Nota de la autora: Y aquí estamos de nuevo , cómo veo que la cosa no va muy animadilla por aquí (como se nota que estamos de vacas :P) he decidido colgar un capítulo más, ya que mañana me voy 10 días a visitar a unos parientes al norte y, por lo tanto, tendré mucho tiempo para concentrarme y escribir, asi que no quise ser mala e irme sin poner nada más, aunque creo que este capítulo no va a resolver del todo el misterio, más bien al contrario, jejejeje. Espero que os guste y dejadme reviews porfis! no sabéis cuanto me animan y los responderé en cuanto pueda. Muchos besos!.

Capítulo 3. Huida

La tibia luz del alba que anuncia un nuevo día despide un débil resplandor rojizo que se cuela entre las ondulantes cortinas de una habitación en penumbra. El silencio es intenso y penetrante.

En la estancia, donde una fina capa de polvo cubre cada mueble y cada rincón, se encuentra una muchacha, tumbada en una cama de lado y sujetándose las piernas entre los brazos.

Su aspecto es el vivo retrato de la desdicha y la desgracia.

Tiene la mirada perdida, fija en algún punto incierto en la pared, pero sin ver nada en realidad.

El pelo sucio, lacio y castaño se encuentra revuelto sobre la almohada. Las ojeras rodean sus ojos, cuyo brillo ha desaparecido, y ahora se presentan fríos, opacos. No reflejan nada, ni tristeza, ni rabia, ni angustia... nada.

Dicen que los ojos son el reflejo del alma, y su alma, antaño vivaracha, alegre, optimista... se había vuelto vacía, gris, sombría.

Nymphadora Tonks, era ahora un triste recuerdo de lo que había sido anteriormente.

Los días, las semanas, pasaban lentamente. La misma rutina día tras día. Había pasado tumbada en la cama, sin probar apenas bocado, desde la muerte de Remus. Tampoco dormía pues el recuerdo de su muerte la atormentaba cada noche, cada hora, cada minuto y cada segundo.

Los días, las horas se le hacían eternas, interminables.

Sólo se levantaba de la cama cuando la sed se hacía insoportable, cuando las ganas de llevar algo a su estómago eran intensas.

La mayor parte del tiempo se la pasaba mirando por la ventana, hacia el horizonte.

Por las noches, cuando caía irremediablemente vencida por el sueño, después de tratar durante horas y horas de permanecer despierta ante todo, soñaba de nuevo con él.

La misma pesadilla una y otra vez.

Remus cayendo al vacío, visión que desgarraba por completo su alma. Ella acercándose a él, acunándole en sus brazos. Pero él, con los ojos abiertos, vacíos y sin vida, ya no estaba. La marca tenebrosa en forma de calavera horripilante, con una serpiente saliendo de su boca, cubría el lugar, por encima de sus cabezas, y una risa fría, penetrante y cruel, rasgaba el cielo.

Tonks gritaba con todas sus fuerzas, se revolvía y finalmente despertaba sobresaltada.

Los latidos de su corazón palpitando a causa del miedo y la angustia.

Esa noche, como todas las anteriores, había vuelto a tener otra pesadilla. Y, aliviada, había pensado dos segundos después de despertar, que aquello era mentira, que había sido un mal sueño.

Pero, no había sido sólo un sueño...

Era un recuerdo, de algo vivido, algo que la atormentaba y destrozaba su alma, su mente, su corazón, cada día que pasaba.

Cuando volvía finalmente a la realidad, sollozaba, gritaba, arrojaba a la pared cualquier objeto que estuviera a su alcance, caminaba a un lado y a otro de la habitación, golpeando las paredes, el suelo, la puerta.

Después se derrumbaba, tumbada en el suelo, y lloraba. Un llanto agonizante, abrumador, lleno de rabia contenida, de ira y de tristeza.

Ese día no había sido diferente.

En su ataque de ira desenfrenada había roto el cristal de la ventana, el espejo de la cómoda que se encontraba a su lado, la lámpara de noche, había volcado las mesitas, las sillas, vaciado los cajones. Miles de papeles se desparramaban por el suelo.

En pocos minutos, la luz de amanecer dio lugar de nuevo a la niebla inexplicable que persistía desde hacía varios meses.

Los días eran oscuros, el sol apenas salía.

La muchacha se incorporó con esfuerzo de la cama. Tenía los músculos entumecidos, sacudidos por el cansancio.

Se levantó, despacio, y se acercó sigilosamente hacia la ventana.

Apoyó una mano en el marco y miró hacia el horizonte, intentando vislumbrar el cielo.

La niebla no era una niebla común y corriente. Esta no se movía al compás del viento. Se quedaba quieta, como paralizada en el tiempo.

Por un hueco, entre aquel manto inmenso, Tonks pudo distinguir un trozo de cielo.

La luna llena, translúcida, apunto de desaparecer, destacaba en lo alto.

La muchacha observó detenidamente hasta que, vencida por el día, esta desapareció.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, y seguían fijos en el punto en que la luna llena había desaparecido por completo.

Tonks arrugó el rostro y se llevó una mano a los labios. Cerró los ojos con fuerza, las lágrimas empaparon su rostro, su mano y, en su huida desenfrenada, chocaron contra el alféizar de la ventana.

Un sollozo escapó de entre sus labios.

Mientras tanto, al otro lado de la puerta, con la oreja pegada a la pared, Ronald Weasley, que portaba una bandeja de desayuno en las manos, se quedó parado. Un gesto de tristeza surcó sus labios.

Consternado, dio media vuelta, con la bandeja aún en las manos, abandonando el lugar.

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En ese mismo instante, en otro lugar lejano, a las afueras de Londres, en una mansión grande, imponente, majestuosa, un muchacho de cabello rubio y lacio y ojos grises se encontraba en su cuarto, tumbado en la cama, con la cabeza apoyada en los brazos, mirando al techo.

Su cabeza daba vueltas una y otra vez a un mismo pensamiento.

Tampoco había podido conciliar el sueño, ni siquiera estaba cansado.

Miraba angustiado el techo. Miles de confusos sentimientos explotaban en su pecho. Sentimientos de agonía, resignación, miedo.

Dirigió la vista hacia la ventana. Ya había amanecido y apenas entraba luz, pues el día estaba envuelto en sombras y apenas llegaban los rayos del sol.

Las cortinas tapaban la ventana y la estancia se encontraba en penumbra.

De repente, sintió un dolor agudo en el brazo izquierdo.

Ocultando un gesto de dolor, levantó el brazo y se arremangó la manga del pijama.

La Marca Tenebrosa, grabada en su piel, se encontraba negra, oscura como la noche. Le escocía dolorosamente y le quemaba.

Incapaz de aguantarlo. Se levantó rápidamente de la cama. Cruzó el pasillo y se dirigió al cuarto de baño.

Su reflejo le devolvió la mirada en el espejo.

Su expresión, antes firme y orgullosa, ahora era asustadiza, triste, decaída. La preocupación se reflejaba en ella. Sus ojos estaban llenos de miedo y de angustia.

Abrió el grifo y, con las manos, recogió un poco de agua y se mojó la cara.

Se apoyó en el lavabo y se quedó ahí un rato, respirando profundamente, intentando calmarse, aguantando el dolor.

Lentamente se apartó del lavabo y se sentó sobre la taza del váter.

Apoyó los brazos en las rodillas y ocultó la cabeza entre las manos.

Los recuerdos de los meses anteriores, cuando aún estaba en Hogwarts, lo atormentaban en sueños, cada vez con más frecuencia. Grabada en su mente estaba la imagen de su antiguo director, con el miedo reflejado en sus ojos azules tras las gafas de media luna, observando la llegada de la muerte, y de improsivo, la maldición traspasando su pecho y saliendo despedido por los aires, más allá de la torre. Rememorar aquella imagen sacudía su alma, llena de remordimientos, y lo traspasaba como puñaladas de acero clavándose repetidamente en su pecho.

Podía verle claramente, cayendo de la torre, con los ojos abiertos, y estrellándose estrepitosamente contra el suelo.

De repente, alzó el rostro bruscamente y apoyó la cabeza en la pared. Su cara se contrajo en un gesto de dolor, las lágrimas se deslizaron suavemente por sus mejillas. Sollozó ligeramente y tragó saliva.

Abrió los ojos y ladeó la cabeza, llorando todavía y con la respiración agitada.

A su lado, encima de la bañera, pudo distinguir la silueta de algo fino y afilado.

Se incorporó un poco, y se puso de rodillas. Cogió la cuchilla, se dio la vuelta y se sentó en el suelo, de espaldas a la bañera.

Alzó la mano y la observó detenidamente ante sus ojos, como si vislumbrara una última esperanza, como si su única salvación estuviese contenida en aquella pequeña cuchilla afilada.

No era cobarde, no, no huía... Aquello era lo mejor, acabaría con el dolor, con el sufrimiento. Su familia dejaría de peligrar por su culpa.

Luchaba por su familia, para no perjudicarla más, para que estuvieran a salvo. Su vida no valía nada en aquellos momentos y no debía seguir dejando que otros pagaran la culpa de sus fallos.

Esto era lo mejor... dejar de existir.

Con la mano derecha agarró la cuchilla, y alzó el brazo izquierdo, donde la Marca Tenebrosa se había tornado de nuevo roja.

Blandió la cuchilla delante del brazo y lentamente fue acercándola.

Hizo un pequeño corte, encima de la calavera, la sangre comenzó a brotar de la herida, las gotas caían suavemente por su brazo y empapaban la manga del pijama.

Draco contrajo un gesto de dolor. Cada vez más rápido, comenzó a cortar la piel, haciendo pequeñas heridas sobre la marca. Apretaba los dientes con rabia. Quería arrancarse aquella cosa de la piel, sacar todo el veneno que había en sus entrañas.

La sangre salía a borbotones de las heridas y caía al suelo, formando un charco que se hacía más y más grande por momentos.

Finalmente, la cuchilla resbaló de entre sus dedos y cayó al suelo a su lado, ensangrentada.

Echó los brazos a los lados y apoyó la cabeza en el respaldo de la bañera.

La sangre brotaba cada vez más deprisa, tenía toda la muñeca ensangrentada y la marca tenebrosa totalmente desfigurada, irreconocible.

Los ojos se le cerraban, su vista comenzó a nublarse. No le dolían las heridas. Respiraba aliviado, estaba liberándose, lo sentía.

Un susurro lejano llegó a sus oídos pronunciando su nombre.

Su madre lo llamaba en su habitación.

Escuchó unos pasos, que le parecieron lejanos, y antes de desmayarse pudo observar la silueta de su madre, acercándose alarmada hacia él, gritando su nombre angustiada y sosteniéndole en sus brazos.

Después de eso nada. Sólo oscuridad. La oscuridad lo rodeaba todo.

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La habitación, en la que se encuentran dos personas, está en penumbra, la única luz proviene de una ventana entreabierta, por la que se cuela un resquicio de aire frío.

La mañana está tranquila y silenciosa, sin embargo, el cielo gris y nublado, amenaza con desatar una fuerte tormenta.

Las cortinas se mecen suavemente movidas por el aire.

Una muchacha, sentada en una silla junto a la ventana, se estremece.

Se levanta y sin hacer ruido, cierra la ventana.

Ginny Weasley mira a la calle un instante. Está desierta. La gente se refugia en sus casas desde que la fría niebla lo cubre todo, y se producen cada vez más y más ataques, inexplicables para los muggles, que creen que detrás de todo se esconde uno o varios asesinos en serie.

Pero para los magos, aquello era mucho más...

Era el augurio de una guerra que pronto se desataría en toda Inglaterra y, si no llegaba a evitarse, en el mundo entero. Y los mortífagos cada vez estaban más confiados, los ataques se repetían muy a menudo, y los aliados en su bando eran cada vez más numerosos.

El mal se escondía en cada rincón del país.

Ginny había sido siempre muy optimista. Después de la muerte de Dumbledore había continuado creyendo en que aquello, a pesar de significar una gran pérdida para todos al haber perdido a su líder indiscutible y el más sabio mago que jamás ha habido, en que ellos lo conseguirían, y sobre todo... por encima de todas las cosas... en Harry, aquel al que tanto amaba.

Estaba convencida de que él lo lograría y lo seguía estando a pesar de todos los acontecimientos ocurridos recientemente.

Pero, las ilusiones puestas en la Orden, en el ministerio y en los aurores habían caído en picado. La situación se hacía casi insostenible y ella ya no estaba tan segura de que las cosas pudieran mejorar llegados a este punto.

Desvió la mirada y se dio la vuelta, mirando hacia la cama que había detrás de ella, en la que un muchacho de 17 años descansaba apaciblemente, de un sueño incierto del que no sabía o no si despertaría.

Se acercó y volvió a sentarse en la silla.

Ginny se inclinó suavemente y posó una mano sobre la del muchacho, acariciándola tiernamente.

De repente, sin previo aviso, el chico comenzó a balbucear palabras sin sentido. Una situación que se repetía muy a menudo, aunque después de ello, Harry continuaba su sueño apacible.

El muchacho ladeaba la cabeza sobre la almohada, y se retorcía suavemente, como si estuviese teniendo una pesadilla.

Ginny lo observó con tristeza, deseando que despertase pronto, que no se prolongase más aquella pesadilla que parecía atormentar al muchacho.

Apretó su mano fuertemente y susurró unas palabras, cargadas de cariño y ternura:

-Yo sé que despertarás, estoy segura, porque creo en ti.

El muchacho siguió con su habitual balbuceo, hasta que, por sorpresa, una palabra logró cobrar sentido entre las demás.

Ginny abrió los ojos sorprendida, escuchando a Harry pronunciar aquella palabra cargada de cariño y emoción contenida:

-Mamá... Mamá...

Fuera, en las calles, las gotas de lluvia comenzaron a caer fuertemente sobre ellas. La tormenta se desató con rapidez y un rayo fugaz surcó el cielo.

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Fin del capítulo