Nota de la autora: Bueno, aquí estamos de nuevo!. Muchísimas gracias a la gente que me dejó reviews, los contestaré en cuanto pueda, os lo aseguro :D. Y espero que les guste el siguiente capítulo. Chau!.

Capítulo 2. Las almas dormidas

Londres... La noche había caído hacía sólo unas horas. Las estrellas apenas brillaban en el cielo oscuro, la luna menguante se alzaba, con un débil resplandor que apenas iluminaba la, desde hacía sólo unos meses, lúgubre ciudad.

Los habitantes del lugar se encontraban en sus casas, temerosos. Las calles estaban desiertas, predominaba el silencio, tenso y abrumante. El miedo podía sentirse en cada rincón de la ciudad.

No se sabía, en realidad, la causa de toda aquella situación tan extraña, de la niebla, de los cada vez más frecuentes asesinatos, robos y asaltos y de todo aquel ambiente de siniestralidad y oscuridad que se extendía alrededor. Lo mejor era ocultarse. Fuera lo que fuese lo que ocurría, aquello no era nada bueno. Era tiempo de esconderse, de proteger a la familia, pues nadie preveía lo que podía pasar al día siguiente, o si algún amigo, conocido o miembro de la familia podría estar en peligro o podía ser atacado y asesinado en sólo unas horas.

Ya nada era seguro... ni las calles, ni las casas, ni los refugios... Absolutamente nada.

El tiempo tan efímero, pasa cada vez más rápido y el futuro de la gente no está asegurado.

En apenas unos segundos puede cambiarte la vida, sin que nadie pueda evitarlo. Un día puedes tenerlo todo y al día siguiente encontrarte sólo, perdido en la ciudad, sin saber adonde ir, sin tener nada por lo que luchar.

Una situación de alerta permanente.

Las desgracias cada vez más frecuentes asolaban a toda la comunidad.

En una calle tranquila y solitaria, donde la niebla apenas dejaba divisar un trozo de cielo, una figura envuelta en una capa gris se movía sigilosa, vigilante, mirando desconfiada a un lado y a otro.

El individuo cojeaba ligeramente y caminaba despacio, sin llamar la atención en absoluto a pesar de ser la única persona que se dejaba ver por aquel lugar.

Finalmente, se paró ante un muro entre dos casas. Con voz ronca y susurrante, apenas audible, pronunció una contraseña.

Lentamente el muro hizo un ruido seco y dejó paso al individuo, que desapareció detrás suya mientras la pared se cerraba a cal y canto.

Se encontraba frente a una pequeña casa, de aspecto viejo y mohoso, con las ventanas cerradas y las persianas bajadas, muy bien protegida.

El encapuchado se acercó a la puerta y llamó dos veces con el puño.

Una voz soñolienta de hombre le llegó desde el otro lado.

-¿Contraseña?- preguntó.

-Escregutos de cola explosiva.

El pestillo sonó detrás de la puerta y esta se entreabrió ligeramente lo suficiente para que el individuo entrase por ella.

Entró en un pequeño recibidor, en penumbra, únicamente llegaba luz del fondo, donde una puerta abierta daba a una sala pobremente iluminada.

La persona que le había abierto la puerta tenía un aspecto decaído, los ojos ocultos tras unas gafas gruesas le sonreían tristemente. El cansancio reflejándose en ellos. El pelirrojo le dio unas palmadas en el hombro y le saludó:

-Buenas noches, Ojoloco.

Alastor Moody asintió con la cabeza a modo de saludo y dijo secamente:

-Arthur.

Arthur Weasley llevó al recién llegado al salón. La única luz llegaba de las llamas de una chimenea encendida que parpadeaban ligeramente y daban al lugar un aspecto siniestro. Delante había una mesita, en donde descansaba una bandeja con una cafetera y tazas.

Ambos se sentaron en el sofá delante de la mesita y Arthur le tendió a su compañero una taza de café caliente.

Ojoloco la aceptó agradecido.

-Una noche dura, eh- añadió Arthur cogiendo también una taza de café y llevándosela a los labios.

-Esos malditos mortífagos, cada vez son más numerosos y sus ataques más constantes- maldijo el hombre asqueado- esta noche han atacado a siete muggles¡siete, mal nacidos...

-Cada vez es peor- dijo Arthur tristemente observando en silencio las llamas de la chimenea.

-Desde que Albus no está, las cosas se ponen cada vez más difíciles- añadió Moody- y ahora el pobre Remus... y el muchacho...

Arthur cerró los ojos con firmeza y se restregó con una mano al sentir la falta de sueño y la pesadez sacudiendo de nuevo sus párpados.

La tragedia ocurrida una semana antes había supuesto un duro golpe para todos.

-¿Cómo se encuentra?- preguntó Moody interesado aunque resignado, sabiendo de antemano la respuesta que iba a obtener.

-Sigue igual, no hay ningún cambio, Molly está desesperada, y Ron y Hermione... nunca los había visto tan mal- repuso Arthur entristecido.

Moody asintió apenado.

-¿Y qué tal está Nymphadora?- preguntó de nuevo.

Arthur alzó la cabeza ligeramente y negó abatido.

-Ya podrás imaginártelo, se ha encerrado en la habitación de Remus y no quiere salir, ni siquiera come ni duerme- explicó- se pasa los días llorando y a veces simplemente se queda mirando por la ventana, hacia ninguna parte, es como si no estuviera aquí, y no hay forma humana de traerla.

-Pero la necesitamos, ahora más que nunca- susurró Moody preocupado.

Arthur negó de nuevo con la cabeza.

-No lo entiendes, Moody, no habla con nadie, Molly lo ha intentado miles de veces, Hermione, Ron, los gemelos, todos... y no atiende a razones, es imposible, está como muerta en vida, no reacciona.

-Igual que el muchacho- repuso Moody.

Arthur asintió.

-Si, con la diferencia de que Harry está dormido, y no despierta- explicó Arthur- todos estamos muy angustiados, lleva así una semana, y no sabemos cuanto tiempo más pasará así. Creo que está en coma, o así es como lo llaman los muggles.

Moody asintió en silencio, mirando fijamente su taza de café casi intacta.

-No lo entiendo, es imposible...- comenzó a decir Arthur angustiado- debería estar muerto, no entiendo que pasó, cuando llegamos vimos perfectamente cómo lo atravesaba el rayo de luz verde, no se que pudo pasar...

Moody lo observó entristecido y respondió:

-Por la misma razón por la que no murió hace 16 años, por su madre... por el sacrificio de Lily.

Arthur asintió apenado.

-Nadie más que Voldemort puede acabar con él, ahora que la sangre de Lily y de Harry corre por sus venas, y debemos evitarlo como sea- repuso Moody convencido.

-¿Estás realmente seguro de eso?- preguntó Arthur extrañado.

-Bellatrix no lo ha matado, y presiento que nadie más excepto él puede hacerlo. Lo que ha pasado nos lo demuestra- confirmó- ahora lo que nos falta saber es...- dijo esto último con gran esfuerzo y consternación- si despertará algún día.

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Mientras tanto, en el piso de arriba, caminando por el pasillo de puntillas, sin hacer ruido, una mujer pelirroja, rechoncha y con grandes ojeras en los ojos se acercaba sigilosamente, encaminándose hacia una habitación en concreto.

Dobló la esquina y se acercó a una puerta que se encontraba al fondo, cerrada.

Sin hacer ruido, acercó la oreja intentando escuchar a alguien en su interior, pero el silencio parecía reinar en la estancia.

Asió el pomo con la mano y con cuidado tiró de él, abriendo la puerta.

La habitación estaba iluminada por la tenue luz de unas velas. Había dos mesitas rodeando una cama, y una cómoda delante de ella.

Sobre la cama, tendido boca arriba, con los ojos cerrados, sumido en un sueño profundo, se encontraba un muchacho de cabello negro y alborotado. Sus gafas estaban sobre la mesita.

Tenía los brazos extendidos a su lado, y agarrada a una de sus manos, sentada de rodillas en el suelo, con la cabeza apoyada en el lado de la cama, también dormida, estaba la pequeña de los Weasley, Ginny.

Se agarraba con fuerza a la mano del muchacho, y respiraba profundamente, rendida por el sueño.

Había permanecido durante toda la semana ahí, sin separarse de Harry, sentada y agarrando fuertemente su mano. Apenas dormía y comía.

La señora Weasley se preocupaba mucho por su hija, por el cansancio que reflejaba y la preocupación que se veía en sus ojos cada vez que observaba al muchacho.

Los médicos de San Mungo le habían abierto unas vías en los brazos al chico y Ginny se encargaba de cambiarle el suero cada vez que se terminaba. Era la única forma de alimentarlo. Todo ello se lo había proporcionado muy amablemente el hospital.

La chica hacía todo lo que podía por que Harry se recuperase pero su madre temía profundamente que la salud de Ginny peligrase. Estaba muy decaída.

La señora Weasley abrió la cómoda y sacó una manta. Se acercó a su hija y la cubrió con ella, teniendo cuidado de no despertarla.

Con cariño le acarició la mejilla y plantó un suave beso en su frente.

Después se acercó de nuevo a la puerta, y con un último vistazo a Harry y a su hija, salió por la puerta cerrándola suavemente tras de sí.

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No muy lejos de allí, en una habitación de ese mismo piso, Hermione miraba por la ventana entreabierta, observando la noche oscura.

Tenía los brazos cruzados en el pecho y estaba de pie junto al alféizar.

De repente, la puerta de la habitación se abrió y un muchacho pelirrojo entró por ella.

Hermione apenas se dio cuenta de su presencia. Miraba la luna embelesada, ajena a todo lo que sucedía a su alrededor. Minutos antes había intentando conciliar el sueño, sin llegar a conseguirlo.

Ron Weasley se quedó de pie frente a la puerta, observando fijamente a su amiga.

A la luz tenue de la luna, el rostro de la joven se le presentaba sereno, tranquilo, pero en sus ojos podía verse claramente un brillo de tristeza.

Iba a acercarse hacia ella, cuando se fijó más detenidamente en los ojos de su amiga. Unas lágrimas silenciosas escapaban de ellos y se deslizaban suavemente por sus mejillas.

Como en un impulso, Ron se acercó a su amiga, caminando en silencio, sin hacer apenas ruido, y posó una mano sobre el hombro de la muchacha.

Hermione se volvió despacio y contempló los ojos de él, que tanto la reconfortaban y la animaban en aquellos momentos. Era la persona en la que más se había apoyado desde el ataque de hacía una semana.

-¿No puedes dormir?- preguntó Ron en un susurro acercándose más a su amiga.

La chica negó con la cabeza sin decir nada.

-Yo tampoco- repuso el muchacho- Fred y George están roncando en su cama como lirones, no se cómo pueden dormir tan tranquilos en estos momentos.

Hermione cerró los ojos con fuerza, sollozando ligeramente, las lágrimas resbalaban de sus ojos sin que apenas pudiese evitarlo.

Ron la observó entristecido, sin saber qué hacer por ella. Él también se sentía así y dudaba que nadie pudiera entender lo que sentían en esos momentos mejor de los que ellos dos se entendían.

Era su amigo, y Remus también lo había sido, y puede que nunca más despertase, o que incluso muriese.

Ese pensamiento hizo que Ron se estremeciese y ladease la cabeza intentando no pensar más en ello.

Después de estar callada un rato, Hermione comenzó a hablar en un susurro y con la voz cargada de tristeza y una inmensa agonía:

-¿Por qué tiene que pasar todo esto¡él no se lo merece¡ninguno de nosotros lo merece!- exclamó llevándose las manos al rostro y sollozando fuertemente.

Rápidamente se volvió hacia Ron y lo abrazó fuertemente. El muchacho se sorprendió al principio, pero después él también le correspondió al abrazo, y pasó una mano por su cabello intentando confortarla.

Entonces su amiga pronunció unas palabras que quedarían grabadas para siempre en su memoria:

-No me dejes, por favor- sollozó hipando ligeramente.

Ron abrió los ojos sorprendido. Después sonrió amablemente y le susurró al oído a su amiga:

-No te dejaré, te lo prometo.

Dos amigos en la noche oscura, abrazándose, sin querer separarse. Queriendo quedarse para siempre en los brazos del otro.

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La luz cae pesadamente sobre mis párpados. Los cierro fuertemente intentando disipar aquel resplandor, sin conseguirlo.

Después de un rato abro los ojos.

Me encuentro en una estancia, iluminada por una ventana abierta de par en par por la que entra la brisa cálida del amanecer. Los primeros rayos del sol asoman por ella.

Veo borroso.

Busco mis gafas, están a mi lado en la mesita, las cojo y me las pongo.

Estoy tumbado en una cama de sábanas blancas. A mi lado hay un armario, y al otro lado un baúl, repleto de ropa y otros objetos que identifico como mi equipaje de Hogwarts.

Me revuelvo el pelo negro alborotado y bostezo ligeramente desperezándome.

De repente, oigo unos golpes en la puerta y esta se abre. Una persona se encuentra de pie en el pasillo, con una bandeja en las manos.

Me sonríe amablemente, el cabello pelirrojo le cae a los lados. Sus ojos color esmeralda reflejan serenidad y felicidad.

La observo boquiabierto.

Mi madre, Lily Potter, se acerca hacia mí, acentuando más su sonrisa y me dice en un tierno susurro:

-Ya era hora de que te despertaras, dormilón.

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Fin de capítulo