Nota de la autora: Sorryyyy de verdad por tardar tanto en subirlo, ufff es que los comienzos no son nada fáciles, y weno.. la verdad es que entre la universidad, las fiestas y las tareas que me manda mi madre (que no son pocas), he tenido poco tiempo para escribir el capítulo, además de que estaba muy atascada sobre todo a mitad y no me salían las palabras para escribir nada, pero bueno, espero que el resultado haya sido bueno, porque me ha costado u.u, pero la verdad es que es más o menos lo que yo esperaba, Espero que os guste a todos! Si no he contestado a algún review de verdad, lo siento, la próxima vez empezaré a contestar todos aquí¿de acuerdo, es menos lío... Así que, aclarado lo demás, ya sin más preámbulos :P me despido ya, Muchos besitos y dejad reviews porfis! No sabéis cuanto se agradecen :). DEWWWW.
Capítulo 5. Como debería haber sido siempre
-¡Ugh, mi cabeza...- susurro soñoliento, despertándome de repente de mi sueño profundo. La cabeza me da vueltas y me duele a rabiar y tengo la garganta seca, como si hubiese pasado más de tres días sin beber nada.
Me incorporo levemente, con cuidado de no marearme demasiado, y me apoyo en la cama. En ese momento, la venda que tengo sobre la frente y que acabo de notar, se desliza sobre mi frente resbalando y cayendo con suavidad en mi regazo.
Enfoco la vista. Veo borroso. Busco mis gafas que están a mi lado en la mesita de mi cama pero, aún sin ellas, advierto que estoy en la misma habitación en la que me desperté quizá hace ya varios días. No se cuánto tiempo he podido estar inconsciente.
También puedo notar a mi lado una figura que se mueve, situada en una silla junto a mi.
Cojo mis gafas y me las pongo, enfocando la vista hacia aquella persona.
La imagen de mi padre, James Potter, que se encuentra tumbado, con la boca entreabierta y profiriendo leves ronquidos, provoca que se curven mis labios en una sonrisa sincera y burlona.
No puedo evitarlo, pero, aunque el aspecto que ofrece mi padre, despatarrado sobre la silla, con las piernas abiertas, una estirada sobre el suelo y la otra ligeramente flexionada, con las gafas ladeadas me resulta bastante cómico, no es eso lo que me ha hecho sonreír.
Es simplemente el hecho de tenerle ahí, a mi lado, tan real, como si nunca se hubiera ido. Tal como yo le había imaginado.
Cómo debería haber sido siempre...
De repente, oigo un ruido en la puerta y al mirar hacia allí veo a mi madre, asomada, que me sonríe dulcemente. Un brillo especial se refleja en sus ojos almendrados, tan intensos como los míos.
-¡Qué bien que estés despierto¿ya te encuentras mejor?- me pregunta acercándose hacia mi, hasta quedarse parada a los pies de mi cama, observándome con un gesto bastante extraño, entre alegre y preocupado.
-Me duele un poco la cabeza...
Ella se acerca hacia mi, como si no hubiese advertido la presencia de su marido, el cual seguía en la misma posición y cada vez roncaba con más fuerza, se sienta a un lado de la cama, delante de mi, y me toca la frente con la mano.
-Bueno, parece que al menos la fiebre ha bajado- anuncia complacida- si quieres puedo darte algo para el dolor de cabeza.
Asiento agradecido. De improviso, mi padre profiere un estrepitoso ronquido que capta nuestra atención. Ella le observa divertida.
-No se ha separado de tu lado desde que te desmayaste esta mañana- me explica sonriente.
Esta información hace que sienta un gran afecto por él, algo que no había sentido nunca por nadie hasta ahora. Por primera vez me doy cuenta de lo que está pasando. Me parece todo tan extraño...
Hace poco estaba en un mundo con Ron, Hermione, Remus... Y ahora... Todo es tan raro.
No entiendo qué es lo que ha pasado pero... Ahora que contemplo a mi madre, que mira a mi padre con infinito cariño y a este, que sigue roncando cómodamente en su improvisada butaca, he decidido que no desaprovecharé la oportunidad que se me ha brindado de estar con ellos. Sea lo que sea lo que la ha provocado.
Es lo que siempre había deseado, desde hacía tanto tiempo. Desde que tenía uso de razón.
-Deberíamos despertarle ya¿no crees?- me pregunta mi madre sacándome bruscamente de mis pensamientos.
Yo me limito a encogerme de hombros y sonrío. Mientras mi padre se da la vuelta en el asiento y sigue durmiendo. Ella se levanta y lo zarandea ligeramente.
-James... James, cariño, despierta- le susurra dulcemente al oído.
En sueños, él sonríe embobado y comienza a producir balbuceos ininteligibles. Mi madre se ríe y lo zarandea más fuerte, yo tampoco soy capaz de reprimir una sonrisa ante tal escena.
-James, venga, despierta...
-Mmmm, Debbie...
Mi madre se aparta sobresaltada al escuchar las palabras de su marido y en su rostro de dibuja un gesto de desagrado. De repente, le pega un empujón y le espeta enfurruñada:
-¡Quieres despertarte ya!.
Al momento, mi padre despierta sobresaltado, mirando a un lado y a otro, con las gafas a un lado y el pelo revuelto. No puedo evitar soltar una carcajada en cuanto le miro. Pero ella se le queda mirando de brazos cruzados y con semblante serio.
-¿Qué pasa?- pregunta él, poniéndose bien las gafas. Después pasa la vista por la habitación hasta reparar en mi presencia- ¡Harry, por fin despiertas- exclama sonriendo alegremente.
Yo le sonrío a su vez y, con una gesto de advertencia, le señalo a mi madre, la cual le fulmina con la mirada mientras da suaves golpes en el suelo con la punta del pie.
Mi padre parece aturdido y la mira, sin comprender.
-¿Ocurre algo, cariño?- le pregunta.
Entonces, llega el primer asalto. Mi madre comienza a golpearle en el brazo con fuerza varias veces, mientras le grita furiosa.
-¿Quién es Debbie, eh¿quién es¡Dime!.
Cualquier hombre se derretiría ante la mirada de hielo que le dirigía en esos momentos, sin embargo, él trato de controlarse.
Tragó saliva algo nervioso y se llevó la mano a la barbilla, alzando una ceja extrañado.
-Debbie... Debbie... pues, no tengo ni idea de quién puede ser...
Mi madre entorna los ojos, señal de que no ha quedado contenta con esa simple respuesta y él vuelve a pensárselo mejor.
-Debbie dices... ¡Ah! Claro...- de repente mi padre chasquea los dedos y responde tranquilamente- Debbie Lowell, puede ser, es una de las animadoras de los Tornados.
En ese momento me llevo una mano a la frente, negando con la cabeza. Si mi padre pensaba que con esa aclaración ya se había terminado todo, estaba muy equivocado. Eso la enfurecería aún más.
-Animadora, eh...- susurra mi madre furiosa- y parece que la conoces bastante¿me equivoco, tenéis mucha confianza, esa Debbie y tú- pronunció esto último de igual manera que si lo hubiese escupido con desprecio.
Mi padre me mira aturdido y me dirige una mirada en señal de ayuda mientras habla, titubeando ante la ira de su mujer.
-Pero, cariño, no se de qué...- pero se interrumpe de repente, al distinguir algo a su derecha, en la puerta de la habitación.
La ayuda había llegado antes de lo que esperaba, y no precisamente de su hijo de 17 años.
Mi padre sonríe aliviado cuando una figura de cabello oscuro, porte elegante y rostro atractivo se acerca hacia nosotros, portando consigo una alegre sonrisa de dientes impresionantemente blancos. Sus ojos azules recorren la escena con un gesto entre divertido e interesado.
-Vaya, vaya, Prongs, me parece que de esta ni siquiera yo puedo salvarte- dice a modo de saludo.
-¿Desde cuando estás ahí, Sirius¡quién te manda a espiarnos!- exclama mi madre furiosa, enfrentándose a él.
Mi padre, a su lado, suspira contento de que ella descargase su enfado ante otro que no fuese él. Sin embargo ese efímero instante de alivio no iba a durarle demasiado. Sirius iba a romper el encanto en unos segundos.
-Ey, calma, Lily- susurra divertido, levantando los brazos en gesto tranquilizador- no la tomes conmigo, no soy yo quién ha dicho en sueños el nombre de Debbie¿verdad?- pregunta con malicia dirigiendo un gesto de burla a mi padre que, acto seguido, percatándose de la razón de todo aquel embrollo, fulmina a su pronto 'ex-amigo' con la mirada.
Entonces ella se encara de nuevo hacia él.
-¿Qué tienes que decir a eso, 'cariño'?- susurra pronunciando esa última palabra con un deje de resentimiento.
-Oh, vamos, Lily¿no creerás nada raro¡si casi ni la conozco!- exclama mi padre con una sonrisa nerviosa intentando quitarle importancia al tema.
Pero, el segundo asalto iba a producirse en tan sólo cuestión de tiempo...
-¿Ah no¿y por eso decías su nombre en sueños con una estúpida sonrisa en la cara, eh?- le espeta furiosa propinándole nuevos golpes, mientras él se protege con un cojín, intentando explicarse por encima de sus gritos.
Mientras ellos siguen con su pelea, Sirius se acerca a mi, sentándose a los pies de mi cama, negando divertido con la cabeza.
-Siempre están igual¿eh?- me comenta sonriente.
Yo me quedo mirándole boquiabierto. En realidad no he dejado de mirarle así desde que entró por la puerta.
Sirius me mira con extrañeza, clavando los ojos en mi.
-¿Te encuentras bien, Harry?.
Pero no le contesto. Sigo mirándole, sin dejar de examinarle en profundidad, como si no pudiera dar crédito a lo que ven mis ojos. Por mi mente pasan varias imágenes, que ahora se me antojan tan recientes...
Sirius transformándose en perro... volando con Buckbeack... entrando en el ministerio. Sirius luchando con Bellatrix Lestrange... cayendo a través del velo...
-Si... Sirius- susurro notando cómo un nudo comienza a formarse en mi estómago, ascendiendo lentamente hasta mi garganta.
Este me observa preocupado.
-Harry... ¿estás llorando?- susurra sorprendido, acercándose hacia mi.
Me llevo una mano al rostro y, efectivamente, unas lágrimas silenciosas recorren mis párpados, empapando mis mejillas, y se deslizan suavemente por mi rostro, en su carrera desenfrenada hasta caer sobre mi regazo.
Mis padres se acercan hacia mi, con semblante preocupado. Han dejado de discutir al escuchar a Sirius.
-¿Estás bien, tesoro?- me pregunta mi madre alarmada- ¿Te duele algo?.
Niego con la cabeza, cerrando los ojos, dejando escapar nuevas lágrimas, y sigo mirando a Sirius.
No puedo creer que esto esté pasando...
Yo lo viví... Lo viví todo... Mis padres murieron, Sirius murió, y Dumbledore, y Lupin... Y ahora están aquí, a mi lado. Puedo verles, puedo tocarles, no es un sueño, es demasiado real.
¿Qué está pasando¿Me estaré volviendo loco y esto sólo es una fugaz alucinación que viene a atormentarme?.
De repente, Sirius se levanta, se sitúa a mi lado y me coge la mano. Puedo sentirlo, su tacto es real... Su mano es cálida y suave y aprieta la mía con fuerza. Yo le correspondo, deseando que al hacerlo no se desvanezca. Pero no lo hace, sigue ahí, mirándome.
-Harry, qué...
Pero antes de que pueda acabar la frase, me abalanzo sobre él y le abrazo con fuerza. Al principio no me abraza, se queda aturdido ante mi reacción, pero después apoya una mano en mi cabeza, acariciándola tiernamente y me rodea con un brazo, intentando confortarme.
Entonces siento toda la angustia y la agonía que me han seguido desde el momento en que le ví desaparecer ante mis ojos, cuando su muerte desencadenó bruscamente todos los acontecimientos que viviría a continuación... No puedo evitarlo y me derrumbo sobre su hombro, rompiendo a llorar, sollozando con fuerza, apretando los ojos con rabia.
Mis padres me contemplan asustados y sin saber qué hacer, se miran nerviosos y miran a Sirius, que aún sigue atónito.
Durante varios minutos permanezco así, llorando amargamente, en brazos de mi padrino, el hombre al que conocí demasiado tarde y al que perdí demasiado pronto.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Toc, Toc..
En la habitación del primer piso, la más alejada de las escaleras, se escucharon unos golpes suaves en la puerta y Ginny Weasley despertó sobresaltada, en la misma posición en la que había dormido la noche anterior, de rodillas en el suelo, con la cabeza apoyada en la cama y una mano sujetando la de Harry.
La muchacha se volvió hacia el moreno, que seguía sumido en un profundo sueño y se volvió hacia la puerta.
Los golpes se repitieron de nuevo.
-Pasa- susurró esta soñolienta bostezando con brusquedad.
Una figura castaña que portaba en brazos una bandeja entró en la habitación, sonriente.
-Buenos días, Ginny- dijo a modo de saludo- ¿qué tal has dormido?.
La pelirroja se desperezó y, levantándose con los músculos de las piernas entumecidos, se volvió hacia su amiga al tiempo que decía:
-No demasiado bien, Herm.
Hermione la miró preocupada mientras ella se sentaba en una butaca junto a la cama.
La muchacha cerró la puerta a sus espaldas y depositó con cuidado la bandeja sobre la mesita de noche, volviéndose preocupada hacia su amiga.
-Ginny, estás agotada¿por qué no vas a dormir a tu habitación?- le propuso alcanzándole una taza de té a su amiga.
La pelirroja negó con la cabeza.
-No te preocupes, yo me quedaré con Harry, sólo será un momento- insistió doblándose de rodillas, situándose a su altura.
Pero Ginny volvió a negar con la cabeza, decidida.
-No quiero separarme de él hasta que despierte...
Hermione frunció el ceño, apenada.
-Pero necesitas descansar, si sigues a este ritmo no aguantarás- susurró preocupada.
Ginny sonrió agradecida.
-Quédate tranquila, Hermione, puedo dormir perfectamente aquí, no estoy incómoda.
-No seas testaruda- la reprendió- apenas has dormido y casi no comes, necesitas recuperar fuerzas.
-Pero tengo que estar aquí cuando despierte...- susurró Ginny entristecida mirando a Harry.
Hermione se acercó a su amiga y cogió sus manos dulcemente y la miró apenada.
-Lo sé, Ginny, pero no sabes cuando será eso.
La pelirroja la miró con gravedad, como si no quisiera creer lo que su amiga le estaba diciendo.
-Podría despertar cuando yo no estuviera...
-O no despertar en semanas, Gin, eso no podemos saberlo- dijo acabando la frase por ella, esperando convencerla.
Ginny la miró con intensidad, podía ver la decisión en sus ojos. Esa muchacha era terca como una mula.
-Gracias por preocuparte, Herm, pero no insistas más, quiero quedarme aquí.
Hermione se encogió de hombros, derrotada.
-Bien, como quieras, pero al menos come algo¿de acuerdo?.
Ginny sonrió dulcemente asintiendo.
De repente, se oyeron unos golpes en la puerta de nuevo, y Hermione se volvió hacia allí.
-Seguramente será tu madre, ya deberían haber vuelto- dijo Hermione caminando hacia la puerta y abriéndola de golpe, mientras Ginny se acurrucaba en su butaca.
Una figura pelirroja, alta y delgada, con un mano sujetándose la nariz, miró a Hermione con gesto de enfado.
-¡Ron!- exclamó Hermione alarmada- ¿Qué te ha pasado?.
Ron fulminó a la chica con la mirada y se señaló la nariz.
-Uy, perdona- susurró ella cayendo en la cuenta, después metió la mano en el bolsillo y sacó su varita, apuntando con ella hacia Ron- ¡Episkeyo!.
De inmediato, la hemorragia se cortó, Ron movió la nariz.
-Mucho mejor- susurró aliviado- Ha sido ese... ese imbécil de Mundungus- explicó enfurruñado- cuando he ido a despertarle para que abriera la puerta se ha movido y me ha pegado un puñetazo.
Hermione negó con la cabeza exasperada.
-No sé por qué lo dejan aquí para que nos vigile, podría pasar toda la caballería delante mismo de él y seguiría sin inmutarse.
-¿Caballería?- preguntó Ron extrañado.
-No importa, Ron- dijo Hermione quitando importancia al asunto- ¿Qué querías?.
-Pues eso, que ya llevan un rato llamando a la puerta, pero como a Mundungus no le da la gana de abrir pues...
-¿Y por qué no has abierto tú?- preguntó Hermione cruzándose de brazos impaciente.
-Lo haría si supiese la contraseña- ironizó el muchacho.
-Por dios, Ron, la dijeron esta mañana.
Ron se puso colorado y se explicó:
-Estaba durmiendo¿vale, no lo escuché...
Hermione esbozó una sonrisa burlona que sólo consiguió que Ron se ruborizase aún más.
-Ayyy, la contraseña es "Pastel de calabaza".
-De acuerdo- repuso Ron agradecido- Una cosa- repuso antes de que Hermione cerrase la puerta- ¿Y si no la saben que tengo que hacer?.
Hermione suspiró exasperada.
-Será mejor que vaya yo...
-¿Y por qué tienes que ir tú?- susurró enfurruñado rechinando los dientes- Puedo ir yo sólo perfectamente.
-Ya lo veo- se burló la muchacha.
Ron la fulminó con la mirada.
-Hazme caso, tú quédate con Ginny, yo iré a abrir.
Hermione se volvió hacia su amiga, pero la muchacha hacía ya rato que no estaba al tanto de la conversación. Se había quedado durmiendo plácidamente sobre la butaca.
La castaña sonrió.
-La pobre está rendida- se volvió hacia Ron- será mejor que la lleves a dormir a su cama aunque sólo sea un momento.
Ron se encogió de hombros y entró en la habitación.
La pelirroja emitió un leve gemido cuando su hermano la cogió en brazos tiernamente, llevándola hasta su habitación.
Hermione cerró la puerta a sus espaldas y se dispuso a bajar a abrir la puerta, donde unos golpes seguían sonando desde hacía ya varios minutos.
La muchacha entró en el salón desde donde provenían unos sonoros ronquidos, ahogados de vez en cuando por los golpes que sonaban repetidamente en la puerta de entrada.
Dirigiendo una mirada de reproche a Mundungus, que dormía despatarrado sobre el sofá junto a la chimenea encendida, Hermione sacó su varita y caminó hacia la entrada.
Al llegar le pareció escuchar el sonido de unas voces muy conocidas para ella, pero claro, cualquier mortífago podría perfectamente hacerse pasar por uno de sus amigos. Este último pensamiento hizo que se le erizasen los pelos de la nuca.
-¿Quién es?- preguntó pegando la oreja a la puerta.
-Somos nosotros, Hermione- dijo una voz conocida al otro lado.
Hermione abrió los ojos sorprendida.
-¿Neville?.
-Sí, soy yo, ábrenos, Hermione.
-¿Quién más va contigo?- preguntó la muchacha asiendo el pomo de la puerta con la varita extendida en el otro brazo.
-Luna y un auror del ministerio.
Hermione frunció el ceño.
-¿Qué se supone que estáis haciendo aquí?.
Al otro lado de la puerta se escuchó un resoplido, seguramente producido por la enigmática Luna Lovegood.
-Hermione, déjanos pasar y hablaremos, nos estamos muriendo de frío aquí fuera- pidió Neville.
-Lo siento, pero no puedo dejaros pasar si no decís la contraseña- se disculpó Hermione- son órdenes de Ojoloco.
De repente se oyeron unos pasos y una voz firme y gutural pronunció unas palabras al otro lado:
-Pastel de calabaza.
-¿Ojoloco?.
-¡Quieres abrir de una vez!- gritaron varias voces a la vez.
Hermione abrió la puerta enfurruñada.
Allí, en el portal, ataviados con túnicas negras, tapándose la cara con una capucha, se encontraban Ojoloco Moody, Neville, Luna y un desconocido de cara alargada, ojos azules y vivos y cabello castaño.
-Pasad.
Los cuatro individuos entraron por la puerta y Hermione la cerró a cal y canto tras ellos, cuando una ráfaga de aire frío penetró en la estancia.
-Me alegro de verte, Hermione- susurró Neville sonriente volviéndose hacia ella. Luna a su lado le dirigió una sonrisa amable.
-Y yo de veros a vosotros- respondió la castaña- ¿Qué hacéis aquí¿Os habéis escapado?.
Los dos muchachos asintieron, avergonzados ante la mirada que Ojoloco les había lanzado justo en el momento en que Hermione había pronunciado las últimas palabras.
-Inconscientes, cómo todos los jóvenes de hoy en día, les dices, quédate aquí, pero ellos no, tienen que hacer justamente lo contrario- murmuró Ojoloco enfurruñado caminando hacia ellos- vais a tener que dar muchas explicaciones a vuestras familias, jovencitos.
-Señor, lo sentimos pero... preferiríamos quedarnos aquí, para ayudar- respondió Luna sin más dilaciones, sin amilanarse siquiera ante la mirada que les dirigía el auror.
-¡Ja, eso ya lo veremos- se burló Ojoloco.
-Bueno, tranquilízate, Alastor, son jóvenes, se dejan llevar por sus impulsos, es normal- intervino el desconocido en tono apaciguador.
Moody resopló y miró hacia otro lado, molesto.
Hermione miró al hombre extrañada con gesto titubeante. El joven se dio cuenta y le sonrió amablemente.
-Oh, perdona, siento no haberme presentado antes- repuso tendiéndole la mano a la muchacha- Me llamo Stanford, Rupert Stanford, auror del ministerio y nuevo miembro adjunto de la Orden del Fénix.
-Encantada- susurró Hermione estrechando su mano.
-¿Y qué se supone que haces aquí, Rupert¿no deberías estar en el ministerio a estas horas?- le reprendió Ojoloco, acercándose hacia la chimenea, poniendo las manos junto a ella para calentárselas.
Los demás lo siguieron, imitándole.
-Se suponía pero, cuando me dirigía hacia allí me encontré con estos dos- señaló a Neville y Luna con la cabeza- y dado que no quisieron decirme quiénes eran ni dónde vivían, decidí traerlos aquí.
-¡Estúpido!- gritó Ojoloco enfurecido- ¡Podrían haber sido mortífagos!.
Stanford negó con la cabeza, sonriente.
-Eso lo piensas porque no viste la cara que pusieron cuando les detuve- explicó- Me dijeron que eran amigos de Harry y que no se detendrían hasta dar con él.
-Debiste dejarlos en el ministerio...
-Cómo se nota que ha pasado mucho tiempo desde que fuiste joven, eh Ojoloco- se burló Stanford- Los jóvenes son muy impulsivos, si los llevo al ministerio, se hubieran escapado y quién sabe lo que les hubiera pasado.
Ojoloco lo fulminó con la mirada.
En ese momento, Ron llegó al salón, y los miró sorprendido.
-¡Neville¡Luna!- exclamó contento acercándose hacia ellos- ¿Qué hacéis aquí?.
-Eso es una larga historia, Ron- susurró Hermione deseando salir de allí para hablar a solas con ellos- Y sería mejor que nos la contaseis con delante de una buena taza de chocolate, estaréis muertos de frío.
Hermione hizo una seña a Ron y los muchachos se encaminaron hacia las habitaciones.
-Encantado de haberos conocido, chicos- dijo Stanford guiñándoles un ojo- Y perdonad, al viejo Ojoloco, el cautiverio lo pone histérico.
Moody le fulminó con la mirada.
-¡Histérico¡Ja, con unos cuántos en el ministerio como tú, no me extraña...
Los chicos soltaron una carcajada y se dieron la vuelta sonriendo a Stanford, que negaba frenéticamente con la cabeza.
Pero entonces, de improsivo, unos golpes sonaron en la puerta de entrada. Unas manos la aporreaban.
Los chicos se miraron asustados. Ojoloco y Stanford sacaron sus varitas.
-¿Quién.. quién será?- preguntó Neville asustado.
De repente, Mundungus, que hasta entonces había permanecido durmiendo plácidamente sobre el sofá sin siquiera inmutarse, profirió un sonoro ronquido, que tensó aún más el ambiente. Neville se llevó una mano al pecho y gritó asustado.
-Chsss, calla muchacho, sólo ha sido este despojo inútil- susurró Ojoloco con desprecio mirando a Mundungus- ¡Despierta ya, holgazán!.
El viejo propinó una fuerte patada a Mundungus con su mano buena. Este se despertó sobresaltado, mirando a un lado y a otro.
-¿Qué pasa¡¿Qué ha ocurrido!.
Moody puso los ojos en blanco.
De repente volvieron a aporrear la puerta, pero esta vez, podían escucharse unas voces fuera, hablando rápidamente.
-¿Qué pasa?- volvió a preguntar Mundungus desconcertado mirando la puerta.
-Eso queremos saber, mueve el cuelo, idiota, y ponte delante de los chicos- ordenó Moody malhumorado- Vamos, Stanford.
El hombre asintió y se adelantó a Ojoloco mientras Mundungus sacaba su varita y se ponía dudoso delante de los chicos.
Stanford se situó ante la puerta, respaldado por Moody y pegó la oreja para poder escuchar mejor.
-No las distingo, hablan muy rápido entre ellos- informó.
-Pregunta.
Stanford asintió gritando:
-¿Quién es?.
Al otro lado de la puerta, las voces se identificaron. Una voz masculina y potente habló con una voz alarmante.
-Soy yo, Arthur, abrid por favor.
-Arthur, tienes que decir la contraseña primero- informó Moody calmado.
-Pastel de calabaza.
Moody asintió y Stanford abrió la puerta. Los rostros del Señor y la Señora Weasley aparecieron por ella, alarmados y asustados.
-¿Ocurre algo, Arthur?- preguntó Moody extrañado.
Mundungus se apartó y los chicos se adelantaron, corriendo hacia sus padres.
-¡Papá¿Ha pasado algo?- preguntó Ron precipitadamente avanzando hacia sus padres.
El señor Weasley movió la cabeza seriamente.
-No pasa nada, Ron, id a vuestros cuartos, nosotros tenemos que hablar con Ojoloco.
-Pero...
-Nada de peros, Ronald- repuso su madre- haz caso a tu padre, anda.
-Pero queremos saber qué pasa, mamá...
-Hazme caso, Ron, ya lo solucionaremos nosotros, hijo- replicó el señor Weasley seriamente.
Ron torció el gesto y se dio la vuelta bruscamente, malhumorado. Los demás lo siguieron mirando con curiosidad y preocupación a los señores Weasley.
Cuando hubieron salido de la habitación, Ojoloco preguntó alerta:
-¿Es grave?.
Arthur Weasley asintió apenado.
-Otra emboscada- informó- justo en un hospital muggle, ya podrás imaginarte la repercusión de esto.
Stanford suspiró abatido.
-¿Dónde ha sido?- preguntó.
-En Stirling, pero no hay tiempo- prosiguió el pelirrojo con rapidez- necesitan refuerzos, nos viene muy bien que estéis aquí los dos. Bill, Kingsley y los demás están allí, pero les faltan hombres.
Stanford y Moody asintieron decididos.
El primero se volvió.
-Mundungus¿vienes?.
Sin embargo, como pudieron observar, la sala a sus espaldas se encontraba vacía. Mundungus se había marchado en cuanto había tenido la ocasión.
-Cobarde- susurró Moody enfurecido.
-Da igual, no nos hace falta- repuso Arthur- tenemos que irnos ya.
Los aurores asintieron conformes y se dispusieron a salir por la puerta.
-Vigilalos, Molly, y cuidaos, no le abráis la puerta a nadie hasta que nosotros volvamos¿entendido?- dijo Arthur volviéndose hacia su esposa.
La señora Weasley asintió preocupada.
-Ten cuidado, Arthur.
Él plantó un beso en la mejilla de su mujer y con una sonrisa tranquila se volvió a reunirse con los otros.
Los tres desaparecieron con un plop segundos después de que la señora Weasley cerrase a cal y canto la puerta.
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Su respiración entrecortada se sucedía al ritmo incesante de los latidos de su corazón.
Se encontraba corriendo... huyendo de las personas que buscaban asesinarlo.
Sus piernas doloridas hacían todo lo posible por no detenerse, por no caer, por soportar todo el peso de su cuerpo.
Su mano sujeta la herida profusa que uno de los ataques de los mortífagos le había provocado en el estómago, que sangraba con fuerza.
Su cansancio era cada vez más evidente... Pero no se detenía... No podía hacerlo...
Si lo hacía en pocos segundos estaría muerto.
El pasillo que recorría se encontraba desierto, apenas unos cuantos cadáveres había, amontonados a los lados, interrumpiendo su paso.
A lo lejos unas voces sonaron a lo largo del corredor. Los gritos de sus captores.
Dobló la esquina con rapidez. Su larga capa ondeaba al viento.
De repente tropezó con algo. Uno de los pies de un cadáver le hizo caer al suelo.
Quedó tendido sobre el frío suelo, aún sujetándose el estómago con fuerza, intentando detener la hemorragia.
Soltó un gemido de dolor y bajó la vista, dejando la herida al descubierto, apartando la mano.
Aquello tenía muy mal aspecto, era muy profunda y tardaría bastante en cicatrizar.
Volvió a taponarla con fuerza y se levantó con esfuerzo, apoyándose en la pared del pasillo.
Pero apenas hubo levantado la vista, intuyo que no se encontraba sólo en aquel lugar.
Frente a él, cruzado de brazos, esbozando una sonrisa despectiva, apoyado de lado en la pared se encontraba Severus Snape, su antiguo profesor del colegio.
Le miró con desprecio y prosiguió su camino de nuevo, sin embargo, un movimiento rápido del hombre le retuvo.
Snape levantó la varita y apunto con ella hacia él, sin dejar de sonreír.
-¿Adónde crees que vas, Draco?.
El muchacho se dio la vuelta, encarándose a su profesor.
-Déjeme ir, Snape- amenazó fulminándolo con la mirada- no lo repetiré una vez más.
Snape acentuó aún más su sonrisa despectiva y soltó una carcajada.
-¿De verdad crees que te dejaría marchar sabiendo lo que pretendes?- murmuró con desprecio.
Draco se limitó a mantenerle la mirada desafiante.
Snape, manteniendo la varita firmemente agarrada apuntando al muchacho, se acercó despacio hacia él.
-¿Piensas que es tan fácil traicionarnos, Draco?.
-Snape, por favor, déjame marchar- pidió Draco
La herida comenzaba a dolerle con más fuerza y seguía agarrándose el estómago, intentando contener la hemorragia, pero sabía que no duraría demasiado tiempo así.
De repente, se fijó en que se vista comenzaba a nublarse, poco a poco, y sentía un ligero dolor en la cabeza.
Snape se dio cuenta y lo observó de arriba a abajo sin apenas inmutarse.
-No llegarás muy lejos en ese estado, Draco- razonó intentando convencerle- ellos te alcanzarán.
Señaló el final del corredor por donde había visto llegar al muchacho. Al fondo las voces de los mortífagos comenzaban a escucharse con más claridad.
Draco miró hacia atrás nervioso y se volvió de nuevo hacia él.
-No puedo hacerlo, Snape, lo sabes, no puedo quedarme...
Snape lo miró de nuevo, como si lo evaluase con detenimiento, pero no cambió ni un ápice su rostro, que se mantenía sereno.
-Te perseguirá, Draco- dijo de nuevo seriamente- los dos lo sabemos, y tu madre¿has pensado en ella¿qué crees que le hará si nos traicionas?.
Draco miró con intensidad a su profesor, sin saber por primera vez qué decir.
-No me queda más remedio, es por tu bien, entiéndelo.
Snape retrocedió unos pasos, apuntando con la varita hacia su pecho, pronunciando un hechizo:
-¡Desmaius!.
Todo sucedió en un instante...
La fuerza que impulsó a Draco hacia atrás, le golpeó en el pecho, y cayó resbalando por la pared del pasillo, con los brazos hacia los lados.
Aunque no perdió de inmediato la consciencia...
Instantes antes de desmayarse pudo observar con la vista nublada cómo un nuevo rayo de luz roja atravesaba el cuerpo de Snape, el cuál cayó desmayado en el suelo, boca arriba.
Y a una persona... Un rostro joven que se acercaba hacia él, un rostro que no pudo reconocer... Sólo tuvo clara una cosa... No se trataba de un mortífago.
El individuo le sujetó la cabeza por detrás y, posando una mano sobre su herida, le observó fijamente, con desconfianza.
Sus labios pronunciaron unas palabras de súplica, antes de caer desmayado en los brazos de aquella persona.
-Ayúdame, por favor...
La muchacha sujetó a Draco con fuerza y al instante ambos desaparecieron con un plop, antes de que los mortífagos lograsen siquiera doblar la esquina para tratar de alcanzarles.
Las cartas estaban echadas...
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Fin del capítulo
