Parte 24: Noesis del pasado
El destello del silencio impuso su doctrina dictatorial entre Sila y Saga. Las puertas de la catedral de tinieblas se abrieron poco a poco, lentamente, como si levitaran y sus bisagras rechinaran prolongada, pero sutilmente.
-El último bastión entre vosotros y Soma. Estás tan cerca que temes por fracasar, ¿cierto?-
-Quizás sea demasiado tarde ahora que sólo quedamos Shaka, los críos y yo. Creo que es lógico temer, ¿no?-
-Así es. Yo también temo por vosotros.- respondió el védico de melena oscura.
-Sila, este combate nuestro… ¿no te das cuenta de lo estúpido que es?-
-Tus motivos, entre los cuales está Atenea. Yo también actúo por motivos.-
-¡Maldición!- Saga golpeó el muro contigo a la puerta. Todavía no había pensado entrar.
-¿Es que no has visto lo que le ha pasado a tu patria?- El dorado no podía concebir tanta pasividad en su enemigo. Había actuado como si nada ante la destrucción de Parnase, sabiendo al igual que todos que había sido en parte obra de Soma.
-Mi patria, mi potestad y mi familia ha sucumbido. Mis amigos, hermanos queridos están sepultados ya en mi corazón. Tan sólo una llama me hace vivir, y tu cara de desprecio me motiva a querer segar tu vida.-
El guerrero de armadura rosada caminó al interior de la fabulosa catedral, decorada y sobrecargada con estatuas de ángeles, pilastras ornamentadas, arcos entre éstas... Los capiteles eólicos de las columnas evocaban belleza. La oscuridad del interior era sólo paliada por el reflejo de la luna en las vidrieras de mosaico multicolor y las velas que, colocadas cada dos arcos, iluminaban. Al final del recibidor principal una escalera ascendía en espiral hasta algún lugar alejado de la vista. Sendas puertas de madera abenuz custodiaban dos habitaciones de contenido incógnito a los lados.
-¿La belleza de este sitio?- preguntó Saga maravillado.
-Alza tu cabeza y mira la bóveda. ¿Ves justo cuando las escaleras de caracol parecen perderse en las alturas?-
-Sí.- asintió el caballero de Atenea.
-Es ese el lugar al que debéis llegar. Allí está el origen de todo mal. Observa con cautela los grabados que hay.-
Entre ligaduras y combados, Géminis pudo ver pinturas que ridiculizaban a los dioses. Zeus tragaba algo parecido a un falo arrodillado, el cuerpo de Ares era amorfo, Artemisa, Apolo, Atenea, Hefesto… Todos y cada uno de ellos aparecían tan ridiculizados que aquello se asemejaba a una profanación mística.
-¿Qué tipo de ser es Soma?- cuestionó Saga atónito.
-…- Tras el silencio de Sila, la rabia se hizo notar. -Soma… es… el ser más terrible y poderoso que jamás hayas visto. El poder de Zeus al principio de los tiempos era semejante al suyo, pero ahora que el conjuro del sol ha acabado… es algo inimaginable. Este combate ya ha trascendido los niveles de nosotros, los humanos. Soma ha ganado…-
-¡Todavía no!- Gritó Saga. El eco reverberó por toda la nave. -¡Espera…! Tu…-
-Yo... ya te he dicho que tan sólo hay una cosa que me mantiene con vida.-
-¿No puedes hablar?- El védico asintió. Estaba siendo vigilado con seguridad.
-El dios de la luna es terrible. No os enfrentéis a él. Con suerte, os dejará vivir.-
-Algo me dice que esas palabras… no son tuyas.-
-Al fin y al cabo… palabras son. No soy maestro de oratoria sino de sufrimiento y deseo. Es hora de que acabemos con esto.- Saga sonrió. -Estás siendo vigilado…- pensó.
En el centro del recibidor de la catedral los contendientes se examinaban. Una terrible lucha iba a comenzar. El caballero dorado caminó de lado procurando hallar algún punto débil en Sila. El védico amanerado le imitó, pero sólo con su mirada.
Saga saltó a ras de suelo para tratar de propinar un rodillazo a Sila. Éste lo esquivó raudo y aprovechó el hueco que vio para encajar un puñetazo, que fue bloqueado por el dorado. Los dos estaban empatados. Tras que ambos saltaran atrás, volvieron a correr e hicieron chocar sus cosmos levantando trozos de mármol del suelo con su solo impacto.
-¡Abrazo Polar!-
El inmenso poder gélido de Sila falló criogenizando la bella estatua de una dama desnuda. Géminis extendió su mano y una esfera morada brilló en ella.
-¡Azote oscuro!- Como una flecha veloz, el caballero de Atenea impactó en el costado de su oponente haciéndole caer al suelo. -Este combate se prolongará demasiado.- dijo Saga.
-Precisamente por eso lo disfrutaré. Será mi penúltimo combate si no es el último.-
El joven caballero del deseo se agachó a un paso de Saga y arremetió con su puño alzándolo al aire. Sila acababa de usar su Temblor Aéreo, aunque el agredido consiguió girar en el aire y caer de pie.
-¿Eres siempre tan apático?- Un hilo de sangre resbalaba por la mejilla del dorado.
-¡Rompedor de Tierra!-
El suelo de la catedral comenzó a levantarse para alcanzar al védico, que se impulsó al aire y lo congeló todo nuevamente con su abrazo polar. Apoyándose en una columna, aprovechó para tratar de propinar una patada en la mejilla de Saga fallando estrepitosamente.
-Eres un guerrero formidable.-
El védico colocó la mano en su corazón. Palpitaba más rápido de lo normal. El aumento de su cosmos era inevitable. El grito del védico resonó bajo la altísima cúpula de la catedral de Soma.
-¡Fulgor Gélido!- Cientos de ondas de frío y nieve lo inundaron todo, y el resplandor de luces desapareció al romperse los cristales de la gran vidriera que había al fondo. Su ruido fue incrementado por la capa de hielo que cubría la sala entera. Sin embargo, Saga no había sido objetivo del ataque.
El caballero de oro se concentró todo lo que pudo para buscar algún hilo de energía que le llevara a un posible observador. Tan sólo percibió un aura divina que todo lo envolvía.
-Entiendo. Hay una forma de que comprenda ese mensaje, ¿sabes?- susurró el aliado de Atenea mientras extendía su puño. -¡Atácame con tu técnica más poderosa!-
Sila abrió sus ojos todo lo que pudo y frunciendo el ceño, hizo estallar su cosmos, agrietando hielo, suelo y columnas, pared y estatuas. Su aura estalló en un rosa que se combinó con el profundo dorado que la armadura de Géminis profería a su portador.
-¡Aura Invernal!-
Todos los fragmentos de hielo que se desprendieron con las explosiones de cosmos apuntaron como flechas al caballero de la justicia, avanzando hacia él con una velocidad soberbia. Saga recibió todos los aguijonazos siendo atravesado por éstos. Su armadura se perforó numerosas veces y su cuerpo fue cortado y herido todavía más. A pesar de todo, consiguió extender su puño y saltar violentamente provocando un aguijonazo fuerte en la frente de Sila.
Ambos contendientes cayeron al suelo. Un cerco de sangre rodeó a Saga, cuyas intenciones eran desconocidas incluso para el propio Sila.
El caballero del deseo quedó sumido en una especie de sueño en que yacía una noche de invierno, sobre la nieve, bocabajo. El frío era intensísimo y apenas estaba cubierto por una harapienta ropa. Podía saborear en la boca su sangre como si tuviese alguna herida. Sila levantó con algo de esfuerzo y notó que su cuerpo no era el mismo.
-¿Saga?-
-Si… Sila.- Murmuró un hombre herido en el suelo.
-¡Lartius!-
-¿Tan fuerte te he golpeado que no recuerdas ni quién es ese trozo de escoria traidora?- preguntó un hombre viendo que Sila había levantado.
-¡Tú eres…! ¡Pales de Megera!- Aterrado, el joven miró a su lado y vio aquello que más amaba: Lerne, que observaba bajo la luz de la luna.
-¿Sila? ¡Estás vivo!- La chiquilla cayó de rodillas y comenzó a llorar.
-¡No te atrevas a poner un dedo sobre ella!- gritó Sila, que estaba encerrado en el cuerpo de su yo de hace ocho años.
-¡Estirpe de traidores! ¡No servís ni para morir!- exclamó Pales, el imponente guerrero.
Aquello estaba sucediendo como en los recuerdos de Sila. El hombre de cabellos negros y cortos era el mensajero de la muerte de nuevo. Su armadura blanca le confería un aspecto aristócrata: Pales era un sirviente de Egaria.
-¡Corred, hijos!- exclamó el hombre que en el suelo estaba. Toda su frente sangraba y teñía la nieve en rojo. Sin dudar, Sila agarró a su hermana bruscamente y corrió, corrió y corrió con ella.
Las cosmoenergías de Pales y Lartius emprendieron un combate sin igual en que la de éste último, por cansancio u otra cosa que nadie había notado, comenzó a deshacerse. Sila y Lerne llegaron a una laguna en la que apenas se veía nada. Los jóvenes se refugiaron agachándose tras una gran piedra.
La chiquilla, temblorosa, abrazó a su hermano, tan protector y amado suyo. Sus palabras sonaron temerosas.
-Pa… ¿padre ha muerto?-
-…- El silencio de Sila habló por sí solo. -Esto es demasiado real como para ser un sueño.-
-Sólo me quedas tú.- dijo la pequeña colocando su cabeza entre los hombros del joven.
Sila casi había olvidado el perfume de su hermana y agradecía a aquello que estuviese sucediendo el regalo. El joven respondió al mimo con un protector abrazo.
-Te amo.- susurró a su oído. Lerne besó el cuello de Sila delicadamente. -Moriremos juntos.-
Miles de imágenes corrieron por la mente del védico a tal velocidad que sólo pudo dejar caer lágrimas. Su pasado era terrible y tan sólo vivía para olvidar. Desde la muerte de Lerne y su posterior entierro en el fondo del lago, un recuerdo eterno había atormentado la cabeza de Sila como si de una mala pesadilla o una terrible canción se tratara.
-Sila…- La ruda voz de Pales resonó entre los árboles. El guerrero de Egaria había llegado a la laguna y no escatimaba sus gritos. El cosmos que el hombre irradiaba no era otro que el de un demonio.
Lerne cerró los ojos y apretó más y más su cuerpo contra el de su hermano. Finalmente, los pasos del caballero de Megera comenzaron a oírse.
-¿Así que aquí os escondíais?- Dijo mientras destrozaba la roca con un golpe seco. Sila consiguió proteger a su hermana siendo herido en el brazo derecho al caer.
-¡Todo está sucediendo demasiado rápido!- pensó.
El joven de cabellos negros levantó del suelo y extendió sus brazos. No pensaba dejar a Pales bajo ningún concepto, herir a quien más quería.
-Lerne, yo te protegeré aunque me cueste la vida. Te lo juro… por mi amor.- El impulsivo crío saltó con los ojos impregnados en lágrimas y un terror horrible en pos de herir a su enemigo. El débil golpe que propinó ni tan siquiera movió al crudelísimo.
-¿No te da vergüenza? Casi adulto y careces de fuerza… ¡Lluvia Demencial!-
El muchacho protector fue impulsado al aire y varias ráfagas de viento le zarandearon. Cientos de lanzas finas como agujas atravesaron su cuerpo destrozando su ropa y su cuerpo adolescente. La frecuencia de los aguijonazos era tal que parecía un sólo golpe prolongado. Finalmente, Sila cayó al suelo de espalda al lado de su hermana. La violencia del golpe fue tal, que el rostro de la bella niña de cabellos negros y melena larga y ondulada fue ensuciado con el contraste de la piel macilenta y la sangre del herido.
-¡Sila!- gritó espantada. El amor de la chiquilla la mantuvo en el sitio, clavada y a la expectativa de una agresión de Pales, pues su misión era matar a todos los miembros de la familia traidora y ya caminaba hacia ella con el brazo perpendicular al cuerpo.
El general de la Furia trató de atravesar el corazón de la pequeña, pero Sila se interpuso llevándose el golpe. De nuevo fue impulsado golpeándose contra el tronco de un árbol que había a unos metros. El lamento del muchacho fue estruendoso.
-¡¡Lerne!!- gritó prolongando su aliento.
-La crudeza del destino es así, joven. Tu padre intentó robar el Elixir de Soma. No tenía autorización para entrar aunque fuese caballero del deseo.- Tras las palabras del amenazante guerrero, éste último mentado, Lartius, apareció caminando herido en auxilio de sus hijos.
-¡No luches contra él, Sila!- gritó. Su rostro estaba demacrado por los golpes.
Saga, habiendo utilizado su Ilusión de Satán Imperial, observaba el pasado y voluntad del caballero del deseo, que reproducía con exactitud en sus recuerdos lo que pasó aquel día.
Lartius, cuyo sentido de la justicia, que aunque aguzado era incomprensible, luchó con todas sus fuerzas, pero un violento trueno azul le arrastró en volandas justo a los pies de su hijo. Una nube rojiza cayó tras de sí.
-Pa… padre.- También la pequeña Lerne corrió hacia su progenitor. Lartius miraba orgulloso a su hijo, que pronto sería un hombre. Notaba cómo la vida se le escapaba, y a pesar de todo, tuvo fuerza para agarrar la mano de Sila.
-Hijo… yo tengo un deseo. Mi deseo es que…- antes de terminar, Sila clavó su mano en el cuerpo de aquel que le había dado vida. El hombre, aunque atónito, esbozó una última sonrisa. Su mano no pudo hacer más y cayó chocando contra la hierba.
-¡¡Sila!!- gritó la chica. -¿Por qué?- Lerne cayó arrodillada y comenzó a llorar en el regazo de su padre.
-¿Has matado tú a tu propio padre? ¿Es que acaso ya te has resignado a morir, o es que quieres limpiar tu honor?- preguntó. Pales no obtuvo respuesta, pero un halo rosáceo envolvía a Sila.
-Tu padre estaba destinado a acabar con la vida de caballero, ¿pero a manos de su hijo? ¡Resulta irónico!- El guerrero de Megera emprendió el vuelo mediante un salto que le acercó a los hermanos. El impulso de su cosmos les tiró al suelo. Pales agarró el cuello de la niña y la levantó.
-Lo siento… pero las órdenes son órdenes.-
-¡¡No!!- gritó el muchacho que casi no tuvo tiempo ni para acabar de levantarse. La mano del caballero de blanca armadura atravesó el pecho de la cría como sin dificultad.
-Ya sólo me quedas tú, mocoso.-
Lerne fue arrojada al suelo. Aún no había muerto, y desde el suelo pudo contemplar a su hermano y amarle por sus últimos minutos. Ella deseaba que su final no fuera así. Como mínimo, a pesar de lo que había ocurrido, la niña no deseaba que muriera también su querido Sila.
-¡¡¡Lerne!!!-
El rostro de Sila palideció, y su cosmos, inexistente hasta ahora, despertó haciendo temblar todo Parnase. Su presencia era tenebrosa. Sus ojos perdieron el brillo y toda la humanidad que pudieran albergar. Extendiendo su mano, éste comprendió la última voluntad de su padre: La armadura de Soma del Deseo vistió su cuerpo por primera vez.
-Este era tu poder… cobarde, ¡y no pudiste ni defender a tu hija!-
-¡¿Qué?!- Pales no podía creer que la armadura del Deseo hubiera elegido a Sila como nuevo portador. Se decía que la armadura sería heredada por Salicio, el mejor alumno de Lartius.
-¿Cómo es posible?- preguntó.
-Mi padre era caballero del deseo, y por muy cobarde, deseó en su último minuto que yo le sucediera y así le vengase. No le vengaré a él, sino a mi hermana. ¡¡Cumpliré mi deseo!!-
Sila, nuevo caballero del deseo, bajo el influjo del impulso sexual que caracterizaba dicha armadura, arremetió contra su enemigo con tal fiereza que de un solo puñetazo en su coraza, la destrozó por completo.
Pales había recibido un impacto brutal así como que había notado que Sila había perdido el control de su poder. Superaba con creces a su padre y no tenía más remedio que usar su técnica más poderosa: El Aliento de la Tierra.
-¡¡Aliento de la Tierra!!- gritó el enemigo del nuevo védico alzando sus brazos. Un manto azul envolvió a Sila y decenas de explosiones gélidas se sucedieron destrozándolo todo a su paso. El cosmos desencadenado por Pales fue semejante al de un caballero de oro.
-Mi técnica es la más terrible que puedas imaginar. Recurre al poder de la madre tierra para congelarlo todo mediante explosiones gélidas. ¡Con esto he cumplido mi misión!-
El caballero del deseo estaba bajo una crisálida cristalina preciosa, y a los ojos de la moribunda Lerne, más bello que nunca. Su hermano ahora ya no sólo le evocaba amor, sino algo todavía superior.
-Her… ma… no…- susurró. Sila abrió los ojos y destrozó el escudo de hielo con la fuerza de su aura.
-Que un caballero como tú matase a mi padre está bien, pero que con tu miserable poder hayas herido mortalmente a la persona a la que más quiero no tiene precio. ¡Me conformaré con tu muerte!-
Sila del Deseo barrió con su brazo la zona del suelo en que estaba Pales, haciéndola explotar. Cuando el guerrero saltó intentó contraatacar, pero quedó descolocado tras ver que el muchacho de cabello negro había desaparecido. Sin más explicaciones, tras un ruido breve como el de una rama al quebrarse, Pales cayó de boca y su cosmos se extinguió.
-Hermana…-
Sin dar importancia a la muerte de su enemigo, Sila corrió a donde la niña estaba. Ella se había tumbado boca arriba. Lucía un aspecto algo cianótico, pero todavía conservaba la belleza del brillo de sus ojos y el resplandor de sus bucles oscuros a la luz nocturna. Todo su vestido estaba manchado de aquel líquido que tanto había empezado a odiar el joven.
-Lerne… hermana… te pondrás bien.-
-Te amo. Sólo quería que lo supieses…- dijo con voz quebrada.
-Tan pálida…- Sila la abrazó con fuerza y a pesar de que ella se quejó unos instantes, no la soltó. Sabía que en el instante en que sus brazos dejaran de rozarla, ya no lo harían más.
-Te sienta tan bien esa armadura… lástima que no la vaya a ver más.- rió la joven, notando cómo reverberaba su voz en el pecho del caballero.
-¿Sufres?-
-Sufro porque no he muerto a manos de quien más quería. Por favor, cumple mi deseo…-
Sila, comenzando así su maldición, no tuvo más remedio que levantar con todo el dolor de su alma, dejando el casi extinto cuerpo de la chica en el oscuro prado.
-¿El Aliento de la Tierra? ¿Un poder tan débil como el suyo ha acabado contigo? Yo te prometo, hermana mía, que del frío sacaré mi fuerza al igual que con este ataque que tomo de Pales cumpliré tu deseo.-
El aura del caballero estalló de nuevo coloreándolo todo en rosáceo. Los brazos del muchacho se extendieron y éste gritó el nombre, a partir de ese momento, tabú: El Aliento de la Tierra, que como un aluvión de explosiones cristalinas, dejaron el cuerpo de Lerne helado en el suelo.
-Lerne… la muerte más dulce es la que el frío proporciona.- dijo mientras se agachaba y se acercaba a sus labios. -Descansa en este lago por la eternidad y quédate para siempre en mi recuerdo. Sólo quiero decirte que te amo.-
Sila besó los labios helados de la joven por última vez, e introduciéndose en el lago con ella en sus brazos, la dejó hundirse en éste. Lerne siempre estaría en el corazón de Sila y en Parnase. Aquella fue la verdad y así la recordó el védico con el golpe de Saga. Todo se tornó en un negro inmenso. El recuerdo desapareció.
-¿Y ahora? ¿Qué sentido tiene mi existencia?- se preguntó el caballero del deseo mientras secaba sus lágrimas.
Saga apareció ante Sila. Tan sólo le miró a los ojos con ternura.
-Has revivido tu calvario. Todo tu amor te fue arrebatado. Ahora sé por qué luchas.- dijo sonriente.
-Tan sólo busco la muerte. De no ser por la última llama que queda encendida en mi vida, habría sucumbido a ella ya.-
-Pero todavía te queda algo, ¿cierto?- preguntó Géminis con perspicacia.
Los ojos del védico se iluminaron, como si hubiera salido de un coma eterno. Su pensamiento sólo veía el cuerpo de Alecto empapado en sangre.
-¡Alecto!-
-La vi mientras rememorabas tu pasado.-
-Yo la herí. Soma hará que se recupere si le entrego la cabeza de Atenea.-
-Por eso es por lo que a pesar de odiar a Soma, has decidido luchar de su parte, ¿no es así?-
El caballero del deseo asintió y notó que la sub dimensión de Saga comenzaba a desmoronarse.
-Solo la recuperarás si derrotas a ese tirano. Por un motivo u otro, tenemos el mismo objetivo.- comentó el guerrero dorado.
-Ella es… mi diosa.-
-Pues lucha por ella.-
Sila caminó por el océano negro. Alzó la mirada e hizo arder su cosmos. Se proponía recuperar a Alecto como fuera.
-Tengo la facultad de cumplir los sueños que no son míos. Dime qué quieres. Te lo daré a cambio de que la protejas enviándola a otra dimensión donde Soma no sepa que esté. Tan sólo pido una oportunidad para ella. Mándala al pasado, al futuro… a un mar de tinieblas como este, pero que sólo tú sepas dónde está, de forma que quede alejada de ese malvado.-
-¿Cómo sabes que mi poder es el de abrir dimensiones?- Saga estaba sorprendido.
-Porque tú eres el caballero de oro más temido. A cambio, yo buscaré la cura para tu diosa.-
-¿¡Cómo!?-
-Así es. Sé lo que hay que hacer para sanar sus heridas. De la misma forma que fue herida por un cuchillo impregnado en el Elixir de Soma, no sanará hasta que no lo ingiera o en su defecto, beba la sangre de otro dios. Yo iré a por el Elixir.-
-No tenemos mucho tiempo. A causa de tu ataque, mi poder está decreciendo.- comentó Géminis, que sentía cómo le abandonaban las fuerzas.
-Luego aceptas, ¿no?-
-Así es. Si no nos apoyamos ante un enemigo como este, será imposible obtener la victoria. Puede que Atenea sea nuestra última esperanza.- Tras hablar, suspiró tristemente. -Por cierto, no desestimes el poder del Aliento de la Tierra.-
-Caballero, borraré mi cosmos de tal manera que parezca que me has derrotado. Es la hora de poner las cosas en su sitio.-
Todo quedó en calma bajo la cúpula de la catedral de Soma, y en silencio, tanto Sila como Saga caminaron cada uno por un lugar: El védico se dirigía al mismo lugar en que su padre fue descubierto aquella noche por Pales mientras Saga lo hacía en dirección a los templos de la catedral.
-Sila, prometo que lograré cumplir nuestra promesa.- Se juró el caballero de Géminis a sí mismo mientras subía peldaño a peldaño la escalera de caracol, a cuyo lado externo, una serie de columnas la sostenían.
Tras el terrible combate de Sila y Saga, el dios de Parnase, envuelto en una blanca palla levantó de su trono. Sus pasos fueron dirigidos hacia el balcón que había al fondo de la iglesia, donde debía estar el ábside, casi bajo la bóveda de arcos entrecruzados. La luna había tomado su brillo inicial, pero la noche era perpetua.
-Señor Soma…- llamó Egaria.
-¡Al fin!- Soma se giró para ver a su Furia favorita. Esbozó una sonrisa lasciva. -¿Qué opinas de esos caballeros de Atenea?- preguntó con tono irónico.
-Nuestra élite se deshará de ellos. Tan sólo quedan cuatro de los cuales dos no pudieron ni derrotar a los guardianes de las atalayas.-
-Son esos críos. Ya están en el templo de Tadeus, ¿cierto?-
-Así es, mi señor.- La Furia parecía un ángel sin alas al mando de aquel general del miedo.
-Egaria, tú sí que me comprendes… Quiero que acates otra de mis órdenes.-
-¿De qué se trata?-
-Quiero que me traigas a Laertes y Antíclea.-
-¿¡Cómo!?- exclamó la bella muchacha pelirroja. -¿He oído bien?-
-Así es.-
-¡Pero sus armas son…! ¿Acaso va a luchar usted contra nuestros enemigos?-
-No son los caballeros de Atenea quienes me preocupan. Aunque no pueden llegar a Parnase gracias al Conjuro de Sol, antes de ejecutar el nuevo orden, hay que destruir lo existente. Mira la bóveda.- sugirió.
-¿Qué sucede con ella?-
-Los pinturas de dioses que hay allí, por ridículas que parezcan, albergan la esencia de los dioses, sólo destruible por Laertes y Antíclea. Con su poder, desaparecerán de la bóveda en cuestión de segundos. ¡Y los verdaderos dioses se extinguirán con ella!-
Las armas de Soma habían dormido miles de años, y estaban esperando este momento desde la era mitológica. Al igual que el dios de la luna fue borrado del recuerdo mitológico, éste pretendía hacer lo mismo con sus rivales, los divinos, que, por una vez, dependían de los humanos.
Laertes era un bello y largo estoque de un metal desconocido capaz de cortar el espacio, tan afilado que sólo con mirarlo podía herir. Los grabados de su empuñadura escribían su nombre en un griego arcaico. Antíclea, por el contrario, y a pesar de ser otro estoque igual de largo, destacaba por su contundencia y la habilidad para destruir todo lo que ante ella se colocase.
Megera Egaria se puso de camino a aquel naídion prohibido en que sólo ella había estado antes custodiando dichas armas: la cámara de los estoques, en la que un cosmos tan intenso las sellaba con fiereza. Sólo una de las tres furias podía destruirlo con su voluntad.
Tras que la bella joven abriese la puerta que separaba la nave principal de la sala, un aura maliciosa enturbió el ambiente. Entre dos estípites antropomorfos con una mujer diferente grabada en cada uno de ellos, se cruzaban los dos estoques que traerían la desgracia para aquel que no fuese un elegido de Soma.
