36. La trampa

Al terminar las clases Hervé subió a los dormitorios de los chicos. Pasó en primer lugar por los baños, donde después de la evacuación de líquidos, se echó una mirada al espejo. Su piel había palidecido bastante los últimos meses. Y la enfermera Yolanda le había advertido ya de que le faltaba vitamina D. Pero a él le daba igual. Prefería pasarse las tardes en su habitación, leyendo... y con su botín.

De modo que regresó a su habitación. Echó el pestillo, dejando la mochila a un lado. No necesitaba estudiar, se conocía el temario de sobra. Incluso podría corregir a sus profesores, pero prefería mantener ahora un perfil bajo. Total, estando solo, era la mejor baza que tenía.

Sintió algo vibrando en su teléfono. Se lo sacó del bolsillo. Ponía "Nicholas". Otra vez. Colgó directamente. No entendía la insistencia de su anterior amigo. Hacía casi dos años que no se hablaba con él. Cuando le confesó, en una de sus llamadas semanales que se hacían al principio, que había perdido la virginidad con Sissi. En aquel momento había muerto para él. Cómo se atrevía... Sissi era de él. Le pertenecía por derecho propio. Todo lo que le había aguantado para que al final le diera la patada. Venga ya.

Pero al final las cosas ponen todo en su sitio, y por fin iba a poner remedio a la situación. Parte del daño estaba arreglado. Solo parte. Pero era un comienzo. Fue a su librería, sacó el libro de Lolita de Navokov, y ojeó sus páginas. Ahí tenía el fruto de lo que llevaba sembrando desde enero. Las fotos privadas de Sissi. Ese cuerpo que tanto ansiaba tocar. La foto en bikini. Sus tetas al descubierto. Mostrando el cuerpo destapándose lo justo. Ese culo que llamaba al pecado. Y por fin completamente desnuda.

Su plan siempre había tenido un fallo. Bueno. No contaba en origen con que Sissi saldría del armario tan alegremente. Y en las fotos no se veía que era ella. Pero bueno, tampoco importaba del todo. En 2019 ya las pruebas no eran algo importante. Él podría publicar las fotos poniendo que el cuerpo era de cualquier zorra de Kadic y le creerían inmediatamente. Pero no había necesidad. Eran las de Sissi. Y quizá más de uno dudase de su veracidad. Pero no la putita de su novia. Quién lo iba a decir, con lo modosita que parecía Laura Gauthier cuando apareció en Kadic con su ropa más apropiada de 1891. Pero al parecer el vestir más moderna había cambiado hasta esas tornas. Y si habían follado, y él estaba seguro de que habían follado, reconocería el cuerpo desnudo de la puta de Sissi y sabría que se había expuesto a desconocidos por internet.

Además ya tenía todo preparado. Una VPN para conectarse al servidor del periódico de la academia. Un post redactado diciendo que no se atrevía a exponerse en público, pero que Sissi había empezado a acosarle enviándole esas fotos. Y que por favor, tuvieran cuidado con ella, que era peligrosa. Que le había amenazado con que si no cedía y follaban haría de su vida un infierno. Un plan delicioso. Qué era la verdad en comparación con una jugosa historia con la que podía hundir la vida de la hija del director de la academia. Por zorra mala.

Pensándolo bien, iba siendo hora de pedirle algo más a esa puta. Abrió su portátil, estiró los dedos, y empezó a teclear. Borró y corrigió varias veces, como era habitual. De hecho ahora tenía la oportunidad de conseguir una prueba más de que la de las fotos era ella. Sonrió con malicia mientras observaba el resultado final.

Hola, bollera.

Me encantó la foto que me mandaste por tu cumpleaños. Una buena fiesta, por lo que vi. Espero que te lo pasaras bien con la zorra de tu novia. Aunque nunca entenderé cómo le permites ir con esos vaqueros ajustados y esa camiseta que se le ve todo el escote. Aunque reconozco tu buen gusto, está buenísima.

Bueno, ya te dije que antes de acabar el curso, tú y yo íbamos a follar. Y quiero que te vayas preparando para eso. Esta vez no quiero una foto. Quiero un video tuyo. Grábate para mi, tocándote ese coñito que tienes. Y tienes que gemir por mi. Suspira por tu Amo. Pide que te folle. Sé lasciva, tócate una teta. Tienes mucho porno en internet para inspirarte.

No olvides que eres mía, Sissi, y puedo hundirte la vida cuando me de la gana. Espero que me dejes satisfecho. Tienes hasta el —dejó el hueco en blanco, sin decidir aún cuándo le enviaría la nota—.

Tuyo para siempre

Y cerró con la dirección de correo habitual. Por un lado, deseaba verlo esa misma noche, peor normalmente no enviaba sus amenazas tan de seguido. No quería cometer ningún fallo, y ya era bastante arriesgado tener esas fotos impresas. Pero cómo no tenerlas en físico, si se volvía loco por follar con esa puta. Cerró la pantalla, y pensó que esperaría tres días más antes de imprimirla. ¿Le quedaban sobres? Debía comprobarlo.


Emily había acudido a casa de Yumi. La situación la cohibía un poco, ya que su amistad en realidad era más fruto de la extensión de su grupo de amigos que de haber compartido confidencias y salir a tomar algo ellas dos solas, pero consideraba en ese momento que era la única apropiada para comentar un tema que la preocupaba. Y, para su alivio, Yumi fue encantadora con ella. Subieron directamente a su habitación, donde la japonesa estaba colocando la ropa en el armario.

—Perdona por presentarme sin avisar.

—No te preocupes —dijo la otra—. ¿Ha ocurrido algo?

—No, no exactamente. Hay una cosa que me gustaría preguntarte.

Yumi la miró, esperando una pregunta que no llegaba.

—Es un poco incómodo. Es sobre tú y Ulrich. Y claro… como hace unos años él y yo…

La japonesa negó con la cabeza sin perder la sonrisa.

—Aquello pasó hace mucho tiempo. Sí hubiera algún problema con eso, tendría que haber asesinado a Sissi hace años. Y en cambio, ahora pueden… —la palabra «acostarse» se perdió en el aire—. Salvo que me tengas que decir que te has enamorado de él.

—No, no. Es decir, que no tiene nada de malo, es… ay… —Emily empezaba a atropellarse en sus pensamientos—. Mi pregunta. ¿Cómo supiste que él era el indicado?

Yumi suspiró. Vaya con la preguntita. Y si a su amiga le había costado preguntarla, responderla tampoco iba a ser sencillo. Y estaba decidida a decir la verdad, pero no era simple ni llana.

—Supe que me gustaba desde el día que nos conocimos —respondió finalmente—. Pero eso de saber que era el apropiado… no es algo que lo supiera de inmediato. No fue fácil, ya sabes. Supongo que me di cuenta el día que empezamos a salir. Vi todo lo que había pasado entre nosotros, cómo era él, cómo era yo, cómo eran las cosas entre nosotros… y en ese momento lo vi claro. Algo así, supongo.

Emily asintió mientras asimilaba las palabras de Yumi.

—¿Te estás planteando lo tuyo con Patrick?

—Sí —reconoció Emily—, pero no en el sentido negativo de la expresión. Es decir, tengo claro que él es el indicado para mí. Le quiero muchísimo y noto que él también me quiere. Se ha portado bien conmigo desde antes de ser mi novio. Y eso de que viniera conmigo a apoyarme cuando lo de mi abuelo… no llevamos ni un año saliendo y me ha demostrado muchísimo.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—No lo sé. Antes te preguntaba por ti y Ulrich porque sé que el curso que viene vais a ir a vivir juntos —dijo. Yumi asintió. Su padre aún no estaba hecho a la idea, pero había accedido—. Y me estaba preguntando si sería muy prematuro para Patrick y para mí dar ya ese paso.

—Desde luego le tienes que querer mucho si ya estás pensando en eso —dijo Yumi—. ¿Se lo has planteado ya?

—No. Después de lo que nos contó Sissi… —se hizo un momento de silencio. Lo que la chica les había contado era terrible—, está echando una mano. Quiero aprovechar cuando ya haya pasado todo.

—Pues mira. No es ninguna tontería que te lo plantees —aseguró Yumi—. Pero creo que deberías pensar en una opción.

—En que le parezca demasiado pronto.

—Eso es. Y no necesariamente porque no te quiera. Es lo que has dicho. Lleváis poco tiempo. Incluso yo, con todo lo que llevo con Ulrich, tengo un poco de miedo por lo que pueda ocurrir. Pero al final... pesa más la ilusión —reconoció, sonrojándose levemente.

—Ya veo... —comentó Emily mientras miraba a ningún lado en particular—. ¿Y qué vais a hacer? ¿Un piso en el campus o vais a buscar algo por vuestra cuenta?

—Probablemente sea en el campus. Mi padre no quiere que me vaya de casa, y los de Ulrich... son los padres de Ulrich —dijo en tono apesadumbrado—. Pero sí que podemos ir al campus y tener una habitación para los dos. Lo he preguntado ya y no ponen pegas. Siempre que, bueno, ya sabes. Nada de escándalos. Al parecer todos los años hay al menos una pareja que echan por comportamiento indebido.

—La gente es un poco idiota —reflexionó Emily—. Yo en realidad pensaba en algo más íntimo. Mi abuelo... me dejó un buen dinero en herencia. Así que pensaba que quizá podríamos buscarnos un pisito para los dos.

—Quizá eso también debas comentárselo a él. Igual os vendría mejor probar un año en el campus. Como parte de vuestro experimento.

—No es mala idea... En fin. Cuando hable con él veré qué opina —suspiró nerviosa—. Gracias por escucharme, no sabía a quién acudir.

—No te preocupes. Me gusta que seamos amigas más allá que lo que dice el Acuerdo.

—A mi también.


Hervé salió de la habitación como cada sábado. Su misantropía creciente le empujaba a ir a la biblioteca únicamente en fin de semana, cuando era menos probable encontrarse a cualquier alumno. En lo personal ni siquiera le gustaba pillar los libros prestados de la biblioteca, pero cuando no los encontraba para descargar, no le gustaba gastarse el dinero. Y el último trabajo que había enviado la Hertz requería de aquel tocho manual que ahora solo quería quitarse de encima.

Salió a la calle, y se dirigió a su destino. Como siempre, alumnos perdiendo el tiempo. En grupos... Qué asco les tenía. Las amistades no eran reales. Solo eran personas aprovechándose unas de otras para conseguir aquello que les faltaba. Él lo había aprendido a las malas. En su momento pensó que solo podía existir amor entre los tíos. Las chicas eran esa especie aparte que sólo les utilizaban para lo que les interesaba. Pero luego resultaba que Nicholas también le había dado la puñalada trapera. Qué asco sentía.

Llegó por fin a la biblioteca, y dejó el libro en el mostrador. No había nadie, para variar. Rellenó la ficha, la dejó en la primera página, y echó un vistazo alrededor. Bah. Todo lo que había interesante de leer ya se lo conocía, y no quería abrir otro tostón salvo que fuera absolutamente necesario. Se dio la vuelta con la intención de salir.

¡Pum!

Algo grande había caído al suelo, seguido de un:

—¡Ay!

Se puso en tensión. ¿Quién coño podía estar en la biblioteca un sábado por la mañana?

—¿Hola? —preguntó.

—Hola —respondió la voz. Era femenina—. ¿Me puedes echar una mano?

Extrañado, Hervé empezó a caminar entre las estanterías, y llegó a una mesa donde estaba...

—¡Sissi! —exclamó.

—Oh, hola, Hervé... —dijo ella—. Perdona, estaba intentando sacar un libro de esos y casi me abro la cabeza —continuó. En el suelo reposaba un tomo de una enciclopedia, más bien antiguo, y grueso como la pata de un elefante.

—No sabía que vinieras aquí —comentó el chico sin mirarla a los ojos. Cerró el tomo y lo levantó. Maldición, pesaba bastante. Hizo ruido cuando lo puso en la mesa—. Saca el libro que quieras y ahora subimos este.

—Gracias —respondió.

Por un momento ella le volvía a parecer tan... cómo le ponía. Vestida esos pantalones donde se notaba a la perfección ese tentador culo, y esos pechos que se le veían tan bien cuando se estiraba... Intentó controlarse. Antes o después iba a ser suya... aunque quizá debería acelerar el plan. Decírselo en ese momento. Llevaba encima una de las fotografías, y estaban solos. La tenía completamente a su disposición. «Tranquilo, no lo jodas todo ahora», pensó.

—Esto es lo que necesito —dijo, mirando la portada del libro que había sacado de la estantería. "Un compendio de historia antigua". «El trabajo de fin de curso de Historia... pringada. Yo lo terminé hace un mes».

—¿No te sería más fácil mirarlo por internet? —preguntó él.

—Sabes que no me apaño bien con "esa cosa".

—O pedirle ayuda a tu novia...

Lo había dicho casi escupiendo las palabras. Lo que no se esperaba era la reacción de la morena.

—Bueno, sí... Ja.

—¿Ja?

—No está funcionando tan bien como la gente se piensa, ¿sabes? —dijo mientras arrastraba las palabras—. Ella es... bueno, no es como me esperaba.

—Ya... —Hervé no entendía qué estaba pasando. ¿Sissi le estaba soltando esas confidencias sobre su pareja? ¿Por qué? Llevaba meses pasando de su culo. Y de pronto se ponía melancólica.

—¿A ti qué tal te ha ido? No nos hemos visto mucho este curso... ¿es quete has echado alguna chica?

—¿Te burlas de mi? —preguntó intentando no sonar muy irritado—. Yo me la he pasado estudiando, que es lo que tenemos que hacer. El año que viene entramos en la universidad, y solo lo conseguiremos si aprobamos ahora. No deberías estar perdiendo el tiempo con esa... —estuvo a punto de soltar la palabra «puta» pero rectificó a tiempo— rubia.

—Pues yo necesito ayuda con los estudios —le dijo—. Es imposible centrarse con Laura... es tan irritante...

—Mala suerte. Pudiste haber elegido mejor —respondió él.

—Eso siempre puede cambiar, Hervé —le dijo ella—. ¿Estarías dispuesto a hacer un trato?

—¿Qué clase de trato?

Y en ese momento sintió que su mente funcionaba mal por primera vez. Sissi se aproximó a él lentamente y le puso los brazos sobre los hombros. Tragó saliva. La chica le miraba con los ojos brillantes.

—Oye...

—Hervé, te echo mucho de menos... ¿por qué no me das unas clases particulares? Y luego, podemos hacer algo más de adultos... —dijo en tono sensual—. Hace meses que no siento a un hombre dentro de mi... Y eso me está matando...

—Sissi...

—Yo siempre te he gustado, ¿verdad? ¿Es que ya no quieres hacerlo?

La morena le estaba zorreando con todo el descaro. ¿Debía resistir? ¿Quizá no haría falta el chantaje después de todo para poder follársela? La idea de tener poder sobre ella era lo que más le excitaba de los últimos meses, poder manipularla. Que se entregase así era bueno, pero... quizá no tanto como saber que podía destruirla si le apetecía.

—Claro que me gustas —reconoció.

En ese momento puso las manos en el culo de Sissi. La atrajo hacia él, y ella no se lo impidió. Y empezó a sentir algo. En el bolsillo trasero de la chica estaba su teléfono, y empezó a vibrar. Pero ella lo ignoró y se acercó un poco más a él.

—Me alegra saber que te gusto... —susurró, aproximando sus labios y en ese momento, el teléfono volvió a vibrarle—. Aunque sea una puta bollera, ¿verdad?

Tardó un segundo de más en darse cuenta. Los labios de Sissi se habían detenido. Intentó retroceder, pero en ese momento sintió algo doloroso. El impacto de la rodilla de Sissi contra sus genitales. El golpe le dobló por completo. Se levó las manos a la entrepierna, dolorido.

—¡Maldita zorra!

—Estás acabado, Hervé —dijo Sissi. De la zorrería de hacía unos segundos no quedaba nada. Le estaba mirando con desprecio... el mismo con el que él le devolvía la mirada—. Sé que eres tú el que lleva meses chantajeándome para hacerme esas fotos de pajillero...

—¿De qué coño hablas? —gruñó el chico. Le había hecho daño.

—¿Vas a negar que esos mensajes tuyos que me amenazaban son cosa tuya?

—No sé qué ladras —bramó, con una sonrisa maníaca. Seguro que ese teléfono le estaba grabando—. Pero tú me has agredido... y como tu papi es el director, voy a ponerte una demanda directamente en la policía, so loca...

—Bueno, tú mismo. Yo ya te he retenido el suficiente tiempo.

Retenido... Retenido...

Una expresión de pánico se formó en el rostro de Hervé. ¡¿No serían capaces?! Como pudo, salió corriendo de allí, en dirección a su dormitorio. Aquello iba mal, muy mal.

Tan rápido se fue que no vio que detrás de otra estantería surgía Laura. Sissi la miró, muerta de nervios. Aquella interpretación la había puesto mala. Y eso que habían hecho ensayos, pero decir aquellas barbaridades para entretenerle...

—Por lo menos le has dado donde más le duele —comentó Laura.

—He pasado miedo... he visto cosas en su mirada —dijo Sissi.

—Bueno, esto ya va a acabar. Vamos, no quiero perderme nada.


Hervé corrió al edificio de los dormitorios. Como hubiera alguien dentro, se iban a cagar todos. Iba a asegurarse del cierre de aquel antro, por la patada de la puta de Sissi —todavía sentía sus testículos protestando— y la invasión de su intimidad. Alcanzó por fin la planta de los dormitorios de los chicos. Y supo que efectivamente algo pasaba.

Había varios alumnos asomados por las puertas de sus habitaciones. Alguna cabeza se miró para mirarle. Y se dio cuenta de que su propia habitación estaba abierta. Fue para allá, a grandes zancadas. Resoplando. Se remangó, dispuesto a enfrentarse a cualquiera que hubiera profanado su dormitorio. Pero al asomarse por la puerta, se dio cuenta de que había metido la pata. En el dormitorio no estaban los amigos de Sissi. Bueno. Solo uno. Odd. Acompañado del director y de Jim Morales. Más rápido que lo que había procesado a Sissi, se dio cuenta de dos detalles. Las fotos. Esparcidas por el suelo. Y su ordenador. Encendido.

Se echó hacia atrás justo a tiempo. El director se abalanzó a por él. Vio fuego de ira en sus ojos. Jim intentó retenerle. Hervé intentó huir. Pero estaba complicado. Carlos y William flanqueaban el pasillo, uno a cada lado. Valoró las posibilidades. William abultaba más y era más alto, así que se lanzó contra Carlos. Intentó embestirle, este procuró sujetarle aunque al final se le escurrió entre los brazos. Pero sin saber de dónde, Ulrich surgió, preparado para intervenir y con una llave, le sujetó contra la pared.

—¡Te mataré! —gritó el señor Delmas.

Sissi y Laura llegaron en ese momento. Todo había acabado por fin. La morena fulminó con la mirada a Hervé, que intentaba no moverse. Con el pecho contra la pared, Ulrich le sujetaba la muñeca a su espalda y sabía que un movimiento estúpido le podía dislocar o fisurar el brazo. El chico le devolvió una mirada de profundo odio. Y, en un movimiento de labios de apenas dos micras, ella sonrió. Estaba vencido.

Su plan había funcionado mejor de lo previsto incluso. Levantándose todos temprano, Sissi se había apresurado en bajar a la calle en compañía de Laura. La idea era ir donde fuera Hervé, y entretenerle como bien habían conseguido. Cuando Hervé salió de su habitación, al pasar por delante del cuarto de Ulrich y Odd, ellos vieron que llevaba un libro en la mano. Y se pusieron en marcha. Avisaron a Sissi por un mensaje de cuál era el destino más probable de Hervé, y ella caminó hacia allí. Laura empezó a seguir a cierta distancia a Hervé, con la intención tanto de intervenir si el muy cabrón intentaba ponerle una mano encima a Sissi, y de paso para avisar a su novia en caso de que este cambiase de rumbo. A lo lejos, cuando vio que Hervé dejaba la entrada para ir a lo más profundo de la biblioteca, entró, preparada igualmente por si había que intervenir.

Entretanto, Jeremy, Aelita, Patrick y Sam se metieron en el dormitorio. Tenían que moverse con rapidez. Emily se quedó en la puerta, aguardando. Tenían que poner en marcha a Jim cuánto antes, pero evitando que llegasen antes de tiempo. Off fue quien se dirigió al dormitorio del profesor de gimnasia, esperando que estuviera dormido, pero no solo se había despertado y enfundado el chándal sino que además estaba hablando con Delmas. Lo cual era un punto positivo y negativo a la vez. Por suerte, no le hicieron mucho caso mientras él esperaba pacientemente con el móvil en la mano, pendiente de recibir más indicaciones. Entretanto, Carlos y William se prepararon para cerrar el pasillo cuando Hervé apareciese. Con calzado deportivo, por si en lugar de ir allí de pronto salía corriendo, aunque por fortuna, Jim aún no había abierto la verja principal a esas horas. Tras sopesarlo un poco, Ulrich pensó que estaría mejor cubriendo a Carlos y se prepararon.

Aelita y Jeremy se conectaron al ordenador de Hervé, y aunque les llevó unos minutos ver el historial de conexiones de su correo, el chico tenía todas y cada una de las amenazas guardadas en ficheros aún en su ordenador (y que pudieron rastrear hasta las impresoras de Kadic). Odd y Patrick solo habían ido a buscar algunas pruebas más contra Hervé. Y aunque Odd localizó en los cajones un paquete de sobres blancos del mismo estilo que los que recibía Sissi, fue Patrick quien encontró las fotos, impresas, entre las páginas de un libro. Se apresuraron en dejar los sobres en la mesa, la carta a Sissi ( ) a la vista en el ordenador, y desperdigar las fotos de su amiga por el suelo. Avisaron a Odd, y tras asegurarse de que estaba todo como debía encontrarlo Jim, los cuatro se apresuraron en salir del dormitorio. Aelita se refugió en el cuarto de Carlos y Sam en el de William.

Odd consiguió llamar la atención de Jim Morales, avisando de que "Hervé tiene el dormitorio hecho un desastre". No solo el profesor fue a ver cómo estaba la cosa con la intención de echarle un buen rapapolvo a Hervé, sino que el director acudió también. Odd caminó inocentemente detrás de ellos, pero no tuvo que hacer nada. Las fotos de desnudos sobre el suelo fueron suficientes para llamar la atención. Y los sobres. Y ver el nombre del fichero...

Delmas empezó a gruñir y gritar algo incomprensible. Estuvo a punto de tirar el monitor del ordenador al suelo. Miró con asco las fotos que... no, no podía ser verdad. A su hija no... Jim intentó calmarle, pero los alumnos estaban empezando a darse cuenta de que algo pasaba. Unas fuertes pisadas precedieron a la aparición de Hervé...

Tuvieron que esperar a que se calmase la situación antes de llamar a la policía (algo que el grupo habría hecho de buen gusto, pero no podían adelantarse o se delatarían: las pruebas estaban en el cuarto de Hervé, pero ellos las habían dejado a la vista). Jim decidió encerrarse en un aula con Hervé mientras aguardaban, en tenso silencio, la llegada de los agentes.

Por su parte, Delmas intentó hablar con Sissi. Esta tuvo que omitir parte del relato, simplemente alegando que efectivamente alguien la había estado chantajeando para que le enviase esas fotos, primero con la amenaza de contar que le gustaban las chicas y luego con la de publicar las fotos que ya le había mandado. Su padre lloró, y ella también echó unas lágrimas. Pese a lo satisfactorio de la captura, lo había pasado mal todo ese tiempo. Había pasado verdadero miedo. Ni siquiera osó a echar un vistazo a la pantalla de Hervé, y pidió a sus amigos que lo habían leído que por favor no se lo contasen nunca.

Cuando llegó la policía, cargaron el ordenador de Hervé, así como las fotos y los sobres que se llevaron en una bolsa de plástico con la intención de buscar huellas. Hervé se negó a decir nada, simplemente solicitó que avisaran a sus padres antes de irse esposado. No miró a nadie mientras recorría la academia casi arrastrando los pies. Había sido vencido. Y no podía demostrar que le habían tendido una trampa sin confesarse abiertamente como el chantajista. El silencio le haría mejor bien.

Aunque aquello no evitó sentir que los alumnos le miraban, incrédulos. Él nunca había sido especialmente popular, pero nadie le tomaba por un delincuente. Cuchicheos. Cómo lo odiaba. Los odiaba a todos.

Mientras se alejaba, Sissi volvió a salir a la calle. Laura se apresuró a ir tras ella, y le dio un abrazo, envolviendo sus brazos con los suyos. La morena casi sentía deseos de llorar. Si hubiera sabido que el chantajista era cualquier otro, le hubiera dado más igual. Pero Hervé... no es que hubieran sido amigos, pero sí que fue de sus pocas compañías durante mucho tiempo, lo cual lo dolía aún más.


—Mira que el plan de Sissi no me convencía demasiado —comentó Jeremy—, pero tengo que reconocer que ha salido mejor de lo previsto. Aunque me da miedo pensar que si Hervé hubiera salido huyendo de la academia en lugar de volver aquí...

—Estaban las verjas cerradas. Y además, huir sentenciaría su culpabilidad. Sería un proscrito —le recordó Patrick.

Estaban en su habitación. Aelita se había sentado en la cama con Patrick, y Emily había hecho lo propio con Jeremy. Había salido espontáneo, los cuatro se sentían en una complicidad absoluta en aquel momento. Y además tenían el alivio de haber atrapado a Hervé.

—Llamé a Yumi para que supiera que todo había salido bien. Me dijo que se alegraba... pero que le hubiera gustado tener la oportunidad de darle dos hostias —dijo Aelita.

—El problema es que ya sería demasiado cantoso... bastante suerte hemos tenido con que no nos pillaran a nosotros —añadió Patrick—. Por no decir que... a mi me daba bastante miedo la posibilidad de que se hubieran equivocado y Hervé fuera inocente.

—En ese caso nos hubiéramos dado media vuelta, y el culpable seguiría por ahí acosando a una amiga —respondió Jeremy.

—Bueno. La pesadilla ha terminado. O casi. Porque Sissi tendrá que ir a declarar en algún momento.

Suspiraron. Aguardaron unos segundos en silencio sin decir nada más. Todo aquello parecía mentira. Sabían que existían los casos de acoso, pero nadie cuenta nunca con ver uno de cerca. La pelirrosa, con la cabeza apoyada en el hombro de Patrick, miró a su novio, y le sonrió.

—¿Aelita?

—Solo me alegraba de tener un novio tan bueno. Ayudaste a Sissi desde el principio y le guardaste el secreto.

—Tuvo que ser complicado callar... —comentó Emily.

—Un poco. Pero sabía que ella no quería levantar las alertas. Ya fue bastante complicado actuar con disimulo como para que alguien se hubiese enterado de lo que ocurría.

—Tengo un primo que es la bomba —añadió Patrick—. Oye, ¿qué os parece si nos vamos a cenar hoy los cuatro por...?

En ese momento fue interrumpido por un sonido en su bolsillo. Un mensaje. Pensó en ignorarlo, pero en ese momento se iluminó la pantalla del teléfono de Jeremy, que reposaba en la cama. También había recibido un mensaje. El rubio estiró la mano. El mensaje era de Sam. Lo leyó en voz alta.

—«Estoy en The Hermitage. ¿Puedes venir?».

—El mío pone lo mismo —comentó Patrick, extrañado.

—¿Por qué está en The Hermitage? —se preguntó Jeremy.

—Me lo ha pedido —respondió Aelita—, y le dije que sí.

—Pero ¿de qué se trata esto? —preguntó Patrick.

—Quién sabe —comentó Emily, con tono misterioso—. Deberíais ir. Necesita ayuda con algo.

Los primos se miraron extrañados, pero se enfundaron las zapatillas y salieron de allí. Cuando se cerró la puerta, Aelita se movió de cama y se tumbó en la otra, apoyando la cabeza en las piernas de Emily. Esta empezó a acariciar los cabellos de su amiga, un tanto preocupada.

—¿Crees que van a estar bien? —preguntó.

—Estoy segura de que sí —respondió Aelita, con calma.

—¿Y no te parece raro que...?

—Confío en Sam y confío en Jeremy. En serio, todo va a ir bien.

—Si tú lo dices... Pero yo no me quedo tranquila. ¿Damos una vuelta?

Emily sabía una cosa que Aelita no. Y aunque cuando había hablado con Sam esta parecía completamente segura de lo que iba a hacer, en su cabeza algo le estaba lanzando mensajes de advertencia constantemente.


Sam terminó de enviar el último mensaje. Por fin.

Estaba un poco nerviosa. La idea que había tenido era un poco disparatada. Pero le apetecía hacerlo.

Lo más complicado había sido encontrar un sitio donde hacerlo. Y le había dado mucha vergüenza hablar con Aelita. Pero la pelirrosa no había tenido ningún problema en ayudarla con su plan. En The Hermitage las obras habían terminado prácticamente. Y en la planta baja, tenía una habitación, pensada para invitados, en la que aún no había nada. De modo que tras asegurar y jurar que lo dejarían todo bien limpio, estaba todo listo.

Tapoco había sido sencillo hablar con todas sus amigas y plantearles lo que iba a hacer. Sobre todo se había encontrado incredulidad y sorpresa, aunque Emily era la única que le había cuestionado los planes.

—¿Estás segura de lo que vas a hacer?

—Completamente —respondió, encogiéndose de hombros.

—Pero, después de...

—Emily, si te parece mal que avise a Patrick, no pasa nada. Por eso he hablado primero contigo.

—No, no es eso. Solo quiero que no te hagas daño.

Daño. Je. Eso ya se había hecho. Y ahora llegaba el momento de ponerse un poco de bálsamo reparador. Miró el reloj. No tardarían mucho en llegar. Hora de pasar un buen rato después de tantos sinvivires. Bueno, mejor si lo iba preparando todo.


Milly e Hiroki estaban en Kadic, donde las máquinas expendedoras. El chico había ido para aprovechar a estudiar un poco, y ahora habían bajado a por unas bebidas. Estaban intentando no hablar de las ecuaciones que les estaban trayendo de cabeza, y para ello, nada mejor que el mejor cotilleo del día.

—Entonces, ¿qué era lo que estaba haciendo Hervé? —preguntó Hiroki—. Escuché a Yumi hablando con alguien pero no me quedé con los detalles.

—Por lo que sé, estaba chantajeando a Sissi —dijo Milly—. Pero no han contado gran cosa a nadie, solo que había pruebas en el dormitorio de Hervé... el director casi me cierra la puerta en las narices cuando me ha visto acercarme.

Hiroki pensaba que tenía que hablar de límites con su amiga. La apreciaba mucho (y le gustaba) pero esas cosas que hacía a veces sacaban de quicio a la gente. Y no era para menos. Sabía que sus intenciones eran buenas, pero la impulsividad y la falta de filtros...

—Supongo que estaría alterado. Al fin y al cabo es su hija...

—Lo sé.

En ese momento salieron a la calle Ulrich y Odd. Iban murmurando algo que no alcanzaban a oír.

—Probablemente ellos sepan más —comentó Milly.

—Quizá hoy no sea el día para preguntarles al respecto.

—¿A dónde irán? —preguntó Milly, más para sí que para su amigo.

—A saber. No estarás pensando que tendrá algo que ver con... ya sabes —respondió el otro, mientras terminaba de salir el cortado de Tamiya—. Que Odd al final está con William...

—Pues no se qué decirte...

Ulrich y Odd estaban llegando a los primeros árboles cuando Patrick y Jeremy se dirigían al mismo sitio. Milly oteó. Su ojo rápido detectó que William estaba también por allí, y empezaba a seguir el mimos camino.

Sacó su teléfono del bolsillo y llamó a Tamiya.

—Cálzate, rápido. Te mando ahora la ubicación.

—¿Ubicación? ¿Qué dices? —preguntó la otra, extrañada.

—¡Vamos! ¡Es hora de pillar al grupo de Jeremy!