Capítulo 4: Utopía de dioses

Parte 23: Recuerdos de la infancia (parte II)

La historia estaba ya casi escrita. La derrota se aproximaba cada vez más, y con ella el miedo más cruel golpeaba a los supervivientes. Parnase se había convertido en un infierno conector entre los delirios de un corrupto dios y los deseos de supervivencia de un mundo.

Las luchas continuaban y la violencia seguía. La sangre resbalaba por la piel de los caballeros. Soma se sentía poderoso y la galería de la catedral de sombras era iluminada por el resplandor de otro de los cuadros en blanco. Como si fuese magia, el dibujo de un paraíso ardiendo se grabó en óleos sobre el misterioso lienzo.

En el interior de las ruinas de un templo, bañado por la luz inexistente de la noche, Aioria andaba con cautela por sus suelos. Casi tenía que arrastrar su pierna izquierda e iba dejando una fina estela rojiza. Estaba débil y sabía que sería presa fácil para Anieli.

Tras el largo paseo, el León reluciente llegó a un recibidor con sendas bandas de escaleras a los lados. En el segundo piso del interior, la Titánide, oculta, se divertía con el sufrimiento de su enemigo observando, mirando…

-No podré estar siempre así…- pensó Aioria. El joven ya no veía nítido. Un estallido en la pared le asustó, y se vio obligado a arrojarse para no ser golpeado por los cascotes de piedra. Una columna del piso superior se precipitó haciéndose añicos.

Anieli postró su mano sobre la sáxea baranda de una de las hileras de escalones. Clavando sus ojos en el dorado, comenzó a bajar con un determinado porte y un gesto estoico rozando la palma de su siniestra con la piedra.

-Dejemos de jugar…- sugirió la chica.

Aioria, el impetuoso, frunció el ceño y apretó los puños mientras levantaba. No pudo evitar gemir a causa del escozor de las heridas. La pesadumbre de su cuerpo le excusaba el que caminase ladeado.

-¿Qué te han parecido mis armas?- preguntó la muchacha de cabello rosa.

-¡No eres en absoluto la misma de hace trece años!- gritó Aioria mientras intentaba dar un puñetazo inútil: el golpe no llegó.

-Por poco… Creo que tus ojos te engañan, Aioria. ¡Latido reminiscente!-

Como pocos minutos atrás, el abatido recibió el golpe de la poderosa Titánide. La terrible implosión le hizo caer a metros de ella con la cabeza. El ruido de su caída y el posterior sonido del desplome de su cuerpo por acción de la gravedad satisfizo el sadismo de la muchacha.

-¿Quién te iba a decir que tu último combate sería conmigo?- rió sutilmente.

-No…- gruñó el testarudo dorado. -¡No me vas a derrotar! No después de lo que mis ojos han sentido ni de lo que mis labios han tocado.-

-¡¿Qué has sentido tú, que tuviste menos corazón que un dios?! Sabes perfectamente qué errores cometiste. Si no los hubieras cometido, mi Latido Reminiscente no te haría daño.-

-¡Eres un demonio!- Gruño el agraciado de Atenea. Con fuerzas sobrehumanas atípicas, consiguió que sus piernas le levantaran. El poder de su cosmos se incrementó y el cansancio se disipó mínimamente.

-Eso es. Alza tu cosmos. Muéstrame el poder que tan decisivo fue en la Titanomaquia. Muestra que el cansancio y la pena no tienen cabida en tu interior.-

Aioria, con sus ojos cerrados, recordó los tiempos pasados. Si quería ganar, tendría que sacar aquel terrible cosmos oscuro que le caracterizaba.

La titánide empujó a Leo con su cosmos clavando su espalda en una pared que había próxima a éste, que cayó tan rápido como un bólido.

-Me comienzo a aburrir de ti.-

El caballero se sentía fatal. No sólo estaba siendo derrotado, sino que su propio orgullo estaba siendo herido. Jamás había luchado contra un oponente que evocara tanto sentimentalismo en él.

-No… no me rendiré.- gruñó el dorado que torpe, levantaba como podía. Casi al límite de su vida, extendió su brazo rápido y ágil ejecutando su Plasma Relampagueante. El azote de rayos fue directo a varias pilastras que sustentaban parte del techo del templo. La destrucción fue masiva.

-¿Te parece lícito?- Anieli se acercó a su enemigo y agarró con cautela el puño de éste, que había quedado como una estatua. -¿Ves normal destruir la casa de alguien?- con una sonrisa irónica, la dulce y a la vez terrible joven hizo arder su cosmos.

-¡Potestad Titánica!-

De la mano que firme sujetaba a Aioria, surgió un vórtice negro que mutó en una lluvia de rayos de sombra que como flechas, le atravesaron. Tanto impacto sobre él y el suelo parecía el susurro de la lluvia estridente.

-¿Se acabó todo ya?- se preguntó el dorado mientras veía cómo todo se iba oscureciendo y moviendo. Finalmente, cayó al suelo y su energía disminuyó.

-El león no fue tan fiero como en el pasado.- Mnemósine miró con indiferencia al derrotado joven. Su venganza había sido culminada.

-¡Genial!- exclamó alguien que había observado todo el combate.

Exeo, con sutileza nula, bajó las escaleras que llevaban al recibidor en que había sido el combate. Su corto cabello negro y armadura marina le dieron un porte tenebroso.

-¡Exeo!-

-Has cambiado… Nunca hubiera dado nada por ti.- admitió el védico de la muerte.

-¿No deberías estar en tu templo?- cuestionó la muchacha. -Hay caballeros en el interior de la catedral.-

-Ha merecido la pena, Anieli. ¿Qué ha sucedido con tu armadura de Musa? Vi que no la vestías cuando entré.- A pesar de hablar, Exeo miraba en derredor por toda la sala. -Y no veo por aquí otro motivo para que lleves esa preciosidad de protección.-

-Muy gracioso.-

-Siempre.- Sonrió Exeo caminando hacia Aioria. El oscuro se agachó y levantó la cara del león, pudiendo comprobar que, a pesar de la sangre, las heridas y magulladuras, todavía respiraba.

-Anieli, el microbio sigue vivo.-

-Lo sé.- respondió.

-¿Por qué no lo rematas? Ahora podrías tratarle como a una cucaracha.-

-Sólo siento indiferencia ante él. Me he vengado ya de lo que me hizo…-

-¿Lo que te hizo? No voy a preguntarte. Tú sabrás. He de irme.-

El védico de la muerte no se dirigió a su templo, sino que caminó en dirección opuesta. Los ojos de la reencarnada titánide quedaron abiertos. Ella no supo qué decir. Al fin y al cabo era cierto que se había quedado sin palabras tanto como por la acción de su aliado como por su deseo nulo de matar a Leo.

-¿Por qué no deseo matarte después de todo lo que pasó?- preguntó al joven de oro que, casi extenuado, había conseguido tumbarse boca arriba. La mirada de Aioria parecía hablar sola: indiferencia, tristeza y orgullo roto. El joven sólo pudo gemir…

-Yo antes era una diosa. No me importaba matar para conseguir mi propósito, además, las vidas humanas no significaban nada. ¡Nada! Sin embargo, no quiero matarte… Ese es el problema.- comenzó a plantear.

Anieli de Mnemósine, ahora siendo la diosa de la memoria reencarnada cerró sus ojos y se dejó llevar por su pensamiento. Sus recuerdos volaron más allá de la vida que tuvo en Parnase hasta un oscuro palacio. Allí, cinco jóvenes y cinco chicas aparte de ella discutían.

-Todo está listo para la resurrección de nuestro Rey.- dijo otro muchacho que envuelto con una túnica, se acercó.

-No hemos pasado todo este tiempo en el Tártaro durmiendo. Hemos sufrido el dolor de la muerte en nuestras carnes y, con él, nuestro cosmos se ha hecho más y más poderoso…- Mnemósine se justificó por primera vez tras renacer antes sus hermanos.

Todos los titanes apostaron por su derrota a pesar de que tras la resurrección de Cronos, uno detrás de otro, fueron cayendo. Hiperión, Ceo, Crío, Japeto, Océanos, Febe, Tía, Tetis, Themis y Rea.

Todos ellos cayeron nuevamente al tártaro tras la conspiración del misterioso personaje de túnica. Tan sólo la diosa de la memoria tuvo voluntad o cosmos o lo que fuese para depositar su alma en el cuerpo de una niña.

Todo lo que Anieli estaba recordando quemaba su mente en forma de pregunta. ¿Por qué después de haber seguido en el mundo de los humanos para vengarse no era capaz de segar otra vida más, como habría hecho tiempo atrás?

Buscando en sus recuerdos, la joven pudo ver una imagen. Sólo durante una fracción de segundo contempló el brillo de un joven que portaba una armadura dorada semejante a la de Leo. El Aioria del pasado poseía un cosmos excelente, infinitamente superior al que aquel día había mostrado. En aquel momento justo antes de que Leo rompiera el sello, así como en el instante anterior a que la "Ars Magna" hiciera su aparición estelar había alguien detrás de él. Aquella persona no era Atenea. Tampoco era su hermano… había alguien más que influyó determinantemente en el curso de la segunda Titanomaquia.

-¿Quién…? Anieli¿por qué?- La duda corroía a la joven, que se arrodilló al lado de Aioria. -¿El dolor de la muerte?- pensó la joven. -El dolor de la muerte.- se afirmó a sí misma. Tras pensar desesperadamente, una nueva pregunta sobrevoló su mente. -¿Y el dolor de la vida?-

Una presencia casi divina hizo que Anieli alzara su cabeza. Un cosmos dorado la sorprendió. Delante del desfallecido Leo y de ella misma había otro caballero de pelo castaño claro y aunque corto, algo ondulado.

Su armadura era sin más, preciosa. Sus hombreras puntiagudas imitaban en cierta medida al casco, que tenía grabados de curvas en su frontal. Su vestimenta estaba plagada de adornos de cobrizo naranja y su cinturón era un poco más oscuro que el resto de la misma. Un enorme arco destacaba en su mano derecha, pero había algo más… Unas inmensas alas de oro hacían resplandecer la habitación.

-¿Un ángel?- se preguntó la joven.

El extraño caballero levantó a Aioria con delicadeza y, cogiéndole de los brazos, le obligó a quedarse en pie. A pesar de su rudeza, había cierta ternura en su comportamiento.

-Aioria¿tú que ostentas el mayor rango dentro de la orden de caballería, has sido derrotado tan fácilmente?-

-Her… ¿hermano?- preguntó el león que casi no podía ni enderezarse. Tan herido estaba que tuvo que mirar a aquella persona con la cabeza ladeada por el mareo que sentía.

-Aquí estoy, tal y como te prometí.- Aiolos irradió calor, y el cosmos de su hermano se regeneró provocando una explosión soberbia.

Un aura color perla rodeó a ambos. Su magnificencia era inaudita. La armadura del león volvió a reconstruirse sobre sus propias grietas y rotos cambiando su color a blanco inmaculado de ornamentos dorados y anaranjados.

-Aioria, debes vencer…-

-Gracias hermano por no olvidarme.- susurró Leo, divinizado.

Para sorpresa del caballero herido, su hermano caminó dejando atrás a Anieli. Iba rumbo a la catedral de Soma vestido con la armadura de Sagitario que en teoría debía llevar Seiya.

-¿Estás vivo?- pensó Aioria. -Gracias…-

-¡Estás vivo!- El tono de la diosa sonó resquebrajado, como si el miedo la hubiera poseído.

-Ahora es cuando nuestro combate comienza, Anieli.- El rastro de Aiolos desapareció del templo. -¡Plasma Relampagueante!-

La lluvia de rayos fue violenta, y arrastró a la muchacha sin delicadeza hacia atrás, destrozando a su paso varias columnas y pilastras. Anieli superó la agresión sobre la marcha, girando ciento ochenta grados y apoyándose sobre la pared para saltar. Consiguió ver un hueco en la defensa del dorado, la cual aprovechó para, mientras caía, golpear con un impulso de cosmos. Leo encajó el impacto sin problemas.

-¿Sólo un empujón¿Es ese tu poder de diosa?-

-¡¿Qué¡Deberías haber caído!-

-Ya ves que no…- Aioria estaba rodeado por el resplandor blanco de su aura. Al igual que Camus, había conseguido divinizar su armadura gracias a la sangre de Atenea que había recorrido su espalda antes.

-¡Potestad Titánica!-

Una esfera negra se alzó al techo y explotó formando cientos de rayos negros que trataron de amedrentar y herir a Aioria. Esta vez no le atravesaron, aunque sí le desestabilizaron. Uno tras otro los impactos eran potentes.

-¡Y sin embargo…- dijo Aioria colocándose a un palmo de su enemiga. -… no eres más diosa que yo!- El guerrero golpeó con fuerza el costado izquierdo de la chica y generó una explosión de rayos. El Rugido del León hizo a Mnemósine caer contra su voluntad al suelo. El león apretó sus puños y atacó nuevamente con el Plasma Relampagueante que al fin consiguió propinar un sinfín de golpes en su enemiga.

-Tu poder ya no es tal…-

Anieli notó que un líquido caía por su costado. La armadura de Soma que Gea regaló a Mnemósine se había destrozado por ahí a pesar de ser más resistente incluso que la de los fallecidos Titanes. La preciosa muchacha levantó con esfuerzo.

-Ese caballero de oro ha provocado tu aumento de cosmos¿cierto?-

-Ese caballero es mi hermano.- Respondió Aioria con una sonrisa de orgullo y el ego subido por las nubes. -Ahora tú no eres más diosa que un humano.-

-Sentirse derrotada y contenta… Eso no será algo que yo permitiré, Aioria. ¡Pagarás por haber luchado contra los dioses¡Observa cómo la herencia de Japeto te derrota¡¡Khora Temnein!!-

Aioria sintió cómo el viento desgarraba su cuerpo a pesar de estar protegido por una armadura colosal. El corte de Mnemósine había tajado las dimensiones atravesando su cuerpo.

-¿¡Qué!?- Leo podía sentir el fluir de su vida por el pecho. Notaba su desagradable roce hasta caer más debajo del abdomen.

-¡Siente el poder del corte dimensional!-

-Decías que no podías matarme… y… ¿sigues luchando?- cuestionó el caballero divino.

-¡Cállate! Tu vanidad no me detendrá. Tú no eres el mismo de hace tantos años. Tu cosmos ha decrecido y no mereces esa armadura. ¡Ya no eres el que puede matar dioses con sus manos!-

Anieli despertó su verdadero cosmos haciendo temblar la sala entera. Con un grito estridente trituró todo lo que le rodeaba. El suelo fue desintegrado por su halo oscuro, y temblaba en su conjunto con fuerza. Todo Parnase pudo ser testigo del poder de una diosa mitológica que se alzó hasta el séptimo sentido.

Los coleteros que sujetaban su pelo y le daban aquella imagen infantil se quemaron dejando su cabello suelto, que se elevó sobre sus hombros rompiendo la monotonía de sombras con su rosa, idéntico al de los ojos que tenía, y ahora brillaban como los de una enamorada.

-¡Tremenda furia, irascible tempestad, acaba con la vida de este ser con tu Hermética Grandeza!-

Toda el aura tintada de la titánide envolvió el lugar. Comenzó a oler a miedo y a sangre. Todo quedó envuelto en un manto de terror que tragó al caballero de oro, en apogeo de su poder. Con todo el poder que tenía, fue reprimido por aquello y golpeado brutalmente innumerables veces, dejándole en el interior de su propio yo en un sueño místico. El dorado sintió cómo una voz le llamaba segundos antes de ser vapuleado por algo tan sólido que clavó trozos de su perfecta armadura en su estómago, destrozándola al menos por su coraza. El joven cayó al suelo impotente y chocando con su cara.

-¡Se acabó¡No me puedo dejar llevar por los sentimientos!- gritó la muchacha.

-¿Sentimientos?- murmuró Leo desde el piso. No, tú no los tienes. Es el cuerpo de tu víctima el que los tiene. ¡Abandona su cuerpo!- consiguió gritar, levantando por enésima vez.

-¡Demonio!-

-¡Carga de Fotones!- gritó el guerrero de la luz, concentrando ésta en su puño. Aioria recordó aquel golpe de su juventud con el que destruyó el sello de Cronos.

-¡El cuerpo de Aove es mío!- Mnemósine convocó la Potestad Titánica en un desesperado intento por no oír las palabras de su enemigo. La lluvia negra fue inútil, pues ningún rayo pudo llegar al cuerpo del dorado sin consumirse por el aura de poder que le envolvía.

-¡Movimiento de Fotones!- Aioria comenzó a generar una electricidad que hizo temblar todo. Los cosmos de ambos se habían igualado, y el santuario entero se movía. Finalmente, el caballero de oro, rompiendo incluso los límites de poder de su juventud, efectuó aquel poderosísimo ataque:

-¡¡¡Estallido de Fotones!!!-

La luz de los colmillos de Aioria desgarró las tinieblas del cosmos de Mnemósine haciendo que las estrellas de la constelación de Leo se grabaran el ella y explotaran desde el interior de su templo arrasando techo y columnas y destrozando suelo y muros en una explosión sin precedentes.

-¡Maldita¡Muere!-

La cosmoenergía de Leo se comenzó a desvanecer y un mareo le sorprendió. Casi extenuado, cayó de rodillas víctima de su cansancio. Segundos después, el cuerpo de la diosa cayó delante de él, totalmente cubierto de heridas y desconchones en su armadura.

-Yo ya estoy muerta. Lo sé.- dijo un eco con la voz de Mnemósine.

-¿Có… cómo?-

-Fue esta chica la que me permitió vivir en ella, y a ella le debo esto.-

Un espectro idéntico al cuerpo de Anieli comenzó a levantarse. Parecía que el alma de la joven escapase de su cuerpo. La mujer que levantaba era idéntica a la que yacía ante sus ojos.

-Sin embargo soy una diosa. Mis sentimientos no eran motivados por ella. He sido humanizada gracias a Aove, Sila y Letheus.-

-¡¿Cómo?!-

-Lo que no sentí ni por mis hermanos. He dejado de ser una diosa. Reniego de ello.-

La verdadera Mnemósine había nacido del cuerpo de quien la había cuidado todo aquel tiempo. Ella estaba completamente desnuda, vestida sólo por la fuerza de su cosmos.

-¡Acabemos de una vez¡Te regalaré aquello que perdiste, Leo!-

La titánide, despojada de su armadura y cuerpo anterior apareció carnalmente ante Leo, que no se explicaba aquello.

-Este cosmos… Galan y Litos.- Aioria percibió el aura de sus seres más queridos, y todo parecía obra de la terrible joven. -¡¿Qué?!-

-Ahora, Aioria. Ahí los tienes, a los que tanto tiempo amaste. Yo les cuidé por ti. Ahora ellos están ahí, para apoyarte. ¡Derrótame ahora¡No me obligues a amarte por más tiempo!- gritó.

-¡Comprendo!-

El cuerpo del dorado de nuevo resplandeció a la luz de la noche, pues todo el templo había sido destrozado. Esta vez llegó incluso más lejos que antes en poder, y alcanzó el Séptimo sentido con una facilidad inimaginable.

-¡¡¡Estallido de Fotones!!!-

Litos, abrazada a Aioria y Galan, con su mano apoyada en el hombro del caballero, sonrieron segundos antes de desaparecer para siempre. Mnemósine, la Memoria, fue derrotada finalmente tras que su cuerpo entero fuese desintegrado por la brutalidad del cosmos humano. La sinergia de afecto de la familia del león le permitió multiplicar su cosmos los segundos necesarios para derrotar a la poderosísima titánide, que ahora, camino del tártaro, dejó claro que su particular venganza contra Aioria era movida por amor. Anieli había sido salvada de un desastre gracias a que la verdadera diosa fue movida unos segundos por los sentimientos más humanos: empatía y puro amor. El caballero divino, Aioria del león había comprendido demasiadas cosas en unos segundos.

Un choque metálico rompió el silencio que resultó tras el combate de dioses. Las puertas de la gran catedral se erigían ante los ojos de Sila y Saga, que sopesaban el alcance de sus cosmos mutuamente.

-Es el peso de los cosmos.- dijo Sila.

-Creo en mis amigos.- Saga trató de defender a Aioria y Shiryu. -Puede que en otro momento yo no haya actuado como debiera, pero ahora es distinto. He comprendido quienes son.-

-¿Y tú quién eres?- preguntó el caballero védico.

-Saga de Géminis.-

-Yo soy Sila. Caballero del deseo. Puedo ver tras tu cuerpo lo que más deseas. Puedo ver el alcance del remordimiento en tu memoria.-

Saga hizo una mueca de desagrado mientras quemaba su cosmos. El caballero de oro adoptó posición ofensiva mientras pensaba. Sila sólo sonrió.

-No te pongas en guardia. Si decides evitar este combate, cumpliré tu deseo.-

-No voy a dejar a Shaka solo ahora que está en el interior de la catedral.-

-En la catedral no hay más que demonios.- avisó Sila.

-¿Qué?-

-No sobrevivirá allí más de un minuto con los guardianes que la custodian. Ellos son tan crueles que traicionarían a su propio hermano.- advirtió el amanerado joven.

-¿Justo como regañaste a ese compañero tuyo cuyo aura ha desaparecido?-

-Así es.-

-Tenemos mucho que aprender el uno del otro, pero creo que nuestro enfrentamiento está escrito en el sino. Lo supe desde que me redimí de Ares.-

-¿Ares¿El dios de la guerra?-

-Así es.-

-A mí se me compara con Hades. Dicen que mi cosmos es tan terrible como el suyo.- sonrió Sila enigmáticamente. Trataba de ocultar su nerviosismo.

-Debo salvar a mi diosa, así que he de derrotarte.-

-Yo también, así que no hemos de perder el tiempo.- El védico alzó la guardia con brillo nulo en sus ojos.

Los dos guerreros mostraron su energía y corrieron el uno hacia el otro. Sila esquivó los puñetazos de Saga, agachándose frente a su costado y embistiendo con su cuerpo. Géminis saltó al suelo y giró levantándose artísticamente. Tras proferir un grito, una cadena de tierra persiguió al caballero del deseo que saltando, hábil, congeló con sólo quererlo.

Sila se postró sobre los hombros de Saga y se impulsó en ellos para volver a brincar y dar una voltereta aérea hacia atrás. Con sus manos guió un afluente de agua, congelada hacia el dorado.

Géminis corrió rápido a un lugar donde estuvo a salvo del ataque. El hielo parecía ser el punto fuerte de su rival. El védico le siguió, encorvando su cuerpo y dando zancadas larguísimas. Tan sólo le bastó una para cubrir los escalones del estereóbato de la gran catedral.

Los dos contendientes estaban en el interior de un soportal oscuro, en cuyo centro se alzaba una preciosa y trabajada puerta.

Los guerreros sólo se guiaban por las cosmoenergías pertinentes. Saga apareció por sorpresa ante su rival y casi logró rozarle con una patada. Sus fuerzas estaban igualadas por el momento y los dos los sabían. Iba a ser un combate de mil días.

El caballero Sila se detuvo en seco e hizo explotar su cosmos iluminando la zona por un segundo, dejando ver las losas de aquel suelo precedente a la catedral. Éstas eran sobrias y grises. Por el contrario, las paredes del soportal, pseudo góticas, culminaban la combinación de estilos con las columnas trajanas del lugar, grabadas con escenas cotidianas. Una de ellas se agrietó y finalmente cayó vencida al suelo por la agresión.

-Tu cosmos ilumina la oscuridad.- dijo Saga. No esperó respuesta alguna, pues su objeto era provocar una terrible explosión que llevara a Sila a un desconocido espacio. -¡Ilumínala en otra dimensión!-

El universo apareció envolviendo a ambos caballeros, y una malla verdosa les enjauló. La presión del ataque forzó el cuerpo del védico, que comenzó a sufrir embestidas.

-¡Desaparece!- El caballero de Géminis juntó sus brazos e hizo implosionar el trocito de misterio para que desapareciera. Todo quedó sepultado en el silencio.

-Parece que he tenido suerte… Voy contigo, Shaka.- Saga se apresuró a buscar la entrada de la catedral. Cuando estuvo a un paso de ésta, sintió una presencia tras de sí.

-¿No crees que vas demasiado rápido, caballero?- La voz angelical de Sila le provocó un frío sudor en su frente. El védico del deseo había sobrevivido a una trasmigración dimensional sin dificultad.

-Digamos que se me olvidó decirte que mi poder no es solo el del hielo. ¿O acaso sí te lo dije y decidiste no escucharme?-

La sonrisa del védico era fingida, pero ante Géminis era un auténtico símbolo de causticidad. El aliado de Atenea no aceptaba que aquel joven de tan delicado aspecto fuese tan poderoso, y aún menos que pareciera indolente ante todo.