Parte 22: Recuerdos de la infancia

La gastada esencia de Parnase se estremeció. Como si una maldición se hubiera cernido sobre ella, otra ola de terror vadeó los destruidos prados de vida arrebatada y arrasada. Con el ruido de la noche, un mensaje llegó a oídos de una chica que agachada, sostenía en sus brazos a su amiga de la infancia.

Los ojos miel de la muchacha de ondulada melena de oro se inundaron en lágrimas. Casi desalentada se dejó caer sobre el cuerpo de su compañera desfallecida. Un sollozo, un gemido… la tristeza era terrible.

-Letheus… ¿Hasta dónde hemos llegado?- balbuceó la joven oyendo cómo retumbaba su propia voz apoyada en el pecho de Anieli.

Aove cogió la mano de su querida amiga y la apretó con fuerza. Tras alzar su cabeza, vio delante de sí a dos caballeros de brillante armadura, de los cuales, uno lucía una preciosa melena oscura, y el otro una determinada mirada. Casi derrotada de antemano, la musa Polimnia se alzó, dejando tumbada a la bella chica de cabello rosado.

-Esta noche… seré invencible.- susurró.

Aioria adoptó postura de guardia ante la muchacha de armadura rojo arcilloso. El caballero casi podía ver el brillo fulgurante de sus ojos en el reflejo de la vestimenta de musa.

-Camus, Milo, Afrodita y Aldebarán han caído. Creo que esto ya ha llegado demasiado lejos.- se quejó Leo.

Shiryu no alzó su guardia. Sin embargo, sintió una punzada en su pecho. Sospechaba que algo iba a ir todavía peor en los siguientes instantes.

-Aioria, debemos tener cuidado. Tan sólo quedamos nosotros, Shaka, Saga y los críos…-

-No tenemos remedio.- contestó el enfurecido Aioria.

Aove retrasó su mirada para comprobar que Anieli seguía tumbada y tapada por la oscura túnica que vestía. Tras secar sus lágrimas, alzó la mano y una carta plateada y tres veces más larga que ancha, le apareció. Sin ningún grabado sobre ella, emitía radiaciones enérgicas.

-La carta de Thibod, maestro de mi maestro. Con ella, ahuyentaré esta nostalgia y tristeza.- dijo la joven con voz algo inestable.

-¡No juegues con nosotros!- exclamó Aioria tan enfurecido, que él mismo se sorprendió mientras ejecutaba su Plasma Relampagueante que barrió del suelo literalmente a Aove, haciéndola caer brutalmente de espaldas.

-¡Aioria! ¡Has atacado a traición!- recriminó Shiryu.

-¿Acaso crees que voy a permitir que alguien más de nosotros caiga?- Leo frunció el ceño e hizo arder su cosmos. -¡Mierda, está intacta!- gritó.

Aove había levantado sin esfuerzo. Casi no comprendía por qué, pero no había sufrido con el impacto. La sólida carta de su diestra se iluminó quedando grabado, en su parte posterior un afluente.

-¡Revelación elemental!- Polimnia consiguió que un torrente de agua salido de la nada corriera hacia Leo tan veloz como sus propios rayos. La presión del golpe le lanzó contra los restos del acabado templo de Eneas haciéndole chocar de bruces contra una pared semi derruida.

-¡Dragón Naciente!- gritó Shiryu controlando el inmenso poder de agua que había generado la preciosa Aove. Una bestia marina se dirigió contra la joven, que haciendo cambiar mágicamente el grabado de su carta, evaporó a la criatura en segundos.

-¡Soy la Torre!- gritó la chica. Su armadura se reforzó terriblemente absorbiendo el Plasma Relámpago que acababa de lanzar Aioria.

-¡Patético! ¡En nombre de mis amigos y hermanos, juro que no me daré por vencida! ¡¡Esperanza!!-

El aura de Aove resplandeció tanto que perdió su cromaticidad sanguinolenta por una completamente blanca. El poder de la joven residía en el objeto plateado de su diestra, que le aportaba habilidades de ataque, defensa o apoyo.

-¿Una carta?- dudó Aioria, que se acababa de dar cuenta de que su brazo izquierdo estaba herido.

La metálica pieza volvió a resplandecer como una estrella dejando mostrar la imagen de un toro en ella.

La joven azotó brutalmente a Shiryu casi sin que él la pudiera ver. La coraza de éste se agrietó antes de que chocara contra el suelo.

-¡Shiryu!- gritó Leo mientras corría hacia él.

Aove y Aioria quedaron tan cerca que podían sentir sus respiraciones mutuamente. La chica arremetió con su rodilla en el estómago del dorado haciéndole caer por asfixia.

El dolor que sintió fue tal que quedó acurrucado a los pies de su compañero de Libra. Aioria pudo comprobar que el poder que le había reducido era semejante al de Aldebarán.

La bella chica de rizos de oro caminó hacia su compañera y se agachó cercana a su regazo. La melodía del aliento de Anieli relajó a Aove, que segundo a segundo iba perdiendo la ilusión. Ya sabía con certeza el motivo de su tristeza emergente.

-Letheus…- un cosmos negro la envolvió, cambiando de nuevo su aura.

-¿Por qué demonios…? se preguntó Aioria que consiguió levantar tras el impacto.

La energía preciosa que rodeaba a Aove era inexplicable, mágica… Leo no entrevió lo que la chica dedujo. Agachada, desde el suelo, ella ladeó su cabeza a la izquierda y cerró sus ojos mientras postró su diestra sobre el hombro contiguo como si tocara algo, como si se diera una caricia de amor.

-Ahora comprendo que no estoy sola.- una de las lágrimas que enturbiaban sus ojos cayó en la mano que parecía sujetar con cariño algo.

Shiryu miró la escena. Sin saber por qué, recordó a Shunrei, que debía seguir en los cinco picos de Rozan velando por él.

-Es imposible, pero sé que estás ahí, conmigo, Shunrei.- dijo mientras con fuerza emergente se negaba a la rendición. Casi milagrosamente, y a pesar de que los fragmentos de su coraza caían al suelo, se levantó.

Libra extendió sus manos mientras alzaba los brazos. El poder que su maestro le había otorgado comenzaba a arder.

-¡Dragón de Rozan!- gritó. Una criatura voló hasta Aove, que fue golpeada y obligada a dar una pirueta en el aire para no perder el equilibrio.

-¡Increíble! ¡No ha caído!-

La carta de Anieli se ennegreció. El cosmos que manaba era semejante a algo visto poco tiempo atrás. Llamas negras parecían envolverla, y barbas de fuego impío le surgían.

-¡Implosión de llamas!- gritó Aove ejecutando el mismo poder que el caballero de las ilusiones.

Una masa ardiente y deforme de color azabache penetró espectralmente en el cuerpo del caballero de pelo negro. Tras iluminar absorbiendo todo color en metros, provocó una explosión que estremeció el campo de batalla dejando atónitos tanto a Aioria como a la propia Aove.

-Esta carta de Thibod puede…- murmuró la joven. -¡Templanza!- haciendo cambiar por enésima vez el grabado de la misma. Tras ser abrazada por viento, la serenidad inundó su corazón.

-He encontrado la respuesta a todas mis preguntas, caballeros de Atenea.- En ese preciso instante, Shiryu chocó de frente contra el destrozado suelo, que hizo brotar sangre de sus heridas. La dorada armadura de Libra estaba en lamentables condiciones, y los escudos de sus brazos se habían destrozado.

El diamante que Aove tenía entre ambos pechos brilló. Gracias al pequeño detalle que la chica sintió, pudo esquivar con suma facilidad la lluvia de rayos que Aioria provocó casi espantado de ver cómo había sido derrotado el alumno de Dohko.

-Es inútil. Nunca nos derrotaréis.- presumió.

-¿Cómo? ¿Nos? ¡Pero si tu amiga está en el suelo!- recriminó Leo haciendo una mueca de locura.

-No me refiero a ella.- susurró Aove, que dejó ver a su enemigo el motivo de la oscuridad de su halo. -Letheus me abraza. Aunque haya caído en combate, no deja de quererme, ni yo de creer en él ni amarle. Puesto que nuestros recuerdos y sentimientos son eternos, no podréis vencernos.-

Cuando Aove reiteró el "nunca", Anieli abrió sus ojos. Lo único que ésta vio fue el cielo, despejado. Levantó con suma tranquilidad susurrando el nombre de su fiel amiga que la había protegido con saña hasta ahora.

-Aove.- repitió con una voz preciosa.

-¡Anieli! ¡Tú también sientes su presencia entre nosotras!- exclamó la muchacha de bucles rubios.

Aove contempló a su compañera casi meticulosamente, notando que sus rosados ojos brillaban, que su indefensión parecía curada y que ya no temía.

-Aioria, caballero dorado de Leo, te reconozco.- dijo la bella chica todavía inundada de sopor, aunque impasible.

-¿¡Qué!? ¿Cómo sabes mi nombre y mi signo si ni tan siquiera me habías visto antes?-

Anieli caminó despacio pasando delante de su amiga. La miró avisándola de que no había de qué temer con su porte. La muchacha de cabello rosado se detuvo a un paso del tenso Leo.

-¿Me reconoces ahora?- musitó al oído del dorado con tono frío.

-Eres… un demonio…- contestó el afectado caballero de Atenea cayendo de rodillas al suelo.

-No, soy Anieli de Mnemósine, o mejor si te place, Mnemósine, diosa de la memoria y madre de todas las musas. Soy la misma Mnemósine a la que te enfrentaste hace trece años, cuando eras un crío imprudente e impetuoso.-

-¡No es posible!-

-Pero lo soy. Recuerda mis últimas palabras. Antes de caer al Tártaro con mis hermanos, entregué mi sentir a una niña que estaba destinada a llevar por error la armadura de la décima musa. Esa niña se llamaba Anieli… y por aquel entonces, jugaba con una niñita llamada Aove.-

-¡¿Qué?!- gritó la custodia de Polimnia sorprendida.

-Recuerda el día que me desmayé ante tus ojos. Ese momento fue el que yo elegí para trasmigrar mi alma de diosa. Hoy era necesario que despertara. Esperé este día desde entonces. Esperé en día en que mi venganza sería ejecutada.-

Todo corrió en la memoria de Aove como si viera cada una de las lágrimas que soltó al creer que su amiga había muerto. Como si viera lo que ocurrió de forma ilusoria.

-¡Maldita seas! ¡Ya te recuerdo!- gritó Aioria todavía hincado de hinojos.

-Desaparece de mi vista, escoria.- ordenó la poseída Anieli a su enemigo al que alzó con su sólo cosmos al cielo violentísimamente. El grito del caballero de Leo resonó en todo el lugar.

-Aove… sigo siendo la misma.-

-A… Anieli.- La muchacha de cabellos oro corrió a abrazar a su amiga, que correspondió al gesto con sumo placer.

-Y desgraciadamente, yo, diosa de la memoria, me he humanizado demasiado viviendo contigo, con Sila y con Letheus.-

Aioria cayó al suelo impactando contra el suelo de forma tremenda. El guerrero entreabrió sus ojos y contempló el abrazo de las dos chicas mientras saboreaba la tierra que escupía junto a su propia sangre.

-No… es… posible.-

-Aioria…- apeló Shiryu repetidas veces hasta que comprobó que éste seguía vivo. El caballero de Libra se arrastró hasta alcanzar la posición del abatido Leo.

-¿Qué tiene de malo ser mortal?- preguntó la delicada Aove que no obtuvo respuesta.

Los dos aliados de Atenea estaban juntos, derrotados y con apenas fuerza. Tan sólo un aliento les mantenía con vida. Aioria milagrosamente levantó casi sintiendo su peso multiplicado por diez. Shiryu le imitó al contemplar la hazaña que acababa de presenciar.

-Un terrible combate va a comenzar.- afirmó el caballero de la balanza tras que las muchachas dejaran de abrazarse.

-Mi cosmos, mi persona y esencia han estado durmiendo, Aioria. Hoy es el día en que la vestimenta de Soma que Gea forjó de la nada vista mi silueta de nuevo.-

Anieli, tras hablar, lanzó la túnica que le cubría al aire. La prenda fue quemada por un halo negro que la envolvió violentamente haciendo que estallara sonoramente su cosmos. La última musa, revelada como diosa de la memoria, vestía su vieja armadura de Titánide.

-¡Tu armadura!- gritó Aove. -¿Dónde está la vestimenta de Mnemósine?-

-No tengo más vestimenta que esta negra armadura. La misma que porté en la época mitológica y hace trece años. La armadura de musa de mi signo me eligió por error. Insisto en que no soy su verdadera dueña, y de eso no cabe ya duda.-

-Pero entonces…- Polimnia, aunque tranquila, no veía con claridad algo. Ignoraba quién sería dueño de la armadura abandonada.

-Dejemos ya de hablar. Yo estoy aquí con el único propósito de vengar la caída de mis hermanos al Tártaro.-

El guerrero de Leo, haciendo acopio de sus gastadas energías, proyectó su poder de trueno en forma de lluvia de rayos, que sobre el cuerpo de Anieli, se desviaron como imanes de polos semejantes. El azote eléctrico golpeó el suelo triturándolo múltiples veces.

-¡No!-

-Zanjemos la titanomaquia, caballero de Atenea. ¡Latido Reminiscente!-

El cosmos dorado de Aioria se revirtió introduciéndose en su cuerpo. Como si retuviera una terrible presión, el guerrero no pudo contener más la energía y recibió un impacto demoledor implosivo que le hizo caer de bruces. Sus hombreras, brazales y guantes se quebraron y se rompieron en pedazos. Las perneras y musleras se agrietaron, y su coraza y cinturón se resintieron.

-¿Ya está?- pensó Leo que no sentía más dolor que el de una derrota de su orgullo.

-Aove. Derrota tú al otro. Yo me llevaré a este microbio a las ruinas de mi templo.-

Mnemósine cogió a Aioria del pelo y comenzó a arrastrarle como si fuera una pesada carga hacia la catedral oscura. Aunque Shiryu trató de moverse, no pudo mover un músculo ni articular palabra posiblemente a causa de algún hechizo de la reencarnada diosa.

-Anieli…- susurró la otra musa. Cuando no se veía ni rastro de Aioria, el conjuro extraño dejó de aprisionar a Shiryu.

-¡Aioria!-

-Siento que no pudieras moverte. Mi amiga me ordenó que lo hiciese cuando me abrazó.-

-¡¿No te das cuenta de que esa maldita cría está descontrolada?!-

-Confío plenamente en ella. Nos conocemos más tiempo del que crees.-

-Eso no importa. ¡Debo ayudar a Aioria!- Dijo el caballero mientras corría provocando la Furia del Dragón de Rozan contra la rubia muchacha.

Un dragón verdoso impactó contra la resentida coraza de Polimnia que parecía ceder al impacto. La joven perdió el equilibrio y fue lanzada hacia atrás, aunque con una impresionante voltereta, se apoyó con el suelo y tomó impulso golpeando con su brazo el cuello de Libra y arrastrándole con ella hacia su caída.

Aove consiguió estabilizarse, y aprovechó la ventaja clavando su rodilla en la cabeza de Shiryu, hiriéndole. Desde el suelo, el guerrero sentía un calor que le alentaba.

-¡Atenea!- gritó antes de levantar de un salto haciendo retroceder a la musa. -¡Cosmos, elévate!- la súplica del combatiente pareció ser escuchada cuando un resplandor de oro le abrazó.

-¡Los Cien Dragones de Rozan!-

La multitud de bestias furibundas golpearon una y otra vez a la bella chica que iba siendo despojada de las piezas de su vestimenta una a una, pues no resistieron tal poder.

-¡Ahhh!- Shiryu apenas podía controlar su cosmos, y en un movimiento casi desesperado, trató de aprovechar la ventaja que le daba que su enemiga estuviera en pleno aire para convocar el poder de Excalibur. El haz lumínico de la espada sagrada atravesó horizontalmente la parte superior de los pechos de la joven cortando también aparte de su carne y coraza, su melena de bucles dorados.

Los cabellos caían teñidos con sangre más rápido que Aove, que con su cuerpo arqueado se precipitaba de espaldas al suelo. Irremisiblemente, el cuerpo de la joven chocó con brusquedad contra éste. Multitud de fragmentos de armadura hacían ruído de metal y cristales al chocar contra las rocas.

-¡Lo logré!- Libra caminó a su víctima casi sin fuerzas. Al llegar ante ella, se arrodilló y cerró los ojos.

No podía sentirlo, pero el cosmos de Aove todavía ardía. La chica acarició con sus teñidas manos la cara del joven, manchándola y arañándola casi al final de su mimo.

-Bien hecho…- murmuró ella casi extinta.

-¿Estás viva?- Shiryu la tumbó hacia el cielo. -Lo siento…-

-No lo sientas. Tu voluntad fue más fuerte que la mía.- sonrió la joven. -Acepto la derrota.-

-¡No! ¡No cierres los ojos!-

-¿Por qué no? ¿Acaso no merezco este descanso que me has otorgado? Ya no es mi responsabilidad proteger Parnase. Ya no debo lealtad más que a mis amigos. Ahora podré quererles por la eternidad, como Letheus…-

-¡Vuestros ojos eran idénticos! De color miel…-

-Él nunca lo supo, pero yo… yo…- Aove no acabó de hablar. Su vida cesó en aquel instante con su expiración última. Nunca una victoria había dolido tanto a Shiryu, que comenzó a llorar por, entre otros motivos, lo injusta que estaba siendo la batalla del Parnaso. El pecho de Aove todavía cálido era tan cómodo como la muerte.

Un dios todopoderoso estaba sentado en su lujoso trono de oro y gemas coloridas. Repentinamente abrió sus ojos y caminó deprisa hacia una puerta que abrió sin dilación.

Soma caminó por un lujoso pasillo de columnas de mármol pálido y balcones por los que el frío se colaba. Tras llegar a un pequeño recibidor, abrió una de las pequeñas y grabadas puertas sin delicadeza. Tras ella, una niñita dormía en una enorme cama de sábanas blancas.

-Alecto… he sentido tu llamada. ¿Acaso ya estás preparada?-

-Ni se te ocurra mirarla.- ordenó una joven que a los pies de la misma cama estaba sentada mirando a su pequeña hermana.

-Euralia, tu hermana es una Furia, como tú… Una de las tres elegidas por mi gracia.-

-Señor Soma, no discuto su autoridad, pero es demasiado pequeña para despertar.- replicó la bella joven de ojos azulados.

Soma caminó hacia la muchacha y la agarró por el cuello empujándola contra una pared violentamente. El extraño brillo de sus irises la cautivó, pero no por ello dejó de sentir un nudo en su estómago.

-Si yo decidiera amarla, tomarla o matarla, tú, como su hermana no tendrías nada que decir. Te recuerdo que soy yo quien toma las decisiones aquí y quien ha permitido que esa mocosa siga viva.- explicó con tono exaltado el dios.

-Y sin embargo fuiste tú quien la hirió.-

-¿Yo?- contestó Soma con tono irónico aún sin soltar a Euralia. -Fue ese necio de Sila que no supo contener su ira.-

-¡Sabes que no, Soma!-

-Está visto que desde que esa maldita Atenea ha llegado, os ponéis todos en mi contra… Pensándolo bien, puedo prescindir de ti y de esta putita… Con Egaria tengo más que suficiente, y es la única que no cuestiona mi poder. ¿Quieres que juguemos, Euralia? ¿Acaso quieres consumar el amor que sientes por Sila, o es sólo que quieres salvar a tu hermanita?-

-…-

-Yo puedo hacer lo que desees. Pídeme lo que quieras, que de la misma forma que te lo concederé, sería tu fracaso si decidieras luchar contra mí.-

-Mi hermana… Hazla abrir los ojos.- ordenó Euralia cogiendo los brazos de Soma con sus manos casi heladas.

Soma dejó de apretar al cuello de la muchacha dejándola respirar. Caminando hacia Erinia, susurró algo a su oído y marchó. Antes de cerrar la puerta, miró a Euralia con una sola idea en su cabeza. El poder de las Furias sería necesitado muy pronto…

El ruido de la puerta al cerrarse fue rudo. La pequeña Alecto abrió sus verdosos ojos de repente, y en un segundo se incorporó sentándose sobre el mullido colchón.

-¡Hermana!- gritó Euralia que corrió hacia el lado de la pequeña.

-¿Qué es este sitio?- preguntó desconcertada Erinia. No reconocía nada del lugar.

-Estás en una de las alcobas del cuarto torreón de Soma.-

-¿Qué dices?- La inocente chiquilla creyó por un instante que era una broma, pero enseguida palideció y se destapó. Su vestido estaba impregnado en sangre al igual que la ropa que cubría el cómodo colchón. -No…-

-Así es. Fuiste herida en un combate.- explicó su hermana.

-¡Sila! ¡El fue…!-

-Sila está peleando por ti en estos momentos. Ya he comprendido sus sentimientos.- Aunque sabía que su hermana no iba a comprender las palabras que pronunciaba, la musa abrazó a su hermana a la que volvió a tumbar sobre la cama y abrazó tiernamente.

-Tengo miedo…- se quejó Alecto. -No me gusta este sitio…- añadió.

-Por favor, susurra… Tengo la impresión de que nuestra vida depende de ello.-

-¿Qué?- La niña comenzó a temblar y se giró para mirar a su hermana a los ojos. La distancia entre ellas era de unos centímetros.

-Alecto, si tienes miedo, concéntrate. Podrás sentir el cosmos de Sila, y…- añadió -si pones tu oreja sobre mi pecho podrás oír su corazón.-

-Te… tengo frío.-

Euralia usó la sábana que tapaba a su hermana para cubrir ahora a las dos. Era cierto que hacía frío, pero le atemorizó que Alecto lo sintiera.

-Hazme caso, abrázame y trata de dormir concentrada en el cosmos de Sila. No tienes porqué tener miedo… ni frío.-

La pequeña obedeció y rodeó con sus bracitos la cintura de su hermana posando su cabeza en el pecho de la joven. Finalmente, cerró los ojos con dulzura. Euralia acarició el cabello de su frágil hermana reiteradas veces. No era sólo la menor la que tenía miedo en aquel momento…

Todo el cosmos condensado obtenido del conjuro del Sol estaba en el santuario del cuarto torreón, bajo la cúpula de pinturas que ridiculizaban a los dioses. Soma de pie, sonrió confiadamente.

-Aquí estás, poder. Ahora la utopía de la Somátida no será utopía, pues tu magnificencia nos llevará al destino prometido. Parnase será Cielo y Tierra, y con el cosmos infinito que me otorgarás, sellaremos el Olimpo por la eternidad. Nada podrá impedir que todo quede bajo mi poder. Nada podrá negar que yo sea Atma y Demiurgo. Dios único de lo existente…-

El silencio del lugar era casi inviolable, pues tan sólo un constante murmullo de cosmos casi inaudible lo inundaba todo. Aquello era la vida, existencia y presencia eterna. Era el cristal primigenio que contenía todo lo sucedido en el mundo desde la era dorada. Su color era el de la plata, y su olor el de la sangre. El brillo que procesaba era casi semejante al de la luna, e iluminaba toda la estancia.

Varios pasos hicieron al dios distraer su atención. Un joven de pelo negro y corto entró a la iglesia.

-Vaya, señor Soma. Muchos bancos y columnas están deteriorados. ¿Qué pasó?-

-Exeo… Ese Sila fue un estúpido, ¿no crees?-

-Por supuesto. Mira que pensar que podría con vos…-

-¿Cómo es que tú no estuviste con él?- preguntó el todopoderoso.

-Ya sabe que Tadeus y yo teníamos cosas mejores que hacer que Agni, Letheus y Udián. Por cierto… ¿Letheus ha sido derrotado?-

-Así es…-

-Quizás debería ir a mi templo, ¿no?- preguntó el siniestro Exeo.

-No vayas aún. Dime qué te parece…- dijo Soma señalando la figura cristalina y amorfa que el centro del santuario brillaba.

-Irradia cosmos. ¿Es materia orgánica?-

-Así es. Se trata de mi armadura, que finalmente ha sido bendecida con el conjuro del sol.-

-Terrible, sin duda.-

Exeo parecía saber más que sus compañeros de Soma que el resto. A pesar de todo, su tranquilidad era envidiable. Parecía conocer las ideas de su señor, y la indiferencia de su rostro no le hacía parecer opuesto a éstas. Sabía que la batalla final había comenzado desde que Letheus cayó peleando contra Camus. Definitivamente, el caballero védico del dolor y la muerte, que portaba un grabado de una parca en su coraza, tomó la decisión de esperar en su templo hasta que su corazón le dictase otra cosa. Con una reverencia caminó por las escaleras de cristal rumbo a la catedral de sombras que tan cerca estaba ya de los pocos caballeros de Atenea en disposición de combatir.