Capítulo 4. Visitas

"Esto es un sueño... si, debo estar soñando... eso debe ser... sólo un sueño". Por mi mente pasan una y otra vez estas palabras. No soy capaz de encontrarle otro sentido a lo que estoy viendo. Me siento confuso, mareado... Trato de recordar lo que hice ayer, lo que llevo haciendo desde hace varios días... pero nada... Sólo vacío".

"Qué es lo que me pasa?".

Miro a la persona que hay ante mí, que me sonríe con dulzura, con sincero cariño. Pero aún no puedo creer lo que veo... Es imposible.

-¿Te encuentras bien?- el rostro de mi madre se torna preocupado cuando me mira, sentado sobre la cama, con el entrecejo fruncido y negando lentamente con la cabeza.

Avanza unos pasos hasta situarse junto a mi, con la bandeja aún en las manos y observándome extrañada, mientras yo retrocedo instintivamente hacia atrás, aún sorprendido.

Deja la bandeja sobre la mesita que hay junto a mi cama y vuelve a mirarme, preocupada. Extiende una mano hacia mí, pero yo me aparto todavía confuso y anonadado.

-¿Qué pasa, cariño¿has tenido una pesadilla?- mi madre insiste preocupada y extrañada al ver mi reacción.

Trago saliva y respiro con dificultad, nervioso. Es imposible que ella este aquí, pero parece tan real. Sus gestos, su semblante preocupado, sus ojos...

No puede ser... no puede...

Observo nervioso e intranquilo. La veo extender el brazo de nuevo, intentando alcanzar mi mano. Espero que al tocarme aquella cruel visión desaparezca, revelando lo que es en realidad... Sólo una alucinación... un sueño.

Un escalofrío recorre mi cuerpo cuando, al rozar mi mano, me doy cuenta de que no sólo aquella visión no desaparece, si no que al contacto con mi mano, siento de verdad cuan real es ella. Tan real cómo la cama sobre la que estoy sentado, cómo las sábanas que me cubren, o como la brisa que recorre el cuarto y acaricia mi rostro, suave y delicadamente. El calor que desprende su mano aferrando la mía me reconforta, y un leve cosquilleo recorre mis dedos cuando ella acaricia con los suyos mi mano, tiernamente.

Arqueo una ceja, aún confuso y atónito y, casi sin poder evitarlo, de mis labios escapa un susurro. Una palabra que siempre había querido pronunciar, sólo para ella, y que jamás, hasta ahora, había tenido oportunidad de decir.

-¿Mamá?.

Su gesto se torna aún más preocupado.

-¿No me reconoces?- pregunta extrañada- Oh, debe ser la fiebre, todavía no te has recuperado- alza una mano hasta tocar mi frente y afirma- Sí, tienes bastante fiebre todavía.

La observo coger de nuevo la bandeja y colocarla encima de la cama, sobre mis piernas.

-Te vendrá bien comer un poco, pero tendrás que seguir en la cama- prosiguió nuevamente, sonriente.

-¿Estoy soñando, verdad?- pregunto extrañado, aunque mis palabras me suenan absurdas nada más pronunciarlas.

Ella vuelve a observarme preocupada y se levanta.

-Sí, realmente, es más serio de lo que pensaba- afirma levantando una mano y agarrándose la barbilla, pensativa- voy a decirle a tu padre que venga a echarte un vistazo.

Si decir una palabra más, se vuelve rápidamente y desaparece por la puerta.

Cuando me quedo sólo, contemplo detenidamente la habitación. El lugar me resulta desconocido, aunque extrañamente familiar. Por alguna razón, un sentimiento de nostalgia aflora en mi interior. Soy consciente, sin saber por qué, de que aunque no lo recuerde, ya he estado aquí antes.

Me levanto de la cama, dejando la bandeja a un lado. Encuentro unas zapatillas junto a la mesita y me las pongo.

Rápidamente salgo al pasillo, mirando a un lado y a otro, extrañado.

Sí... definitivamente conozco este lugar.

Salgo al pasillo, observando detenidamente cada detalle del lugar, cada rincón. Hay varias puertas detrás de mí, varias lámparas adornan el pasillo y, más adelante, un hueco me revela que allí, a la izquierda, hay unas escaleras.

El pasillo está adornado con varios retratos. La gente que hay en ellos se encuentra dormida, algunos roncando estrepitosamente, otros durmiendo plácidamente. A mi lado, a la derecha, hay un espejo. Cuando me miro, mi reflejo me devuelve la mirada con gesto asustado. Nada ha cambiado, sigo siendo yo. Llevo un pijama de nylon, de color blanco. Mi rostro está pálido y algo demacrado, y unas ojeras adornan mis ojos.

Aparto la mirada del espejo y me dispongo a caminar, pero apenas he dado unos pasos cuando oigo voces en la escalera y alguien que sube por ella.

Rápidamente miro a un lado y a otro, nervioso, buscando un sitio en el que ocultarme. Sin embargo, la persona que sube la escaleras ya está muy cerca, y me sorprende desprevenido, en medio del pasillo, mirando a ambos lados sobresaltado.

-Harry¿qué ocurre?.

El corazón me da un vuelco cuando observo a la persona que me mira extrañado y se planta ante mí desconcertado.

Su pelo azabache y alborotado, es igual que el mío, sus ojos color avellana escondidos tras unas gafas cuadradas, su nariz pequeña y fina como la mía. Mi padre alza los brazos lentamente y me coge por los hombros.

-¿Estás bien, tu madre dice que tienes fiebre- me pregunta extrañado, pero antes de que pueda decir nada más, me llevo una mano a la cabeza.

Veo a mi padre, pero no puedo distinguir su rostro. La vista se me nubla y la cabeza me da vueltas. Siento que las piernas me flaquean y que mi padre me sostiene, antes de desmayarme.

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Abrió los ojos, vagamente, su vista se nubló unos instantes hasta que finalmente pudo despejarse. La habitación en que se encontraba estaba en penumbra, aunque los rayos del sol asomaban entre los agujeros de la persiana cerrada. Era de día aún.

Se encontraba en su cama, boca arriba, con los brazos extendidos hacia los lados.

Estiró los dedos, pero de repente, sintió un dolor agudo en la muñeca izquierda.

Levantó el brazo con bastante esfuerzo, aguantando una mueca de dolor y descubrió una venda enrollada firmemente alrededor de su muñeca, que le apretaba fuertemente. Estaba empapada en sangre.

Volvió la cabeza, mirando a los lados, y descubrió, sentada en una silla, dormida junto a su cama, a su madre. Tenía ojeras y su rostro estaba pálido. Parecía cansada.

Draco se incorporó con esfuerzo, intentando apoyarse lo menos posible en la mano izquierda y miró a su alrededor.

La habitación seguía tal y como la recordaba, excepto por una camilla, que se encontraba junto a su cama, llena de artilugios médicos extraños.

Levantó con brusquedad el brazo derecho, tratando de alcanzar la camilla, y de repente sintió un dolor agudo y contuvo un grito de dolor.

Le habían abierto una vía que estaba unida a una bolsa de suero, junto a la mesita de su cama.

Draco se preguntó cuánto tiempo llevaba inconsciente, alimentándose simplemente de suero. Tuvo la certeza de que había pasado bastante tiempo, pues tenía la boca seca y se sentía débil y algo mareado.

Se dejó caer en la cama, sujetándose la cabeza con una mano.

Entonces oyó a su madre moviéndose a su lado, dándose la vuelta en sueños. Pero no se despertó.

Estaba sediento, así que, desechando la idea de despertar a su madre, pues se veía claramente en su rostro que no dormía desde hacía días, se levantó lentamente de la cama, apartó las sábanas a un lado y, apoyándose en la bolsa de suero, caminó hasta el pasillo.

Toda la casa parecía sumida en las tinieblas. No se veía luz en los pasillos ni en las demás habitaciones.

Draco recorrió el pasillo hasta llegar al cuarto de baño. Se acercó al grifo y, con cuidado, lo abrió y bebió un poco de agua. Le supo fresca y gloriosa al contacto con sus labios.

Después cerró el grifo y se apoyó en el lavabo, mirándose en el espejo.

Su propia imagen le devolvió la mirada, una mirada apagada, triste, cansada... Su rostro estaba extremadamente pálido y demacrado, al igual que el resto de su piel. Parecía realmente enfermo, pero no lo estaba. Se sentía cansado, débil y le dolía el brazo izquierdo solamente.

Y, sin quererlo, su mano resbaló un poco, y se topó con algo frío y afilado. Una cuchilla. La que había utilizado unas noches antes... para suicidarse.

Todavía estaba manchada de sangre.

Draco la cogió entre los dedos y la observó detenidamente, cómo embobado ante su simple visión. Y recordó, con miedo y angustia, cómo se había clavado la punta, una y otra vez, sobre la piel de la Marca. Recordó la sangre, brotando de sus heridas y deslizándose rápidamente por su brazo.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo.

Siguió así, quieto, observándola, hasta que, escuchó pasos a sus espaldas. Se volvió, aún con la cuchilla en sus manos, y contempló la figura de un hombre, que se había acercado y se había apoyado en el marco de la puerta, mirándole.

Era un hombre alto, moreno, de tez pálida y cabello grasiento que le caía a ambos lados de la cara. Vestía de negro y una media sonrisa surcaba sus labios. Una sonrisa fría, pero a la vez, amistosa.

-¿Vas a volver a hacerlo, Draco?- susurró Snape con malicia observando la cuchilla en manos del muchacho- ¿vas a volver a intentar suicidarte como hiciste hace tres días?.

Draco le devolvió la mirada sombrío y sin decir nada, tiró la cuchilla al suelo, con rabia. Después se encaminó hacia la puerta, ignorando al recién llegado, y recorrió el pasillo hacia su habitación.

Snape lo siguió de cerca, sin importarle la reacción de indiferencia del muchacho.

Ambos llegaron a la habitación de Draco, justo en el momento en que Narcissa Malfoy despertaba, mirando a un lado y a otro, buscando a su hijo alarmada.

Finalmente lo vio de pie, junto a la puerta, y se levantó rápidamente de su asiento, corriendo hacia él.

-¡Draco, oh... ¡Draco!- exclamó llorando amargamente, estrechando a su hijo entre sus brazos. Draco colocó una mano en la espalda de su madre y apoyó la cabeza en su hombro, tristemente.

Sabía que la mujer no había dormido en varios días, velando el sueño de su hijo, esperando que despertase.

-Hijo mío, estaba tan preocupada... – susurró Narcissa plantando suaves besos en las mejillas y la frente de su hijo, soltando lágrimas amargas- por unos momentos creí que no te recuperarías.

Draco miró a su madre a los ojos, tristemente, la mujer sonrió con dulzura, cogiendo el rostro de su hijo entre sus manos.

-Lo siento, mamá- susurró Draco comenzando a llorar también y abrazando a su madre de nuevo.

Narcissa correspondió a su abrazo con ternura, acariciando la cabeza de Draco y susurró:

-Lo que importa es que ahora estés bien- la mujer se volvió a mirar a Snape, que se había quedado apoyado en la pared, con los brazos cruzados, observando la escena- Snape te curó y te puso unas vendas en el brazo, menos mal que vino a ayudarte, si no... no se que hubiera hecho.

Snape sacudió la cabeza, sin darle importancia a ello y esbozó una pequeña sonrisa.

-No tienes que agradecerme nada, Narcissa, yo te prometí que cuidaría de él, y es lo que debía hacer.

Narcissa asintió emocionada, pero Draco le devolvió una mirada fría e impenetrable a su profesor. No le gustaba que tuvieran que cuidarle como si fuera un crío, y mucho menos aquel mortífago.

-Deberías acostarte, Draco, aún estás muy débil, perdiste mucha sangre y necesitas recuperar fuerzas- repuso Snape amigablemente, acercándose a ellos, dispuesto a ayudarle a caminar.

Draco desechó la idea y se volvió bruscamente, caminando hacia su cama, apoyado en la bolsa de suero.

Se sentó con suavidad, su madre le ayudó a subir las piernas y lo tapó hasta arriba en un afán protector. Parecía realmente aliviada y su rostro incluso reflejaba una profunda paz y tranquilidad.

Draco sonrió a su madre, cuando ésta se apoyó en su cama y acarició tiernamente a su hijo en el brazo izquierdo.

Cuando rozó las vendas con los dedos, no pareció inmutarse siquiera, pero Draco se preguntó, consternado, qué pensaría su madre de lo que se había hecho y de por qué había intentado quitarse la vida.

Snape que se había mantenido a una prudente distancia, se acercó de nuevo a ellos y apoyó una mano en el hombro de Narcissa.

-Narcissa, él ha venido a ver a Draco, está esperando fuera desde hace unos minutos- dijo únicamente acercando su boca al oído de la mujer para que Draco no pudiera oírles.

Ella se volvió, bruscamente, hacia Snape. Una chispa de miedo se encendió en sus ojos, aunque su hijo no pudo advertirlo.

-Pero, Severus... apenas acaba de despertarse...- susurró nerviosa- necesita descansar, aún no está para recibir visitas.

Snape sonrió compadeciendo a la mujer.

-Narcissa, sabes que él entrará de todas maneras, no puedes impedírselo- prosiguió él intentando convencerla- quiere verlo ahora mismo.

Narcissa se volvió hacia su hijo, que contemplaba a los dos, sereno e impasible, sin sospechar lo que ellos hablaban, aunque alzó una ceja desconcertado por el brillo de miedo que había aparecido en los ojos de su madre.

Draco miró a su madre, y se acercó a ella, preguntándose qué pasaba, pero entonces, Narcissa se dio la vuelta, mirando a Severus, cuya mano seguía apoyada en su hombro, y suspiró resignada.

-Está bien, Severus, pero- añadió antes de que este se dispusiera a marcharse- quiero que estés presente tú también, por favor.

El hombre asintió, tranquilizándola. Se dio la vuelta y salió por la puerta de la habitación dejando a Draco y Narcissa solos.

Entonces, el muchacho se acercó más a su madre, que miraba al suelo, cabizbaja, y se atrevió a preguntar:

-¿Qué pasa, mamá?.

Narcissa permaneció con la cabeza gacha, cómo si no lo hubiera oído, durante unos minutos hasta que, finalmente, alzó la vista y miró a su hijo, desolada.

Pareció que iba a decir algo, pero, antes de que pudiese contestar, la puerta de la habitación se abrió de nuevo y Snape entró, acompañado de una figura misteriosa, envuelta en una capa.

Snape cerró la puerta tras el encapuchado y, momentos antes de que se bajara la capucha, Draco supo a quién iba a encontrarse tras ella.

Tragó saliva, inquieto, y miró de reojo la venda que rodeaba su brazo izquierdo. Bajo las vendas, la Marca Tenebrosa comenzó a latir con fuerza, haciéndole daño.

Draco se estremeció ligeramente. Un escalofrío recorrió su cuerpo como cada vez que se encontraba con él.

El hombre se bajó la capucha, dejando al descubierto un rostro pálido y huesudo, una nariz aplastada, con dos orificios en forma de rajas. Sus ojos rojos, de pupilas en forma de serpiente, brillaban repletos de ira.

Lord Voldemort le devolvió una mirada furiosa al muchacho. Draco se estremeció de miedo e instintivamente se agarró al brazo de su madre, que estaba apoyado sobre la cama, a su lado.

El señor Tenebroso se acercó hacia ellos, deslizándose suavemente sobre el suelo, hasta quedar junto a la cama de Draco y se quedó observándoles.

Narcissa bajó la cabeza en señal de respeto ante él, y Draco la imitó, todavía nervioso.

Voldemort alzó una mano y ambos levantaron la cabeza para mirarlo.

Miró directamente a Draco y comenzó a hablar, con una voz fría y cargada de maldad:

-Severus me ha informado de lo que pasó aquí hace tres días- dijo mirando a Draco impasible- ¿es cierto que, en un intento desesperado, quisiste quitarte la vida, Draco?.

La fría mirada de Voldemort pasó del rostro del muchacho a las vendas que rodeaban su brazo izquierdo, empapadas de sangre.

Draco dudó y, asustado, asintió finalmente, bajando la cabeza.

Voldemort no dijo nada más. Se volvió, dando la espalda al muchacho y después de permanecer en silencio unos segundos, susurró, intentando parecer apenado, con una voz cargada de rabia:

-Muchacho inconsciente¿era esa la única forma que encontraste de escapar de tu destino?- se volvió bruscamente hacia el muchacho, observándolo furioso- ¿de verdad creías que podías escapar tan fácilmente de tus responsabilidades?.

Draco tragó saliva, asustado ante las palabras de su señor.

Entonces, de improviso, Voldemort se acercó a Draco, lo alzó por la barbilla, acercando su rostro hacia él y susurró con desprecio:

-Dime, muchacho¿que debería hacer ahora contigo, ya que tu lealtad una vez más ha flaqueado¿debería matarte o torturarte, o tal vez las dos cosas... no sé, ambas opciones son tentadoras...- terminó de hablar y esbozó una cruel sonrisa.

Draco se estremeció y miró asustado hacia los ojos de su amo, cargados de furia.

Narcissa se levantó con brusquedad de la silla, se hincó de rodillas en el suelo y se abrazó a la túnica de Voldemort, llorando amargamente.

-Por favor, mi señor- suplicó – no le hagáis daño, hacedme daño a mí si queréis pero no a él... por favor.

Voldemort soltó la barbilla de Draco y se volvió hacia la mujer. La apartó de él con brusquedad y caminó unos pasos, alejándose de la cama de Draco.

La mujer se quedó en el suelo, apoyada en la silla, llorando y sollozando ligeramente.

Draco la miró, desolado, y sintió un nudo apretándole en la garganta.

Voldemort se volvió de nuevo y miró a Severus, que había contemplado la escena, sin intervenir apenas en ella.

-¿Qué propones tú, Severus, tú conoces a Draco mucho mejor que yo- preguntó con maligna curiosidad.

Snape miró un instante al muchacho y se volvió hacia su maestro, sereno y tranquilo, mientras decía:

-Sin duda, deberéis castigarle, mi señor- susurró mirando a Draco seriamente- nada puede impediros que lo hagáis, pero, creo que si le matáis estáis dándole justamente lo que quiere, lo que intentó hace sólo unos días.

Draco fulminó a Snape con la mirada, pero este le dirigió una mirada precavida y añadió:

-Pero deberíais darle otra oportunidad, mi señor, para que pueda demostrar realmente hasta qué punto os es fiel.

Con una última inclinación de cabeza, Snape se retiró y se apoyó en la pared del fondo, como una sombra, dejando claro que su intervención ya había acabado.

Voldemort se volvió hacia Draco y lo examinó exhaustivamente, como si estuviera estudiándolo.

Draco no se amilanó pero no se atrevió a mirarle directamente a los ojos, simplemente se quedó quieto, impasible, tratando de calmarse.

Narcissa miró a Voldemort, implorante, sentada junto a Draco.

Finalmente, después de unos minutos, el Lord sonrió maliciosamente y comenzó a hablar.

-Muy sensato, Severus- susurró sonriendo con euforia- tienes razón, recibirá su castigo si, pero tendrá que hacer algo, una última cosa que de verdad demuestre hasta que punto llega su lealtad- añadió- y tú no podrás ayudarle, no cómo la última vez¿entendido?.

Snape asintió con respeto, haciendo una profunda reverencia.

Voldemort se volvió de nuevo a Draco, que lo contemplaba asustado, temiendo lo que el Lord pudiera encomendarle.

-Y si no lo hace... entonces ya no habrá ninguna oportunidad más...- añadió con una cruel sonrisa- y creéme, Draco- ahora se dirigía directamente a él- la próxima vez no serás tú el que pague las consecuencias de tus errores.

Voldemort dirigió una mirada maliciosa hacia Narcissa, cuyo cuerpo se estremeció ligeramente ante las últimas palabras de su señor.

Draco miró a su madre y tragó saliva, nervioso.

Fuera, en las calles, el sol desaparecía lentamente por el horizonte, dando paso a la noche, oscura y abrumante. Un manto estrellado apareció en el cielo, la niebla cubrió el lugar, y la luna menguante se alzó fría y hermosa, sobre todas las estrellas.

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Mientras tanto, en otro lugar, en pleno centro de Londres, una figura se movía, inquieta, de un lado a otro, en la esquina de una calle tranquila y silenciosa.

Miraba su reloj cada pocas veces... cómo si estuviera esperando a alguien.

Ocultaba su rostro bajo una capucha, como si temiese que lo descubrieran, allí sólo en plena noche.

De repente, al final de la calle, una figura misteriosa apareció, doblando la esquina, y se deslizó hasta plantarse cerca de la otra figura, que, de espaldas a ella, miraba a un lado y a otro, nerviosa.

Entonces, el nuevo visitante alzó una mano y la apoyó sobre su hombro, sobresaltándole.

Este se echó hacia atrás y se agarró el pecho, asustado, contemplando a la figura que se había colocado tras él.

El recién llegado apoyó una mano en su propia capucha, que le cubría el rostro y la apartó, dejando ver su melena rubia, recogida en una coleta, sus ojos saltones, su sonrisa divertida y unos pendientes extraños, en forma de ópalos, colgando de sus orejas.

Luna Lovegood sonrió divertida al ver la reacción de su amigo.

-¡Qué miedica!- se burló- ¿Quién te creías que era, Neville?.

El muchacho apartó su propia capucha y repuso, malhumorado:

-Pues podrías haber sido un mortífago, esto está demasiado silencioso y esa niebla- añadió señalando al cielo- pone los pelos de punta.

-Si hubiera sido un mortífago no me habría tomado la molestia de llamarte por detrás¿no, directamente estarías muerto- repuso Luna sin inmutarse.

Un escalofrío recorrió el cuello de Neville al imaginarse la escena que le había relatado su amiga. Sacudió la cabeza, todavía nervioso y preguntó:

-¿Por qué has tardado tanto, llevo media hora aquí esperando- la regañó.

-No ha sido fácil salir de mi casa a estas horas¿sabes?- repuso Luna como si pareciera evidente- mi padre siempre se acuesta tarde buscando historias para su periódico, cuando me he asomado a la ventana de mi habitación, estaba en el jardín, examinando los arbustos, he tenido que salir por la parte de atrás de la casa para que no me viese.

Neville miró a Luna desconcertado y preguntó:

-¿Estaba mirando los arbustos a las 12 de la noche?- la muchacha asintió- ¿para qué?.

Luna alzó la vista y suspiró exasperada.

-Pues, evidentemente, estaba buscando un Squonk, por supuesto.

Neville alzó una ceja, sin comprender.

-¿No sabes lo que es un Squonk?- preguntó Luna al observar el semblante de incomprensión de su compañero.

Neville negó con la cabeza, sonrojándose ligeramente, y sintiéndose algo estúpido.

-Un squonk es una criatura horripilante, parecida a un sapo, que sólo sale de noche y que es muy escurridizo, nadie jamás ha logrado atrapar uno- explicó Luna.

-¿Y por qué le interesa a tu padre?.

-Pues, porque una de las características del Squonk es que se siente muy desdichado por su aspecto, así que constantemente llora y derrama lágrimas de tristeza, es el ser más desgraciado que existe.

Neville siguió sin comprender.

-¡Por Dios, Neville, ata cabos, hombre- repuso Luna exasperada- ¿de que crees que se alimentan los dementores?.

-¿De la desgracia ajena?- preguntó Neville temeroso.

-¡Exacto!- exclamó Luna contenta- así que mi padre cree que los Squonk son la causa de que cada vez aparezcan más y más dementores, de eso va su nuevo artículo, es ingenioso¿eh?- añadió emocionada.

Neville asintió, aunque no estaba muy convencido de ello. Dudaba que aquella fuera la causa de los ataques de los dementores, pero no dijo nada. No quería chafar las ilusiones tan disparatadas de la muchacha, eso era lo que la caracterizaba. Y lo que más le gustaba a Neville, a pesar de que los demás la vieran como una chiflada.

Para Neville, el hecho de que Luna pensara así, de que tuviera ilusiones en las cosas más impensables, aunque fueran casi imposibles... Su continuo optimismo, en definitiva, era lo que la hacía tan especial.

Cuando estos pensamientos pasaron por su cabeza, Neville no pudo evitar ruborizarse.

Luna se dio cuenta y preguntó extrañada:

-¿Te pasa algo?.

Neville negó bruscamente, con el corazón latiendo fuertemente en su pecho.

Luna se encogió de hombros y de repente comenzó a caminar.

-Vamos, ya hemos pasado bastante tiempo aquí, tenemos que llegar al ministerio cuanto antes- dijo apretando el paso. Neville la siguió.

Una brisa helada recorrió las calles. Los chicos apretaron las túnicas fuertemente para resguardarse del frío.

Neville miró a su alrededor y no pudo evitar preguntarle a su amiga:

-¿De verdad crees que hemos hecho bien escapándonos?- preguntó nervioso.

Luna no contestó. Sacó algo de su bolsillo. Una especie de moneda, pero diferente a las de los magos. Era la moneda que habían utilizado durante su quinto curso, para acudir a las clases del E.D. La contempló con nostalgia y dijo:

-No sé si está bien, pero lo que si sé es que tenemos que ayudarles, hacer todo lo que podamos por Harry y por los demás, y quedándonos en nuestras casas no estamos haciendo absolutamente nada.

Neville sonrió y asintió, de acuerdo con ella.

Doblaron de nuevo una esquina y observaron al fondo, al final de la calle, dónde podía verse una especie de cabina de teléfonos.

Pero... para los magos era mucho más que eso...

-¿Estás segura de que en el ministerio sabrán dónde está Harry?- preguntó Neville dudoso.

Luna se encogió de hombros y susurró resignada:

-Si ellos no lo saben, entonces no podemos contar con nadie más que nos ayude a encontrarlos.

Caminaron deprisa y llegaron a la cabina.

Luna asió el pomo de la puerta y tiró. Pero de repente algo la retuvo. Una mano enfundada en un guante negro se posó sobre la de la muchacha.

La chica se volvió asustada, para observar al recién llegado, que se ocultaba detrás de una capucha.

De repente, Neville empujó a su compañera y se puso delante de ella, protegiéndola y se enfrentó al hombre, con la varita en alto, apuntándole. Tragó saliva, nervioso, y preguntó en un arranque de valor:

-¿Quién eres tú?.

El encapuchado alzó la mano y se bajó la capucha. Neville y Luna lo contemplaron, asustados.

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Fin del capítulo

Nota de la autora: ¿Interesante verdad, jejeje ¿quién será esa figura enmascarada, ahmmm hasta el siguiente capítulo nada... Y me temo que eso será dentro de bastante tiempo, porque lamentablemente las fechas para mis recuperaciones se acercan y sobre todo... SELECTIVIDAD aghhhhhhhhhhhh . k miedo!. Así que si la cosa va bien y puedo aprovarla definitivamente, entonces me tendréis pronto por aquí con otro capi y... quién sabe si algo más :P. Espero que os haya gustado. Y me animará mucho durante este tiempo recibir nuevos reviews, os lo aseguro :P (lo dejo caer asi como quién no quiere la cosa... ejem jejejeje). Hasta pronto!.