¡Hola, holita! Estoy reescribiendo este fanfic de corrido, es decir, las notas al principio y al final son las impresiones que estoy teniendo al momento de construir la historia. Probablemente dé lugar a algunas confusiones, pero siempre estoy abierta al diálogo. Las dudas serán respondidas en la medida de lo posible.
Buscando música para inspirarme, he vuelto a toparme con las canciones de los opening y ending de Vampire Knight. Me dio mucha nostalgia. La historia de VK pudo tener sus altos y bajos, pero fue memorable (sobre todo porque la autora tuvo los ovarios de hacer que su protagonista se quedara con ambos. Ahré, Hino, eso es tener coraje).
[+][+]
Noche XIII
La curiosidad siempre matará al gato.
"In real life, the hardest aspect of the battle between good and evil is determining which is which".
—George R.R. Martin.
[+][+]
—El Amo la espera en el ala oeste —le informó el ama de llaves. Tori miró unos segundos a la mujer. Movimientos robóticos, rostro inexpresivo y voz controlada. Todos los sirvientes de los Saitou se comportaban igual, sin alma y mente, convertidos en muñecos obedientes por el entrenamiento especial. El proceso era algo desconocido para Tori, pero Tohru le había dicho que los rumores al respecto, no hacían justicia a lo que realmente sucedía.
"Mi dulce hermana, lo mejor para ti es no saber nada", y no había sido porque Tohru se preocupara por ella sino porque posiblemente quería evitar que Tengen se deshiciera de su nieta si no mostraba temple. O quizás porque había sido algo demasiado horrible, aun para el indiferente Tohru.
Yûki había querido ayudar a que los entrenamientos se detuvieran, pero Tengen no dudó en demostrar que, si bien sus métodos no eran los usuales, no significaba que mantuviera a sus sirvientes en malas condiciones.
"Las herramientas son remplazables, pero no quiere decir que me agrade estar reponiéndolas todo el tiempo. Sé cuidar mis cosas, princesa", le había espetado a la purasangre, todo con un tono de cortesía velada que ocultaba el gozo que su posición ventajosa le había dado, haciéndole ver que su estatus y poder de vampiro puro de nada servían si cualquiera podía usar sus leyes en contra.
Lo cierto era que su abuelo no sentía remordimiento alguno en deshacerse de las piezas, incluso cuando esas piezas tenían su propia sangre corriendo por sus venas. Hace cincuenta años, Tora Saitou, la única hija de Tengen, se había hartado de todo y había intentado derrocar a su padre, amenazándolo con revelar sus secretos a los Kuran. Lo que su abuelo le había hecho a su madre —porque Tengen se encargó que sus dos nietos lo presenciaran—, aún perseguía a Tori en sueños. Su padre, una marioneta más de Tengen, no había hecho nada por detenerlo, y vivía como un parásito de la riqueza de su abuelo.
Los sirvientes se inclinaban con indiferencia hacia ella, para luego seguir con su trabajo. Tori sabía que la vigilaban —como también lo hacían con Tohru—, para reportar alguna anomalía en ella.
(Como si fuera posible que traicionara a su abuelo).
Sin embargo, recientemente Tori había descubierto que algunas de las semillas de rebelión de su madre habían echado raíz en ella. No era como si su ser siempre hubiera sido un terreno fértil para ellas, sólo era que… habían ocurrido cambios. Cambios que no estaba segura fueran buenos, porque si algo sabía era que la pondrían en una situación que había querido evitar desde hacia mucho tiempo atrás.
Todo había comenzado hace cinco décadas, cuando su padre había convencido a Takuma que su hija era ideal para ser la compañía de Seth. Obviamente Tengen había tenido que ver en la planeación, y Takuma lo había sabido, pero no había podido rechazarlo, ninguna otra familia había ofrecido a sus hijos por temor a provocar el descontento de Kaname.
"Gánate su confianza", había ordenado Tengen con su mirada cerúlea fijamente en ella. "El niño nunca ha tenido nadie a quien le importe, así que será sencillo".
La llevaron a La Jaula, la pequeña casa aislada a las afueras del país, en la que Seth había estado viviendo relativamente solo por siete años. Seth era un chiquillo incauto e inseguro, tan asustado de la presencia de Nagisa y Tori, que a la niña le costó trabajo pensar que era un purasangre. Tan distinto de los Kuran, era lo que había pensado al ver al desgarbado chico. ¡Qué cruel sería el futuro para él! No es como si a ella le hubiera importado en ese momento, lo único que le valía era complacer a su abuelo y es lo que haría, sin importar la juiciosa mirada de Nagisa sobre ella cuando se acercaba al purasangre.
"¿Acaso crees que él no se da cuenta que estás fingiendo?", le preguntó Nagi mientras jugaban al escondite. Tori pretendió no entenderle. "Seth es más listo de lo que creen".
Y Tori lo descubrió de la peor manera. Había sido durante la hora del almuerzo. Tori había ido a buscar a Seth a su habitación para pedirle que bajara. El repentino olor a sangre fresca hizo que sus instintos la dominaran (habían estado sobreviviendo de puras pastillas de sangre, por lo que su reacción fue mucho más salvaje). Prácticamente corrió hacia la fuente, encontrando una escena que la paralizó.
Seth estaba en su alcoba, sosteniendo su muñeca en alto. Un riachuelo de sangre colgaba desde la herida que se había autoinfringido. Tori había tenido los ojos bien abiertos ante la escena, Seth acercándose a ella estirando su muñeca.
"Si es lo que necesitas para quedarte conmigo, te daré la que quieras, Tori. Quiero que seamos amigos".
Fue la primera vez que Tori sintió algo parecido al dolor, mientras tomaba del brazo al niño diciéndole que nunca debía lastimarse a sí mismo de nuevo, porque ella siempre estaría a su lado sin condiciones.Fue el inicio de todo un suceso de cambios en Tori, de estar preocupada por cumplir su deber a preocuparse y ocuparse del bienestar de otras personas.
Durante cincuenta años, la Jaula se convirtió en un diminuto paraíso, en el que Tori podía fingir que todo estaba bien, y que no habría ninguna consecuencia por el hecho de haber fallado en completar su misión, pues si bien Tori se había ganado la confianza de Seth y de Nagisa, no había podido evitar que ellos se volvieran parte esencial de ella.
Seth y Nagisa representaban su corazón.
Cuando Ichijou vino a informarles que había obtenido la aprobación de Kaname para que asistieran a la Academia Cross, como una forma de reintegrarlos a la sociedad de vampiros, Tori tuvo miedo porque sabía lo que eso significaba.
"No tienes que preocuparte, Tori", le había dicho Seth con una sonrisa dulce y falsa. Él se había resignado a su destino desde hacía muchos años atrás. "Haré lo que quieran que haga".
«Para mantenerlos a salvo», Tori lo supo de inmediato porque Seth era así, y aunque lo amaba por eso, también temía por él. Si era para proteger a Nagisa y Tori, Seth dejaría que le humillaran con el honor de liderar una clase que no sentía respeto o miedo por él.
Las cosas siguieron empeorando cuando su abuelo tomó la noticia como la oportunidad adecuada de lograr encadenar al desafortunado purasangre a través de un vínculo. Dicho vínculo debía formarse cuando Tori le pidiera a Seth que bebiera su sangre. Con las nuevas leyes, podría colocar una cadena muy ajustada en el cuello de Seth. Después de todo, aunque nadie reconociera su autoridad y poder, seguía siendo un purasangre.
Tori llegó al ala oeste. Las paredes eran más gruesas para evitar que cualquiera escuchara cualquier sonido sospechoso, y el corredor tenía grandes puertas de roble tallado de un lado y ventanas tapadas del otro (justo detrás de una de estas puertas, Tori había visto a Tengen matar a su propia hija).
Tori se detuvo al dar unos pasos. Últimamente estos momentos de duda se hacían más frecuentes, momentos en los que quería dar la vuelta, huir y no regresar jamás. La desazón era algo que había comenzado a experimentar… al ser consciente que lo que estaba haciendo podía no ser lo correcto.
"Miren a su madre, nietos míos", Tengen no tuvo ningún escrúpulo al mostrarles el cuerpo irreconocible de Tora Saitou. Su abuelo podía matar a un vampiro de manera despiadada, postergando el momento en que se volvía cenizas sólo para enseñarles el daño que podía causar. "Esto les sucederá a ustedes si no son listos".
Tori se obligó a retomar el camino, sintiendo aprehensión a cada paso. Se obligó a pensar en los motivos por los cuales Tengen la llamaría. Sí, primeramente había sido para que vigilara a Sakura e Ino, pero últimamente sus informes no eran pedidos con regularidad como antes.
"Al parecer una forastera ha llegado y causado disturbios en todo Nightray. La Asociación de Cazadores ha reportado que posee un poder extraño parecido al de los purasangres", fueron las palabras que le dirigió su abuelo, cuando la llamó a la mansión la primera vez. Al principio Tori había creído que la castigaría por no haber establecido el vínculo de sangre (sólo había podido pedirle a Seth que le diera algunas gotas, pero nada más), pero el alivio fue inmediato cuando otra cosa más importante había capturado la atención de su abuelo.
Sakura Haruno, una chica de otro mundo, de apariencia acorde a su nombre, con una actitud fuerte que escondía un alma agonizante. Tori no había estado impresionada a primera vista, de hecho, salvo su sangre, era sólo otra chica.
"Me he enamorado de ella", y Seth mostró una sonrisa deslumbrante, la sonrisa de alguien en sus primeros pasos en el amor. "Cuando vi sus ojos, lo supe".
La presencia de Sakura había cambiado a Seth, haciéndolo más atrevido de lo que se había permitido ser, queriendo traspasar límites que antes había respetado. Tori quiso creer que era un capricho, pero Sakura demostró ser más que "sólo otra chica". Sakura Haruno era una mujer reconstruida en ruinas poco estables, que se tambaleaba en el mundo por razones enfermizas, a pesar de eso tenía una vena compasiva hacia la gente y una sonrisa modesta para quien necesitara descansar de risas falsas. Y la devoción que profesaba había quedado impresa en su cuerpo dejándole claro a Tori que, de las dos, al menos una sí estaba dispuesta a hacer lo posible por proteger y salvar a sus seres queridos.
Tori sintió un tipo de envidia distinta hacia ella, cuando lo supo. Y tuvo que reconocer su valentía y su afán por perseverar. Sakura no había abandonado a Seth a pesar de tener todo en su contra, y le había ofrecido algo que se le había negado desde pequeño.
Una oportunidad.
Tori se detuvo frente a una puerta. Dos gavilanes tallados en la madera, en perpetúa persecución, señalaban la oficina principal de su abuelo. La verdadera, porque Tengen tenía distintas habitaciones en su casa para tratar distintos negocios, y así evitar que alguien husmeara por donde fuera. Tori tocó tres veces y esperó, más no fue la voz de su abuelo la que respondió.
Si hubiera sido tonta, Tori habría tomado esta respuesta como un permiso, pero no lo era y aguardó hasta que su abuelo dio la orden. Cuando entró, la risa extasiada de Ren Touya la recibió para su sorpresa.
—¡En verdad la tienes bien adiestrada, viejo zorro! —sonrió el vampiro, mostrando sus afilados colmillos. Sus ojos no ocultaron lo hilarante que encontraba la obediencia de Tori—. Un bonito pajarito que canta cuando quieres. ¡Simplemente precioso!
Tori no mostró su estupefacción en su rostro. Tampoco esperó una explicación. No entendía por qué su abuelo —que odiaba a muerte a Ren—, le había permitido entrar a su oficina. Un mal presentimiento se asentó en su pecho, pero Tori se obligó a actuar con indiferencia. Caminó hasta ponerse frente al escritorio de Tengen y se hincó sumisamente.
—Estoy a sus órdenes, honorable abuelo.
Escuchó a Ren reírse otra vez. Tori lo ignoró. Ella se dio cuenta de las hojas esparcidas en el escritorio, además de algunas fotografías que parecían haber sido tomadas en un laboratorio. ¿Se tratarían de los reportes de investigación de Sakura e Ino? Por lo que sabía, las kunoichis mantenían informados de sus hallazgos a los inversionistas, y uno de ellos, era Tengen.
—La curiosidad siempre matará al gato, Tori —espetó su abuelo con dureza, haciendo que Tori casi perdiera la concentración e intentara disculparse de inmediato—. Tus disculpas son innecesarias.
Tori se calló al instante. Había cometido un error simple, pero era precisamente por eso que su falta era doble. Permaneció con la mirada abajo, un gesto de sumisión para apaciguar a su abuelo.
—No seas tan severo, colega mío —intervino Ren, más por diversión que por compasión—. Tu querida nieta ha pasado mucho tiempo con Ino y Sakura, y es muy obvia la influencia que tienen esas dos en las personas.
—Es precisamente eso lo que las hace tan… peligrosas —admitió Tengen—. El incidente en Punta de Lanza no sólo demostró el poder total de una de ellas, sino la lealtad que han cultivado en humanos, vampiros y cazadores.
—¡No vengas a decirme que tienes miedo de ellas ahora! —se burló Ren con fingido espanto, ganando una colérica mirada de Tengen—. Oww, hombre, fue una bromita. Sé a lo que te estás refiriendo. Esas chicas han demostrado tener algo más que una cara bonita, ¡y todo sin planearlo!
Tori sabía a lo que se estaban refiriendo. Se había corrido la voz sobre lo que sucedió en Punta de Lanza, como humanos y vampiros se convirtieron en el escudo que las resguardó. Tori todavía recordaba lo indignados que los estudiantes en Cross reaccionaron ante el aprisionamiento preventivo de las kunoichis… y tampoco había podido negar que una parte de ella se había sacudido en rebelión también, porque contra toda lógica, Sakura e Ino le agradaban.
—Por ese motivo hay que terminar nuestras preparaciones para el baile —dijo Tengen retomando el hilo de la conversación que habían tenido antes de la llegada de Tori. Tomó algunos juegos de hojas de la mesa y se los entregó a Ren—. El primer lote ya está listo, con fallas, por supuesto, pero servirá como grupo de control.
—Magnífico, magnífico —asintió Ren tomando los informes finales. Los leyó muy rápido, asintiendo con entusiasmo cuando algo lo emocionaba particularmente—. Oh, veo que has podido perfeccionar el suero potenciador, gracias a las recomendaciones que hice. Muy bien. No quisiera saber que nuestro experimento sale mal por un error pequeño.
—El suero ya ha demostrado su efectividad antes —dijo Tengen—. Yûki Kuran no pudo ejercer control en uno de mis sujetos de prueba, es decir, el suero hace que los vampiros comunes puedan rechazar el poder de un purasangre.
"Así que el ataque en Nightray fue un plan de mi abuelo", pensó Tori. Ya lo había sospechado, pero debido a su posición en el juego, no se había atrevido a indagar. ¿Qué era lo que estaban planeando ahora? ¿Qué experimentos estaban haciendo en la oscuridad? ¿Harían que vampiros inyectados con este suero atacaran a los purasangres?
—Me has mantenido informado sobre lo que acontece con esas niñas —dijo Tengen a Tori. Ella le prestó atención de inmediato—, pero no lo has dicho todo.
—Yo no…
—Silencio —ordenó Tengen con poca paciencia—. No me interesan tus excusas. Has fallado en tu encomienda.
Tori esperó el castigo. No tenía la esperanza de salir impune (aun así, una parte dentro de ella deseó encarar a Tengen). Pero el dolor no llegó. Tras unos minutos, Tori se percató que su abuelo se había movido hasta estar frente a ella.
—¿H-Honorable abuelo? —inquirió sin ser capaz de leer las intenciones en esos ojos azules. Cuando una mano se posó sobre su cabeza, para acariciar sus cabellos, Tori no supo qué hacer. Fue breve, pero había bastado para dejarla con un diminuto shock.
—Mi querida nieta —dijo Tengen para consternación de Tori—. Te he descuidado últimamente, ¿no es así? Por eso has olvidado tu lealtad para con tu familia.
—No es así, honorable abuelo —respondió Tori intentando que no se notara el pánico que estaba sintiendo—. Soy leal a los Saitou. He hecho lo que me has pedido. Vigilé a Sakura Haruno y a Ino Yamanaka, y te informé de cada cosa que hacían. Lo juro por…
Tori fue silenciada por una bofetada que la envió al piso. El golpe fue tan fuerte que el sabor de su propia sangre inundó su boca.
—Te dije que no quiero tus excusas —la voz de Tengen fue fría, impasible—. No dudo que tus informes sean reales, pero carecen de detalles. ¿Acaso crees que no me enteraría de lo que Sakura Haruno hizo al volver a la Academia Cross?
Los ojos de Tori se abrieron impactados. ¿Cómo habían podido saber…? De nuevo, la risa sabionda de Ren hizo que Tori mirara hacia su dirección.
—No te sorprendas, dulce niña, es obvio si lo piensas bien —avanzó un par de pasos hacia ella, tomándola del mentón y deslizando uno de sus dedos por su mejilla dañada—. Nuestro rey quería matar al niño por haberse rebelado en Punta de Lanza, pero lo convencí que no era necesario, que un pequeño castigo le recordaría que debía comportarse.
—E-El hechizo de restricción…
—Sí, es una de mis mejores creaciones, ¿sabes? Me permite ver todo lo que ocurre a quien se lo ponga, por supuesto, tuve que añadir a nuestro querido rey a la fórmula, pero funcionó muy bien. Hasta que Sakura Haruno lo rompió y colocó un sello personal. ¡Qué talentosa es! Comienzo a ver que no es un producto defectuoso como creí.
—Seth Shirabuki se ha convertido en la debilidad de esa niña —puntualizó Tengen, consciente que si Sakura era debilitada, Ino también sufriría las consecuencias—. Ren y yo hemos concluidos nuestros proyectos, pero a raíz de lo que sucedió en Punta de Lanza, nuestras prioridades han cambiado.
Tori no había podido ir a Punta de Lanza porque Tengen la había convocado antes, pero por lo que le contaron era un asunto de suma seriedad e importancia. No era inusual que Tengen estuviera al pendiente, sin embargo, Tori no comprendía qué esperaba sacar de ello. Los símbolos podrían ser de origen ninja, por lo que sería imposible para cualquiera acceder a sus secretos. A menos que… su abuelo hubiera descubierto para qué servían. Después de todo, los Saitou tenían una variedad grande de secretos que habían ido adquiriendo con los siglos. La información podía ser una moneda más valiosa que el oro.
—En estos momentos, Sakura Haruno e Ino Yamanaka parecen haber tenido un desacuerdo. Nuestros informantes aseguran que no se han dirigido la palabra desde el incidente. Si es verdad o no, es discutible, pero ahora que son vulnerables, es nuestra oportunidad —puntualizó Ren.
—Y ahí es donde entras tú —puntualizó Tengen trayendo la atención de ella hacia su persona—. Debes acercarte a ellas y obtener toda la información posible sobre esos símbolos.
—Seguro te estás preguntando para qué necesitamos esa información, aunque ninguno de nosotros dos sea capaz de usar eso por no tener chakra —dijo Ren—. Verás, al parecer tu querido abuelo ha descubierto algo que, sin duda, será nuestro as bajo la manga una vez esté completado.
Ante los ojos anonadados de Tori, Ren expuso un pequeño libro que ella reconoció enseguida. Era obligación de cada Saitou conocer cada reliquia que poseían. El diario de la Rosa Sangrienta, era un tesoro que uno de sus ancestros había obtenido al investigar las ruinas de la Ancestral Casa de los Hiou. Un pequeño registro que nadie había podido abrir… hasta ahora
—¿Cómo…? —no pudo evitar balbucear. Habían sido muchos los Saitou que habían batallado para hallar la manera de desentrañar los secretos de la Hiou más famosa de la historia.
—Eso es lo curioso —dijo Ren hojeando el diario con cuidado—. Según tu abuelo se abrió solo, por así decirlo. Todo un misterio, ¿no te parece? Es como si tuviera vida. Pero eso no es lo importante, pajarito, sino lo que hemos leído en estas páginas. Tal parece ser que nuestra infernal Hiou estuvo involucrada con un tal Zelig Kiryû, un niño relacionado con otro personaje importante, el ancestro de los Kuran, Kaname I. Este niño descendía de una familia con habilidades poco usuales. Al parecer, este Kiryû se confabuló con Suki Hiou para construir algo. Al principio ni tu abuelo ni yo teníamos idea de lo que podía ser, pero con lo que sucedió en Punta de Lanza apostamos que se trata de un arma de un calibre inimaginable. Pero, ¿qué es realmente? Ésa es la pregunta importante.
—Y la única que puede obtener la respuesta es Sakura Haruno —completó Tengen. Tori pudo percibir cierto toque de complacencia en sus palabras—. Kaname Kuran y Toga Yagari han ordenado que esté vigilada constantemente por lo mismo.
—Pero sabemos que eso no será problema para ti, pajarito —sonrió Ren como lo haría a una mascota—. Sakura confía en Seth y Seth confía en ti. Úsalo a tu favor y tráenos lo que queremos.
Tori se obligó a mantener la calma. A actuar como si no estuviera frente a una encrucijada, como si su corazón no se apretujara entre las garras de la desolación y la desgracia.
"Esto es mi castigo por tratar de mantener un sueño tonto e infantil", pensó Tori poniéndose en cuclillas otra vez. Su porte volvió a ser indiferente, resignándose a presentar lo que se esperaba de ella.
Tengen sonrió con satisfacción, sabiendo que nada —ni siquiera la influencia de Sakura e Ino— podía disuadir a su nieta de desobedecerlo. Aunque precisamente eso le impidió notar algo de bastante importancia. Todas las ocasiones anteriores en las que diera una orden a Tori, ella había asentido y afirmado su disposición para llevar a cabo la enmienda.
Esta vez Tori no dijo nada. Su silencio evidenció su reticencia. Ella no estaba segura de hacerlo.
Al momento en que Tengen ordenó que se levantara y se fuera, Tori lo hizo en automático. Sus piernas sintiéndose como gelatina, su mente divagando… su corazón latiendo con fuerza al paso de cada minuto, cuando iba cayendo en cuenta de lo que podría acontecer si obedecía o desobedecía a su abuelo.
Sus pasos la llevaron por los pasillos, sin rumbo fijo.
Cuando fue imposible sostenerse más tiempo, colapsó en el suelo. Respirando agitadamente, Tori Saitou dejó salir toda su desesperación en un jadeo ahogado. Las manos le temblaban y sudor frío le perlaba la frente, y fue imposible fingir entereza. Tori estaba agobiada por fuertes y contradictorios sentimientos.
Entonces, su nariz detectó un olor pestilente, intenso y picante, que le quemó horriblemente las vías respiratorias. Fue lo suficientemente potente para disuadirla de su ataque de pánico, y hacer que observara a su alrededor.
Había llegado a la parte trasera de la mansión, frente al hangar donde su abuelo guardaba reliquias antiguas que los humanos del pasado habían volado en el cielo (Tori las había visto una vez, pensando que eran máquinas inútiles). El olor parecía concentrarse adentro.
Tori se movió, ansiosa por olvidar su dolor por un momento, acercándose a las puertas entrecerradas.
Al instante, se arrepintió.
Las entrañas se le revolvieron y no vomitar requirió un esfuerzo considerable.
Eso… lo que había dentro, era…
"La curiosidad siempre matará al gato".
Tori se alejó a toda velocidad. Escapando de esa pesadilla, intentando olvidar lo que vio. Sin embargo, cuando vomitó en el piso, supo que no sería posible.
[+][+]
Desde una distancia considerable, Toga Yagari observó a Ino Yamanaka inclinarse sobre las marcas pintadas en el suelo del patio principal. La kunoichi colocó su palma desnuda, haciendo que un brillo amarillo relampagueara por unos segundos, luego dictó sus deducciones a Nagi mientras Isamu pareció interrogarla sobre lo que había hecho. Ino contestó su duda al mismo tiempo que hacia indicaciones a los trabajadores contratados por los Tachibana para despejar el terreno. Ellos obedecieron al instante, tanto por estar bajo la orden de Iwari Tachibana, como por ayudar a Ino, quien era famosísima por las aportaciones que había hecho para reforzar la seguridad de la ciudad.
Yagari dedujo que la dedicación de los trabajadores era más por la segunda razón. Iwari era el padre de Isamu, un hombre tosco y agrio, pero también ingenioso y ambicioso. En cuanto el asunto de las kunoichis se había suscitado, había sido de los primeros cazadores en mostrar interés, así fuera para sacar provecho. Después de todo, sus planes habían llevado a los Tachibana a una posición alta en las sociedades humana y vampira. El poder del Clan Tachibana rivalizaba con el de los clanes de vampiros más fuertes, y claramente, Iwari se tenía en una estima muy alta, sabiendo que de quererlo habría impuesto su voluntad en el asunto de los shinobis si hubiera querido.
—Es una imagen entrañable, ¿no crees? —una voz femenina interrumpió sus pensamientos. Toga continuó fumando su cigarro, aparentemente sin prestarle atención, pero sintió que alguien se colocaba a su lado de todos modos—. Humanos, cazadores, vampiros y ninjas… realmente algo para una postal.
Ciertamente era memorable, Toga tuvo que admitirlo. Ver a humanos trabajando en conjunto con cazadores y vampiros, todo bajo la dirección una kunoichi, era una imagen que nunca creyó ver, pero he aquí la prueba de que la paz en la que creía el lunático de Kaien existía. Ino estaba acompañada por Isamu, Nagisa y el purasangre Isaya, además de los trabajadores humanos y unos cuantos cazadores y vampiros que se unieron para ayudar. Todos reunidos en la Mansión Tachibana (el único clan que tenía una casa así de grande).
—Tienes que darle las gracias a tu hija —dijo Toga antes de tomar otra calada de su cigarro—. Según sé Yamanaka no tendría que haber venido a este lugar hasta después de investigar las residencias de los Takamiya y los Kamado, pero por una equivocación suya, terminó aquí antes de lo planeado.
—Ah, a eso se refería Isamu con intentar remediar su metida de pata —exclamó la mujer, meditativa—. Bueno, no puedo decir que haya sido del todo malo. Mi hija no siempre se comportó de esta manera, ya sabes, preocupándose por ayudar a otros, así que fue una verdadera sorpresa para mí ver este cambio en Isamu. Todo por ellas.
Incluso con la intervención de Iwari, lo que Isamu Tachibana había hecho en su pasado no había quedado en el olvido. Los rumores, secretos a voces, aún acechaban por los pasillos de la Asociación de Cazadores, y perseguirían por siempre a la chica. Lo que le había hecho a Chiasa Ueda había sido simplemente horrendo.
—¿Tu espléndido esposo tolerará su presencia? —cuestionó Toga con una sonrisa torcida—. Su cara se puso tan morada hace rato, cuando Yamanaka se negó a dejarlo al mando de la operación, que creí que le daría un ataque.
—Oh, lo vi, lo vi, fue divertido —comentó Runa Tachibana con una sonrisa sincera—. Jamás creí que llegaría el día en que alguien, además de ti y Kaien, pudiera decirle no a Iwari. Posiblemente las invitaré a cenar. Seguramente la sorpresa terminará matando a mi dulce esposo.
—O puede que sea todo lo contrario. Iwari es arrogante, pero no idiota. Sabe que no le conviene convertirlas en sus enemigas. Con los rumores que han estado corriendo últimamente, hasta se me hace posible que comience a decir que los Tachibana descienden directamente de los shinobis.
—Eso es exactamente lo que haría —asintió Runa, muy a su pesar, conociendo bien la reputación de su marido—. Aunque no es como que no tenga razón. Desde que descubrieron que los hechizos de los cazadores fueron producidos a partir de conocimiento shinobi, muchos han hablado sobre la posibilidad de que todos compartamos lazos sanguíneos con ellos.
—¿Tú qué piensas, Runa?
Ella meditó unos segundos, mirando alternativamente entre Ino, su hija y los demás.
—No existe tal posibilidad, no al menos la de todos somos sus descendientes —respondió sin dudar. Toga asintió, complacido. Sabía que Runa no se dejaría llevar por los rumores y pensaría razonablemente—. El legado del pasado, como ya están llamando a este descubrimiento, no es una señal de nada, sólo es… algo que no pudo completarse. Puede que sea sólo una suposición mía, pero esta cosa no parece estar terminada.
—Sakura Haruno pensó lo mismo —confesó Toga sabiendo que la lealtad de Runa era incuestionable, y que contarle sus propias suposiciones no traería ninguna consecuencia negativa—. Tiene la idea que los símbolos componen un sello que mantiene fuera de circulación el chakra que existe en este mundo.
Hasta Runa lució impresionada por esa deducción.
—¿Es eso posible? —preguntó con verdadera curiosidad—. Aunque explicaría el por qué terminaron en este mundo. Si necesitan cierto tipo de energía para realizar sus técnicas, es lógico que también el medio por el cual viajaron lo requiera. Pero eso significaría que todo este tiempo dos mundos han permanecido en contacto a través de un diminuto punto… ¿esas chicas no estarán pensando en romper esta conexión, o sí?
—Están estudiando los símbolos para determinar qué es lo que harán —contestó Yagari, y agregó para hacer convincente la fachada de disputa entre ambas—, aunque no sé cómo lo harán ahora, considerando que ni siquiera se dirigen la palabra.
Runa no tuvo problema en comprender la implicación oculta en las palabras de Yagari. Eran amigos desde hace muchas décadas, y habían estado comprometidos durante un año, así que era normal que pudieran hablar a un nivel profundo y significativo sin necesidad de muchas explicaciones.
—Ojalá resuelvan pronto sus conflictos —comentó la señora Tachibana con un suspiro comprensivo—. Aun así, me alivia que estén actuando con madurez. Sakura Haruno encargándose de estudiar los símbolos, e Ino Yamanaka de analizar la tinta que usaron. ¿Quién lo habría dicho? Tinta mezclada con sangre de purasangres. Creí que ese tipo de arte había desaparecido. Los vampiros puros dejaron de desear que sus cosas duraran tanto como ellos, sabes, pero considerando que esas marcas se escribieron hace tantos milenios, no suena descabellado.
Por eso Isaya Shoto se había ofrecido a investigar sobre el tema. Kaname lo había permitido, quizás interesado por lo que descubrirían (Toga sospechaba que el maldito ya conocía todas las respuestas a las malditas preguntas). Así que el purasangre rubio estaba acompañando a Ino y a su grupo en esta peculiar incógnita.
—Esas matrices de flujo deben continuar debajo de los establos, así que deben de destruirlos para que podamos estudiar el patrón a simple vista —escucharon que Ino les indicaba a los trabajadores; al oírla también, Iwari quiso interceder para evitar la destrucción de sus preciados establos llenos de caballos de buen linaje—. ¡Usted prometió que se haría lo que solicitáramos! Bien, pues quiero quitar los establos para continuar haciendo mi trabajo.
Una nueva discusión se llevó a cabo enseguida. Runa vio con cierta extrañeza como Isamu se reía a costa de la cara amoratada de su padre, cada que Ino lo interrumpía al hablar. Jamás creyó que eso fuera posible con lo unidos que eran Iwari e Isamu antes. Todavía podía recordar la primera vez que su hija acudió a ella para hablarle de "la chica súper increíble con el cabello rosa", con una sonrisa grande y emocionada (Isamu había dejado de sonreír sinceramente por mucho tiempo, agobiada por la culpa de lo que había hecho a Chiasa).
—Una moneda por tus pensamientos, Runa —dijo Toga esta vez, interrumpiéndola a ella. El cazador la veía de reojo.
—No valen tanto —sonrió la ex cazadora—. Tan sólo pensaba: "Quizás mi marido muera de un coraje hoy, y al fin pueda casarme con Toga".
Ambos se miraron mutuamente en silencio, para después estallar en una carcajada.
Los matrimonios concertados en los clanes de cazadores eran inusuales, pero ocurrían. Toga Yagari nunca creyó que lo considerarían para formar uno dadas su reputación de soltero y sus muchas décadas de edad —aunque aparentara menos años—, pero el pequeño consejo de la Asociación consideró importante que su linaje trascendiera, y Toga aceptó luego de que insistieran durante un lustro. Su prometida era Runa Mitsuri, una cazadora treinta años más joven que él, y heredera del Clan Mitsuri, un elegido. Runa tenía una cara bonita, pero fueron su mente templada y carácter los que convencieron a Toga que una vida con ella no sería una imposición.
Lastimosamente, Iwari Tachibana había estado buscando una esposa por esa época. Él rechazó muchas propuestas ya que deseaba enriquecer su linaje casándose con una cazadora elegida. La hermana de Runa, Kairi, ya se había desposado hace muchos años con el antiguo líder de los Takamiya, por lo que había tenido que elegir la otra opción. Los clanes elegidos eran escasos, por lo que casarse con una heredera de clan fue una jugarreta deshonorable por ganar más poder y estatus, lo que a Iwari le importó bien poco. Así que usando sus influencias en la Asociación, logró romper el compromiso con Toga y casarse con Runa.
Decir que Iwari consideraba ese evento como la muestra de su asombroso poder, era poco. Cada ocasión que podía restregárselo a Toga —al mismo presidente de la Asociación—, era como si celebrara una festividad.
—Quizás Isamu no habría tenido que caer tan bajo para aprender apreciar a los demás, si su padre no hubiera sido él —comentó Runa observando a su hija trabajar en equipo con los demás. Antes no habría sido siquiera posible, Isamu había sido una niña destructiva y arrogante—. En noches ociosas, cuando creí que había cometido un error por no pelear por mi derecho a escoger, pensaba en cómo sería mi vida si estuviera contigo.
—Nadie puede saberlo —contestó Toga dando otra calada a su cigarro—. Quizás habríamos sido felices, quizás ni siquiera habríamos tenido un hijo… no pienses en esas cosas, Runa. Lo hecho, hecho está.
—Oh, eso lo entiendo, Toga, pero no puedes negar que es tentador. Por años creí que Isamu no podría salir del hoyo que los Tachibana han estado cavando. Temí por ella y me sentí una mala madre por no poder hacer nada más que mirar… fue una sensación horrible. Cuando pasó el ataque a Chiasa Ueda pensé que todo estaba perdido, pero de alguna manera, Isamu reaccionó, reflexionó, pero no fue hasta que ellas llegaron que maduró finalmente. Esas niñas han hecho mucho por muchas personas en este mundo y lo único que desean es regresar a casa.
—Lo sé —dijo Toga, sin saber qué más decir. Tenía sus propias ideas sobre el asunto.
No obstante, aunque el fin era entender esta extraña conexión entre mundos, sus averiguaciones arrojaron líneas de investigación muy intrigantes. El Clan Kiryû estaba involucrado de forma poca clara todavía, era cierto que fueron los más involucrados al momento de crear los hechizos, pero nada de lo que habían hecho tenía relación con los símbolos hallados en cada casa pertenecientes a clanes elegidos. Además, obtener información de los Kiryû no fue fácil. La familia había protegido cada registro con poderosos hechizos, que Yagari pudo contrarrestar con mucho esfuerzo.
—Hay algo que quiero que contarte —dijo Toga a Runa.
—¿Tiene que ver con el plan de mi espléndido esposo de casar a Isamu con Zero? Porque no tengo nada que ver con esa locura, como ya sabrás —cuestionó, para luego notar la seriedad en la mirada de su homólogo—. ¿En qué lío te estás metiendo ahora, Toga?
Toga sabía que podía confiar en Runa sobre la pequeña investigación que realizó en secreto (ni siquiera a Kaien le había brindado toda la información que logró reunir), por lo que compartió sus deducciones con ella. Runa escuchó sin decir nada, apenas asintiendo cuando un detalle le parecía interesante o cuando Toga expresaba sus dudas acerca de algo. Para cuando Toga terminó de hablar, el grupo de Ino ya había acabado y se alistaba para partir hacia el Concilio de Vampiros (porque Ino había solicitado una audiencia privada con Keito y Shigure, quienes a petición de Isaya, le ayudarían con lo de la tinta).
Toga esperó el veredicto de Runa, en silencio. No apresuró a la mujer por una respuesta.
—Tiene sentido —dijo Runa tras meditarlo—, claro, si buscas y encuentras las pistas correctas, como ha sido el caso. Y por lo tanto, quienes busquen y encuentren lo mismo, también lo sabrán. ¿De quién sospechas?
Toga no pudo evitar mostrar una sonrisa orgullosa. Sabía que acudir a Runa había sido lo más inteligente por hacer, la mujer ya había llegado a una conclusión parecida a la de él; ella sospechaba que Yagari no era el único interesado en hallar respuestas, y por lo tanto, no sería el primero en descubrir una conexión.
—Al principio en Kuran, pero conforme los meses pasaron, mi investigación tomó un rumbo distinto, me mostró a otros… interesados —respondió Yagari.
—¿Por qué descartaste a Kaname Kuran?
—Por sus motivos —confesó Yagari—. El comportamiento de ese tipo se rige por el amor que profesa a su esposa. Sus planes siempre serán para el beneficio de ella, aun si no lo parece.
—Y no ha hecho ningún plan desde que Sakura Haruno e Ino Yamanaka llegaron —dedujo Runa.
—Exactamente. Las audiencias fueron sólo eso, no hubo ningún beneficio para él. Actuó desde su papel como rey. Si tiene un interés en ellas, puede ser algo personal.
—Ciertamente —sonrió Runa—. Seguramente Kaname Kuran sabe más que nosotros sobre el origen de los shinobis en este mundo… a menos que tampoco lo sepa, es decir, no habrá sabido qué eran hasta este momento.
—Eso mismo pensé —admitió Toga—. Un motivo personal sólo hace que Kaname se mueva por curiosidad. En cambio, alguien que quiere sacar provecho de la situación y que ha descubierto la conexión del Clan Kiryû con los shinobis, puede ser más que curioso. Después de todo, Zero es el único miembro vivo que comparte algún parentesco con el mundo de Sakura e Ino. Su potencial, así como el de ellas, es considerable.
—Juntar sus linajes —murmuró Runa. La posibilidad era minúscula, casi risible, pero si alguien la tomaba en serio, entonces las consecuencias serían grandes e incalculables—. Dudo que vayan por la opción romántica, ya que ellas han dejado claro que no se quedarán, así que deben estar buscando otros modos.
—Repasé cada caso que la Asociación de Cazadores ha resuelto desde el nacimiento de Zero e Ichiru —dijo Yagari—. Los analicé sobre el supuesto que las incógnitas en cada uno, no eran cosas al azar. No encontré nada inusual hasta que llegué a fechas casi actuales.
—¿Qué tanto?
—La muerte de su esposa.
Una expresión grave se acentuó en las facciones de Runa. No era para menos. El día en que Sayori Kiryû fue asesinada era recordado por muchos, no sólo por tratarse de una mujer que había dedicado su vida a la política híbrida (una que nació para proteger los derechos de humanos y vampiros, por igual), sino por… lo que había ocurrido después.
Lo que había hecho Zero para vengarse de quienes le habían arrebatado a su amada esposa. Cuando el mundo fue testigo de la crueldad de un corazón roto, de un alma desgarrada por la locura y la sed, de la destrucción que un ser desprovisto de compasión y empatía podía causar.
Zero cazó a cada uno de los vampiros que habían conseguido fugarse para deshacerse de ellos de maneras imaginativas y atroces, postergando su sufrimiento durante semanas, y creando un método horrible para volverlos cenizas por partes. El hecho fue tan atroz que de no ser por la intervención de Kaien, Toga, Yûki y hasta el mismísimo Kaname, Zero habría terminado con pena de muerte como condena.
—¿Qué tiene que ver eso con esto?
—De acuerdo con los hechos —con lo que Zero les había contado, sin ningún remordimiento, en el interrogatorio—, Zero estaba sosteniendo el cuerpo sin vida de Sayori, cuando un vampiro le atacó por la espalda. Él pudo reaccionar, aun así, el vampiro consiguió hacerle un rasguño en un hombro, una herida significativa, pero no letal.
—¿Un vampiro perdió la oportunidad de matar al Cazador Definitivo, en un estado vulnerable, sólo para causarle un arañazo? —cuestionó Runa con ironía—. Creo que sé por dónde va esto. No querían matarlo, sino obtener algo de él. ¿Pero qué? El asunto ninja es actual, incluso si han existido desde hace muchos años, no significa que hayan sido de interés… a menos que el ataque a Zero haya sido por otro motivo.
—Ese mismo pensamiento me llevó a investigar varios ataques que han ocurrido en estos tres años, pero no fue hasta el ataque masivo a Nightray que hallé la coincidencia. Verás, en cada uno, el vampiro descontrolado se enfrentó a vampiros de mayor categoría, nobles. En cada caso, el resultado fue el mismo. El noble controló al vampiro inferior, usando su influencia para poder hacerlo, pero conforme los ataques se sucedieron, hubo cierta resistencia. Cierta…
—… negación a seguir órdenes —completó Runa, intrigada. Los vampiros eran seres con una jerarquía muy controlada, ya fuera por poder, feromonas o lealtad, era difícil que los niveles inferiores se resistieran a los de mayor estatus—. ¿Crees que quien ordenó atacar a Zero, usó su sangre para crear algo para resistir el impulso de obedecer?
—Bueno, hasta ahora, Zero es el único vampiro de nivel inferior en negarse a obedecer las órdenes de un purasangre. Sé que todo esto no es más que palabras al viento si no consigo evidencia, por eso pretendo moverme ahora.
—¿A quién dejarás a cargo? No se te ocurra decir que Kaien o Kaito —amenazó Runa—, o peor, mi espléndido esposo.
—No me ofendas de esa manera, dulce esposa —sonrió Toga. No se le daba coquetear, pero a Iwari le daban ataques muy divertidos cuando Yagari pretendía sentir atracción por su esposa—. Mis opciones fueron limitadas, sobre todo porque Zero no quiere tener nada que ver con mandar, así que…
—¿Uhm, qué? —Runa lució confundida ante la significativa mirada que él le dio—. No puede ser, ¿yo?
—Eres la persona perfecta para quedar a cargo, Runa —declaró Toga sin miramientos—. Tienes el respeto y la admiración de toda la Asociación, a pesar de estar fuera del campo desde hace 16 años.
—Nombrarme regente no es algo que vayan a tomar a la ligera.
—Dudo que los demás se quejen, pero si lo dices por tu querido esposo, creo que ya es momento de recordarle quien es el presidente de la Asociación de Cazadores.
—Así que ya lo has decidido, eh, sin siquiera consultarme.
—De no ser por el brillo en tus ojos, casi creería tu acusación —bufó Toga, arrojando la colilla al piso—. Ya dejé todo preparado, sólo tienes que presentarte en la oficina y tomar el control. No creo que tengas problema con eso.
—Hey, no lo hagas sonar como si fuera fácil. Iwari estará furioso… lo que podría alegrarme los días, cuando el estrés me consuma.
—Si en verdad te sientes sobrepasada, puedes pedirle a Zero…
—Oh, no, nada de eso, Toga, y ya cierra la bocota —exclamó Runa—. Puedo hacerme cargo de todo sin siquiera sudar, así que ese niño no tendrá que lidiar con problemas que no le interesan. Lo he visto algunas veces al custodiar a esas chicas. Antes su mirada estaba cegada por la venganza, pero ahora… es clara. Ha encontrado su resolución, y eso no es algo que sea fácil.
—Lo sé —confirmó Toga, habiendo visto personalmente el cambio en la actitud de Zero en los últimos cuatro meses. Kaien había tenido razón al recriminarle en aquella ocasión. ¿Desde cuándo Toga era tan cobarde como para temerle a cualquier reto que se presentase? Era momento de enmendar ese error y hacer lo que era correcto.
—Le echaré ojo a Zero y a esas chicas —aseguró Runa—, aunque no creo que lo necesiten. Pueden cuidarse bien entre ellos. Isamu me contó que Ino Yamanaka acudió a él cuando su compañera perdió la cabeza. La confianza mutua es lo que los fortalecerá.
—¿Tú lo crees?
Runa asintió, muy segura de sí misma.
—Son adultos, y sobre todo, son fuertes.
Zero ya era una leyenda, pero la pelea entre Sakura e Ino les había demostrado sus habilidades, su poder… había sido increíble. Los ninjas eran espectaculares.
—Hay que tener esperanza de que podremos enfrentar lo que sea que venga. Yo la tengo.
—Tú haces que parezca fácil.
—Y tú te complicas la vida. Somos tal para cual.
Toga miró hacia el frente, a donde Ino parecía perder la paciencia explicándole a Isamu quien sabe qué cosa. Runa también estaba en lo correcto. Las kunoichis eran aliadas confiables (desde hace mucho había dejado de dudar de sus intenciones). Pero para mantener una apariencia de discordia, Yagari había tenido que jugar el papel de detective malo. Sabía que más jugadores habían hecho sus apuestas, así que él había preferido tomar una postura rígida que le hiciera parecer el jugador más débil.
—¿Toga? —inquirió Runa cuando lo notó muy callado.
El la miró. La madre de Isamu era bonita, pero más que sus rasgos, lo que lo había gustado de ella era su mente tranquila e ingeniosa. Pero era un sueño inútil ahora. Lo mejor era no ilusionarse demasiado.
—Me voy —informó a Runa.
—De acuerdo —dijo acostumbrada a la forma de trabajar de Yagari—. ¿No vas a hablar con él antes de irte? Seguro que tienen muchas cosas por decir, antes de…
—Lo haré cuando regresé —aseguró prendiendo otro cigarrillo—. Hablaremos, aunque realmente no sé qué me queda por decirle, ya es un hombre.
—Siempre habrá cosas por decir.
—Supongo.
Toga dio la vuelta, dando por terminada la conversación. El humo de su cigarrillo perdiéndose en el firmamento.
[+][+]
—¡Esas humanas ingratas y arrogantes! —exclamó Tarura, caminando como león enjaulado en la oficina principal de la mansión Aido. Su cara hermosa se había transformado en un rictus de eterna furia, desde que Sakura e Ino habían cometido el error de contrariarla, porque obviamente todo lo que hacían era para molestar a Tarura—. Creen que pueden hacer lo que quieran… ¡y todo por la piedad del rey! Le he advertido muchas veces que tenga cuidado, que sus inocentes caras ocultan sus almas de lobos, pero parece que Lord Kaname hace oídos sordos a toda palabra que no sean las de ellas, o la de su querida reina.
Hanabusa miró hacia la ventana, perdiéndose en la vista del portentoso jardín, para ignorar los reclamos de su madre. Durante los últimos meses, la presencia de las kunoichis había empeorado el humor de Tarura, a tal punto que no era posible hablar con ella sin terminar oyendo una serie de reproches sinsentido; por este motivo, Keito Kain, el tío de Hanabusa, había decidido alejarse temporalmente de su hermana menor, para evitar que se suscitaran conflictos más grandes. Así que le tocaba a Hanabusa lidiar con su neurótica madre, en sí no sería difícil si Tarura no estuviera empeñada en convocarlo con cualquier motivo estúpido para que le contara lo que Sakura e Ino hacían en todo momento.
Pero había sido orden de Kaname que no dijeran nada, salvo los reportes ocasionales que debían brindar en el Senado de Vampiros, todo muy rutinario. Era precisamente por eso que Tarura no estaba satisfecha. Ella deseaba saber detalles jugosos, que pusieran a las chicas en una situación comprometida, que las dejara como las malas del cuento (por eso había estado feliz con su encarcelamiento, y había estado abogando durante días para que las aprisionaran otra vez).
Hanabusa no podía enojarse con su madre por esto. Tarura Aido había cambiado gradualmente desde la misteriosa muerte de su esposo, hace treinta años. Ocupar el lugar que Nagamichi Aido había dejado atrás, no fue fácil para ella (sobre todo porque Hanabusa se negó a ser el siguiente líder por cuestiones personales). Tarura era una mujer de fiestas y eventos sociales, la política, economía y administración de un clan no eran cosas en las que hubiera estado interesada en su vida, además, su corazón, desconsolado por la pérdida de su marido, se había erosionado con los años. Lo que hacía de todo algo demasiado difícil de superar.
Aunque… no era a la única que le seguía doliendo. La muerte de su padre había dejado devastado a Hanabusa. Había sido una pérdida irreparable, que puso su mundo de cabeza. En esa época, Hanabusa había tenido una vida plena y feliz, estaba comprometido con Sayori Wakaba y se preparaba para sustituir a su padre una vez que decidiera jubilarse. Entonces Nagamichi se había enfermado.
Los vampiros eran criaturas fuertes y sanas, salvo las consecuencias por resistirse al desfogue, el dolor por la sed de sangre o heridas infligidas por purasangres a vampiros menores, nada podía dejarles un daño permanente y considerable. Por ese motivo había sido impactante, descubrir que un vampiro estaba enfermo. Nada pudo hacerse, en materia de medicina vampírica estaban en un punto muerto, e incluso cuando Kaname y Yûki ofrecieron su sangre para que el señor Aido la bebiera, no había servido de nada (de hecho, lo que sucedió con su padre había iniciado un lapsus psicótico en la sociedad vampira; el miedo a contagiarse fue nuevo para ellos).
Cuando Nagamichi falleció lleno de dolores y ampollas putrefactas, completamente inmóvil en una cama, Hanabusa no supo qué hacer. Confundido, había echado su vida por la borda y perdido un montón de personas y cosas importantes, entre ellas, su relación con Sayori. Al haberse sumergido en la miseria, Hanabusa había buscado incontables parejas para desfogarse (las hormonas durante una perdida enloquecían, por eso uno debía contar con otro vampiro de confianza para apoyarlo en esos momentos) porque al ser humana, Sayori no había podido seguir el ritmo (y con esas palabras, ella había decidido terminar con él). En ese sentido, Tarura había puesto la cereza del pastel al no ofrecer su apoyo a su hijo cuando él pidió consejo para salvar su relación. Tarura no había querido que Hanabusa se casara con ella.
Sayori Wakaba había sido más que una humana para Hanabusa. Su belleza no había radicado solamente en sus suaves atributos físicos, sino en su inteligencia y perspicacia. Después de terminar con él, Hanabusa perdió todo sentido de integridad, al pasarse su tiempo acosándola para que volvieran, llegando al punto en que la misma Yûki le había tenido que ordenar que parara. Incluso Zero se había interpuesto, con la Bloody Rose en mano, amenazándolo con convertirlo en cenizas si no la dejaba en paz.
"Debí tomar eso como una primera señal", pensó Hanabusa observando a los jardineros cortar los arbustos silenciosamente, para evitar convertirse en blanco de la furia de Tarura.
La primera señal de que había perdido a Sayori, y que ella recuperaba la vitalidad que la caracterizaba junto a su sonrisa, y que Zero permanecía junto a ella no por obligación, sino porque quería hacerlo. En ese entonces Sayori tenía 26 años, y tras superar su ruptura, se había convertido en una mujer hermosa y conseguido un puesto alto en el gobierno humano, con el que se dedicó a abogar por la convivencia entre razas creando leyes que protegieran los derechos tanto de humanos como vampiros (eso había sido la mayor aportación de Sayori, la cual Yûki había intentado continuar sin conseguir los mismos resultados). En cada junta o llamado, Zero aparecía junto a Sayori.
El cazador vampiro se había convertido en su sombra, custodiándola y protegiéndola de quienes quisieran dañarla.
"Y ésa fue la segunda señal", porque Zero y Sayori no se unieron debido a un plan creado por un maniaco, sino por ser dos almas desgarradas, atravesando por perdidas grandes, que se habían ayudado mutuamente a salir adelante.
Hanabusa casi se rió al recordar la primera vez que aparecieron juntos formalmente. Había sucedido durante la fiesta de fin de año de los Kuran, donde sólo los amigos más cercanos del matrimonio habían asistido. Sayori había sido invitada, por supuesto, pero nadie había esperado que Zero la acompañara por obvias razones… tampoco nadie esperó verlos sostenerse de las manos al momento del brindis o intercambiar regalos. Esa clase de gestos se habían hecho en la mayor intimidad posible, y aun así, todos lo habían notado. El aire cálido de un amor naciente.
"Y después de unos años se casaron", pero había sido un evento privado. Nada más que Yûki, Kaien, Toga y Kaito habían estado allí; aún más secreto fue el lugar de residencia del nuevo matrimonio, que sólo conocieron hasta que Sayori murió.
—¡Hanabusa! —la voz aguda de su madre lo trajo de vuelta con rudeza. El vampiro rubio la miró de reojo con desagrado, maldiciendo a los dioses por darle a su madre una voz tan molesta—. ¡Presta atención a lo que digo por una vez en tu vida! ¡Esto es importante!
En ocasiones como ésta, era difícil para Hanabusa estar con su madre. Tarura no había sido de esta manera desde siempre, si bien nunca había sido un panecillo dulce con él y sus hermanas, nunca les había levantado la voz cuando eran pequeños. Incluso su padre solía decir que Hanabusa era quien más se parecía a Tarura. Pero el dolor cambiaba a las personas, y así como Hanabusa había perdido todo lo que le importaba, Tarura no había podido evitar perderse a sí misma. No podía juzgarla.
"Pero sí que me haz juzgado a mí", dijo una vocecilla en su cabeza, muy parecida a la de Ino Yamanaka.
Inevitablemente, eso evocó su imagen. Su largo cabello suelto cayendo sobre sus hombros y su esbelto cuerpo cubierto con ese vestido morado, que ella había escogido al entrar en la boutique. Su penetrante mirada azul, viéndolo con esa frialdad adquirida, y su cara inexpresiva, sin revelar ningún pensamiento, pero sobretodo lo que había cautivado a Hanabusa había sido verla en ese momento, cuando Ren removió las barreras de su mente, descubriendo algo que no debía salir a flote.
Y el acero en sus palabras, ese día de la confrontación, había hecho que Aido pusiera los pies sobre la tierra, lo había obligado a entender que había estado actuando como un idiota por demasiados años. Ella había sido impasible y le había hecho sentir atrapado y perdido, y había tenido razón al no perdonarlo. Aido no lo hacía para disculparse porque quisiera su perdón, sino para no sentirse tan mal.
Por esa razón, Aido había tenido que pedir un tiempo fuera, tener espacio para pensar en serio, para dejar de evadir sentimientos entrecruzados, para dar un paso firme a volverse el vampiro adulto y responsable que siempre debió ser; cedió sus guardias a Takuma, Senri y Akatsuki, para no tener que ver a Ino hasta que se sintiera preparado.
"Pero cuando vuelva a verla quiero mostrarle que puedo ayudarla. Que no soy un idiota juicioso, que deseo estar a su lado aun cuando se vaya al final", pensó ignorando los gritos de su madre, que había perdido más la compostura y la cara la tenía roja del coraje.
(Porque su cobardía lo había privado de muchas experiencias. Quizás él es quien se habría casado con Sayori, tendría hijos y, tal vez, no habría sentido por Ino nada más que una ligera sensación de sed, y no esta devastadora ansia por ella).
Hanabusa era muy inteligente, un genio entre genios, que había dejado de lado su lado investigador cuando pasó lo de su padre. Sin embargo, tantos años de desuso no podrían minimizar su intelecto. Gracias a eso, y a su afán de retomar el tiempo perdido reuniendo información y a lo poco que Kaname les contó, pudo llegar a una conclusión casi similar a la de los más involucrados.
Los shinobis habían llegado a este mundo hace diez milenios, a través de un portal desde un lugar desconocido lleno de un poder específico llamado chakra. Al parecer, dichos shinobis habían sido recibidos de la misma forma que Sakura e Ino cuando llegaron aquí, y con sus habilidades especiales habían peleado contra los vampiros purasangres de la época. Sin embargo, su lucha había sido en vano. La falta de chakra en este mundo los hizo vulnerables y habían casi perecido, excepto por…
"Uno de ellos logró escapar e integrarse a los cazadores", era lo que había dicho Kaname, tan brevemente como le fue posible, explicando la razón de que los hechizos de los cazadores tuvieron una base de conocimiento ninja. Pero del origen de esos shinobis, ni siquiera Kaname había tenido una respuesta hasta ahora.
Hanabusa sabía que no era el único en hacer averiguaciones, y por lo tanto, decidió dejar los asuntos obvios para los demás y enfocarse en otros. Por ejemplo, pensó Aido, el hecho de que los símbolos estuvieran hechos con tinta mezclada con sangre de vampiro puro. Eso era un arte que se había perdido con el tiempo. Sabía que Ino estaba investigando el asunto junto con Isaya, y probablemente encontraría una respuesta, pero había un detalle que le había llamado la atención en particular.
Quien hubiera realizado los símbolos en el suelo, había tenido que recurrir a la ayuda de un vampiro purasangre. En esas épocas antiguas, habría sido casi imposible que un purasangre ayudara a un humano, ni que decir a un cazador. Sin embargo, los símbolos eran una prueba de que había existido una tregua o un acuerdo, y por lo tanto, que había existido un vampiro que brindó su sangre para mezclarla con tinta (y esto era intrigante, porque sugería que estos símbolos debían durar más que unas cuantas generaciones).
Un vampiro purasangre, muy poderoso, que estuviera dispuesto a traicionar a su raza, brindándole su sangre a un humano… y en esa época oscura había existido solo una purasangre capaz de hacerlo.
Suki del Clan Hiou, la Rosa Sangrienta.
Su nombre todavía causaba pavor y admiración en la actualidad. La Ancestro de los Hiou, quien se rumoreaba había tenido tanto poder como Kaname. La Diosa de cabello platinado y crueles ojos rosados que no sentía remordimiento por matar, fuera humano o vampiro. Si Suki Hiou era a quien pertenecía la sangre en esa tinta, entonces la respuesta debía estar en ese lugar. Aido sabía dónde quedaba —todos los vampiros lo sabían, era parte de su Historia después de todo—, pero ir se consideraba un sacrilegio… no le tomó demasiado tiempo tomar una decisión.
Aido se levantó de golpe, sorprendiendo a su madre, que balbuceó confundida hacia él.
—¿Q-qué, qué crees que haces? —preguntó ella al ver que Hanabusa se dirigía hacia la salida—. ¡No puedes irte sin mi autorización! ¡Soy la líder de la familia y te he convocado para…!
—¿Para qué? —dijo Hanabusa deteniéndose de momento. Sus palabras fueron breves, pero llenas de frialdad a tal punto que a Tarura le costó creer que le hubiera contestado cuando su hijo optaba por permanecer en silencio y asentir a todo lo que decía—. ¿Para intentar sacarme información que no te concierne? ¿Para demostrarme de nuevo que no eres la adecuada para liderar al clan de mi padre?
—¿Cómo te atreves? —siseó Tarura, contrariada—. ¿Quién te crees para hablarme de esa manera?
—El verdadero líder de los Aido, de hecho —contestó Hanabusa con calma—. Has sido mi regente por demasiados años, y ahora te libero de tu carga, madre.
La cara que puso Tarura fue un poema. Pero Aido no se compadeció.
—Pediré una audiencia en el Senado, si quieres formalidad —ofreció, sin vergüenza—. Por ahora, mi primera orden es que dejes de molestar a Lord Kaname y a los demás con tus rabietas. Permanecerás dentro de la casa, hasta el baile. Si no acatas mis palabras, me veré en la necesidad de prohibirte asistir al evento.
—¿Por qué haces esto? ¿Por qué tú… quieres embaucarme? ¡Arruinarás todo por lo que tu padre trabajó!
—¿Embaucarte? Eso te lo has hecho a ti misma desde hace años, madre —dijo Hanabusa—. En cuanto al legado de padre… ¿crees que no sé de tus tratos con Tengen Saitou? ¿De cómo estabas a punto de firmar la integración de las empresas de mi padre con las de ese viejo avaricioso? Mis hermanas y yo esperamos que reflexionaras, pero ahora entiendo que no es posible. La única que ha intentado arruinar el apellido Aido, eres tú.
Una cachetada fue como Tarura trató de castigarlo, pero él la detuvo. Cuando Hanabusa la miro, su madre tenía los ojos lagrimosos y las mejillas rojas por la furia.
—Te lo advierto, no me pongas a prueba —dijo Hanabusa soltando su mano—. No salgas, madre. Volveré enseguida.
—¿A- A dónde vas?
—No te interesa lo que haga como líder de clan —respondió, sus ojos cerúleos no revelaron lo nervioso que se sintió ante el escrutinio de su madre—. Hasta luego.
Hanabusa no requirió una confirmación, sabía que ella obedecería. Tarura era de las viejas costumbres, y aunque estuviera contrariada y furiosa, no contradeciría a su hijo ahora que al fin se había nombrado líder de los Aido. Hanabusa se dirigió hacia el garaje, donde guardaban los pocos autos que utilizaban. Siempre había optado por usar un conductor, pero esta vez decidió conducir por sí mismo el viejo Jeep de su padre.
Hanabusa sabía que tenía que ser discreto, por lo que condujo por calles poco transitadas, apoyado en el mapa mental que tenía de la ciudad para dirigirse hacia la carretera.
Sería un viaje de dos días y no se había preparado salvo el poco dinero que guardó para gasolina y comida. Además, conforme recorría el camino, sentía su corazón pulsando fuertemente contra su pecho, insistentemente, como advirtiéndole que estaba haciendo una locura, que Kaname no estaría feliz, que Akatsuki se preocuparía terriblemente por él. Pero una parte en él se sentía… libre. Hanabusa se conocía mejor que cualquier persona —excepto Ino, tal vez—, y sabía que lo que estaba haciendo podía ser muy descabellado, pero si no llegaba al final, no se sentiría satisfecho.
El viaje se sintió rápido, sobre todo porque había usado el tiempo libre para planificar qué diría si notaban su ausencia. Cuando los dos días se cumplieron, Hanabusa había llegado a la frontera del país, hacía donde la carretera terminaba y comenzaba un sendero pedregoso y descuidado.
"El Campo de los lycoris", leyó en un viejo letrero que estaba escrito en un idioma viejo, y que se sostenía apenas de dos postes de madera corroídos por las termitas.
Esto había sido territorio una vez gobernado por vampiros del más puro linaje, ahora era sólo un páramo abandonado. Una tierra sagrada cubierta por flores impuras para quienes eran vampiros. Miles de lycoris radiata pintaban con su rojo característico todo punto de tierra, desde donde alcanzaba la vista hasta el final.
Hanabusa había estado aquí una vez, cuando visitó las tierras puras junto a Akatsuki. El hedor seguía siendo el mismo que siempre. Las lycoris expedían un aroma insoportable para los vampiros, que podían aturdir hasta un purasangre si se quedaba bastante tiempo.
Cuando Hanabusa y Akatsuki estuvieron aquí, no aguantaron más de media hora.
Hanabusa se obligó a enfrentar el horrible aroma hasta llegar a su objetivo. Pasó por las ruinas de lo que había sido un pequeño pueblo, un vestigio de que personas vivieron ahí hace mucho tiempo, para estacionarse frente a un bosquecillo. Bajó del automóvil, mirando hacia alrededor con nerviosismo. El viento lo golpeó con una caricia helada, agitando los árboles de follajes espesos, así como también una duda momentánea lo hizo querer irse de inmediato.
"No seas paranoico, Hanabusa, ya llegaste aquí. No te eches para atrás", se apremió, renovando su valor y adentrándose en el bosque. Se cubrió la sensible nariz con una mano, pues conforme caminaba el hedor de los lycoris era más intenso. "Tendré que tomar cuatro duchas después de salir de aquí. Esta pestilencia no será fácil de sacar".
Caminó por una hora, casi desfalleciendo. Definitivamente no había pensado que estaría en este lugar en este momento de su vida, pero Hanabusa nunca se había conformado cuando de saciar su curiosidad se trataba. Necesitó recorrer otros cincuenta metros para dar con lo que buscaba.
La verja de metal negro se mantenía erguida, cubierta por enredaderas marchitadas. Detrás, un castillo imponente y extraño pareció sacado de viejos cuentos de hadas. Aido sólo lo había visto en imágenes en libros hasta ahora. Se trataba de la Casa Ancestral de los Hiou, el que había sido el hogar de la Rosa Sangrienta.
Sintiendo un poco de entusiasmo por ser uno de los primeros vampiros en atreverse a llegar hasta allí, Aido abrió la verja sintiendo su pulso latir apresuradamente.
Entonces, se congeló.
Hincada frente a un montón de lycoris, vestida con un kimono blanco con flores rosas bordadas en los pliegues, Hanabi Hiou jugaba con los pétalos, como si el aroma no la molestara. Parecía concentrada en su tarea, con el cabello blanco resbalándole en una trenza hasta el suelo.
El instinto de Hanabusa le indicó correr. Por fortuna, su mente tomó el control e hizo algo más sabio, no se movió.
Una risita fue cómo Hanabi reaccionó. Por supuesto, ella se había dado cuenta de su presencia.
—Sabes, estos lycoris no estaban aquí antes —dijo la purasangre cortando algunos para luego olfatearlos. En ningún momento se mostró molesta por el olor—. Para mantener a salvo los secretos dentro del castillo, Kaname I los colocó en todo el terreno. No sirvió, como podrás ver. Si tú llegaste hasta acá, significa que muchos otros ya habrán saqueado los secretos de este castillo.
Hanabusa no supo qué decir.
—No tienes nada de qué preocuparte, Hanabusa Aido —dijo Hanabi sonriendo, pero sin verlo—. No voy a matarte, estaba esperándote.
—¿E-Esperán… esperándome? —apenas pudo articular.
—Sí —jugueteó con el lycoris entre sus largos dedos—. De todos los subordinados de Kaname eres el único que es leal a él, y a pesar de eso, no duda en llegar al fondo del asunto. Ambas cualidades son raras en un individuo así que eres perfecto para lo que estoy planeando.
—¡Yo nunca traicionaría a…!
En un parpadeo, Aido quedó cara a cara con Hiou. Dos manos heladas lo tomaron de las mejillas. La preciosa cara de la purasangre no reveló enojo alguno, aun así él no pudo evitar quedarse en silencio. Estando así de cerca, Hanabusa notó las líneas curvas de color rojo que iniciaban en los costados de las mejillas de Hanabi y se ocultaban en la estrechez del cuello, posiblemente cubriendo parte del cuerpo desbajo de la ropa.
Reconocería esas marcas a donde quiera que las viera. Un hechizo de juramento.
El descubrimiento amenazó con dejarlo como idiota, pero no era para menos. Un hechizo de ese calibre era usado por purasangres para obligar a vampiros menores a cumplir con las condiciones de un juramento. No era algo que vieras en un vampiro de tan alta jerarquía como Hanabi.
—Los Hiou fuimos malditos por nuestra ancestro —explicó Hanabi como si estuviera hablando con un niño, con toda amabilidad, explicando lo que Hanabusa se estaba preguntando—. Un juramento que nos obliga a servir a un clan de cazadores, cuando lo requieran.
Tenía sentido. Los Ancestros habían sido vampiros con una fuerza inimaginable. Si el Clan Hiou había sido puesto bajo un hechizo de juramento, seguramente fue por…
—Suki —dijo Hanabusa—. Suki Hiou, la Rosa Sangrienta, fue quien las maldijo.
Hanabi se acercó al oído de Aido y susurró:
—Felicidades, Hanabusa Aido —su voz se había vuelto de contralto, menos risueña. Aido admiró de cerca lo que un hechizo realizado por un ancestro, podía hacer. Hanabi podía mantener su apariencia, pero todo el exterior revelaba la personalidad de alguien más—. Kaname ha hecho lo correcto al darte tiempo para pensar.
—Kaname no ha hecho nada —dijo Aido, en defensa de su líder, para pronto darse cuenta de ese detalle—. Él no nos ha… ordenado hacer nada.
Kaname no había actuado como solía hacerlo, siendo el titiritero en las sombras, planeando, ideando… no había hecho nada de eso, sólo algunas jugarretas para corroborar información.
—No nos dijo todo, ¿verdad? —una sonrisa astuta apareció en su rostro. Más que sentirse contrariado, lo halló divertido. ¿Quién lo diría? Kaname se preocupaba por otras personas además de Yûki. La pregunta era por qué, y el mismo Hanabusa halló la respuesta mirando los ojos de ella—. Era tu sangre la que mezclaron con la tinta, ¿no es así? Tú ayudaste a un shinobi a crear esa cosa.
—Él me dio un nombre y yo le di mi sangre. Intercambio equivalente. Una vida por otra —respondió con la mirada pérdida—. Yo le di mi palabra, le dije que haría lo que fuera para cumplir su sueño.
—¿Qué clase de sueño requiere pintar tantos símbolos en tantos lugares? —cuestionó Aido, teniendo el presentimiento que no lo mataría por sus preguntas—. ¿Qué es lo que planeaba hacer el ancestro de este clan de cazadores con eso? ¿Acaso se trata del Clan Kiryû?
—Kaname hizo bien en confiarte esto. Serás una pieza clave en este asunto, Hanabusa Aido.
A estas alturas, Hanabusa ya no se sentía ofendido de ser parte de un tablero de múltiples jugadores.
—¿Para qué me necesitas?
—El hechizo de juramento obliga a mis descendientes a acatar una orden —dijo ella—. Una parte de mi memoria permanece en sus mentes, como recordatorio, pero todo lo demás se ha perdido… para siempre. El conjuro que usé para crear esa tinta es distinto al que otros purasangres usaron, al menos de eso estoy segura, porque lo hice con ayuda de alguien más.
—¿Quién es esa persona? —porque si esta información era cierta, las kunoichis tendrían que saber todo acerca de la tinta para reinventar o reescribir la fórmula. Ino e Isaya sabrían que la tinta se hizo con sangre y hechizos, pero si Suki había usado otra configuración… todo sería más complicado de entender.
Una sonrisa perversa y perezosa delineó los labios de Hanabi. Con la inocencia de una niña pillada en una travesura, respondió:
—No lo sé.
—¡Qué! —exclamó Hanabusa, incrédulo.
—Este hechizo tiene sus fallas —se encogió de hombros—. El repertorio de preguntas que soy capaz de responder es modesto.
"Bueno, genial, maldita sea", gimió Aido queriendo jalarse de los cabellos. Justo lo que esperaba hallar: respuestas y muchas más dudas. Ya empezaba a entender por qué Kaname le había dado tiempo para pensar. Un asunto como éste, no era cualquier cosa. Bien, Hanabusa no era pesimista, y si bien las circunstancias le parecían descabelladas, siempre se había vanagloriado de mantener la mente fría en los peores momentos.
Recapitulando, Kaname siempre había sabido que Hanabusa llegaría aquí, cuando superara los pormenores de su crisis, y era porque le conocía así de bien. ¿Pero sabría de la maldición de Suki? El mismo Kaname había dicho que conforme el tiempo transcurría, se sentía menos unido a las personas, se alejaba porque el sentido de su existencia empezaba a evaporarse. Así que Hanabusa tuvo que decir que no, que aunque Kaname sabía que averiguaría algo en el Campo de Lycoris, no era esto.
—Necesito hablar con Hanabi Hiou —dijo Hanabusa—, si quieres obtener mi ayuda, es lo único que pediré.
Se estaba dando el lujo de ser insolente porque sabía que ella lo necesitaba. Y la purasangre también era consciente de ello porque le sonrió con astucia.
—Si hubieras nacido cuando él estaba vivo, quizás nada de esto estaría pasando —susurró Suki Hiou antes de liberar el cuerpo de su descendiente. Hanabi resbaló hasta el suelo. El cuerpo quedó tendido, y si no hubiera sido por el latir de su corazón, Hanabusa habría temido que estuviera muerta—. ¿Oh? Eso ha sido… doloroso.
—¿Lady Hanabi? —preguntó Hanabusa, inclinándose para verificar que estuviera bien (aun así, mantuvo una prudente distancia).
—Te dije que no te lastimaría, así que deja de ser tan precavido —dijo Hanabi recobrando la compostura. Ningún rastro de la maldición de Suki Hiou se veía en ella—. ¿Cuáles son tus preguntas, Hanabusa Aido? ¿Qué es aquello que yo puedo brindarte, pero no mi ancestro?
Era el momento de obtener algunas respuestas.
—¿Por qué estás aquí?
—Es difícil de decir, vine aquí porque sentí que debía hacerlo. Es la magia de esta maldición. Suki Hiou ordenó que todos sus descendientes sirviéramos a los Kiryû si así lo necesitaban. Al estar aquí, he hecho eso exactamente.
—Si los hechizó, ¿por qué Shizuka Hiou atacó a los Kiryû? ¿Por qué ella pudo salir indemne, si tú estás así?
—¿Indemne? —se rió bajito—. Le dices indemne a tener que soportar cuatro años de un dolor intenso e indescriptible por haber cometido semejante crimen. Shizuka Hiou pagó todo el daño que hizo, y la única forma en que pudo aminorar su castigo fue llevándose a Ichiru Kiryû. Mi querida prima era un caso perdido de todos modos, como cualquier Hiou que caiga en las garras del amor.
—¿Amor? ¿Suki Hiou estaba enamorada del Ancestro de los Kiryû? —y pensar que ella había embrujado a toda su estirpe sólo por eso.
—Todos conocen a la Rosa Sangrienta y lo que hizo, pero no todos saben quién era ella antes de tener ese título. Mi ancestro fue encarcelada por otro vampiro, más fuerte que ella, durante siglos. Sin nombre, sin sentido, ella vivió en una pequeña celda con nada más que una puerta con una diminuta ventana. Entonces, un día alguien apareció afuera, una voz distinta a la de su captor, que empezó a hacerle preguntas.
—¿Cómo es que sabes eso?
Hanabi miró hacia el castillo. El viento sopló con fuerza, llevando consigo los pétalos de lycoris y su horrible aroma. Hanabusa ya no pudo fingir que no le molestaba.
—Los secretos que Suki Hiou guardó en este castillo no están prohibidos para sus descendientes. Incluso si algunos han llegado a profanarlos, para mí, una Hiou pura, nada permanece oculto. Mi ancestro colocó toda su historia en un diario, que ha estado perdido por más de dos siglos. Cuando lo leí la primera vez yo tenía cien años. Ahora tengo seiscientos, pero sus secretos se han quedado conmigo. Su historia comenzó hace diez mil años atrás, cuando un niño llegó hasta su celda y le dio algo que nunca antes había tenido.
—¿Quieres decir que el ancestro de los Kiryû fue quien le puso un nombre? ¿Quién era él? ¿Por qué la historia no lo menciona junto a ella?
—Para protegerlo —respondió Hanabi—, para asegurarse que su meta se cumpliría, Suki Hiou, la Rosa Sangrienta, brindó su sangre, su corazón y su vida a Zelig Kiryû.
—¿Cuál es esa meta? —preguntó Hanabusa. El nombre del fundador del Clan Kiryû no era desconocido para él, pero jamás habría imaginado que se mencionaría junto a la Rosa Sangrienta—. ¿Qué es lo que planearon?
—Liberar el sello que Hiroto Uzumaki, antepasado de los Kiryû, puso en este mundo hace diez milenios —respondió Hanabi para la estupefacción de Hanabusa. Entonces, Zelig le había contado secretos a Suki que no había compartido a Kaname, y eso podía significar que había descifrado la composición de este mundo… o tal vez no, si esto se hubiera logrado, como bien lo había señalado la Ancestro Hiou, entonces no se habría llegado a esto punto.
Las posibilidades eran variadas y abrumadores, sin embargo, Hanabusa se sintió renovado por una fuerza nueva. Esto era lo que debía hacer para mostrarse a sí mismo que había dejado atrás su faceta depresiva.
Miró fijamente a Hanabi y luego extendió su mano hacia ella.
—Acepto —dijo brevemente.
La sonrisa torcida de Suki Hiou apareció de nuevo en la cara de su predecesora. Ella tomó su mano y la apretó fuertemente.
—Que así sea, Hanabusa Aido.
[+][+]
¡Fin del capítulo! Era necesario sacar provecho de personajes secundarios como Tori, Toga y Hanabusa. Cada uno tiene motivos diferentes para moverse en el tablero, pero al final todos se relacionan con Sakura e Ino. Asimismo urgía presentar a un personaje de fondo que es importante para la trama como es Suki Hiou.
Suki Hiou fue creada exclusivamente para esta versión. El apodo que tiene, la Rosa Sangrienta, está inspirado precisamente en la Bloody Rose. Ya que el personaje está ubicado en los eventos de hace diez mil años, me pareció apropiado que hubiera una conexión entre ella y las primeras armas forjadas con el Metal-Madre. También vemos la importancia del Clan Kiryû y su evidente conexión con los Uzumaki.
El asunto del sello es para dar sentido al hecho de que ambos mundos estén conectados. Como ya Karin lo explicó, hay una especie de ancla que los mantiene unidos, por eso es peligroso realizar cualquier técnica de rompimiento si no se toman precauciones. Aquí quiero hacer una pequeña aclaración para evitar malentendidos: una cosa es el sello hallado y otra el ancla. No son lo mismo puesto que el primero fue el intento para romper al segundo. En otras palabras, la localización del ancla es desconocida hasta el momento.
Además está el asunto de las sospechas de Yagari de un complot que involucra a Zero, y que tiene relación tanto con su linaje como con el asesinato de Sayori. Todavía quedan cabos sueltos, pero prometo que serán atados a su debido momento. Por ahora quiero que quede claro que Tengen sabía que había algo extraño con el linaje de los Kiryû, pero no fue ésa la razón por la que ordenó el ataque, sino por lo que plantea con Ren durante su encuentro (recuerden que Sayori fue asesinada antes de que Sakura llegara al mundo de los vampiros).
También puse un poco sobre el pasado de Zero y Sayori. No quiero irme con demasiados detalles al respecto, y el asunto es muy simple para desarrollarlo más, es decir, Sayori terminó una relación insana con Hanabusa, y buscó su propio camino y fuerza, apoyándose en su amigo más inesperado y cercano (en este caso Zero), ya que Yûki, bueno, no es como si pudiera darle consejos al respecto. En cuanto Zero, él estaba pasando por una etapa un tanto oscura, incluso cuando respetó la decisión de Yûki hubo ciertos sentimientos al respecto que lo hicieron sentirse mierda. Básicamente, ¿quién no se sentiría mal sabiendo que la persona que te gusta escogió a la otra persona que volvió tu vida una mierda?
En ese contexto Zero y Sayori se conocieron, volviéndose buenos amigos hasta enamorarse mutuamente. Y añadiendo datos curiosos: se casaron después de cinco años de noviazgo, y Zero fue quien decidió donde vivirían mientras que Sayori sólo le pidió que fuera cerca del mar. Sayori tenía 65 años cuando fue asesinada y Zero 67 (actualmente Zero tiene 70 años). Durante su vida de casados Zero disminuyó su trabajo como cazador y se enfocó en otros empleos menos violentos.
Ah, amo el Zero/Sayori. Quizás escriba un fic de ellos en el futuro.
