Capítulo 5

Erin se despertó sobresaltada. La habitación estaba completamente a oscuras, y tardó un par de minutos en controlar su respiración. Miró el reloj: marcaba las 04:56. Todavía tenía un par de horas más para dormir; o al menos intentarlo. Se dio cuenta que Aaron no estaba a su lado cuando escuchó un ruido en la cocina.

Se levantó, con bastante dificultad, dispuesta a averiguar qué estaba haciendo su marido a esas horas. Hacía dos días que había salido de cuentas, y estaban, pendientes y nerviosos, que se pudiera poner de parto en cualquier momento.

Arrastró su pesado cuerpo hasta la cocina, y encontró a Aaron recogiendo los restos de una taza que se le había caído al suelo. Tenía el ceño fruncido y cara seria, y cualquier otra persona pensaría que lo estaba tomando muy en serio por su concentración. Sin embargo, ella lo conocía lo suficiente como para saber que seguía preocupado y dándole vueltas a lo que había ocurrido unos meses atrás en el trabajo.

Cuando terminó, levantó la cabeza y la vio allí plantada. Inmediatamente sonrió, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos.

-Hey, siento haberte despertado. Se me ha caído una taza al suelo -cambió la expresión por una de miedo-. Estás bien ¿verdad? ¿O ya es la hora?

-Estoy bien, cariño, todavía no estoy de parto, puedes respirar tranquilo -vio como se relajaba-. Y me había despertado antes, pero te he oído aquí y he venido haber qué estabas haciendo.

Se dirigió a una silla y Aaron la ayudó a sentarse. Luego fue hasta la cafetera para servir el café.

-¿Quieres un poco de café?

-Claro, ¿por qué no? No voy a volver a dormir…-respondió con ironía.

Aaron le acercó la taza y la besó en la frente antes de sentarse frente ella. Se quedaron en silencio, cada uno pensando en sus cosas. No obstante, Erin no dejaba de mirar a su marido de reojo, que volvía a estar muy lejos de allí.

Se estiró todo lo que pudo y le cogió la mano. Él la miró y al cabo de unos segundos, volvió a sonreír.

-Deberías hablar con alguien, Aaron -señaló con cariño.

-¿Y eso? Sólo estoy preocupado porque nuestro meloncito no quiere salir -acarició la gran barriga de su esposa.

-Sabes a lo que me refiero…

-Ya he hablado con alguien, Erin, y estoy bien -respondió con acritud, levantándose y dejando su taza en el fregadero.

Ella resopló mientras asentía, sabiendo que no lo iba a convencer. Aaron se sentía culpable, a pesar de que él no tenía culpa de nada.

En Septiembre, el equipo de Aaron había viajado a Boston por un caso. Hubo una serie de explosiones por toda la ciudad y cuando identificaron al culpable, a pesar de las negociaciones, hizo estallar una última bomba, matando al rehén que tenía en ese momento y a seis agentes del FBI.

Aunque el agente a cargo del equipo, del caso y de tomar las decisiones fue Jason Gideon, fue Aaron el que lo incitó a que los agentes intervinieran en el último momento. Tanto Gideon como él se culparon de lo ocurrido, y el agente mayor necesitó coger la baja durante unos meses. Hacía apenas unos días que se había incorporado de nuevo al trabajo.

En su ausencia, había sido Aaron el que había ocupado su puesto de jefe de Unidad, y a pesar de su vuelta, seguía con el puesto. Al parecer, Gideon prefería no tener que tomar más decisiones.

Erin hubiera querido que también su esposo se hubiera cogido algo de tiempo libre, porque sabía lo mal que lo estaba pasando. Sin embargo, él no estaba dispuesto a eso. El equipo lo necesitaba, y aunque había hablado con el terapeuta de la oficina, él prefería guardárselo todo. Era su método de defensa.

-Voy a ir al gimnasio. Necesito hacer deporte y soltar endorfinas. Luego tengo que pasarme por la oficina, pero estaré aquí antes del mediodía.

Se acercó a ella y besó su cabeza antes de salir de la cocina. Ella no dijo nada, pero miró por la ventana que estaba a punto de amanecer, y las nubes que amenazaban, de nuevo, nieve.


Erin se levantó del sofá con dificultad, haciendo una mueca de dolor. Se frotó los riñones y luego la barriga. Llevaba desde por la mañana con un dolor en el bajo vientre, y estaba empezando a preocuparse.

Se asomó a la ventana, y vio cómo la nieve seguía cayendo con fuerza. Eran casi las tres y media de la tarde, y Aaron todavía no había vuelto a casa. Había salido a las siete de la mañana, camino al gimnasio de Quantico, y aunque luego se quedaría un rato en la oficina, le había prometido que estaría en casa para la hora del almuerzo.

Se había cogido unos días para cuando naciera el bebé, así que se suponía que debería estar en casa. Sin embargo, Erin conocía a su esposo y sabía que si podía ayudar mientras estaba descansando, lo haría. Sobretodo por cómo se seguía sintiendo por el caso en Boston.

Se separó de la ventana y se paseó por el salón, preocupada. Los dolores estaban siendo cada vez más intensos, y respirar hondo y despacio empezaba a no funcionar.

Cogió el teléfono y marcó el número de Aaron, pero él no lo cogió. Las lágrimas asomaron a sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. Volvió a marcar, con el mismo resultado. Dejó el teléfono en la mesa y volvió a la ventana.

Unos minutos después, el dolor la atravesó, y cuando se dio cuenta, había roto aguas. Intentó mantener la calma mientras se preparaba para ir al hospital, el dolor la hacía gritar y tenía que controlar las contracciones. No obstante, no pudo evitar maldecir a Aaron por no estar junto a ella en ese momento.

Llamó a un taxi, que le aseguró que estaría ahí en quince minutos (el tráfico era lento debido a la nevada), y mientras esperaba, llamó al teléfono que Aaron le había dado, por si alguna vez él no contestaba.

-Jareau -contestó una voz femenina.

-Hola, soy Erin Hotchner, la mujer del agente Hotchner. Lo estoy llamando pero no me coge el teléfono -dijo intentando aguantar el dolor.

-Oh, el agente Hotchner está en una reunión con el agente Gideon y el jefe Cruz. ¿Necesita que le diga algo cuando termine?

-Pues estaría bien, porque acabo de ponerme de parto y estoy a punto de salir hacia el hospital -una contracción le sobrevino en ese momento y soltó un pequeño grito.

-Por supuesto, enseguida le informo. Espero que todo salga bien, señora Hotchner -la dulce voz de la agente Jareau la tranquilizó un poco.

-Gracias -susurró antes de colgar.

Ya en el taxi, intentó mantener la calma. Cerró los ojos e hizo los ejercicios de respiración que le habían enseñado en las clases de preparación al parto, pero cuando tenía una fuerte contracción, nada funcionaba para que se sintiera mejor.

-¿Puede ir más rápido, por favor? -le suplicó al taxista.

-Lo siento, señora, pero el tráfico está muy mal por el tiempo y hay que ir con precaución.

Después de lo que le pareció una eternidad, por fin llegaron al hospital. La ingresaron inmediatamente en maternidad, aunque todavía no estaba dilatada del todo.

Volvió a llamar a Aaron, cuando estuvo instalada en su habitación, y por fin le cogió el teléfono.

-¡Erin! Voy de camino, cariño, lo siento mucho.

-Date prisa por favor, no quiero hacer esto sola -sollozó al teléfono.

-Llegaré a tiempo, lo prometo. Te quiero Erin, no lo olvides.

-Y yo a ti -susurró antes de colgar.

Sabía que el tiempo estaba muy mal, y aunque necesitaba a Aaron a su lado, prefería que llegara sano y salvo para poder criar juntos a su bebé.

Estaba dilatada ya de diez centímetros y a punto de llevarla a quirófano cuando Aaron llegó por fin.

-Estoy aquí, Erin, estoy aquí -besó su frente mientras ella se aferraba a su mano.

Tres horas más tarde, después de muchos gritos, contracciones y empujones, a las 00:09 horas del 5 de Diciembre de 2006 la pequeña Emma Avery Hotchner llegó al mundo.

-Es preciosa, como su mamá -Aaron acarició despacio la carita del bebé, en brazos de Erin.

-Bueno, también se parece a ti. Sea como sea, creo que lo hemos hecho bien -ella respondió bostezando. Se le notaba en la cara el cansancio.

La pequeña bostezó y se estiró al mismo tiempo que ella, haciendo reír a sus padres. Aaron cogió a la niña y la acostó en la cuna del hospital.

-Necesitas descansar, te despertaré si tiene hambre.

-De acuerdo -antes de darse cuenta, estaba dormida.

Aaron besó su frente y acarició su mejilla. Estaba orgulloso de ella. Había sido un parto largo y duro, y por culpa del tiempo, casi no llegó para estar a su lado. Afortunadamente, llegó a tiempo para apoyar a su mujer y ver nacer a su hija. Se emocionó cuando cortó el cordón umbilical y la cogió por primera vez en brazos.

Acarició la manita de Emma, que cerró los dedos alrededor del suyo, y una sonrisa se formó en su cara. Ahora sí lo tenía todo, el trabajo de su vida, la mejor mujer del mundo y se acababa de convertir en padre de la niña más hermosa que nunca había visto.

Mientras seguía mirándola absorto, le prometió que haría el mundo más seguro para ella, que la protegería de todo lo malo pero sobre todo, que sería un buen padre, que no se parecería en nada al suyo, y que siempre, siempre, podría contar con él.

Fin


Espero que os haya gustado. Próximamente, la cuarta parte de la serie.