Notas: ¡Buenas, feliz domingo! A pesar de haber estado muy ocupada últimamente parece que ya voy levantando cabeza, estoy más animada y tengo más fuerzas.

Me preocupa un poco haber incluido demasiadas escenas diferentes en este capítulo, ¡espero que os guste de igual manera!

La lluvia de los últimos días había borrado por completo el rastro de Kikyo hasta el punto de que Sesshomaru era incapaz de determinar en qué dirección se había marchado la sacerdotisa. Mi preocupación aumentó también al recordar a Kohaku y en cómo había sido abducido cruelmente por Naraku. Aún recordaba su amenaza la última vez que nos encontramos con él, la cual hacía que un escalofrío recorriese mi columna.

Con todo esto presente, los demonios que me acompañaban parecían mantenerse serenos en aquella búsqueda, haciéndome preguntarme si percibían el paso del tiempo de forma distinta, ya que ninguno parecía haber sucumbido aún a la desesperación o la frustración. Admiraba aquella paciencia y perseverancia de todos y cada uno de ellos.

Por otro lado, había comenzado a tomar cada día la receta que me había dejado la anciana Kaede para la contracepción, como medida preventiva. Pocos días después de eso, había experimentado mi primer período tras haber perdido a mi bebé. No estaba segura de cuánto tiempo había transcurrido desde aquel episodio, pero podía concluir con seguridad en que mi ciclo se había tomado su tiempo en volver a regularse, al menos dos lunas. Tampoco sabía cuánto tardaría en normalizarse, pero quería pensar en ello como una buena señal de que mi cuerpo estaba comenzando a recuperarse de haber vuelto de la muerte, entre otros eventos traumáticos...

Sesshomaru se había mostrado preocupado desde que había percibido el olor de mi sangre en el flujo menstrual, y aunque no podía decir que no me gustase recibir ese tipo de atenciones… Los remedios medicinales que me había ofrecido tenían un color y olor tan extraño que no había querido preguntar por los ingredientes antes de ingerirlos. Aun así, el sabor era poderosamente amargo, y no aliviaba el dolor lo suficiente para que mereciese la pena pasar por el mal trago. Terminé por rechazar su ayuda amablemente cada vez que me los ofrecía.

Además de eso, había otras noticias positivas. Después de tantas semanas de andanza juntos, había logrado hacerme un hueco en el corazón de Jaken, quien también se había preocupado mientras yo me encontraba más vulnerable, aunque él jamás lo admitiría. El hecho de que preguntase por mi condición y se ofreciese facilitarme otros alimentos alternativos a las medicinas de Sesshomaru me ayudaron a sentirme por fin más integrada dentro de la comitiva. Ah-Un buscaba con frecuencia mis caricias y atenciones mientras yo reposaba en su lomo, las cuales yo correspondía con gusto, siempre bajo la mirada de soslayo de Sesshomaru.

Normalmente, el demonio de cabello plateado no se mostraba abiertamente cariñoso conmigo durante la vigilia, sino que trataba de actuar como un severo líder con todos nosotros. Sin embargo, al caer la noche solía permitirme acurrucarme a su lado, por lo que no era un secreto para ninguno de nuestros acompañantes que nuestra relación se hacía más cercana con el paso de los días. En parte, era posible que una de las causas de que nos sintiéramos más cómodos fuera que podíamos ser cada vez más directos el uno con el otro, con Jaken respetando finalmente nuestras conversaciones, sin interferir en ellas. Por otro lado, estaba convencida de que haberme acostumbrado a ver a Sesshomaru transformarse antes de salir de caza también me había ayudado a reducir mi miedo considerablemente.

El can demoníaco podría actuar con relativa normalidad a mi alrededor, e incluso podía permitirse gruñir sin causarme mayor sobresalto. Sin embargo, la barrera que aún no habíamos logrado superar era la física. Y aquel día, estaba decidida a acariciar el cuerpo de la descomunal bestia.

El sol de mediodía brillaba en lo alto, arrascando destellos del pelaje plateado del demonio.

- Siéntate, Sesshomaru.

Con un gruñido de conformidad, la bestia reposó sobre sus cuartos traseros. Entonces di un paso en su dirección, aún temblorosa.

- Al suelo. – Le pedí con timidez.

El can obedeció una vez más, tumbándose en toda su extensión. Tragué saliva mientras comenzaba a rodearlo, vigilada por su atenta mirada carmesí. Aquella vez ni Jaken ni nadie más supervisaba nuestro encuentro, pues había aprendido a controlar el tembleque de mis piernas por mí misma. Decidí acercarme a la parte más alejada de su poderosa mandíbula, la cola, en primer lugar.

El apéndice peludo guardaba un tremendo parecido con la estola que Sesshomaru cargaba y con la cual me envolvía en las noches de frío, por lo que me recordaba a un lugar seguro. Estiré los dedos, aún algo dubitativa. No le molestaría que me acercase por la retaguardia, ¿verdad? Lancé una mirada cauta al rostro del animal, que me observaba con las orejas en alto. Reconocí ese gesto, después de haber estudiado sus expresiones caninas por un tiempo: sólo estaba atento, por lo que no debía de haber ningún peligro. El rabo del animal comenzó a mecerse, probablemente en un gesto de relajación y tranquilidad, aunque a mí no hacía más que generarme más estímulos de los que estar atenta.

- No se mueva, por favor. – Le pedí con nerviosismo.

Sesshomaru se detuvo al instante. Era reconfortante que siguiera mis instrucciones de forma infalible, eso me había ayudado a ganar seguridad con su forma de bestia. Dando un profundo suspiro, finalmente, alargué el brazo para acariciar el pelaje de la enorme criatura. A pesar de la áspera y gruesa apariencia del cabello, su tacto era incluso más suave que el de Mokomoko. Aquel fascinante descubrimiento me animó a recorrer toda la extensión de la peluda cola del animal.

- Eres mucho más suave de lo que me esperaba, Sesshomaru. Me haces cosquillas en las yemas de los dedos. – Fui incapaz de contener una animada risa mientras lo acariciaba cada vez con mayor entusiasmo.

El animal gimoteó, llamando mi atención. Agachó la cabeza mientras me seguía observando fijamente. No terminaba de comprender qué quería decir es esta ocasión.

- ¿Le molesta que le toque la cola? – Pregunté, confundida.

Sesshomaru gruñó mientras devolvía su mirada al frente. Detuve mis caricias. Quizás era doloroso que lo acariciase a contrapelo con aquella intensidad, pensé. O tal vez se trataba que me había acostumbrado a dirigirme a él sin honoríficos cuando no tenía aspecto humano. ¿Era posible que estuviera molesto por eso?

La bestia no se movió un ápice mientras yo esperaba una nueva reacción por su parte. Avancé en dirección a su hocico mientras me acariciaba el pelaje de su pata trasera. Pude percibir bajo la mata de pelo los poderosos y duros músculos del animal, así como podía sentir los huesos en las protuberancias más externas. Él siguió quieto como una estatua mientras yo estudiaba su complexión, fascinada.

Me permití un segundo para contemplar sus afiladas garras, clavadas en el suelo, aplastando hierbajos y la tierra a su alrededor, antes de proseguir con cautela. La piel de su vientre era más fina, además de escasa en cuanto al pelaje que lo recubría. La carne caliente se hinchaba y encogía acompasada con el ritmo de su respiración, en un pacífico estado de reposo.

Entonces detuve mi exploración un instante, con la esperanza de hacer contacto visual con Sesshomaru una vez más, pero él no se volteó a mirarme. Supuse que no debía estar incómodo con mis caricias, dada su relajada postura.

Tragando saliva, seguí recorriendo su larga envergadura hasta toparme con lo que quedaba de su brazo izquierdo. Rocé con delicadeza el borde de la cicatriz, justo por donde se había hundido el tajo de la Tessaiga meses atrás. Sesshomaru no reaccionó ni se alteró de ninguna forma debido a mi tacto en aquella zona, por lo que supuse que debía de haber perdido la sensibilidad alrededor de la herida. Sin embargo, una punzada de dolor sí que se removió en mi pecho al recordar cómo había sucedido todo. No podía dejar de sentirme responsable en parte por aquel accidente, obligándome a pensar métodos fantasiosos para solucionarlo, sin éxito alguno. Sabía que no existía forma humana de devolverle el brazo, por lo que traté de hundir en el fondo de mi consciencia una vez más aquel sentimiento de culpabilidad, ya que no tenía sentido frustrarme de aquella manera. Tampoco quería que él se sintiera triste por mí, eso hubiera sido demasiado injusto para él. No parecía el tipo de persona a la que le gustase ser compadecida, así que decidí que lo mejor sería tratar aquel brazo con total normalidad.

Dada la completa ausencia de reacción por parte del demonio en aquel punto, apreté el paso para encontrarme cara a cara con la bestia. Cuando terminé de rodearlo me percaté de que estaba dormitando, estirado sobre la mullida hierba. Su rostro revelaba una pacífica expresión de reposo, como si no tuviese ningún tipo de preocupación. Casi parecía un perro doméstico de aquella manera, si no tenía en cuenta sus peculiares colores y su colosal tamaño.

El can gigante abrió los ojos cuando me sintió pasar por su lado, elevando su cuello, sin realizar ningún movimiento brusco. Apreté los puños, obligándome a mí misma a no desviar la mirada de aquellas pupilas celestes rodeadas del color de la sangre. Quería confiar en aquella criatura de la noche, en que no iba a hacerme daño por mucho que me acercase. Reuniendo todo mi valor, estiré el brazo en dirección al hocico de la bestia.

No pude evitar cerrar los ojos con fuerza ante la visión de aquel cráneo enorme descendiendo sobre mí. Las manos me temblaban, estaba sudando y mi respiración comenzaba a acelerarse. No. Aquello no había sido una mala idea, no iba a pasar nada, me repetí a mí misma una y otra vez en bucle, hasta que me asaltó la traicionera duda sembrada por el miedo… ¿Y si me equivocaba?

Estaba comenzando a asumir que iba a perder el brazo que tenía estirado cuando una sensación húmeda y esponjosa se instaló bajo mis dedos. Abrí los ojos, despacio, encontrando mi mano apoyada sobre la nariz de la criatura. Posiblemente, una de sus zonas más vulnerables y sensibles en aquel estado. Miré a los ojos del perro diabólico y por primera vez logré encontrar un atisbo del hombre al que amaba en ellos. Aquellos orbes, aunque distaban en color y tamaño, reflejaban la misma calma y ternura que los iris de color ámbar a los que estaba acostumbrada. Reconfortada por aquel pensamiento, acaricié con ambas manos el hocico del animal, recorriendo el tabique nasal de abajo hacia arriba. Sesshomaru cerró los ojos despacio, dejándose acariciar como si fuera la sensación más agradable que hubiera experimentado jamás.

Entonces, no pude evitar sonreír.

- Viéndole de cerca, me parece muy adorable bajo esta apariencia. – Murmuré, dejando escapar el aire contenido en mis pulmones.

La criatura de desvaneció bajo un haz de luz, dejando frente a mí a la forma humanoide de Sesshomaru, con sus marcas doradas sobre el rostro y las orejas puntiagudas. Retiré las manos en un acto inconsciente, nerviosa ante su repentina cercanía.

- Te recuerdo que soy el poderoso Lord del Oeste. – Refunfuñó Sesshomaru con tono serio. – Uno de los demonios más poderosos de estas tierras. Parte de mis funciones consisten en aterrorizar a mis enemigos. No creo que "adorable" sea un calificativo adecuado, Rin.

Me reí, divertida. Debía de haberlo ofendido.

- Tiene razón, el Señor Sesshomaru tiene una poderosa aura que infunde autoridad y respeto. – Le respondí, tratando de contener la sorna en mi voz. – Aunque yo no creo que vuelva a temerle nunca jamás.

A pesar de lo descaradamente divertido que me resultaba burlarme de su título, la expresión del demonio se relajó considerablemente. Parecía satisfecho con aquella concesión.

Totalmente perdidos en mitad del bosque, sin ningún rastro que seguir, Sesshomaru había optado por explorar los alrededores del monte Hakurei. Al toparnos con alguna aldea, yo era la encargada de acercarme e interrogar a los aldeanos sobre si habían visto a alguna sacerdotisa sola por aquellos caminos.

Al principio, los habitantes más ancianos desconfiaban de mi por aquellas extrañas preguntas, pero algunos niños confesaban haber visto a una mujer con ropajes de miko a altas horas de la madrugada. Lo curioso era que todos los avistamientos de la sacerdotisa se habían dado cerca de aldeas en las cuales se estaba preparando algún tipo de ritual funerario. En todos los casos, las víctimas se trataban de mujeres, elemento que no parecía tener nada de fortuito o casual.

Una vez conseguía algunas respuestas, empleaba las piezas de carne fresca que me había facilitado Sesshomaru para intercambiarlas por otras provisiones, como arroz y especias, además de ropas de abrigo para el invierno que se avecinaba. Casi podía escuchar cómo los aldeanos me llamaban "demonio" o "bruja" cuando abandonaba las aldeas, pero no podía culparlos. Era de extrañar que una mujer de mi complexión y sin armamento visible pudiera obtener toda aquella carne, aunque con las hambrunas y las guerras acuciantes todos recursos eran insuficientes, por lo que aceptaban de buen grado la mercancía a cambio de pequeñas cantidades de su producción. Aun así, en algunos casi recelaban de mí y se negaban a negociar conmigo.

Sin embargo, gracias a aquella exhaustiva investigación pudimos llegar a la conclusión de que Kikyo, efectivamente, no se acercaba más de lo necesario al monte Hakurei. Las aldeas más cercanas a la montaña sagrada no habían visto a una mujer de aquellas características en los alrededores. Comencé a vincular aquel hecho con lo que me había dicho Inuyasha, que Kagura estaba allí dentro… ¿Eso quería decir que Naraku también? Aunque no lograba averiguar cómo, tras haber sido testigo de cómo el aura de la montaña afectaba a los demonios que me acompañaban…

Me hubiera gustado escuchar la opinión de Sesshomaru respecto a este asunto, pero por algún motivo, no me agradaba la idea de hablarle de Kagura. Había algo que me había parecido muy íntimo en la relación de aquellos dos la única vez que me había encontrado con ella, aunque sutil, pero que me hacía sentir suficientemente insegura como para evitar mencionar su nombre en presencia del Lord del Oeste. Tampoco era nuestro asunto lo que estuviera haciendo aquella mujer, nosotros sólo estábamos en busca de Kikyo, después de todo. Respecto a Kohaku… No tenía mucha idea respecto a su paradero, por lo que a menudo rezaba porque estuviese bien, y que no estuviera sufriendo más de lo que ya lo hacía en el pasado. Tendríamos que salvarlo, no podía dejarlo solo, pero me sentía muy impotente y frustrada cuando pensaba en él. A veces deseaba poder ser una hábil exterminadora o tener poderes como Kagome, para poder ser más útil. Aunque sabía que solo me quedaba conformarme con mis limitadas capacidades.

- ¿Pasa algo, Rin? – Me preguntó Sesshomaru una noche, cuando todos estaban durmiendo.

Me revolví en su estola, frotándome contra su hombro. Ambos teníamos la espalda apoyada en el tronco de un árbol, y el fuego aún crepitaba con las últimas brasas.

- Estaba pensando en Kohaku... – Confesé. – Sé que aún ni siquiera hemos encontrado a Kikyo, pero… Él también me preocupa.

- ¿El muchacho de la aldea? Nos lo volveremos a encontrar si nos cruzamos con Naraku. – Reflexionó en voz alta el demonio.

No se le daba demasiado bien consolar o tranquilizar a una persona en aquel tipo de situaciones.

- Supongo que no podemos hacer nada más que seguir esperando, entonces… - Musité con resignación.

- No creo que se encuentre tan alejado. He percibido el olor de Kagura muy a menudo por los alrededores.

El hecho de que se hubiera dado cuenta, pero no me hubiera dicho nada al respecto me desató un inesperado ataque de celos. Apreté los puños, tratado de contener mis agitadas emociones. No había pasado nada, no debía apresurarme en mis conclusiones.

- ¿Qué relación tiene o ha tenido con Kagura, Sesshomaru?

El hombre fue incapaz de sostenerme la mirada tras escuchar aquella pregunta.

- ¿Por qué lo preguntas? – Inquirió, evasivo como nunca le había visto antes.

- Inuyasha me dijo que había visto a Kagura adentrarse en el monte Hakurei. – Dije, única y exclusivamente para observar su reacción.

Sesshomaru se mostró sorprendido por aquella revelación, aunque, sobre todo, molesto.

- ¿Por qué no me lo habías dicho hasta ahora, Rin?

- No pensé que fuera importante. – Espeté, con tono cortante. - ¿Acaso me equivoco?

El demonio parecía inquieto.

- Es complicado de explicar.

- ¿El qué? ¿Que erais cercanos antes de que yo apareciera para romper el sello? – Escupí, sacando conclusiones precipitadas.

Pero no podía evitarlo. Algo en su mirada y aquellas evasivas me decían que no me equivocaba. ¿No podía solamente admitirlo?

- Rin… - Musitó mi nombre mientras se atrevía a mirarme a los ojos nuevamente. – Nunca ha habido nada entre Kagura y yo. – Me aseguró con tono tranquilizador.

Esta vez fui yo quien rehuyó su mirada.

- ¿Entonces por qué te hablaba de forma tan cercana cuando apareció en el castillo? No se dirigía a ti como los demás, era como si te conociera de hace mucho…

Sesshomaru rodeó mi cintura con su único brazo para atraerme hacia él. Su calor era reconfortante, aunque no lograba apagar la mecha de inseguridad que había estallado en mi interior.

- Kagura tiene sentimientos por mí, no tiene sentido ocultarlo. Ella había sido encargada por Naraku la misión de vigilarme e informarle si lograba recuperar mis poderes. Pero a pesar de aquellas órdenes, Kagura no lo hizo. Estuvo cubriendo todos mis avances, aunque en un inicio yo desconfié de ella. Creía ciegamente que, a cambio de sus acciones, ella esperaba yo que la ayudara a traicionar a su Amo, una vez hubieran regresado mis poderes. – Permanecí en silencio mientras escuchaba atentamente su narración. - Sin embargo, un día me besó. – Aquella afirmación dolió como una bofetada en la cara. - Pensando en ello ahora, estoy seguro de que me ayudó porque sentía algo por mí, aunque no alcanzo a comprender el motivo… Pero la cuestión es… - El demonio sujetó mi mentón con delicadeza y me obligó a mirarlo a los ojos directamente. – Que ya la rechacé en ese momento.

Contuve la respiración un instante. No estaba segura de si quería saber más, pero la curiosidad terminó venciendo.

- ¿Por qué lo hizo?

- Porque no podía parar de pensar en ti mientras lo hacía. De ese modo, me di cuenta de que no podía ni quería corresponder sus sentimientos. Jamás podría aceptar los sentimientos de nadie por lástima.

Sintiendo cómo las lágrimas acudían a mis ojos, a punto de estallar, le lancé una última pregunta con un hilo de voz:

- ¿Entonces no tienes en mente una segunda compañera? ¿De verdad que no piensas en Kagura de esa manera?

Me deshice en lágrimas mientras recordaba cómo me había explicado que era normal en su especie el tener múltiples parejas. No había vuelto a sacar el tema a la luz, pero no lo había olvidado, ya que era un asunto que me atormentaba cada cierto tiempo. Y Kagura, desde luego, era una figura que desencadenaba todos mis miedos y preocupaciones al respecto.

Sesshomaru me estrechó contra su cuerpo con dulzura, apoyando su mejilla sobre mi sien.

- Ya te dije que no tengo intención de buscar ninguna otra compañera. Solo te deseo a ti. No me gustaría que no olvides, humana.

Su voz estaba teñida de tristeza al pronunciar aquellas palabras. Él tenía razón, no me había dado ningún motivo para desconfiar y siempre había sido claro en ese aspecto. ¿Por qué me había puesto tan a la defensiva de repente?

- Lo siento. – Me disculpé mientras me secaba las lágrimas de los ojos. – No sé qué me ha pasado, perdón…

El demonio depositó deshizo su abrazo para observarme detenidamente.

- Entiendo que te haya podido generar inseguridad todo ese asunto, es algo a lo que no estás acostumbrada.

- Me siento tan tonta por dudar de usted… - Admití, avergonzada por su intensa mirada.

- Está bien, Rin. Es lo que sientes. No tiene nada de malo… De hecho, podría decir que hasta me agradaba tener una hembra tan posesiva…

Sesshomaru dijo aquel último comentario mientras su mano se posaba sobre mi muslo.

- ¡Sesshomaru…! – Le espeté, nerviosa ante su íntimo contacto. - ¿Por qué tienes que hacerlo sonar como algo obsceno…?

- La pregunta es cómo podría evitar esos pensamientos, teniéndote tan cerca…

El demonio se inclinó para rozar sus labios contra los míos. Mi mente entró en estado de pánico, por un momento. Aquello no podía ser, Jaken y Ah-Un reposaban a unos metros de nosotros, era demasiado descarado…

Sin embargo, en aquel preciso momento sentí un dolor desgarrador atravesando mi pecho. Me encogí sobre mí misma, agarrándome el torso. Sentía como si hubiera alguien tirando de mis entrañas, como si se fueran a salir de mi interior. Con la visión comenzando a nublarse, apenas pude distinguir cuando el demonio se puso en pie, llevándose la mano a la empuñadura de una de sus espadas. El dolor comenzó a desvanecerse, sintiéndome tan ligera como si lo hubiese expulsado todo, incluso el aire de mi interior…

- No pierdas la consciencia, Rin. – Ordenó él con el tono de voz firme y sereno que le caracterizada.

Aquello era más sencillo de decir que de hacer. Aun así, me esforcé por mantener los ojos abiertos, e incluso me clavé las uñas en la muñeca para que el dolor me impidiese perder el sentido. Mis pulmones parecieron instalarse de nuevo en mi interior, por lo di una gran bocanada de aire, concentrándome en inhalar y exhalar lentamente.

Sesshomaru lanzó una estocada justo por encima de mi cabeza. Apenas me quedaban reflejos para sobresaltarme siquiera. Tan pronto como hizo aquello, sentí los pedazos de una criatura fría y gelatinosa caer a mi alrededor. Mi cuerpo volvió a sentirse completo y perfectamente funcional. Dejé caer mis brazos sobre mi regazo, agotada. Cada rincón de mi ser se sentía pesado y entumecido.

- ¡Señor Sesshomaru! ¿Qué está ocurriendo? ¿Nos atacan? – Jaken se incorporó de un salto, sobresaltado por los ruidos de batalla.

Aunque la escena había transcurrido casi en completo silencio, los más sutiles sonidos no habían escapado a sus agudos sentidos. Sesshomaru enfundó su espada, arrodillándose a mi lado.

- Ya se ha acabado, Jaken. – Aclaró brevemente a su siervo. - ¿Cómo te sientes, Rin? – Se dirigió hacia mi mientras examinaba mi rostro.

- Yo… - Balbuceé. – Estoy bien, creo.

Todo había ocurrido demasiado deprisa, aún me estaba recomponiendo, pero no notaba nada extraño en primera instancia. Recuperando el sentido de la orientación de nuevo, eché un vistazo a los pedazos que habían caído a mi alrededor. Se trataba de una especie de insecto a alargado, completamente blanco y traslúcido. Era imposible olvidar una criatura tan singular.

- Kikyo… - Logré musitar. – Se trata de uno de los espíritus que acompañaban a Kikyo… Debe estar cerca…

Traté de ponerme en pie sin éxito, notando cada músculo de mi cuerpo completamente agarrotado. Sin mediar palabra, Sesshomaru me acompañó hasta recostarme junto al lomo de Ah-Un, que nos observaba con los ojos muy abiertos.

- Saldré en busca de pistas, aunque no detecto su olor en los alrededores.

Tras informarme de sus intenciones, trató de darse la vuelta para ingresar en el bosque, aunque lo retuve sujetando débilmente la amplia manga vacía de su kimono.

- Lléveme con usted, por favor… - Le supliqué.

- Esa inmunda criatura ha intentado robarte el alma. – Explicó el demonio, notablemente irritado. – Lo que debes hacer es reposar, no sabemos cómo puede afectarte.

- Pero no quiero que me deje aquí sola… - Sollocé.

Era consciente de que estaba siendo infantil, pero odiaba la idea de verlo marchar, quedando a la incierta espera de su regreso.

- No estarás sola. – Me aseguró. – Jaken y Ah-Un se quedarán contigo.

El pequeño demonio verdoso se paró en seco mientas terminaba de recomponer su atuendo y tomar su báculo de dos cabezas. Parecía muy seguro de que iba a acompañar a su Amo. Mientras Jaken le replicaba, Ah-Un resopló con suavidad y rodeó mis hombros con su cuello. Parecía alegrarse de tener compañía, por lo que me acurruqué en sobre su escamoso costado.

A pesar de las protestas de Jaken, la orden de Sesshomaru prevaleció. Él se adentró en las profundidades del bosque, completamente solo, dejándonos a nosotros tres dormitando lo que quedaba de noche, impacientes ante su regreso.

- Rin, he encontrado a Kikyo.

La profunda voz de Sesshomaru me sacó del oscuro pabellón del sueño. Mis párpados se sentían pesados, por lo que los abrí, despacio.

- ¿Ella está bien…? – Pregunté en un hilo de voz.

Pude apreciar que apenas estaba amaneciendo, debido a la tenue iluminación. El demonio se erguía de pie ante mí.

- Está entera, es todo cuanto te puedo decir… ¿Tú cómo te sientes?

Eché mis hombros hacia atrás, en un perezoso intento de desentumecer mi cuerpo. Había acumulado mucha tensión en el cuello, sospechaba que me estaría molestando durante todo el día.

- Cansada… - Respondí, aún somnolienta. – Pero no percibo nada fuera de lo usual, me encuentro bien. ¿Puedes llevarme ante Kikyo?

Entonces el demonio se agachó para auscultarme de cerca.

- No creo que sea buena idea.

- ¿Por qué?

- Sus siervos han estado toda la noche abduciendo las almas de mujeres fallecidas. – Me explicó. – Logré encontrarla siguiendo a una de esas abominaciones. Temo que pueda intentar robar la tuya de nuevo.

Fruncí el ceñó, tratando de aclarar mis ideas.

- Pero… Si se trata del alma de chicas que han perdido la vida, entonces yo… - Me detuve en seco mientras me percataba de la situación en la que me encontraba. – Claro… Técnicamente, yo ya he muerto una vez…

El demonio asintió en silencio.

- Es mejor que nos alejemos de aquí cuanto antes. – Añadió con tono severo.

- ¿No pudiste hablar con ella? – Inquirí, tratando de hacerlo desistir de aquella idea. - No creo que Kikyo quisiera dañarme a propósito…

Sesshomaru desvió la mirada. Sabía que estaba ocultando algo.

- No se encontraba en un estado en el que me pudiera comunicar con ella. – Dijo, simplemente.

- Lléveme a verla, por favor. Necesito que sepa lo agradecida que estoy con ella. Y me gustaría comprobar con mis propios ojos si se encuentra bien.

- ¿A costa de arriesgar tu propia vida?

Las palabras del demonio se clavaron en mi conciencia como el cuchillo más afilado. Él ya me había perdido una vez, y no parecía dispuesto a arriesgarse lo más mínimo a pasar de nuevo por lo mismo. Podía comprender cómo se sentía, y aun así…

- ¿Es muy egoísta pedirle que me acompañe y…? Y si detecta cualquier indicio de peligro, nos marchamos de inmediato. ¿Sería posible? – Sugerí tímidamente.

Los ojos dorados del demonio refulgieron en la penumbra.

- Todo lo contrario. – Respondió. – Eres la criatura más desinteresada que me he cruzado en mi vida. Un rasgo que ni siquiera consideraba propio de un ser humano.

- ¿Eso significa que acepta?

Sesshomaru me tomó de la mano con delicadeza y se puso en pie. Me impresionó notar cómo su fuerza tiraba de mi para ayudarme a incorporarme. Me hacía sentir tan ligera como un pétalo de una flor, arrastrada por el inclemente viento.

- No me queda más remedio, si me lo pides así… Ah-Un, vámonos.

- Pero no hace falta que me lleven, puedo andar por mi propio pie… - Objeté, preocupada por perturbar el sueño de nuestros compañeros.

- Aún no sabemos cómo puede afectar a tu cuerpo el episodio de anoche. – Fue toda su respuesta.

Supe que no quedaba nada que objetar ante aquella sentencia. Una vez se había decidido, era completamente imposible hacerlo cambiar de opinión. La bestia de dos cabezas se puso en pie perezosamente, mientras quedaba Jaken completamente rendido ante el cansancio en el mullido suelo. El pobre demonio había montado guardia durante la mayor parte de la noche, se merecía aquel descanso. Pensé que sería mejor dejarlo descansar un poco más y reencontrarnos con él al día siguiente.

Monté sobre la grupa de Ah-Un y seguí a Sesshomaru hacia las profundidades del bosque. Me deleité aspirando el limpio aroma a pino a nuestro alrededor. Observaba al demonio del cabello blanco con curiosidad, pensando que incluso en la quietud y el silencio de la madrugada, las pisadas de Sesshomaru eran apenas audibles, como si se hubiera fusionado con su entorno. Aquel demonio coexistía en completa armonía con la naturaleza, como si formase parte de ella.

No me atreví a pronunciar palabra durante el trayecto, temerosa de interrumpir la paz de la madrugada. Sin embargo, me permití contemplar la etérea belleza de Sesshomaru entre discretas miradas furtivas. Nadie podría decir que aquel hombre había pasado toda la noche en vela peinando el bosque. Su piel se veía tan inmaculada y tersa como siempre, y no se intuía ni la más mínima sombra de ojeras bajo aquellas dos perlas doradas.

Comenzamos a descender por un terreno fangoso, con gruesas raíces cruzando el suelo en todas direcciones. Sesshomaru las sorteaba con la misma gracilidad que una bailarina siguiendo su coreografía, con movimientos perfectamente milimétricos y fluidos. Ah-Un, por su lado, avanzaba torpemente entre aquel accidentado terreno, obligándome a agarrarme con firmeza al cuello de la criatura, susurrándole palabras de ánimo al oído. Sin embargo, gracias a sus esfuerzos, el demonio de dos cabezas lograba mantenerle el paso a su amo.

La postura del Lord del Oeste comenzó a tensarse conforme nos acercábamos a un riachuelo. Parecía estar más alerta a cada mínimo estímulo. Siguiendo el curso de aquella estrecha corriente, aparecieron dos niñas de entre los arbustos para cortarnos el paso.

- ¿Tú otra vez? – Inquirió una de ellas, ataviada con un kimono amarillo.

- ¡No oses acercarte, maldito demonio! – Exclamó la otra, la cual llevaba unos pompones de color celeste adornando su cabello.

Ambas chiquillas estaban temblando en presencia del imponente demonio, a pesar de sus esfuerzos por actuar tan seguras de sí mismas.

- ¿Y estas niñas…? – No recordaba haberlas visto nunca acompañando a la sacerdotisa. - ¿Serán sus discípulas…? – Murmuré para mí misma.

- Se tratan de shikigamis. – Me indicó el hombre que andaba por delante de Ah-Un. – Son títeres concebidos para proteger y obedecer a su creador.

Observé a las dos crías intermitentemente. Su aspecto era idéntico al de dos niñas normales, de carne y hueso… Era difícil creer que no fuesen humanas.

- Soy amiga de Kikyo. – Dije en voz alta, tratando de que ambas dejasen de estar a la defensiva. – Solo quiero saludarla y asegurarme de que está bien, nada más.

Las dos niñas observando a Sesshomaru con recelo.

- No podemos dejar pasar a ningún demonio. Te escoltaremos si vienes sola.

Hice ademán de descender de la grupa de Ah-Un, pero Sesshomaru me lo impidió cortándome el paso, pegando su hombro al lomo de la bestia.

- No pienso daros una sola oportunidad de que le robéis el alma. – Declaró el demonio, con rabia contenida.

Las dos shikigamis se observaron con complicidad.

- ¿Por qué querría Kikyo el alma de una joven viva? – Inquirió la de la vestimenta azul.

- ¡Eso! ¡La sacerdotisa Kikyo jamás arrebataría el alma a una persona inocente! – La secundó la otra.

- Dejadlos que se acerquen, Kochou, Asuka. – Una hermosa voz resonó entre los árboles. – Son viejos conocidos.

Reconocí inmediatamente el armonioso tono de Kikyo. Ambas shikigamis abrieron paso, a pesar de sus evidentes reservas al respecto.

Entonces Sesshomaru se retiró para permitirme apoyar los pies sobre el suelo. A su lado, mientras sujetaba las bridas de Ah-Un, echamos a andar para adentrarnos en la espesura.

Notas: ¡Finalmente localizamos a Kikyo, no me había olvidado de ella! Me hace muy feliz describir el progreso de la relación entre Sesshomaru y Rin, cómo van tratando temas complicados y cómo se sienten más cómodos con la cercanía del otro… ¿Soy la única a la que le provocan ternura las situaciones cotidianas?

En cualquier caso, espero que haya merecido la espera de dos semanas. También quería comentaros que estoy poniendo especial cariño en el próximo capítulo 3 Como siempre, os leo en los comentarios, ¡gracias por seguir la historia!