Parte 29: El último círculo

El caballero del deseo yacía medio tumbado en el suelo mirando aquella hoja del diario de Lartius. No oía más que el propio goteo de su sangre. El combate que mantuvo con Exeo le dejó malherido a pesar de que su vestimenta fuera reconstruida una y otra vez hasta el presente instante. Casi con el alma partida, Sila levantó y miró a Saga.

-Sé que lo has logrado…- pensó -…por lo que no me dejaré derrotar así.- Alzando su cosmos, pudo conjurar a la vestimenta del deseo su voluntad de que se regenerase. Ante sus propios ojos y una última restauración, la gema de su abdomen, causa de las reconstrucciones, se quebró en miles de fragmentos.

-Ya imaginaba esto, por lo que antes corté tu abdomen para que tu gema estallase al usarla- confesó el dios. -Nunca podrás derrotarme.-

-Entonces, dime por qué soy yo quien de verdad te interesa como afirmaste antes…-

-Sila, eres como el hijo prófugo. La única diferencia es que yo no estoy dispuesto a acogerte en mi seno por más que lo desees.-

-¡Eres perverso! Sólo por diversión.-

-Error. Era necesario todo lo que ha sucedido para poder ver cumplido mi sueño. Tú eres mi elegido, y el que verá todo mi poder, pues intuyo que guardas algo en tu interior…- Soma parecía esperar algo.

-¿Cómo?-

-Así es. Lo que tú tienes… es aquello que yo necesito. Es el alma de otra vida que no te corresponde, lo único que me hace falta ahora que Egaria ha caído.-

El caballero Eterno caminó hasta el diario de Lartius y lo tomó en sus manos con sumo cuidado. Leyendo aquellas palabras sonrió.

-Esto no es todo lo que tu padre tiene que decirte…- El pelirrojo pasó la página. -Dedicado a Sila.- y mientras leía… -parece que hay más de pocas páginas sólo para ti. También hay palabras dedicadas a tu hermana amada.-

El caballero védico, reteniendo la hemorragia del abdomen con su mano derecha, reclamó el objeto con un murmullo casi inaudible. A pesar de que la armadura del deseo estaba como nueva, la sangre fluía por el hueco que había dejado la gema al caer rota.

-¿Lo quieres? Haré una obra de buena fe y por una vez cumpliré tu voluntad. Al fin y al cabo, hoy es tu último día en el mundo.- dijo Soma arrojando el diario a sus pies.

-Tanta crueldad…-

-¡Sí¡Lartius estaba en lo cierto! Hay algo que falla en mí, y es esa crueldad latente que contradice las vibraciones de mi angelical cosmos. Ten en cuenta que soy un dios. Soy puro. ¿Qué más da que sea bueno o no?-

-¡Nunca conseguirás de mí lo que quieres!- gritó Sila extenuado.

-¡Oh¿Acaso olvidaste de quién es esa alma que guardas en tu corazón? Su nombre es Lerne. ¡Tú mataste a la única diosa que podía ser madre de la nueva estirpe! Sólo necesito el soplo de vida que a tu hermana robaste para tener a otra hacedora. Puedo crear un ser humano, pero he de darle un alma que cumpla ciertas características-

-¿¡Qué tiene que ver mi hermana en esto¡Lamentarás reírte de mí!-

El joven corrió hacia Soma sin importarle su integridad física, lanzándole su pierna a la cara. Sin problemas, el dios paró el golpe con su mano diestra y propinó un seco puñetazo en el estómago con la otra. Cuando el muchacho se inclinó, recibió una patada sin piedad.

-Sabes de qué hablo… ¡Lerne no es quien tú quieres creer¿Olvidabas tan pronto el hecho de tu locura¿Creíste que no buscaste a esa niña tras su muerte¡Mira que la sepultaste tú!-

-¡Para de una vez!- gritó Sila casi al borde de la enajenación. Las palabras de Soma eran como afilados cuchillos.

-¡Por supuesto, ahora que la oratoria de Udián me pertenece, no te hablaré con mi sola voz¡Recuerda lo que más amabas de Lerne!-

Como si un terrible golpe fuera, Sila cayó de rodillas y comenzó a gritar de terror y dolor. En el interior de su corazón algo no marchaba bien y casi era manipulado por completo. En ese instante recordó un espíritu del bosque, hecho significativo de su infancia. ¿Acaso antes había amado a su hermana, o todo comenzó tras las palabras de aquella ninfa a la que escuchó?

-Su… corazón…- susurró. Tras el sollozo que emitió, su bramido de escozor hizo temblar los cimientos de Parnase.

-Así es. Su corazón y su alma.- Soma había crucificado al joven en pleno aire con su telequinesia. De repente, observó que el brazo izquierdo del caballero estaba herido, y, con una mordaz sonrisa, hizo que una ráfaga de viento lo desgarrara un poco más. Los alaridos seguían y el caballero de Alecto no sabía que hacer. -¡No debiste matar a Egaria, pues ahora te forzaré a subsanar ese error¡Lo que guardas de tu hermana es la esencia del sentimiento que no puedo obtener ni de mi propia armadura! Por muy dios que sea, no puedo crear un ser que haya sentido previamente…-

Saga no podía aguantar que un compañero sufriera tanto, y ante los ojos de todos, incluida Atenea, destrozó el sello de pesadumbre del dios levantándose. Estaba tan cubierto de heridas, que el dolor ya no era sentido por él.

-¡Detente, sádico!- ordenó.

-¡Sorprendente! Has hecho lo que ni la mismísima Atenea ha logrado. ¿Acaso posees el poder de los dioses?- preguntó Soma sin dejar al védico caer al suelo.

El cabello de Géminis cambió su color y palideció hasta volverse blanco. Toda la maldad le había sido devuelta de la mano de Ares. A pesar de todo, el hombre no perdió la voluntad, pudiendo controlar la fuerza como si fuera suya.

-Así es. El poder del dios de la guerra. ¡Explosión Galáctica!- Tras el grito, Un aluvión de Meteoros agredió la destrozada estancia impactando una y otra vez sobre su objetivo haciendo caer al malvado de tan tremenda energía como llevaban.

Todo el suelo de la catedral había quedado destrozado y los caballeros derrotados estaban desparramados por los suelos. Atenea levantó de su opresión nada más pudo y corrió hacia Saga, que a su vez, sostenía a Sila sobre sus brazos.

-¡Saga!- gritó la diosa. En aquel momento no había ni rastro del poderoso. -Gracias. No me veía capaz de levantar.-

Sin escuchar las palabras que intentaban sacarle de su ensimismamiento, el caballero del deseo no dejaba de ver en sus recuerdos las escenas de la infancia. Como si estuviera marcado por todos y cada uno de aquellos días, el brillo de sus ojos se había desvanecido. No respondía a las preguntas que Saori y Géminis pronunciaban.

De la nada, Soma apareció caminando. Su vestimenta oscura estaba intacta inexplicablemente. Sin embargo, el caballero Eterno parecía algo resentido.

-Aunque eres un humano, tu poder supera al de Atenea. Apenas puedo creer que me hayas obligado a alzar la guardia…- declaró encolerizado. -A lo mejor te tengo que matar a ti primero.-

-¡Ni hablar!- Atenea se opuso rotundamente. -Es hora de que yo vele por mis caballeros.-

-Eso fue lo que dijiste antes¿no? Ahora ya sólo quedan estos dos infelices.-

-¿Por qué¿Por qué Lerne?- cuestionó Saga dejando al védico en el suelo. -Apenas sé quién es, pero deduzco que pretendes algo con ella a pesar de que ya está muerta.-

-¡Qué ingenuo¿Muerta?- Soma señaló al amanerado guerrero. -¡Este cerdo moribundo la dejó con un hilo de vida congelada¡Su alma aún está entre nosotros!-

-Soma… ¿para qué un ser como tú necesita un alma si ya posee billones de ellas?-

Comenzó a reír aquel sujeto de las palabras. Mientras caminaba al destrozado balcón, alzaba sus ojos a la madre Selene. -La luna…-

-¿Cómo?-

-Artemís… Yo soy el dios de la luna, sustituido por Artemís.- dijo en voz alta.

-¿Y bien?- Saga no podía dejar de mirar la beldad del dios.

-Soy un dios, no un hacedor. Ya he dicho que puedo crear vida, pero vida mortal. La única posibilidad de alcanzar mi sueño es teniendo descendencia con una diosa. Si no puedo hacer que las almas de dioses que poseo se introduzcan en un recipiente humano, es porque no son más que fragmentos de mi armadura.-

-¡¡Esto es una locura!!- gritó Saga. -¡Estáis todos locos!- Ante tal confesión, comprendió que nada de lo que oía tenía sentido. Incluso a pesar de sentirlo, no podía creerlo.

-Lerne no era humana, sino hija de la luna. Cuando Sila la congeló, retuvo el alma de la niña en su corazón. Hoy, viendo que mis diosas han caído, necesito la esencia de Lerne para que mi descendencia sea divina e incorrompible. Si no me crees, mírale.-

Sila estaba en pie, con los ojos vacíos. Ninguno de sus sentidos le mantenía en pie. Sólo su cosmos le sustentaba. Con un rostro horrible, levantó su mano herida al cielo. La temperatura de la destruida sala disminuyó en segundos.

-¡Este infeliz tiene que liberar el poder que le confiere esa muerta¡Hasta entonces, será inmortal! Por más que sufra, más se levantará. Si su cuerpo fuera destruido, su espíritu, sustentado por el de su hermana, seguiría en este mundo. ¡Cuando suelte el poder, yo lo atraparé!-

-¡No te lo permitiré!- replicó Saga mientras comprobaba que el puño del pálido Sila estaba congelado. El inconsciente, liberó una tormenta helada contra el dios. Sus efectos fueron nulos.

-Mi armadura es inmortal.- alegó Soma con una mirada vacía. -¿Qué podría hacer yo para que liberase todo lo que necesito¿¡Quién demonios hubiera pensado que acabaríais con las tres Furias¡Si al menos la mocosa estuviera viva!-

El caballero del deseo no desistía. En su mente seguían aquellas imágenes tan crudas o dulces, dependiendo para quién fuera. Su rostro estaba impregnado en sangre justo como su brazo izquierdo, que aún congelado, no dejaba de gotear. El abdomen comenzó entonces a expulsar más de aquel líquido vital. Sin embargo, Sila no se movió de su estática pose.

-¡Es admirable!- dijo Saga ante tal milagro.

-Soma. Detente de una vez por todas.- imploró Atenea.

-¡Tomad todos mi más terrible ataque¡Los Sirvientes de la Estirpe!-

Millones de lucilos de todos los colores se alzaron al cielo y adoptaron forma de espíritus. Su agresividad era semejante al inmedible cosmos de Leúcade. Aquella masa de espectros se dirigió a modo de kamikaze contra todos los caballeros, ya estuvieran en pie, en el suelo o incluso muertos. Las explosiones se siguieron unas a otras como si reiteradas veces estallase una bomba en cada uno de los metros cuadrados de la estancia. Como es deducible, las columnas se derrumbaron contra el pavimento, éste se acabó por destrozar completamente dejando de ser plano y, convertido ya en escombro sobre escombro, no dejó de sostener los trozos de paredes que fueron cayendo destrozados por el hecatómbico poder divino.

-¡Sufrid mi ira!- gritó el dios en el centro de la estancia.

Todos los cuerpos de guerreros cayeron a su alrededor, golpeándose unos más fuerte que otros contra los restos de piedra. Saga cayó de espalda, hiriéndose de gravedad. La diosa Atenea acabó con gran parte de su armadura deteriorada y tumbada bocabajo. Sila del deseo, a pesar de haber sido protegido por una mística esfera gris, recibió parte de los daños de la lluvia de almas. Sus hombreras se quebraron y su coraza acabó por ceder, agrietándose severamente al igual que sus perneras, brazales y guanteletes. La sangre resbaló por todo el ropaje, cayendo al destrozado suelo.

-¡Sigues en pie!- exclamó Soma horrorizado. -¡A pesar de que mi más gran poder era ese… tú sigues de pie!- No podía creer aquello que veía.

-No soy yo solo el que ha resistido el ataque del millón de almas. Todos mis compañeros están vivos, Soma de la Veda.- aún coherente en sus palabras, el muchacho parecía en trance. Altamente concentrado dio varios pasos bastante torpes.

-¿Acaso sólo le mantiene su cosmos en pie¡Ni la vista, ni el oído, ni el tacto…¡¡Sólo su cosmos!!-

Sila abrió los ojos profundamente y heló todo en derredor con su helado frío. De nuevo, levantó su herida zurda y extendió los dedos.

-¡Fulgor Helado!- exclamó con toda su fuerza. El cuerpo del dios fue cubierto por una capa de hielo y posteriormente estalló en pedazos. Todo el cuerpo de la divina criatura estaba morado. A pesar de que la armadura que portaba no sufrió daños, él cayó al suelo de hinojos. La torre cuarta comenzó a inclinarse emitiendo un estruendo terrible.

-Mi torre se derrumba y mi poder… ¡es inútil contra este demonio inmortal!- pensó Soma.

-¡Después de todo, puede que sólo necesite acabar con tu amenazante vida!- alegó el dios con fiereza.

La inclinación del cuarto torreón era considerable, y en cualquier instante, iba a derrumbarse. Soma sonrió maquinando algo en su siniestra sombra habitual. Concentrando un gran cosmos en sus manos, gritó soltando toda la energía que pudo mientras golpeaba el suelo. Como resultado, éste se partió dividiendo en dos la torre desde sus cimientos. El edificio comenzó a derrumbarse y a precipitarse al vacío, allá donde la catarata de Parnase desembocaba.

Lo único que contempló Soma en su caída fue la perfecta esfera de la luna, invariable a pesar de que todo estaba inclinándose cada vez más. De pronto, todo comenzó a perder altitud y los escombros levitaron. Entretanto, el dios corrió como pudo y saltó al vacío. En pocos segundos, chocó contra la poderosa corriente de agua, que, adelantándole del resto de personas, le arrastró por entre los escombros varios minutos. Soma estaba débil, y no sabía el motivo. Cada vez se sentía más cansado hasta que finalmente, fue expulsado del río Parnaso a la orilla de la mitad de un bosque, a los pies de una laguna cristalina.

-La… la catarata de Parnase se ha desmadrado. Todo el agua ha formado un río que baja hacia la ciudad a… velocidad de vértigo.- murmuró tirado en el suelo bocabajo. El dios decidió cerrar sus ojos.

La pequeña laguna de Parnase parecía resplandecer y brillar en un untuoso azul, encendiéndose una y otra vez y llamando a aquel que pudiera asistir. Ante la vista del moribundo dios, varias sombras arrastraron sus pies hacia las orillas de aquella laguna, rodeándola.

-¿Acaso he muerto ya?- preguntó Soma al aire.

-La muerte no es suficiente precio para ti.- contestó alguna voz etérea.

-Has robado nuestro sentir y nuestra alma…- añadió otra voz, esta vez femenina.

-¿Quiénes… sois?-

-Somos los condenados.- El primero de los hablantes, alzó su mirada al cielo, contemplando a la madre luna. -Ella nos condenó a servirla eternamente como Leúcade para ti.-

-¿Y este dolor? Mi corazón arde…- El caballero Eterno despegó sus párpados y levantó del suelo, contemplando horrorizado aquel cuadro cuasi macabro.

La pequeña laguna de Parnase respiraba, iluminando todas las sombras que la rodeaban a intervalos de pocos segundos. Algunas de esas siluetas resultaban conocidas a aquel depravado ser.

-¿Quién sois vosotros¿Los condenados?- nadie respondió.

Un fulgor púrpura hizo que el cabello de uno de ellos se alzara al viento. Un cúmulo de fragmentos metálicos recubrió su cuerpo, emblanqueciéndose hasta quedar totalmente regenerado en la armadura divina de Aries. Los cabellos rosados del joven acabaron por deslizarse por sus hombros y sus ojos, azules, hicieron temblar a Soma.

A continuación, otro fulgor anaranjado envolvió el siguiente cuerpo. Otra armadura más adoptó su estado máximo, tornando sus curvas y coyunturas imposibles en pálido. Saga, como Géminis, que con sus cabellos y ojos azules, intimidó al todopoderoso.

Aioria y Anieli abrieron sus ojos también, recobrando sus armaduras, la de Leo divinizada en tonos marfil y cobre y la de la musa, por primera vez, en su tono original, tan puro como el de los propios caballeros de oro divinizados.

Shiryu, portando sólo fragmentos de su vestimenta, sintió una caricia de amor de Atenea y su ropaje fue reparado, al igual que el de sus compañeros, deificado segundos después con ese color tan claro y brillante que hasta reflejaba la luz de la noche. Su cabello negro ondeó por el viento y sus ojos, como zafiros, resplandecieron.

Cletus también, y en silencio, adoptó la forma que todos los demás comenzaban a tener. Junto a Estela, ya consciente, llegaron a la perfección de sus armaduras: El blanco en caso del escorpión, y el rojizo en caso de Arcas. Su amor les invadió en forma de cosmos abrazante.

Seiya, caído casi al principio de la batalla ante Valera, sin motivo aparente, vistió su kamei de Pegaso, en el grado máximo y más dorado que podía tener. El resplandor de su energía era tan candente como el de la laguna.

Camus y Capricornio, tan cercanos y lejanos, recuperaron sus vestimentas en estado de máximo poder y afección por ellos. Sólo se les podía ver de reojo a causa de todo el brillo que mostraban aquellas armaduras.

Al igual que con todos los demás, Shun sintió que su armadura sagrada volvía a él, y casi sin saber cómo, sus cadenas se regeneraron así como las curvas de Andrómeda. Hyoga, por su parte, recobró no sólo la armadura del Cisne, sino que brilló tanto que pareció de puro diamante.

Por supuesto, Aioros, junto a Udián, recobró las energías. Sus dos ropajes de metal se restablecieron de la nada y llegaron a tal poder que no era posible mirarles sin caer en la cuenta de todo lo que podían lograr con su luz divina.

La mismísima Atenea, se inclinó ante la laguna de Parnase, siendo seguida de sus caballeros protectores. Todos y cada uno de los presentes se hallaban arrodillados ante la majestuosidad de aquellas aguas, ante la perplejidad de Soma de la Veda.

-¿Qué significa esto?- preguntó el caballero del deseo, que levantó del suelo en aquel momento, contemplando cómo el resplandor de sus compañeros alrededor de aquella laguna parecía el brillo de una luciérnaga en tiniebla eterna. -¿Acaso Ella me está llamando¿Acaso no puedo retener más su vida?- Las lágrimas comenzaron a fluir por sus mejillas nuevamente. -He debido enloquecer a causa de este amor muerto ya hace ocho años.- susurró para sí. Aquello que veía no se asemejaba a la realidad. Soma, ante él, observaba el mismo espectáculo.

Las aguas de la laguna se abrieron como retenidas por la fuerza del mismísimo Dios. En el abismo de aquel lugar, una crisálida de hielo guardaba el cuerpo de una pequeña niña.

-Ler… ne…- murmuró el védico al contemplar cómo el ataúd se derretía rápidamente. Cuando se hubo deshecho, Lerne abrió sus ojos y como un espíritu, se alzó al cielo convertida en un cúmulo de luces de todos los colores, emitiendo un murmullo como una respiración encendida por la pasión. Dirigiéndose a su hermano, una voz resonó en todo Parnase.

-Yo ya estoy muerta, mi amor, pero libera mi alma. Ese será el regalo que yo te otorgaré con todo el amor de mi corazón.-

El espíritu de la pequeña Lerne volvió a desvanecerse en el cielo de pura altura que tomó. El caballero del deseo recobró todo su sentido común reflejando en sus ojos el sentimiento que había ocultado por ocho años. Entonces, todo sucedió: El védico juntó sus manos y tras alzarlas al cielo, fue ralentizando el tiempo.

-¡¡Aliento De La Tierra!!- gritó haciendo explosionar todo su cosmos en una esfera dorada que envolvió todo el Parnaso. De su puro cosmos un rayo incluso más helado que el cero absoluto golpeó la coraza de Soma arrojándole con una fuerza indescriptible al cielo.

El dios no podía creer lo que estaba sucediendo, pero tras la sacudida, cayó de bruces al suelo y comenzó a sangrar por el rostro y los brazos y manos así como por sus piernas y pies y ojos. Incluso sus oídos, su nariz, su corazón y su boca expulsaron el ícor divino que guardaba en sus venas.

-¿Qué es este dolor?- se preguntó en silencio mientras veía que las lágrimas de Sila también se habían convertido en sangre. -¿Acaso siento lo mismo que hay en su corazón?-

Un sentir tan triste como la siberia eterna, pero tan placentero como el eterno descanso le invadió. Entonces, Soma comprendió que jamás obtendría el alma de Lerne. Sus esperanzas se disipaban y el dolor de su corazón aumentaba segundo a segundo, llegando a ser tan insoportable como amar a todo el mundo, y que todo el mundo muriera. Por primera vez, Soma lloró lágrimas auténticas. Leúcade había sido impactada por el Aliento De La Tierra, evocando en cada alma que contenía, los sentimientos de Sila, de tal forma que Soma sintió aquello por lo que el védico del deseo casi murió multiplicado por billones de veces.

Todas y cada una de las almas de la armadura de cosmos puro se inclinaron ante el dolor de Sila, y comenzaron a desvanecerse de ésta flotando hacia el cielo, en un despliegue de colores que lo inundó todo, reconstruyendo la patria de las musas. La ciudad Parnase fue totalmente restaurada, piedra a piedra y persona a persona. Los caballeros de las musas, al igual que sus palacios de la vía santa, recobraron su vida y, por supuesto, la catedral de sombras, perdiendo su aura de estupor siniestro, se erigió de nuevo con sus cuatro torreones, sumida en el puro amor que la sustentaba. De nuevo, el cosmos de todos los caídos llenó Parnase. La gente que tanto había amado y sido amada, recuperó su ser y existencia. Todos salvo una persona…

-Sila, este es mi regalo…- dijo la voz de la pequeña Lerne. -Sé feliz en Parnase con Alecto y protégela y ámala como lo habrías hecho conmigo…- finalmente, la presencia de Lerne quedó para siempre en el cielo del Parnaso.

La armadura de Sila se apagó y cayó al suelo hecha añicos. En aquel momento, su deseo se había cumplido. No había existido más daño que el que él sentía entonces. Los caballeros presentes alzaron la cabeza, y, mirándole con sumo respeto, susurraron al viento.

-Ahora, Sila, es ahora cuando tu verdadero cosmos debe explotar.-

Aquella esfera dorada que abrazó todo Parnase revirtió su proceso encerrando a Sila y a Soma en un espacio sumido en las tinieblas. Aquel sitio era el reducto de la maldad del dios.

-¿Qué sientes ahora?- preguntó Soma jadeando. -He conseguido retener el milagro que casi logras con tu cosmos de mortal.-

-E…. estás acabado.- contestó el védico algo cansado. A pesar de que el todopoderoso era ya susceptible de recibir daños, Sila estaba casi al borde de sus fuerzas.

-¡Esto es todo lo que me queda¡Este espacio vacío!- comenzó a reír el desquiciado dios, que tras sus carcajadas, gritó con todo su aliento. El aspecto que Soma tenía en aquel momento era horrible: Unas ojeras casi negras bajo el perdido color de sus iris, totalmente impregnado en sangre y únicamente cubierto por una túnica teñida en rojo. Por supuesto, el estado de su oponente no era mucho mejor, pues éste presentaba heridas graves en el estómago, el brazo izquierdo y su rostro además de magulladuras por todos lados.

-¡Expándete, Somátida!-

El espacio vacío se prolongó al infinito y de nuevo, como si hubieran atravesado las dimensiones, se encontraban en un lugar totalmente desconocido. Todo era de cristal allí. Suelo, columnas, paredes, techumbre, esculturas… y una sobrecogedora luna parecía tragarles de cerca que estaba.

-Bienvenido, Sila.- exclamó el caballero Eterno, casi al borde de la muerte. -Si no puedo conseguir mi sueño, al menos tú morirás…-

La serenidad de Sila no se alteró. Puede que estuviera quebrado de tanto luchar, pero habiendo llegado tan lejos, se exigía a sí mismo no tener miedo. El recuerdo de su Lerne eterna y haber escuchado su voz, era todo cuanto podía pedir. Además, en su interior, sabía que Alecto estaba a salvo. Sin más dilación, el joven alzó la guardia.

Soma, perplejo de la disposición de su enemigo trató de conjurar algún don sobrehumano, topándose con la desagradable sorpresa de que había perdido todo su cosmos.

-Así es, Soma. Has perdido todo tu poder sobre mí. El Aliento de la Tierra me protege con su manto de oro. ¡Es el milagro de Gea!-

-¿¡Cómo!?-

-¡Has perdido, demonio!- El caballero del deseo extendió su palma derecha y con ella, congeló al dios. Al cerrar su puño, hizo explotar aquella figura.

-¡Todavía no, mocoso!- Soma estaba sobre Sila. En pocos segundos, resbaló sobre el hielo a voluntad para tratar de impactar con una doble patada sobre el mortal. Sus golpes seguían siendo poderosos, pues el moreno cayó al cristal quebrándolo. Al levantar, su furia se había desatado. Todos los golpes que el védico ejecutaba iban cubiertos por un manto rosa de poder, que provocaba un consecuente aumento de la energía de Sila. Tras golpear varias veces a Soma, ladeó una sonrisa.

-Ahora sí… ¡Aliento de la Tierra!- Sila utilizó aquella técnica con la que capturó el alma de Lerne y posteriormente la liberó, siendo en esta tercera vez un relámpago gélido que destruyó aquella dimensión en pocos segundos y atravesó el pecho del dios, ahora, acabado de una vez por todas.

El trueno resonó en todo el reconstruido Parnaso y Soma cayó violentamente al suelo. El dios vio las pocas posibilidades que tenía de ganar y cerró sus ojos.

-Lo he comprendido todo, Sila. No todo consiste en este poder que poseemos los dioses. Hay sentimientos.- susurró tosiendo sangre un par de veces. La herida de su pecho era muy grave y apenas le quedaban segundos.

-Así es, Soma. Si hubieras humanizado tu poder, puede que hubieras vencido. Decidiste utilizar las almas como meras armas y ellas te derrotaron a ti. ¡Tú lo has elegido!- reprochó Sila, jactancioso.

-Pero sin embargo, aunque yo muera… ella también ha… muerto.- Sonrió con malicia el moribundo malvado.

Saga, caminando unos pasos a donde el caballero del deseo se encontraba, negó con la cabeza lo que el dios acababa de decir.

-Creo que te equivocas…- en aquel instante, un vórtice negro se abrió sobre él, y una niña adormilada cayó sobre sus poderosos brazos. -… pues ella está bien.-

-¿¡Qué!?- Soma no pudo cerrar sus ojos del asombro. Si hubiera sabido que Alecto sobrevivió a la masacre… habría tenido una oportunidad…- Justo entonces, el dios expiró con una expresión de terror y maldad entremezclada.

-¡Alecto!- gritó Sila mientras caía al suelo terriblemente agotado. Su extenuación era máxima.

La pequeña no portaba aquella armadura con que fue expulsada a La Otra Dimensión, muestra de que el poder de Soma se había desvanecido. Saga la dejó sentada en el suelo y todos los caballeros que estaban alrededor del lago se acercaron a contemplarla. A los pocos minutos, Erinia se despabiló. Lo primero que hizo fue mirar los rostros de todos aquellos caballeros, algo asustada.

-¿Quiénes sois?- se atrevió a mascullar temblorosa a pesar de recordar alguna cara. Saga, con una tierna sonrisa, removió su suelta cabellera.

-Los que más agradecidos están a ese joven de allí.- respondió señalando al desfallecido Sila con ganas de hacer sufrir sólo un poquito a la niña.

-¡Sila!- La pequeña corrió hasta él sin preocuparse por nada más. En segundos comprobó que todavía seguía con vida mientras daba la vuelta a su cuerpo con esmero.

-Él te ha protegido, pequeña.- dijo Atenea en tono afable. -Luchó contra Soma él solo y venció sólo por ti.- añadió alegre.

-Eso… eso no es cierto…- se quejó el védico que, finalmente abrió los ojos.

-¡¡Sila!!- exclamaron todos mientras corrían en su auxilio.

-Estoy bien.- dijo mientras abrazó a Alecto con todo el cariño que pudo. -Gracias a vosotros, estoy bien…-

La pequeña comenzó a llorar sobre el magullado cuerpo de su queridísimo Sila. A pesar de la sangre y el sudor derramados, a ella no le importó nada más. Sólo se abrazó a él con más fuerza si cabe y cerró los ojos para soñar como cualquier criatura de diez años de edad.

Todo Parnase había sido devuelto a la vida, justo como si nunca hubiera habido tal guerra santa. Las seis atalayas, los nueve templos de las musas, la plaza sagrada y la catedral de Soma con sus torreones. Por supuesto, la gente que sucumbió por culpa del dios, fue devuelta a su vida, incluyendo todos aquellos guardianes cuyo corazón fuera realmente digno de la Ciudad Pura.

El milagro de Lerne había incluso dado un soplo a aquellos guerreros cuya vida había sido arrebatada en pos de la justicia. Así, Aldebarán, Máscara de la Muerte, Shaka, Milo, y Afrodita por parte del bando de Atenea, abrieron sus ojos de nuevo y, por supuesto, los custodios de las atalayas, las musas caídas y aquellos valientes como lo fueron Agni, Letheus y la preciosa Euralia.

Días después de la terrible guerra, Udián hizo firmar una alianza a Euralia, la nueva representante de Parnase, para estar siempre agradecidos al santuario de Atenas por lo sucedido y, ayudarles en lo que acaeciera a continuación.

¿Lo que pasó con las gentes? Tan sólo su corazón fue puro y dejó de albergar maldad. El recuerdo de aquella sangrienta batalla quedó tan sólo en aquellos que la vivieron en primera persona, convirtiéndose así en parte de la historia de la patria de las musas. Cada cual siguió con su papel en armonía, paz y felicidad hasta que poco tiempo después, el que fuera caballero del deseo, tomara una determinación… Cumplir la última voluntad de Lartius Eatros, vivificando la imagen del último de los cinco cuadros: El joven y la niña.


Y con esto, cierro el cuarto capítulo del Elixir de Soma, último a su vez. Lamento tanta sangre y destrucción, pero deben comprender que era necesario... XDD Como dice por ahí un señor llamado Soma¿no?

Lo sé, lo sé... demasiado paranóico y escueto el último enfrentamiento y, por supuesto, el final era predecible. Bueno, había cinco cuadros. Aunque pretendía otras cosas para el quinto, haré un epílogo. No sé si lo publicaré dentro del Elixir de Soma o a parte... pero si habéis llegado hasta aquí, supongo que lo leeréis. Sobre lo que haré... no lo sé. Tampoco será demasiado largo. Puede que tenga la misma dimensión que una parte (sobre 7 páginas) o dos (14), pero ya lo he dicho. A menos que pase algo raro, será corto. Sólo espero que os haya gustado esta historia y que no me pongáis en vuesta lista negra. ;)

Muchas gracias sobre todo a Shadir, que con sus comentarios, ha alegrado muchas de mis tardes. Lo mismo para CamiTaisho, que desapareció de mi vida un triste día. Añado en los agradecimientos a Tánatosdc, mi querida (sólo a veces) Niarkos, a Brigit-44 :), a Hottest-NekO.O por su aviso, también añado a Isaak Kraken XDD y a Minue (te añoro) y Azka.Chan-LoveYaoi-RedMoon...

Asias a todos y... desde este momento, pongo la historia como concluída. ¡¡Os debo un epílogo!!