Parte 25: Decadencia de un maestro
Se dice que la maldad arrasaría todo lo que a su paso se encontrase, y el poderoso cosmos que inundaba el cuarto torreón de la catedral de Parnase era abrumador. La energía de la luz y la de las tinieblas, cuyo sello estaba custodiado por la Furia Egaria, iba a ser liberado a continuación.
El cabello ardiente de Soma se meció con el viento al unísono de su sonrisa, maliciosa y terrible. El estruendo de la catarata de Parnase se hizo más fuerte, como el poder del dios en aquel momento. La pálida túnica que llevaba ondeó orgullosa de su portador, que caminó hasta el umbral del naídion prohibido.
-Adelante, mi princesa cenicienta.- susurró con tono lascivo. -Rompe el sello de mis armas.-
La poderosa y a la vez bella mujer se adentró un poco más en la pequeña sala. Su sola presencia hizo reaccionar a las armas, que brillaron como espejos. De repente, comenzó a musitar palabras en una lengua extraña incluso para Soma. A cada sílaba, la protección susurraba. Con cada palabra, el poder de los estoques iba siendo liberado. Tras más de cinco minutos, un temblor acabó por quebrar una de las columnas antropomorfas. Ellas eran el secreto del sello.
-¡Redimíos de vuestro poder, armas de Soma! ¡Gloria insigne para él!-
La segunda columna también fue rasgada en lo más íntimo de su silueta de mujer. El campo de fuerza que retenía a Laertes y Antíclea desapareció, y ambas espadas cayeron al suelo.
-Uggh…- La Furia cayó de rodillas al suelo.
-¡Maravilloso, Egaria! Sabía que lo conseguirías. No en vano era parte de tu destino romper la celda de mis armas.- Soma cogió a la chica por el cuello violentamente y casi estrangulándola, la besó en los labios con pasión y desenfreno. El fuego en los ojos del Dios era aterrador.
Tras el beso, sólo dio dos pasos. Soma se agachó y empuñó a Laertes. Tras sentir su poder como un orgasmo, se aventuró a recoger a Antíclea. La resonancia cósmica entre las armas era casi armónica. Ambas emitían un silbido como si buscaran un tercer elemento.
-Mis preciosas armas… buscáis el poder de la luna, ¿no es así?- Megera observaba con los ojos tan abiertos que no hubiera podido parpadear aunque lo quisiese. Soma salió de la pequeña habitación envuelto en llamas blancas.
-¡Leúcade, titánica Armadura de poder ilimitado, cubre mi cuerpo!-
Una explosión en el centro de la nave de la iglesia del torreón hizo que las piezas de la armadura de Soma volaran por los aires y cambiaran su aspecto, adquiriendo un color oscuro, como el negro de obsidiana pura. Cuando la vestimenta divina le cubrió, una segunda explosión lo llenó todo de polvo.
Desde sus ojos, Egaria pudo ver algo que la hizo llorar. La pura beldad primigenia estaba ante ella. El rostro del Dios, inspirador de terror aumentó su malicia aparente. Su frente estaba protegida por una gema esmeralda engarzada en un hilo de metal finísimo y abenuz, que a modo de diadema, hacía las veces de casco. La coraza de Soma, imponente, remarcaba su pecho y abdominales así como su costado escalonado. Casi sin orden aparente, era frecuente ver piedras preciosas más pequeñas que las de la corona atrapadas. Las hombreras eran igual de negras que el resto, y estaban grabadas por unos dibujos rúnicos asimétricos de significado incógnito y coloreados en el imaginario tono de sus iris. Brazales, perneras y cinturón, de mismo tono y grabados, protegían a su amo sin dejar parte de sus ropajes visibles. Laertes lucía en su diestra, grisácea y fría. Antíclea en su siniestra más pálida y tétrica.
-El conjuro del sol ha sido un éxito. El poder de mi armadura ha sido aumentado con los cosmos de todos aquellos que vivieron desde la era mitológica. Los primeros caballeros, los últimos. Mi armadura se alimenta de los sentimientos y amargura de los demás, y nunca será derrotada.
-Se… señor Soma.- Egaria se arrodilló ante su dios, aterrorizada y enamorada a la vez.
-¡Levanta y avisa a tus hermanas! Es hora de que, al menos Euralia actúe.-
-¡A la orden!- La que hasta ahora había sido inspiradora de pesadillas fue temblorosa a donde sus hermanas descansaban sin rechistar.
Cerca de los torreones de Soma, en el quinto templo de la catedral, el más oscuro posiblemente, Cletus y Estela se detuvieron.
-¡Dime que no estás sintiendo ese cosmos!- preguntó el joven.
-Estamos cerca… ¡¡y es abrumador!!- Estela corrió al pequeño jardín del templo y miró hacia el cielo. Sobre ella, pudo ver cuatro torreones que nacían de la nada y se prolongaban en la altura. -¡Dios!- gritó conmovida.
-¿Qué sucede?- Cletus corrió a donde ella estaba y quedó igual de perplejo al contemplar la magia de Parnase. -Esto no… no puede ser.-
El cosmos de Leúcade hacía parecer que el templo estaba deshabitado. Sin embargo, entre las tinieblas, un espectador miraba atentamente.
-Al fin…- susurró.
Volviendo al interior del templo, Cletus y Estela se relajaron. No asimilaban la cantidad de energía fluyente que les envolvía.
-¿Dónde nos hemos metido, Estela?- El pesimismo en él era latente.
-No puedo creer que después de tanto te vengas abajo. ¡Tú no eres así!-
-Soy un simple caballero de bronce que nada puede hacer por salvar a Atenea.-
-¡Eso no es cierto! ¡Sabes que tu cosmos es enorme!- replicó la preciosa chica, que se aventuró a acariciar el rostro de su novio. -¿Por qué crees si no que Milo te adoctrinó?-
-¡Milo, mi maestro ha sido derrotado! Yo solo soy una sombra de él, incapaz de hacer nada.-
Cletus, decepcionado, se sentó en el suelo. Todavía le dolía algo la pierna y no pudo evitar emitir un gritito. La chica, también cansada, le acompañó bajo la oscuridad del templo.
-Vamos, ¡no seas tan pesimista!-
-¿Pesimista? ¿Acaso percibes el cosmos de todos los caballeros que vinieron con nosotros? ¡Ni tan siquiera el de aquel caballero que acompañaba al maestro a veces! ¿Era Camus?-
-Cletus, ese hombre, Shaka, nos dijo que luchásemos por Atenea. Que con su ayuda haríamos que volviese a la vida. ¡Hemos de conseguir ese elixir que la devolverá a la vida!-
-¡Lo sé, demonios!- gritó. Por un instante, sus ojos se abrieron de tal forma que parecía haber visto un espectro.
-¿Qué sucede?- Estela se sobrecogió al ver que el muchacho levantó de repente.
-¡No estamos solos!-
-¿Cómo?- respondió mientras levantaba. y miraba a donde el joven. -¡Ahí sólo hay tinieblas!-
Estela no creía en sus propias palabras, pero el terror la incitó a decir aquello. Era cierto que bajo el inconmensurable cosmos proveniente de alguna parte de Parnase, un pequeño rastro se podía percibir en aquella sala. El rastro no era desconocido, pero sí extraño.
-¡No puede ser!-
-¿¡Qué?!- Los dos niños se paralizaron de miedo.
Una sombra caminó hasta salir del umbral de tinieblas y colocarse bajo la luz que entraba en la naos por el jardín. La luz reveló a un hombre de sedoso pelo negro y corto. Sus ojos mostraban la apatía del gris y sus facciones eran terriblemente serias. Aquel caballero portaba una completa armadura de color rojo untuoso en cuyo pecho, alineados, los grabados de los cuatro elementos decoraban.
-Hola, Cletus… ha pasado mucho tiempo, ¿no?-
-¡Pero si… si usted…! ¡Usted murió!-
-Ya ves que no…- respondió con voz áspera. -Estos tres años he seguido con vida.-
-¡El maestro de Cletus!- gritó Estela horrorizada.
-Ciertamente. Estás preciosa, Estela. ¿Sabes que os he estado esperando a los dos?-
-¡Cómo sabías que… estaríamos aquí!-
Tadeus caminó despacio hasta llegar al pequeño cuerpo del que fue su alumno. Mirándole con indiferencia, cerró sus ojos.
-Veo que sigues enzarzándote en peleas, ¿no?-
-¡Entonces, aquello que se decía en el santuario era cierto! ¡¡Usted traicionó a Atenea!!-
-Estás equivocado, Cletus. Nunca tomé la decisión de aliarme con ella. Tan sólo cumplía con mi misión de caballero de Soma. Sin embargo, tras obtener mi armadura de plata, decidí entrenarte y enseñarte todo cuanto necesitarías para llevar esa vestimenta que hoy portas. ¡Deshazte de ella!-
-¿Cómo?-
-¡Reniega de tu rango de caballero de Atenea y te otorgaré aquí, en Parnase todas mis enseñanzas! Hay armaduras de más rango a las que puedes acceder.
-¡Cletus!- exclamó la bella Estela tras que su compañero fuera golpeado brutalmente en el estómago y lanzado por los aires. El inexperto joven cayó irremisiblemente.
-Si decides seguir protegiéndola, no tendré más remedio que tratarte como a un enemigo.-
-¡No diga sandeces…! ¡Usted mismo me dijo que no debía traicionar el nombre de un dios!-
-Atenea morirá en poco tiempo. Udián es un maestro y sabe cumplir sus propósitos con margen de error cero.-
-¿Udián?-
-¡Debe referirse a alguno de los caballeros que asaltaron el santuario!- explicó Estela con dudas. Su cuerpo temblaba, pues sospechaba que su siguiente enemigo sería terrible.
Cletus levantó del suelo apretando su herida de la pierna, que había empezado a sangrar de nuevo. El dolor y el cansancio eran depredadores.
-¡Todo está ocurriendo tan rápido!-
-Gracias por protegerme aquel día de las palabras de Foas, el caballero de bronce que manchó mi honor, pero hoy sabes que sus palabras no fueron un error. Yo nunca fui fiel al santuario.-
-Señor Tadeus, le ruego que vuelva a vestir su armadura de plata.-
-¡¡Sigues siendo igual de estúpido!! ¿No ves que me quedaría completamente ridícula? ¡Me sería indigna incluso una armadura dorada!-
-Entonces…-
-No pienses estupideces. Un caballero de bronce como tú, que aún ha de aprender cosas de un maestro como lo puedo ser yo, no sería capaz ni de derrotar a alguien con una décima parte de mi poder. Nunca te me podrías oponer.- Tadeus sonrió sin maldad aparente. En el fondo seguía queriendo a su antiguo pupilo. -Así que ni lo digas.-
-¿Por qué? Todavía puedo llamarle maestro aunque Milo me acogiese en su seno. ¡¿Usted fue quien me enseñó todo lo que me concedió el honor de vestir a Calisto y ahora es mi enemigo?! ¡Me niego a creerlo!-
-Entonces acepta el papel que te he reservado en este santuario. Tu serás bienvenida también, Estela.-
-¡No mereces llamarte maestro!- gritó la niña con desprecio. -¡Cletus lloró por tu muerte! Sin embargo, todo fue mentira y hoy, tres años después le pides que regrese. ¡Tampoco mereces mi respeto!-
-¡Estúpida!- gritó el rudo hombre empujándola con su cosmos hacia la pared. El golpe fue tan duro que resonó el metal de su armadura quebrándose tras el empuje del choque hueco de su espalda. Estela tan sólo pudo quejarse con un grito fugaz tras el que cayó al suelo.
-¡No se le ocurra tocarla!- Cletus trató de sacudir a Tadeus con su poder, pero el puñetazo que iba a propinar fue detenido por la mano del védico.
-¿Ahora pegas a tu maestro?- preguntó el invencible apretando el puño y doblegando el cuerpo del pequeño hasta que cayó de rodillas. -Mi paciencia tiene un límite que se está empezando a acabar.-
-E… Estela…- musitó el joven cuyas lágrimas saltaron de sus ojos. Tadeus fue el caballero de plata de Orión por años y Cletus se negaba a creer lo que veía.
El védico sonrió dulcemente. En el fondo tan sólo los ideales eran lo que les diferenciaba. Cuando Tadeus alzó las manos, numeroso candelabros se encendieron como por obra mágica iluminando generosamente las paredes del templo.
-Los cuatro elementos, Cletus. Lo que nunca fue mentira. El espectro de agua, el del aire, el de la tierra y el del fuego. Sé que sigues creyendo en ellos.-
-Nada tiene sentido. ¡Usted fue mi ídolo durante estos últimos años!-
-Sigo siendo yo, Tadeus.-
-¡No!- replicó el joven levantándose.
-Todo es cuestión de prioridades. Por aquel entonces, yo era un caballero de Soma. Hace ocho años, no era nada. En este templo, fui entrenado. Un día, me encomendaron la misión de localizar el santuario de Atenas. Casualmente, tiempo después de obtener mi armadura, te conocí. ¿Acaso fue aquello mentira?-
-Pero me mintió diciendo que era un caballero de Atenea. ¡Sólo era un traidor! Eso es algo que me ha afectado.-
Tadeus no perdía su media sonrisa. Tan sólo se acercó a un palmo de su antiguo alumno y miró sus llorosos ojos. Tras coger su mentón, se atrevió a secar sus lágrimas.
-¿Qué te ha ofrecido Atenea? ¿Dolor y sufrimiento? Yo te ofrezco mi armadura de Soma y un poder sin precedentes. Nada ni nadie podrá doblegar tu sentido de la justicia, el cual lo forjarás tú, sin que nadie te coaccione. El santuario establece un único sentido de justicia. ¿Por qué somos nosotros los "malos"? ¿Acaso yo he matado a más gente de la que haya matado ese nuevo maestro tuyo?-
-¡Él es Milo! ¡Me ha enseñado más de lo que pueda imaginar!- contestó el muchacho de voz temblorosa.
-No tenemos tiempo. Si no decides venir conmigo, tendré que derrotarte. ¡Yo sí creo en la utopía de Soma! ¿Cuál es tu respuesta?-
-¡Cletus!- gritó Estela al ver que el joven no reaccionaba. -¡¡Flecha de Arcas!!-
La preciosa chica usó su poder de caballero lanzando un punzante haz de luz contra Tadeus. El caballero védico lo retuvo con sus propias manos y con esfuerzo casi nulo, lo revirtió contra ella. El golpe hizo que chocara de boca contra el suelo manchando de sangre su gris.
-No seas estúpida, mocosa… No vas a herirme con eso.-
La pelirroja levantó con sangre en su rostro. El alcance de su cosmos de bronce se alzó mientras saltaba a por su oponente. El caballero de los elementos la esquivó dos veces. Estela rozó con su rápido puño la faz de Tadeus, que apenas mostraba interés. Al cuarto golpe, cogió la pierna de la niña cortando su patada y arrastrándola con un brutal empujón hacia uno de los pilares. El impacto sonó prominentemente fuerte.
-¡Estela!-
-Elige, Cletus. Tu vida de fracasos con Atenea, o el triunfo conmigo.-
-Lo lamento… no puedo estar de su lado aunque lo desee. ¡Ahora no tengo más maestro que Milo del Escorpión!- gritó decididamente el portador de Calisto.
-Así sea, pues…- el brillo en la mirada de Tadeus se desvaneció, y su sonrisa tornó en un gesto hostil. -¡Ventisca desgarradora!-
Un temblor en el viento asustó al caballero de bronce, que, sin saber cómo, fue golpeado fuertemente por una masa de aire contundente. La agresiva brisa, tornó afilada y cortó y fragmentó parte de la coraza del joven que ya de por sí, estaba agrietada. Una nube de sangre le acompañó en su caída.
-Eso es todo, Cletus…-
-¡No!- gritó Estela. -Mientras uno de nosotros esté en pie, luchará hasta derrotarte. ¡Salvaremos a Atenea!-
-¿Unos críos sin experiencia como vosotros? ¡¡No me hagáis reír!!-
Tadeus dio tres zancadas y avasalló al cuerpo de la joven con su envergadura. Aprovechando la ventaja, golpeó su cabeza haciéndola chocar de frente contra el frío mármol.
-Creo que vas a sangrar mucho.- advirtió el védico.
-¡¡Estallido Estelar!!- El poder de Cletus fue sustancialmente mayor que el de un caballero de su misma categoría, pero ninguna de las destructoras explosiones rozó a su maestro que caminó entre la vorágine de destrucción.
-¿Ves lo que has armado en mi templo? ¡¿Cómo te atreves a rechazarme y destrozar mi hogar con las mismas técnicas que yo te enseñé?!- La violencia en el guerrero era considerable. -¡Muere, hijo de Atenea!-
Un terrible impacto hizo gritar a Cletus, que notó como la presión de la tierra en su estómago agredía. Otro terrible puñetazo cruzó su rostro hiriéndolo suciamente. Así, el guerrero de Soma comenzó a romper los vínculos con el que fue su pupilo.
-¡Muere!- El rodillazo que propinó al crío en la nariz fue mortal: el chiquillo cayó de bruces. Tadeus, sin embargo, había enfurecido como un demonio y necesitaba más violencia. A pesar de ser siempre tan frío como el hielo, perdió el control mientras corría hacia Estela, todavía en el suelo.
Agarrándola por el cuello, el védico la lanzó contra la baranda pétrea del jardín. Su fuerza era inconmensurable en comparación. Dando zancadas larguísimas, el hombre la rodeó con su cuerpo y comenzó a agredirla con saña. Los rodillazos, patadas y puñetazos que recibía eran colosales, y el aliento de la chiquilla era cada vez menor.
Estela notaba cada golpe vagamente. Ya no sentía demasiado dolor y parecía como si todo estuviese acolchado. Otro tremendo puñetazo que impactó en su oído hizo que la chiquilla no pudiese mantener su cuerpo en pie y cayera.
Las poderosas piernas de Tadeus seguían hiriéndola. El violento se sentía como un lobo sediento de sangre. Otra vez más cogió a la chiquilla del cuello y la alzó por encima de su cabeza mientras reía.
-¡No sabes lo que me gusta ver sufrir a una cría como tú!- gritó mientras la lanzaba al interior del templo. El cuerpo de la niña patinó varios metros rayando el mármol del suelo y chocando finalmente contra el cuerpo de Cletus. Ella sólo podía pensar ya, pues su fuerza había sido mermada casi en su totalidad.
-No… no la toques…- Calisto consiguió abrazarla con poca fuerza.
Ambos caballeros de bronce estaban sometidos a la violencia de un sádico rebelado. Con apenas un hilo de vida, el chico consiguió arrojarse sobre el cuerpo de su novia para protegerla.
-¿Ahora proteges a esa niña?- preguntó. -¡No mereces haber sido mi alumno! ¡Golpe Sáxeo!-
Cletus sintió un impacto en su espalda que le provocó un dolor espectacular. Su coraza se destrozó por delante a causa del impulso, como un castillo de arena sometido a una ventisca. No sólo piezas de metal se desprendieron, sino que la sangre fluyó por su costado y abdominales, cayendo sobre Estela y su agrietada vestimenta.
-¡Eso es! ¡Muere protegiendo a esa niñata! ¡Traiciona a tu diosa!-
-¡No comprendo qué demonios te pasa!- Cletus había perdido todo respeto por su maestro y le tuteó como cualquier enemigo haría. A pesar de que su voz era débil, se notó un tono de incomprensión hacia el védico. -¿Cómo es posible que cambies de temperamento en un minuto de la forma en que lo has hecho?- El crío tosió sangre.
La joven Estela podía ver al caballero a través del hueco que quedaba entre el brazo de su compañero y su pecho. Manaba un cosmos oscuro y su rostro parecía el de un demonio dominado por su maldad.
-¡Siempre quise perder el control, Cletus!- gritó Tadeus de forma agresiva. Milagrosamente, el muchacho detuvo la embestida con su brazo, cuyo brazal se destrozó.
Mientras el muchacho levantaba y su sangre se precipitaba al suelo, caminó despacio y se enderezó aumentando su cosmos.
-Estela, llevas razón. Puede que sólo seamos caballeros de bronce, pero definitivamente, nadie pisará nuestros ideales de justicia. ¡No en vano somos Caballeros!- El chico cerró su puño y saltó contra su antiguo maestro golpeándole en plena coraza. En ese instante, su cosmos creció y creció, haciéndole entrar en séptimo sentido.
-¿Qué crees que haces?- exclamó Tadeus extrañado mientras el joven daba un saltito hacia atrás.
-¡Aguja Escarlata!- El reflexivo Cletus lanzó un aguijonazo a un centímetro de su enemigo con éxito total. Con la fuerza de su cosmos había conseguido abrir un hueco en la vestimenta de su enemigo y luego usado las enseñanzas de Milo. El védico cayó al suelo de espaldas impresionado.
A pesar de que el joven había abierto un agujero en la armadura de Tadeus, su propio puño había acabado casi destrozado. Sólo había dado con una aguja de las quince totales.
-¡Sorprendente!- gritó Tadeus mientras levantaba. -¿De dónde sacas ese poder?-
-¡De mi Maestro!-
-Está claro que sigues siendo un astuto mocoso. ¡Quisiera borrar todos mis recuerdos hacia ti! ¡Mira cómo el efecto de tu golpe no ha surtido efecto en mí!- La armadura del védico se regeneró ante los ojos del incrédulo chiquillo. No podía creerlo.
-Sin embargo, la herida sigue ahí.- afirmó, seguro de sí mismo.
-Veo que no eres tan estúpido como imaginaba. ¡He decidido que antes de matarte, te enseñaré algún truco más para que lo utilices en el infierno!-
-¡Llamas del fénix volador!- gritó alguien desconocido. Un pájaro de fuego arremetió contra la espalda de Tadeus, que no pudo evitar el golpe cayendo al suelo.
La figura de un apuesto caballero de cabello ondulado y azul apareció sobre la baranda del jardín. Su armadura, de un gris azulado, tenía pequeñas decoraciones doradas en la coraza y la corona. Sus perneras, inundadas del mismo añil, se alzaban hasta casi rozar el delgado cinturón. Aquel hombre parecía llevar una cola de fénix por capa.
-Deberías luchar con alguien de tu tamaño, ¿no crees?- gritó con tono decidido mientras caminaba al interior del opistodomo.
-¿Qu… quién eres?- preguntó Cletus.
-Yo soy al igual que tú un caballero de Atenea.-
Tadeus levantó enfurecido y frunciendo el ceño. Su halo de energía no era en absoluto despreciable. Con una mirada penetrante, trató de asustar al nuevo enemigo.
-¡Muere tú también!- Un golpe de fuego impactó en Ikki, pero resultó ser una caricia, pues aquel guerrero venía del mismísimo infierno.
-Veo que no has notado que te ataqué con llamas, ¿no?- vaciló el recién llegado. -¡Te lo mostraré de nuevo! ¡Fénix volador!-
Otra masa de aire ardiente se concentró alrededor de Tadeus, y arremetió contra él llevándose lo que a su paso se encontraba. El mismo techo quedó destrozado tras que el ave centelleante explosionara. El cuerpo del védico fue arrastrado por la corriente.
-¡Crisálida de viento!-
Tadeus se envolvió en un manto de aire que alejó las llamas mientras caía. Finalmente, cerrando su puño en el aire, éstas se disiparon. El caballero de los elementos concentró su cosmos en las ráfagas verdosas y las dirigió al caballero de bronce. Como veloces cuchillos, sesgaron la carne de Ikki mientras en su momento último, tajaron varios tambores de columnas.
El cuerpo del Fénix goteaba aquel líquido rojizo que tanto parecía gustar a su enemigo. La brutalidad de éste, le llevó a que de un salto, clavara su rodilla en pleno rostro del aliado del bien, hiriéndole violentamente.
-¡Por más que seáis, no me derrotaréis!-
-¡No! Estás… equivocado.- musitó Cletus, que veía el desarrollo del combate. -Este caballero se ha arriesgado sin conocernos para salvar nuestra vida. ¡Él ha decidido su propio concepto de justicia a pesar de servir a Atenea!- alzó el tono imponiéndose mientras se enderezaba como si apenas tuviese heridas.
Al unísono de sus palabras, el joven sentía el tacto de su vida, gota a gota. A pesar de ello, miró a su salvador y le dedicó una dulce sonrisa.
-Gracias. Tras verte, he decidido ser yo quien decida. ¡Por favor, llévate a Estela y déjame solo con este guerrero! ¡Sé que puedo confiar en ti!-
Ikki, a pesar de estar herido y de saber que las posibilidades del chico eran escasas, decidió devolver la sonrisa y bajar sus puños. Aunque encorvado de recibir la lluvia de golpes, se alzó y caminó cojeando hacia la chica.
-Ya le has oído…- dijo.
-¡Cletus!-
-Estela. Voy a zanjar este capítulo de mi pasado. No os defraudaré ni a Milo ni a ti. Por favor, salva a Atenea.- El halo del chiquillo se incendió, provocando un estallido de cosmos. Ahora Cletus estaba rodeado por un aura dorada y parecía estar abrazado por su querido maestro Escorpio.
-¡Vosotros sois mi fuerza!-
-No pensarás que les dejaré salir, ¿cierto? ¡Sila no está en su templo y yo soy el último caballero védico que defiende esta fortaleza!- Tadeus parecía terriblemente enfadado.
-Y yo soy invencible.- El joven, incluso con su brazo derecho destrozado, alzó la mano y extendió una prolongación de la uña de su dedo índice. -¡Escapad!-
Ikki agarró a Estela de la mano y ambos corrieron casi tambaleándose por las heridas hasta la puerta de grabados rúnicos del templo que se suponía, llevaba al siguiente bastión protector de la catedral.
Tadeus intentó evitar que los jóvenes escaparan corriendo detrás de ellos, pero inmediatamente se encontró con el cuerpo de Cletus, que le retuvo con un solo puñetazo y le mandó al suelo. Con el golpe, otorgó tiempo de sobra a Fénix y Arcas para que abrieran el portón decorativo. Los heridos guerreros subieron unas escaleras tan oscuras como lo era el templo del guardián minutos antes del combate.
-¡Maldito seas, Cletus!- dijo el védico con una herida en su frente. -¡Tendré que matarte!-
-¡Aguja Escarlata!-
El muchacho usó el poder que su maestro le había regalado, añadiendo a los brillos rojizos un poder increíble. De todas las quince agujas, seis traspasaron la coraza de Tadeus con fiereza. Aunque su armadura se regeneró, el daño había sido conjurado.
-¿¡Cómo consigues penetrar esta armadura!?-
-No todo es el rango de la vestimenta. ¡El corazón determina el cosmos que tú nunca tendrás! ¡¡Aguja Escarlata!!-
Cletus estaba tan decidido a derrotar a su antiguo maestro que alzó su cosmos hasta el punto de igualar al de un caballero dorado, confiriendo un poder a las agujas incluso mayor al que les daba Milo. Esta vez, todas penetraron en la coraza del guerrero, y siete hilos de sangre chorrearon con presión mientras que por el resto del cuerpo, el líquido parecía salir de la propia armadura. Segundos después, de nuevo, el atuendo bendecido de Tadeus cerró las grietas sin sanar las heridas. El védico ya había recibido catorce de las quince agujas y no se podía mantener en pie con facilidad.
-¡Tú no puedes estar ganándome!- gritó. -¡Palacio Pálido!-
El caballero de Soma convocó el poder que jamás antes había usado contra un enemigo. Su energía se multiplicó, pues en el fondo, era consciente de que le quedaba poco tiempo de sensatez. El veneno comenzaba a surtir efecto haciéndole ver mal.
-¡Morirás conmigo!-
Todo el templo se agitó de forma brusca mientras columnas, paredes y estatuas se destrozaron. El suelo se agrietó partiéndolo todo en dos grandes mitades. El joven, que estaba justo en la zanja, recibió por sorpresa la aparición de decenas de estalagmitas que trepaban como si fueran seres vivos para cerrarle en un círculo de piedra. De la misma forma, de los destrozos del techo, Estalactitas sáxeas encerraron al crío a modo de fauces hambrientas. De la presión al contraerse el espacio en que estaba confinado, su armadura de bronce se iba destrozando más, hasta que finalmente, se quebró y Cletus fue atravesado y herido gravemente. El caballero de Soma abrió los ojos como un loco y cerró los puños provocando una terrible explosión que acabó por destrozar la naos por completo y arrasando todo el jardín con fuego…
Tadeus caminaba despacio por la zona, destrozada y en llamas. Casi no pudo contener el aliento cuando vio al joven de pie, protegido por una armadura desconocida, de brillo dorado.
-¡¿Cómo?!-
-Ya te dije que mi maestro no me abandonaría. ¡¡Antares!!-
Un rayo escarlata recorrió los metros que separaban a los contendientes y atravesó el costado de su objetivo. La coraza del védico estalló en mil pedazos ante su propia mirada de terror. De repente, comenzó a ser devorado por las llamas entre gritos y sollozos.
-¡Eres un demonio!- vociferó con sus últimas fuerzas.
Casi al límite de la vida y la muerte, el caballero de Atenea se apresuró a huí del templo, pero desgraciadamente y debido al caos existente, una de las pilastras cayó sobre su débil cuerpo arrastrándole hasta las garras de las incandescentes llamas, cuyo crepitar era ya lo único que se esuchaba.
