Parte 27: La batalla de las Furias

En el cuarto torreón de la catedral de sombras, Soma, bajo la cúpula de los dioses, tenía sus armas alzadas. Sobre él, ya no quedaba más que el grabado de Atenea, desnuda y tumbada como insinuante.

-Sólo quedas tú, Atenea. ¡El poder que tengo es infinito!- El pelirrojo caballero rió y engarzó sus armas a la impresionante vestimenta Leúcade.

Alecto y Euralia habían conseguido conciliar el sueño, pero al dios no le importaba. Todavía contaba con algunos minutos antes de que el enfrentamiento final comenzase. Egaria, por el contrario, llevaba observando a su señor desde que recogió las armas del naídion encantado.

-Mi señor… algo me dice que desea algo.- afirmó la chica.

-Egaria, todo ha acabado. El portal a la Somátida ya es una realidad. Es la hora de que reine el caos y un nuevo génesis estremezca a Parnase con mi gracia divina. Tú y yo engendraremos una estirpe eterna del color del oro, como en el mito de Esíodo, el de la edad de Oro.-

-Así será, pero mis hermanas…-

-¿Alecto y Euralia? Todo génesis necesita hijas de la discordia y del averno. Sin embargo, necesito saber cuánto las quieres…- Soma caminó hacia la furia y como solía hacer, la cogió del mentón. -Dime, hija de Eris.-

-Ellas son prescindibles, mi señor.-

-¡Las utilizaremos!- El brillo en la mirada de Soma era el mismo que el de un estratega ante el triunfo en una guerra.

-¿Qué será de los caballeros védicos?- preguntó Megera.

-Los que me sean leales, tendrán vida eterna para servirme en Parnase. Quienes estorben, o simplemente me cuestionen, serán destruidos. Por supuesto, Sila ya se ha ganado el derecho a morir.-

Soma alzó los brazos y comenzó a carcajearse de puro júbilo. Su utopía había dejado de ser utópica. Tan sólo le distaban de su sueño pocos peldaños. El caballero Eterno caminó hacia su trono, ubicado delante del gran balcón, delante del viento y la catarata y la luna de Parnase.

-Egaria, trae a tus hermanas. Os daré órdenes.-

-Como usted desee.-

-¡Haz que los condenados toquen sus melodías para mí de camino!-

La bellísima y perfecta Furia caminó sumisa hacia las alcobas del cuarto torreón, pasando por la puerta de ébano que separaba la iglesia del pasillo principal.

Ya fuera de la caverna del Elixir de Soma, Agni y Sila llegaron a la Plaza Sagrada, destrozada y en escombros. No sólo el cadáver de Hilarión los espantó, sino que varios hombres más estaban en el abrupto suelo, medio descuartizados.

-Parnase de mi alma…- susurró Agni. -Patria de mi potestad…-

-Agni, no te pongas melancólico. Ya estoy yo para eso…-

-El panorama es desolador. ¡Ese hijo de perra ha destruido todo! ¿Qué éramos para él?- El mimético puso su mano en el ojo que tenía lacerado. -¡Menos mal que esta herida no le pertenece!-

Sila sonrió levemente mientras agarraba firmemente el papel de Letheus, ocultando sus ganas de llorar. Ya había derramado demasiadas lágrimas, o al menos, él lo creía así.

-Observa la ciudad, Sila. ¿No comprendes ahora por qué los dioses le expulsaron?-

-Lo comprendí mucho antes, amigo.- El guerrero del deseo se atrevió a desplegar el papel que tan deteriorado había estado en manos de su protector. El joven se limitó a leer en voz alta aquellos últimos pensamientos del ilusionista.

-" Cerrando los ojos contemplé a Amor, con su rostro mentiroso. Sus fauces aceradas y su aura de maldad triunfante le delataron. Sus labios abrasados susurraron recuerdos neblinosos y soporíferos. El recuerdo de los nombres que me forjaron ayer. El nombre póstumo: Maia.

Su reflejo en Sila fue innombrable. Su aura cambiante me trajo el recuerdo. Sólo palabras en mi mente. Sólo amor por su persona. Él fue mi último recuerdo…"-

-Sila, Letheus te quería como a un hermano, o quizás más. Me dijo hace poco que si fuera necesario, se jugaría la vida por ti.- confesó Agni, ante un silencio como respuesta. -¡Animo! No eres sólo tú el que ha perdido algo, Sila. Tanto Udián como yo hemos perdido algo también. ¿Sabes que él tenía una hermana?-

-Lo ignoraba hasta ahora.-

-Nadia. Ella es, o mejor, era mi novia… Supongo que habrá muerto en Parnase.-

-¿Y no vas en su busca?-

-¡Yo no amo como tú! Tan sólo la apreciaba.-

-Sin embargo yo, perdí al amor de mi vida. Posiblemente, hoy vuelva a perder…-

-Eres muy pesimista, Sila.- afirmó Agni en tono afable. -Deberíamos ir con Udián.-

-Espera…-

Agni se detuvo antes de acabar de girarse. Mirando a su compañero para escudriñar su intención, preguntó por lo que sucedía.

-¿De verdad crees que lograremos vencer a Soma?- El caballero del deseo afirmó ser un fatalista.

-Sila, es hora de que saques tu verdadero poder. Piensa que en poco más de media hora estaremos luchando juntos por Alecto, por nuestro futuro, por nuestra Parnase, y por el recuerdo de todos los que han caído.-

-¿Piensas que eso es motivo de orgullo para mí?- preguntó Sila. -Porque si es así, has acertado.-

-Todavía no somos monstruos, creo…-

Los dos aliados caminaron hacia la catedral de Soma entre el desolador paisaje causado por el poder del corrupto dios. En poco tiempo, la verdad sería revelada.

En el sexto templo de la catedral, Estela gritaba el nombre de su amado con fuerza mientras Ikki trataba de reanimarle. La tranquilidad del lugar seguía siendo sepulcral. Finalmente, el chiquillo tosió y abrió los ojos. Lo primero que vio fue el rostro de la joven, el del caballero que le salvó y una tercera cara que le sonaba haber visto alguna vez.

-¿Q… quién eres?- preguntó todavía aturdido.

-Deberías dar las gracias a Ikki.- alegó el misterioso hombre.

-Saga, pienso que sigues teniendo el mismo mal carácter de siempre.- Fénix levantó y miró por el jardín del templo de Sila. -Pero a pesar de todo, no me cansaré de repetir que me alegro que estemos en el mismo bando.-

La pequeña Estela finalmente, cayó a los brazos de Cletus y quedó fulminada por el cansancio y las heridas que le habían propinado. A pesar de estar tan malherida, el joven Calisto se sintió aliviado y dio las gracias sin saber si sus aliados le oían.

-Saga, ¿qué es de Atenea?-

-La vi sobre la espalda de Shaka. Seguimos buscando el Elixir de Soma, pero creo que dentro de poco podrá abrir los ojos de nuevo. Uno de los caballeros de ese dios me ha pedido un favor a cambio de devolver la vida a Atenea.- Saga sonrió.

-¿De veras?- El caballero del Fénix exteriorizó al fin el sentimiento de alegría. -¡Menos mal!-

-Sin embargo…- añadió Saga. -…tendremos que luchar con Soma.-

-Su cosmos es terrible, ¿cierto?- preguntó Cletus desde el suelo. Saga e Ikki le miraron sorprendidos. No hacía ni un minuto que había abierto los ojos y ya pensaba en el combate.

-Lo es. Por cierto, ¿qué haces tú con la armadura de Milo?- cuestionó el Fénix.

-Mi maestro…- Cletus dejó a Estela dormir tranquila sobre el suelo mientras se ponía en pie.

-¡Mi maestro me ha reconocido digno de llevarla!-

-¿Deberíamos pedirle que nos acompañara?- preguntó Saga sin esperar respuesta.

-¡Iré dondequiera que sea para agradecer a mi maestro el milagro que ha hecho!-

-Bien… en ese caso os explicaré la situación.- afirmó el caballero de Géminis.

En el silencio del templo del deseo, el dorado alzó su mirada y recordó con palabras el enfrentamiento que mantuvo con Sila. Lo describió tan violento y con una oratoria tan impecable que los presentes se estremecieron. Era increíble que tras la encarnizada lucha que mantuvieron se pusiesen de acuerdo en algo: Saga debía proteger a la pequeña Alecto mientras el védico conseguía el Elixir de Soma.

-¿Qué hacemos con Estela?- apuntó Cletus algo más animado. -No la podemos dejar aquí tirada.-

-Ella fue quien te salvó, chico. De no ser por ella, quizás no hubiese creído que sobreviviste a aquel animal.- respondió Ikki, -Así que lo mínimo que puedes hacer es llevarla contigo.-

-Tened en cuenta que tendremos que resistir combatiendo hasta que Sila llegue, y después conseguir la victora. No será una hazaña fácil, sabedlo…- Géminis comenzó a dudar de las posibilidades que tenía, pues había oído cosas terribles sobre el poder del dios. -A pesar de que en otras épocas nos enfrentamos a Cronos, Poseidón, Hades y Zeus, esta vez será distinto: Al parecer, Soma guarda rencor hacia todo lo helénico, y su cosmos es comparable al de nuestro último rival al que ni Seiya pudo tocar.-

-¿Dónde está Seiya? No es propio de él rendirse…- replicó Fénix extrañado de no sentir su cosmoenergía.

-¡Seiya descansa!- respondió una extraña voz, tras la que los ojos de Saga se abrieron como si de un fantasma le hablase.

-¡Esa voz!-

Ante los caballeros de Atenea, apareció un hombre alto, de porte respetable, con la armadura de Sagitario que en la teoría debía estar destrozada. Aioros, el antiguo santo, entró al templo de Sila alegando el tiempo que había pasado desde que no llevaba su ropaje dorado.

-Me alegro de verte, Saga. ¡Apenas tuvimos tiempo de hablar en el muro de los lamentos!- dijo con tono irónico. De forma sorpresiva, el antiguo poseído de Ares se arrodilló frente al recién entrado.

-Te debo una disculpa, Aioros.-

-Saga, levanta. No he venido a escuchar tus penurias.-

-A… Aioros…- Ikki no salía de su sorpresa. -¡Tú eres Aioros!-

-No he podido evitar oír esa historia que has contado sobre el caballero del deseo, Saga. Atenea espera, y quedamos pocos. Debemos apresurarnos a ayudar a esa niñita.- sonrió el duro caballero.

-Con suerte esta vez no la matarás.- continuó para molestar a Géminis, que sólo sonrió.

-Daría mi vida por ayudar a Atenea.-

-La darás, Saga…- dijo el caballero de Sagitario mientras caminaba al interior del templo de Sila. -¿Habéis pensado en cómo localizar a Soma?-

-Está tras este templo.- dijo Fénix.

-Error. Tras este templo hay cuatro torreones. Aunque no estén protegidos por caballeros, estoy seguro de que pasará algo para dificultarnos la marcha. Justo para eso estoy yo aquí.-

Saga, escéptico, miró a Aioros a los ojos. Apenas se atrevía a hablar, pero finalmente, declinó por hacer la pregunta cuya respuesta tanto necesitaba saber.

-¿Cómo es que estás aquí si Zeus no te revivió cuando a nosotros?-

-El poder de Zeus estaba casi extinto y sólo tenía poder para dar la vida a uno de los caballeros caídos en el pasado. Antes de desaparecer por una extraña fuerza, me confió la misión de ayudaros. Con su último aliento, y puesto que la condición de Seiya para el combate era nula, reconstruyó la armadura de Sagitario usando su propia sangre: Icor divino.- contestó.

-¿Llevas una vestimenta sagrada?- Ikki no pudo evitar la curiosidad.

-Así es, pero sellada. Necesitaré explotar mi séptimo sentido para liberar todo su poder, así que ruego que me dejéis luchar la próxima ronda, pues necesitamos el poder de la armadura.-

-Tan sabio y decidido como solías ser, Aioros… ¿Cuánto ha pasado desde entonces?-

-Casi veinte años, Saga.-

El guerrero del centauro caminó mostrando el camino para salir del sexto templo. Una preciosa puerta que abrió con decisión, mientras observó un estrecho pasillo en cuyo final, una serie de escalones se alzaban sin revelar una próxima estancia.

Cletus recogió a la cansada Estela del suelo y la remolcó en su espalda. Ikki, ayudado por Saga, comenzó a caminar seguido por el joven Calisto y su querida chica. Tras que todos pasaran por el umbral de la puerta y llegaran al pasillo, Aioros la cerró.

Egaria, Euralia y la todavía adormecida Erinia estaban ante Soma, cuya mirada parecía la de un inmutable y frío asesino. Su aura, a pesar de pura, emitía vibraciones tan extrañas como el color de sus ojos. Deleitándose con la melodía de los condenados, se decidió a hablar.

-Me alegro de veros, mis queridas Furias. Hijas de la discordia, ha llegado el momento en el que tendré que utilizar vuestro poder. A pesar de que sólo Egaria ha despertado como diosa, el poder que duerme en vuestro interior es incluso mayor al de los caballeros védicos. Entre las tres, podréis derrotar a los últimos rebeldes.-

-Mi señor…- se inclinó la mayor de ellas, mostrando cierta humanidad. -¿Va a hacer luchar a Alecto?-

-¿Acaso me puedes servir para otra cosa?- preguntó el dios a la pequeña directamente. -Si quieres servirme de cualquier otro método, estaré encantado de escucharte.- dijo con cierto aire lascivo. -Creo que nada heriría más a ese estúpido de Sila que mi cuerpo te tomase. Sin embargo, a ti que eres la más débil, en mi inmensa bondad he decidido mandarte a una muerte cierta. Si eres fuerte, sobrevivirás. Si te ves incapaz de luchar, puedes quedarte y coger mi sexo, impuro como tú…-

La pequeña, aún influida por el sopor, bajó la cabeza y comenzó a temblar. Cayó de rodillas ante los ojos de sus hermanas. Aunque Euralia parecía conmovida, su hermana Egaria pareció impasible.

-Yo… lucharé, señor Soma.- dijo mientras secaba sus lágrimas.

-Así me gusta, mocosa del diablo. Demuestra que sólo sirves para la destrucción de los hombres. Tu trauma me servirá como pañuelo a las lágrimas de júbilo que pronto voy a expulsar.-

-Señor, creo que es demasiado pequeña para pelear.- replicó la mediana de las tres hermanas. La mirada de Soma la intimidó, y no siguió hablando.

-¿Preferirías acaso que la violase? Incluso a vosotras que no podéis profesar los sentimientos humanos, os parecería cruel que lo hiciera. Sin embargo, no tenéis más remedio que callar ante mi poder. Si no me traéis la victoria, moriréis ciertamente, y si ganáis, puede que tengáis un lugar en la nueva Parnase, única tierra existente, pura y cuya maldad recaerá en mi persona voluntariamente. ¡Yo seré el salvador de toda causticidad humana y hacedor del Bien universal!-

A pesar del miedo de las tres Furias, incluida la fría Egaria, el poder de Soma las pudo controlar como puras marionetas y seguidamente, caminaron rumbo a encontrar a sus enemigos. Antes de que pudieran dar un paso más, el Caballero Eterno las detuvo.

-¿Pensáis ir así, con vuestra ropita de sirvientas de mi placer?- preguntó con recelo. -Sois estúpidas como las que más. Tomad este regalo, fruto de mi amor por vosotras.- Tras hablar, Soma rió como un poseso.

Sólo tras alzar a Laertes, tres luces surgieron de la cúpula de la iglesia bajando ante los pies de las jóvenes. Los fulgores comenzaron a tomar forma, dejando ver la silueta de tres armaduras preciosas como las que más. La más grande de ellas, roja como la sangre y llamada Megera se expandió envolviendo el cuerpo de Egaria. La mediana, dorada como el sol y llamada Tisífone, se abrió para abrazar el aura de Euralia. Finalmente, la tercera, Negra como el ébano, explotó, y con su reducido tamaño, tapó el sucio vestido de Erinia, con su nombre Alecto.

-Mis queridas Furias, marchad camino de la victoria de Parnase, vuestra patria eterna. No temáis por vuestras vidas, pues por primera y última vez seréis conducidas por mi beneplácito y mi cosmos inmortal a los brazos de la ya fallecida Nike, pasada diosa de la victoria.- Soma levantó de su trono y tras que las tres jóvenes abandonaran la estancia, se dirigió al balcón a mirar la bellísima luna, plateada y llena. -Sólo vuestros sueños, caballeros de Atenea, podrán luchar contra los tres demonios. Su balada acabará por someteros en vuestros propios pecados y la desesperación humana. Pronto despertarán Euralia y Erinia y mi victoria será plena.- La armadura de Soma parecía mostrar tanta afinidad con su dueño que comenzó a emanar un resplandor blanco. -La puerta a la Somátida se abrirá tras que la segunda Furia despierte.-

Tan sólo quedaba ya un sitio donde se podía respirar la tranquilidad. La habitación en que Udián y Shaka jugaban al ajedrez. La partida se había vuelto muy interesante, y ya casi rozaba el final. Shaka, portador de las piezas negras acababa de comer una torre en un descuido del Védico.

-Finalmente, he conseguido eludir tu jaque mate, ¿no?- preguntó el dorado Virgo.

-Así es. No esperaba menos. Además, me darás jaque con tu reina en el próximo turno si no me cubro de alguna forma. Es momento de que me enrroque con mi otra torre.

Udián colocó su pálida inexpugnable a la derecha del rey, que todavía no se había movido. Haciendo aquel movimiento, Shaka sonrió, pues había encerrado al rey en unas pocas casillas, y con el próximo movimiento de su reina, imprevisto por Udián daría jaque mate al estar ésta cubierta por un alfil. A pesar de todo, el dorado se limitó a reír.

-Tablas. No me gustaría que esta partida acabara así.-

-¡Demonios! No me he dado cuenta de ese movimiento… ¡Siempre dije que lo mío era la lectura, no el juego!- replicó sin perder la calma. -Pero un juego no es más que eso. Mueve tu torre y deja al descubierto tu rey, justo ante este alfil que no habías visto. Si hubieras tardado un solo movimiento más en darte cuenta del error de mi enrroque, habrías perdido, pero yo también habría cantado tablas.-

Shaka quedo alucinado, pues las fichas de Udián estaban todas protegidas a excepción del rey. Aunque le pareció un error, no lo había sido. El alfil del védico estaba guardado por un caballo, que a su vez protegía otro caballo, custodiado por un peón, invisible a causa de la amenaza de la torre recién enrrocada.

-¡Genial!- proclamó el aliado de Atenea mientras acababa su té. -¡Nunca he jugado una partida como esta! ¡Eres terrible, te has enrrocado a sabiendas de que podría acabarte!-

-Sólo movía los hilos de estas piezas como Soma hace con nosotros. ¡Esto demuestra que él no es buen manipulador!- Udián colocó sus gafas como tan a menudo hacía, sobre la parte más alta de su nariz. -Esta muletilla mía de colocar mis gafas va a acabar conmigo.- dijo con una bonita sonrisa. -Ya están aquí nuestros amigos.-

Sila y Agni entraban por la puerta de la habitación del caballero védico de la sabiduría con un aspecto de cansancio increíble. Al llegar, vieron a Shaka ante Udián y quedaron tan sorprendidos que sus rostros no apuntaban a otro lugar más lejano que el rostro del caballero de Atenea.

-¡No temáis, amigos! ¡Es un nuevo aliado!- dijo el joven de ondulados cabellos de oro. -Habéis conseguido lo que nuestra invitada necesita, ¿no?- El védico señaló con un gesto de su cabeza a la silla donde Atenea estaba apoyada.

-Así es. Si ingiere el contenido de este pequeño frasco de hielo, recobrará la consciencia.- dijo Sila mientras enseñaba el pequeño matraz.

-¿A qué esperas?- Udián parecía ansioso.

-Es bellísima.- Agni parecía extasiado ante la belleza de la diosa de la justicia. -Aquella vez no la pude ver bien.-

El caballero del deseo cogió la barbilla de Atenea abriendo su boca. Sin dilación, colocó el cuello del recipiente entre los blancos dientes de la diosa haciendo que el espeso y verde líquido fluyera hacia su garganta.

-Vamos, trágalo…- susurró.

-Genial. Tardará algún minuto en reaccionar.- afirmó el sabio caballero de Soma.

-Muy bien. Yo ya he cumplido mi parte del trato. Espero que Saga pueda proteger a Alecto…-

-Sila, tanto sufrimiento por esa niña… me parece anormal.- Udián miró a su compañero con los ojos más tiernos que pudo. -¿No me dirás que te has ido a enamorar de esa criaturita?-

-¡La amo! Es cierto… Sin embargo, es más como un deseo insaciable de protección lo que me liga a ella.- respondió el sensible caballero del deseo.

-Sila tiene un buen corazón, Udián. Como tú cuando tomas ron.- Agni parecía alegre de estar junto a su admirado protector.

-¡Estoy harto de ser vuestro bufón!- se quejó el receptor del mensaje como si bromeara. -Algún día te emborracharé yo a ti. ¡Y ya veremos quien se ríe entonces!- a pesar de el afecto que se respiraba en la pequeña dependencia del templo, un aire cargado de dudas se cernía sobre ellos. Para poder hacer algo tan común como tomar unas copas, debían derrotar antes a un demonio convertido en dios o como bien pretendían, recobrar la antigua personalidad benevolente de Soma.

-Ya lo dijo Letheus: necesita nuestra ayuda…-

-¿Soma?- preguntó Shaka.

-Así es… pronto lo comprenderás.- respondió el mimético Agni. Instantes después, Atenea entreabría sus ojos.

-¡Atenea!- gritó el dorado lleno de alegría y alivio.

-Tú… eres Shaka…- murmuró Atenea todavía adormecida. -Y ellos…- Tras reaccionar, la diosa emitió un grito sordo, horrorizada.

-¡Tranquila! Si has vuelto a abrir los ojos, es por su buena obra.-

-Atenea, ruego que nos disculpes, especialmente a mí que fui quien te hirió. Era necesario traerte aquí para derrotar a Soma. Si no actuamos, vuestro mundo, el Olimpo y el mismo cosmos, serán absorbidos en el advenimiento de la utopía de Soma.-

-¿Qué utopía? ¡No siento el cosmos de mis caballeros! ¡¡Seiya!!- gritó Atenea espantada al levantar vigorosa de la silla en que se encontraba.

-Atenea…- dijo Shaka con el tono más suave que pudo. -… todos estamos a un paso de conocer la verdad. Soma, el tirano de Parnase, ha derrotado a gran parte de nuestros compañeros mediante sus lacayos. Estos tres hombres, sus más poderosos portavoces se han convertido a nuestra causa por motivos personales.-

-Yo quiero justicia. Mi nombre es Agni…-

-A mí sólo me importa recuperar la pureza de Soma.- Alegó Udián sin presentarse. Sila sólo cerró sus párpados transmitiendo candor a Atenea.

Atenea actuó desconociendo el motivo que la movía a hacerlo. Se dispuso a caminar entre los presentes guiada por la energía de Saga, Ikki, Aioros y Cletus.

-Los pocos aliados que quedan corren un grave peligro.- alegó la diosa.

-¿Cómo? Si tan sólo queda Soma para defender Parnase…- dijo Agni. Sila comprendió entonces algo. Mirando a sus compañeros con los ojos inundados en miedo, gritó que se apresurasen mientras corrió el primero rumbo a las torres de la catedral. Segundos después, sus amigos le siguieron como si algo horrible estuviera a punto de pasar.

Saga y sus compañeros acabaron de subir la larga hilera de escaleras llegando al fin a un segundo corredor sostenido sólo por columnas, seguidas una a otra y sólo conectadas por una baranda de piedra ornamentada. El terrible clamor de una enorme y semicircular catarata les dejó casi sin aliento hasta llegar al final del pasillo. Aioros empujó una enorme puerta hasta abrir por completo sus dos pesadas hojas. Los guerreros se encontraban frente a la primera torre del terror.

Una pequeña cascada caía del techo de forma inexplicable. El agua se dividía en dos riachuelos, que fluían entre las losas del suelo, verdosas con betas azules, justo como todas las columnas y barandas de mármol que dejaban la estancia completamente rodeada y sin dejar una aparente salida.

La oscuridad apenas dejaba ver con claridad los colores, pero estaban seguros que tras las columnas, la imponente catarata semicircular les envolvía de forma inexplicable.

-¿Y ahora qué?- preguntó Cletus. ¡No hay salida!-

-¡Tiene que haberla! ¿Si no la hubiera acaso Soma no estaría aquí?- La lógica de Ikki resultó aplastante para sus amigos, pues nadie había caído en eso.

-Tienes razón. ¡Si algo he aprendido en estos años como caballero es que no hay lugar más ilógico que esta maldita catedral!- exclamó Saga. -Seguro que la salida está donde la catarata. ¿Cómo podría fluir si no cae desde un piso superior?-

-Tremendo.- dijo Aioros empuñando su arco. Nada más tensarlo, lanzó contra la parte superior de la habitación, justo por donde el agua caía, una dorada flecha. Inexplicablemente, la flecha se perdió por lo que parecía un vacío que la teletransportó. -¡Premio! No debemos perder más tiempo.- dijo a sus camaradas. -Ahí está la salida.-

Los caballeros se colocaron bajo el pequeño afluente que caía y haciendo acopio de sus energías, saltaron para llegar a techo, sintiendo en el momento de rozarlo un desagradable mareo que les llevó a otra imponente sala.

El segundo torreón era casi igual al primero. Tres de los cuatro lados de la enorme habitación estaban rodeados de columnas y una baranda de mármol, esta vez azul con betas verdes. El lado que tenía pared, lucía una puerta que debía llevar a la siguiente torre. Antes que correr a ésta, los guerreros quedaron maravillados por las impresionantes vistas similares a las de la primera torre. En esta ocasión, desde uno de los miradores, se podía apreciar la primera torre, casi al lado. La misma catarata semicircular envolvía la estancia, dejando ahora un trozo visible de la destrozada Parnase.

-¿Veis? Este laguito en el que estamos es la puerta a la primera torre. Caminemos a la otra puerta que vemos.- De nuevo, se adelantó Sagitario y empujó la puerta, que cedió revelando otras escaleras, todavía más altas que las que unían el sexto templo con la primera torre.

-¡Esto es espantoso!- tembló Cletus.

Los cinco caballeros de Atenea subieron los escalones por la oscura habitación. Tanta escalera parecía no terminar nunca, y tras más de cinco minutos ascendiendo a velocidad considerable, arribaron a otro gran recibidor, todavía más espectacular que los primeros, pero sin dejar de ser la segunda torre de Parnase.

El agua de la grandiosa catarata salpicaba incluso al interior a causa de la inexplicable cercanía del lugar a ésta. Un frío casi indescriptible sacudió los huesos de los presentes, que quedaron enamorados por tanta belleza. Por supuesto, seguía habiendo dos grandes balcones como los anteriores, y sin duda, seguía todo siendo de lujoso mármol, cuyo tono ahora era rojizo, manchado por una escala de negros y grises. El suelo, cubierto por una fina capa de agua, relucía en gris hasta el final de la torre, en cuyas aperturas entre eje y eje de las barandas, la capa de agua caía hasta el infinito abismo. Una pared al fondo, tras cuatro escalones que atravesaban el ancho de la torre, dejaba ver tres puertas, en cuyo centro, una más grande que las de sus lados acabó por abrirse.

Tres mujeres, a cual más bella de rostro, aparecieron vestidas por armaduras de protección media, aunque visible y notoriamente más poderosas que las ropas doradas. En segundos, la hostilidad se hizo presente en el rostro de la más alta de ellas, cuyo cabello al igual que el tono de su metal, era rojo. Bajo su armadura, llevaba un precioso peplo blanquecino, mojado por el azote constante de las gotas de agua que llegaban de la gran cascada siempre fluyente.

En aquella mujer pelirroja se podían sentir los más terribles sentimientos humanos, sólo comparables a la grandiosidad de la belleza de la Furia. Ninguno de los caballeros de Atenea había visto jamás semejante criatura hija de la beldad. Atónitos todos, sintieron cómo sus esperanzas se desvanecían.

-No puede ser… su sola presencia hace que entristezca.- expuso Ikki.

-Hasta aquí habéis llegado.- alegó otra de ellas, cuyos cabellos eran casi dorados y tan ondulados que parecían las olas del mar en un día de tempestad. Su tranquilidad era superior incluso a la frialdad de Camus.

-La más pequeña debe ser Alecto. La chiquilla a la que debo salvar…- pensó Saga.

-¿Qué tenemos aquí? Las hijas de la discordia…- comentó Aioros, como si las conociera. -Ya me avisó Zeus de vosotras. Tan sólo he de impedir que desatéis vuestro poder de miseria.- añadió.

Una de las tres parecía asustada. En segundos, todos los caballeros presentes se dieron cuenta de que se trataba de una asustada cría, cuyo porte no era sino el del puro terror.

-Egaria, ruego que me dejes ser la que luche primero. Siento la necesidad de proteger a Alecto con mi vida ante tales animales.- dijo la mediana de las tres.

-¡Alecto!- exclamó Saga.

Un aura pálida envolvía a Euralia, y sus ojos por primera vez fueron fríos como el acero. Insensibles ante la carnicería que con su poder podía desatar. No cabía duda de que acababa de despertar como Furia. Finalmente, Tisífone disponía de todo su poder.

Egaria y Alecto caminaron unos pasos atrás, y la cría corrió rápidamente a los brazos de su hermana mayor, la cual se agachó, demostrando amar a su sangre.

-Tranquila, Alecto. Puede que nunca haya demostrado que te quiero, pero no te sucederá nada. Lo juro por mi nombre. Además, Euralia luchará por nosotras.- La pequeña se limitó a asentir con su cabeza en el vientre de Egaria.

Aioros dio un paso al frente, declarándose como el caballero que se enfrentaría a ella en singular combate. Ante la mirada impasible de su oponente, él mostró indiferencia.

-Saga, deduzco que lo que buscas está en esta sala, así que aprovecha el momento oportuno. Vosotros tres, Ikki, Cletus y la chica, limitaos a descansar.

Sagitario sonrió como si deseara luchar. Su mirada tornó agresiva y frunció el ceño. De repente, las alas de oro de su armadura, brotaron de su espalda abriéndose para mostrar el signo de nobleza que siempre había tenido.

Euralia, por su parte, sólo extendió su brazo y con él, abrió su mano mostrando que no dejaría a nadie acercarse a sus hermanas. Un solo segundo después desapareció.

-¿¡Qué!?- Aioros fue sorprendido por la Furia, que golpeó su coraza haciendo que retrocediese. Saltando ágilmente para colocarse a su espalda, unió las dos manos y gritó provocando un rechinar del viento, que crujió en la espalda del dorado, arrojado al aire irremisiblemente. Todavía cayendo, la Furia saltó y tras una acrobacia, pateó con ambas piernas el cuerpo de Sagitario que chocó brutalmente contra el suelo haciendo un ruido abrumador.

-¡¡Aioros!!- Saga no podía creer lo que veía.

El caballero Sagitario empuñó su arco y le colocó una flecha apuntando a Euralia. Tras lanzarla, quedó horrorizado ante cómo ésta la detuvo a un palmo de su corazón. Dándole la vuelta, la revirtió contra su propio emisor e, hincándola en su brazo derecho consiguió arrastrarle contra el balcón. Tras el violento choque, cayó al húmedo piso.

-¡Lluvia de furia!- gritó la preciosa chica, que dirigió un tsunami de agua contra todos los caballeros presentes, arremetiéndoles sin miramiento y esparciéndoles por el suelo cruelmente.

-Mira que sois estúpidos. ¡¿Pretendéis enfrentaros a mí de uno en uno?! ¡Mejor sería que peleaseis todos a la vez! ¡¡Yo soy una diosa!!-

Alecto, asustada, se agachó e introdujo su cabeza entre las piernas mientras Egaria la abrazaba de rodillas, observando el desarrollo del combate. Megera Egaria sintió que en verdad, su hermana había despertado como la Furia que era.

-Es increíble su poder…- murmuró.

Sagitario levantó indignado, y volvió a empuñar su arco mientras Tisífone reía al verle. La chica negó con la cabeza la posibilidad de ser alcanzada por una flecha. Ante la provocación, Aioros dejó la cuerda destensar, impulsando así otro proyectil de oro contra ella. La Furia detuvo el punzante objeto con la punta de su dedo, haciéndolo caer al suelo.

-Es inútil, humano.- Abriendo sus ojos con fiereza, impulsó a Aioros contra la baranda de mármol por segunda vez. El caballero, de rodillas, se negó a caer y gritó furioso.

-¡Rayo atómico!-

Una versión primitiva del Plasma Relampagueante, con forma esférica recorrió las distancias entre los contendientes en segundos, pero no consiguió golpear a la chica de sutiles curvas, que ya no estaba donde antes.

-¿Qué sucede, escoria? ¡¡Lanza Furiosa!!- Una especie de trueno rojo, horizontal y ascendente atravesó la coraza de Aioros, destrozándola por delante y por detrás. Tanta sangre surgió de su cuerpo que al caer, lo manchó todo con su tono rojizo. Por más sangre que la fina capa de agua del suelo llevara, más sangraba el caballero. Los ojos de Sagitario quedaron abiertos e inmóviles.

-¡¡Aioros!!- gritó Saga mientras corría hacia su cuerpo. De nuevo, Tisífone provocó otra Lanza Furiosa, que al tener que recorrer más espacio, dio tiempo a su objetivo de esquivarla y ser sólo rozado en su brazo derecho por ella.

Aunque sólo fue un roce, Saga se detuvo, espantado por el enorme corte que tenía en el brazo. Sin darse cuenta, el golpe había pulverizado la pieza que le protegía el bíceps y ahora, casi no podía mover el brazo mientras su líquido rojo caía a chorros al suelo.

-¿De qué demonios está hecho ese ataque?- preguntó el guerrero espantado por la suerte que debía haber corrido Aioros al recibirlo directamente.

-Caballero de Atenea. Mi poder de Furia es idéntico al que pueda tener uno de esos dioses a los que habéis hecho cara hasta hoy. No sé de qué te espantas. ¿Acaso puede tu edad, mortal asqueroso, decidir el resultado de este combate de antemano?-

Egaria, expectante, pudo comprobar que la que hace media hora era su dulce hermana menor, ahora se había convertido en una asesina cruel y sanguinaria. Alecto lloraba en silencio en el regazo de su hermana.

Euralia abofeteó la mejilla derecha de Saga haciéndole chocar con una columna a más de diez metros de donde estaba. El golpe fue tan fuerte, que el caballero rebotó contra el suelo quedando casi empotrado en él. Sin saber cómo, su pómulo había sido atravesado y saboreaba el cobrizo sabor de la sangre en la boca. ¿Acaso los brazos de la Furia eran como cuchillas?-

La prepotente figura de Euralia, casi invencible, pareció reírse de Saga. Lo cierto era que a pesar del rostro apacible de la joven, su armadura tenía curvas muy agresivas. Cabe destacar que en vez de perneras, era una falda metálica lo que caía desde su cinturón hasta casi los pies en el mismo color dorado que el resto de su divina protección.

-¿Cómo demonios vamos a derrotar a esta mujer cuyos golpes puedes sesgar hasta el máximo grado de armaduras de Atenea?- se preguntó Saga.

Ikki, recuperándose del Tsunami, se alzó preparado a hacer cara a la diosa. Saga gritó advirtiéndole de lo peligrosos que eran sus ataques, pero ya era demasiado tarde y el Fénix había sido atravesado varias veces. Sus piernas, brazos y pecho fueron brutalmente castigados tras una lluvia de rayos rojos parecidos a los que tumbaron a Aioros, en trayectoria horizontal. Nuevamente, más sangre salpicó todo en derredor, llegando tan lejos que manchó el húmedo rostro de Euralia, que reía como la más sádica de las amazonas. Ikki cayó casi desangrado.

-¡Ahora le toca a esos mocosos!- exclamó la Furia mientras caminaba hacia los abatidos Cletus y Estela. Agarrando el cuello de Cletus, movió su brazo lentamente. En un solo segundo, el chico consiguió detener el tenebroso golpe que iba a recibir con sus propias manos, que resultaron horrorosamente laceradas, dejando brotar más y más sangre. Aquella Furia parecía disfrutar con el líquido rojizo que los humanos guardaban en sus venas.

-¿Eso es todo?- objetó la muchacha ante el gesto de valentía del nuevo caballero del Escorpión. -Si es así, no entiendo cómo habéis llegado hasta aquí.- Euralia soltó a Cletus, que cayó de rodillas ante ella y fue pateado en pleno rostro para caer de espaldas pocos metros atrás.

-¡¡Eso es todo!! ¡Miserables hijos de los hombres! ¡¡Levantad!!- gritó casi fuera de sí la muchacha. Incluso Egaria comenzó a tener miedo ante la actitud sádica de su hermana.

La preciosa Euralia comenzó a hacer arder su cosmos dejando claro que era superior a los cuatro caballeros que pretendían plantarle cara. Saga, pretendiendo cumplir su promesa, levantó herido.

-¡Me alegra ver que podré seguir jugando con tu vida!- dijo la joven.

-¡Explosión Galáctica!-

La lluvia de meteoros que Saga causó destrozó el suelo por numerosos lugares, llegando casi a rozar a la Furia que estaba a un paso de él. Se había desplazado a tal velocidad que ni un caballero de oro podía igualar.

-Muere, mortal…- Otro golpe rasgó la carne de Saga, que cayó de rodillas al suelo. Sus dos piernas habían sido heridas sin que su armadura pudiera servirle de protección. La cabeza del guerrero quedó a la altura justa de la mano de Tisífone, que se dispuso a atravesarla antes de fallar a causa de otra flecha de oro. Aioros de Sagitario había salvado la vida de su compañero.

-¡Sigues vivo!- gritó Saga con esfuerzo.

-No me entierres tan pronto. ¡Recuerda lo que te dije hace unos minutos sobre mi poder!- El cosmos del caballero de la flecha era mayor que hace unos instantes a pesar de haber sido herido de gravedad en la parte izquierda de su pecho.

-¿Acaso no has notado que tus flechas son inútiles?- alegó la Furia entre risas. -¡Lanza Furiosa!-

Otro rayo delgado y horizontal corrió hacia Sagitario, que desvió con un revés hacia una columna a la que cortó como si fuese una hoja de papel.

-¡¿Qué?!- gritó enfurecida Euralia. -¿Cómo has detenido mi golpe?-

-No deberías usar un mismo ataque dos veces… Los caballeros de Atenea tenemos la facultad de recordar todo ataque que se aplica sobre nosotros una vez.- respondió Aioros jactancioso.

Los ojos del caballero dorado se abrieron como nunca, y un aura de oro envolvió su cuerpo, estallando en un terrible desencadenamiento de cosmos, que acabó por volverse blanco. La armadura del guerrero se regeneró y cambió su color a un blanco reluciente, de decoraciones cobrizas y doradas. Su armadura se había divinizado tal y como él esperaba.

-¡Adiós, meretriz! ¡¡Ruptura del Infierno!!-

Del cosmos centellante del caballero, comenzaron a surgir multiplicidad de flechas de oro que se dirigían a Euralia en espirales de velocidad vertiginosa. Una tras otra, las piezas de metal se introdujeron en su cuerpo atravesando su armadura y destrozándola, abriendo su carne y atravesándola como a un alfiletero, sin piedad. Aquel ataque de Sagitario era la técnica secreta, sólo usada antes para mostrar respeto ante Galan en un pasado duelo de amistad. La furia cayó de cabeza contra el suelo siendo derrotada, pero el cosmos del valeroso guerrero quedó consumido, siendo su armadura retornada al estado normal.

-¡Impresionante!- gritó Saga mientras comprobaba que la mayor de las tres hermanas levantaba y la más pequeña corría hacia Euralia para comprobar que seguía con vida. -¡¡Ahora!!- gritó. -¡A Otra Dimensión, pequeña!-

Una esfera envolvió a Alecto, y por arte de magia, la hizo desaparecer misteriosamente. Sólo Saga sabía donde se encontraba Erinia, la cual parecía haber sido derrotada.

-Otra menos…- dijo Saga procurando ocultar sus intenciones.

-¡Alecto!- gritó Egaria casi endiosada de furia. -¿Qué le has hecho, monstruo?-

-La he mandado a un viaje ínter dimensional por el resto de la eternidad.- mintió. -¡Ya sólo quedas tú!-

-¿Y eres tú quien me va a derrotar?- gritó desesperada la diosa.

-Es una posibilidad… Si no tengo más remedio, lo haré- A pesar de responder eso, el pensamiento de Géminis divagaba por el problema de resistir hasta que Sila apareciera. Si él moría, la niña quedaría para siempre atrapada en una dimensión desconocida. A pesar de todo, no podía contar que todo lo hacía por Sila, pues se jugaba la integridad física de éste y también el destino de la chiquilla a la que amaba.

Todo ocurría tan rápido que las cosas estaban llegando a su fin casi antes de que los supervivientes lo imaginaran. Cletus recobró la conciencia y se puso en pie milagrosamente. Ikki, por su parte, sin temer a la muerte, hizo lo propio. Saga no estaba solo ante aquella última Furia cuyos poderes no parecían a las alturas en que se encontraran tan terribles como los de la primera que fue abatida.

-¡¡Saga!! ¡Has cumplido tu palabra!- Gritó Sila que recién entraba a la habitación de la segunda Atalaya. Tras Sila, aparecieron Agni, Udián, Shaka y Atenea, que se vio alegre al estar con alguno de sus caballeros.

-¡¡Atenea!!- gritó Saga emocionado.

-Saga, escapa a la tercera torre junto todo el que te pueda seguir. ¡Este combate es mío! ¡Yo derrotaré a esta tirana! ¡¡Dejadme solo!!-

Casi ciegamente, Udián corrió hacia saga y cogiéndole del brazo sano, le arrastró a la puerta del centro del muro mientras que Agni y Shaka se ocupaban de recoger a Aioros y Estela. Cletus por su parte ayudó a Ikki a correr a donde el védico de melena rubia les guiaba.

-¡Sila, nos veremos ante Soma!- gritó el caballero de la sabiduría.

A pesar de que Egaria trató de detenerles, Atenea selló el trueno que la Furia lanzó con su cosmos. Todos los presentes consiguieron escapar a la tercera torre dejando solo a Sila.

-Por favor, Sila… Sobrevive.- dijo la diosa mientras desaparecía tras los demas, corriendo como nunca lo había hecho.

-¡Egaria! ¡Es hora de que zanjemos esto! ¡Lamentarás haber sellado mi poder y haber jugado en mi contra junto al cerdo de Soma!- gritó el caballero del deseo excitado.

-Es inútil. Soma es tan poderoso que derrotará a todos tus amiguitos en segundos.- contestó la Furia, todavía molesta por que habían conseguido escapar.

-¡Han derrotado a Euralia! No deben ser tan débiles como piensas. A pesar de que yo la quería, ¡Alecto va antes que ella y que tú!-

El cosmos del caballero del deseo y la apetencia sexual despertó sin ninguna atadura, envolviendo toda la habitación en el rosa de su aura. El poder que procesaba era tal que dignificaba y asemejaba al de un dios. Por un segundo, todo pareció helarse a los pies de Sila y su armadura cambió de color a un perla pálido.

-¡Este es mi verdadero cosmos, Egaria! ¡¡El que tú retuviste!!-

Sila saltó contra la Furia pelirroja, atravesando su estómago de un solo golpe. Su cuerpo emitía tanto frío que llegó al cero absoluto en pocos segundos, helando a Megera irremisiblemente. Tras sacar el puño de su cuerpo, el védico embistió con su sólo cosmos e hizo polvo el cuerpo de aquella a la que había deseado derrotar desde que acabó con la vida de Salicio.

-Es comprensible que decidieras sellar mi cosmos, pues era superior incluso al tuyo. Lo lamento, pero he de ir al encuentro de mis amigos.-

Sila corrió por la puerta que los guerreros dejaron abierta. No podía dejar que partieran a luchar contra Soma sin él, el más interesado en poner fin a su tiranía. Sila corrió por las escaleras, hasta que tras algunas zancadas, llegó finalmente al tercer torreón, más bello que todos los anteriores.

Los grabados tribales que giraban y giraban en el suelo acababan justo en el centro de la sala en un planisferio de tonos marino y gris. El mármol de aquel torreón lo pintaba todo en un rojo tenebroso cuyas betas sólo procuraban mancharlo más del mismo macabro tono.

La tercera torre era circular, y sólo una mitad de esta tenía techo, sustentado por múltiples columnas del mismo rojizo. La zona descubierta era azotada por las gotas, semejantes a las de la lluvia, de la catarata semicircular, que ahora sí dejaba ver el cielo por fin, cuyos tonos eran parecidos a los de un amanecer decorado por la aurora boreal.

Dos escaleras de cristal ascendían hasta perderse en la inmensidad del cielo rumbo al último torreón. Ya sólo quedaba un enemigo en Parnase, y una sola persona en aquel torreón de belleza indescriptible.

-No esperaba menos de ti, Sila.- murmuró casi en silencio la voz de Udián, que con una sonrisa miró al joven. -Alecto está a salvo. Atenea también. Ya sólo nos queda una cosa por hacer, pero quiero que decidas tú. ¿Devolvemos a Soma su pureza, o acabamos con él?- preguntó el védico de la sabiduría con el libro del destino en sus manos.

-Acabemos con él.- contestó Sila casi soñando con abrazar a Alecto nuevamente. En aquel momento, el guerrero se sentía casi invencible.

-Tal y como pone en la última página de este libro, tu armadura ha cambiado. Tu decisión no: sigue siendo la misma. Aquí tienes el libro que tu padre leyó y por el cual todo esto ha pasado. Cógelo, pues a mí ya se me han acabado las palabras que leer.-

Udián comenzó a llorar y arrojó sus gafas con ira al suelo, destrozándolas. El fin de su vida, según el libro, llegaba en la siguiente página.

-Udián, si tus páginas o las mías acaban en este momento, debemos afrontarlo y luchar con la cabeza bien alta. No te rindas ahora, que tan cerca estás de tu libertad, amigo y hermano. Abrázame y vayamos juntos a donde nuestros compañeros esperan.

Los dos caballeros, el de la sabiduría y el del deseo, comenzaron a subir los peldaños de aquella escalera de cristal bajo la luz de la luna llena, la lluvia de la catarata de Parnase y la aurora boreal del prefacio de la Somátida.