Parte 26: Sabiduría, mímesis y deseo

Estela e Ikki se habían detenido en el interior del sexto templo de la catedral de sombras que no irradiaba ningún tipo de cosmos. Tanto él como ella estaban terriblemente cansados. El Fénix miró unos segundos al corredor por el que habían venido.

-¡Cletus!- gritó la joven.

-¡Maldición! Su cosmoenergía se ha extinguido. Ha conseguido la victoria, pero…-

-Cletus, tú no has podido morir…- Estela cayó de rodillas y rompió a llorar. Por un momento, el duro Ikki recordó a Esmeralda. Siempre había considerado tan delicadas a las mujeres, que una lágrima o una flor le evocaban su imagen.

-¡Eh!- Tímido y herido, Fénix tocó con su mano el hombro desprotegido de la chiquilla. -No te preocupes, regresaré ahí abajo y le traeré. Entre los dos, le reanimaremos. ¡No hay herida de la que un caballero no pueda salir!- Estela sonrió sin dejar de reflejar tristeza en el untuoso brillo de sus ojos.

-¿Cómo te llamas, caballero?- preguntó algo avergonzada.

-Mi nombre es Ikki. Presumo que el tuyo es Estela, ¿no? Lo dijo abajo tu…-

-Así es. Soy Estela de Arcas, aunque parece que ya no soy más que Estela.-

-Tranquila. Todos hemos perdido algún combate, y todos hemos perdido cosas valiosas en ellos. Créeme, que él todavía tiene salvación.-

-Eso espero. Ni tan siquiera puedo pensar en Atenea.-

-No te preocupes, he conocido al guardián del segundo palacio. Me ha dicho que este lugar estaba vacío y que sólo queda recorrer los últimos torreones hasta nuestro enemigo. Parece que la situación requiere que acabemos con él aparte de salvar a Atenea, así que rescataré a Cletus pues ha mostrado ser un valeroso caballero.-

Sin esperar una respuesta, Ikki emprendió el camino de vuelta hacia el templo anterior mientras la chica quedó sola, bajo el manto de oscuridad del sexto templo, también conocido como el templo del Deseo.

Shaka cerró los ojos y sonrió. Sólo pudo hacer eso ante el gesto de bondad que había mostrado Cletus sacrificándose por quien más quería. Los caballeros de Atenea habían perdido otro guerrero más, pero ya tan lejos del principio, no importaba. Incluso el hombre más cercano a dios sabía que sus posibilidades eran escasas.

Virgo siguió caminando por el estrecho corredor en que estaba contemplando el resplandor de las llamas por una de las ventanas de la catedral. Sólo el resplandor explicaba lo dura que debía haber sido la batalla.

-El maldito templo debe estar cerca. ¡Esto parece un laberinto!- pensó para sí mientras un fuerte olor a páginas viejas le llegó casi por sorpresa. Cuando el caballero observó más detenidamente, vio una pequeña puerta entreabierta.

Casi sin querer hacer ruido, Shaka ojeó por la apertura, notando que nadie había cerca. Rápido, empujó la madera y siguió caminando por otro corredor que derivó en unas escaleras descendentes.

Prácticamente, el santo podía tocar los dos lados de la pared extendiendo los brazos, pero a medida que bajaba peldaños, el espacio se iba ensanchando misteriosamente. Pocos pasos más adelante, un rellano separaba unas escaleras de otras. En el rellano, dos cariátides, abandonando su pose de esteticismo, señalaban dirección a donde el dorado iba.

-Debe ser allí.- murmuró.

Paso a paso, todo se hacía más agobiante. La luz de las velas era como más tenue y el aire más denso. El calor proveniente de abajo se notó por un aumento de temperatura sutil, pero no imperceptible para un hombre de sentidos tan agudizados.

Tras seguir bajando más y más peldaños, finalmente, en un segundo rellano, una enorme puerta de dos hojas con seis grabados en cada una de ellas se erigía entre un grueso muro tras el que debía estar aquella persona. Shaka se aventuró a abrirla, contemplando aquel lúgubre lugar. Todo estaba lleno de estanterías de madera, repletas de libros hasta el último estante, siendo cada ejemplar más viejo y grueso que el anterior. Al menos debía haber veinte de esas estanterías en el piso bajo, separado del superior por unas escalerillas que llevaban a una planta superior con más estanterías.

Nada más pasar del umbral, Shaka se deleitó con el buen gusto arquitectónico de la sala. Ya se había dado cuenta de que Parnase era una caja de sorpresas, y cada una de sus estancias parecía combinar todos los estilos artísticos de Europa a lo largo de la historia: Columnas, Arcos, Bóvedas, en este caso de aristas…

El caballero de Virgo caminó despacio mirando a izquierda y derecha en cada pasillo entre estanterías. Por fin, llegó a las escaleras y las subió, disfrutando con la ostentosidad cultural que sus ojos veían. Cuando subió el último peldaño, pudo ver un estrecho corredor que separaba la biblioteca principal de una pequeña distancia.

Cubriendo la distancia del pasillo de la biblioteca, Shaka llegó a un pequeño cuarto iluminado tenuemente por la luz de un candelabro sobre una vieja mesa de roble, en la cual un ajedrez de mármol lucía decorosamente. La ventana permitía el paso del viento y su ulular silbante y susurrante. Tan sólo había una alta estantería casi pegada a la pared, tras la cual salió un hombre con un gran libro en sus manos.

-Bienvenido.- dijo en tono casi inaudible mientras caminaba justo hacia detrás del escritorio anciano para sentarse. Cuando posó su peso sobre el sillón, de la misma madera, colocó el pesado tomo y lo abrió. -¿Cuál es tu nombre?- preguntó mientras comenzaba a hojear el libro.

Virgo quedó casi sin aliento ante el aura del joven que frente a él estaba. Su cabello rubio y rizado y ojos de oro era nada comparado con el brillo que parecía poder llegar a emitir. El muchacho llevaba una bonita armadura de color blanco brillante que reflejaba el fulgor de las velas del candelabro quedando así en relieve los grabados rúnicos que tenía. En su coraza destacaba la imagen de un hombre desnudo con sus brazos cruzados sobre el pecho, como si abrazase algo.

-Shaka.- contestó el hombre más cercano a un dios.

-Simboliza al amor por el conocimiento.-

-¿Qué?- contestó el dorado.

-Mi grabado, por supuesto. Es un hombre que abraza la parte irascible de su alma y la conoce con su parte racional, mientras que desprecia su parte concupiscible. Se supone que ha de llegar al mundo de las ideas, ¿no crees?- tras unos segundos de silencio, Udián sonrió. -¿Acaso vas a decirme que no mirabas el grabado de mi coraza?-

Udián no había alzado la cabeza, pero parecía conocer el pensamiento de su oponente. Mientras subía sus gafas para que no le molestasen, miró al caballero de Atenea.

-¡Ah! Todavía vive… ¡Siéntala allí!- ordenó señalando una silla de forma más simple que el trono del guardián del templo.

-No desprendes maldad alguna.- dijo Shaka mientras soltaba a Atenea en la bonita silla, descansando de su peso.

-Gracias. Ya lo sabía. Sin embargo, puedo llegar a ser muy malo.- contestó el védico de la sabiduría reiterando el "muy".

-Pero no pareces agresivo.-

-Odio la violencia y adoro el dibujo artístico. ¿Te gustaría que te hiciese un retrato mientras esperamos?-

-¿Te estás riendo de mí?- preguntó Shaka con algo de recelo en su mirada.

-¡En absoluto!- Los ojos de Udián brillaron por un segundo, y apareció una tercera silla justo al otro lado de la mesa. -Siéntate, por favor.- rogó.

Cuando Shaka tomó asiento, el precioso joven rubio chasqueó sus dedos y tras unos segundos, una sombra apareció ante él con una bandeja rectangular de plata sobre la que había una tetera con dos tacitas.

-¿Té? No seas tímido. Estás en tu templo…- tras concluir su frase, una imagen de la casa de Virgo se introdujo involuntariamente en el pensamiento de Shaka.

Udián cogió la tetera y vertió el líquido con cierta delicadeza en cada una de las tazas, también plateadas. Tras coger la suya, con cierta feminidad, extendió su meñique y cruzó las piernas mientras daba un sorbo del ardiente líquido.

-Ten cuidado, quema.-

-¡¿Qué clase de caballero eres tú?!- preguntó Shaka algo intrigado y a la vez molesto.

-No grites en mi templo. Sólo bebe té y aborrece el combate. Yo lo hago y sólo he tenido que pagar un reducido coste: no veo de cerca.- El extraño joven señaló sus pequeñas gafas. -La verdad es que era necesario que vinierais con Atenea, pero cree que no la herí por ayudar a ese cretino de Soma.- susurró con una sonrisa en su faz.

-¿Tú fuiste quien la hirió?-

-Así es, pero ya te he dicho que era necesaria vuestra aparición, ¿no?-

-¿Para qué éramos necesarios?-

-Sois necesarios para derrotar a Soma. Sin vosotros, ni una sola oportunidad…-

-¿Te importaría hablar claro?- Shaka estaba disgustado, pero algo más tranquilo, pues apreciaba en su supuesto enemigo un vestigio de humanidad.

-Lo que has oído. Sin vosotros no sería posible derrotar a Soma. O nuestro cosmos es insuficiente, o el suyo abrumador, pero el caso es que desde que él despertó, me di cuenta que sometería a Parnase como un verdadero dictador. Fíjate, me he equivocado. En vez de someterla, la ha destruido.-

-¿Insinúas que…-

-No insinúo. Afirmo que usé sus órdenes en mi beneficio. Al contrario que ese estúpido de Sila, yo tengo su confianza ganada. En parte puede ser porque no me dedico a oler feromonas de crías delante de él, aunque también puede ser porque no exteriorizo mis sentimientos lo suficiente. ¿Tú qué crees?-

-No le conozco.-

-¿Me estás diciendo que el hombre más cercano a dios no se dio cuenta del momento en que fue marcado por el conjuro de Sila?-

-¿Cómo? ¿Sabes que yo soy…?-

-Gautama. Tu verdadero nombre lo conozco, pero no me importa. Se ve en tu cara que eres budista y que además, guardas un vínculo con algún dios… ¡Adivina quién!-

-¡Me sorprendes!- Por primera vez, el dorado fue impresionado por un mortal. Udián había adivinado quién era Shaka nada más verle.

-No mientas. Sabías que había uno al menos. Sabías que uno de nosotros era tan o más sabio que tú. Llevabas buscándome desde que llegaste para preguntarme cómo conseguir el Elixir de Soma.-

-¿Cómo lo sabes?- Virgo alzó el tono.

-Mira lo que pone en este párrafo: "Tras seguir bajando más y más peldaños, finalmente, en un segundo rellano, una enorme puerta de dos hojas con seis grabados en cada una de ellas se erigía entre un grueso muro tras el que debía estar aquella persona. Shaka se aventuró a abrirla, contemplando aquel macabro lugar". Casualmente lo encontré hace un ratito y explica, página a página en tercera persona lo que sucede en Parnase ahora mismo. ¿Curioso, cierto?-

-¿Tendré que enfrentarme a ti? Noto que me hablas en tono irónico.- Virgo se sentía tan infravalorado, que pensó en usar su tesoro del cielo. Tenía los ojos abiertos, así que nada más debía desearlo. A pesar de todo, no atacó. Aquel hombre parecía demasiado poderoso e interesante a la vez.

-Buena determinación no atacarme, digo. Te recuerdo que si leo este libro, lo veré todo desde una perspectiva omnisciente, como si fuera el autor de esta sangrienta noche. ¡Menudo sádico escribiría tal horror!- Udián cerró el Libro del Destino. -Todo está controlado por él, pero prefiero descubrir sus designios en primera persona. Si observas, la parte que te he leído estaba casi en las últimas páginas. Como el libro está en mi poder, significa que mi vida acabará pronto…-

-¡Ese es el legendario Libro del Destino!-

-Así es. -Udián asintió. -Pero cree que es casi una maldición tenerlo. A veces no puedo resistir la intriga de ver qué pasará mañana y me veo obligado a abrirlo. Esto ha creado en más de una ocasión una paradoja, pues he decidido incumplir lo determinado para mí en algún momento determinado. Gracias a este libro seguimos vivos Agni, Sila y Yo. Si nos hubiéramos enfrentado a Soma cuando vosotros ni veíais esta catedral, nos habría masacrado en segundos.-

-¿Lo leíste?-

-Así es. El libro decía que moriría a manos de Soma hace alguna que otra hora junto a ellos, pero sin embargo, sigo aquí, leyendo, probablemente en lo que será mi último día. Ya ha sido un regalo salvar las vidas de esos dos, o al menos prolongarlas. He decidido que merecemos una oportunidad para acabar con la tiranía del dios.-

-¿Entonces?-

-Nos limitaremos a esperar que Sila consiga el Elixir de Soma que ha prometido a Saga hace media hora. Allí tendrá una pequeña sorpresa y descubrirá quién es en realidad, pero seguro que es fuerte y vuelve. Si lo consigue, tendremos una pequeña oportunidad de acabar con Soma. ¡Lastima que no pudiese hablar de esto con ellos! ¡Letheus no tendría por qué haber sido derrotado!

-Pero has debido leer que Sila regresa, ¿no?-

-Habiendo decidido cambiar su muerte, que debería haber sido hace horas, creo que el destino es bastante impreciso, ¿no? Para esto sirve este libro, sólo para cambiar las cosas. Las consecuencias de los cambios son algo que no controlo. Sólo espero haber hecho lo correcto y que Exeo tenga un mal día.-

-¿Exeo?-

-Así es. El caballero védico del dolor y de la muerte. Todo ha vuelto a ser escrito tras que cambiara la hora de nuestras muertes, aunque para serte sincero, esto parece una película de un mundo de por ahí lejos llamada "Destino Final".- Udián se atrevió a reír jovialmente. -Por eso, prefiero no seguir leyendo. Confiemos en el poder de Sila y tomemos nuestro té mientras jugamos al ajedrez un rato, ¿te place?

Como Shaka había podido comprobar que Udián no era un farsante, decició aceptar y sonreír a su propuesta asintiendo.

-Cuando sea la hora, lo sabremos.- dijo Udián antes de mover el peón blanco de reina dos casillas hacia delante.

El caballero del deseo caminaba por una oscura y húmeda gruta caliza. Los pasillos cada vez eran más estrechos y menos iluminados, sin embargo, el camino estaba marcado por una respiración mágica que cada vez, se hacía más fuerte.

Sila comenzó a correr, pues vio un resplandor verdoso al final de la galería en que estaba. Cuando salió de ésta, contemplo una extensa sala. La mazmorra en que el Elixir de Soma era guardado había cambiado desde la última vez que estuvo hace años.

-Posiblemente cambiara junto con Parnase.- pensó mientras redujo la marcha de sus pasos.

-Ahora que lo pienso. ¿Cómo demonios voy a llevar el Elixir a Saga? No tengo nada para guardarlo.-

El suelo de la galería en que el fluido estaba era de mármol blanco, pulido y nivelado. En el centro de la misma, como si de una laguna se tratara, el Elixir flotaba iluminando con su resplandor verdoso las numerosas columnas sin acrotera del lugar.

-Es tan bello… que percibo una bondad mística emanando de esto.-

El caballero del deseo extendió su mano y comenzó a generar con su poder de hielo una esfera azul. Con su magia, trató de congelar el manantial de líquido divino. El Elixir de Soma absorbió la magia sin que ésta resultase.

-Maldita sea. Entonces sólo podré usar mi hielo a modo de recipiente.-

Una ventisca generada por el joven de pelo negro hizo que un matraz helado surgiera de la nada. La esperanza le dijo que la vasija aguantaría.

-¡Mi hielo es eterno!- gritó.

-Encarecidamente interesante.- respondió una conocida voz.

-¿¡Qué!?- El caballero del deseo se giró y vio una silueta a veinte metros de él sentada en un bloque de mármol. Lo primero que Sila vio fue una armadura azul marino con una parca grabada en su coraza. El pelo negro y corto del joven delató su identidad. -¡¡Exeo!!-

-Sila, Sila… ¿Qué haces aquí tú, hijo de un traidor?

-Eso debería preguntar yo, pues sabes muy bien que estar aquí está prohibido.-

-¡¿Entonces tú acaso lo tienes permitido?!- gritó Exeo con una sonrisa rencorosa. -Es hora de vengar a mi padre, ¡Pales de Egaria! ¡No sabes cuánto he deseado esto, cerdo traidor!-

-Tú… ¿eres hijo de aquel bastardo?- preguntó el amanerado adoptando fiereza en su porte.

-No debías haber sido perdonado por Egaria. Debió matarte por acabar con el elegido para destruir tu estirpe. ¡Ahora tú estás cometiendo el mismo pecado que tu padre y yo estoy aquí para impedirlo! ¡Mi poder es superior al suyo!-

Exeo lanzó una ristra de cortos y afilados hilos, que Sila quemó con su cosmos.

-Tenía el presentimiento de que este día llegaría. Sospechaba que tu mirada ocultaba algo, y como puedo comprobar, no me equivoqué.-

-No sabes cómo me alegro de que tu madre y tu hermana murieran. ¡El cerdo de padre que tuviste las condenó robando el Elixir de Soma, y tú tendrías que haber muerto con ellos! ¡Yo me encargaré de que eso suceda!- El ceño de Exeo estaba totalmente fruncido. A su alrededor, un aura cósmica se desarrollaba en azul flameante.

-¡Maldito seas, Exeo!- El caballero del deseo dejó fluir su ira, que rápidamente se hizo con el control de su cuerpo.

Sila corrió buscando un hueco en la defensa de su enemigo, y saltó dando una rasante voltereta al frente esquivando otra ráfaga de hilos. Nada más caer en pie, dio dos zancadas hacia el guerrero del dolor y giró sobre sí para dar un revés helado en su rostro. Tras que Exeo destrozara una columna con su espalda, el guerreo del deseo alzó su mano cristalizando el aire y lanzando un aluvión de agujas gélidas. -¡Aura Invernal!-

Una a una, las finas agujas fueron quemadas por el cosmos de dolor. El védico de armadura azul tenía también un poder considerable y apenas había tardado unos segundos en levantarse. De repente, sintió un aguijonazo en su faz y una gota de sangre le surgió de las mejillas.

-¡Muy bien, traidor! Reconozco que en verdad eres el más fuerte de nosotros, pero sin embargo, creo que te puedo derrotar fácilmente.- Sila se limitó a sonreír con los párpados entornados.

-Deja de fanfarronear. ¡Tu cosmos en insignificante, Exeo!-

-¡Hilos Cortantes!-

Cientos de hilos espectrales atravesaron a Sila en un segundo, y como por arte de magia, tomaron cuerpo y se tensaron elevando en el aire al védico. Los filos trasparentes se aferraban fuertes a las columnas de la galería del Elixir.

-¡Mira! El resplandor verdoso de la sala se refleja en mis hilos cortantes. ¿Qué vas a hacer?-

El caballero del deseo trató de quemar aquello que le oprimía con su cosmos, pero no consiguió su propósito, pues estos no eran tangibles nada más que en el interior de su cuerpo.

-¡¿Qué demonios?!- Sila se zarandeó intentando soltarse, pero notó un leve tirón en el interior de su cuerpo.

-¡¡No te muevas, estúpido!!- gritó Exeo. -¡Si lo haces, mis hilos te desgarrarán el interior!-

-¡No me vencerás, cretino!-

-Yo seré un cretino, pero tú… un bastardo traidor. No está nada mal, Sila. Además de bastardo, procedes de una estirpe de repugnantes falsos. Haré que maldigas la hora en que naciste…-

Los afilados hilos etéreos de Exeo emitían un silbido armónico y afeminado. Guiados por su cosmos, cada vez provocaban más dolor en su objetivo.

-Sabes… Se dice de mí que puedo destrozar el cuerpo de un enemigo con mi Golpe Meteoro. ¿Qué pasaría si decido atacarte ahora que estás atado? Es posible que todos tus miembros se desgarraran.- El tono del caballero del dolor fue más serio a cada palabra.

-Exeo… Yo soy diestro…- susurró Sila.

-¿Y a mí qué demonios me cuentas?- El guerrero de cabellos cortos adoptó una pose de ataque. De repente, su cosmos se alzó y voló como el rayo hacia el caballero del deseo.

No se supo como, pero una terrible explosión congeló el rostro de Exeo, que cayó de rodillas a unos pasos de Sila. Había quedado con los ojos tan abiertos que parecía haber visto algo espantoso. El caballero del deseo tenía su brazo izquierdo alzado, y la sangre le resbalaba cayendo al suelo casi a chorros. El brazal que llevaba, así como su antebrazal, guante y hombrera estaban tan agrietados que parecían polvo. Los fragmentos rosas cayeron al suelo emitiendo un ruido metálico y helado a la vez.

Sila gritó por el dolor, pero no tuvo otra alternativa. Usó su brazo izquierdo para ejecutar el Fulgor Helado, pero como precio, tuvo que arrancarse de los hilos de Exeo provocando graves desgarros y heridas en su carne y protección. A pesar de todo, el apuesto joven seguía crucificado en el aire y la protección, con la ayuda de su gema central, se reengendró.

El védico de la muerte destrozó la escarcha de su cara. Sus ojos estaban rojos como los de un demonio enfurecido. Tras gritar de ofuscación, dio un puñetazo al estómago de Sila. Un silbido llamó su atención.

-¡Exeo!-

El aludido miró a aquella persona que le había llamado. La envergadura del extraño joven no era para nada despreciable a pesar de que estaba muy malherido. No portaba armadura alguna, y caminaba casi arrastrando los pies.

-¡Detente!- ordenó. El castaño cabello del desconocido hombre resbaló por su cara y tapó uno de sus ojos. -Detente o…- La voz del misterioso era tan débil que fue motivo de risa para el sádico enemigo.

-¡No me hagas reír, Letheus! ¡Tú deberías estar muerto!-

-¿Letheus?- murmuró Sila mareado por la pérdida de sangre.

-Será mejor que le hagas caso a Letheus. No tienes nada que hacer contra los tres.- otra voz desconocida resonó por detrás del caballero de vestimenta azul.

-Tú eres… ¡Agni!-

También el caballero del mimetismo estaba allí. Con su protección esmeralda se sentía el más poderoso de los presentes. Con un golpe de su cosmos, destrozó todas las columnas del lugar, haciendo así que Sila cayera al suelo liberado de los hilos cortantes.

-¡Agni! ¡Me has salvado!- Sila no podía contener su alegría.

-Es la hora, amigo. Tadeus ha caído y Udián sabe que estamos aquí. Tan sólo hemos de derrotar a este infeliz y regresar a la biblioteca sellada de nuestro compañero erudito.- guiñó el mimético. -Sin embargo… creo que Letheus no se encuentra demasiado bien.-

-Mierda, Agni… de haber sabido esto cuando luché con Camus, no habría llegado hasta este extremo.- Letheus sangraba como un mártir.

-¡¿Ahora vais a matarme?!- rió Exeo como un sádico.

Un sonido silbante hizo que el brillo de sus ojos desapareciera y que comenzara a gritar de dolor. Sila estaba justo a su espalda con el brazo derecho alzado justo cuando el védico de la muerte cayó al suelo.

-El caballero de Capricornio me dio una idea mientras peleábamos. Una espada helada debe hacer daño, ¿no Exeo?-

El cosmos del guerrero abatido se desvaneció. Tan sólo de un golpe, el joven de pelo largo derrotó a su antiguo camarada.

-¡Me habéis salvado!-

-Puede que no seamos lo mejor que te pase hoy, pero te lo debíamos. Sila…- dijo Letheus arrodillándose. -Lamento haberte traicionado.-

El caballero del deseo caminó hasta su amigo con el brazo izquierdo impregnado en rojo. Cuando llegó, colocó su mano herida sobre la cabeza de Letheus y sonrió. Finalmente, le abrazó con las fuerzas que pudo.

-¡Cómo no iba a perdonarte, mi querido amigo!-

-Sila, es poco el tiempo que me queda antes de morir. Escucha atentamente. ¿Recuerdas los cuadros de Lartius Eatros?-

-¿Mi padre?- cuestionó Sila mientras dejó de abrazar a su camarada.

-Así es… Los cinco cuadros de los que Udián nos habló. Él fue quien los dibujó. Tu padre no era un traidor, sino el primero que se dio cuenta de la tiranía de Soma.-

-¿¡Cómo!?-

-Nunca existió tal ley de asesinato de familias traidoras porque nunca las hubo. Tu padre iba a ser asesinado junto a toda tu familia aquella noche de una forma u otra.-

-¿Qué demonios estás diciendo, Letheus?- Sila parecía triste y bajó el tono de su voz.

-Tu padre leyó el Libro del Destino que ahora pertenece a Udián. Como ese libro acaba en la página de la muerte del lector, tu padre no pudo adivinar lo que hoy pasa, pero imprimió su deseo en aquellos cinco cuadros. Su deseo era conocer cómo acabaría Parnase.- Letheus tosió varias veces y cayó al suelo de boca. Tanto Agni como Sila acudieron deprisa a incorporarlo.

El caballero del deseo sujetó la cabeza de su amigo que ahora miraba al techo de la cueva. Una de sus lágrimas cayó sobre el rostro de Letheus.

-Así es… Lartius pretendía robar el Elixir de Soma tras observar sus últimos cinco cuadros. Sabía que un día sería necesario y pensó que conseguirlo para ti sería el mejor remedio. Tenía sus esperanzas en que no consiguieran asesinarte a ti.-

-¿Pero cómo sabes tú eso, Letheus?-

-P… por este… libro. Era el di… diario de tu padre.- Otro golpe de tos sacudió al védico de las ilusiones. Agni estaba pálido tras escuchar aquel testimonio.

Un sucio y viejo libro fue lo que Letheus, con muy poca fuerza sacó del interior de su coraza. Las tapas eran marrones, pero en una de ellas, con tinta negra casi corrida por el paso del tiempo ponía clarísimo un nombre: Lartius Eatros.

-Disculpa, Sila. Mi deber como tu protector era guardarlo hasta hoy. Entonces era sólo un imprudente joven, pero desde que lo custodio… cambié. Lamento lo de Lerne.-

-¡¡Letheus!!- gritó Sila sabiendo los pocos segundos de vida que quedaban a su amigo y todas las cosas que quedaban por decir. -¡Yo asesiné a mi padre! ¿¡Por qué demonios no me dijiste antes el motivo por el que él intentó robar el Elixir!?-

-Si te lo hubiera dicho… habrías cometido una imprudencia… ¡Toma mi regalo y parte… y derrota al Tirano!-

Una gasa de niebla cubrió una parte de la caverna. Agni y Sila miraron con gran interés. De la neblina se comenzaron a formar cuatro figuras de aspecto conocido para el caballero del deseo.

-Madre, Padre, Lerne y yo…- susurró.

La imagen de la familia feliz, en un abrazo de confianza y amor, fue el único propósito de Lartius, que confió su destino a su hijo y compañeros. Ahora la batalla contra Soma había comenzado con ventaja para el demonical dios. Había jugado de tal manera sus cartas, que consiguió ocultar la verdad desde el día de la muerte del antiguo caballero del deseo.

Letheus ya había cerrado sus ojos, pero en su otra mano llevaba una nota de papel, probablemente dirigida a Sila. Los dos védicos tristes, levantaron. El amanerado cogió la nota y el diario y comenzó a caminar junto al guerrero cuyo ojo izquierdo estaba marcado: Agni.

-Compañero, recoge aquello por lo que viniste y partamos a donde Udián nos espera.- Silencioso, Sila llenó la pequeña vasija de aquel Elixir maldito.