Parte 21: Amor consolidado
Acuario no pudo aguantar más el dolor de sus heridas y cayó de golpe al suelo. Letheus le ayudó a que posara la espalda en el árbol de su patio y a que así pudiera sentarse. El védico miró el acabado paisaje, y perdió aún más su vista.
-Parnase no siempre fue así. Hace poco emergió de la tierra su mayor parte. Con esto, la catedral de Soma reapareció, alzando los seis palacios de los guerreros védicos. Ahora mismo tú estás en el tercero, aunque no te sea de vital importancia saberlo.
Nosotros vivimos en la ciudad. Se decía que sólo la gente de pureza infinita podía hacerlo, y es ese el motivo por el cuál nunca se había hablado del Parnaso desde tiempos mitológicos. Esto era un paraíso prohibido a las personas carentes de sensibilidad y relativa pureza.-
-Comprendo… ¿Y cuál es el motivo de que sigas aliado a Soma a pesar de que su conjuro lo haya arrasado todo?- Camus parecía interesado en escuchar al imponente joven. Casi podía oler su melancolía.
-El amor a esta tierra. Se decía que Soma, en el momento de su nacimiento, sería un dios puro. Su corazón, como en la antigua leyenda egipcia, no pesaría más que una pluma. Finalmente él despertó, pero algo falló. Su personalidad era totalmente discorde a lo que todos esperábamos y levantó envuelto en un mar de siniestralidad a pesar de su albo cosmos. Rápido, nos introdujo a todos en su plan, todavía desconocido en su totalidad para nosotros. Aún hay más, pero es personal…-
-¿Un plan?-
-El conjuro del sol. Creo que ya has oído hablar de él.- explicó el joven.
-Así es, pero todavía no conozco lo que pretende hacer. Toda esta debacle debe tener algún motivo, ¿no?- Preguntó el caballero de Acuario apretando en la herida de su muslo.
-Todo nos ha llevado a los caballeros védicos a pensar que se trata de una venganza contra los dioses del Olimpo. Es más que evidente, pero hay un trasfondo que no acabo de descubrir.-
-¿Una venganza? ¿De qué se podría tratar para haber acabado con las vidas de miles de inocentes y haberos enviado a una posible muerte?- la voz de Camus titubeaba.
-Soma pretende acabar una guerra que comenzó hace eras, en la cual fue sellado aquí por Zeus y otros dioses. El conjuro del sol es una concentración de cosmos para romper el sello al que fue sometido, esto es, a no poder levantar la mano contra los dioses. Por eso comenzó atacando a las encarnaciones en la tierra, que eran sólo recipientes humanos de un alma divina para contener dicho sello. Todo esto lo ordenaba y controlaba mediante una de las tres furias, Egaria.
Lo que ha hecho ha sido debilitar el sello al máximo derrotando a Atenea, la última diosa encarnada en la tierra. Nadie sabe qué hará Soma con todo el cosmos que ha reunido.-
Como era ya habitual, el viento susurró sentimientos. Ahora, los dos caballeros pudieron oír claramente el lamento de la tierra.
-Imagino que pretenderá derrotar a los olímpicos…- El santo de oro se atrevió a hacer una conjetura que más que lógica, era evidente.
-Así es. Esta guerra ya ha trascendido nuestro potencial como humanos. Él es un dios mayor con un poder capaz de acabar con la vida de los otros de su estirpe. Nuestro papel queda reducido en vuestro caso, a salvar a Atenea y en el nuestro, a salvar a Soma de una batalla celestial. Las consecuencias que ésta podría acarrear son terribles. Tierra, Cielo e Infierno podrían acabar destruidos.-
-¿Me estás diciendo que esto es sólo el principio?-
-Para nosotros, los humanos, probablemente será el final. Pase una cosa u otra será un final cantado.-
-Letheus, oí un rumor de Parnase. Pensaba que el objetivo de Soma era formar una sociedad con valores auténticos y no superficiales. ¿Eso ha quedado en el olvido?-
-Ahí es donde está el problema. En caso de ganar, nuestro dios se convertiría en la máxima autoridad del cosmos. Produciría sin duda un nuevo comienzo. Por eso dije antes que la Tierra había sido absorbida por este lugar. Ya está todo preparado…-
Camus reiteró la primera pregunta que hizo, pues el tema había desvariado en una conversación relevante, pero poco más que instructiva.
-Nosotros, caballeros védicos pretendemos devolver esa presunta pureza del alma a Soma para que Parnase continúe siendo lo que era, de forma que no haya batalla celestial ni destrucción de otros mundos. Por eso aceptamos la idea de que nuestra patria sufriría durante esta batalla contra vosotros.-
-¿Por qué somos vuestros enemigos, Letheus?-
-Porque Soma fue desterrado del Olimpo milenios atrás, y con su actual actitud, los dioses se le van a oponer, provocando la guerra celestial. Atenea, si se recupera, decidirá considerarlo una amenaza. Además, ya no es sólo por ella. También los otros dioses decidirán actuar en el momento en que destruya el sello. Confiaremos en poder salvar a nuestro señor acabando con esa actitud hostil hacia el entorno.-
-Entonces comprendo que no podremos ser amigos, ¿cierto?- preguntó Camus sonriendo.
-Podemos, pero sin olvidar quienes somos. Ahora, sin más dilación, debemos acabar nuestro combate, aunque como te dije, será limpio. No usaré mis ilusiones.-
-Siento decirte que pagarás las muertes de mis tres compañeros.- amenazó Camus desde su frágil e infavorable situación mientras levantaba con dificultades.
-¡Escúchame, Letheus, pues voy a mostrarte quién soy!-
El cosmos de Camus brilló mágicamente. El dolor se hacía mayor, pero el poder también aumentaba. El pelo del dorado se alzó a causa del vórtice enérgico que envolvía su cuerpo. Jamás recordaba haber hecho arder tanto su esencia interior.
-Una guerra celestial sea quizás nuestro nexo de unión, pero no por ello debemos dejarnos influir por los sentimientos. Estamos en bandos diferentes, y como ha sido establecido bajo esta condición, somos rivales. Aunque fuéramos los mejores amigos, nada evitaría este combate.- La voz del santo ganó tono y potencia. Sus ojos se centraron y alejaron la tristeza al vacío.
-No es hora de que los dioses intervengan todavía. Nosotros, los humanos no estamos para servirles incondicionalmente sino para serles leales a cambio de su amor y comprensión. Todo acto fuera de esta condición de lealtad, lo contrariaremos nosotros, los caballeros de Atenea. ¡Es la hora de Zanjar esto, Letheus!-
El cosmos de Camus cambió su color a un plateado blanquecino, y su armadura comenzó a rehacerse rápidamente de la pura ruina en que estaba.
-Aunque en calidad de enemigos, gane quien gane este combate, derrocará la maldad de Soma y hará que Parnase y Tierra puedan seguir viviendo. ¡Que gane el más fuerte!-
El védico quedó perplejo ante el colosal aumento de cosmos de su oponente, que por arte de magia, estaba como nunca de condición, motivación e idealismo. Su vestimenta de oro cambió el color al igual que su halo hizo. Ahora lucía un blanco brillante que casi reflejaba todo como un espejo. Los numerosos ornamentos de la armadura de Acuario se solidificaron en oro amarillento, mientras que el resto de la armadura, lo hizo en oro blanco, de varios tonos en su escala cromática, divinizada.
-¡Armadura sagrada de Acuario, seguidora de sueños y causas imposibles, concédeme tu poder ante este digno enemigo!- El santo alcanzó el séptimo sentido mediante un estallido de cosmos que se vio en todo Parnase. El porte de Camus ahora era señorial y casi divino.
Sin perder tiempo, corrió hacia Letheus, saltando a pocos pasos de él hacia un lado. Aprovechando la ventaja obtenida, lanzó un aro de hielo paralizante que cogió al védico por sorpresa. Tras girar sobre el suelo, tomó pose de ataque.
-¡Revolución de cristales helados! ¡¡Ejecución de la Aurora!!-
La naos entera del templo fue inundada por el poder de acuario, que cambió su color al azul pálido del congelado. Letheus cayó violentamente contra el suelo rebotando y resbalando sobre la capa gélida originada. Varios fragmentos de su armadura cayeron al suelo al igual que algunos trozos de columnas y piedras.
Transcurrió un instante hasta que el caballero agredido asimiló que estaba caído. Con una acrobática voltereta se incorporó. A la par que un hilo de sangre le resbaló por su sien derecha hasta el mentón, los fragmentos de la bella prenda negra se restauraron.
-¡Sorprendente!- exclamo el ilusionista casi tembloroso. -De estar acabado has aguantado hasta lograr superar mi energía cósmica.-
-Kalisso.- Lo único que lanzó el divinizado Camus fue un aro gélido. Más rápido que lo imaginado, abrazó a Letheus sin que se percatara.
-¡¿Cómo?! ¡Me has alcanzado de nuevo!-
-He superado tu cosmos.- explicó el dorado más frío que nunca.
-Camus, lo lamento por ti, pero es que mi poder se basa en el engaño. No obstante…- El joven castaño se restregó la sangre de su herida para limpiarla. -…tendrás una oportunidad.-
Un flash lumínico cegó al aliado de Atenea unos segundos, los cuales fueron usados por su enemigo para agredirle físicamente. Camus comenzó a golpearle y a bloquear sus puños. Los impactos de éste eran colosales y mucho más veloces. Tan sólo el sonido de las colisiones contra la armadura parecía un estallido estruendoso y repetitivo.
-¡Pegas muy duro!- gritó Letheus. El caballero de armadura negra no podía permitirse una derrota. Camus se sorprendió, pues la armadura de su antagonista se había auto-restaurado.
-¡Implosión de llamas!-
El conjuro de fuego del caballero de las ilusiones deshizo todo el cristal de sólida agua y un aura roja se introdujo en el cuerpo de Camus. Segundos después, una explosión mandó al santo de Atenea por los aires haciéndole chocar contra una columna con una posterior y consecuente precipitación hasta el suelo.
¡No es posible que tu armadura esté intacta!- exclamó Letheus.
-Y no sólo mi armadura.- se alzó el dorado entre los escombros de la columna contra la que chocó. -Eres el mejor enemigo contra el que he luchado. Recuerdo con nostalgia a un Océanos que hizo que todo mi poder emergiera. Mi cosmos sigue aumentando…-
-¿Océanos? ¿Uno de los doce titanes?-
-Así es. Ya han pasado más de diez años, ¿no?-
Camus hizo salir del suelo una gruesa capa gélida que le envolvió, y haciendo arder su cosmos, la hizo explotar dirigiendo los fragmentos contra el védico. Uno detrás de otro, colisionaron contra su vestimenta, rasgándola nuevamente. El joven castaño casi perdió el equilibrio.
-¡No puedes destrozar mi armadura!- exclamó mientras ésta se reconstruía ante él. -Y desgraciadamente, puesto que eres la persona más fuerte con la que jamás he luchado, me veo obligado a alzar mi cosmos para ejecutar algunos secretos.-
Camus, alzando la guardia, saltó hacia atrás. Había perdido de vista al poderoso oponente que el destino le había regalado.
-¡¿Dónde está?!- dijo sin percatarse que estaba tras de sí. Letheus gritó el nombre de su ataque, Flash Ilusorio, que excedió tanto la claridad de la luz que quemó las retinas del dorado.
El santo de Acuario gritaba, pues no podía ver nada a causa del impacto lumínico. Comenzó a recibir impactos de puños y piernas hasta caer de espaldas contra el suelo. Otra vez, el calor de la magia del ilusionista llenó la habitación. La implosión ígnea procuró herirle, pero el impacto que dio fue vano.
-¿Cómo has hecho para esquivar la implosión estando ciego?- replicó Letheus.
-Eres un ilusionista. Mi visión no ha sido más que alterada por tu magia. Puedo ver perfectamente gracias a mi cosmos.-
-¡Sorprendente!-
-¿Ahora no dices "glorioso" como hace un rato?- cuestionó Camus sonriendo.
Letheus se colocó frente al dorado, y correspondió la sonrisa. Parpadeando un par de veces, varias lágrimas resbalaron por su faz.
-En este momento, los dos somos invencibles. Ambos tenemos por lo que luchar. ¿Te diste cuenta de esa discusión que tuvimos Sila y yo?- Camus asintió. -Le traicioné hace horas. Me vi obligado a hacerlo, y aunque fue por su bien, me remuerde la conciencia.-
-¿Por qué me dices a mí eso?- preguntó Acuario.
-Sila me recuerda a alguien. Su cabello es como el de una persona a la que conocí hace trece años. Además, su historia es igual que la mía, por lo que me veo obligado a amarle como a mi alma gemela. Tan sólo pensar que nunca comprenda el motivo de mi traición me da escalofríos y miedo.-
-Insisto en el motivo que te lleva a decirme esto a mí. Respóndeme.-
-Porque somos invencibles, te he dicho.- Si luchamos con este poder que tenemos, ¿quién tendrá más posibilidades de ganar?- Camus no comprendía la reflexión de su antagonista.
-Sila evoca en ti recuerdos… Su cabello y tu historia. Eso me suena raro, amigo.- comentó.
-Después de esto… el combate quedará zanjado.- explicó el ilusionista.
Un grito rompió el silencio de la naos. El védico entró en séptimo sentido con un rugido de cosmos. Su armadura resplandeció en negrura. El poder era tal que todo tembló.
-No me dejas más remedio que golpearte con todo mi poder. ¡Explosión de Cosmos Ilusorio!-
Todo se volvió negro, como pasó con el sueño lúcido, pero sin embargo esta vez, el peligro era inminente. Una masa de cosmoenergía avanzaba hasta Camus a velocidad vertiginosa. Se tratada de todo el cosmos divino de Letheus. El hechicero del hielo se recubrió fugazmente con una gruesa capa de hielo. Todo acabó explosionando brutalmente, haciendo saltar en trozos de hielo y fragmentos de armadura a Camus, que se golpeó la cara contra el suelo mortalmente, haciendo salpicar la sangre a todo su alrededor. La energía del védico se apagó hasta rozar la inexistencia.
-He destruido su coraza divina. ¿He ganado a pesar de todo?- La voz del joven sonaba tan debilitada que parecía de un moribundo. Para horror del mago, Camus se encontraba en su misma situación. Con torpeza, pero a la vez una fuerza de voluntad inaudita, levantó tembloroso.
-Es increíble que hayas conseguido agrietar mi armadura.- confesó Camus con sinceridad.
-¡Tu cosmos no ha disminuido!-
-La gracia de Atenea está conmigo… Sin embargo, la gracia de tu dios está en un lugar desconocido. Has sido abandonado.-
El caballero de Soma se sintió pesado. Acuario también se percató de que su propia energía vital decrecía considerablemente.
-¡Rápido, Camus! ¡Recuerda lo que te dije sobre Sila y ataca ya!-
Sin comprender muy bien por qué, el dorado se percató de que estaba perdiendo su fuerza, así que sin alternativa cerró los ojos, llorando.
-¡Letheus! ¡Siente el poder divino!- El joven levantó las manos tomando una pose nunca antes vista en él. Camus había cruzado los brazos cubriendo su cara.
-Esto lo hago… por haber sido mi mejor contrincante. Te regalo lo que ni mi maestro me enseñó, ¡el Frío del Ragnarok!-
Tal fue el descenso de la temperatura que el propio aliado de la justicia palideció. Una capa de hielo recubrió todo, incluso el cuerpo de Letheus. El hielo acumulado en el templo se agolpó sobre éste, aturdido. Cada átomo del agua solidificada se iluminó generando una luz tan fría como el cero absoluto sobre él. Tras el resplandor precioso, los puntos de la constelación de Acuario se marcaron sobre la negra armadura que le protegía y todo explotó finalmente arrasando consigo columnas, esculturas e incluso helando el jardín. Tras la potencia indescriptible del golpe, Letheus cayó de bruces quebrando el suelo.
-¡Ahh!- se jactó aliviado Camus mirando cómo la sangre del que parecía invencible teñía una buena parte de las losas.
El caballero de Acuario también se dejó desplomar, pues el estado de su cuerpo a pesar de la armadura que le protegía seguía siendo lamentable. Había gastado casi todo su cosmos vital en generar tal ataque. Él dejó de sentir su cuerpo y se desmayó.
-Ca… mus…- Nadie contestó.
-Ca… caballero…- Letheus se arrastró un poco y logró sentarse sintiendo la pesadumbre del cansancio en sus huesos. -¡Has matado a mi armadura!-
Dejándose caer de espaldas, el ilusionista recordó el momento en que Sila le preguntó por qué las armaduras de Soma se regeneraban por sí mismas. La clave estaba en la gema negra que éstas tenían en la zona del pecho.
-Camus ha quebrado mi gema, por lo que la armadura que tengo no se reconstruirá. ¡Está tan agrietada!- rió el joven aceptando la derrota. -Me has ganado, pero todavía estoy con vida. Déjame descansar y prometo que lucharé con tu recuerdo en el corazón…- susurró antes de desmayarse también.
Inconsciente, el viento, mágico en Parnase, pareció musitar algo pasado a sus oídos. Parecía oírse una melodía de tristeza y un réquiem de eternidad sollozante.
El tiempo huyó en el pensamiento de Letheus. Corrió y corrió rumbo al pasado, hasta ver un joven caminando por las calles de la ciudad de las musas.
-La percepción de este recuerdo me impide seguir escribiendo. Ahora sé con certeza que no lo volveré a hacer jamás, pues mis palabras han acabado con ella.-
Las lágrimas tiñeron en transparente su faz. El chico, de unos dieciocho años no tenía rumbo fijo y ni tan siquiera sabía dónde se encontraba.
-Invierno de nuevo. Hoy ya hace un año desde que todo comenzó.- Unas monedas resonaron en el pantalón del joven Letheus. En su mano derecha, llevaba una botella verdosa, cuyo contenido revelaba la gravedad de su situación.
Andando, el cansado muchacho fue a parar lejos de aquella enigmática ciudad. Minutos después, se sentó sobre una roca y cerró sus ojos mientras daba un trago de ron. Pudo ver aquello que le había hecho cambiar.
-Maia…- susurró. El dolor que sentía fue causado por la muerte, que a su alrededor, se regocijaba de su maldad e indiferencia. Ella no entendía de sufrimientos y su color era como el del oscuro carbón.
-Ya no podré verla más, y por desgracia…- Letheus abrió un pequeño cuaderno que llevaba en su otra mano colocando la botella a sus pies. El interior mostraba algo escrito de su propio puño y letra. -…no puedo seguir escribiendo en este cuaderno que hiciste para mí. He perdido el don que me otorgaste.- comentó al vacío.
Con la vista cada vez más borrosa, comenzó a recitar las últimas páginas, escritas hacía más de un mes. Las hojas estaban ya manchadas con cercos incoloros que difuminaban las letras que decían:
"El sentir tu no sentir, rodear con los brazos lo que antes reía y ahora con la mirada perdida y vacía no es. El ver lo hecho, un escozor que no se puede igualar… Todo a cámara lenta. Un grito: tu nombre. Las ilusiones perdidas por el egoísmo del amor y la locura cantada de antemano. Las lágrimas como cataratas, El cesar del parpadeo y su viveza. Un último abrazo a un ser inerte que evoca más sentimientos que todos los vivos juntos. Cómo un ángel parte al cielo y un cielo azul se parte… Pero por supuesto, tú. El fin de la guerra, y la ciudad en el último círculo del infierno. Las almas vendidas por conservar un recuerdo allá después de la muerte: tu imagen."
Era lo más duro que escribió, y casi lo hizo bajo los influjos de sus sentimientos. Apenas pudo controlar las palabras en aquel momento.
-Pareces triste…- una voz exclamó. Letheus se asustó un poco ante la extraña presencia.
-¿Hablas de la muerte de alguien?- El muchacho, escéptico, asintió.
-¿Cómo lo sabes?-
-Tus palabras hablan por sí mismas. Pareces muy joven y tienes talento. ¿Tu nombre?-
-Letheus…- contestó.
-Posees un espíritu puro y un alma casi inmaculada. Mi nombre es Soma, y no soy más que lo que quieras ver.-
En el mismo momento que acabó de hablar, un espectro de aspecto juvenil y belleza inaudita se presentó ante los ojos del melancólico.
-¿Has estado en Parnase, cierto?- preguntó más cercano.
-¿La ciudad de justo allá?-
-Allí podrás llorar. No importará que sufras, pues el destino te aguarda un papel que acabará en la última línea de ese libro.-
-¿A qué te refieres?-
-Te lo diré cuando me hayas contado tus penas…-
Letheus bajó la cabeza y comenzó a sollozar. Sintió un deseo de abandonar la vida tan fuerte como el mar, pero a pesar de todo, tenía una oportunidad para desahogarse.
-Todo ocurrió hace un año.- El espectro de cabello rojizo, que evocaba un sentimiento de tranquilidad al joven, se acercó resaltando un cosmos misericordioso.
-Habla. Al unísono que tus palabras resuenen en este lugar, tu tristeza se volatilizará. Te lo prometo…-
-Todo fue como una canción triste. Empezó sin evocar buenas vibraciones. Ella se llamaba Maia. Era preciosa, alta y de porte erguido, con una envidiable personalidad. Nos amamos, y juramos estar uno junto al otro por la eternidad.-
-¿Qué pasó después?- cuestionó aquello que decía llamarse Soma.
-Murió de una enfermedad.-
-El amor es un destructor. Si no controlas tus sentimientos, serás controlado por ellos. Ahora mismo eres controlado por tus penurias.- La voz tomo un matiz compasivo.
-Maia… Ya nadie me la devolverá. Todavía recuerdo su última sonrisa, segundos antes de perder la vida. Sus últimas palabras declararon que me amaba. Ella me susurró con su poca fuerza y casi helado aliento que me quería, ya en su lecho de muerte.-
-Amor es violento. La gloria de los muertos es tan venerable como el apego que se siente por ellos. Tu afecto por ella era infinito, por lo que su gloria es también infinita. Ella sería feliz si decidieras vivir.- sugirió el bello espectro, a lo que añadió que algún día recordaría sus palabras.
Como mágicamente, el sufrimiento que Letheus sintió por Maia se transformó. La pena desapareció como el volátil susurro de una última gota de agua.
-¿Nunca has visto el cielo azul?- El joven asintió.
-Entonces es hora de que luches por él. Serás el caballero de las ilusiones, y algún día me lo agradecerás.-
-¿Cómo?- preguntó el chico atónito.
-Tu tristeza ha desaparecido, y ya no eres un humano normal. Al fin y al cabo eras candidato a caballero de Atenea, ¿no?- Soma reiteró que tampoco era normal haciendo aquella afirmación que no debería conocer.
-¡¿Cómo lo sabes?!-
-Lo sé, pues yo soy todo y nada. Soy lo que tú quieres ver. Serás mi primer caballero, y uno de mis elegidos.- contestó el Dios.
-Ella fue asesinada por su padre. Lo de su enfermedad no era cierto.- replicó Letheus.
-Él ya ha muerto. Yo mismo me encargué hace más de tres meses.- Alzando la mano, el espectro mostró las imágenes más reconfortantes que podía haber deseado ver. Aquel tirano había muerto…
-Soma… A partir de hoy seré el caballero de las ilusiones. Señor Soma, muéstreme el camino, pues mi tristeza ya no lo enturbia. Sé que Maia desea que luche por ella, y eso será lo que le regalaré…-
El sueño de Letheus cesó, devolviéndole con un último aliento a la tranquilidad de su templo. Abriendo los ojos, pudo contemplar la cálida silueta de una mujer.
-Ma… Maia…-
Las fuerzas del védico le llevaron a Levantar de nuevo. Caminó hecho añicos mientras su armadura se desmoronaba. Gritaba el nombre de su amada, que parecía estar mirando desde el jardín del pequeño santuario. Su largo cabello negro se movía con el viento. Los ojos de la muchacha brillaban con la chispa del amor. Abrió los brazos esperando a su amor.
-¡Maia!- gritó con apenas fuerza.
La mecha de la vida del caballero se consumía rapidísimo. Sus cinco sentidos se debilitaron en cuestión de segundos, pero consiguió llegar a donde ella estaba a pesar de haber sentido que se desplomaba.
-¡Mi amor!- dijo un instante antes de besar sus labios. Un apasionado beso le llevó al culmen de los sentimientos propiamente humanos. Sentía cómo su corazón ardía. -Te he añorado tanto… Te amo, ¡te he amado estos diez años!- murmuró mientras comenzó a llorar.
La muchacha secó sus lágrimas y comenzó a desvanecerse hacia el cielo. Múltiples lucilos se movieron para acariciar al caballero. Finalmente la joven desapareció y Letheus cayó de rodillas. Mirando hacia el interior del templo se vio a sí mismo desplomado.
-Ahora comprendo por qué decidiste otorgarme el don del ilusionismo…- sonrió mientras cerraba feliz sus ojos por última vez. Su boca lució una feliz sonrisa que hablaba por sí sola, y vio su vida pasar a imágenes.
Todo quedó resumido en la similitud de Maia con Sila, y del paralelismo de las vidas del ilusionista y el caballero del deseo. Ambos perdieron al ser que más amaban. Pudo ser ese el motivo por el cual el caballero Letheus jamás se separó del lado de su protegido…
