teletransporte y se desvaneció sin dejar rastro.

-¡Maldito!- El amanerado védico gritó.

-Sila… todo saldrá bien.- Letheus, desde su papel, trató de tranquilizar a su amigo. Caminando hacia él, puso su mano sobre el hombro. -Ya verás como todo pasa.- añadió.

-¿Por qué me sonríes de esa forma después de lo que me hiciste?- El caballero de armadura rosada empujó a su camarada.

-Muy pronto lo sabrás. Muy pronto…-

-¿No podríais resolver vuestras diferencias en otro lugar? Tenemos prisa.- Interrumpió Afrodita mientras soplaba a un pétalo de rosa.

-Os amo. ¡A todos! Tanto a ti como a Anieli y Aove. Pasamos nuestra infancia y adolescencia juntos, y sólo vosotros me conocisteis en el pasado. Sin embargo, el escozor de tu traición ha herido mi corazón más de lo que imaginaba.- Sila acusó a su supuesto protector cruelmente a pesar de sus dulces palabras.

-¿Y si esta fuera la última vez que me vieras?-

-Letheus, como bien dijiste, no es ni el momento ni el lugar. Aclararemos esto tras acabar nuestros combates.-

Bajo el techo del templo de Clío Aove parpadeaba lentamente. Sabía que las cosas no iban a ser tan bonitas. Sin embargo, decidió esclarecer otra duda que tenía.

-Anieli. No has parado de mirar al chico castaño desde que llegamos.-

-Glorioso…- respondió la chica en estado de éxtasis.

-¡¿Qué te pasa?!- La dulce Aove asustó a los presentes con su grito. Todos desviaron su atención hacia ella. Aioria tan sólo contempló cómo sus ojos, vacíos, pedían algo.

-¡Anieli!- Sila y Letheus exclamaron horrorizados.

Tras el chillido, dejó de llover tan rápido que pareció magia. Las nubes desaparecieron y quedó ante todos la luna, con su rojizo culminado. El brillo que procesó en los siguientes instantes culminó en una explosión terrible. El cielo parecía caerse, y un temblor comenzó a zarandear la tierra.

El templo de Clío se agrietó y algunas columnas de su interior cayeron, haciendo precipitarse algunos trozos del techo asimismo. El suelo comenzó a agrietarse y cuartearse. Trozos de roca se separaron violentamente de otros. De repente se oyó como un grito celestial. La tierra agrietada comenzó a separarse y a destruirse de terrible manera.

Saga corrió al interior del templo del acabado Eneas seguido por Sila. Los dos se perdieron en su oscuridad. Aove se arrojó hacia Anieli para evitar que ésta fuera aplastada por un cascote de piedra. Aioria y Shiryu saltaron por una estrecha grieta que se ensanchó tanto que dejó en segundos a distancia a Milo, Camus, Afrodita, Aldebarán y Letheus.

-¡¿Todo se destruye?!- gritó excitado Escorpio mientras trataba de no perder el equilibrio por el terremoto.

-El señor Soma ha conseguido imponer su sello.-

-¿Qué!?-

-Así es… Mientras estuvo el conjuro del sol, el tiempo se detuvo para el Olimpo y la Tierra, como ya sabéis, pero ahora que su sello se ha impuesto, nada podrá hacer que vuelva a fluir.- Letheus no parecía preocupado en absoluto.

-¿¡Si las cosas son así, por qué rayos estás con ese demonio!?- Aldebarán casi pierde el control.

Las voces apenas eran audibles en el mar de destrucción que se había encadenado. Los bosques parecían hundirse. La tierra rozaba la muerte. Todo parnase parecía ser tragada por algo.

-Este no es un combate que nos concierna a los humanos. Mi deber es proteger Parnase.- respondió Letheus resignado.

-¡Imbécil! Tu Parnase está siendo destruida.- Milo pateó el suelo con la poca energía que le quedaba. -¡Qué rabia, dios!-

-¿Por qué…?- Sólo Camus guardaba la frialdad.

-Si tu más amado amigo estuviera enloqueciendo con la única idea de salvar a una niña a cualquier precio, tratándote de traidor estarías algo frustrado. Si además, el resto de tus aliados sólo fueran conocidos, y lo único que te apegara al mundo fueran estas cosas… serías como yo. Un ilusionista que aprendió magia para evadirse. Como comprenderás, ya me da igual que todo sea destruido. Sólo quiero que Sila comprenda la verdad.-

-No te entiendo…- confesó Camus.

-No estamos en el mismo bando. No trates de comprenderme. Cuando acabe con vosotros iré tras mi amigo y moriremos juntos si es preciso, pero lucharemos contra el mal.-

-Entonces creo que estamos en el mismo bando… ¿no?-

-¡Jamás!- Exclamó Letheus con una furia inaudita. -Parnase se derrumba por culpa de mi señor, pero él sigue siendo mi señor. Lucharé contra aquello que le ha convertido en lo que es, mientras vosotros sólo deseáis que esa maldira Atenea se recupere.-

-¡Imbécil!- Aldebarán se colocó en guardia por primera vez contra el terrible guardián.

-Aliados de Atenea. ¿Acaso no comprendéis que jamás veréis vuestro mundo? ¿Acaso no comprendéis que Parnase lo ha absorbido junto con el Olimpo y que ahora se está derrumbando también?¡¡Esto es la demencia espacial!! ¡Acabaréis todos muertos! ¡¡¡Comprendedlo!!!-

El cosmos de Letheus ardió terriblemente. Saltando hacia Aldebarán clavó su rodilla en el cuello del corpulentísimo clavando fragmentos de la dorada vestimenta en él. Tras que el caballero cayera al suelo, Letheus levantó su mano.

-¡Implosión de llamas!- El cuerpo de Tauro se alzó como si estuviera atado por hilos invisibles. Explotó hacia fuera, quedando destruida su armadura por completo. El guerrero cayó de cabeza por un improvisado acantilado por la destrucción.

-¡Aldebarán!- gritó Milo con fuerza.

Tras estabilizarse en el suelo, Letheus miró a Escorpio desafiante. Acababa de derrotar a Aldebarán, que no pudo hacer nada y parecía querer otra víctima.

-No os opongáis a Soma. Nosotros los caballeros védicos seremos quienes le devolveremos la conciencia. ¡Nosotros seremos los que devolvamos el mundo y el Olimpo!-

-¡¿Acaso no queda nadie cuerdo aquí?!- exclamó Afrodita con Feminidad. -¡Lamentarás haber asesinado a nuestro compañero!-

Los ojos miel de Letheus se convirtieron en un infierno. Su mirada fue tan afilada, que hirió. El tiempo pareció pararse. El védico de las ilusiones cerró sus ojos mientras aspiraba aire para gritar.

-¡Sueño lúcido!- Todo fue envuelto en negrura abenuz. Ninguno de los dorados comprendía qué sucedía, pues sólo veían el halo de su cosmos. Sólo su miedo era superior a la oscuridad del desconocido lugar.

Sólo se oía el eco de una gota caer contra el suelo. La destrucción parecía no existir en aquel sitio. El horizonte quedó marcado por una línea rojiza, y de repente, un suelo apareció. Era similar a la sangre. Milo, Afrodita y Camus caminaban sobre una plataforma de sangre coagulada

-Todo está en calma, pero el aire está viciado. Algo malo va a suceder.- Camus, precavido, alzó la guardia. -Este tipo dijo que era ilusionista, ¿no? Ya sabemos a qué atenernos.-

Un rugido estridente hizo vibrar el aire momentáneamente. Un precioso dragón plateado aleteó delante de los caballeros de Atenea. Sobre el lomo del animal, Letheus sentado, controlaba sus riendas.

-Bienvenidos a mi mundo…- Saludo el muchacho.

Sin dudarlo un segundo, Milo hizo acopio de sus fuerzas y lanzó tres agujas escarlata contra la criatura, que levantando su vuelo, las eludió sin problemas. El guerrero de oro quedó desprotegido. Aferrándose Letheus al cuello de su mascota, voló rasante hasta chocar como un kamikaze contra su objetivo. Escorpio salió despedido por los aires.

-¡Milo!- El impetuoso luchador se golpeó con aquello que podía llamarse suelo de forma contundente.

-Al parecer, su combate con Eneas le extenuó y ahora no puede ni de su espíritu.- sonrió el védico.

-Ahh… Ahhhh…-

Afrodita contuvo el aliento cuando sintió el vuelo rasante de la criatura a menos de un metro. Estaba paralizado, y no sabía si ir a socorrer a su amigo o atacar. Camus por el contrario ya había alzado sus brazos.

-¡Ejecución de la Aurora!- Acuario guió un poderoso rayo de hielo hasta lo que parecía ser el corazón de la bestia. Inexplicablemente, el haz de luz la atravesó como si no existiera. El caballero de las ilusiones comenzó a reír estruendosamente.

-¡Argenta! ¡Álzate y destruye a estos santos!-

El bello dragón plateado subió como vapor hasta ser invisible por Afrodita y Camus, que de nuevo, fueron atacados por el "Vuelo Rasante" desde el suelo. Camus no comprendía cómo había podido efectuar ese ataque su contrincante. Cayó ofuscado al suelo. Afrodita por el contrario, resistió en pie.

-¡Rosa Blanca!-

La flor perla de Piscis recorrió la oscuridad a velocidad de vértigo para atravesar a Argenta con el mismo resultado nulo que Camus obtuvo. La rosa circuló en espirales hasta caer.

-¡No puede ser!- gritó.

-A… ¡Afrodita!- Milo levantó con una terrible herida en la frente. Casi todo su rostro estaba impregnado en sangre. Más aún que tras su combate contra Eneas.

-¿Acabamos con esto?- preguntó Letheus, que se estaba tomando el combate como un mero juego.

-¡No nos infravalores!- replicó el frío Acuario realizando nuevamente su Ejecución de la Aurora más terrible y tremenda que antes.

El trueno glacial colisionó contra algo provocando un gran estallido de magnitud colosal. Los tres dorados salieron despedidos para precipitarse contra el improvisado piso. Afrodita abrió sus ojos esperando lo mejor.

-¡Demonios!- gritó al ver cómo Letheus seguía vivo. Ni tan siquiera un rasguño en su faz.

-¡¿Qué?!- Camus no se explicaba aquello.

Finalmente, la vestimenta negra de brillos untuosos en hombreras, musleras y coraza, brilló con fuerza. Los ojos del grabado de la gorgona que en su coraza había parecían enrojecer. Letheus portaba una capa plateada en su diestra.

-¿Os gustó el poder de mi dragón?- Con un gesto endiablado el védico posó la prenda sobre sus hombros y, acrobáticamente, dio una preciosa voltereta para estrellar su pierna contra el rostro de Afrodita. El poderoso joven cayó en pie quedando entre Milo y Camus.

Letheus extendió sus brazos para despedir por los aires a ambos santos con su cosmos. Antes de que Escorpio cayera, le vapuleó con otro precioso rodillazo para hacerle caer. Tras el casi agonizante grito del injuriado, Acuario exclamó su nombre con fuerza. Sabía que el siguiente paso era segar su vida.

El caballero de las ilusiones agarró del cuello al dorado antes de que cayera de nuevo. Alzando la mano izquierda gritó al vacío.

-¡Implosión de llamas!-

Milo sintió un terrible ardor en su cuerpo antes de que éste se iluminara. Tras breves segundos, sintió que todo su interior se revolvía. Al sentir que algo se le quebraba dentro, una resplandeciente deflagración iluminó todo el lugar. La implosión que había provocado Letheus en Escorpio fue terrible. Su víctima resbaló hasta el coagulado suelo medio carbonizado mientras los fragmentos de su destrozada armadura se desprendían de él.

-Llora por el sueño eterno que te he proporcionado.- sugirió el védico.

Los ojos de Camus estaban tan abiertos que parecían desorbitados. Ante la reacción de los caballeros de Atenea, el enemigo de éstos sólo sacudió su castaño flequillo que rozaba su cara.

-Eres poco menos que un demonio…- susurró Afrodita totalmente traumatizado. En pocos minutos había visto dos poderosos aliados sucumbir ante la misma técnica.

-Soy un demonio…- replicó Letheus. -¿No querrás comprobarlo por ti mismo?-

Antes de que el castaño joven acabara su reto, Camus trató de conjurar un Ataúd de Cristal. El gélido suelo, ante su mirada, más sorprendida si cabe, absorbió las estalagmitas que de él mismo surgían.

-¡No puede ser cierto!- gritó. El tranquilo Acuario estaba perdiendo su habitual frialdad.

-Glorioso…- El védico rió. -Lo siento. Esto para vosotros debe ser una horrible pesadilla. Se me olvidó comunicaros mi modus operandi… Así es como yo derroto a mis víctimas para divertirme. En más de una ocasión me han incluso hasta suplicado que les matase rápido. ¿A que no sabéis por qué?-

Ninguno de los aliados de la justicia respondió en aquella tensa situación. Letheus extendió sus brazos y los levantó. Sus ojos parecía vibrar como fuego, y un resplandor negro le rodeó.

-¡Por la majestuosidad de mi poder!-

El suelo pareció comenzar a hacerse líquido, y los dorados cayeron a un extraño vacío impregnados por aquel líquido rojizo. Bajo ellos, la gran oscuridad abrió sus fauces, mostrando unos afilados dientes que completaban un círculo bajo el cual parecía desaparecer todo.

-¡¡Milo!!- El caballero del escorpión fue ahogado por el viscoso fluido.

Un bramido hizo reverberar las entrañas de los dos caballeros restantes, que atemorizados, fueron engullidos por aquél vórtice viviente.

-Sucumbid ante la Ilusión Caótica- dijo el védico para sí mismo.

A pesar del tremendo efecto que tendría sobre sus oponentes tal alucinación, el joven sabía que todavía no habían muerto. Esta vez decidió que le rodeara una cueva de caliza, que proyectó con su poder. Tras que se formaran los muros de la misma, el techo se cerró. Seguidamente, Camus y Afrodita cayeron contra el duro suelo.

-¿Os ha gustado mi vacío dimensional?-

El caballero de Piscis tosió sangre un par de veces, y no pudo levantar a pesar de intentarlo. Sus pupilas estaban tan dilatadas que había parecido perder su iris azul.

-…-

-A… Afrodita.- susurró Camus que yacía sobre el suelo debilitado.

-Parece que a tu amigo le fallan las fuerzas, ¿no?- Letheus usó su característico humor para reírse un rato. -¿Qué opinas de mi poder?-

Acuario sintió desvanecerse el cosmos de su compañero, al igual que el de Milo instantes antes. Su cuerpo temblaba desde el suelo. Sabía que iba a morir si la situación no cambiaba y sin saber el motivo, su propia energía había dejado de aumentar.

-Po… ¿por qué?-

-¿Qué sucede?- preguntó el poderoso ilusionista caminando hacia el santo. Letheus puso su bota justo en los labios de Camus. -¿Acaso no te dije que nuestro nivel era tan disímil? Se me debió olvidar… perdona.- El joven usó su pie para alzar un poco la cabeza del herido.

-¡Mírame a la cara!- ordenó.

El caballero de Atenea no podía dejar de preguntarse por qué su magia de hielo no funcionaba contra el temible adversario que tenía.

-¿Qué demonios sucede?- balbuceó.

-¿Tienes miedo?- El prepotente joven de azabache armadura parpadeó lentamente. -Algo que seguro te dije es que no estamos en el mismo bando. ¿Te ha quedado claro?-

-Esto es una ilusión, pero… no… es posible que puedas controlarme…-

-Mi poder va más allá. ¡Yo soy!-

El dorado agarró con su zurda la pierna de Letheus y comenzó a levantar con esfuerzo. Sus heridas se abrieron y empezaron a gotear manchando el suelo.

-¡Kalisso!- El aro de hielo de Camus pasó de largo de su enemigo. Atravesándole como si fuera etéreo.

-Ahora comprendo… Eres tangible para mí, pero no para mis ataques…-

-¡Ja! Ahora pensarás que con eso ibas a derrotarme, ¿cierto?- El védico empujó al obcecado caballero haciéndole caer de espaldas. -¡Estás demasiado débil!- gritó.

-No… mi ataque no estaba efectuado para herirte, sino para responder a mis dudas.-

-¡Qué!-

-Esto no es una ilusión, sino un sueño…-

Tras que el dorado se diese cuenta de la verdad del poder de Letheus, comenzó a sentirse mareado. Las náuseas le recorrían, y se preguntaba el por qué del nuevo sufrir.

-¡Enhorabuena! Has alcanzado la lucidez racional, pero ahora has de mantenerla para combatir. Si no lo consigues, te absorberé y no serás más que un recuerdo para todos…- amenazó el mago.

-Si es así, yerras otra vez. No lucharé contigo aquí.- Camus alzó su mano para atravesar su muslo con fuerza. Desde su posición estática en el suelo, le resultó fácil herirse. Pensó que si era él mismo quien se hería, saldría del sueño adquiriendo cierta ventaja. El dolor fue tan inmenso que atravesó la línea de lo onírico llegando así a la realidad.

El valiente dorado se encontraba en un lugar desconocido. Tan sólo tenía la certeza de que ya no soñaba ni padecía alucinación alguna.

El lugar que le rodeaba no era otro que el interior de un templo ornamentado ricamente. Aunque parecía anexo a otro enorme lugar, desde la propia naos del edificio dos hileras de columnas lo sustentaban de cada lateral mayor. Una de las paredes, que no tenía columnas, estaba decorada por un precioso portón doble plateado. Al fondo parecía haber una terraza, por la que se colaba el viento sin consideración.

Todo olía a lluvia. A desolación… Camus no pudo evitar recrearse en la belleza de una preciosa estatua. Una mujer tallada en piedra que parecía acabar de aparecer, pues la luz de la noche no era demasiado intensa.

-Todo está demasiado tranquilo…- pensó Camus mientras miraba las losas del suelo, de mármol gris y forma cuadrada. -¿Y Letheus?-

El viento pareció gritar de agonía. Cuando Acuario caminó hacia el patio, hipnotizado por su silbido, vio el terrible panorama que presentaba Parnase. Toda arrasada por los temblores de antes de su brutal enfrentamiento.

Media ciudad estaba sepultada, y a lo lejos se veía un poco inclinada hacia la base más suave de la montaña. La otra mitad arrasada, agrietada y teñida en pequeños cercos rojos, que resaltaban ante su gris principal. La Vía Santa y la Avenida de las Musas estaban destrozadas desde el comienzo, y atravesadas numerosas veces por grietas que separaban el terreno tanto longitudinal como altitudinalmente. Los diez templos estaban hundidos en escombros.

-Teniendo estas panorámicas tan horribles sólo me cabe pensar que estoy en la catedral… ¿pero cómo?- Pensando, el malherido no podía dejar de ver ese ambiente triste que asemejaba al de la miseria reina tras una guerra o tras una hecatombe.

Detrás, en el interior del templo, se escuchó el sonido de unos pasos. Unos ruiditos metálicos cada vez más próximos. Camus se percató y giró para contemplar el rostro de su enemigo, tan imponente como al principio.

-Eres muy fuerte.- Alabó Letheus con indiferencia aparente mientras entraba en el florido patio. La mirada del védico se detuvo en el horizonte, en una columna de humo negro que ascendía del centro de la ciudad Parnase hasta camuflarse en el cielo.

-¿Cuál es tu nombre?-

-Camus…- Acuario se mostró lo más impasible que pudo, aguantando el dolor.

-No recuerdo si te lo dije, pero yo soy Letheus. Caballero de Soma de las ilusiones.-

El caballero de oro volvió a mirar al desolado cuadro de destrucción con los ojos entristecidos. Tras cerrarlos, una lágrima le resbaló por cada mejilla.

-¿Y después de esto te sigues considerando un caballero de Soma?-

-Parnase… está completamente destruida.- respondió Letheus mientras se apoyaba en una delgada baranda de piedra gris.

-¿Cómo puedes seguir siendo leal a tu dios tras lo que ha hecho?-

-Tú mismo lo has dicho. Porque es mi dios... ¿Por qué seguís vosotros a Atenea si la batalla ya ha trascendido de lo propiamente estricto, que era salvarla?-

-¿Qué habría pasado de no haber venido a luchar?-

-Camus, todavía podría contemplar mi hogar desde aquí. ¿Ves aquella columna de humo ascendente?- El joven de cabello castaño señaló hacia la parte sepultada de la ciudad.

-¡¿Estás diciendo que hemos sido nosotros los causantes…?!- gritó Acuario mirando al védico.

-No. Pero si esta batalla no hubiera comenzado al invalidar el poder de Atenea, no habría acaecido el conjuro del sol, ahora finalizado.-

-¡Vosotros la heristeis!-

-Así es, pero así fue prescrito. Sólo hoy Soma podría sellar el poder de la última diosa, Atenea. Era el día para hacerlo.-

-¡¡¿Pero acaso no te das cuenta de que ese tirano os está utilizando?!! ¡¡¿Acaso no te das cuenta de que Parnase va a ser destruida del todo, junto con los pocos habitantes que deben quedar?!!- Camus golpeó su puño izquierdo contra el tronco de un oportuno árbol que allí había.

-¡Esta preciosa tierra mágica en la que florece la vida aún en invierno!- añadió.

Letheus miró al joven con el que se estaba sincerando. Sus ojos brillaron por un momento como si se dispusieran a derramar una lágrima, aunque no lo hicieron.

-Caballero, has sido valiente, y has luchado a pesar de que no tenías posibilidades contra mí. Te diste cuenta de cómo actuaba y conseguiste salir de mi opresión. Lo mínimo que mereces en una respuesta antes de zanjar el combate limpiamente.-

-¿Y bien?-

-Al igual que mis más amados amigos y compañeros, todo lo hago por amor y pura lealtad. Aunque no tengas tiempo, te contaré el porqué de esos sentimientos.-

Con Parnase arrasada y el conjuro del sol concluido, los pocos caballeros de Atenea que quedaban en disposición de combatir se hallaban ante una terrible desventaja. El propósito de la destrucción era desconocido incluso por los propios caballeros védicos, que, como Letheus, debían sentir un algo especial en sus corazones. Lo que Camus iba a escuchar no eran sólo palabras, pues era el testimonio de un hermano. Un caballero que al igual que él, luchaba por una causa justa. Una causa de sentimientos fuertemente cristalizados.